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La Apología De La Estupidez Y El Amor

Autor: Nickyu

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Notas del fanfic:

¡Hola! n.n 
Ya había mencionado sobre este fic, con el protagonismo de una de las parejas más trágicas de la anterior novela. 

En fin, aquí también se explicarán muchas cosas. Esta la segunda novela de la saga. Aunque no es necesario leer la primera historia, es bastante recomandable hacerlo. n.n

 

Sin más, ¡bienvenidos! 

Notas del capitulo:

¡Hola! n.n
El capítulo lo tenía escrito hace una semana xD, pero resulta que no se  me ocurría un nombre convincente, en fin, me gusta el resultado. 

Sin más, ¡a leer! 

I

Mala Suerte

 

Acunó suavemente al dulce bebé, y le dio cuerda a la cajita musical. Y aunque su adorable hijo dormía plácidamente, no todo estaba exactamente bien en el Imperio.

Por más silencioso y apacible que permanecía el castillo, el olor metálico y dulce de la sangre se percibía claramente al salir.

Su bebé dormía, y ya que había logrado acabar con todo el papeleo y las estrategias, se permitió salir de su gran castillo. Ser un Emperador no significaba siempre estar sentado en un escritorio firmando papeles, o dando órdenes desde su trono rojo y dorado.

Asegurándose de que no hubiese nadie a los alrededores, se alejó del lugar. Por supuesto que era muy descuidado dejar a un bebé solo, pero le parecía mucho peor sacar al bebé en el estado de guerra que se encontraban los dos grandes Imperios, el Imperio Celestial y el Imperio Infernal.  Volvería rápido, sólo tenía que asegurarse de una cosa, que el plan que había diseñado cuidadosamente había dado frutos.

Caminaba por las calles del oscuro Imperio Infernal, y los cadáveres en todos los rincones lograban darle una punzada en el pecho, él quería salvarlos, pero era imposible que a todos a la vez. 

Se cubrió la nariz,  al pisar un cadáver que despedía un olor nauseabundo. Sin embargo, siguió transitando por el lugar. No comprendía muy bien porque no había hallado a alguno de los Siete Reyes  del Infierno, y peor a algunos de los generales infernales… ¿y sí los habían capturado? No, no. También sacudió la cabeza ante la errónea idea de que eso hubiese pasado. Sus demonios  eran igual de poderosos como los ángeles, o hasta más. Aunque debía aceptar que las anómalas situaciones en las que él tuvo que luchar contra Metatrón; el Adalid del Cielo, habían sido batallas que requerían fuerza sobrenatural  y demasiada concentración y estrategia, no le tenía miedo alguno; sólo un desprecio profundo. Metatrón le suponía un enorme fastidio, pero no era rival, o al menos no para el grandioso Emperador Demonio Lucifer, como se denominaba a sí mismo.

Caminó más, sintiéndose cada vez más culpable de cada muerto que presenciaba en el piso, mojándose por las gotas de lluvia, que finalmente reposaban en el suelo, teñidas de todas las tonalidades carmín. Observó el alcázar, con un tinte de tristeza, estaba completamente destruido. Pero eso poco importaba, no cuando divisó entre los escombros una figura que luchaba por salir de ahí.

Rápidamente corrió hasta aquel… ¿demonio? No, ese no era un demonio. Sus ojos lo delataban, esos ojos púrpura terriblemente hermosos y filosos, como una daga asesina. Miró atontado a aquel ser, y lo reconoció apenas sintió la presencia, era un ángel, aunque no recordaba con claridad su nombre.

—“Astaroth…”— logró pronunciar apenas, al rememorar el nombre del ángel, el cual lo miró fastidiado, al verse en tal situación.

El ser celestial trató de fingir no haber oído el susurro del Emperador Demonio y continuó luchando contra aquel pilar que estaba sobre su pierna.  Lucifer se acercó hasta el lugar donde se efectuaba aquella extraña escena, y aunque el ángel trató de cortar su pierna con la espada centellante que estaba a su lado, Lucifer lo detuvo, mirándolo fijamente a los ojos.

