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La Ciudad de los Muertos II : Vestigios de esperanza por InfernalxAikyo

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Notas del fanfic:

Uf...bueno, qué decir. Como algunos se enteraron, sin querer borré esta historia (POR IDIOTA e.e) y aquí estoy, resubiéndola de nuevo :( 

Notas del capitulo:

Bueeno, querubines. Otra vez, sí...otra vez xD

Estoy algo desanimada por haber borrado esta historia xD merezco una bofetada por tonta e__e 

Pero bueh! Aquí de nuevo, el capítulo 1. 

Porfavor, si encuentran algún error avísenme inmediatamente
Abrazos :D


PD: Historia relacionada (aunque ésta puede ser leída sin necesidad de haber leído la anterior) "La ciudad de los Muertos" 

Capítulo 1

  

 —¡Cálmense allá atrás, chicos! —Natasha movió el volante violentamente y el auto zigzagueó para evitar a otro que había frenado de golpe delante de nosotros. Ese día el tráfico estaba especialmente peligroso—. ¡O harán que me estrelle contra algo!

   —¡Nat! —protesté—. ¡Es Ada la que no me deja jugar mis videojuegos en paz! —grité e intenté apartar a mi sobrina que seguía lanzándose encima de mí—. ¡Ada! ¡Por favor!

   —Ada, cariño deja al pobre Reed tranquilo.

   —¡Él no quiere jugar conmigo, mamá!

   —¡Shh! —Mi hermanastra mayor masculló en voz alta para hacernos callar a ambos—. Dejen de gritar o despertarán a Dania. Si no se callan los castigaré a ambos —susurró, bajando el tono.

   —No puedes castigarme a mí —gruñí en voz alta en el momento que una ambulancia pasó rauda a nuestro lado. Creí que no me había escuchado, pero un gesto reflejado en el espejo retrovisor, esa pequeña elevación de sus cejas me indicó que Natasha me había oído. Ella siempre lo hacía.

   —Oh, claro que puedo. Mientras mamá esté enferma yo estoy a tu cargo, hermanito. Y deja ese videojuego que ya vamos a llegar al hospital.

El auto dobló en la ya familiar esquina de la calle Bradwood con London y la fachada blanca del enorme “London Hospital” apareció delante de nosotros. Apagué la consola portátil y levanté el seguro de mi puerta, esperando el momento en que Natasha se estacionara, ella lo hizo y tomó a la pequeña y adormecida Dania para bajar. Íbamos a ver a mi madre, ella había caído gravemente enferma hace unos cuatro días. No sabía sus síntomas, Natasha había dicho que los niños no debíamos enterarnos de tanto detalle, pero en las visitas que habíamos tenido había notado el deterioro de su estado. Quizás mi hermana mayor podía engañar a mi hermana pequeña, Dania, quizás podía engañar a su hija, Ada, diciéndole que su abuela estaba bien, pero no podía engañarme a mí. Yo quizás era apenas un adolescente, pero alcanzaba a entender la gravedad de la situación.

La mano de Natasha se detuvo unos segundos antes de abrir la puerta de la habitación 306, donde estaba mi madre.

   —Quiero sus mejores sonrisas —dijo. 

Sé que ella empleó toda su fuerza de voluntad para mantener esa sonrisa una vez que entramos a la habitación. Ella era una mujer fuerte, yo no lo era. No pude hacerlo.

   —Hoy tampoco está despierta...

   —Su cuerpo necesita descansar, Reed —Ella se acercó a la cama de mi madre que hoy estaba más pálida que los días anteriores, más delgada, con los párpados hinchados que empezaban a tomar una tonalidad violeta—. Hola, mamá —dijo en tono suave. Dania se quejó en los brazos de Natasha y ella la dejó libre en el suelo para que caminara. La pequeña corrió hasta mí y tiró de mi mano. Me vi obligado a acercarme con ella a la cama también. Reprimí la angustia cuando llegué a su lado.

   —Hola, mamá —susurré, imitando a mi hermana mayor. No me gustaba la idea de hablarle a una persona inconsciente, no me gustaba la idea de tener a mi madre en el hospital. No me gustaba la idea de su cabello rubio más áspero y delgado cada día producto de esta misteriosa enfermedad, no me gustaba la idea de sus labios resecos. No me gustaba la idea de tener el sentimiento de que la estaba perdiendo con cada hora que pasaba.

Natasha puso su mano sobre mi hombro.

   —Verás cómo se pondrá bien —

Intenté creer en esas palabras.

   —Tienes razón. Va a ponerse bien.

No iba a hacerlo.

   —¿¡Qué es eso!? —Un pitido agudo e intermitente me cubrió los oídos en una sensación de alerta—. ¡M-Mamá!

   —¡No, no, no, no, no! ¡Algo está mal! ¡Mamá, resiste! —Natasha se apartó bruscamente y corrió hacia la puerta—. ¡Llamaré a una enfermera! ¡Tú saca a las niñas de la habitación!

   —¿¡Qué!? ¿¡Por qué!?

   —¡Solo hazlo! —gritó antes de desaparecer por la puerta que dejó completamente abierta. Me quedé paralizado unos segundos, perdido en los pitidos agudos que seguían sonando. Hasta que reaccioné.

   —Vamos, Dania —tomé a la pequeña del brazo y la arrastré hasta la puerta—. ¡Ven, Ada! ¡No me desobedezcas ahora!

   —¡Por aquí, doctor! —alcancé a dejar a las chicas fuera justo en el momento que un médico seguido de tres enfermeras cruzaba el pasillo y entraba en la habitación. Los molestos pitidos seguían chillando.

   —Quédense aquí —le ordené a las niñas—. Ada, por favor cuida a Dania.

   —¡S-Sí! —gritó, nerviosa. Siguiendo un desesperado instinto, dejé a las niñas en el pasillo y me adentré en la habitación tras las enfermeras. Cerré la puerta tras de mí.

   —¡Uno, dos, tres! ¡Despejen! —Los pitidos fueron levemente reemplazados por el sonido de dos aparatos con apariencia de planchas sobre el pecho de mi madre, haciéndola saltar de la cama una y otra vez—. ¡Uno, dos, tres! ¡Despejen!

