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La Ciudad de los Muertos II : Vestigios de esperanza por InfernalxAikyo

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Notas del capitulo:

Holaaa, gente :D 

Llegué antes de lo esperado, quizás porque este es un capítulo cortito. 

Prepárense, porque ya comienza lo bueno. Empezaremos a sufrir otra vez

Falta poco para que comiencen los exámenes en la universidad, así que espero poder actualizar antes de eso. Si me lo preguntan, mi inspración está al 200% Lo que falta es tiempo :(


Como ya les había dicho, capítulo narrado por Cristina. Espero que les guste ;) 

Saludos! 


NOTA: "Estar como un tren" Significa "Estar bueno/guapo/sexy" 

Capítulo 50



Cierro los ojos y aprieto la mandíbula en un desesperado intento por contener el llanto, pero no puedo evitarlo. Es imposible, no soy capaz de controlar mis reacciones. Comienzo a llorar otra vez.

   —¡Basta! —grito. Estoy desesperada. Estoy atada de pies y manos en la habitación contigua a la mía desde hace… ¿Desde hace cuánto? ¿Dos? ¿Tres días? En un sólo segundo comprendo que he perdido la noción del tiempo por completo, y que éste puede ser demasiado—. ¡Detente! —Quiero cubrir mis oídos, pero mis muñecas están demasiado juntas como para hacerlo. Escondo la cabeza entre mis piernas, como un avestruz, como alguien quien no quiere vivir la realidad.

O que ya no quiere oírla.

Escucho los golpes, los gritos y el sonido de la sangre; la oigo, aunque eso me parezca ridículo e imposible; es un ruido blando, como si aplastaras gelatina entre tus manos. Al otro lado de estas murallas, dentro de mi habitación, se encuentran Steve y Cobra. Él nos atrapó y luego me encerró aquí. Desde entonces viene de vez en cuando a torturarlo, no se cansa de hacerlo, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Y yo no puedo hacer nada.

Steve se queja, grita por el dolor que no puede contener. Ya no es el mismo de hace un par de días; antes, él se resistía, antes, él no mostraba su sufrimiento delante de su hermano, quizás por su propio orgullo. Pero estoy segura que ese hombre orgulloso ya no está, no queda nada de él. Cobra ha terminado de romperlo. No existe nadie que sea capaz de soportar tanto.

Estoy llorando en voz alta, mientras grito como una niña y me sacudo por la impotencia de no poder hacer absolutamente nada. Él también me ha roto a mi al quitarme lo que quizás ha sido mi único motivo durante los últimos años: mantenerlo vivo, poder ayudarle, poder curar las heridas que esa bestia le causa diariamente a su propio hermano. 

   —¡Para, Cobra! —intento levantarme, lo logro por unos momentos, pero no soy capaz de dar un paso antes de caer al suelo otra vez. Mis tobillos están atados y la cuerda raspa sobre una herida que comienza a sangrar de nuevo por el roce. Me arrastro, es lo único que me queda. Tengo que hacer algo, ya no puedo tolerarlo. Debo llegar a la puerta e intentarlo. No sé cuánto más resista Steve. Tengo que ayudarlo, por alguna razón, siento que mi vida depende de ello.

Llego hasta la puerta y, con todos mis esfuerzos, me tomo de la manilla para levantarme otra vez. Escucho más ruidos en la habitación del lado y oigo pasos acercándose, pero no me muevo de mi sitio e intento abrir esa puerta. Si sólo mis manos temblorosas lograran hacerlo podría de alguna forma llegar hasta donde ellos están e intentar ayudar a Steve.

La puerta se abre, pero no por mi causa. Una fuerza brutal me empuja hacia atrás.

   —¿¡Qué demonios te pasa, zorra!? —Es Cobra. Vino corriendo hasta aquí y empujó la puerta para abrirla. Se acerca a mí con pasos rápidos, me coge del cabello, me levanta y me avienta contra el suelo otra vez—. ¿¡No puedes cerrar la boca por un sólo segundo!? —Está completamente fuera de sí, lo reconozco en su mirada, en esos ojos inyectados en sangre y en su lenguaje corporal; está erizado, como un gato y sus músculos están tensos. Es un contenedor de rabia, una bomba que está a punto de estallarme en el rostro.

