PRÓLOGO
La mujer que dormía se llamaba Marie Claude, pero todos la llamaban «reina». Hacía trece años había dado a luz a princesa Valerie y su pequeño príncipe de nueve años se llamaba Emmanuel. Los dos habían heredado su pelo rubio y sus ojos azules, pero Princesa era la única que había sido maldecida con su estupidez. Ya le venía la regla y todavía no aprendía a dividir. Príncipe, en cambio, había leído su primer libro de cuentos a los seis años y podía recitar los carteles de las catacumbas de París como si fuesen un poema.
Vous êtes invité à ne rien toucher, età ne pas fumer dans l'ossuaire.
Marie Claude se preguntaba qué diría Emmanuel si algún día se enteraba de que él había sido concebido allí mismo, en las catacumbas. ¿Dejaría de recitar poemas?
Su marido había desaparecido hacía dos años sin siquiera vaciar los armarios. Tampoco les había dejado un mísero centavo. Pero cuando ella acudió a la escuela privada a la que acudía Emmanuel (Valerie no se había adaptado a las exigencias y concurría a una pública) para pedirles que no lo expulsaran por la deuda que se acumulaba, la directora la miró extrañada. Un hombre joven que se había presentado como «sólo Alexieu» había abonado el dinero de las cinco cuotas adeudadas y las treinta y dos que restaban.
Marie Claude se despertó preguntándose por qué Sólo Alexieu había pagado nada más que la escuela primaria. Si era rico, otro par de miles de billetes no habrían sido la gran diferencia.
-Era un joven alto, de ojos verdes y muy guapo -dijo la secretaria de la escuela. Marie Claude no conocía a ningún joven de ojos verdes y cuando oyó la palabra «guapo» se dijo que no quería conocerlo. Por culpa de un hombre así estaba como estaba, por culpa del padre de Princesa y Príncipe...
Marie Claude se irguió y miró la hora. Faltaban quince minutos para la medianoche. Cuando se sentó sobre la cama vio las marcas de sus muñecas. Lo intentaba hacía un año y todavía no lo había logrado. Las cicatrices eran como las líneas de un pentagrama musical, como los renglones del cuaderno de Emmanuel. Doce menos cinco. Debía darse prisa. En un pequeño cine del tercer distrito proyectarían esa noche una película de terror seguida de otra. Marie Claude había dejado el periódico abierto sobre la mesa del desayuno y Emmanuel sucumbió a la tentación. Le dijo que iría a estudiar con un amigo.
Levantó el colchón de su cama y sacó de allí un libro pequeño, antiquísimo. Se lo había entregado uno de ellos, un Arrepentido llamado Kaen Sabik. El libro era un recetario de invocaciones a diferentes demonios de bajo rango y el Arrepentido le había señalado dos de ellos con una cruz hecha a lápiz rojo. Ella había leído los dos pactos demoníacos varias veces, pero no encontraba la diferencia entre ellos. Tal vez, si Emmanuel los hubiese leído...
En silencio, se arrodilló, extendió un brazo bajo la cama y arrastró la caja. Cuando la abrió, una cucaracha del tamaño de una pelota de golf se deslizó hacia afuera y se mezcló con la oscuridad. Marie Claude tembló. Le temía a las cucarachas. Con amargura, pensó cómo era posible. Ella, que había visto los sacrificios que ellos realizaban «en nombre de Dios», le tenía miedo a un simple insecto que cabía en la palma de su mano.
Encendió las velas. Eran cinco. Una por cada punta de la estrella. Durante siete noches había dormido con la puerta de la habitación cerrada, para que sus hijos no viesen las cruces invertidas que había colocado en las paredes.
Cuando las dos manecillas del reloj llegaron al doce, se arrodilló frente al altar y sacó de la caja las pequeñas aves que agonizaban, las estampas religiosas mutiladas y su rosario de cristal de roca. Con el rosario ahorcó las aves y con una daga de plata les abrió el estómago. Cuando se puso de pie y se sentó en el centro del pentagrama, se dio cuenta de que tenía el rostro bañado en lágrimas.
