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Hasta el final

Autor: HakudiNN

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Notas del fanfic:

Hola, familia cibernética!!!

Soy nueva en la categoría "Naruto" de este foro, asi que estoy hecha un manojo de nervios.

Es mi primer fanfic yaoi de Naruto y decidí hacerlo con dos de mis personajes favoritos como protagonistas: Itachi Uchiha y Deidara.

Disclaimer: Naruto no me pertenece ni sus personajes, escribo de él sin ánimo de lucro y con fines de entretenimiento.


Si alguien conoce ya ms fics, tengo como aviso parroquial que terminaré primero los hetero de Death Note, y luego sigo con los yaoi aquí, el siguiente en actualizar de los yaoi sera "El Play Boy de Hielo" zas?

 

Tomatazos, criticas constructivas y sugerencias bienvenidas!!!

 

Notas del capitulo:

Primer capítulo, inicio lento...y en general mis historias siempre son lentas pero seguras!!! No me gustan los cuentos de hadas ni creo en el amor a primera vista...pero si en el enamoramiento a primera vista!!

Espero que les guste :)

--¡Detente!

El rechinido de las llantas al quemar contra el asfalto superó al del motor que rugía en medio de la noche.

--¡Para!—volvió a pedir. Sus brazos estaban acalambrados, el dolor había sobrepasado ya al de sus manos; inclusive se olvidó del sangrado de sus palmas. Se sujetó con tanta fuerza del tablero del automóvil que los nudillos estaban blancos, temblorosos y cubiertos por la sangre que no paraba de emanar de las heridas.

El vehículo dio un tirón a la derecha, coleteó y por un momento creyó que iban a volcarse; al abrir los ojos de nuevo y mirar por debajo de sus cabellos, notó como el conductor daba un volantazo, el auto viró nuevamente sacudiéndolo con fuerza contra la portezuela.  Se resintió el golpe un momento, luego, al abrir los ojos de nuevo lo primero que vio fue el camino de sangre que dejaron sus manos sobre el tablero.

¡Pain,para!                                                                      

El interpelado aceleró hasta que la aguja marcó los 200 kilómetros por hora, el motor se quejó con un estruendo metálico.

Estaba mareado y no lograba incorporarse correctamente sobre el asiento copiloto. Oía su corazón latir asustado y la respiración hiperventilársele hasta convertirse en jadeos. Estiró su brazo tembloroso.

El par de ojos grises se fijaron en él. La mirada que recibió lo heló por completo, provocándole una nueva oleada de genuino miedo; rehuyó el contacto. Horrorizado vio el acantilado acercarse a ellos, lo único que los separaba era el muro de contención hacia el cual Pain aceleraba.

--¡Detente!

 

Abrió los ojos en cuanto el aire le faltó. Miró el techo grisáceo mientras su corazón se reponía del sobresalto, repasando en su mente que no había sido más que una desagradable pesadilla.

Luego de un par de minutos se incorporó echando una ojeada al despertador antes que al resto de su habitación.

6:30 a.m. ¿Qué sentido tenía programar el estúpido reloj si terminaba despertando antes?

Resopló resignado y estiró la mano para apagar la alarma, de todas formas ya estaba despierto; notó entonces la sutil vibración en su mano. Normalmente no le afectaban los sueños desagradables si no fuera por la nota que recibió dos días atrás y que seguía doblada por la mitad al lado del reloj. El texto en la hoja de papel lo descolocó profundamente pese a que hizo lo posible por convencerse de que se trataba de una casualidad.

No todo tenía que ver con “él”, y sobre todo, Pain no tenía forma de saber dónde estaba…ni siquiera estaba seguro de si seguía con vida.

Aspiró hondamente lidiando con su mano temblorosa, cerró los dedos y se puso de pie de golpe, arrojando las mantas por el piso.

El agua de la ducha relajó sus músculos de una forma tan conveniente que se tuvo que preguntar desde cuando dormir resultaba más estresante que la vida estando despierto. Últimamente le dolían los hombros al despertar y no al trabajar; su mente había estado ocupada con las posibilidades de la nota dejada dos noches atrás en su buzón.