¿Qué le están haciendo?

   —¡Una vez más! ¡Uno, dos, tres! ¡Despejen!

Y de pronto, los pitidos agudos e intermitentes, el sonido eléctrico de las planchas, los gritos del médico, todo fue silenciado por un solo sonido. Un solo pitido tan agudo como los anteriores, con la única diferencia de que este era uno único, largo, sin fin.

Sabía lo que significaba ese pitido.

Lo supe cuando sentí las lágrimas picando al interior de mis ojos.

   —¿M-Mamá? —me acerqué a la cama a un paso lento y atarantado.

   —¿¡Qué hace este niño aquí!?

   —Es su hijo.

   —¿Mamá? —fui contenido por los brazos de Natasha cruzando mi pecho y sujetándome para impedirme avanzar más—. ¡Mamá!    

   —Tranquilízate, Reed

   —¿¡Cómo quieres que me tranquilice!? ¡M-Mamá! —quise seguir forcejeando para llegar hasta la cama, pero las fuerzas no me dieron para más que quedarme allí, sujeto en los brazos de Natasha que temblaban.

   —Lo lamento mucho, señorita Baller —Las palabras del médico golpearon fuerte en mis oídos. Natasha me abrazó con más fuerza y yo rompí en un llanto histérico mientras enterraba las uñas en sus delicadas manos.

   —Reed, deberías ir fuera —susurró en voz baja contra mi oído, conteniendo su voz quebrada. Ella siempre intentaba contenerse. Me invadió un arrebato de furia.

   —¿¡Para qué si ya lo he visto!? —grité y me aparté de su abrazo en un movimiento brusco. Corrí hacia la cama de mi madre—. ¡Mamá! —sacudí sus hombros y pude sentir la dureza de su cuerpo inerte—. ¡Mamá! ¡Despierta! —el pitido alargado y eterno que seguía sonando fue callado cuando una de las enfermeras desconectó algo que estaba atado a la muñeca de mi madre—. ¿¡Qué está haciendo!? —le grité. Las otras dos enfermeras me tomaron por los hombros y me alejaron de la cama—. ¿¡Qué están haciendo!?

   —Lo siento, señorita Baller...pero tendremos que despacharla a la morgue dentro de los próximos cinco minutos —alcancé a escuchar mientras forcejeaba con las mujeres.

  —¿¡C-Cinco minutos!? —mi hermana gritó. Nunca la había oído hacerlo—. ¡Mi madre tiene a su otra hija esperando afuera! ¿¡Cómo pretende que le explique a esa niña en tan solo cinco minutos que ella murió!? —me quedé helado, temblando bajo los brazos de una enfermera que me sujetaba mientras oía sus gritos.

   —Lo siento, señorita. Son órdenes.

  —¿¡Órdenes!?

   —Hemos tenido muchas emergencias los últimos días, la cantidad de pacientes ingresados se ha triplicado. El sistema está colapsado, necesitamos las camas —el médico hablaba muy rápido, como si estuviese coreando una especie de discurso que llevaba repitiendo todo el día.

Vi como el rostro de Natasha se desencajaba por unos segundos antes de volver a la normalidad. Inspiró hondo.

      —Está bien...   —dijo en un suspiro largo—. Termine de desconectarla, doctor. Pero dejaré una denuncia, no crea que esto va a quedarse así —se acercó a mí y le hizo un gesto a las enfermeras para que me soltaran, ellas lo hicieron y se dirigieron a la cama para ayudar al médico con lo que sea que estaba haciendo—. Reed, cariño —puso sus manos sobre mis hombros—. No voy a dejarlos solos ¿Está bien?

Asentí con la cabeza, apenas comenzando a comprender lo que estaba pasando.

Mi madre había muerto. Mi padre había muerto en un accidente hace seis años atrás, poco antes de que Dania naciera. Ahora ella y yo quedábamos a la deriva. Solo teníamos a           Natasha, mi hermanastra.

Pero ella tenía ya una hija, ella tenía ya una vida.

¿De verdad no iba a abandonarnos?

   —¡Doctor! ¡Ella...!

   —¡Cuidado!

   —¡AH!  —Natasha y yo giramos al mismo tiempo. No sé cómo, pero mi madre había despertado ¡Ella tenía sujeta a una de las enfermeras!

   —¡Me está mordiendo! —Se quejó en un grito la mujer—. ¡Quítemela, doctor! —Los brazos de Nat me agarraron fuerte para que no me moviera, pude sentir el miedo viajando por ellos hasta llegar a la yema de sus dedos para contagiármelo. Ambos nos quedamos inmóviles cuando alejaron a la enfermera de mamá y pudimos verle el rostro. Ella ya no era ella. Sus ojos...sus ojos habían oscurecido. Su piel estaba roja, con marcas de pequeñas venas a punto de explotar dentro de su cara.

   —¿Qué...Qué está pasando, Nat?

   —¡Me duele! ¡Me duele! —la enfermera cayó al suelo, llevando ambas manos a su rostro para sujetarlo. Logré verlo, su mejilla. Mamá le había arrancado un trozo de mejilla.

  —No sé, Reed. E-El médico va solucionarlo —tartamudeó.

   —¡Salgan de aquí! —gritó el hombre, sus ojos desorbitados por lo que no supe si fue terror o rabia—. ¡Isabel! ¡Llame a seguridad! ¡Informe que tenemos otro código rojo! —Otra enfermera salió disparada corriendo tras la puerta.

   —¡Les he dicho que salgan de aquí, carajo! —gritó el médico hacia nosotros e intentó forcejear con mi madre que se movía como si le hubiesen inyectado adrenalina.

   —¡P-Pero!

   —¡Fuera!  —Natasha me arrastró afuera justo cuando un par de enormes hombres entraba en la habitación y cerraban la puerta con llave, dejándonos en el pasillo.

   —¿Qué ocurre, mamá? —preguntó Ada mientras le tapaba los oídos a Dania.