—“¿Q-Qué…?”— le preguntó el ángel, cuando observó los verdes irises del Emperador sobre su figura —“Mejor mátame de una vez, no quiero ser un fastidio para mi Imperio si me capturas”— Lucifer esbozó una suave e imperceptible sonrisa irónica, y destrozó el pilar que tenía apresada la pierna del bello ángel.

Él no tenía interés en secuestrar al ángel, sólo lo sanaría y cuando estuviese bien lo dejaría irse. El Emperador no era un monstruo, o no como todos creían,  más bien era irascible y bastante monótono, como si el simple hecho de existir le diese un terrible dolor de cabeza.

—“¡N-no! ¡Bájame!”— se quejó el ángel al ser levantado por Lucifer, el absoluto rey demonio del Infierno. Y aunque debía aceptar que su aura le daba miedo, era muy, muy atractivo. Quizás era porque su cabello negro le daba algún efecto de luminosidad a sus ojos verdes. Pero no, no podía darse el lujo de pensar que su enemigo, y ahora; captor, era atractivo, tenía que salir de allí.

Lucifer caminó con el ángel en brazos, mientras este se removía, exigiendo que lo suelte y lo deje ir de una vez, o que lo mate, para acabar ya con su sufrimiento.

Y aunque al principio el demonio de cabellos ébano sonreía gustoso por el penoso espectáculo que daba el ángel, casi lo suelta cuando por fin el ángel rubio le asestó un golpe bastante fuerte.

—“Si no te quedas quieto, esa pierna te va a doler más”— farfulló entre dientes, fingiendo que aquel golpe no le había hecho nada. La verdad era que sí le había dolido, porque a pesar del aspecto enervado del ángel y su pierna casi triturada, sabía muy bien que era uno de los ángeles más poderosos del Cielo. Astaroth Dravejovic, lo recordaba con claridad, un Príncipe Serafín, perteneciente a la jerarquía “Tronos” en el Cielo.

Pero ni eso sería suficiente para hacerle rivalidad a su terquedad. Así que soportó todos los golpes e insultos que le dedicaba Astaroth, hasta que regresó al castillo. Lo recostó en un sofá de la enorme sala, mientras el ángel lo miraba incrédulo.

—“¿Qué estás haciendo? ¡Ya mátame de una vez!”— le gritó cuando vio al Emperador subir las escaleras, restándole importancia a los gritos del ángel.

—“No hagas ruido, vas a despertar a mi bebé”— gruñó en un susurro, al detenerse, y como si nada estuviese pasando, continuó subiendo las gradas.

Al tomar los implementos con los que trataría de limpiar las heridas, observó de reojo a su dulce niño, durmiendo plácidamente en la cuna. Dejó los objetos desinfectantes en la mesa, y meció con mucha delicadeza la cuna tapizada de terciopelo  celeste. Iba a acariciar una de las rosadas y regordetas mejillas de la criatura, pero se detuvo, al observar sus manos empolvadas y algo teñidas de la sangre del fastidioso ángel, que por estúpido había traído.

Tomó otra vez los objetos, y salió de la habitación, silentemente, molesto. Amaba a su bebé, pero encontrarse en el castillo lo hacía sentirse inútil, él también quería ir al Imperio Celestial y matar si era posible al pesado de Metatrón, aunque eso lo dejaría para después.

Tenía que curar al fastidioso ángel rubio y dejarlo ir.

Caminó por los pasillos y al estar cercano al balaustre, observó una luz y un sello celestial que iluminaba todo el lugar. Furioso, tiró los objetos y corrió hasta ahí. Sí había traído al ángel para curarlo, pues eso haría. Odiaba que le den la contra, y aún más cuando no estaban en posición de ello.

