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SAKURA GAKUEN

Autor: Karenlauren

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Notas del fanfic:

Rechazo todos los derechos de autor, no me pertenecen los personajes. 

 

**************TEMPORALMENTE SUSPENDIDO*****************

Hola, me llamo Naruto Uzumaki y tengo dieciséis años. Vivo en Japón porque mi madre es japonesa, pero mi padre es americano.

La verdad es que a mis padres les costó lo suyo encontrar un nombre que les gustara a los dos… aunque eso tan solo se lo digo a la gente que no me cae bien, no me gusta hablar de mi pasado, a no ser que sea necesario.

En realidad mi nombre no me lo pusieron mis padres, por desgracia ellos murieron: Él era un joven empresario con mucho dinero y talento para las finanzas, le asesinaron por ciertos problemas con una empresa que les hacía competencia. Lo hicieron la misma noche en que mi madre  descubrió que estaba embarazada de tres meses.

Ella al enterarse de la noticia cayó en una fuerte depresión. Por suerte, su hermano y un calmante al día la ayudaron a conllevarlo. Mi madre se mudó a la mansión de mi tío doncel, es decir, su hermano: que se había casado con un hombre millonario, Madara Uchiha. Vendieron la otra casa al siguiente mes.

Mi madre lo soportó hasta que nací yo, el parto fue problemático y no sobrevivió. Al nacer me pusieron en brazos de mi tío, quién me puso el nombre.

Esa fue la única vez en mi vida que mi tío me había abrazado o tan siquiera dirigido un gesto mínimamente cariñoso, ya que después de esa noche, Minato empezó a culparme por la muerte de mi madre y se alejó de mí. Contrató a una niñera -Tsunade- y prácticamente se olvidó de mí.

Pasaron los años y yo entré en la guardería. Allí hice muchos amigos: Shikamaru, Hinata, Neji, Deidara, Gaara, Ino… Pero, sobre todo, me hice amigo de un chico callado y reservado llamado Sai. Tengo que reconocer que me costó bastante hacerme su amigo, ya que él era todo lo opuesto a mí: yo era un doncel dulce, alegre, simpático y que no permitía a nadie estar solo; en cambio, él era callado, reservado y solitario.

Gracias a mi perseverancia, conseguí que nos hiciéramos amigos, y a partir de ahí yo entré en su mundo.

Nuestra relación avanzó rápidamente hasta el punto que llegué a considerarlo un hermano mayor. Yo, supongo que para él era, también, como su hermano menor.

Recuerdo un día en el que estaba jugando con unas palas nuevas en el cajón de arena, se me acercaron unos chicos con un par de años más grandes que yo, y muy estúpidos que me quitaron mis juguetes nuevos y me empujaron de nuevo al suelo cuando intenté levantarme para recuperarlos. Al caer, me hice daño en el codo y empezó a sangrar, me asusté y empecé a llorar a la vez que ellos se reían de mí.

Entonces, sucedió algo que me sorprendió ya que Sai -que me había estado observando desde lejos- vino corriendo y ahuyentó a esos matones. Entonces se arrodilló junto a mí en silencio, sacó un pañuelo de su bolsillo y me limpió la sangre del codo.

Al ver su gesto de amabilidad, dejé de llorar sorprendido. Él se levantó y me tendió la mano para ayudarme a levantarme, levanté la cabeza y tomé su mano a la vez que le veía sonreír por primera vez. Fue como si me renovase de energía positiva y me animara, le devolví la sonrisa y me levanté del suelo:

- ¿Estas bien... Nii-chan?- dijo él. Le miré muy sorprendido, me había llamado Nii-chan, eso era… ¡Genial! Tenía un Nii-san. Eso me hizo superfeliz, sentía que podía volar. Le sonreí con todo mi corazón y le dije:

- Si, Nii-san. Muchas gracias.

Creo que fue ese día en concreto en el que sentí que él ya era mi amigo. Des de entonces nos hicimos realmente como hermanos, no había secretos entre nosotros y nos complementábamos muy bien. Hasta inventamos nuestro propio lenguaje secreto.