   —No lo sé, amor —Las manos de Natasha me soltaron y me dejó libre solo para dar la vuelta y mirarme de frente. Intentó sonreír—. Reed, tienes que ser fuerte ahor... —Su voz se cortó de golpe cuando oímos el ruido de una bala. Nunca antes había oído un disparo, quizás solo en las películas o en los videojuegos. Se sintió como un martillo golpeando en mi cerebro y dolió como tal, porque sabía de dónde había venido. Había venido de la habitación 306, donde tenían a mi madre que había enloquecido de pronto. Le habían disparado a ella. 

Definitivamente tenía que ser fuerte ahora.  


  —¡A levantarse, señoritas! —la voz ronca de todos los días me hizo dar un salto. Había despertado hace unos minutos, pero me encontraba concentrado repasando recuerdos que no debía olvidar. El olor a humedad  y a algas me golpeó dentro de las fosas nasales. Me moví hacia la izquierda y estiré mi mano en el aire, tanteando, buscando el cuerpo de Ada.

   —Ada, despierta —gruñí. Ella se removió a mi lado. Me senté en el suelo y expandí mis ojos para poder ver mejor en la penumbra de ese enorme calabozo donde nunca llegaba la luz del sol—. ¡Ada!

   —Estoy despierta... —Con un movimiento lento, ella también se sentó en el suelo.

   —¡Fórmense todos, trozos de mierda! —Ambos nos pusimos de pie tomados de la mano. Estos iban a ser los últimos minutos dentro de las próximas siete horas en los que íbamos a estar juntos y no sabíamos si volveríamos a encontrarnos.

Hace cinco años, una enfermedad letal atacó. En la televisión dijeron que había sido un experimento fallido, que estaban buscando un medicamento para contrarrestar los efectos de una droga, que se habían equivocado y habían creado un virus, pero todo el mundo sabe que tan terribles equivocaciones no existen. Hace cinco años, ese virus atacó mi ciudad y atacó decenas de otras ciudades en el mundo. Hace cinco años mi madre cayó hospitalizada y durante tres días estuvo muriendo, falleció al cuarto y revivió instantes después para intentar devorarse a una enfermera.

Hace cinco años, el mundo entero se fue al infierno. 

La mano de Ada se soltó de la mía cuando nos vimos obligados a formar dos filas, una de hombres y otra de mujeres. Oí el característico sonido de una nalgada seguido de un sollozo saliendo de la boca de mi sobrina.

   —Mañana es el día, preciosa —dijo la voz del robusto hombre que le había tocado el trasero.

   —¡No la toques! —intenté abalanzarme sobre él.

   —Tranquilo, Reed —La mano de David, mi único amigo en ese sucio lugar me detuvo. El cazador que había tocado a Ada sonrió en mi dirección y levantó las cejas en un gesto pícaro. La fila comenzó a avanzar lentamente, solo ésta estaba compuesta de por lo menos cien hombres de los cuales solo conocía a algunos, a la mitad de ellos ni siquiera les había visto el rostro, producto de la distancia entre los últimos calabozos y los nuestros, que eran los primeros. Pero una cara, una mirada, unos labios no hacían la diferencia cuando todos éramos exactamente lo mismo. Prisioneros.  

Llevábamos cinco años atrapados en este buque al que su comandante cariñosamente llamaba “Desire“, no podía negar que el nombre le quedaba bien, Desire se llamó uno de los más famosos barcos de esclavos en la historia.

   —Ustedes dos, vayan a la cofa —dijo uno de los hombres que estaba ordenando las filas. A cada uno nos enviaban a hacer una tarea, algunos tenían que bajar a pescar, otros tenían que ir a limpiar la cubierta. En mi caso, la cofa se me daba bastante bien. Mi amigo y yo comenzamos a caminar hacia las escaleras, pero la voz del cazador nuevamente hablando me hizo detenerme—. Oh no, preciosa. Tú te quedarás aquí —mis músculos se tensaron cuando el hombre le ordeno a Ada quedarse—. Según el libro tú y dos chicas más tienen que estar aseadas y descansadas para mañana.

Alguien me empujó desde atrás.

—Vamos, Reed. —Mi cuerpo se movió mecánicamente. Pero mi cabeza se quedó en esas palabras.
Mañana era el cumpleaños de Ada, ella cumplía quince. Recuerdo que yo estaba a punto de cumplir los quince años cuando se desencadenó el virus, recuerdo que no tenía que pensar en las cosas que debía estar pensando ella ahora, recuerdo que no debía temerle a mi cumpleaños.  Ella sí lo hacía,  se había orinado del miedo la noche anterior mientras tenía una pesadilla, imaginando lo que le harían mañana.

Se había vuelto casi una tradición para Shark, él líder y el mandamásde este barco infernal. Él solía decir que era para “preservar la especie” pero yo había contado más chicas muertas que encintas luego de las terribles violaciones a las que las sometían al cumplir los quince años. Sí, eso es lo que hacían estos cerdos con todas las niñas del barco, los quince era la nueva mayoría de edad ahora y lo que Shark les hacía era su bautizo. A ese maldito le encantaba las niñas vírgenes y si ellas no pasaban la prueba de la sábana blanca...

Eso era otra historia. Otra terrible historia.

Mañana era el cumpleaños de Ada.

Pero para el Desire no habría mañana. Yo me encargaría de eso.

—El clima es perfecto para llevar a cabo el plan —susurró muy bajo David cuando comenzamos a subir la peligrosa escala hacia la cofa. Había conocido a David el día en que llegamos al barco. Él me había hablado luego de ver la cantidad de libros que tenía en mi mochila, todos pertenecientes a mi difunta hermana Natasha, que era psicóloga. Él era profesor de química, filosofía, física, arte y también de música con apenas treinta años, sí, era una combinación extraña pero simplemente él no tenía límites. Antes de la crisis, David era lo que para Nietzsche pudo haber sido el Superhombre, un tipo sin barreras, con una inteligencia y moral propias que con los años había comenzado a comprender, fuerte de mente y cuerpo, un hombre perfeccionado. No se dejaba amedrentar por las atrocidades que ocurrían aquí dentro e incluso, él las había llegado a comprender.