-Espíritus negros y atormentados -balbuceó-, espíritus proscritos. Yo los convoco en esta noche, yo los llamo, yo los aclamo, yo los adoro, yo les ruego, yo les suplico...-Tembló de nuevo. La cortina de la habitación se agitó y de repente sintió un tremendo dolor en la parte posterior de la cabeza. Había caído de espaldas al suelo. La habían empujado. Y entonces la oyó. Parecía provenir de su mismo interior, de su cerebro castigado, de sus neuronas apagadas. Era una voz, y dijo:
«Seis días tardó la Creación, diez fueron las plagas de Egipto, cuarenta noches duró el diluvio, ¿cuál es el número que tallaré en tu frente?»
-Es la cifra de un ser un humano, y su cifra es seis, seis, seis... ¡no puedo abrir los ojos!
«No necesitarás tus ojos. ¿Qué buscas? Respóndeme.»
-¡Quiero salvar a mis hijos!
«Tus hijos están condenados.»
-¡No es cierto! ¡Sálvalos, ayúdame, te lo suplico!
«Seis días tardó la Creación, diez fueron las plagas de Egipto, cuarenta noches duró el diluvio, ¿cuántas almas alberga tu cuerpo?»
-¡Una! ¡Una!
«¿Cuántas almas tienen tus hijos?»
-¡Una! ¡Una él, una ella!
«Una ella. Una él. Ella está en él y él está en ella.»
-¡No te entiendo! ¡Por favor...!
«Ojo por ojo, diente por diente, alma por alma. ¿Aceptas?»
-Está bien.
«¿Aceptas?»
-¡Sí!
«Mi nombre es Zabaroth, ¿cuál es el tuyo?»
-Marie Claude Malory.
«Marie Claude Malory, ¿cuál es tu deseo?»
Ella quería salvar a sus hijos y Zabaroth le dijo que debía elegir uno de los dos. Que dijese el nombre del que no fuera el elegido. Ella, luego de pensar y repensar aquella frase, susurró «Valerie». Zabaroth explicó que pondría uno de sus demonios proscritos a cargo y que el alma de Marie Claude le pertenecería cuando ella muriera. Fuera de la forma que fuese.
«Puedes suicidarte en paz.»
Esa noche, cuando Marie Claude se lanzó al Sena, oyó de nuevo la voz de Zabaroth: «mi subordinado ya ha tomado su puesto, debes elegir su nombre».
«Sólo Alexieu», pensó ella antes de morir.
Cuando Emmanuel volvió, a las tres de la madrugada, no encontró en la habitación de su madre nada más que un antiguo medallón de oro con una estrella de cinco puntas grabada en el dorso.
CAPÍTULO UNO: ALEXIEU
Mary Magdalene Sabik no podía creérselo: por primera vez el cántaro le mentía. Él espíritu que vivía en su interior solía conformarse con sangre de animales, pero para contestar aquellas preguntas había exigido sangre humana. Afortunadamente todavía tenía reservas.
Desde que les había comprado aquel medallón a los niños vestidos de negro que fornicaban en las catacumbas, su casa estaba atestada de criaturas malévolas. Los vasos levitaban, la comida desaparecía de su sitio y un día encontró su zapato derecho flotando en el escusado. Cuando metió la mano para recuperarlo, algo tiró de la cadena y su mano fue succionada hacia el interior, quebrándole la muñeca. Ya estaba harta. Convencida de que necesitaría ayuda para librarse de aquellos poltergeists, abrió el candado de su antiguo laboratorio y sacó de un armario un enorme recipiente de barro cocido. Hacía años que no lo utilizaba y parecía que el tiempo lo había hecho más pesado. O tal vez ella tuviese menos fuerza.
La sangre de las gallinas ya estaba fría; cuando llegó al cántaro ya se había coagulado. Ansiosa, nerviosa al pensar que tal vez el espíritu hubiese desaparecido, aguardó sentada sobre sus rodillas el saludo acostumbrado.
-Mío es el sabor de la sangre, tuyo es el sacrificio que entregas. Míos son los secretos que buscas, mías las respuestas que anhelas.
-Hola, Arlequeen -saludó Magdalene, aliviada-. Tanto tiempo, me alegra ver que no te has oxidado. -La sangre burbujeó sobre la superficie del cántaro, salpicándole la ropa.