   —E-Es tu hermano… —balbuceo apenas con voz temblorosa, mientras me arrastro para refugiarme en un rincón de la habitación, como si eso me pusiera a salvo. Pero no se puede estar a salvo de Cobra, él es como una enfermedad, como el virus que lo puso al mando de este escuadrón: una vez puestos sus ojos sobre ti, él te seguirá hasta asegurarse que estés destruido—. No puedes…

Se ríe.

   —¿No puedo? —se burla. Mi mente se abstrae por uno o dos segundos y salta a la época en la que ambos trabajábamos juntos. Durante esos días él era tan sólo el encargado de la seguridad en la cadena de laboratorios pertenecientes a E.L.L.O.S. En ese entonces él me pareció un hombre reservado y tranquilo que, incluso y a diferencia de otros funcionarios, mostraba cierta humanidad hacia algunos de los sujetos de prueba. Pero fue una mentira, todo eso no fue más que una fachada.

Este era el verdadero Isaac. Cobra. Esta criatura que me mira con los ojos cargados de ira, como si él mismo no estuviese hecho de carne y huesos, si no del odio más puro. No conozco sus razones y tampoco creo que existan realmente. Esta crisis me ha mostrado que hay mucha gente en el mundo que sólo está aquí para sembrar dolor. Verdaderos agentes de la desesperación. Y en ese momento, cuando me acorrala contra la muralla y se inclina para tomar mi rostro y sonreírme, completamente ajeno a mi propia angustia, entiendo que él es uno de ellos.

   —Voy a enseñarte lo que puedo hacer —dice. Me suelta bruscamente y camina de nuevo hacia la puerta. Sale un momento, pero no tarda en volver. Lleva a Steve arrastrando y suelto un grito cuando le veo; está desnudo, completamente ensangrentado y apenas despierto. Está peor de lo que nunca le había visto. Cobra le obliga a arrodillarse en el suelo y lo jala del cabello, para mantener su espalda derecha. Él apenas puede mirarme, tiene los ojos tan inflamados que un dolor se clava en mi pecho cuando le veo abriéndolos para fijarlos en mí. Ambos cruzamos una mirada, entonces me quedo sin aire y pienso que va a morirse.

   —¡Edward! —Cobra grita y me estremezco, porque me doy cuenta que no estamos solos, que hay más gente aquí, pero que ellos no están dispuestos a hacer absolutamente nada. Son unos monstruos, igual que Cobra, ajenos al dolor de otras personas. Edward entra en la habitación y apenas mira la escena. El hombre al que Dania y yo le salvamos la vida clava los ojos en mí, pero no muestra una pizca de empatía, ni siquiera lástima por mí. Dicen que las experiencias cercanas a la muerte son capaces de cambiar a una persona, pero Edward estuvo a punto de morir, estuvo a punto de transformarse en un infectado y entiendo en esa mirada que él sigue siendo el mismo idiota de todos los días, que no ha cambiado en absoluto. Me siento frustrada, y engañada. Pero por sobre todo siento horror y pánico, porque logro asimilar que ya no hay esperanzas. Que nadie va a salvarnos.

   —¿Sí, jefe?

Cobra me apunta haciendo un gesto con la cabeza.

   —Dale algunas lecciones a esta perra.

Edward sonríe y se soba las manos. Me mira fijamente y un escalofrío cruza mi espalda y las palmas y los dedos comienzan a sudarme. De alguna forma, presiento lo que está a punto de pasar.

   —¿Aquí? —pregunta.

   —Justo aquí.

Tardo un par de segundos en darle un significado al diálogo que acabo de escuchar y, poco antes de comprenderlo por completo, Steve suelta un grito que me hace caer en cuenta de lo que me harán.

   —¡Ella no, Isaac! —chilla. Pero Cobra le da un puñetazo en la cara y lo obliga a callar.

   —Cállate y observa —le dice.

Me pego a la muralla que está a mis espaldas como si quisiera atravesarla y grito. Edward se acerca a mí, con los ojos anclados en mi blusa y relamiéndose los labios, como un perro. Me encojo sobre mí misma lo que más puedo, me abrazo a mis rodillas y mis músculos se ponen tiesos.

   —Cobra… no, no hagas esto —suplico. Edward me coge del brazo y rompe mi resistencia—. No, no, no. Por favor.

