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Death Killers

Autor: Hidden Luck

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Notas del capitulo: Y aquí empezamos a publicar nuestra primera historia :D

Nos hace mucha ilusión empezar a subirla, y esperamos que os guste tanto como nos gusta a nosotras. Esperamos que nos deis vuestras impresiones, y con gusto responderemos a vuestros reviews.

¡Saludos y besos!

~Tamy
Capítulo 01
Death Killers

 



En aquella habitación totalmente a oscuras, Devy estaba teniendo un gran debate interno. O al menos, intentando coordinar sus pensamientos después de acabar de levantarse y estar de resaca para decidir si debía abrir ese e-mail o no. Siempre se había caracterizado entre todos sus amigos por ser el que menos pensaba a la hora de hacer cosas, y aquél parecía ser otra experiencia a añadir. Estaba seguro que si abría el e-mail, tendría un virus y su PC de jodería, se cagaría en el puto nerd que hubiese perdido el tiempo mandándoselo y posiblemente patearía la torre.

Pero el asunto era demasiado tentador. Nada sexual ni referente a dinero. Y aquello lo hizo decidirse a abrirlo. Masticando un chicle de menta de mala manera, clicó y enseguida pudo leer el contenido. Sólo había la dirección de una web. Alzando una ceja, contestó rápidamente a uno de sus contactos del Messenger y prosiguió con su investigación como buen curioso que era.

Ya tenía en mente aquello de que la curiosidad mató al gato, cuando la página terminó de cargarse y en ella apareció una sola pregunta sobre un fondo negro que hizo que se riese con ganas.

—¿Qué «qué es lo que más deseo en este momento»? ¿Qué puta parida es esta? Dios, y yo pensando que sería un jodido virus. Menudo cabrón más friki el que haya hecho esto —volvió a reírse, cogiendo un paquete de tabaco de la mesa y encendiéndolo mientras contemplaba la pregunta sin mucho interés.

Nada. No deseaba nada. No creía poder conseguirlo aunque lo dijese en voz alta, así que ¿para qué molestarse? Dejando en paquete y el mechero en la mesa llena de papeles, latas, cd’s y envases de comida vacíos, se colocó la palestina a cuadros morada y negra y exhaló el humo. No iba a perder el tiempo pensando en una buena respuesta, porque prefería no pararse a pensar mucho. Bastante jodida era la vida como para que él mismo se la jodiese más.

—Bueno, por reírse un rato… responderé —con una sonrisa ladina, escribió con letras mayúsculas «quiero ser el mejor bajista del mundo» y lo mandó mientras no dejaba de reírse como un poseso.

Ni siquiera los golpes en la puerta de su padre lo acallaron, enseguida fue al Messenger para ver si alguno de sus amigos estaba conectado. Pero lamentablemente, o estaban en ausente o directamente desconectados, lo que significaba una cosa: estaban ya en su Caverna, el sitio donde ensayaba con la banda, y probablemente esperándole desde hacía más de una hora —por lo que constato en su móvil.

—Seguro que soy el último en llegar —comentó, entre risas, imaginándose la regañina que se ganaría.

Pero no pudo evitar perder el tiempo reenviando el e-mail a sus amigos sólo por saber qué le dirían al ver aquello. Seguro que también se reirían, o le dirían que estaba demasiado fumado como para haberles mandado eso.

Masticando el chicle tras haber dado una calada, se despidió escribiendo rápido, mal y conciso una despedida similar para todo el mundo. Mientras se ponía de pie y aplastaba a colilla en el cenicero improvisado, se guardó las llaves y su móvil empezó otra vez a sonar. Ni siquiera necesito mirar la pantalla para saber que sería JJ, seguro. Porque String pasaba de esas cosas, y Hime probablemente estuviese practicando solo, aunque cuando llegase seguro que también lo reñiría.

—¡Me voy! —anunció, abriendo la puerta con fuerza y dando largas zancadas hacia la salida.

—¡No te olvides de la comida en casa de tu tío Barnie! —gritó su madre desde algún lugar de la casa, asomándose por el pasillo—. Siempre te las saltas. Hoy vienes sí o sí. No puedes hacerme pasar esas vergüenzas siempre. Ya no sé ni qué excusa poner.