—“¡¿Qué estás haciendo?!”— le gritó al ángel mientras bajaba de prisa las gradas, Astaroth lo miró con animadversión, y habló, a la vez que concentraba el poco poder que podía manejar, en abrir un portal que lo llevase a su Imperio.

—“¡Prefiero morir, a que me ayudes!”— exclamó, y en seguida una figura saltó sobre él. Reconoció ese aroma agradable, era del Emperador Demonio, el que lo había alejado del portal. Y aunque no quería pensar de esa manera, era lo que su mente rápidamente figuraba al estar con su enemigo mortal.

Cuando lo apartó del pórtico, pensó que aquel sello desaparecería, pero no, ahí estaba, ensanchándose, consumiendo todo el piso  y haciendo refulgir al lugar.

Lucifer miró con los ojos desmesuradamente abiertos, como todo el lugar se iluminaba a causa de la marca. 

—“¡¿Qué hicis…?!”— el reclamo del ser celestial fue acortado, cuando en seguida el sello los arrastró fuera del imponente castillo de Lucifer.

Un fuerte dolor de cabeza se hizo presente, cuando abrió los ojos. Estaban en medio de un bosque, pero no supo identificar el lugar. No, en definitiva no era el Imperio Celestial, porque todo en ese Imperio brillaba demasiado, que lograba darle vértigo. Y tampoco era su Imperio, porque… el lugar no lucía tan oscuro.  ¿Era el Inframundo? Ni hablar, ese lugar era aún más oscuro que el Imperio Infernal, y eso ya era demasiado. Probablemente era el Mundo Humano, aunque aquella teoría no lo convenció, no sentía almas humanas ahí. Ya le cansaba pensar, y aún más cuando el peso del ángel estaba sobre él. Se sintió irritado al sentirse como el colchón que soportó el impacto en el suelo.

—“¡Maldita sea!”— gritó, enfurruñado —“¿En dónde estamos?”— le preguntó a Astaroth, molesto. 

El serafín se levantó sonrojado, pues estaba en una posición algo indecorosa, sobre el Emperador Demonio. En seguida sonrió burlonamente, desvaneciendo el suave rubor de sus mejillas. Por alguna extraña razón, ver enojado al demonio de cabellos negros le cambió el ánimo completamente.

—“No lo sé”— finalmente dijo, frunciendo el entrecejo, mientras se acomodaba en el suelo, con su magullada pierna.   

—“¿Cómo qué no sabes?”— protestó, sintiendo perder la paciencia más y más. El maldito hermoso ángel volvió a sonreír divertido y se encogió de hombros.

—“Qué te sirva como lección para la próxima”— reprendió, mirando con una profunda diversión al demonio.

Miró casi inmutable el comportamiento del Emperador Demonio, el cual apretaba sus puños y respiraba agitado, algo así como controlándose de matarlo.

No le dio mucha importancia, y otra vez concentró su magia divina entre sus delicadas manos, observando decepcionado como apenas manipulaba un débil destello.

¿Qué había ocurrido con su magia? Había sido el increíble autor de muchas muertes de los demonios y seres del inframundo, pero todo se vio perdido cuando luchó contra el Primer General Infernal, ese demonio de oscuros cabellos verdes y ojos bicolores. Su nombre era Adramelech, pero no recordaba los apellidos, era un demonio muy poderoso, y sin embargo llegaron tres demonios más a ayudarle, un castaño sonriente y despreocupado, que identificó como el Príncipe de todos los demonios y seres de la oscuridad; Beelzebub Hess Rishellyed, un albino hermoso de ojos rojos, el cuál probablemente era Agalariept Nadelcu; el Segundo General Infernal, y, finalmente, uno de los recientes traidores del Cielo; Leviatán Grehn Drazollentt, que si bien era muy poderoso al transformarse en una bestia marina, muy buena pelea le dio en su forma normal. 