   —Siempre quise follármela —comenta Edward. Habla de mí como si yo no estuviera realmente ahí o como si no fuera capaz de responder. Entiendo que para él ya no soy una persona, soy un mueble, un vaso o algo por el estilo. Intento forcejear, pero él rasga mi ropa más rápido de lo que yo puedo moverme para defenderme.

   —¡Déjala! —Steve grita y, contra todo pronóstico, saca fuerzas de alguna parte para intentar soltarse del agarre de Cobra, pero no es suficiente, éste se agacha a su lado para sujetarlo con ambas manos, le tira más fuerte del cabello rojizo y le obliga a mirar.

   —Fíjate, hermanito —le dice—. Así es como se coge a una mujer.

El filo de una navaja brilla frente a mis ojos antes de que Edward la dirija a mis tobillos para cortar las cuerdas que los atan. Cuando me veo libre, intento alejarme de él como si su presencia me quemara y por unos momentos creo lograrlo, pero él me atrapa, se lanza sobre mí y me agarra las muñecas para ponerlas sobre mi cabeza. Intento zafarme, pero no me quedan fuerzas. Se quita la ropa mientras todo su peso me aplasta y me inmoviliza y con horror, preveo lo que está a punto de pasar y, otra vez, me siento impotente, incapaz de hacer algo por evitarlo.

   —No lo hagas —le ruego.

   —Lo siento, cariño —se ríe—. Pero estás como un tren.

Lo comprendo en ese momento; no me quedan esperanzas; Uriel no vendrá, Dania no vendrá. No hay nadie que pueda ayudarnos.

Estamos condenados.

Me muerdo los labios para no gritar cuando siento que Edward entra en mí.  Duele, me rompe fibra a fibra y me hace sentir asquerosa y repulsiva. Le escucho gemir en mi oído mientras me susurra las palabras más obscenas y groseras que jamás oí. Cobra se ríe y yo intento abstraerme, necesito hacerlo. O voy a quebrarme.

   —Cristina… —Steve me llama, apenas susurra mi nombre, pero le escucho. Cobra le está obligando a mirar y eso me llena los ojos de lágrimas. No quiero que me vea, no así, no de está forma, pero lo está haciendo. Me mira a los ojos fijamente y entonces encuentro la distracción que estaba buscando para salvarme. Por los próximos diez minutos sólo le miro a él mientras Edward viola mi cuerpo, pero no mi mente. Mi cabeza está con Steve, está en esos ojos que no se despegan de los míos por un sólo segundo. Mientras lo miro, me pregunto si él también ha tenido que buscar una distracción durante todos estos años, una que aleje sus pensamientos de lo que su hermano le hace. Mientras lo miro, por un segundo, las esperanzas vuelven. Pienso que no es el fin del mundo y que esto en algún momento tendrá que terminar.

Por los próximos diez minutos, lloro mientras le miro a los ojos y pienso que sólo él es capaz de entender por lo que estoy pasando. Y que, si él lo ha vivido por tanto tiempo, entonces yo también puedo soportarlo.

Edward sale de mi interior entre gemidos roncos e insultos, se inclina sobre mí y eyacula en mi rostro, restregando su asqueroso sexo contra mi mejilla y riéndose mientras lo hace. Pero yo me mantengo estática e impávida. No me arrastro, no reacciono y sólo espero mientras mi cuerpo tiembla por espasmos que no es capaz de controlar. Pero el caos en mi cuerpo no demuestra mi estado. En el interior estoy calmada, porque tengo esos ojos mirándome y sólo en ese momento me doy cuenta de que poseen un color hermoso; uno que no es ni verde ni pardo, si no una extraña mezcla entre ambos. Son bellísimos incluso si están rodeados de sangre por culpa de los derrames internos. No me me siento digna de mirarlos, aun así, sostengo la mirada hasta que Edward se levanta y me deja ahí, desnuda, sucia y temblando.

   —Uf, joder. Eso estuvo bueno —Las palabras de Edward rompen el hechizo y me vuelven a la realidad repentinamente, los objetos vuelven a hacer ruido a mi alrededor y es como si el tiempo volviera a tomar su curso normal—. ¿Cuándo puedo repetirlo, jefe? —pregunta el cazador mientras se sube los pantalones y yo me estremezco. Mi cuerpo teme una respuesta. Miro a Cobra, mantiene una sonrisa extraña y enfermiza en su rostro; da miedo. Como nunca.


   —Cuando quieras —le responde—. Esta zorra es toda tuya.

