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Pero siempre tendremos París

Autor: Marbius

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Notas del fanfic:

Disclaimer: Mío todo excepto los personajes cuyos nombres sean reconocidos.

Para C-chan, que me dejó el siguiente prompt (4) y lo llevé al extremo en longitud: (De nuevo el tema porque... bueno, obvio /suspiro) Después de la mudanza de Bill y Tom a L.A, y con las cosas más calmadas, personajes A y B deciden que es hora de realizar un viaje significativo por el mundo (o el continente donde están), hacer turismo (lo cual nunca tuvieron oportunidad antes por las giras ajetreadas y blah), embriagarse, conocer a chicas locales~ etc. pero... "¿qué quieres decir con que todo este tiempo has estado enamorado de mí?"

1.- La ocasión perfecta.

 

Tendido de espaldas y con las manos entrelazadas en su regazo, Gustav recibió la mañana del tercer día después de su ruptura con Bianca en pijamas y laxo en su cama como había hecho por las últimas setenta y dos horas de su agonía emocional. (Pausa para tenerse conmiseración por sí mismo y sentirse el hombre más desdichado que hubiera caminado jamás sobre el planeta tierra.) A duras penas había puesto los pies en el suelo para lo esencial, que era comer, beber y acudir al sanitario cuando los dos primeros puntos de su lista pedían su salida, y nada más.

¿Exagerado por su rompimiento amoroso? Quizá, pero para Gustav, quien consideraba a Bianca la mujer ideal con la cual pasar el resto de su vida y tener asegurada la felicidad, la repentina pelea y posterior frase de “Debemos darnos un tiempo para ver si esto entre los dos va a funcionar o no” le seguía escociendo en el alma como una herida que se negaba a cicatrizar.

El ‘qué carajos he hecho mal’ se repetía sin cesar en su cerebro, y al paso que iba no tardaría en volverse loco, pero hundido en su miseria personal, eran pocos los ánimos que le quedaban para dejarse de crisis adolescentes y enfrentar a la realidad como el hombre hecho y derecho de veinticinco que era.

En esas estaba alrededor de mediodía cuando el timbre de su puerta sonó la primera vez, y Gustav le dedicó tres segundos de su atención para suponer que era el cartero y optar por no moverse. Que deslizara las facturas por debajo de la puerta por todo lo que le importaba… Al siguiente minuto el timbre volvió a repiquetear por el departamento, y Gustav hundió el rostro en su almohada, fastidiado de que el mundo al otro lado de sus cuatro paredes siguiera girando como si su corazón roto no valiera nada.

Otros dos timbrazos en sucesión, seguidos de otros tres… Y golpes estrepitosos contra la madera que asemejaban a un tamborileo africano, y Gustav ya se estaba hartando porque eso era falta de respeto por el prójimo que se quiere hundir en la desolación y ni por lo más sagrado se le permite.

—Carajo, qué no ven que estoy de luto aquí… —Masculló el baterista, sopesando si lanzar las cobijas a un lado, partirle la cara a quien osara interrumpir su melancolía y regresar a la cama, o… Ahorrarse los dos primeros pasos y sólo permanecer acostado ignorando a quienquiera que estuviera molestando su sagrado reposo.

Habría ganado la segunda opción de no ser porque después de veinte timbrazos, su invitado sorpresa sacó del bolsillo su propia llave para emergencias y se introdujo al departamento como sólo la familiaridad de conocerse por más de la mitad de su vida les podía otorgar.

—¡Gustav! –Le llamó Georg, ajeno a cualquier deseo de privacidad que el baterista tuviera en esos momentos, y abriendo la puerta de su recámara de par en par, se adentró en su habitación como si nada

La odiosa luz del mediodía hirió a Gustav entre los ojos con el filo de una daga. —¿Georg?

—El mismo que viste y calza. Y por Dios, Gus —movió Georg la mano derecha frente a su nariz para abanicarse—, ¿qué o quién murió aquí? Este cuarto huele espantoso. Un poco más y se convertiría en tu catacumba. ¿O es que planeas momificarte en esa cama?

—Soy yo. No me he bañado en días, uhm… Bianca y yo… Ella… Nosotros…

—Han terminado –interrumpió Georg el monólogo sin rumbo en el que Gustav se hallaba empantanado—. Seh, lo deduje desde que no apareciste ayer para recogerme e ir a cenar como quedamos. Te llamé por teléfono-…

—No lo he revisado…

—… y luego llamé a Bianca, y ella me contó a grandes rasgos que habían roto.

—Nos estamos dando un tiempo –matizó Gustav la situación en la que él y Bianca se encontraban, pero la revelación de Georg le cayó como balde de agua fría. ¿Habrían sido sus palabras exactas o su amigo estaba buscando provocarlo?