Había sido muy duro pelear contra todos aquellos demonios, pero él también era muy poderoso, no sólo pudo contra esos cuatro demonios fuertes del Imperio Infernal, sino, contra otros entrometidos más. Estaban tan bien sincronizados, que le tendieron una trampa y cuando menos se lo esperó, el Alcázar del Infierno cayó sobre él.

Esa era la razón por la que tenía una limitada manipulación de su poder, lo había gastado contra toda esa cantidad de demonios, y algunos ataques de los contrarios le habían dejado muy mal herido, y esas heridas  sanaron gracias a su magia. ¿Qué haría ahora? Ya no podía manipular casi nada, y lo poco que tenía antes, lo usó en un sello que lo había encerrado junto a un demonio de muy poca paciencia y que gritaba cuando lo hacían enojar.

Suspiró, notando como ni con todas sus fuerzas podía reunir la magia que tenía. Sólo lograba crear una agradable y cálida lucecita entre sus níveas manos.

Lucifer resopló y se arrodilló frente al ángel. Apenas junto sus manos, reuniendo magia entre sus palmas, magia dorada y violácea, magia celestial y demoníaca a la vez, mientras la acercaba a la pierna del ángel. Y aunque el bello ser de dorados cabellos apenas podía creer lo que estaba viendo, no se movió  y le permitió al demonio curar su pierna, dolía, pero soportó el dolor, porque al fin sentía los fragmentos de su hueso juntos, y la piel tajada, siendo cicatrizada.

¿Esa magia híbrida lo estaba curando?  No, no… mejor dicho, ¿el Emperador Demonio lo estaba sanando?

—“Ya está”— susurró Lucifer, en un tono molesto.

—“No te pedí que lo hagas”— desvió su mirada, sintiéndose entre avergonzado y enojado.

—“Y ahí vamos otra vez”— suspiró Lucifer, respirando hondo, tratando de soportar aquella actitud soberbia que tenían todos los ángeles —“Tu pierna ya está bien, ahora sácanos de aquí”— demandó, frunciendo luego el ceño, al ver como el ángel sonreía incrédulo.

—“Ni si quiera he podido sanar mi pierna. Tardaré unos días más hasta recuperar un poco de mi poder”— murmuró, sintiéndose humillado.

Se cubrió los oídos cuando observó que Lucifer se apartaba, y desquitaba su ira contra una gran roca, que terminó como una montaña de polvo, en el suelo.

—“¡No puedo quedarme aquí!”— exclamó Lucifer, fastidiado —“Mi bebé está solo, ¡regrésame ahora mismo!”— exigió, y Astaroth lo miró cómo si acabase de oír las mentiras de un niño.

—“Ya te dije, no puedo crear un sello ahora mismo, de todos modos, ¿cómo es posible que tú tengas un bebé?”— Lucifer respiró profundamente otra vez, no quería gritar, le comenzaba a doler la cabeza.

—“No tengo porque explicarte mi vida personal, el hecho es que tengo que regresar”— vio al ángel negar, y se rindió en pedirle que lo regrese. Era cierto, ni había podido sanar su pierna, mucho menos podría crear un portal en su actual estado.

—“Sí quieres regresar, busca la forma de hacerlo. Voy a recuperar mi magia y me voy a ir de aquí, cuanto antes, mejor”— farfulló Astaroth, levantándose del suelo y cerrando un poco los ojos, por haber sido tan repentino y descuidado al levantarse sin recordar que tenía la pierna en muy mal estado. Caminó, fingiendo que no sentía dolor alguno, se quería apartar de ese demonio de cabellos negros y bonitos ojos verdes.

—“¿A dónde vas? Ya te dije que tengo que irme”— Lucifer habló más apacible está vez, pero en su semblante aún reflejaba lo fastidiado que estaba.

—“Pues entonces vete”— Astaroth había recuperado parte de su personalidad porfiada y orgullosa, al poder movilizarse por sí mismo.

