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Misteriosa Obsesión.

Autor: MaraLoneliness

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Notas del fanfic:

ONE PIECE y todos sus personajes son propiedad de su autor, Eiichiro Oda. Este material es expuesto sin ningún fin lucrativo o comercial.

Esta historía tiene lugar en el periodo de tiempo que Zoro pasa en la isla Kurainaga.

Notas del capitulo:

Parte del Prólogo es una historía que ya esta colgada aquí mismo.

Quiero dar un agradecimiento especial a marisa dragneel, porque la primera vez que colgué esta historía, fue quien más apoyo me dio con sus reviews.

PRÓLOGO.

No Correspondido.

1.

- Aceptó - dijo en voz alta, recostado en su cama mientras le joven pelirosa cambiaba sus vendajes sucios a causa de las heridas que no dejaban de abrirse. Todavía no lo podía creer, no después de que se burlara de aquella manera en su cara; había dejado de lado su orgullo, pero valdría la pena si con eso podía ser capaz de proteger a sus nakama.

- ¿Y crees que baste con sólo dos años? - inquirió Perona, mientras exprimía el trapo con el que curaba al muchacho -. Moria sama nos contaba historias horribles acerca de aquellos mares.

- Tiene que bastar - respondió él con convicción -, se lo debo a Luffy... se lo prometí.

Perona suspiró, sabía que aquel no era el momento de contarle las historias que había oído, en aquel momento lo que él necesitaba era descansar y recuperar un poco de fuerza antes de comenzar a entrenar. Sonrió con ternura cuando lo escucho emitir el primer ronquido.

2.

Atravesó la puerta de su recamara con lentitud. Estaba frustrado, decepcionado y melancólico. Desde el momento que había conocido a Roronoa Zoro, había sabido que su vida no volvería a ser igual. Aquel había sido el duelo más excitante de su vida, en muchos años.

Realmente nunca se imagina a si mismo desarrollando aquella infantil emoción por el muchacho de cabello verde, nunca se imaginó idealizando encuentros o añorando su presencia. Nunca se imaginó soñándolo, deseándolo, amándolo...

¿Qué tan absurdo podía ser?

Finalmente el espadachín se encontraba en sus dominios, en su casa. Finalmente lo tenía tan cerca como para hacer realidad sus más excéntricas fantasías, sus delirios más descabellados; pero ahora sabía que aquello nunca dejaría de ser sólo un sueño efímero en su cabeza, otra ilusión absurda que jamás llegaría a consumarse más que en sus idilios.

Había idealizado a aquel muchacho, al punto de sentirse enamorado de él, sólo para darse cuenta de lo ridículo que era. A su edad, con su experiencia y su temple... suspiró.

Se sentía el hombre más idiota sobre la faz de la tierra.

"- ¡Entréname! -"

Se lo había pedido de rodillas, humillándose, haciendo a un lado su orgullo; única y exclusivamente por su capitán. No tenía que ser un genio para deducir el resto. Aunque debió haberlo asumido de inmediato, cuando vio a aquel joven luchando contra los babuinos sin grandes posibilidades, sólo para ir en busca de sus nakama.

«No». Se recriminó. «No quería ir con todos, quería estar con él».

Era doloroso saber que había pasado tanto tiempo soñando con alguien a quien nunca podría tener en sus brazos.

Comenzó a desvestirse lentamente, colocando su cruz y cinturón sobre una pequeña mesa junto a su cama. El resto de la ropa lo coloco cuidadosamente doblado sobre una silla, la cual estaba a la derecha de su cama, apartada algunos metros.

La noche estaba fría, y en el cielo brillaba una hermosa luna menguante que iluminaba su habitación. El viento soplaba cual tormenta que se avecina.

Se adjudicó un pijama y se recostó lentamente entre sus sabanas.

Tal vez él era una de esas personas que simplemente no nacían para experimentar el amor, tal vez aquel sentimiento tan inmenso no era algo para lo que él fuera bueno, o quizás era ese absurdo afán incomprensible que tenia de amar unilateralmente a las personas, no esperando a saber si era o no posible consumar aquel amor.

Quizás lo que él había experimentado no era amor verdadero, quizás sólo le había tocado conocer a ese impostor mal sano y tormentoso. Tal vez el era una de esas personas que había nacido negadas al amor, de esas que sólo sueñan con él, pero jamás lo experimentan realmente.