—Vale, un tiempo… —Ironizó Georg sin malicia—. ¿Y era tan difícil escribirme un mensaje de eso? De haber sabido, traería conmigo un kit de ruptura con vodka, ron y un churro para los dos.

—Sabes que yo no fumo eso…

—Ni yo, no es bueno para los pulmones ni para la cintura, pero cuando las circunstancias lo ameritan… Ya en serio, levántate ahora mismo de esa cama. Un minuto más y te enmohecerás, así que ¡up! —Gritó en su mejor personalización de general en tiempo de guerra, pero ni así consiguió que Gustav moviera un dedo—. Gus, hablo en serio: Levanta el trasero.

—Mmm… —Refunfuñó éste, convencido de que nada de lo que Georg dijera o hiciera funcionaría. Estaba tan aturdido por la baja de glucosa y el golpe emocional, que ni en caso de incendio o huracán podría alzarse.

Por mal cálculo de su parte, no consideró que Georg no estaba para lindezas, y sin grito de ‘agua va’, le lanzó un vaso de agua recién sacada del refrigerador.

—¡Georg! —Le recriminó apartando de sí las mantas empapadas y separándose la tela de su camiseta del pecho—. ¿Por qué demonios has hecho eso? ¿Es que me quieres matar de una pulmonía?

—Vaya… ¿Ahora sí te vas a levantar? Porque puedo seguir yendo por agua y conseguir que te bañes de un modo u otro —dijo el bajista—. No me la hagas más difícil y mueve el culo.

—Pero-…

—Pero nada, que la onda emo no va contigo. Eso estaba bien para Bill cuando creía que los vampiros y Twilight era lo más genial del mundo, pero no para ti que ya cumpliste un cuarto de siglo. Sí, vale, Bianca y tú pasaron a la historia, o tal vez no y se reconcilien antes de que te des cuenta, pero créeme cuando te digo que nada va a ocurrir mientras sigas ahogándote en ese charco en el que pretendes hundirte. Esa actitud tan derrotista no te va para nada.

—Es que —suspiró el baterista—, Bianca…

—Lo sé, colega, lo sé —se ablandó Georg, ocupando un lugar a su lado y pasándole el brazo por los hombros mojados—. Eran el uno para el otro y yada yada, pero más de veinticuatro horas de patetismo son el límite entre el dolor normal de la ruptura y el masoquismo.

—Es que no hemos roto —insistió Gustav—, es un tiempo el que nos estamos tomando. Uno cortito.

—Ok, un tiempecito de nada —enfatizó Georg con comillas en el aire—. Totalmente aceptable y normal, siempre y cuando no te lastimes a ti mismo. En serio… —Le olisqueó el cuello y su nariz contra la oreja le causó cosquillas a Gustav—, ¿es que no piensas ducharte?

Gustav chasqueó la lengua. —¿Qué sentido tiene?

—Mucho. Porque no me pienso mover de aquí hasta que recuperes la cordura, y no hay nada mejor que empezar esta terapia con una larga ducha. Agua caliente, templada o fría, la que elijas, no hay nada que un buen chorro en la cabeza no cure.

—Ugh… ¿No me puedo saltar ese paso?

Georg le pellizcó el brazo. —¿Tengo que bañarte yo, es eso? Porque no me tentaré el corazón para tallar donde sea necesario tallar y si el jabón cae al suelo-…

—¡Muy bien! ¡Ya entendí! ¡Me bañaré!

Torpe de articulaciones, Gustav salió de la cama con piernas débiles por la falta de uso y deseo de ignorar a Georg y envolverse como oruga en sus mantas. ¿En qué pensaba cuando le dio la llave de su departamento? Ah sí, para casos de emergencia, y al parecer una fulminante depresión post-ruptura contaba como tal.

—Y te lavas bien cada recoveco con abundante espuma, nada de hacer trampas —le previno Georg cuando lo llevó hasta el baño y le cerró la puerta desde afuera.

A paso de tortuga (pero al menos moviéndose), Gustav logró desnudarse e introducirse bajo el chorro de agua caliente. Al cuerno con que fuera julio y el clima del verano mereciera una ducha helada, porque él no estaba para ese shock. Como oxidado, se pasó la barra de jabón por todos lados, y media hora después cuando emergió del baño en una nube de vapor y con su albornoz azul marino ceñido en torno a la cintura, tuvo que admitir que se sentía muchísimo mejor que antes. No recuperado al cien por ciento, pero sí en un saludable sesenta para no reprobar.

—No pierdas tiempo —le salió Georg al costado trayendo consigo un sartén en una mano y una espátula en la otra—. Vístete y ven a comer. Es un omelette, y seguro no me sale tan bueno como los que tú preparas, pero al menos impedirá que te desmayes.