—¿Quizás que… no me sale de las pelotas ir?

—¡Devereux! ¡Cómo te atreves a decir eso! —la mujer, escandalizada, se llevó la mano a la boca—. Si te oyese tu padre… o tu tío.

—Tranquila, me oirá luego, y si quieres se lo repito. ¡Au! —se despidió Devy, alzando una mano y riéndose mientras dejaba atrás los gritos de su madre quejándose.

Bajó los escalones trotando, y escondió su boca bajo la palestina, la tela acariciando contra estos. En cuanto salió a la calle, se metió las manos en los bolsillos y empezó a andar con rapidez, echándole alguna que otra mirada a todo aquél que considerase interesante. Y una bastante descarada, que solía hacer sonrojar o molestar a la gente por la intensidad que tenía.

Se paró en un cruce, a apenas dos calles del local donde estarían los demás. Con una mano se apartó el flequillo azulado, bajándola luego y jugueteando con dos cinturones que llevaba. Cuando el semáforo se puso en verde, echó a andar, pasando por al lado de alguien que le resultó conocido y a quién cogió por el brazo, parándolo en seco. …ste se giró azorado, quieto en su lugar y dejándose arrastrar hasta la acera.

—Eh, Dana. ¡Cuánto tiempo, primo! —saludó, con una gran sonrisa, pensando que pasase el tiempo que pasase cuando volvía a verlo siempre estaba igual, con las mismas pintas de nerd.

—Sí, mucho. Bueno… yo… —Dana se giraba nervioso, mirando hacia el paso de peatones casi suplicantemente.

—¿A dónde ibas? —continuó el moreno, pasando del objeto que vibraba en el bolsillo de su ajustado pantalón.

—A casa del tío Barnie…

—Podemos ir juntos. ¿Te parece? Así hablamos, que hace siglos que no te veía. ¿Tienes móvil? Joder, es que estás tan perdido que ya no sé ni dónde encontrarte, pequeño ratón de biblioteca —soltó, palmeando el hombro de un más que incómodo castaño.

—Sí, tengo. Mira —le cedió su móvil que sacó de los anchos bolsillos de su pantalón vaquero, al menos dos o tres tallas más grandes. Y se subió enseguida las gafas de pasta negra, pasándose un mechón del pelo sin corte definido tras la oreja.

—Bien, bien. Así puedo invitarte algún día a salir, ¿sabes? Estoy en un grupo y tocamos casi todos los viernes o fines de semana. Estaría bien que te pasases, todos son geniales, como una segunda familia que… me matará como no llegue en menos de cinco minutos —se rió, guardándose el número y haciéndole una perdida—. Ahí tienes el mío.

—Genial, gracias —dijo Dana, con una suave sonrisa. No sabía ni por qué, pero empezó a andar al lado de su primo, casi encogiéndose porque lo mirase como lo mirase su imagen desentonaba al lado de alguien tan cool.

¿Pero cómo no iba a saberlo? ¿Cómo no iba a saber que su primo tocaba con String? Hacía más de un año que los conocía, cuando el guitarrista de la banda aún iba al mismo instituto que él. Tampoco hacía falta añadir que eran una de las bandas locales más populares del momento, incluso habían subido algunos temas a internet y él los guardaba celosamente. Pero no tanto como el poster que se había hecho de String, con aquella mirada intensa y oscura, o esa boca que tentaba a cualquiera que lo mirase con gestos obscenos.

Claro que sabía bien que su primo formaba parte de Death Killers, él mismo había estado en varias actuaciones, a un lado. Medio escondido para no ser visto y poder observar con libertad. Su corazón siempre palpitaba con fuerza cuando sus ojos se posaban en la figura del guitarrista, bebiendo de sus movimientos con ansias.

Pero éste nunca lo había mirado. No a él. Pero, ¿quién en su sano juicio lo haría? Su forma de vestir era más que horrible, pero cómoda. Como en aquél mismo momento: camisa a rayas verdes y blancas, con una camisa negra con el logotipo de Sega Saturn, y unos pantalones que parecía que fuesen más una tienda de campaña, agarrados por un cinturón para evitar que se cayesen, o esas zapatillas de vestir tan usadas. Realmente, observándose y observando el estilo de su primo, desentonaba horrores.