Cuando estuvo vestido se paseó por su habitación saltando libros y ropa regada por la duela, normalmente se negaba a usar zapatos (o calcetines) dentro de su pequeño departamento, por tanto, estaba acostumbrado a mirar a conciencia sobre que objetos ponía las plantas de los pies. Siempre resultaba sumamente doloroso pisar un raspín.*

Se pasó una toalla sobre el cabello cuando reparó en que a su paso dejó un caminito de gotas que resbalaban desde la punta de sus mechones; apenas se detuvo frente a la ventana dejó la mano floja sobre la toalla. No tenía sentido secar su cabello si iba a mojarse afuera con la lluvia torrencial que estaba cayendo.

Su móvil exigió atención y él, con la toalla todavía sobre su cabeza, lo rebuscó en su chamarra del día anterior.

“El abuelo Onoki quiere verte”, había escrito Kurotsuchi en un mensaje instantáneo. Resopló botando el móvil, no tenía intenciones de ver al vejestorio.

Por fin, tras cambiarse de ropa para meterse en una playera gris de red, un suéter corto negro y pantalones oscuros; calzarse los botines militares y recoger la mitad de su cabello en una alta coleta como usualmente lo hacía (cubriendo la mitad izquierda de su rostro con una gruesa capa de cabello rubio), se dirigió hacia la escuela.

Caminó sobre los charcos, mirando las gotitas escurrir del borde de su sombrero oriental que protegía su cara de la lluvia. Seguramente sus libros se empaparían y tendría que usar un secador de cabello para arreglarlos.

¡Cómo si necesitara de esa teoría aburrida! Él era un artista nato que no debía su talento a horas de estudio en papel sino a la inspiración y a su profundo amor por el arte. Lo que en serio le preocupaba era que la humedad se filtrara hasta la arcilla que cargaba contra la cadera.

**

Cuando el irritante pitido del reloj despertador retumbó por la habitación, Itachi supo la hora a ciencia cierta. Había pasado toda la noche sin conciliar el preciado sueño que hacía varios días lo abandonó, así que pasó las horas calculando el tiempo exacto que le faltaba antes de levantarse y comenzar la rutina. Ese estado agravaría su aspecto ojeroso y su salud en general.

Alcanzó el despertador y apenas el pitido se acalló Itachi se dio cuenta que de nada había servido ese tiempo insomne: las cavilaciones no lo habían llevado a ningún sitio en particular que le ayudara a encontrar una salida sin daño para lo que se avecinaba.

El silencio de su cuarto roto solamente por la insaciable lluvia que golpeaba el cristal del ventanal, lo acompañó hasta el baño. Al menos podía hacer su vida lo más normal y apacible posible antes de que Sasuke llegara al día siguiente.

Se miró al espejo y suspiró, tras una ducha reparadora se introdujo de nuevo en el vestidor, metiéndose dentro de la ropa sin molestarse en encender la luz, bastaba con la que se colaba desde la lámpara pública afuera para iluminar mortecinamente la estancia. Todavía no amanecía.

Terminó de vestirse, se anudó el cabello en una larga coleta baja y permaneció quieto unos minutos observando las múltiples cajas de colores que reposaban en el buró, junto a un vaso de agua intacto. Tendría que esconderlas prácticamente todas apenas Sasuke pusiera un pie dentro de la casa.

Cuando arribó a la universidad trató de restarle importancia al hecho de que las aulas estaban inundadas varios centímetros por encima de sus tobillos, no necesitaba un punto más en la escala de molestia de su migraña.

Itachi aspiró el aire y se echó a andar hacia la Facultad de Arte, creyéndole por completo al anuncio pegado por algún profesor de último año.

 

**

La Facultad de Arte de la Universidad de Durham era lo más parecido a un pequeño castillo medieval, sus altos muros de piedra eran húmedos y macizos, se unían por pronunciados arcos esculpidos y formaban una especie de laberinto en torno a una explanada que ahora mismo recibía toda el agua de lluvia. Los pasillos que conducían a los salones de clase estaban ligeramente resbalosos cuando pasó por ellos, lo cual era curioso dado que era de las pocas personas que se paseaban en un día lluvioso tan temprano en la universidad.

Se detuvo frente a la puerta del taller dos y llamó a la puerta.

--¿Qué se te ofrece?—oyó del otro lado. La voz elegante pero soberbia sonó amortiguada por el sonido de la lluvia.

--Sasori—saludó una vez que entró al salón. Tuvo que esquivar un trocito de madera que salió volando desde la mesa de trabajo, expulsado por una especie de cincel que sostenía el mencionado.