«El hombre es malvado por naturaleza»  solía decir, cuando intentaba demostrarme en nuestras sin fin de conversaciones que las víctimas aquí no éramos nosotros, si no ellos. «Y estos pobres hombres no son capaces de ir contra su propia naturaleza.»

David era un amigo y un padre para mí. Yo sabía muy bien que él pudo haber escapado hace mucho tiempo. Pero él había decidido esperarnos, ayudarnos a escapar. Y mañana huiríamos juntos de aquí.

Mis huesos se entumecieron cuando llegué a la cofa y tomé el rifle francotirador que allí había. Hoy éramos vigilantes, vigilantes de un mar vacío y tan oscuro como el cielo tormentoso que estaba sobre nuestras cabezas. Llovía a cántaros, pero David tenía razón, el clima era perfecto para llevar a cabo el plan.

Habíamos tardado cuatro años en prepararlo, comencé a idearlo cuando me enteré sobre la afición de Shark por las adolescentes y sobre su aterradora regla de los quince, luego todo se agilizó cuando David entró a ayudarme. Habíamos tardado cuatro años en animar a más gente para el motín, en recolectar los materiales necesarios cada vez que tocábamos tierra para asaltar a alguna comunidad de supervivientes, amenazándolos con los muertos que había dentro del Desire y que Shark guardaba encerrados y cuidaba como sus santos perros guardianes, porque si había algo que tenía valor en este mundo eran las armas y la mayor arma que existía ahora era los muertos. Hace casi tres semanas habíamos desembarcado por última vez y Shark había recogido a veinte más de sus preciados monstruos y nosotros, el último reloj despertador que necesitábamos.

Haríamos explotar este lugar, causaríamos el suficiente desastre para distraerlos, tomar sus botes salvavidas y largarnos todos de aquí. Sabía que no todos podríamos escapar, sabía que muchos iban a morir, pero estaba dispuesto a cargar con ese peso en mi conciencia con tal de salvar a Ada.

No. Esto no era solo por ella. También lo era por Natasha, por Dania, por Amber y por todas las personas que había visto destrozadas por las garras de Shark.

   —Veo que estás muy nervioso —dijo David, clavando los oscuros ojos verdosos en los míos, llenos de esa mirada que nunca supe descifrar.

   —¿Nervioso? —tragué saliva e intenté relajarme, hacerme consiente de mi propio pulso para bajarlo y lograr que mi corazón dejara de golpear contra mi pecho. No pude hacerlo—. No estoy nervioso. No. Estoy bien.

   —Estás tomando el rifle de manera errónea —Casi pude oír un rastro de risa en su voz, pero David nunca se burlaba de nadie—. Tú sabes cómo hacerlo, Reed. Tienes la mejor puntería de todo este barco, eres un arma humana. No creo que estés levantando la mirilla dos centímetros bajo lo normal a propósito ¿o sí? —enderecé mi espalda en una especie de respingo para recomponerme y levanté el arma un poco más.

   —Si... —admití—. Tienes razón. Estoy nervioso.

   —Los nervios solo harán que te muevas torpemente cuando tengamos que escapar.

   —Los nervios me harán ir más rápido —debatí.

   —Quizás tengas razón.

Y quizás la tenía y quizás estaba a punto de comprobarlo.  Unas doce horas después, luego de haber sido enviados nuevamente a los calabozos me encontraba inmóvil en el suelo frío y duro de hormigón con los ojos bien abiertos y no era solo yo, todos ahí estábamos despiertos. Los días en el barco eran cansadores para todos, soportar el trabajo duro y los maltratos sin una buena alimentación y una hidratación nula era algo difícil. Los descansos era una de las pocas cosas que podíamos disfrutar. Mientras se duerme no se siente hambre ni frío, solo se intenta descansar.  Pero todos estos hombres y mujeres que sabía tenían los ojos tan abiertos como los míos estaban empleando sus últimas energías en mantenerse alertas, quietos, tranquilos, esperando que los últimos cuatro guardias tomaran sus posiciones. Esa era la señal, lo que indicaba que el movimiento en el barco había cesado.

Ellos decían que no podíamos escapar de ese barco, ellos tenían confianza en sí mismos. Cuatro guardias era una cantidad ridícula para vigilar a más de un centenar y medio de personas. La confianza en exceso siempre traía fatales consecuencias.

Y hoy nos aprovecharíamos de eso. 

Y entonces, el último robusto hombre tomó una silla para sentarse frente a nuestro calabozo en medio de la oscuridad.

El primer golpe contra el suelo seguido de un grito horrorizado previamente ensayado fue la señal. El cuerpo de una de las chicas que estaría de cumpleaños mañana comenzó a sacudirse sobre el piso húmedo. 

    —¡Ayuda! —y entonces Ada entraba en escena, histérica—. ¡Por favor ayúdenme! ¡Guardia!—Los gritos de los demás no tardaron en dejarse escuchar. Me levanté del suelo y me acerqué a los barrotes para gritar.

   —¡Guardia! ¡Alguien está sufriendo un ataque de epilepsia! 

   —¿Y qué? Me importa una mierda —resopló la grave voz al otro lado—. No molesten.

   —¡Es María Vinewood! —grité con más fuerza y fingí yo también entrar en estado de histeria—. ¡Mañana cumple quince años!

Y esperé.

   —Joder... —oí la melodía del triunfo cuando el hombre grande arrastró pesadamente la silla con su trasero para ponerse de pie. Shark no perdonaría a cualquiera que dejase morir a una de las niñas que estaba a punto de cumplir los quince—. Apártense de los barrotes, cabrones —gruñó el cazador y el tintineo que emitieron las llaves que tenía atadas a su cinturón cuando él llevó la mano ahí para buscarlas casi me hace dar un salto de alegría.

Me agaché y me aparté de la verja para quedarme en uno de los extremos de la puerta, esperando. En la oscuridad a la que ya me había acostumbrado, logré ver la silueta de David haciendo lo mismo desde el otro lado. Solo teníamos una oportunidad.