Todo fue bien, hasta que entramos en secundaria y empezaron los problemas ya que nuestros cuerpos se desenvoluparon:

Él se convirtió en un joven de pelo oscuro y ojos negros increíbles que parecía atravesarte, y además iba tres veces por semana al gimnasio. De los chicos, era el que mejores notas sacaba y en deporte era toda una estrella. Sin embargo, su carácter seguía siendo el mismo: callado, distante y era frío con las chicas y donceles, él se llevaba mejor con los chicos y, por supuesto, conmigo su hermanito.

En cambio yo, me convertí en un adolescente de piel bonita y resplandeciente, pelo rubio largo y ondulado hasta la parte baja de la espalda y ojos grandes y azules atentos a todo lo que ocurría a mí alrededor. Mi estatura era más bien mediana hacia baja y delgada aunque con curvas. A diferencia de Sai, mi carácter cambió: me volví  más reservado y mi perseverancia se fue perdiendo poco a poco. Mis notas eran las mejores del curso después de las de Sai- me ayudaba a estudiar-.

De pronto, a él le empezaron a aparecer cartas de admiradoras secretas en la taquilla (unas diez al día), a las que rechazaba a todas sin excepción.

Y, de pronto, a mí los chicos me empezaron a perseguir y pedir salir conmigo. Igual que Richard con las chicas, los rechazaba a todos. Aunque hubo veces en que algunos llegaban al punto del acoso y entonces Richard me defendía.

Así pasamos la secundaria y nos graduamos.

Ese verano Richard se estuvo comportando de manera extraña, y no sólo eso: mi tío, al ver que ya me había hecho todo un doncel, no soportaba verme por la mansión, ya que él veía en mi el vivo retrato de mi madre muerta, a la que él quería demasiado y aún no había podido olvidar. 

Así que me dijo que había decidido, sin consultarme, que ya era lo suficientemente mayor como para vivir solo e independizarme.

Me comunicó a través de un mayordomo que Madara me iba a comprar una casa cerca de la preparatoria pública a la que me había matriculado con Sai, también me dijo que a finales de verano me podría instalar en esa casa.

Pasaron los días y cuando solo faltaban dos semanas para empezar la preparatoria fui a ver mi nueva casa, situada en un barrio residencial  muy tranquilo a las afueras de Tokio.

Por fuera la casa parecía grande, además tenía un jardín amplio y estaba rodeada por una valla de setos que era poco más bajos que yo, me llegaban a los hombros. La puerta era de madera y blindada. A la derecha había un pequeño cobertizo y a la izquierda empezaba el jardín que rodeaba toda la casa. Entré, el recibidor era a doble altura, y a la derecha había un mueble para dejar los zapatos y encima un espejo. Me quité los zapatos y entré descalzo al pasillo, la primera sala era una sala de estar enorme: tenía un gigantesco sofá y una tele de pantalla plana, además tenía una puerta de cristal que daba al jardín dónde había una caseta para perros con el tejado rosa. Volví al pasillo y entré en la siguiente sala: era la cocina estilo americano con una mesa en el centro. La siguiente era un aseo. Volví al recibidor y subí las escaleras de la derecha. Arriba encontré dos dormitorios, los dos con cama de matrimonio y también encontré una sala con una lavadora, una secadora y una plancha con una tabla de planchar a juego.

Llamé a Sai para que viniera a ver mi casa nueva. Llegó esa misma tarde en la que estuvo más raro que nunca. Me dijo si se podía quedar a dormir los primeros días, para que no me sintiera tan solo ya que en esa casa solo iba a vivir yo.

Esos días fueron muy felices, hice una tarta que él quiso decorar con nata, pero le detuve torpemente y la nata fue a parar a nuestra ropa; hicimos una guerra de almohadas, nos acostamos tarde viendo pelis de miedo.

Al último día le acorralé y le obligué a confesarme por qué se había estado comportando de manera extraña ese último verano: su familia se mudaba a Inglaterra por motivos de trabajo.

De repente fue como si se para el tiempo y mi corazón se congelara.

De verdad me va a dejar solo, pensé en esos instantes mientras lágrimas de tristeza resbalaban por mi rostro tan rápidamente que tan siquiera me di cuenta que estaba llorando.

Sai se fue temprano a la mañana siguiente sin decirme nada. Para cuando me desperté su avión ya había salido.