—De nada, vamos, y así me cuentas qué estas estudiando. Yo sigo en el mismo curso, ya he repetido como dos veces, y siguen sin pasarme... —empezó el de mechas, agarrándole del brazo y tomándose incluso la confianza de apoyarse en su hombro mientras lo arrastraba por la calle.


 
. . .

 
 

—Me cago en su puta madre… —siseó JJ tirando el móvil de mala manera sobre uno de los sofás, algo roñosos, del local.

Hime lo miró y se rió por lo bajo mientras se apartaba el flequillo de la cara.

—Cuanto amor en el aire —murmuró mordisqueando la tapa del bolígrafo mientras miraba la gorda libreta llena de tachones que reposaba sobre sus piernas, concentrándose de nuevo. Segundos después alzó la mirada hacia JJ, que tenía el cabello corto, rubio casi platino y con las puntas negras—. Llama a String también, debe de estar durmiendo a pierna suelta después de la borrachera de ayer.

JJ enarcó una ceja sentándose a la batería, jugueteando con las baquetas entre los dedos.

—¿Estás loco? Es insoportable cuando está dormido, además que no se le entiende nada.

Hime se volvió a reír y señaló a la puerta con la cabeza.

—Yo también te quiero JJ —dijo un tercer chico entrando al local. Llevaba el cabello negro, despeinado y, por su ropa rota y desarreglada, tenía un aire de dejadez bastante notable. Sus ojos estaban pintados pero sólo por la parte de abajo y la pintura estaba algo corrida, difuminada, dando la sensación de que tenía ojeras. La camisa sin mangas, deshilachada, y los tatuajes en sus brazos remataban el atuendo.

String fue directo a tirarse pesadamente en el sofá, junto a Hime, alzando las caderas para buscar algo en los bolsillos de sus ajustados y rotos pantalones.

—No sé dónde metí los petas —se quejó.

Hime levantó un dedo para darle a entender que esperase y con sus andares peculiares y delicados se levantó dejando la libreta abandonada a un lado. Se acercó a un mueble que había junto a una de las paredes, que tenía aspecto de viejo. Y no era para más ya que ese mueble se lo había regalado su madre para el local y había estado durante más de veinte años en el salón de casa de su abuela. Sacó una chinera negra con una calaverita blanca y la balanceó ante los ojos del moreno.

—Ay Hime, si no fuera por ti, enano... —dijo JJ riéndose mientras daba unos cuantos golpes a la batería, impaciente.

String le revolvió el pelo al menor, agradecido y comenzó a liarse un porro mientras Hime volvía a su sitio, apoyándose en el hombro del guitarrista mientras miraba la letra a medio hacer de la nueva canción.

Hime era el más pequeño de todos, tenía cuatro años menos que String, dieciséis. La palabra que mejor lo describía era: andrógino. Aunque también la palabra Otaku le iba como anillo al dedo. Tenía las facciones suaves y la piel suave como la de cualquier mujer. Su cabello era de estética visual, negro y con un enorme flequillo que le tapaba parte de la cara, además de una pequeña y fina trenza que caía por detrás de su oreja. Además, para rematar el concurso y por si ya llamaba poco la atención, le encantaba vestir con colores chillones a juego con los mechones fucsias que decoraban su cabello. Las pulseras, cinturones e incluso muñequitos colgados de este, eran típicos complementos del menor que ilustraban su personalidad alegre.

String encendió el porro dando una intensa calada, cerrando los ojos mientras movía el pié al ritmo que JJ marcaba con la batería.

Unos minutos después, se oyó como la puerta de arriba se abría, y como alguien bajaba al trote sin dejar de hablar y reír. Apenas se escuchaba a la persona que lo acompañaba, que simplemente asentía en silencio y bajaba con pasos poco audibles y sigilosos.