 Oí al cazador meter la llave correcta en la cerradura y detenerse antes de abrirla—. Mierda ¿Dónde está la puta linter...? ¡Eh, suéltame! —fueron los nervios, estoy seguro. Fueron los nervios los que me llevaron a ponerme de pie y estirar mis brazos por los barrotes para agarrarle por el cuello, se suponía que debía hacerlo cuando él ya hubiese abierto la puerta pero eso ya no importaba. David se levantó en un movimiento rápido milésimas de segundo después de que yo lo hice y entonces sujeté al hombre con más fuerza, para que no se escapara. Le sujeté hasta que oí el sonido crujiente emitido por el trozo de madera al que David había tardado dos semanas en darle el filo suficiente para clavárselo al guardia en el cuello. Tuve que retenerlo unos segundos más mientras su cuerpo se sacudía de una forma involuntaria y taparle la boca cuando soltó aquel  ruido insoportable, parecido al de una gárgara. No tardé en sentir la calidez húmeda y resbalosa de la sangre sobre mis manos. Me estremecí en escalofrío que corrió por toda mi espalda y me heló las venas.

    —Está hecho —La voz de David y su mano sobre mi hombro me quitó esa oleada de terror que había comenzado a correr por mi cuerpo—. Céntrate y suéltalo, Reed. Tenemos que activar las bombas.

   —Sí, sí... —Yo podía controlar esto. Era solo un hombre, uno de los malos y ahora era tan solo un cuerpo, nada más. Lo solté y le dejé caer al suelo, luego, silenciosamente estiré una mano ensangrentada por fuera de la celda hasta alcanzar las llaves que aún estaban calientes por el tacto del hombre que acabábamos de matar. Terminé de abrir la reja.

   —Shhh, silencio. Ustedes, vayan a las otras celdas, maten a los guardias y liberen a los demás —Le ordenó David a un grupo de hombres que no tardaron en obedecer y escabullirse por la puerta  para caminar en silencio hacia las otros celdas, lo habíamos hablado tantas veces que cada uno de nosotros sabía exactamente lo que debía hacer. El sector de los calabozos era tan grande que ocupaba todo un piso del barco. Cada celda albergaba a por lo menos cuarenta personas en su interior y entre todos los prisioneros superábamos la centena. Toda esa gente, algunos roncando, otros llorando, otros descaradamente follando dentro de las celdas emitían el suficiente ruido como para que nuestros quince hombres se escabulleran hasta los demás guardias y acabaran con ellos. Sabía que esa parte del plan saldría perfecta.

   —Reed, vamos —David me tomó de la mano y su tacto frío me congeló la piel. Yo estaba ardiendo, mis manos estaban sudadas por los nervios, sucias y resbaladizas. En cambio las de él seguían intactas. En ese momento me pregunté si alguna vez él sintió algo parecido al nerviosismo, angustia o  desesperación. Yo era alguien que se esforzaba por controlar sus propios sentimientos, me había leído absolutamente todos los libros de mi hermana y normalmente los de mi celda acudían a mí para hablarme sobre sus traumas, se podría decir que yo era ya un psicólogo. Pero no era capaz de llevar mis propias emociones por el camino que yo quería, en cambio David lo lograba. Y lo hacía a la perfección.

Subimos por la escalera y entonces programamos la primera bomba. Eran bombas de tiempo controladas por simples despertadores que habíamos logrado juntar en estos cuatro años. El manejo de la química de David nos había ayudado con los explosivos, prácticamente él podía hacer explotar cualquier cosa con cualquier basura que encontraba por ahí. Seguimos corriendo en silencio y agradecí a Dios por la feroz tormenta que sacudía todo el mar y hacia casi imposible el mantenerse de pie sobre la cubierta. Había tanto ruido allí afuera que todo el escándalo que seguramente se estaba dando abajo no podía ser escuchado. El cielo estaba tan oscuro que estaba seguro que ninguno de los cazadores se atrevería a salir de su dormitorio. Íbamos a tomarlos por sorpresa, definitivamente.


   —Iré hacia la tercera y la cuarta bomba, tú ve hacia la quinta y la sexta —dijo David mientras terminaba de programar la segunda. Cada bomba tenía su tiempo, distinto al de las otras, nuestra idea era hacerlas estallar juntas y solo lograríamos eso programándolas distinto. Asentí con la cabeza y comencé a correr mientras me sujetaba de la pared para no caer. En ningún momento pensé en que algo podría salir mal, en ningún momento pensé en que David podría equivocarse. Confiaba tanto en él que estaba seguro que esto saldría perfecto. Tenía que pensarlo así, esta era la única oportunidad que tendríamos para escapar del Desire.

Me detuve unos segundos, me sostuve de una baranda y contuve las arcadas que me produjo el vértigo del movimiento del barco. Cuando la vista se aclaró, conté mentalmente los botes salvavidas que aún colgaban intactos en la coraza del Desire y que jamás habían tenido que ser usados. Esta sería la primera y la última vez. 

Solo eran diez botes. Esperaba que todos pudiésemos salvarnos.

Aproveché la sacudida que dio una ola para llegar nuevamente hacia la pared y pegar mi cuerpo a ella, deslizándome hasta llegar a los dormitorios de los cazadores. Abrí la puerta que sabíamos dejaban sin llave e inmediatamente el rumor de ronquidos plácidos llegó por las estrechas escaleras. Me tiré al suelo y me arrastré por él, no estaba dispuesto a que los hombres que dormían abajo oyeran mi respiración siquiera.

La quinta bomba tiraría las maltrechas escaleras abajo y ellos tardarían su tiempo en idear una forma para subir e intentar atraparnos.

Cuando terminé de programarla, me deslicé nuevamente por la puerta y la cerré con cuidado.

Un trueno furioso iluminó toda la cubierta del Desire.

Ahora solo faltaba una bomba, que era precisamente más de una. Él lugar en donde debían de ser puestas era especial. Se me retorció el estómago de solo pensar en ello.

