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Colores primarios

Autor: blendpekoe

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Me senté en el parque mirando las flores de los arboles, en una avanzada primavera, la cantidad de flores era impresionante. No me generaban admiración, ni siquiera interés, pero las observaba como sí así fuera. Siguiendo con atención el movimiento provocado por el viento que lograba derribar algunos pétalos deformándolas. Se me ocurrió que si esas flores tuvieran sentimientos, se sentirían igual que yo: conmocionadas. Las sacudidas del viento las dejaban con menos pétalos que las demás, o ninguno en varios casos, y se volvían diferentes. Suspiré irritado. En realidad las flores nada tenían en común con mi persona pero mi estado emocional lograba asociar cualquier cosa conmigo en busca de autocompasión. Estaba ahí porque mi conciencia me obligaba a apartarme de mi familia. Pero mi hermano apareció para sentarse cerca de mí evitando que pudiera calmarme, así que seguí mirando las flores con gran seriedad como si no se hubiera acercado.

-Dani. -llamó.

Lo miré con la misma intensidad que le dedicaba a las flores, indicándole, tan sólo con eso, que no hablara.

-No te enojes por una tontería. -dijo con simpatía ignorando mi mal humor.

-No es una tontería. -respondí rápidamente.

Suspiró.

-Vas a tener que hacer de cuenta que sí es una tontería.

Yo estaba enojado, ofendido, indignado, todo a la vez. Y aunque entendía lo que mi hermano me intentaba decir, no quería escuchar nada en ese momento, así que me levanté en silencio deseando poder ignorar la voz de mi conciencia. Afortunadamente Gabriel decidió también guardar silencio y dejarme ir en paz. En un acto de enojo, rodeé la casa de mis padres para no cruzar palabras con ellos tampoco. Sabía que posiblemente después de unos días me resignaría y me calmaría, seguramente, después de un par de semanas, volvería a sentarme a almorzar con mi familia como si nada hubiera ocurrido, con todos a mi alrededor evitando tocar el tema. Pero hasta entonces me apartaría antes de decir algo hiriente, motivo por el cual había estado sentado solo en el jardín. Quería prevenirme a mi mismo de actuar infantil. Aún así, con esa idea presente, terminé forcejeando con el portón para poder sacar mi auto y así no tener que entrar a pedir que me abran. Ya que no hablarles era mi improvisado plan. El portón eléctrico comenzó a abrirse, luego siguió abriéndose sin mi ayuda con su ruido característico hasta que llegó al final de su recorrido y se detuvo.
-No hacía falta que vinieras a desahogarte con esa puerta. -dijo mi padre con voz calma.
Estaba parado detrás mío y al darme vuelta vi el control que manejaba el portón en su mano, sólo me sumó más enojo no haberlo abierto por mi cuenta. Lo ignoré y fui a mi auto donde él interrumpió mi paso.
-Dani, no quiero que te enojes con nosotros.
-¿Entonces qué hago? -pregunté con ruego en la voz.
No tenía intención de mostrarme vulnerable pero así salieron mis palabras. Miré a mi padre esperando su respuesta, rogando que no me defraudara.
-Tener paciencia. -respondió.
Por algún motivo había esperado alguna justificación de su parte, si es que no iba a decir algo que me animara, pero su respuesta sólo me desconcertó y no me generó ningún tipo de alivio. Insistí en mi regreso al auto con él siguiéndome de cerca.

-Creo que no nos estamos entendiendo. Así que mejor me voy.

Pero me detuve al abrir la puerta de mi auto, tratando de pensar claramente. Me volví hacia él todavía sin saber qué hacer con la presente situación.

-Yo no esperaba esto. -dije sinceramente. -Me siento decepcionado porque es difícil lo que estoy viviendo y muchas veces no sé qué hacer. Todos los días pienso en cómo salir adelante con Santiago... tengo la sensación de que en cualquier momento se va a cansar. -varios pensamientos que me acechaban constantemente se cruzaron por mi mente.

Mi padre me observaba preocupado y un poco sorprendido por mis palabras. No era muy común que me expresara frente a él, si debía hablar con alguien siempre era mi madre, aunque ese nivel de honestidad tampoco lo alcanzaba con ella. Tomé aire para seguir.

-Es muy importante para mí. Si no quieren aceptarlo no me importa, pero agradecería que dejaran de repetir que estoy cometiendo un error cada vez que me ven.

Mi padre mantuvo su silencio sin intenciones de retractarse de ninguna de las palabras que me habían dicho ese día, ni ninguna vez anterior. Me subí al auto después de eso.

Ese día había llegado a mi límite.
Puse el auto en marcha bajo la vista de mi padre que ya nada hacía para detenerme y me fui.

.

