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Powerfull uke por nezalxuchitl

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Notas del fanfic:

Tentaculos, trios y una filia por las turras (ukes) rubias que estoy desarrollando.

Nada profundo ni intelectual. Bueno, profundo si :3

Si gustan ver las imagenes de referencia con que me inspirë:

Espiritu de la semedad: http://vignette4.wikia.nocookie.net/arslansenki/images/3/37/Daryun_Anime.jpg/revision/latest?cb=20150406022423

Natsume: https://s-media-cache-ak0.pinimg.com/736x/0a/7b/cf/0a7bcf2cd2f2a5d502b08f2c952ed1c7.jpg

Cualquier parecido con los personajes de Fullmetal alchemist no es pura cohincidencia, aunque eso viene de los dueños de las imagenes jajaja!

Notas del capitulo:

Podria considerarse que hay un poco de non-con...

 

Corria por el bosque. Podía escuchar sus propios jadeos más el silbido que producía aquella cosa al avanzar.

-Natsuumee… - le hablaba una voz grave, profunda, escalofriante.

No podía creer que esa voz viniera de esa cosa.

Se sintió alcanzado por otro impacto de sustancia viscosa, blanca. Esperaba que no fuera demasiado dañina, aunque si deshacía sus ropas…

Tropezó con una raíz de árbol sobresaliente y antes de que pudiera incorporarse las extremidades de esa cosa lo atraparon. Largas, delgadas extremidades, como tentáculos, pero de superficie lisa, rosada, terminados en una especie de punta que ahora, cerca de su cara, más que nunca le parecían…

-Natsume, por fin.

La cosa era como un montón de tentáculos surgidos de un vértice, que ahora que lo habían atrapado se estaba quieta, flotando en el aire. Las extremidades lo sujetaban por todo el cuerpo, moviéndose un poco. Eran resbalosas; de las hendiduras de todas las puntas parecía chorrear un poco de fluido blanco.

La voz provenía de una silueta oscura, que parecía cobrar forma conforme se acercaba a él. Vestía como un tengu, pero sin alas, con el cabello oscuro y los ojos más negros que hubiera visto jamás.

Su presencia lo inquietaba, lo hacía sentir escalofríos.

-¿Por qué tenías que huir, belleza? Solo lo hiciste más divertido.

La cosa parecía obedecerlo telequinéticamente pues lo puso de pie frente a él, soltándolo por todos lados excepto la cintura y el cuello. Extendió la mano y al echarse el atrás la punta de una extremidad (se negaba a llamarlas del otro modo) completo su movimiento, frotando la baba blanca contra su cuerpo, terminando de desintegrar la tela y exponiendo un rosado, brillante y erguido pezón.

-Detenlo. – pidió, pero el tengu, o lo que fuera, solo sonrió. Era atractivo, el hombre más atractivo que había visto, incluso más que Natori, pero había algo inquietante en él. Profundamente inquietante.

Al comenzar el él movimiento de mano la extremidad se retiró. Su pulgar acarició la pequeña protuberancia y el apretó los labios para no gemir. El contacto de ese hombre lo hacía sentirse débil y afiebrado. Como si le transmitiera su maldad.

La sustancia blanca seguía carcomiendo su ropa. Estaba ya casi desnudo, sucio y mojado y era la sensación más vergonzosa que había experimentado en su vida.

El hombre acercó su rostro y él supo que iba a besarlo. Cerró los ojos y lanzó un puñetazo, intentando escapar, pero al instante la extremidad que lo sostenía por la cintura se enrolló más en él y otras volvieron a sujetarlo de muslos, brazos, cadera. Se movían más que antes, más frenéticas, como si vibraran. No supo si le había pegado o no al tengu, pero se negaba a abrir los ojos. Era un sueño, un mal sueño. Nyanko sensei le había dicho que no era peligroso, pero que no se acercara a la roca negra. Pero el había tenido que hacerlo, hipnóticamente atraído por el monolito erguido en medio del ojo de agua.