-Magdalene, Magdalene, ¿qué has hecho? ¡Esta casa está más maldita que las monjas de Loudon[1]! -La sangre estalló en una carcajada y un humo perlado comenzó a flotar en espiral sobre la superficie. Magdalene apretó los dientes. El humor de Arlequeen la ponía de los nervios.
-Para eso te he convocado. No sé qué está sucediendo. -Siguió con la mirada las volutas de humo que, haciéndose cada vez más densas, comenzaban a recorrer el laboratorio.
-Cuéntame más. ¿Hace cuánto que sucede esto? -Magdalene se lo pensó.
-Dos meses, más o menos. -No relacionó los hechos con la compra de aquel medallón. El humo de Arlequeen se enroscó en torno a sus piernas y ella se estremeció. Estaba helado. Cerró los ojos. Arlequeen subía por su vientre y se coló entre sus pechos marchitos. Cuando estaba a punto de llegar al cuello, Magdalene sintió que la superficie del cántaro rugía y que las lenguas del humo que le lamían los pechos le azotaban la piel.
-¡Tienes un demonio colgando del cuello! -gritó Arlequeen. Magdalene sintió la boca en llamas. Bajando la vista, contempló el medallón que brillaba allí, entre los encajes rancios de su sostén.
-¿Qué es? -preguntó. La voz le temblaba.
-No lo sé. Acércalo. -Ella se lo arrancó del cuello y, lentamente, lo sumergió en la sangre. El cántaro se sacudió y la sangre comenzó a salir a chorros. Magdalene sintió que la cadenilla le quemaba la piel. La soltó, gritando de dolor. El humo pareció hacerse sólido y, más frío que nunca. La empujó hacia atrás, congelándole los sentidos. Gritó, y la cabeza le dio de lleno contra el suelo. Cuando intentó abrir los ojos se encontró con la mirada furiosa de una criatura que no podía ser más que el demonio del medallón. La criatura abrió la boca y rugió. Furiosa, le mostró a Magdalene una mano de uñas afiladísimas.
-¡Sácalo! -chilló Arlequeen. Magdalene vio que la sangre chisporroteaba en todas las direcciones: el espíritu del cántaro estaba tratando de sacar de allí el medallón, pero no tenía la fuerza suficiente-. ¡SÁCALO! -Magdalene envió una patada. El cántaro se volcó. En un instante, el peso de la terrible criatura desapareció y Magdalene gritó de nuevo al darse cuenta de que en el afán de quedarse allí, le había clavado las uñas en el costado.
Jadeando, se incorporó. Temblaba. La sangre del cántaro se había derramado por el suelo. El medallón la contemplaba desde allí, frío, terrible, maléfico.
-¡Arlequeen! ¡Arlequeen! -gritó ella, sacudiendo el cántaro.
-¡Estúpida! -gruñó el espíritu-. ¿De dónde sacaste eso?
-Los satanistas de las catacumbas -balbuceó ella-, me lo dieron a cambio de que echara un maleficio de sangre. -Trató de recomponer su respiración-. ¿Qué es? -Arlequeen hizo silencio.
-Un demonio -dijo al fin-, muy poderoso. Pero su situación es extraña. Está atado a un ser humano, a un joven. Es su guardián. Lo extraño es que tiene miles de años y es la primera vez que lleva a cabo esa tarea.
-¿Cuál es su nombre? -preguntó ella, mirando el medallón con un temor respetuoso.
-Alexieu.
-Alexieu... ¿Por eso ha llenado la casa de poltergeists?
-Sí. Quiere volver con su protegido. Está furioso. Si no le devuelves el medallón a su dueño, acabará matándote. -Una gota de sudor helado le bajó por la espina dorsal-. ¿Por qué no me cuentas más, Magdalene? ¿Por qué no me cómo llegó este demonio a tus manos? -No respondió. Decidida, se levantó, tomó el medallón y sin siquiera guardar el cántaro en su sitio, salió de allí.
-Tráeme sangre de la buena, querida -exclamó el espíritu, antes de que cerrara la puerta.