Lucifer corrió hasta él y lo atrapó, mientras el ángel forcejeaba.

—“Sí pudiera salir, ya me hubiese ido. No tengo tu tipo de magia y no sé qué tipo de portal creaste para llegar aquí, mi magia no me ayuda en este caso, lo sabes bien”— apretó los dientes, mirando como el ángel lo miraba altivo.

—“Qué lástima por usted, Lord Lucifer”— lloriqueó fingidamente Astaroth, observando gustoso como el demonio de cabellos azabaches perdía  otra vez la compostura.

—“No, no. Qué lástima por usted, Lord Dravejovic, porque yo estaré a su lado, hasta que se digne en sacarnos de aquí”—  aquello hizo que su sonrisa se deshiciera.     

—“No, nosotros no podemos estar juntos, no te soporto”— sentenció el ángel rubio, observando cómo Lucifer le restaba importancia, y acomodaba su despeinado cabello.

—“Lo mismo digo, pero no me queda de otra” — respondió, en un tono apático.

Astaroth retrocedió, observando fijamente la mirada decidida del demonio.

—“No, imposible. No quiero estar contigo”— aseguró, y en seguida se dispuso abandonar el lugar, siendo un torpe intento fallido al no poder soportar más el dolor en su pierna.

Tembló una vez que estaba en el suelo, y sintió una enorme vergüenza combinada con rabia, porque Lucifer sonrió al observar su actual estado.

Finalmente, con cuidado, lo cargó en brazos, tratando de no rozar las heridas recién sanadas. Astaroth cerró los puños y comenzó a golpearlo en el pecho, para que lo suelte.

—“¡Bájame!”— otra vez el fastidioso y mal agradecido ángel hacía perder su misérrima paciencia, por lo que decidió inhalar profundamente, mientras caminaba imperturbable ante los golpes.

—“Sí, sí. Te bajaré cuando encontremos un lugar donde pasar la noche”— fue la respuesta del demonio, ante el Príncipe Serafín.

Pasaron unas largas horas hasta que por fin el molesto rubio de bonitos ojos violáceos aceptó que no podía caminar, y se dejó llevar, aunque con un mohín que mostraba su recóndita humillación. A Lucifer le daba igual, el ángel se le hacía extrañamente tierno cuando se comportaba así.

—“Este no es el Mundo Humano”— susurró decepcionado Astaroth, al divisar más y más árboles, era un bosque, pero no pertenecía a ninguno de Los Cuatro Mundos, porque al menos hubiese sentido alguna presencia que le ayude a identificar en qué lugar se encontraban. 

Lucifer rodó los ojos. El ángel recién había notado lo que él especuló ni bien cayeron en aquel mundo, sería un verdadero problema. Empezaba a hacer frío, probablemente también llovería; fue lo que auguró el cielo al mostrar las esponjosas nubes blancas teñidas con ligeros matices grises. Y aunque no había ningún animal, o ser viviente en los alrededores, en más de una ocasión había reconocido presencias, las cuales no supo identificar con claridad.   

Dejó de pensar sólo unos segundos, cuando notó el brazo del rubio angelito alrededor de su cuello, no, no le molestaba, más bien le hacía sentir prepotente. Deseaba oír otra vez las quejas del ángel, pero era mejor así, habían convivido muy bien mientras los dos se mantuvieran callados.

—“Mira ahí”— susurró Astaroth, mientras apuntaba con el dedo una cueva ubicada en una ligera elevación rocosa. 

Dirigió su mirada hasta el lugar señalado y caminó hasta ahí, con el ángel aún en brazos.  Se le dificultó subir un poco, pero no era nada para él. De hecho, hubiese subido más rápido, si no fuese porque temía tocar o si quiera rozar la malherida pierna.

Cuando por fin estuvo dentro de la oscura cueva, situó con cuidado el cuerpo frágil que cargaba, en el suelo.

