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T. Kuroo & K. Tsukishima

Autor: Akudo

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Notas del fanfic:

Los personajes son de Furudate Haruichi.

Amen el kurotsuki ¡carajo!

Esa vez que Tetsuro no estaba jugando bien.

No se sentía de la misma manera que siempre y por alguna razón los rally extendidos más que antojársele excitantes, estaban siendo muy cansinos hoy.

Por fin la pelota rebotó en el suelo y ni siquiera vio que había sido de su lado de la red. Kai la lanzó hacia los de Ubugawa para que hicieran el saque y dando un par de fuertes palmadas alentó a sus chicos, cosa que debería estar haciendo Kuroo, el capitán, en vez de tener el cuello torcido hacia la cancha de al lado donde Karasuno tomaba su primer tiempo fuera contra un casi invencible Fukurodani, que estaba teniendo uno de sus mejores días. Los festejos de Bokuto hacían temblar el techo del gimnasio.

“Debes tomarte más en serio el voleibol”, “Eres un bloqueador, no mejorarás si no practicas”. Sus propias palabras hacían un débil eco en el fondo de su cabeza, tratando de rasguñar alguna neurona que lo hiciera enfocarse en el oponente que tenían delante, sin embargo, la imagen de Tsukishima quitándose los anteojos para secarse el sudor con el borde de su camisa, presumiendo sus notorias costillas y poco definidos abdominales, le hizo un kill block a cualquier otro pensamiento que no fuera el de querer masturbarse en ese instante.

El rubio terminó por darle la espalda, mientras se colocaba la mano en la cintura y dejaba caer todo su peso en una sola pierna en una pose totalmente desinteresada, escuchando las indicaciones del entrenador.

— Nice serve!

«Oh sí, nice.» pensó Kuroo, notando la forma en la que se marcaba apenas aquel trasero con esos shorts oscuros.

Y apenas logró volver a la realidad por el grito de sus compañeros, para recibir por puro instinto ese temerario saque que le hizo arder desde la capa exterior de su piel hasta el interior de los músculos de sus brazos, con una técnica mucho menos agraciada que de costumbre, por lo que Kenma tuvo que moverse con pereza de su posición para cubrir la pelota y enviársela a su encendido As.

De alguna manera lograron robar ese punto y felicitó a Yamamoto para huir de la mirada “no moveré un dedo ni diré nada, pero te observaré de una forma jodidamente incómoda” que le estaba echando Kenma por su asqueroso rendimiento en el partido.

¿Pero quién podría culparlo? Ya que desde anoche tenía un bonito y larguirucho rubio malhumorado como novio.

 

 

 

Esa vez que Kei tuvo primeras veces dulces.

A pesar de su personalidad agria un tanto retorcida, a Tsukishima le gustaba la comida dulce. No solo por su mágico sabor que invitaba a la oxitocina a bailar dentro de su cerebro, sino también por el aroma tan agradable que tenía cualquier panqué o pedazo de tarta. Le encantaba, no en exceso, pero sí lo suficiente para ser su comida favorita.

En su lonchera siempre iba asegurado un pudín para después del almuerzo en la escuela. Siempre tenía algún chicle o bombón con centro de jalea de fresas deliberadamente guardado en el bolsillo derecho de su pantalón, listo para cualquier sensación de antojo. Y era casi una ley que la nevera guardara porciones separadas de torta, estrictamente exclusivas para la persona cuyo nombre estuviera escrito en la envoltura de cada una.

Si alguien tocaba alguna que no le pertenecía, la de Kei por ejemplo, quién sabe qué clase de monstruo sería liberado.

Así que su primer beso había tenido el sabor del algodón de azúcar que sostenía en la mano a medio comer, mientras observaba el pequeño escenario donde varias chicas con maquillaje de geisha y kimonos muy elaborados hacían un bonito espectáculo de baile, en aquella feria local a la que lo había ido a acompañar (arrastrar) Kuroo en Miyagi.

Kuroo lo había llamado por su nombre, celoso de que sus ojos casi dorados estuvieran viendo hacia otra parte tanto tiempo, y Kei se giró con la boca entreabierta para darle espacio a un bocado más de algodón que terminó siendo reemplazado por la lengua de Kuroo. No la sintió fuera de su boca hasta que el mayor se hubo encargado de retirarle hasta el más mínimo rastro de dulce entre sus dientes, y Tsukishima lo vio relamerse antes de guardar aquella lengua nuevamente entre sus propios labios.

Los tambores dejaron de sonar y la gente soltó los aplausos cuando Tsukishima decidió que no era un delito un beso más.

También, en la segunda ocasión que se quedaba en casa de Kuroo, esa noche los dejaban solos hasta las 2am que avisó la madre del pelinegro que regresaría de su turno en la farmacia donde trabajaba. Tiempo suficiente para que ambos acordaran que (por fin) descubrirían cómo era tener sexo con el otro. Lo que Tsukishima no se esperó fue que al salir de la ducha y entrara de nuevo en la habitación Kuroo éste lo estuviera esperando desnudo, con una sonrisa guasona y el olor dulzón de la crema batida viniendo de sus pezones. El que debería ser el más maduro de ambos agarró la sábana que lo cubría desde la cintura y la alzó sin destaparse.

— Adivina qué hay debajo.

El tic que atacó la fina ceja del rubio no fue suficiente para convencer a Kuroo de que esa no era una idea tan buena. Quizás lo que le hizo sospechar un poco aparte de la sonrisa claramente fingida de Kei, fueron esos afilados dientes que casi lo dejan sexualmente inútil.

Notas finales:

A medida que vaya agregando historias habrán otros géneros y advertencias.

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