Obedeciendo igual que haría un crío de cinco años, Gustav se puso unos jeans y camiseta cualquiera de los primeros que encontró en su armario, y descalzo se dirigió a la sala-comedor-cocina que componía la mitad de su departamento y que por lo mismo hacía del precio de su renta una cifra ridícula. Sentándose en la barra que separada el área de comer de la cocina propiamente dicha, Gustav aceptó la taza de café cargado que Georg le sirvió con dos cucharadas de azúcar y dos de crema.

—Empalagoso —masculló, él lo prefería negro, pero a pesar de todo bebió la mitad de la taza en tres sorbos.

—Necesitas energía o te vas a desmoronar. Estás pálido, y ya no recuerdo qué hacer en caso de emergencias.

Colocando frente a él un plato con omelette, salchichas, papas hash browns y tres rebanadas de pan tostado con mantequilla, Georg le tendió el tenedor y el cuchillo que Gustav aceptó dubitativo. Después del ayuno, la idea de masticar comida le producía náuseas, pero a juzgar por la expresión determinada de Georg, lo mejor sería apurarse si es que no quería ser alimentado por sonda… anal...

En cuanto el primer bocado pasó por su garganta, un calor lo invadió y el dolor de cabeza que lo venía acosando se aligeró hasta casi desaparecer.

Georg le acompañó con un plato similar al suyo, pero más parco en cuanto a las porciones porque él ya había desayunado más temprano, y mientras duró su comida, ninguno pronunció palabra alguna, pero apenas los platos quedaron vacíos, Georg se lanzó a la carga sin charla insulsa previa.

—Limpié mi agenda de compromisos, así que empaca y nos vamos.

—¿Uh? —Gustav se limpió la boca con una servilleta de papel—. ¿De qué hablas?

—Bianca me contó que ustedes dos planeaban irse de fin de semana largo a Francia, así que en vista de los últimos sucesos, es una soberana estupidez que las reservaciones se pierdan. Y como gran amigo que soy, iré contigo para asegurarme que no te cortes las venas en la tina.

Gustav gruñó. —¿Qué, lo dices en serio? ¿Y cómo sabes que hay tina?

Muy en serio —le miró Georg directo a los ojos—, y sabes bien lo mucho que odio desperdiciar. De lo otro… Pf, era obvio. Debe ser tina para dos con hidromasaje si la intuición no me falla y dudo que sea así. Mayor razón para que dos amigos vayan juntos.

—No es el tipo de viaje que imaginas… Renté una suite en uno de los mejores hoteles de París, y un viaje a la campiña para catar vinos en uno de esos viñedos románticos a los que van parejas.

—¿Y qué con eso? Dormiré en el sofá, y beberemos vino, que eso no es exclusivo de parejas. ¿Qué hay de malo en eso? Peor sería que te cobren cargos extra por cambiar la fecha con tan poco antelación, o que al cancelar pierdas todo.

Gustav jugueteó con el dedo índice sobre una gota de café que se había derramado en la mesa. La verdad es que le daba igual perder la reservación y el dinero, eso no era lo importante, pero también estaba seguro de que si se quedaba en su departamento, apenas Georg se marchara, el monstruo de la depresión vendría y lo arrastraría a la cama por al menos otros tres días más. Y su cuerpo ya no estaba para esos estados vegetativos; la espalda le dolía, y después de la ducha se le habían aclarado los pensamientos… Tal vez era un arranque de locura, pero asintió.

—Ok.

—¿Ok?

—Ven conmigo. Vamos a Francia y… no sé, desquitemos lo que pagué para que fuera un fin de semana mágico.

—Oh, Gus —batió Georg las pestañas en exagerado ademán juvenil—, tú siempre tan romántico.

«Romántico», repasó el baterista la palabra. Si Georg siquiera imaginara el alcance de la verdad… Pero como no estaba para echarle más sal a la herida que cruzaba su corazón, sólo inhaló a profundidad y se repuso.

Tenían menos de cinco horas para estar en el aeropuerto para entregar su equipaje y abordar su avión, y así se lo hizo saber a Georg, quien ya venía más que preparado y en la entrada ya tenía su maleta lista.

—De verdad estabas decidido a ir, ¿eh? —Bromeó Gustav con él, y el bajista se encogió de hombros.

—¿Qué te puedo decir? Siempre quise conocer Francia, y no sólo de entrada por salida para un par de entrevistas y un concierto, sino como turista. Esta es la ocasión perfecta.

—Si tú dices… —Murmuró Gustav, y el presentimiento de que ese corto viaje para los dos se convertiría en un recuerdo inolvidable no lo dejó en toda la tarde.

 

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Notas finales:

Graxie por leer~!

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