—“Quítate las prendas de abajo”— le dijo Lucifer, haciendo sonrojar frenéticamente al ser celestial.

—“¡¿Qué dijiste?!”— logró apenas cuestionar, azorado  —“¡Pervertido!”— insultó, mientras tomaba una pequeña piedra y se la arrojaba.

—“¡Otra vez, maldita sea!”— detractó Lucifer y se quitó la gabardina, para después dársela al ángel —“Tu ropa está manchada de sangre, y no quiero que esa pierna se te ponga más mal. Te hubiese sanado por completo, pero no puedo, no sé qué tipo de efectos tiene mi magia híbrida en los seres de la luz”—  se detuvo, reflexionando lo que el ángel le había reclamado. Finalmente sonrió, al saber porque le había llamado “pervertido”.

—“¿De qué te ríes?”— el disgusto en el tono de voz del ángel  no logró borrar la sonrisa del apuesto demonio.

—“De lo que dijiste. Sí hubiese tenido esas intenciones contigo, lo hubiéramos hecho cuando estabas sobre mí, al caer”— soltó una amplia carcajada, definitivamente no era de aquellos pervertidos como Beelzebub, pero si eso lograba esas expresiones inocentes e incomodas en el ángel, diría ese tipo de cosas sin titubear.

Astaroth palpó el suelo para encontrar más piedras, pero al no hallarlas, simplemente maldijo en voz baja. Sentía su rostro arder, y estaba avergonzado, no por lo que le había dicho, sino,  por imaginar aquellas palabras. 

Lucifer sintió una presencia muy cercana, por lo que abandonó el lugar, aún sonriendo para no preocupar al ángel.

—“¿A dónde vas?”— cuestionó el serafín, mientras lo veía partir.

—“Te estoy regalando tiempo para que te quites la ropa manchada”— mintió, y salió de la cueva.

Ya había empezado a llover. El viento soplaba violentamente, logrando sacudir su cabello negro.

El ente aún se sentía tan cercano. Le sorprendía de sobremanera que el ángel no sintiera aquella presencia, pero lo justificaba. Para qué el poderoso Astaroth haya quedado en ese estado, significaba que había tenido una batalla muy dura con algún demonio terriblemente poderoso.

Caminó otro poco más,  y divisó a lo lejos un matorral sacudirse. La angustia se apoderó de su cuerpo, y no por miedo a aquel ser desconocido, sino, porque no podía percibir que criatura era, y eso que él podía hacerlo a extremas distancias.

El arbusto dejó de moverse y escuchó un grito proveniente de la cueva. Asustado, corrió hasta el lugar, pensando lo peor y recriminándose haber dejado solo al ángel.

Al  regresar, observó al rubio sin algún daño, sólo con su entrecejo fruncido.

—“¡Me espiaste! ¡Pervertido!”— le reclamó el ángel, mientras acomodaba la prenda que le había dado el demonio, sobre su pierna.

—“¡¿Qué?! No, eso es un error, ni siquiera volteé a mirar”— se excusó, notando que otra vez lo llamaba ‘pervertido’ —“Y ya te lo dije antes. Sí en esta ocasión hubiese querido verte, te habría quitado yo mismo la ropa”— aseguró, riendo involuntariamente por ver aquel dulce e inocente gesto.

—“Te vi, asomaste la cabeza apenas por la boca de la cueva y te fuiste”— Lucifer rodó los ojos por segunda vez y entró al socavón, el ángel no sólo era fastidioso  y más orgulloso que él, sino, hasta paranoico. Eso ya era demasiado para su miserable paciencia, lo único que compensaba todo el mal rato, era que ese ángel que apenas había conocido de cerca hoy, era un ángel bastante bonito.  

No, bonito no. Muy, muy hermoso.