—Y entonces, el jodido tío Barnie, me puso una película porno porque decía que era el mejor remedio para curar mi homosexualidad. A mi madre casi le da un puto ataque al corazón cuando oyó a la rubia siliconada empezar a gemir como una perra. Juro que es lo más asqueroso que he oído en mi cochina vida —iba hablando Devy, mientras abría la puerta que daba a la habitación sin dejar de reírse—. ¡Ey!

JJ y Hime miraron curiosos al escuchar a Devy hablando con alguien más y String se limitó a entornar los ojos hacia la puerta con desgana.

El rubio se puso en pié ante la puerta con los brazos en forma de jarra.

—¿El móvil que lo tienes de adorno o qué? —le dijo con bastante mala leche aunque todos sabían que siempre era así y que al segundo siguiente estarían tan bien como siempre.

—Tengo más cosas que hacer en la vida, peliteñida —se rió el moreno, soltándose un poco la palestina porque ahí dentro hacía algo de calor—. Oh, éste es mi primo —lo presentó sin más, pasando por al lado del rubio y chocando su hombro contra el de éste.

—Buenas... —dijo desde la puerta, de donde no sabía si podría moverse por los nervios.

—Marica —le insultó JJ ignorando al chiquillo de gafas y se le tiró a la espalda, colgándosele al cuello—. No me llames así.

Hime se puso en pié y se acercó sonriente a Dana.

—Soy Hime —le dijo con una gran sonrisa, tendiéndole la mano.

En cambio String, sólo aprovechó para robarle el sitio a Hime y echarse a lo largo de todo el sofá con un bostezo. Con una rápida mirada hacia el sofá, Dana se giró y le dio la mano al chico, sonriendo un poco al fin.

—Yo soy Dana, encantado.

—Quita, lapa peliteñida. Qué me entretuve haciendo un quizz para saber si al tocarse me bajaría la regla de lo cachondo que me pones —Devy se movió, intentando quitarse al otro de encima mientras se reía y pensaba si a eso que había hecho se le podía llamar de esa forma realmente.

JJ se rió pero no le soltó, de hecho le removió el pelo por molestarle.

—¿Dana? —dijo de repente String girando la cabeza hacia el chico recién llegado por primera vez.

—Sí, Dana —repitió, confuso, soltando la mano de Hime y girando hacia su ídolo. En cualquier momento se le saldría el corazón.

Devy siguió moviéndose, dándole una nalgada al otro y completamente ajeno de todo.

—¿Qué clase de nombre es ese? ¿Es que eres una mujer o qué? —le dijo el guitarrista con una sonrisa torcida.

—¿Eh? No... yo-yo soy un hombre —miró al otro con cara confusa, colocándose las gafas. La mano le temblaba, pero creía que era necesario explicarse—: Antes era un apellido para de-denominar a aquellos que eran de Dinamarca.

— Dios, no rayes, no hace falta que me des clases de historia. Sólo era una broma —dijo el otro con vagueza, fumando un poco más del peta.

Hime disculpó a String con una sonrisa de circunstancias y cogió del brazo a Dana.

—No le hagas caso, esta de mala leche porque tiene resaca —le susurró con una pequeña risita.

—String, eres un puto borde, ¿lo sabías? —dijo JJ aún colgado de Devy.

—No traumatices a mi primo, que ahora tenemos que ir a comer a casa de un pervertido —se rió el de mechas azules, estrellando al rubio contra la pared para frotarse contra el otro—. Ey, no te vayas a empalmar, peliteñida.

Dana le devolvió la sonrisa al chico, pero se balanceaba a causa de los nervios. Incluso tuvo que recolocarse otra vez las gafas, ya que al tener la nariz tan fina de le caían con facilidad. Y más cuando sudaba.

—No pasa nada... yo pensé que... quizás no lo sabía.

El guitarrista se rió y se sentó, dejando la mitad del sofá libre y tendiéndole el porro a Dana.

—No te estreses, Dama, siéntate y fuma —dijo con cierto tonito en la palabra “Dama”, le hacía gracia los nervios del chiquillo.

Por su parte JJ hacía gestos y pegaba gritos, riéndose a carcajadas mientras trataba de quitarse a Devy de encima.