Emmanuel Sebastian Malory tenía diecisiete años y muy pocas ganas de cumplir los dieciocho. Podría entrar legalmente a los antros, pero esa perspectiva no lo animaba en absoluto. Conocía todos los antros de París y los dormitorios de todos los hombres que se habían acercado a preguntarle su edad.
¿Cómo se llama un chico que se ha acostado con más de cien muchachos? ¿Maricón, calientapollas? Emmanuel prefería llamarse a sí mismo un curioso. Los hombres le causaban esa sensación, pero no la suficiente como para quedarse al lado de ninguno. Todavía no llegaba la persona capaz de llenar ese vacío en el estómago que sentía cada vez que se despertaba; los hombres con los que estaba eran tan vulgares y simples como la cáscara de un maní.
A esas horas de la tarde, Emmanuel se encontraba en el cementerio. Se sentó sobre el suelo de piedra y observó sus manos, entumecidas por el frío. Miró a su alrededor, pero sólo vio cientos de panteones borrosos, cada uno con su grotesco ángel o santo de piedra. Se levantó y caminó hacia la salida. Pero, ¿quién se preocuparía por él si llegaba tarde a casa? ¿Valerie?
Se imaginó que estaría tan colgada de ácido como para saltar del quinto piso. Sonrió, imaginándosela ensartada entre las ramas de los árboles como una brocheta de pescado. Valerie era su hermana, otra curiosa. Ella y Emmanuel se parecían en demasiado. El pelo, los ojos, la piel. La belleza. Pero la curiosidad de Valerie era distinta de la de Emmanuel. Y, pensándolo mejor, él ni siquiera se atrevía llamar a eso curiosidad. A Valerie le gustaba follar, punto. Le gustaba follar, las drogas, el alcohol, las fiestas, la ropa negra y escotada y los chicos con muchos piercings y tatuajes. Y a Emmanuel también le gustaba todo aquéllo, pero en cuotas proporcionadas. Si él no se preocupaba de sí mismo, ¿quién lo haría? Su madre estaba allí, bajo tierra, y los amigos de su hermana estaban más interesados en su trasero que en su bienestar.
¿A dónde iría? No tenía dinero. La lluvia se cernía sobre él, amenazante, en un cielo vaporoso, frío y ceniciento. Cruzó la calle y llegó hasta el parque. Se tambaleó. Un calor anormal le oprimió la frente y los ojos se le llenaron de lucecitas de colores. Y de pronto, tan rápido como había llegado, la náusea se fue.
Como un suspiro.
Como el aire.
Sentía que se estaba muriendo de frío. Lo azotó la tentación de volver a su casa, pero sacudió la cabeza al imaginarse a los amigos de su hermana apilados sobre el suelo uno encima de otro, esperándole para divertirse un rato entre los vapores del whisky, el humo de la hierba y los orgasmos alcohólicos. Tal vez, si tenía suerte, podría encerrarse a tiempo en su cuarto y acostarse a dormir, tratando de olvidar el hambre. Apenas tenía una moneda para el autobús. Le dirigió una última mirada al parque vacío, paseó con vaguedad sus ojos claros por los árboles... y se detuvo en la figura de una mujer anciana, jorobada, totalmente vestida de negro. Parecía un viejo murciélago malhumorado.
El murciélago miraba hacia todos lados, con una urgencia nerviosa. Posó sus ojos sobre Emmanuel y esbozó una sonrisa torcida. El chico se alarmó al ver que lo saludaba con una mano y lo invitaba a acercarse. No había nadie más por allí. La seña y la invitación eran para él.
Y se preguntó qué querría el murciélago. Miró para otro lado, haciéndose el desentendido, pero aquella desconocida insistió. Incómodo y casi con miedo, decidió acercarse. Tal vez se preocupaba demasiado, pensó, era posible que sólo deseara preguntarle algo; la hora, por ejemplo.
-Hola, querido -saludó el murciélago.
Al fin, era él, Magdalene estaba segura. La desesperación que lo invadía casi se podía tocar. También advirtió, para incrementar su diversión, aquel brillo de inocencia corrompida que se agitaba en sus pupilas.
«Alexieu tiene gustos muy exquisitos», pensó.