Ahora le dolía el corazón, y luchaba internamente consigo mismo para no dejar salir ese dolor que lo estaba ahogando desde adentro, sofocándolo, quitándole el aire. Pero, ¿Qué derecho tenia él para llorar?, ¿con que derecho llorar por alguien a quien no había perdido realmente?

Nunca lo había perdido, porque nunca lo había tenido. Todo se limitaba a sus sueños, fantasías e idealizaciones de algo que no era más que espuma, más que aire. Algo que asumió y deseo, pero que no era más que un espejismo de sueños infranqueables.

Finalmente cerró los ojos. No tenía caso seguir torturándose con aquellos dolosos pensamientos, ya tendría mucho tiempo para torturarse, pues ahora pasaría dos años al lado de la persona que más deseaba en el mundo, con la estrujante tortura de saber que nunca lo podría tocar.

 

CAPÍTULO 01.

Duelo.

1.

Cuando despertó en aquella isla, jamás imaginó encontrar a ese hombre ahí, jamás pensó que ese encuentro se diera tan abrupta y precipitadamente. Le parecía todo tan rápido, como si la última vez que se topó con aquellos ojos hubiese sido el día anterior, como si acabase de ver esa sonrisa de suficiencia hacia tan poco tiempo.

Esa innata elegancia y ese sutil poderío, con toda su arrogancia, con todo su porte, con todo su poder.

No cabía duda de quién era, no se podía dudar porque su nombre resonaba en todos los mares... él era sencillamente: "el mejor."

Era la segunda vez que se enfrentaban, era la segunda vez desde que era un niño que se veía a sí mismo como si todo su entrenamiento y todas sus otras batallas no hubieran significado nada, como si no hubiese avanzado ni un ápice en su carrera por alcanzarle... como siempre le había pasado con Kuina...

— No has mejorado mucho, Roronoa.

Aquel comentario y aquella sonrisa burlona hicieron rabiar al peli verde.

— Apenas estoy comenzando — respondió con fingida arrogancia, puesto que en realidad no sabía cómo acabaría aquel enfrentamiento.

Los movimientos de su adversario eran majestuosos, audaces, elegantes, poderosos... eran, sencillamente perfectos. Tan perfectos cómo el hombre que los hacía, con esa maestría que parecía innata en él.

Todo era muy rápido, el choque de los metales resonaba con fuerza echando chispas como si fuesen a empezar a arder; pero Zoro estaba perdiendo terreno, lo sabía a cada paso que daba hacia atrás, estaba siendo acorralado en aquel callejón, consiente que ese era un duelo que no podría ganar.

— ¡Maldita sea! — masculló rabioso, apretando el mango de Wadou en su boca. Por más que se esforzara, por más que se enfrentara a él una y otra vez, parecía que aquello siempre resultaría igual.

Esa situación era sencillamente inadmisible, le había prometido a Luffy que nunca volvería a perder, y aunque aquel era un entrenamiento y no una batalla real, una vez más sentía que no podría cumplir sus promesas.

— Esto se está volvió aburrido — comentó el shichibukai con un bostezo fingido que sólo consiguió que el otro espadachín hiciera una nueva rabieta.

— ¡¡¡ENTONCES DEJA DE JUGAR Y ACABA DE UNA MALDITA VEZ!!!

Zoro estalló con frustración, antes de sujetar con más fuerza su preciada katana blanca y volver a arremeter contra el pelinegro, contemplando para su desgracia, que el susodicho la detenía sin el mayor esfuerzo.

Mihawk paro el ataque, no tuvo que pugnarse mucho para lograrlo, pero quería terminar aquello sin lastimar al peli verde, estaba bastante herido aun, pero su terquedad he insistencia habían hecho que terminara aceptando aquel duelo, aunque sabía que era una estupidez. ¡Aún no estaba listo!

Él no quería que Roronoa Zoro muriera, pero la imprudencia del muchacho a veces lo hacía pensar que eso era precisamente lo que buscaba.

Conociéndolo, como había aprendido a hacerlo aquellos cortos meses que llevaba en su isla, sabía que tampoco podía esperar que tratara de huir. Esa situación comenzaba a tornarse frustrante.

Suspiró.