—¡No me toques con eso, a saber donde la metiste ayer!

—Se lo metí a tu madre ayer. Pero como no me gusto, luego probé con el culo de tu padre. Como tampoco me agrado, ahora lo probaré contigo —aseguró el otro, soltándolo pero arrinconándolo aún para empezar a hacerle cosquillas.

—¿Dama? Pero mi nombre es Dana... ¿eso es droga? No quiero, los libros dicen que son altamente tóxicos para el cuerpo humano —se explicó sin más el castaño, mirando desconcertado aquella cosa. Aún así se sentó en el sofá.

—¡Hime, Devy me quiere violar! —gritó JJ como un niño pequeño acusándolo a su madre y Hime se rió.

—Aaaanda Devy, deja al niño tranquilo.

Por otra parte, String miró casi desconcertado a Dana.

—En serio, te estás quedando conmigo —le dijo dando una calada al porro para echarle el humo a la cara—. ¿Los libros? Eso no sirve para nada, tú dale una buena calada y veras que relajadito te quedas.

—P-pero... —el castaño miró el casi perfecto cilindro con cara indecisa, tosiendo un poco. No era alguien que corriese riesgos porque sí, pero aquello sería lo más cerca que estaría nunca de String—. Bueno, pero sólo uno

—Meh, eres una puta chivata, peliteñida. Ahora me iré a sobetear a Hime, que él me deja hacerle de todo en el escenario, ¿verdad Hime chan? —preguntó, ya lejos del rubio al que le sacó la lengua, y rodeando la cintura del más bajo.

Hime se rió y se dejó abrazar, pero le agarró las manos.

—Quietecitas que esto no es el escenario —avisó con su voz suave mirando a String y a Dana—. Y yo que tu vigilaría a String si no quieres que tu primo llegue fumado a la comida esa.

—Pff, oye tío, qué le haces. ¿No ves que nunca lo ha hecho? —preguntó el moreno, riéndose por la cara que había hecho Dana antes de empezar a toser. Y en un descuido, apresó las nalgas de Hime—. Uhm, así te quería tener yo.

—¡Devy! —le regañó el menor empujándole.

—¿Ves? —dijo JJ volviendo a donde la batería, retomando las baquetas—. Nadie te quiere Devy, supéralo.

String se encogió de hombros y retiro el porro pero volvió a acercarse a la cara de Dana para echarle el humo una última vez antes de volver a tirarse hacia atrás.

…ste pestañeó violentamente, sin dejar de toser. Incluso un par de lágrimas bajaron rodando por sus mejillas. Alzó una mano para apartar el humo, mirando al moreno. Sentía su cabeza algo ligera.

—Estás celoso porque las nalgas de Hime son mejores. Tan jóvenes y duras. No como las tuyas, peliteñida, que las tienes toda fofas —se rió, porque sabía que era una mentira. No dudaría un segundo si tuviese que ponerles nota, debían ser las mejor puestas de todo el grupo. Al menos eso le parecía a sus manos y a sus ojos. Su polla aún no había conquistado ese terreno, y dudaba que lo hiciese algún día.

String se rió y con toda la confianza del mundo se echó, apoyando las piernas en Dana mientras observaba la discusión de los otros.

—Fofas, pero te mueres por ellas —le respondió JJ con una sonrisa afilada, haciendo un pequeño Break con la batería.

—Bueno ya valió —dijo Hime atrayendo la atención de todos—. ¿Vamos a ensayar o no?

—Más quisieras, cabeza de huevo —Devy le echó un corte, riéndose antes de silenciarse ante la mirada de Hime—. Eh, yo no puedo quedarme mucho. Comida en casa de pervertiland.

Dana mirada sus piernas sin saber qué hacer con ellas. ¿Debía mantenerlas alzadas? ¿Apartar esos pies que manchaban sus pantalones? ¿Dónde debía colocar sus manos? Limpiándose el sudor de estas en la camisa de rayas, las dejó apoyadas a ambos lados de su cuerpo, observando a los demás en silencio.

—Joder Devy, eso se avisa, si lo sé no vengo —dijo el rubio algo molesto, mirándole con el ceño fruncido.