Aun sabiendo eso fui corriendo al aeropuerto deseando desesperado que no se hubiera ido sin despedirme, deseando que él estuviera esperándome. Al llegar estuve buscándolo por el aeropuerto hasta el anochecer, después fui a su mansión: un lugar lleno de recuerdos cálidos y agradables dónde me sentí querida en algún momento de mi vida.

Me quedé horrorizado al ver que estaba en venta.

Finalmente regresé a casa sintiéndome muy solo, todos me habían dejado: mi padre, mi madre, mi tío y ahora él.

Me dirigí a mi habitación, la más grande, con una cama de matrimonio pegada a la pared con sábanas verde claro, una alfombra en medio color crema, en la pared del fondo una ventana grande con macetas-aun sin flores- por fuera y cortinas blancas con encaje en la parte baja, en la pared derecha había un armario y una cómoda y, por último, había un espejo de cuerpo entero en la misma pared que la puerta.

Me dejé caer en la cama y lloré desconsoladamente toda la noche, hasta que el cansancio me venció durmiéndome en un mundo vacío sin sueños.

A la mañana siguiente me despertaron los rayos de luz del Sol que se colaban por la ventana.

¿Por qué?, fue lo primero que pensé al despertar deprimido, ¿por qué me pones a prueba de esta manera, Dios? ¿Por qué me haces sufrir?

Me levanté y fui al baño sintiendo que mi cansado corazón se derrumbaba ante la agobiante presión de la soledad.

Al salir me dirigí a la cocina pero no tenía hambre, así que volví arriba y me vestí con una minifalda tejana y una camisa de tirantes rosa claro y un cinturón marrón claro ancho. Bajé de nuevo, pesadamente, a la sala de estar. Me iba a poner a ver la tele cuando, de repente, alguien llamó al timbre: era el cartero, que me traía un paquete. Le firmé el papel conforme me había entregado el paquete y llevé la caja al comedor, pesaba lo suyo.

La dejé en el sofá y me senté al lado. Vi que tenía una carta en lo alto, la cogí y vi que el remitente era Sai, la abrí emocionado y empecé a leer:

 

 

Querido Naruto:

 

Que sepas que yo no me he ido por voluntad propia, yo le rogué a mi padre que me dejara quedarme contigo y estuve a punto de conseguirlo, pero mi hermano se opuso. Siento no haberte despertado cuando me fui, pero si hubieras venido no me hubiera podido ir.

Quiero que sepas que no quiero que estés solo, esa no era mi intención de verdad espero que algún día puedas perdonarme por irme, pero sin duda, regresaré a por ti en cuanto pueda.

Pero, aun así tengo que asegurarme que tú estarás bien, así que en esta caja está mi regalo que cuidará de ti por mí. Te mando mi corazón con él,

Así que es como si estuviera a tu lado. Te escribiré siempre que pueda, pero me he de poner al día con el inglés, así que no será muy a menudo.

Te quiero Nii-chan,

Sai.

P.D: Júrame que no dejarás de sonreír. 

 

 

 

 

Inconscientemente, hice el mismo gesto que el emoticono que había dibujado Sai y me coloqué los dedos índices sobre las comisuras de mi boca, y tiré hacia arriba para sonreír. Ese gesto fue como un bálsamo que restauró mi corazón dañado, me sentí mucho mejor.

 De golpe, me di cuenta de que aún no había abierto el paquete. Me giré hacia él con curiosidad y lo abrí rápidamente. Al abrirlo algo se lanzó sobre mí tirando el paquete al suelo de parquet.

Era un pequeño cachorro labrador de color negro muy simpático que me empezó a lamer la cara. Me caí de espaldas encima del sofá riendo a pierna suelta, ya que había estado muy deprimido.

En la carta ponía que el cachorro aún no tenía nombre. Lo coloqué suavemente en mi regazo y lo observé: era ágil y fuerte, tenía el pelo corto y negro y los ojos de cachorro grandes y verdes. Decidí llamarle Hiroto, Hiro para abreviar:

- Te llamarás Hiro, ¿te gusta?- acerqué mi cara a él, que como respuesta me dio un rápido lengüetazo en la nariz y saltó de mis brazos para salir corriendo a explorar la casa. 

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