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Confluencia

Autor: Vannar

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Notas del capitulo:

 

 

Ni Ji o Seung me pertenecen, por el momento.

 

 

CONFLUENCIA

 

•••••

 

 

 

Sabemos que terminará cuando apenas comienza, y no nos toma mucho tiempo presentir el vuelco de la felicidad. Aun así, ¿por qué fue…? No, o quizá, pero de una manera más limpia, conocí el derrumbe de nuestra historia antes de mirarte a la cara. Si piden alguna palabra para lo que fue un tú del pasado, te llamaría déjà vu, porque nunca fui ingenioso, y todo el defecto lo barrí hacia ti.

 

Bien. Y aunque le quedaba el apodo, yo lo llamé Ji Yong hasta la cúspide de todo este albedrío importuno. Era un muchacho andrógino, que resultaba encantador cuando se llegaba a beber de él. Recuerdo, aun si debo borrar el rastro, la primera vez que crucé mirada con el muñequito; porque, si en lo absurdo fue muy simple, Ji Yong perseguía al aburrimiento con la lentitud del extrovertido.

 

Uno se espera, seguro, que la vista de lo extraordinario nos maravillará con su peculiar entrega a domicilio. No hay que buscarla, desde luego, ni encontrarla. Una acción corresponde a la otra, pero el destino o la madre de los mártires, o como el supersticioso quiera nombrarlo, no sufre por la búsqueda insensata sino por el encuentro concreto. Ella o Él, del género que sea, no confiere ni difiere: ejecuta. Eso, de lo que hablo, lo ejecutó en el par de cacaos cosidos a una piel de café lechoso. Y sufrió.

 

El caos se originó con eso. Nos vimos, juntos en la distancia, y nos sobrepasamos en pensamiento con la emoción de no habernos visto antes, y sabiendo, sin declararlo, que nos conocíamos más que nunca; que alguien, por fin, nos hallaba en un enjambre difunto. No fui, ni seré, mejor o peor que entonces. Ese fue mi antes, mi después, y la línea del tiempo se cortó con la moribunda existencia de un par de almas. No quise nada, y no lo quiero, pero lo quise a él, a Ji Yong, déjà vu, en un instante, ¿rancio o dulce?, yo digo que envilecido; ¿acaso se puede tantear una emoción? Yo pude, y resultó viscoso, sucio, con olor a vainilla y madera.

 

Lo describo así porque no tengo otro modo. Lo resumo, si se hace pesada mi admiración por él. Ji Yong estaba en el cruce de la autopista, lo noté, lo traspasé con el poder de mis ojos negros, que según sé les pertenece la agresiva insensibilidad miope, innata a mi deficiencia visual, oculta en lentes con marco oscuro. Dirán marrones, pero el negro me sienta. Volviendo, lo miré y en un segundo lo ignoré, mas lo vi de nuevo en la plaza del centro, a dos cuadras, y me miró también: nos vimos. Ahí es cuando surge una imagen desconocida, la sensación viscosa, el olor a vainilla. No sueño nada más desde entonces, y me alegra. Desde el fondo, reconozco que me encantó. Un hechizo, tal vez. Repito que no cambio desde entonces, sino que permanezco, impávido, como ese momento hipertrófico.

 

Luciré, escribiendo, como un chiste de Poe o una crítica mal adjudicada hacia Wilde, pero no importa. Lo que deseo es que alguien sea capaz de entender, consciente en la lectura o indeciso en la distracción del sopor, qué tanto amé a Ji Yong, qué tanto, y ni yo lo adivino, lo odié, y qué tanto permití que muriera la efervescencia de mi relación. No duró más de un día, donde cabe decir que hubo noche, noches, sin su cuerpo pero con el alma, que es a lo que aspira el enfermo enamorado de todos los mundos de este mismo; yo nunca lo fui.

 

Entrando en detalle, sabrán que me acerqué, le hablé y lo invité a tomar un café del color de su piel de mujer. Más de cerca, Ji Yong era femenino, rudo de ojos, de habla, pero suave de tacto. Y muy lanzado: me invitó a su casa dos horas después de sabernos conocidos. Ji Yong, como un buen amante, era exactamente mi antagonista, mi contrario. Pequeño, frágil, insolente, alegrón y promiscuo de corazón; le daba una parte de su espíritu a los transeúntes en su vida. Yo nunca pude, hasta que él chocó conmigo, y me rompió tanto y tan fuerte que con un beso de su boquita ambigua de colores, me succionó el alma, el corazón, los vicios y la deplorable existencia. Por eso no trasciendo o desciendo: él se llevó mi ego. Bien vivirá el infiel.

 

También sabrán aquí colgados qué hicimos en su casa. Y no lo relato porque me avergüence, sino por el respeto de mi secreto. Ji Yong vive tanto dentro de mi cuerpo, que me es imposible sustituir acciones, recuerdos, por palabras que producirían placeres vulgares, capaz malinterpretados. Sepan, sin embargo, que se entregó con tanto amor, y tanto rencor, que me arañó la espalda, fuerte, para cicatrizar, y me destrozó con sus lágrimas infantiles, de plata líquida. Su cuerpo estaba demacrado al final, pálido, vulnerable, y me besó por horas, asustado, apretándose a mi piel con rudeza innecesaria: yo jamás me iría sin demanda alguna.  

 

Aunque se fue al día siguiente, averiguando mi dirección al rebuscar en mi chaqueta, y me envió cartas por meses, no fuimos capaz de encontrarnos de nuevo. Lo dejé así, solo, aturdido, pero con mi yo reducido a sus manos y piernas, a las extensiones de su tristeza. Reproduciré, aquí, una carta de ambos, que fue la última y que espero se haga entender mi sentimiento prematuro y afanoso.

 

Amado Ji Yong;

 

Lo sé, tanto como tú, que el mundo de los que aman acaba más rápido que una pincelada y menos que un beso. Sabemos también que el rocío de la esperanza se extingue, y que la llama del intento se desprende de su meta. Pero te amo, del mismo modo que te aborrezco, y que nunca te tendré tanto como el único día de vida. Pinto sólo para no olvidarlo. Canto para intimidar la memoria. Sigo en el mismo pasadizo, alcanzando la luz de la luna, por medio centímetro, y lo agradezco porque es culpa tuya. Bendigo a tu mano, a tu cara, que me salva la noche de la semana, el día que cumple con la fecha de inicio, que de a poco se nos vuelve aniversario y me pierdo en una tardía lejana que elegí como déjà vu. Lo sabemos, pero no pasará si no nos vemos de nuevo, y eso implica rompernos, armarnos, y tocarnos la íntima conciencia. Lo deseo, tanto que le temo, y ser impertérrito me apena. ¿Me harás una pintura? ¿Me enviarás otra fotografía? Responde al tiempo que finalizas la historia y golpéame para seguir avanzando hacia la luz de la luna, que acaba cuando tú empiezas.

 

Loco, quizá, gracias a ti. Loco (o enamorado, elige un sinónimo) por ti.

 

 

 

Ji Yong escribió “te amo” en papel de oro y me envió la carta envuelta en un paquete de cigarros viejos, corroídos, que me atreví a fumar hoy por primera vez.   

Notas finales:

 

Espero sus rws :')

 

Shippear a otros con los mismos es el comienzo de su error.

 

Vannar

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