Steve y yo volvemos a mirarnos. Su boca hinchada y ensangrentada por los golpes gesticula una frase sin sonido:

“Está bien”

No sé a qué se refiere, porque siento que nada está ni estará bien desde ahora. Ni para él ni para mí.

Oigo los golpes en el suelo de pasos rápidos y me asusto, pero mi cuerpo no logra reaccionar y moverse. Miro entre mis piernas y noto que estoy sangrando.

Un cazador entra sin avisar. Mira el escenario, me mira a mí con ojos horrorizados y luego mira a Steve, pero no dice nada. En cambio, se dirige directamente a Cobra:

   —Tenemos un problema —le informa, su voz tiembla y su respiración está agitada, como si hubiese venido corriendo desde muy lejos—. Es serio.

Edward y Cobra intercambian una mirada y este último le hace un gesto para que siga al informante. Él obedece y desaparece tras la puerta.

   —Bueno, creo que ustedes dos se han salvado por hoy —Cobra lanza a Steve hacia mí, éste intenta recuperar el equilibrio en el aire, pero no lo logra, así que cae con el rostro contra el piso a unos pocos centímetros de mis pies—. Qué suerte tienen —sale y cierra la puerta, pero ni Steve ni yo nos movemos hasta que escuchamos el cerrojo cerrándose y sus pasos alejándose rápidamente.

Cierro los ojos y escucho la marcha de más pasos. La guarida está en movimiento, más viva que nunca y claramente algo está ocurriendo. ¿La guerra contra Scorpion ya se desató? No sé, no es algo que me importe en estos momentos tampoco. Sólo ruego para mis adentros porque Cobra no vuelva en varios días. O porque le maten allá afuera.

Veo a Steve arrastrándose hacia mí, de cerca, se ve peor de lo que imaginé; tiene algunos cortes sobre los hombros y un mordisco tan marcado en el cuello que casi parece que le faltara un trozo de carne. Se arrastra hasta llegar a mi lado, hasta que ambos quedamos recostados a la misma altura; su cabeza a un costado de la mía y su hombro topando con mi hombro. Ambos nos mantenemos mirando el techo, sin decir una palabra; cansados, con la respiración agitada y heridos, ambos completamente destruidos.

Voltea hacia mí y sus manos, que también están cubiertas de sangre, buscan las mías para desatar las cuerdas en mis muñecas. Lo logra luego de varios minutos y cuando lo consigue, repite:

   —Está bien —Esta vez lo vocaliza.

No puedo soportarlo y comienzo a llorar de nuevo.

   —E-Ese cerdo… —balbuceo apenas, mi propia voz parece querer asfixiarme atascándose en mi garganta—. Ese cerdo me… —sollozo, sin lograr completar la frase. Estoy devastada.

Steve me abraza repentinamente; sus brazos rodean mi cabeza y me atraen hasta su pecho lleno de hematomas y costras de sangre. Nuestros cuerpos desnudos se entrelazan por reflejo y un calor opresivo llena mi estómago. Aunque me parece ridículo, me siento un poco más segura.


   —Pero estás bien —me anima, mientras yo me deshago en lágrimas contra él. Apenas puede hablar por las lesiones en su mandíbula y su boca, pero yo logro oír claramente sus palabras—. Estaremos bien. 

Por un segundo, me pregunto cuál será exactamente la definición de este hombre para “estar bien” e imagino que debe ser muy lejana a la mía. Yo estaba bien hace dos semanas. No, estaba bien hace seis años. Tampoco. Lo estaba antes de involucrarme con E.L.L.O.S. O quizás mucho antes.

En ese segundo, me doy cuenta que jamás estuve bien. Hasta ahora, hasta ese mismo momento. Después de unos minutos desahogándome, logro volver a la calma y la desesperanza se esfuma un poco. Quizás, algún día, algo logre salvarnos.

Suspiro y me aferro a él con mis últimas fuerzas.

Estoy bien ahora. 

Notas finales:

A ese abrazo final le faltó una persona uwu Uriel. Ya vendrá, ya vendrá. 

Si se lo preguntan, Edward es el cazador que Dania y Cristina salvaron en el primer capítulo narrado por ella (creo?) El caso es que el tipo es un idiota, y sí, deben odiarlo con todo su corazón. 

¿Críticas? ¿Comentarios? Pueden dejarlo todo en un lindo -o no tan lindo- review. 

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