Sasori no alzó la mirada de lo que hacía, dejándole ver solamente los cepillados cabellos rojizos que se inclinaban sobre una marioneta de madera a medio construir. Sasori estaba esculpiendo la esfera donde embonaba el resto del brazo.

--De nuevo estás con eso, hump—dijo. Sasori no respondió a lo evidente--¿Por qué te molestas tanto?—se sacó el sombrero y lo botó en un rincón, ganándose que Sasori reprobara aquello. Debatir con Sasori siempre le encendía el ánimo.

--No tiene caso explicártelo, Deidara. Alguien como tú y tus conceptos baratos de arte no podrían entenderlo—replicó con calma aunque con dureza.

--Sasori, por favor, respeto mucho tu concepto del arte pero estás equivocado—se encogió de hombros esbozando una enorme sonrisa confiada—Por eso no tiene caso que sigas perfeccionando un montón de marionetas con el propósito de que duren demasiado tiempo, hump—ese era el discurso más largo sobre su debate eterno con Sasori que decía esa mañana, eligió con cuidado sus palabras con la intención de iniciar una buena riña constructiva sobre arte.

Al fin, hastiado por las palabras de Deidara, Sasori levantó el rostro y clavó sus ojos pardos en él.

--Como dije, Deidara, no tiene caso explicárselo a alguien que ve arte en un montón de arcilla que luego destruye—sentenció sin deshacer el gesto de impasible arrogancia.

Dicho lo anterior volvió su atención por completo a lo que estaba haciendo, teniendo especial cuidado en tallar sin rasgar ningún ojo de madera. Deidara se acercó hasta la larga mesa repleta de instrumentos y se sentó en el banco de enfrente, apoyó la mejilla en la mano y observó, con aburrición, lo que consideraba pérdida de tiempo.

--¿Qué fue esta vez?—habló Sasori otra vez, dirigiéndose a Deidara con su acostumbrado tono de voz superior. El muchacho alzó los ojos--¿Tu hermana? ¿El trauma?—ni siquiera al tratar asuntos como esos Sasori cambiaba la mascarada, es más, lo dijo con una sorprendente frialdad. Como si nada de ningún tema tuviera efecto en su ánimo.

--¡No tengo ningún trauma, hump!—se defendió.

Sasori, sin apartar la atención de su trabajo, volvió a hablar.

--Llegaste temprano aunque siempre me haces esperar y además no seguiste discutiendo conmigo. Me sorprendería que te hubiera convencido justamente ahora.

Deidara recobró la media sonrisa confiada.

--Ni hablar, hump—iba a comenzar nuevamente con el tema cuando la mano de Sasori evitó que sujetara un desarmador. Deidara puso mala cara pero no dijo nada: conocía lo mucho que su amigo repudiaba que se metieran con sus cosas, ya era bastante que le permitiese permanecer en su compañía mientras trabajaba.

--¿No se supone que tienes un taller que solicitar?—al parecer había tentado mucho la paciencia de Sasori cuando trabajaba en algún proyecto.

--Sí, hump—puso mala cara—Era mucho más sencillo cuando éramos compañeros en el taller…

--No. Resultabas un estorbo ruidoso.

Deidara chasqueó la lengua y se puso de pie, inmune al insulto.

--Deja de pensar en Pain y se acabó—exclamó Sasori antes de que Deidara cruzara la puerta. Sabía que el chico había escuchado a la perfección aunque se limitara a despedirse con un ligero movimiento de mano.

--Te veré en el almuerzo.

--No me hagas esperar—sonó como una advertencia.

Dicho aquello Deidara abandonó el taller. En los pasillos ya había más estudiantes que iban y venían hacia los salones de clase; Deidara pasó de todos y se echó a andar de vuelta hasta la oficina del director de la facultad. Trató de ignorar los pensamientos que revoloteaban en torno al mal sueño; lo especialmente estremecedor habían sido los ojos grises de Pain cuando lo miraron con esa brutal crueldad. Los recordaba a la perfección. Y de nuevo, no pudo evitar relacionarlo con la nota, se reprendió mentalmente por lo ridículo del asunto.