Tenía esos cabellos dorados y lacios, y esos ojos atrevidos y púrpuras, dignos de su dueño. Con lo poco que había tocado la piel del ángel, le parecía demasiado suave y tersa, su voz era muy bonita, y eso que  lo había escuchado sólo farfullar, enojado.  ¿Qué tal sería su cuerpo desnudo? ¿Sería lo suficientemente sensual, como su dueño? Sacudió la cabeza, estar a solas con ese ser no le hacía bien.

No debía pensar en la belleza del ángel, sino, en cómo salir. Su bebé estaba solo en el castillo, y eso le aterraba más que a nada. ¿Qué ocurría si Metatrón lo buscaba ahí, y secuestraba a su dulce Mitoki? No, si eso llegaba a pasar, se encargaría de recuperar a su dulce bebé y de paso, destruiría ese Imperio.

Miró al ángel otra vez. Estaba temblando de frío, y sus bonitos labios estaban ahora morados, bueno, era lógico, de los dos, era el único herido, y aparte, había gastado toda su magia batallando contra cualquier demonio que ahora mismo no importaba.

¿Qué más podía quitarse? ¿La camisa? Era buena idea, por lo que no dudo en hacerlo. Levantó la mirada, y ahí estaba ese mohín ruborizado, y no sólo eso, el ángel estaba en guardia.

—“No te voy a hacer nada”— gruñó otra vez, mientras se acercaba al pobre ángel que no podía retroceder —“Será mejor que te quites esa ropa empapada de sangre y te pongas esto”— contuvo una risa por la expresión de Astaroth, y mantuvo su rostro estoico. Lucifer tenía un muy buen cuerpo, pero aquello no le daba derecho a ser exhibicionista.

—“Me vas a mirar otra vez, ¿no?”— dijo no muy seguro el ser celestial y Lucifer negó con la cabeza. Crear suposiciones pervertidas con el ángel no le ayudaba en nada.

En la palma de su mano, sostuvo una pequeña llama azul, misma colocó en el suelo e hizo crecer hasta que iluminó gran parte de la cueva.  Astaroth se sorprendió,  porque la llama estaba casi a su lado, y no sentía dolor por la fuerte temperatura. Con su mano, tocó la suave llamarada, aprobando su teoría; se trataba de una simple luz cálida, con apariencia de fuego.

—“Magia de luz”— murmulló, dejando de temblar por la calidez emitida del fuego azul. Lucifer sonrió, le había parecido muy tierno el ángel, y aún más cuando tenía las mejillas ligeramente sonrojadas, mientras solamente cubría su cuerpo con la camisa. Finalmente Astaroth bostezó, recostándose en la tierra.

Con cuidado, Lucifer se sentó a su lado, mirando también el fuego azul. Se acostó al lado del ángel, quien lo miró asustado, pero entendió luego el porqué había extendido su fuerte brazo. 

—“No estarás esperando que pose mi cabeza en tu brazo, ¿o sí?”— preguntó incrédulo y sonrojado de nuevo.

—“¿Ves alguna almohada aquí?”— rebatió él, ayudando a reposar la rubia cabeza en su brazo.

—“No”— fue el último murmullo cansado que escuchó del ángel, el cual finalmente cayó dormido. ¿De qué estaba cansado? Sí fue él quién lo había cargado todo este tiempo. Ladeó la cabeza, restándole importancia al tema.

De todos los demonios, era el único que no podía dormir. Bueno, no lo necesitaba tampoco, no al menos esa vez, no cuando…  tenía a un bonito ángel durmiendo a su lado. 

 

 

 

 

 

 

 

Notas finales:

Muchas gracias por leer, no sé cada cuánto actualizaré, pero de seguro que lo haré menos seguido, ya mismo entro a clases. 

Bueno, tengo las imágenes de los personajes, o al menos de la pareja protagonista. Los demás los iré dejando acorde aparezcan. 

Lucifer
Astaroth

No se olviden de comentar, para saber que les pareció. n.n 

Bueno, sin más, me despido, deseando un buen fin de semana ¡Cuídense mucho! C:

Au Revoir ;)

 

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