Manejé con poco apuro aunque estaba llegando tarde a mi próximo compromiso. Necesitaba relajar mi cara para que no se notara tanto que algo había pasado, así evitaría darle una nueva preocupación a Santiago. Pero cada vez me costaba más actuar como si nada me preocupara. Ese día iba a ser particularmente difícil disimular sabiendo que debía reunirme con él y su hija.

Santiago aprovechaba pequeñas oportunidades que se presentaban para acercarme a Iris, mientras que yo las evitaba siempre que no fuera tan obvio. Pero él lo sabía y yo sabía que él sabía que no me sentía cómodo en esos encuentros. Por eso a veces cedía, en especial desde que él había dejado de insistir.

En un principio había estado entusiasmado por conocer a Iris, solía ponerme nervioso porque quería agradarle y no sabía como hacerlo. Mi único trato con niños había sido con mis primos, pero eran mis primos y no necesitaba caerles bien. Con Iris era diferente, su aceptación era primordial, o al menos así lo veía. Significaría un avance en mi relación con Santiago. Pero sólo se convirtió en un miedo más, el más grande de todos, porque su rechazo y el enojo que provocaba mi presencia en ella era fuerte. No negociaba con Santiago el llevarse bien conmigo y yo mismo había sido testigo de su pregunta más insistente: cuando me iba a dejar de ver. Le pedía a su padre que se peleara conmigo, aunque no estaba seguro cuanto entendía de nuestra relación sí dejaba claro que creía que no verme a mí solucionaría todos los problemas familiares. Eso me daba escalofríos. Y verla era llenarme de nervios y sentirme en riesgo, me daba miedo que comenzara a decirle a Santiago cosas más duras de sobrellevar.

Así que de mala gana fui donde estaban ellos.

Llegué a una heladería frente al río y encontré a ambos sentados bajo un árbol lleno de flores. Dudé en acercarme. Iris parecía muy satisfecha con el helado que tomaba, tenía una expresión muy tierna, mientras que Santiago hacía todo lo posible para que su pelo no se ensuciara con el helado. Era como si estuviera haciendo malabares. Entonces él me vio y me hizo señas. Aunque intentaba no demostrar mucho mi incomodidad, Santiago me hizo una pequeña expresión de ruego para que me acercara. Traté de mantenerme a una buena distancia, pero en cuanto me senté, Iris me vio y se olvidó del helado que tenía en la mano. Parecía muy sorprendida. Rápidamente volteó a ver a Santiago con una mirada acusadora.

-Le pedí a Dani que nos venga a buscar. -trató de decir amablemente.

Pero ella no respondió, solamente siguió mirándolo como si él la hubiera traicionado mientras que Santiago intentaba hacer de cuenta que no notaba su enojo ni el motivo del mismo. Ella se rindió y bajó la mirada. Bruscamente tiró su helado al suelo y no volvió a levantar la cabeza.

Guardar silencio era lo único razonable que yo podía hacer. Volví a mirar a Santiago pero él evitaba mirarme a mí. Me sentí tan mal por él que resistí la urgencia de irme y seguí con el plan de llevarlos. Fue agobiante caminar detrás de ellos y peor fue estar juntos en el auto. Iris se negaba a responder y todos los intentos de su padre por animarla fracasaban. Seguía sin levantar la cabeza.

Después de un viaje silencioso, paramos a dos cuadras de la casa de Iris, en la sombra de un enorme árbol. Se fueron y yo esperé en el auto. Sólo cuando los perdí de vista sentí que volvía a respirar. Luego esperé mucho tiempo sin saber cuanto podría llegar a tardarse Santiago. Había posibilidades de que su hija decidiera terminar con la ley del hielo al no verme presente. Como también podría generarse algún momento tenso con la madre, quien no quería que su hija tuviera contacto conmigo.

Después de mucho esperar, treinta minutos o más, Santiago regresó. No pude comenzar ningún tipo de conversación al verlo tan serio y pensativo, concentrado en una de esas cosas que guardaba sólo para sí mismo.

-¿Vienes a casa? -llegué a preguntar.

Me miró como si en ese momento se hubiera percatado de mi presencia, confundido por no haber escuchado realmente lo que había dicho.

-¿Vienes a casa? -repetí.

-Sí.

Los domingos eran estresante para mí. Santiago dejaba a Iris con su madre y luego de eso quedaba triste y pensativo. Yo me castigaba creando teorías, como que se replanteaba su decisión o cosas así, y temía que en cualquier momento lo dijera en voz alta. Pero nunca me insinuaba nada, recién cuando él volvía a la normalidad esos pensamientos me dejaban en paz.

Cuando llegamos, Santiago me abrazó repentinamente.

-¿Estás bien?

Sólo asintió.