Lo observó mientras se acercaba. Era alto y vestía de negro. Se sonrió al observar la perturbadora belleza de su rostro: los ojos cristalinos, abiertos y atentos, quizás muy grandes. La piel blanquísima, sin siquiera una mancha o imperfección juvenil. El cabello le caía sobre los hombros, sucio, desgreñado y rubísimo.
-¿Sí? -preguntó Emmanuel. El murciélago le hacía pensar en las viejas brujas de los cuentos de hadas. Feas, diminutas y deformes, con los vestidos llenos de lamparones y los pies ocultos por unos zapatos de hebillas oxidadas.
-Tengo algo para ti -dijo la bruja murciélago-. Toma. -Y le extendió una cadena con una medalla.
-Dios santo... -susurró Emmanuel. Los dedos del murciélago se enredaban alrededor del metal frío. Culebras doradas ahorcando la carne brujeril-. ¿Dónde...?
-Tómala -respondió ella. Él la miró, entre sorprendido y enfadado-. Llévatela, te la regalo.
Emmanuel la miró.
-No, gracias -exclamó. La sonrisa desapareció del rostro de la mujer, dejando paso a una expresión casi suplicante y desesperada que se esforzó por ocultar.
-Vamos, que no es nada malo aceptar un regalo. No tienes que pagármela.
Emmanuel miró alternativamente a la bruja y a la cadena. La medalla se balanceaba en el aire, rasgando el vacío con su resplandor opaco de oro olvidado.
A lo lejos, el autobús se acercaba. Chasqueó la lengua, le arrebató la cadena al murciélago y echó a correr mientras el chaparrón se desataba sobre París.
-Gracias -le dijo al chofer, jadeando. Metió la moneda, pero un tintineo sospechoso le dijo que la maquina la había rechazado. Lo intentó tres veces más.
Emmanuel no tenía más dinero. Nervioso, paseó los ojos por el suelo húmedo. Barro. Un papel de caramelo. Más barro...
-¡Ah!
Una moneda dormitaba en silencio bajo los pies invisibles de nadie. Una moneda húmeda, fría y maravillosa.
La recogió, la colocó por la gran boca de plástico y obtuvo el boleto blanco que luego botaría y descansaría junto a la basura y el barro del suelo, junto al papel de caramelo.
Se sentó. Y suspiró. Acarició la medalla con dedos temblorosos.
-¿No piensas dejarme en paz, eh? -susurró.
Esa medalla había sido suya. La tenía desde la noche en que su madre se había suicidado y no le traía demasiados buenos recuerdos. Pero no eran sólo los recuerdos los que lo inquietaban. Esa medalla era extraña. Emmanuel había comenzado a tener pesadillas desde... desde su primera relación sexual. A los quince. Sabía que, de algún modo u otro que no llegaba a comprender, esa medalla era la culpable de sus malos sueños. Cada vez que la veía sentía una reminiscencia de culpa, un aguijonazo de tristeza y melancolía que sólo podía arrancarse a base de alcohol o pastillas. Y ahora había vuelto. Había intentado deshacerse de ella mediante los métodos más terribles: arrojándola al Sena, de un edificio de trece pisos, dejándola perderse en el váter... Siempre volvía. Ahora lo había hecho, de nuevo. Y Emmanuel sabía que algo estaba a punto de comenzar.
La sostuvo entre sus manos y la estudió con atención. Era de oro, aunque no brillaba demasiado. Necesitaba una pulida. La frotó contra la tela de su pantalón. Tenía grabada una estrella de cinco puntas. La dio vuelta: había unas palabras legibles, pequeñísimas, esculpidas en el dorso: Agla Tetragramate Saday Eloy Adnai.
-Soler Emmanuel Sabast Adonay.
Era un artilugio religioso, de eso estaba seguro. Se preguntó cuánto le pagarían por ella los satanistas de Diablerie que practicaban misas negras en las catacumbas. Tal vez lo suficiente como para llenarse el buche de hamburguesas y patatas fritas recalentadas. Un momento. Ya se las había vendido. Hacía tres meses. Joder.
-Soler Emmanuel Sabast Adonay.