Había tenido que bajar al infierno un par de veces, le llamábamos así porque habíamos aprendido que sí había un infierno, debía ser como ese lugar. Caminé por la orilla hasta llegar a una puerta falsa que había en el suelo y que conectaba con un sótano, una especie de cámara secreta dónde Shark encerraba a sus mejores armas. Me había aprendido el camino la primera vez que bajé allí, fue una experiencia terrible. Quité el fierro que funcionaba como tranca y abrí la puerta. El hedor ácido de los cuerpos, las tripas grasosas, la carne negra y podrida y la sangre coagulada me golpearon en la cara y me revolvieron el estómago. Sentí subir el líquido por mi garganta, me aparté un poco y estiré mi cuello hacia un lado para vomitar lo último que había comido. Una rata, hace dos días.  Levanté un pañuelo que llevaba atado al cuello y cubrí con él mi nariz y mi boca. De todas formas intentaría de no respirar ahí dentro.

Me aferré a los márgenes de las escaleras verticales como si fueran lo único firme en el barco y tuve ganas de quedarme ahí, atado a ellos. Mis piernas temblaban levemente con cada escalón que bajaba, apenas había abierto la puerta y las bestias que estaban abajo me olfatearon y comenzaron a gemir y a gruñir solo como ellas podían hacerlo, de una forma que aterrorizaba hasta al hombre más valiente.

   —Vamos, Reed —Me ordené a mí mismo. No podía fallar ahora. Toqué suelo nuevamente y los gritos roncos se hicieron más fuertes, ellos se volvían locos cuando uno de nosotros bajaba aquí. Busqué por la pared una linterna, sabía que tenían una atada a un clavo junto a la escalera porque en este lugar tampoco llegaba luz, la encendí. Tuve ganas de apagarla en cuanto lo hice.

   —Dios... —Un frio corrió por mi espalda y el pecho se cerró como si me hubiesen dado un golpe. Nunca me acostumbraría a esta imagen. Levanté un poco más el pañuelo para asegurarme que mi nariz quedara bien cubierta, mientras contenía las náuseas. El olor a muerte, esa fetidez agria que se te mete por las fosas nasales como si tuviese voluntad, forma, volumen y color propios –uno muy oscuro- casi me hace vomitar otra vez. El infierno era bastante similar a nuestros calabozos, ellos estaban encerrados en celdas también, hasta ahora solo dos que podían albergar dentro fácilmente a sesenta personas cada una, solo que aquí ya no había personas, quizás alguna vez lo fueron. Yo mismo había conocido a muchos de los que estaban aquí, pero ahora eran solo muertos que habían vuelto a la vida para devorar todo lo que veían a su paso. Saltaron sobre los barrotes a medida que avancé fuera de las celdas, estiraron sus manos hacia mí, muchas de ellas con apenas una leve capa de músculo podrido cubriendo los huesos e hicieron rechinar los dientes, como si ya me estuviesen masticando. La primera vez que bajé aquí había contado unos setenta de ellos, ahora eran más, muchos más.

Shark tenía un ejército de muertos a su disposición. Pero los muertos no respondían a nadie, salvo al único instinto que les quedaba, el hambre. Y éste ejército estaba hambriento.

 Esperaba que hoy se alimentaran de carne de cazador.

Con precaución me acerqué a una de las celdas y programé una bomba fuera de ella. La idea era liberar a alguno de ellos para que Shark tuviera que preocuparse primero de los muertos antes que de nosotros. Era una idea peligrosa, quizás algunos llegarían a la cubierta, quizás algunos nos atacarían. Pero era un riesgo que teníamos que correr si queríamos salir de aquí.

Me moví hacia la segunda celda con rapidez cuando el ácido subiendo por mi estómago me indicó que estaba a punto de vomitar otra vez y me dispuse a programar la última bomba, a la que debía ponerle menos tiempo, iba a ser la primera en explotar.

   —¿¡Qué...!? —algo me tiró del cabello y solté el despertador para tomar a aquellas manos invasoras que habían bajado hasta mi cuello y habían intentado atraerme hacia la celda. Me encontré cara a cara con los ojos de la muerte. Era un joven, aún conservaba su cabello rojizo largo y sus uñas así que debía ser nuevo, quizás de los últimos que capturó Shark hace tres semanas. Las pupilas de un color que no supe reconocer estaban dilatadas y las venas aún se mantenían palpitantes bajo su pálido rostro.  

   —¡S-Suéltame! —entré en pánico. Nunca antes había tenido a uno de ellos tan cerca. Era fuerte, tan fuerte que costó más de tres esfuerzos quitármelo de encima y el tacto de sus dedos pareció quedar adherido a mí, como un peso húmedo sobre mi piel. Soltó un rugido grave cuando logré zafarme. Caí sobre mis rodillas que temblaban sin control e intenté calmarme. Estaba al otro lado de la celda, no podía hacerme nada, no mientras mantuviera su cabeza lejos de alguna parte de mi cuerpo. Tomé nuevamente el despertador y con más cuidado terminé de programarlo.

   —¿Cómo vas? —di un salto cuando la mano de David tocó mi hombro.

   —M-Me asustaste

    —Estás temblando, amigo —dejó caer su otra mano y tiró de mí hasta que mi espalda chocó contra su pecho, cruzó sus brazos por el mío y me dejó ahí, para que me tranquilizara. Como siempre, él no pareció inmutarse por el hecho de estar rodeados de muertos—. Cálmate y vámonos de aquí.

Teníamos que irnos.

   —Tienes razón —Me puse de pie e intenté ocultar el tambaleo en mis rodillas. El temblor era una respuesta corporal al miedo, y el miedo era algo mental. Yo podía controlarlo.

   —Ya puse todas las bombas —continuó hablando él cuando se paró tras de mí y me siguió a paso liviano y lento—. Puse una adicional en la puerta del cuarto de Shark —soltó una risilla mientras subíamos las escaleras, una carcajada pequeña y disimulada que casi no se escuchó entre todos los alaridos de los muertos que dejábamos atrás—. Quisiera estar ahí para verle el rostro cuando su puerta explote y sus murallas se caigan. Pero por suerte no estaremos.

   —Por suert.... —Me quedé callado y helado cuando el frío del cañón de un arma tocó mi frente justo antes de que saliésemos a la cubierta otra vez. David se detuvo casi al mismo tiempo.

   —¡Pero mira que tenemos aquí! —di una patada hacia abajo para indicarle a David que algo estaba mal—. ¿¡Qué se supone que haces a estas horas, en este lugar?