Debía acabar con aquello antes de que Roronoa lo obligara a atacarlo de verdad, porque sabía que si el peli verde seguía enfadándose más, ya no podría hacerlo parar; de manera que con un giro magistral consiguió arrancarle a Wadou de la boca, soltando al mismo tiempo su enorme espada y sujetando las muñecas del moreno con firmeza, estrellándolo contra la pared, aprisionándolo y obligándolo a soltar los otros dos sables.

— ¡Ngh! — se quejó el más joven, cerrando los ojos por el dolor que lo obligo a tirar sus otras dos katanas.

— El duelo terminó — anunció el shichibukai, apretando las muñecas del moreno y sujetando sus brazos a la altura de su cabeza, atrapándolo contra las ruinas de un edificio en aquella isla abandonada.

— Suéltame — masculló Zoro entre dientes, tratando de disimular el dolor que sentía en las muñecas y con un mohín de frustración más bien parecido al de un niño.

No quería admitirlo, pero aún estaba demasiado débil, pese a los cuidados que Perona le daba, sus heridas aún no había logrado sanar por completo.

Todo el lugar estaba en absoluta oscuridad, una oscuridad calmada y sumamente pacifica, pero al mismo tiempo era una oscuridad inquietante.

— No voy a soltarte hasta que ceses y desistas — respondió el mayor, viéndolo directamente a la cara.

Zoro levantó el rostro, tratando de verse desafiante, pero algo pasó al encontrarse con aquellos ojos dorados.

Una mirada.

Eso fue todo lo que hizo falta en medio de aquella basta oscuridad.

2.

Volvió a mirar por la ventana, preguntándose si debía o no salir a ver cómo iba todo. Habitualmente solía acompañarlos a sus entrenamientos, preocuparse demasiado y recibir constantes regaños o gritos de uno u otro; sin embargo en aquella ocasión se había visto obligada a permanecer en el castillo, debido al molesto resfriado que había pescado por quedarse bajo la lluvia observando a esos dos neandertales.

Esos dos no eran más que unos desconsiderados y mal agradecidos rufianes, pues en lugar de cuidar de ella y ver que estuviera bien (cómo siempre hacía ella con ambos), la habían dejado sola y habían preferido largarse a entrenar.

Suspiró cansada.

Aunque lo había intentado, no podía dejar de preocuparse por esos dos, sentía un cariño muy especial por ambos, quizás más especial de lo le gustaría reconocer, quizá más especial de lo que había experimentado antes. Una niña perdida y sola, deseosa de cariño, con un par de hombres incapaces de demostrar afecto... tal vez pedirle a Kuma que la enviara ahí no había sido realmente una buena idea.

Murmuró un par de maldiciones más mientras contemplaba el caer del sol a través de la ventana —. Idiotas...

3.

Sus miradas se cruzaron y se hipnotizaron en los ojos del otro con una magia exquisita que los envolvía por completo, atrayéndolos como imanes, cargándolos de deseo, un deseo que hasta ese instante no se había atrevido siquiera a imaginar.

Zoro sabía lo que quería, y la mirada en los ojos dorados frente a él le hacía estar seguro que el otro hombre deseaba lo mismo, aunque no era consiente desde cuando deseaba aquello, no le importaba, no lo pensaría, no trataría de razonarlo inútilmente en busca de alguna explicación.

Levantó el mentón sonriéndole con malicia picara y provocadora. Invitándolo a dar el primer paso.

Mihawk lo observo en silencio, y no pudo más que corresponder aquel inesperado gesto de complicidad. No sabía que decir, pero algo dentro de él le dijo que no era necesario decir nada, así que dejándose llevar por el puro y vano instinto, anuló casi por completo la distancia que lo separaba del moreno, quedando con el rostro a escasos milímetros del de Roronoa Zoro.

Volvió a sonreír cuando contemplo el respingo nervioso que el más joven dio al encontrarse aún más cerca de él. Era fascinante la contradictoria muestra de vergüenza y deseo en el sonrojado rostro del de ojos negros.

Lo soltó, si quería apartarse aquel era él momento, lo que menos deseaba era que pareciera que lo estaba obligando a hacer algo que no quería. Ambos bajaron las manos a los costados, sin dejar de mirarse.

El mayor levantó lentamente la mano derecha, acariciando la izquierda del muchacho con la yema de los dedos, erizándole la piel y haciéndole cerrar los ojos por la electrizante sensación que le provocaba, y que de cierta manera se quedaba impregnada en sus dedos haciendo que se le detuviera el corazón.