Las extremidades lo estaban acariciando: se dio cuenta con horror de ello y abrió los ojos. Lo primero que vio fue la mirada libidinosa de ese hombre, mirada que le hizo perder la fuerza en las rodillas, provocando que los tentáculos de los muslos subieran más arriba, por el interior, para sostenerlo.

-Páralo por favor. – pidió asustado.

El hombre volvió a acercar su rostro y el cerró los ojos y apretó los labios al sentirse besado. El tengu o lo que fuera volvió a insistir, seductor, y la sensacion de peligro, mas otra cosa, invadio sus entrañas. Su mirada era tan intensa que le hizo abrir los ojos.

Y ahí estaban, los ojos más negros del mundo, mirándolo como si fuera su presa, como si fueran a devorarlo, pero prometiéndole que el proceso seria delicioso.

-Páralo por favor. – se resistió activamente a las caricias de las extremidades y estas lo sujetaron más firmemente. No se podía casi mover, y una, una punta, no dejaba de deslizarse sobre su trasero, entre su trasero, que mantenía firmemente apretado.

-No soy yo, eres tú. – le dijo el tengu acariciando su barbilla. Natsume quería resistirse, quería resistirse a esos hombros anchos y mandíbula fuerte. – De mí solo depende que lo hagamos del modo bonito o del otro. ¿Qué decides, Natsume? – temblaba ante su contacto.

Las cosas lo sobaban entusiasmadas, como si trataran de hacer por su causa, pero definitivamente no. No esas cosas: sería demasiado humillante, vergonzoso; asqueroso más allá de lo que podía soportar. Una de ellas arremetió duro contra sus nalgas, desde abajo, tan potente y tan resbalosa que se abrió paso y rozó su hoyito.

Gritó. Gritó aterrado, avergonzado. Deseoso, jadeante. El hombre sonrió, y al tomar su barbilla las cosas aflojaron su amarre.

Pero tampoco quería que fuera el tengu, aunque fuera tan hermoso, tan viril; aunque fuera como el hombre de sus sueños… de sus sueños.

-¡¿Qué eres tú?! – preguntó aterrado, al caer en cuenta que lucía como el seme de sus sueños, ese con el que había fantaseado las solitarias noches que abrazaba la almohada con las piernas.

Por toda respuesta el ser lo besó. La fiebre invadió su cuerpo; se derretía desde los labios: ese hombre tomaba control de él, de su voluntad. Era tan dominante, tan masculino, que no podía resistirse. Tanuma, Natori; lo quería, le gustaba, pero ninguno de ellos, nadie que hubiera visto, le llegaba a este hombre. Era tan intensamente viril que los ojos se le ponían turbios y deseaba solo hacerlo, ser poseído.

El hombre tomó sus muslos. La cosa se alejó; sabía que estaba en las sombras, lista para reaparecer, pero no pensaba resistirse más a los deseos del tengu. No pensaba. Su cuerpo reaccionaba deliciosa, instintivamente, a las caricias de ese hombre. Lamía la piel de su cuello, saboreando la virilidad. Cada músculo que podía sentir era perfecto: grande, pero no enorme, firme, tentador.

Natsume yacía en medio de los arboles con él: desnudo, pegajoso, acalorado. Hubiera querido saber qué hacer, que más hacer. El tengu lo disfrutaba; le daba exactamente lo que quería, lo que necesitaba. Sus ropajes celestiales desaparecieron y dos dedos buscaron el camino adentro. Pujó. Aflojó el cuerpo, lánguido; su cuello, sus brazos, sus piernas caídos hacia abajo, casi en contacto con el suelo. Sus bellos ojos dorados, su gesto placido, casi ausente. Volvía a ser el mismo y el seme se alegró.

Traicionaba a Tanuma, a Natori, a sí mismo, pero le gustaba. El fuego crecía en su interior, pero era como si las llamas trajeran la paz. Purificaba, el fuego. Purificaba su espíritu de uke.