-¡Shhh, cállate! -reprendió una voz a sus espaldas. El dueño de aquella voz le había dado un golpe juguetón en la cabeza... y esa misma persona se estaba sentando a su lado. Era un muchacho. Emmanuel pudo notar que sería varios años mayor que él. Tendría entre veinte y veinticinco.
-¿Qué...?
-Niño, no vuelvas a pronunciar esas palabras nunca más -reprendió el hombre, quitándole la medalla.
-¿Eh?
El muchacho lo miró a los ojos y le sonrió. Se lamió los labios con una lengua muy rosada y puntiaguda.
-Hola, Emmanuel. Soy el demonio que ha habitado esa medalla durante ocho años. -Dicho eso, abrió la ventanilla del autobús y, con un perfecto tiro oblicuo, lanzó la medalla al vacío-. Al fin te encuentro. No sabes lo mal que la he pasado por tu culpa -reprochó, con una mirada malhumorada-. Esos idiotas a los que me vendiste me regalaron a esa vieja de la feria. Era una bruja. Estuve a punto de matarla cuando me di cuenta de que quería hacer de mí su puto esclavo.
Emmanuel oía, ensimismado. El hombre hablaba con naturalidad, como si estuviesen comentando el tiempo o el resultado de un partido de fútbol. ¿Demonio? ¿Bruja? ¿Esclavo? Emmanuel abrió los ojos como platos cuando el hombre comenzó a acercarse a él hasta acorralarlo contra la ventanilla. El conductor los miraba con curiosidad. No recordaba que aquel joven alto de piel clara y pelo oscuro hubiese subido al autobús.
-Pero si estás empapado, mon amour[2] -suspiró el hombre, tomándolo de la nuca.
-¿Q...? ¡Suéltame! -chilló Emmanuel, forcejeando.
-Shhh, no montes un escándalo -advirtió el hombre. Sus brillantes ojos verdes brillaban furiosamente entre las sedosas mechas negras que le cubrían la frente-. Si quieres una explicación, ya te la daré, pero ahora... déjame cumplir con mi trabajo.
Emmanuel trató de quitárselo de encima mediante un empujón, pero los brazos no le respondieron. Observó cómo el desconocido juntaba sus labios y soplaba sobre su cabello (¡suéltame, hijo de puta!). Otra vez, nada.
El hombre le soltó un botón y dejó caer un sutil suspiro sobre su clavícula. Emmanuel, que tenía los ojos cerrados, se sorprendió de repente al notar que lo había soltado. Lo primero que vio al abrirlos fue una sonrisa divertida.
-¿De qué tienes miedo? -preguntó el hombre-. Ya estás seco. ¿Qué pensabas que te haría? -Y luego agregó, en un susurro-: cuando vayamos a casa tal vez lo pasemos... interesante. -Emmanuel se sonrojó y se mordió los dientes. Se sobresaltó al darse cuenta de que era cierto: estaba seco.
-¿A casa?
-Sí, a casa. ¿Piensas dejarme abandonado aquí, en medio París...? -respondió el desconocido, ensortijando los dedos en torno a su cabello, ahora de un rubio claro, y tironeando con delicadeza haciéndole echar la cabeza hacia atrás-. Ah, pero si ni siquiera sabes mi nombre, mon amour. Me llamo Alexieu.
Alexieu se inclinó más hacia Emmanuel y apoyó la barbilla en su hombro. Respiró de su cuello, con suavidad, arrastrando los labios. Emmanuel se estremeció. Alexieu dio un respingo. Algo no iba bien.
-¡Joder! -gritó. El chofer del autobús se sobresaltó-. Te falto por un tiempo y te me enfermas. Estás anémico. ¿Has dejado de comer?
-Sí -respondió Emmanuel, bajando la mirada. Lo suponía. Los mareos, el cansancio. Anemia, genial.
Alexieu simplemente siguió mirándolo. Él se había encargado de alimentarlo durante todos esos años. Él se había encargado absolutamente de todo.
[1] Alusión al suceso que tuvo lugar en 1634 en la pequeña ciudad francesa de Loudon, y afectó a las monjas ursulinas del convento de la localidad, supuestamente hechizadas por el padre Urbain Grandier, quien fue acusado de brujería, de acuerdo con el testimonio de las endemoniadas.
[2] «Mi amor», en francés.