Deidara estaba convencido de que Sasori le dio el mejor consejo (considerando que venía de él), y pese a que sonara un tanto duro, tenía razón. Debía dejarse de tonterías infantiles y comenzar a concentrarse en lo que le apasionaba, en algún momento Pain desaparecería de su mente como lo hizo de su vida.

Un asalto de calidez llenó su pecho cuando se percató de que Sasori había dado en el clavo cuando notó su distracción mañanera: Pain. Ni en sueños pensaría que estaría así por su abuelo Onoki.

Además del amor por el arte, ambos compartían el desapego (y desagrado) por sus familiares ancianos, y eso, suponía Deidara, era otro punto a favor de su relación.

Deidara se recargó sobre el escritorio de recepción y paseó los ojos azules por la estancia caliente en donde iban y venían profesores y algunos compañeros de clase.

¡Moría por refugiarse en su taller!

Mientras esperaba que la anciana secretaria le pasara una hoja de solicitud, escuchó una plática de las secretarias: los salones de la facultad de Literatura se habían inundado y ahora tendrían que compartir aulas en la de arte.

Que fastidio, pensó. Luego, sus ojos se posaron en las listas de tutores de ese año para los de nuevo ingreso. Sasori había sido el suyo, así tuvo la fortuna de conocer a un genio con la madera.

Deidara tenía en un excelente concepto el arte de Sasori-aunque estuviera equivocado-y también al programa de tutoría que le permitió conocerlo cuando ingresó a la universidad; sin embargo, ese positivismo se fue a la basura cuando fue su turno de ayudar a un novato. La última vez que tuvo que hacerla de tutor de alguien tuvo que soportar los desplantes exagerados de ánimo de un muchacho todavía más irritable: Tobi. Todavía no se lo sacaba de encima ni a él ni a su estúpida ingenuidad que lo hastiaba.

Resopló con el desagrado que Tobi lograba provocarle sin estar presente, ya estaba de malas, era oficial. ¿Dónde estaba la mujer con su maldita solicitud? Estaba volviéndose un obseso de la puntualidad como Sasori. Mientras seguía esperando sus ojos curiosearon hacia el lado contrario, solo escritorios repletos de papeles y alguien ocupando uno de los sofás de espera, leyendo.

El sujeto que leía captó su atención de inmediato, era un muchacho que no debía ser mucho más grande que él-que tenía veintiuno-, su piel nívea contrastaba con el color negro de su cabello largo, lo llevaba atado en una coleta baja que caía delicadamente sobre su hombro izquierdo. Le hacían falta varias horas de sueño y tenía ojos granates tan apagados como un par de abismos; el delineado perfil permanecía atento al libro que sostenía enfrente. Deidara analizó con calma los mechones que caían frente a sus orejas y envolvían su mentón, se perdían en el color oscuro del abrigo que vestía, sus finos labios estaban medio ocultos por el cuello ancho de la gabardina. Podía ser un modelo profesional sin problemas.

De pronto, el muchacho, al sentirse observado, volvió ligeramente el rostro hacia Deidara. Visto de frente el joven realmente estaba ojeroso aunque más bien parecían rasgos genéticos puesto que no se le veía cansado, solamente…enojado.

Estaba mirando a Deidara con una expresión que combinaba frialdad con amargura.

Pese a que quizás debió sentirse cohibido por la fuerza hipnótica de su mirada, Deidara puso mala cara ante el gesto hosco del tipo, aumentando su mal humor. ¿Qué daño le hacía con mirarlo? Frunció el ceño y arqueó la boca en una mueca de orgullosa indignación.

--¡Deidara-senpai!—solamente había una voz chillona que lo llamaba de esa forma. No importaba los desplantes que le hiciera: Tobi, de orígenes japoneses, seguía llamándolo así--¡Deidara-senpai!

Acto seguido un par de brazos, enfundados en una playera negra de mangas largas, se colgaron de su cuello desde atrás. Deidara se deshizo del agarre y rompió el contacto visual con el tipo del sofá cuando se volvió para encarar a Tobi. No estaba seguro porque no veía su rostro (siempre lo llevaba cubierto con una máscara un tanto más llamativa que cualquiera para ocultar quemaduras), pero podía jurar que le sonreía.

--¡No vuelvas a…

--Tobi está feliz de verte, Deidara-senpai—interrumpió sepultándolo en un nuevo abrazo, tirando del cabello que cubría la mitad de su rostro--¡Tobi la pasó muy mal en las vacaciones!