Aceptarlo, abrazarlo, era lo mejor que podía hacer. El seme sobrenatural supo que era momento de penetrarlo. Natsume lo miró, con esos hermosos ojos, en lo que el sacaba los dedos e introducía el miembro. Miró esos ojos cerrarse con placer, esa boquita abrirse. Sintió ese cuerpo virgen abrirse. Abrirse y abrirse, recibiéndolo. Se alimentaba de él, su poder crecía. Se volvía más grande y podía embestirlo con más vigor. Paró en el momento en el que más se volvería peligroso para Natsume, quien se retorcía, afiebrado, empalado por la polla más grande que conocería en su vida, por el seme más seme. Parecía pequeño a su lado, bajo él, aunque en realidad era alto. No era demasiado expresivo, contenía sus gemidos, lo que enternecía al seme.  No podía ser de otro modo: era el espíritu de la semedad, atraído, despertado, por tan esplendido ejemplar de uke.

Su poder crecía conforme satisfacía al rubito. Ese uke lo estaba gozando tanto que le daría el poder suficiente para romper sus amarras, su debilitado sello.

Natsume jadeaba, lo apretaba. El seme le hacia el amor sin descuidar ningún aspecto: penetración, caricias, besos. Natsume volvió a mirarlo, justo antes, perdiéndose en el placer con los ojos abiertos, en el más intenso placer que había experimentado y experimentaría.

El tengu se salió de él y se acomodaron en el aire para que se la chupara. Adoraba ese instrumento de placer: lo tomó con devoción, lo miró con ternura, se lo llevó a la boca con avidez. Las extremidades de la cosa volvieron a rodearlo, más parecidas que nunca a pollas, pues solo las puntas eran sonrosadas y el resto del color de la piel del tengu. Las cosas lo sobaban, lo acariciaban, mientras el chupaba a la de verdad, tan concentrado en ella que apenas si notaba la cara de placer del seme, el resto de su cuerpo.

Las puntas lo acariciaban, lo tentaban: picoteaban juguetonamente en su trasero, rozaban su hoyito abierto. Al pulsar, al sentir la tentación, el seme hizo aparecer otra manifestación de su cuerpo: ese delicioso uke le había dado el poder suficiente para hacerlo. Para complacerlo. Natsume gimió sin remedio cuando el seme volvió a penetrarlo: embestía su boca y embestía su culo. El ardor no quemaba más: ardía pacífica, exaltadamente, como en un trance. Pollas lo rodeaban y pollas lo poseían. Dos perfectos semes, idénticos, solo para él.

La orgía de sexo termino hasta que el perdió la conciencia.

 

***

 

-Nat-su-me – el peso del gordo gato al caer en su pecho lo despertó.

Abrió los ojos, amodorrado, y lo primero que vio fueron los inconfundibles ojos de Nyanko sensei.

-Sensei… - susurró - ¡Sensei! – luego, al recordar que había estado haciendo, como debería haber quedado; sucio, usado, relleno de semen. En el último recuerdo que tenia de ello, el semen corría por sus muslos y su cuello.

Se sentó de golpe, tirando al gato, cubriéndose el pecho.

Pero estaba cubierto. Vestido, y tan limpio como podía estarlo luego de tomar una siesta al aire libre.

-¿Fue un sueño? – susurró, mirando su mano.

-Despertaste al espíritu de la virilidad. Y lo liberaste. – dijo Nyanko.

Natsume alzó los ojos sobre el gato; tenía la desagradable impresión de que sensei sabía, y miró la roca, gris y partida justo por la mitad. Justo como el temió estarlo en cierto momento.

-¿Cómo sabes que he sido yo?

-No veo otro uke con poderes aquí cerca.

El gato lo rodeó, el gesto más ladino que de costumbre. Luego se sentó frente a él, que todavía no acababa de comprender si había pasado o no.

-No me imaginé que fueras tan sexual, Natsume – sintió que se ahogaba de la impresión – No lo parecías.

-¡Yo no he sido! ¡No he hecho nada!

El gato lo ignoraba.

-A estas horas andará suelto, haciendo destrozos. ¡Quién sabe si su próxima víctima no será Tanuma!

 

 

Notas finales:

Hace tiempo que escribi esto, crei que lo habia publicado... espero no haberlo publicado >.< 

No, creo que no.

Kiitos!

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