-No estás nada bien. -afirmé.

Lo llevé conmigo al cuarto para que me acompañara a dormir una siesta. Yo tenía que hacerlo obligadamente para luego poder ir a trabajar y él no le vendría mal descansar. Ambos tardamos en conciliar el sueño. Quería hacerle muchas preguntas, saber qué estaba pasando con él, pero me detenía la impresión de que terminaría atormentándolo si lo hacía. Estaba bajo mucha presión para que yo agregue más.

Cuando me fui para trabajar, Santiago seguía durmiendo.

Al llegar a mi trabajo intenté dormir un poco más, no era necesario esconderse para hacer algo así. En la sala de rayos X, sentado en una silla, apoyándome sobre una camilla, dormía. Así evitaría que mi mente repasara todos los sucesos del día. No quería pensar en la tristeza de Santiago, siempre, por más que pensara y pensara, no encontraba la manera de ayudarlo. Tenía esta sensación de que cualquier cosa que yo hiciera empeoraría todo.

Es noche fue una de esas noche que nada ocurría. Dormí sin interrupción hasta que me desperté solo, incómodo por la posición. Di vueltas por la guardia donde casi no había personal, algunos miraban la televisión en la sala de espera, otros jugaban con su celular. La noche ya estaba muy avanzada y las conversaciones se habían acabado. Salí al jardín del hospital para sentarme en el medio de la oscuridad a mirar las estrellas, algo que había comenzado a hacer imitando a Santiago sin darme cuenta. En seguida comencé a pensar en él y deseé poder estar en ese momento durmiendo a su lado. A pesar de todas las dificultades y miedos, quería estar junto a él y hacerle saber que podía contar conmigo pasara lo que pasara.

En el fondo, entendía el rechazo de mis padres hacia Santiago. Su familia, su ex esposa, la familia de ella y su hija, no soportaban lo que ocurría, los amigos ya no existían, y Santiago elegía entre ellos y yo. Y hasta mi propia familia veía eso como algo malo, de lo que también me hacían responsable.

Cuando salí del trabajo ya había amanecido, cerca del verano el sol salía mas temprano, lo que me molestaba mucho. De alguna forma hacía que me costara más conciliar el sueño. En el invierno, al no llegar a ver el sol, dormía con la ilusión de que aún era de noche. Afuera me encontré con Santiago, apoyado en mi auto, con su ambo y mochila al hombro, listo para ir a su trabajo, y demasiado serio para mi gusto.

Me acerqué con la misma incertidumbre de siempre, tratando de no pensar en lo peor. Cuando me vio no intentó disimular su seriedad ni me saludó, se quedó mirando el suelo mientras me apoyaba en el auto a su lado. Tampoco lo saludé, lo miré angustiado queriendo tomar su mano pero no lo hice.

-Lo de ayer salió muy mal. -dijo sin mirarme.

Ninguno dijo nada por un rato. No podía decirle que no importaba, que no se preocupe o que deje de insistir con hacer que su hija me aceptara, porque para él significaba todo.

-¿En qué estás pensando? -me animé a preguntar.

-En que no sé como hacer para que Iris no se comporte así.

-No la presiones. -le aconsejé. -Es muy comprensible. Si no me odiara no sería normal.

Traté de sonar gracioso para aliviar la tensión y logré que Santiago me mirara, tenía una mirada llena de culpa. Me enloquecía no saber qué pensaba en ese momento, quería pedirle que me hablara y confesara que tan seguro estaba de lo que hacia, si pensaba rendirse o no. Preguntarle cual era nuestra situación.

-Si te hace sentir mejor, mi familia no te quiere, dicen que eres el peor error que pude haber cometido. -era la primera vez que él oía eso. -Tu familia no me quiere, mi familia no te quiere. Estamos a mano.

Se sorprendió ante la noticia. Yo había logrado evadir el tema mucho tiempo, lo que no era difícil con él tan concentrado en sus propios problemas. Claro que el nivel de enojo de nuestras familias no era el mismo, su caso era mucho más serio que el mio.

Nos quedamos otro rato en silencio.

-Tal vez tienen razón. -dijo de repente. -Que soy un error.

Volteó a verme.

-No soy un buen partido.

Me observaba como si ese fuera un pensamiento recurrente en él y parecía buscar la confirmación del mismo. Vi su propia desesperación en ese momento y reconocí su angustia, la misma que yo padecía. Temía que yo fuera quien se cansara de todo. Me dolió ver que había muchas más cosas que lo preocupaban de lo que yo solía imaginar. Tomé su mano entrelazando los dedos y lo besé.

-Eso lo decido yo. -respondí.

Y volví a besarlo.

Enseguida sonrió, un poco avergonzado para no perder la costumbre.

Notas finales:

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