--No puedo imaginar el motivo, hump—dijo Deidara, irónico.

--No salía a ningún lado y Deidara-senpai no me buscaba.

--Deidara-senpai estuvo fuera de la ciudad, hump—respondió, dirigiéndose a sí mismo en tercera persona, imitando a Tobi--¡Y ya suéltame, imbécil!—introdujo los brazos y apartó a Tobi nuevamente. Si no tuviera puesta la máscara estarían tan cerca que hasta podrían besarse.

En medio de la lucha sus ojos se cruzaron otra vez con los del sujeto ojeroso, aunque ni el ceño fruncido ni la frialdad habían desaparecido, el gesto ahora era más bien curioso. Deidara alzó el mentón dirigiéndole su mejor mirada de desprecio, a lo que el muchacho respondió pasándose con elegancia la coleta baja detrás de la espalda y volviendo a su lectura con brutal indiferencia. Su autosuficiencia cabreó más a Deidara, quien estuvo a punto de maldecirlo si no hubiese sido porque escuchó a Tobi decir algo sobre compartir taller en el nuevo semestre.

--¡Quítale las manos de encima, idiota!—le arrebató la solicitud a medio llenar.

--Pero…Tobi quiere estar con Deidara-senpai en el salón. Podría ayudarte.

--Un artista como yo no necesita de ninguna ayuda, hump—se encogió de hombros con soberbia, mirando de nuevo hacia el sofá. El sujeto había desaparecido.

Sin estar completamente seguro del motivo Deidara gruñó enojado, giró sobre sus talones y se echó a andar hacia la salida ignorando los llamados de Tobi.

Cruzó su camino con el de algunos estudiantes mientras andaba por el pasillo, al final de éste logró divisar a Sasori, hablaba con alguien; Deidara no pudo ver al interlocutor de su amigo artista gracias al grueso pilar de piedra que estorbaba su visión.

El pitido del móvil lo distrajo de su objetivo, sin detenerse lo sacó para leer el nuevo instantáneo.

El abuelo necesita hablar contigo”. Otra vez su hermana.

Estaba a punto de llegar hasta donde Sasori cuando alguien apareció del otro lado del pilar, Deidara rebotó contra su pecho y perdió el balance de su cuerpo.

--¡Oye, pedazo de imbécil! ¡Fíjate por dónde mierda vas!

Deidara se apartó el cabello de la cara para acomodárselo y alzó la cara desde el suelo. El tipo con el que había chocado lo miraba con desdén reflejado en sus ojos amatista.

--¿Qué, te comió la lengua el ratón, tarado?—se pasó la mano por su cabello blanco peinado hacia atrás—Estoy esperando mi disculpa, estúpido.

--Cierra la boca—ordenó poniéndose en pie—Estabas estorbando, hump.

--¡¿Qué carajo dijiste?!—avanzó un paso con el puño en alto.

--¿Eres tan idiota acaso que no sabes lo que significa?

--¡No es así!—se defendió—Ahora si no quieres que…

--Hidan—la grave pero calmada voz de alguien más los distrajo. Deidara volvió la mirada a un lado, pasando el gesto impasible de Sasori, llegó hasta el tercer muchacho: el sujeto que leía en la Dirección estaba de pie al lado del estorbo con el que había chocado, justo frente a Deidara. Le sacaba al menos una cabeza de altura y ni siquiera se molestaba en mirarlo.

El interpelado chasqueó la lengua y se cruzó de brazos.

--Qué coño, siempre interfiriendo, Itachi.

Así que ese era su nombre…A ese amigo de Sasori no lo conocía.

--¿Qué necesitas, Deidara?—inquirió Sasori.

--¿Estás bien, Deidara-senpai?—habló Tobi al mismo tiempo, ganándose una mala mirada por parte del marionetista.

--Te estaba buscando, Sasori, hump—respondió sin apartar la desagradable mirada del chico ojeroso.

--Dime de una vez que necesitas—sí, Sasori detestaba tener que esperar algo, lo que fuera.

Antes de que pudiera responder, los ojos azules de Deidara se fijaron en la maleta tirada sobre un charco de agua: debió caérsele cuando se estrelló contra aquél inútil. Se acercó para levantarla, toda la arcilla dentro se había humedecido.