  —Em... —titubeé. Al parecer el cazador que me apuntaba directamente a la cabeza no se había dado cuenta  de que éramos dos. Mi cuerpo debía tapar el de mi amigo que estaba unos tres escalones más abajo—. Me enviaron aquí a observar, al parecer se escuchaba mucha actividad en el calabozo de los muertos.

—¿Quién te envió?

—No sé el apellido del hombre que me envió.

—¿Ah, sí? —Me tomó del brazo repentinamente y tiró de mí para sacar mi cuerpo lejos de la escalera vertical. En ese momento le vi la cara. En la oscuridad, reconocí ese cabello castaño oscuro mitad rapado y esa barba frondosa que endurecía aún más los rasgos rudos y fuertes. En un movimiento rápido me tomó por el cuello de la camisa y me levantó a varios centímetros del suelo. Estaba frente al mismísimo Shark. Solo lo había visto un par de veces pero el rostro del aterrador hombre era imposible de olvidar. Su solo caminar inspiraba miedo ¿No había David puesto una bomba en su puerta? —. ¿¡Acaso no sabes lo que se hace aquí con los mentirosos!? —gritó sobre mi rostro y me sacudió—. ¡Responde!

—¡A los mentirosos se les corta la lengua, señor! —respondí con la voz temblando. Me bajó solo para lanzarme contra la baranda y dejar la mitad de mi cuerpo asomado, a punto de caer al mar.

—¿Con qué debería cortártela?

—¡N-No estoy mintiendo!

—Me levanto a mear y noto una bomba fuera  de mi cuarto que tardé cinco minutos en desactivar, luego te encuentro aquí, tratando de huir al único lugar al que mis hombres no se atreverían a bajar ¿Piensas que voy a creer que me dices la verdad?

—¡Y-Yo no puse esa bomba, señor! —metió sus dedos grandes dentro de mi boca para abrirla mientras aún me tenía preso contra la barandilla.

—¿Y entonces quién fue?

—¡N-No lo sé!

—¿Sabes qué? —susurró con voz ronca sobre mi oído—. No voy a cortártela.— Voy a arrancártela con mis propias manos. Todo mi cuerpo tembló bajo esas palabras. Había visto a más de una docena de hombres llegar sin lengua a los calabozos luego de haberle intentado mentir a Shark. Sabía que hablaba enserio.

Sentí sus dedos ásperos atrapando mi lengua para comenzar a tirar de ella.

   —Me temo que eso no será hoy —escuché un murmullo metálico seguido de un gemido grave proveniente de la boca de Shark. Sus dedos húmedos resbalaron por mi boca cuando sus manos me soltaron y él cayó al suelo con la pesadez que cae un saco lleno de piedras. Me sacudí como si el rastro de su tacto quemara y rodé por el piso para alejarme por completo de él. Con el corazón atascado en mi garganta observé el enorme cuerpo del hombre que al parecer había caído inconsciente. Alguien le había golpeado en la cabeza, sin duda.

   —¿Qué esperas, Reed? —La voz de David me sacó del aturdimiento. Él le había golpeado, con el fierro que trancaba el acceso a los calabozos y que yo había tirado a un lado cuando lo quité. Me quedé mirando unos segundos dentro de los ojos verdosos de mi amigo, buscaba algo de calma y ellos estaban tranquilos. Siempre lo estaban.

El  viento y la tempestad que caía furiosa sobre la cubierta había bajado su agresividad un poco. Estábamos dejando el altamar, quizás estábamos ya cerca de tierra firme. Lo habíamos oído de unos cazadores, esta semana el Desire asaltaría una isla que desde hace un tiempo tenían en la mira, la ocasión era perfecta para ejecutar el plan. Si queríamos salvarnos, necesitábamos llegar a tierra firme.

Pero no lo haríamos en este barco.

David y yo nos detuvimos frente a la masa de gente hambrienta y sucia que apareció frente a nosotros, esperando instrucciones. Todos ellos eran prisioneros, a la mitad de no les había visto el rostro siquiera pero éramos del mismo bando. Más de cien personas descalzas,  mujeres raquíticas y hombres con las rodillas tambaleantes por el frío y por el miedo que no se atrevían a admitir. Inspiré hondo y mi pecho se infló ante la grata sensación de que estábamos haciendo algo bien al haber ideado un plan de escape para todos.

   —Mujeres y niños formen una sola fila —habló David y volví a la realidad de la situación. Teníamos poco tiempo antes de las bombas empezasen a detonar—. Hombres, formen otra fila

Todos obedecieron al pie de la letra.

Avancé entre la gente y busqué a Ada. La aparté del grupo y la abracé para tranquilizarla, sabía que ella estaba más nerviosa que cualquiera de los que estábamos allí.

   —No llores —le susurré en voz baja cuando noté la calidez húmeda de sus lágrimas sobre mi ropa.

   —L-lo siento...es solo que.

   —Avancen —detuve el abrazo y la tomé de la mano cuando la fila empezó a avanzar. Teníamos que volver ambos al frente junto a David, no me separaría de ellos dos por nada del mundo. Una mirada cómplice se cruzó entre mi amigo y yo cuando llegamos junto a él y empezamos a caminar  delante del grupo de gente, guiándolos. Sonrió, una sonrisa leve apenas visible pero que estaba cargada de confianza. Correspondí la sonrisa y sentí el impulso de hablar, me había dado cuenta que nunca antes le había agradecido todo lo que había hecho por nosotros, todo lo que había hecho por mí, todo lo que él me había enseñado. Cerré la boca en un gesto duro, se lo agradecería cuando tocáramos tierra firme.

Intenté no ponerme nervioso cuando escuché el estallido de la primera explosión.

Y seguido de ella, un montón de otras explosiones que hicieron resonar todo el barco.