Finalmente, aquella mano se depositó en el hombro del más joven, y lentamente la caricia subió por su cuello, arrancándole un gemido ronco que acabó por disparar las hormonas del pelinegro...

"Tomó el rostro del más joven entre sus manos y lo besó con fiereza, casi obligándolo a abrir los labios para recibir su lengua en el interior de aquella caliente y húmeda cavidad, donde el otro musculo le esperaba para danzar juntos en una mutua exploración que les dejo literalmente sin aliento, obligándolos a separarse para volver a respirar un poco. Sin embargo Mihawk no soltó el rostro del menor, y apoyó su frente en la del peliverde, haciendo de esta manera que su sombrero cayera detrás suyo, librando su sedoso cabello negro y haciendo que unos cuantos mechones traviesos se liberaran sobre su rostro, haciendo cosquillas en la cara ajena.

Las respiraciones de ambos eran entrecortadas, sus alientos se mesclaban de una forma casi homogénea mientras sus ojos seguían clavados en los del otro, atrapados en ese exquisito trance que los había llevado hasta ese momento."

Poco a poco los sonidos del resto del mundo comenzaron a volver a sus oídos, recordándole la carencia de intimidad del lugar donde se encontraban, volviéndolo bruscamente a la realidad.

Los babuinos los observaban entre los arboles con curiosidad y emitiendo los ruidos característicos de su especie, y ese momento tan íntimo en el que habían quedado sumidos, se desvaneció, dejando paso a un silencio incomodo que hizo al mejor separarse lentamente del tan deseado muchacho y carraspear con firmeza mientras buscaba las palabras adecuadas para ofrecer una disculpa por su inesperado arrebato.

Ahora que era plenamente consciente de lo que había hecho, sentía que quizás había ido más allá de lo que hubiera sido conveniente, aprisionarlo contra su cuerpo con aquel descaro, y fantasear de aquella manera mientras había rosado brevemente aquella piel morena y exquisita... giró el rostro y contempló el suelo. La situación acaba de volverse demasiado incómoda para él.

Zoro por su parte aun trataba de entender que acababa de pasar, parecía que su corazón quería salírsele del pecho, latía con tal fuerza y descaro, que si no fuera absurdo, habría jurado que el otro hombre podía escucharlo. Seguía agitado, aquel breve roce había tenido un efecto en él que jamás había experimentado con ninguna de sus amantes.

Mihawk permaneció ahí, no queriendo levantar la mirada y enfrentar lo que fuera que el joven pudiera decir. Aquello había sido una imprudencia de su parte, dejar entre ver sus verdaderos sentimientos por alguien que lo único que quería era vencerle, eso había sido una estupidez. Estaba seguro que si su mente no hubiese comenzado a divagar de aquella absurda manera, habría acabado por besarlo de verdad —. Hay que volver al castillo — dijo finalmente, de manera ecuánime, cubriendo sus ojos con el enorme sombrero negro.

Zoro tomó una de las muñecas del mayor, impidiéndole ir a por su espada y obligándole a mirarlo —. Son ideas mías, ¿o estás asustado? — ¿Por qué hacía aquello? No podía estar seguro, pero la vaga sensación de superioridad que aquella reacción le provocaba, le hacía continuar.

El más joven había soltado aquella con sorna, y una mirada de suficiencia en el rostro, desconcertando completamente al mayor, quien tras algunos segundos sonrió divertido —. Después de perder de una manera tan absoluta, es interesante que creas eso — soltó con una calma que no poseía en aquel momento —, pero sería interesante ver a los babuinos perdiendo igual que tú.

Las mejillas de Zoro se tornaron color carmín al recordar que aquellos animales imitaban todo lo que veían. Recordó como se había estremecido y gemido ante el leve contacto del mayor, e imaginar a los animales de la isla haciendo aquello sólo lo hizo ruborizar hasta las orejas.

Mihawk rio a carcajadas al contemplar la expresión que el peli verde había dibujado en su cara. No tenía idea en que podía estar pensando, pero verlo tan azorado recogiendo sus espadas. Sencillamente le encantaba.

Aquel día había sido muy agitado para ambos, especialmente después de aquel duelo que había logrado despertar instintos que ninguno se había permitido experimentar en un largo tiempo.

Y sin darse cuenta, volvieron al castillo tomados de la mano.

 

Notas finales:

Gracias por leer.

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