Itachi le dirigió entonces la mirada, intrigado por la forma con la que el rubio escandaloso se había quedado sin habla, como si le hubiesen apagado un interruptor apenas recogió la maletita del suelo mojado. En sus ojos azules se apagó la chispa de orgullo con que lo había visto en la oficina.

--Sasori…

--¿Qué?

--Te veré luego ¿está bien?—se colgó la maleta y se dio la vuelta, siendo seguido por el ruidoso chico de la estrafalaria máscara. Sasori suspiró ligeramente enterado del motivo de cambio de actitud de Deidara: su estúpida arcilla.

Itachi lo siguió con la mirada mientras se alejaba por el corredor, ignorando los ademanes exagerados del sujeto que iba con él. Una chispa de curiosidad asaltó su mente y sintió el impulso de preguntarle a Sasori sobre el muchacho.

 

Deidara no logró deshacerse de Tobi hasta que le prometió pensarse compartir el salón de trabajo con él, lo cual resultaba sumamente molesto dado que Tobi no tenía un céntimo de talento en la sangre. De hecho, Deidara dudaba que Tobi tuviera un céntimo de algo en la cabeza.

La arcilla pesaba más de lo normal al estar completamente mojada, y ahora tendría que buscar la manera de devolverle un poco de maleabilidad si quería utilizarla para trabajar con ella, cosa que ahora en serio dudaba, sobre todo porque no había parado de llover y justo ahora él mismo estaba mucho más empapado que su herramienta de trabajo.

Deidara gruñó de nuevo, estaba perdiendo la de por sí poca paciencia que poseía y no ayudaba el hecho de no poder entrar al edificio por haber olvidado la llave dentro. Definitivamente el asunto de la nota en el buzón lo tenía fuera de sus cabales, la idea de que el remitente fuera Pain lo estaba desesperando.

Aspiró hondo, apartándose el cabello mojado de la cara y se recargó en el marco de la puerta, subiendo el pie en el otro lado. Nadie entraba ni salía del edificio para que pudiera ingresar. ¡Y cómo quería salvar su arcilla!

Ni siquiera estuvo con ánimos para prestar atención a las clases del primer día, lo único que necesitaba era moldear alguna escultura: acción no palabras.

Se cruzó de brazos y refunfuñó debajo de la lluvia.

 

Itachi avanzó con calma debajo de la lluvia, era inútil cubrirse de las gotas con el aguacero que caía, así que se limitó a cerrarse el abrigo y seguir andando. Alzó la mirada justo a unos cuantos metros de donde podía divisar al muchacho rubio de la facultad de arte. Estaba sentado en el pórtico de un inmueble de departamentos, el largo cabello se le pegaba a la espalda, hombros y la mitad izquierda de su cara. Empapado cruzaba los brazos de forma enfurruñada sin aparente intención de moverse de su lugar.

 

Deidara oyó pasos chisporrotear contra los charcos, un escalofrío involuntario sacudió su espalda cuando imaginó al cartero entregando la correspondencia: la sola idea de que le entregara una nueva nota anónima lo aterraba; ladeó el rostro para mirar encontrándose con el mismo tipo de la dirección en la universidad; parpadeó un par de veces y lo siguió con la mirada conforme se iba acercado.

 

Itachi siguió caminando hasta llegar a los escalones donde estaba el ruidoso rubio; lo miró de reojo notando que él también se había percatado de su presencia puesto que lo miraba con sus ojos azules exageradamente grandes (o al menos el no oculto debajo de esa espesa cortina rubia). Deidara parecía un chiquillo que acababa de ver al primer ser humano en el mundo.

 

Deidara lo vio pasar de largo por la acera mirándolo apenas con esa misma actitud arrogante y fría, cosa que volvió a irritarlo. Sin importar que fuera sumamente atractivo con el cabello negro chorreando de las puntas, y la humedad en su piel blanca.

 

Itachi alcanzó a ver el gesto del chico rubio cambiar a uno de total enfado pero no despegó las pupilas de él, parecía empeñado en que Itachi notara que no era de su agrado.

 

Deidara vio pasar al sujeto de largo hasta darle la espalda y seguir su camino acera arriba.

--Es un idiota. Sí lo es, hmm—remató con un asentimiento de cabeza.

Notas finales:

*Raspín: limas especiales para trabajar en escultura en piedra, madera, plástico y otras superficies.

 


Gracias por leer!!!

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