   —¡Vamos, vamos, vamos! —recibí un cuchillo y me acerqué a la baranda junto a un grupo de hombres. —. ¡Mujeres y niños primero! ¡Ayúdenles a bajar! —tomé a una chica entre mis brazos y la dejé segura dentro del bote que no tardó en llenarse de unas veinticinco personas en pocos minutos—. ¡Sujétense! —tomé la cuerda que sostenía los botes salvavidas y corté un extremo de ella, quitando el seguro. El bote cayó con brusquedad al mar, pero no la suficiente para tirar a la gente que había adentro o para voltearlos, el resto de los hombres que seguíamos arriba sostuvo el otro extremo y ayudó a bajar el bote.

   —¡Los cazadores están intentando salir de las habitaciones! —uno de los nuestros llegaba gritando—. ¡No sé cuánto los retrase la escalera destruida!

   —¡Lo suficiente! —grité. El olor del humo que había comenzado a salir me inundó las fosas nasales y me transmitió una inusual confianza. Nuestro plan no iba a joderse, no hoy, no ahora.

   —¡Cuidado! —El tercer boté cayó más bruscamente al no tener ningún niño o mujer a bordo. Miré a mi alrededor, solo quedábamos hombres sobre la cubierta.

   —¡Todos a los botes! —ordené y todo el mundo rompió filas para correr a los salvavidas. Las cosas continuaron explotando, si teníamos suerte el fuego se esparciría lo suficiente para que ellos tuviesen que preocuparse primero de extinguirlo antes que de darnos caza.

   —Ven aquí, Ada —tomé en brazos a mi sobrina y dejé sobre el último bote.

   —Lo logramos —la mano de David acarició mi brazo antes de saltar la baranda para caer sobre el bote. Le dirigí una mirada cargada de lágrimas. No podía disimular la alegría.

   —Vamos, los ancianos primero —bromeé e hice un gesto para que el descendiera. Él apoyó su mano en mi hombro para sujetarse al atravesar la barandilla. Pero algo lo detuvo.

Me empujó y caí al suelo. En ese momento lo escuché otra vez, ese ruido que martilleó en mi cerebro. Un sonido seco y frío, estruendoso. Un disparo.

   —¡David! —grité al verle tambalear.

   —¡Hijos de puta! ¿¡Qué le han hecho a mi barco!? —Era Shark, él le había disparado. Le vi acercándose lentamente, levantando su revolver en dirección a David. Fueron los nervios otra vez los que me hicieron ponerme de pie, tomar a mi amigo y lanzarnos ambos al vacío para evitar el segundo disparo del cual no pudimos escapar del todo. Le sentí rozar mi hombro, atravesando piel y músculo.

Las manos de los hombres que estaban en el último bote salvavidas nos recibieron cuando estábamos cayendo.

   —¡Corten las cuerdas! —grité, en una mezcla de histeria y dolor. El bote cayó y comenzamos a alejarnos. Seguí escuchando los disparos furiosos de Shark y un par de hombres cayeron muertos víctimas de ellos. Seguí escuchando sus gritos, sus amenazas.

   —¡No descansaré hasta verte muerto! —gritó al aire. Por algún motivo, creí que esa maldición llevaba mi nombre en ella.

   —¿¡Reed!? ¿Reed, estás bien? —Ada tomó mis mejillas y las golpeó levemente. Le dirigí una mirada cansada, yo estaba bien. Pero David no.

   —¿¡David!? —Lo busqué entre la gente y lo encontré recostado a mi lado, con una mano sobre su estómago. Le habían disparado allí—. ¿¡David!? ¿¡Estás consciente!? —tomé su cabeza y la hice reposar sobre mis piernas. Abrió los ojos en un gesto lento y me dedicó una mirada indescifrable.

  —Fueron los nervios... —dijo, con un poco de sangre en su boca. Mi pecho se contrajo en una oleada de angustia, la sangre era una mala señal—. Estaba nervioso. Debí haber saltado sobre ti, no haberte empujado.

   —D-David...

   —El que me hayan disparado es culpa mía.

   —¡Basta! —mascullé. Con cuidado de no moverme demasiado, me quité el pañuelo del cuello, se lo entregué a Ada para que lo metiera al agua y luego hice presión con él sobre la herida de David. Yo en su situación habría gritado por el dolor, estaba seguro que el agua salada, que era nuestro mejor desinfectante en ese momento ardería sobre la herida, pero él ni siquiera se inmutó. Ada se hizo un espacio entre todos los hombres que estaban en el bote y se arrodilló frente a nosotros, para acariciar la cabeza de David mientras sollozaba en voz baja. Natasha había sido madre soltera, Ada nunca conoció una figura paterna, supe que David era una especie de padre para ella.

   —David —susurré al inclinarme un poco para hablarle de cerca.

   —¿Mmm? —su cansada garganta emitió un sonido lánguido.

   —Gracias.

   —No deberías agradecerme nada hasta que nos encontremos en tierra firme.

   —Quizás tengas razón.

   —O quizás yo me halle demasiado lejos para entonces —esbozó una sonrisa manchada con sangre que a ratos seguía saliendo de su boca. Tragué saliva y ahogué un nudo que se formó en mi garganta. Veía gente morir todos los días, pero me aterraba la idea de ver morir a David.

   —Tranquilo, Reed —Su mano tocó la mía. Estaba fría, como siempre, no debí haberme alarmado al sentirla. Aun así lo hice—. Siempre tranquilo, recuérdalo.

Le dediqué mi mejor sonrisa y limpié la sangre que había en su boca.

El humo negro del Desire se hallaba muy lejos ya, la tormenta se volvía cada vez más tranquila, calmando a las olas implacables que movían el bote de un lado para el otro. Cerca de nosotros había otros botes, con otras personas heridas, con gente hambrienta y llena de miedo. Cerré los ojos al sentir una punzada sobre mi hombro. A mí también me habían disparado, pero yo era mucho menos preocupante que David. Mi cansado cuerpo se dejó llevar por el vaivén de las olas. Al estar cinco años observándolo y sintiéndolo bajo mis pies, había aprendido que el mar tenía su propio ritmo, su compás, su propio tiempo que no respondía precisamente al del resto de la tierra. Era único.

Y a veces, podía sentir que su tiempo y el mío lograban sincronizarse. Solo entonces podía descansar.

Notas finales:

¿Críticas? ¿Comentarios? Pueden dejarlo todo en un lindo -o no tan lindo- review <3

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