Hime sólo suspiró y miró el reloj, encogiéndose de hombros.

—Pues entonces yo me voy ya, tengo un examen la semana que viene y todavía no he mirado nada.

—Eh, loba, no me muerdas. No es mi culpa que la jodida de mi madre se haya empeñado. Yo venía dispuesto a practicar un par de horas, pero... —el moreno se encogió de hombros, dando a entender que no podía hacer nada—. Eh, Hime, ¿te ayudo a estudiar? Puedo enseñarte muchas cosas.

—No, gracias cariño pero soy demasiado joven para todo lo que me quieras enseñar —le dijo Hime tirándole un beso con la mano, haciendo resonar todas las pulserillas que colgaban de su muñeca.

—Pues yo me quedo —dijo String bostezando—. Estoy medio fumado y no pieeenso moverme de aquí —canturreó.

—Tápate bien el trasero, no vayan a jodértelo —le aconsejó Devy, ya habiendo rescatado a su primo que parecía a punto de partirse la cara con la pared a la mínima que lo soltase. Y añadió sólo por joder al rubio que lo seguía—: A mí un huevo me persigue. ¡Au!


 
. . .

 


Hime no tardó demasiado en regresar a casa tirando la chaqueta en el sofá. Posó las llaves en la mesa del salón y frunció el ceño, extrañado por no oír ningún sonido.

—¿Mamá? ¿Papá? —llamó pero no recibió respuesta ninguna así que sonrió con amplitud y corrió a su habitación para encender el ordenador. Se agachó debajo de la besa y conectó el buffer que su madre se empeñaba en desenchufar para que no hiciera resonar toda la casa con su música. La voz del cantante de Alesana, su grupo favorito y modelo a seguir, resonó por toda la habitación junto con las estridentes guitarras y baterías.

Canturreando se quitó el par de ganchitos que llevaba en el pelo y las pulseras, sentándose sobre la silla negra. Encendió el Messenger y un par de ventanitas le saltaron pero las ignoró, abriendo directamente el Hotmail. Llevaba días esperando por el mail de confirmación de la llegada de un pedido, una sudadera genial con orejas de gato en la capucha.

Torció los labios graciosamente al ver que la respuesta era un no, sólo tenía un mail nuevo procedente de Devy. Se rió mientras lo abría sabiendo que sería algún video cerdo de esos que les mandaba a veces por, según él, ser ‘curiosos’.

Pulsó al link con calma y entonces la pregunta parpadeó en la pantalla.

«¿Qué es lo que más deseas en este momento?»

El menor enarcó una ceja, pensando que qué clase de broma sería aquello. Se mordió el labio inferior y miró a su alrededor no sabía bien por qué. Se quedó pensativo ante la pantalla del ordenador y con un suspiro, tecleó despacio.

«Alguien que me quiera por ser yo y no por el papel que interpreto».

Le dio al enter y como no recibió respuesta ninguna, cerró la web, extrañado. ¿Qué clase de juego era aquel? Una mierda, desde luego. Seguro que era una de esas cosas con trampa que le llegaría directamente al mail a Devy pero no le importó demasiado.


 
. . .


 

—¿¡Qué dices mama!? —gritó JJ desde su habitación bajando la música.

—¡Que tienes que enviarle a tu tía las fotos del bautizo! ¡Las tienes en la carpeta de Fotos que te deje en el escritorio! —le contestó su madre desde la cocina, asomando la cabeza por la puerta.

—¡¡Vale!! —contestó JJ subiendo otra vez la música mientras se levantaba con cierta vagueza para cerrar la puerta.

Abrió su oxidada cuenta de correo y al igual que Hime, un e-mail de Devy le esperaba. No dudó en abrirlo sintiéndose un tanto nervioso, como cada vez que algo llevaba el nombre de Devy en él. Pero al observar un soso link se decepcionó un tanto. De todas maneras accedió a la web y vio la preguntita. Aquello le dejó algo desconcertado pero enseguida su rostro mostró una sonrisa afilada.

—Qué cabrón —se rió sabiendo que aquella respuesta le llegaría a él—. Pues vale.

«Que mis padres me dejen tranquilo de una puta vez», tecleó aún sonriendo y lo envió, imaginándose la cara de Devy al ver aquella respuesta. Seguro que el de mechas azules pensaría que le iba a poner alguna respuesta salida.

—Eso por decir que tengo el culo rojo —se rió y se puso a mandar las malditas fotos.


 
. . .


 

Eran las siete de la tarde y por fin podía volver a su casa después de pasar el día entrenando y con unos cuantos chicos del club de natación. Con las manos metidas en el chándal azul, subió los pocos peldaños que lo separaban de la puerta de madera barnizada de su casa. Sacó las llaves y las metió en la cerradura. No se oía a nadie en casa, así que supuso que habrían salido.

Cuando entró, las tiró en un pequeño cenicero en la entrada acristalada. Se miró de reojo, contemplando algunas manchas húmedas en el chándal. No había querido perder el tiempo allí, pues sabía que si no lo harían salir por la noche. Sus ojos claros le devolvían una mirada seria y madura, el flequillo caía sobre su ojo izquierdo, más largo que el resto de su cabello que se había tintado de un castaño tirando a color paja. Ya se le notaban las raíces, pero le daba igual.

Bradley se quitó la pesada bolsa azul y blanca del hombro, tirándola por ahí mientras iba hacia su habitación y se abría la chaqueta azulada, sin quitársela, revelando una camisa sin mangas blanca, totalmente ajustada a su pecho marcado y musculado gracias al deporte.

Estaba totalmente a gusto sin hermanas pesadas en casa. O sin una madre que lo agobiase con preguntas a las cuales no encontraba sentido. …l hubiese preferido llegar tarde, pero por otras razones. Deseaba ver al cantante de una banda. Lo deseaba con fuerzas. Hiciese lo que hiciese nunca podía olvidarse de él. A pesar de haber escuchado que era un chico y no una chica como había pensado en un inicio; que era gay y que además gozaba de buena fama entre ellos a pesar de su juventud.

Encendió la pantalla del PC que se pasaba las veinticuatro horas del día encendido, y se acomodó en la silla de cuero con las piernas muy abiertas. Estaba revisando el correo como siempre que volvía de la calle, más por pura manía que por otra cosa. Y aunque sus tripas gruñían, abrió uno a uno todos los e-mails, descartando los dudosos. Incluso abrió el de uno de su clase con el que nunca hablaba pero que lo tenía agregado al Messenger.

Devereux. ¿Qué querría ese? Apenas se miraban en clases o intercambian miradas. No porque el de mechas azules no lo hubiese intentado, si no porque Brad era realmente cortante con la gente que no le entraba por el ojo desde un principio. Era demasiado raro para él, a pesar de que no se quejaba sobre su aspecto, ya que el cantante que le gustaba iba aún más llamativo que él.

«¿Qué deseas en este mismo instante?», rezaba la página de la pantalla.

Bradley leyó la pregunta un par de veces, sin entender por qué le había mandado eso aquél loco. Pero seguramente era por eso, porque estaba loco.

Por unos instantes, sus manos estuvieron quietas sobre el teclado, inanimadas. Sus ojos fijos en la pregunta ya con más seriedad. Justo lo que le faltaba a su mente, una pregunta que la taladrase e hiciese que ese recóndito lugar de su mente emergiese de nuevo. Mordiéndose el labio tecleo unas palabras, pero enseguida las borro. Era una auténtica tontería aquello. ¿Y si sólo era una broma para burlarse de él?

Deseaba conseguir el valor suficiente no sólo para superar aquellas malditas dudas, si no para ser más sincero consigo mismo. Con un suspiro, volvió a escribir las mismas palabras y terminó la oración

—Deseo poder estar más cerca de él —la releyó antes de borrar lo último y añadir el nombre de ese cantante que lo traía loco. Movimientos visiblemente gays inclusive.

Con un suspiro, lo mandó y cerró la página, levantándose y subiéndose hasta los labios la cremallera. Buscaría algo de comer y se acostaría.
 
 
 

 
 
 
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