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El fin de la soledad

Autor: Fullbuster

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Notas del capitulo:

Portada Amor yaoi - Pareja Akashi-Aomine.

Portada Wattpad - Pareja Kagami-Aomine.

Actualización: sábados (Sólo 3 capítulos en total)

Los gritos del pabellón se escuchaban en todo el recinto. Todos animaban a los del equipo de la carrera de criminalística en el que jugaba Aomine Daiki. Según decían los rumores, uno de los mejores jugadores de la generación pero en aquel partido, algo extraño estaba sucediendo y tanto Tetsu como Akashi fueron testigos de aquello.

 

Jamás habían visto a Daiki quedarse atrás en un partido, jamás había detenido su juego para tomar aire. Ni siquiera cuando estaba agotado ese chico se detenía pero ahí estaba, en mitad de la cancha prácticamente ahogándose, tratando de recuperarse para seguir. Akashi observó el rostro preocupado de Tetsu, estaba claro que algo estaba sucediendo.

 

Daiki era la persona más luchadora que conocía Akashi, por eso lo había señalado como su mayor rival, sabía que era el único que quizá algún día consiguiera derrotarle, desde el Teikô había guardado sus sentimientos por él y no podía negar que ahora mismo, estaba preocupado. Ya llevaba un par de partidos donde su rendimiento había ido decreciendo, hasta cuando jugaban un uno contra uno… Aomine no estaba al cien por cien como solía estarlo.

 

- ¿Qué crees que le ocurre? – preguntó preocupado Tetsu.

 

- No lo sé – susurró Akashi echando un vistazo hacia el banquillo, observando cómo Momoi hablaba con el entrenador y éste pedía tiempo muerto para poder sacar a Aomine de la cancha unos segundos.

 

Por la cara que tenía Momoi, todos sabían que estaba preocupada pero por más que ella trató de sacarle algo a Daiki, éste sonreía y la tranquilizaba explicándole que últimamente tenía algunas preocupaciones en la cabeza y no estaba dando el cien por cien. Desde luego, Momoi no dudaba de sus palabras, sonaba muy real cuando Aomine hablaba, él era capaz de convencer a todos, pero aun así, nunca les decía cuáles eran sus preocupaciones y eso estaba lejos de tranquilizar a los amigos cercanos.

 

- Aomine… ¿Por qué no sales un rato de la cancha? Te sentará bien descansar – preguntó Momoi.

 

- No, estoy bien – sonrió Aomine – ya se me ha pasado, de verdad.

 

El entrenador al ver que se estaba recuperando otra vez y le insistía en que se centraría en el partido en lugar de en sus preocupaciones, volvió a sacarlo a la cancha. Aquel partido lo ganaron muy ajustado. Akashi y Tetsu observaron cómo todos se marcharon a los vestuarios así que decidieron irse a casa. Al salir, fue Akashi quien cogió la pelota de baloncesto que llevaba Tetsu bajo el brazo y le sugirió con una sonrisa que fuera con el resto de su equipo de vuelta a casa, él se esperaría para hablar con Aomine, quizá si le retaba a un uno contra uno, pudiera sacarle algo de información sobre lo que le estaba ocurriendo últimamente. Tetsu afirmó y con su siempre semblante inexpresivo, siguió al resto del equipo dejando atrás a Akashi.

 

Aomine esperó bajo la ducha un buen rato, quería dar ventaja a sus compañeros para que salieran antes que él. Una vez arreglado, cuando ya se estaba abrochando sus zapatillas, uno de sus compañeros le tocó la espalda sonriendo, despidiéndose de él hasta el siguiente entrenamiento a menos que quisiera que le acompañase un trozo del camino a casa, pero Aomine sonrió y se negó, estaba acostumbrado a estar solo y en parte, ya era algo que conseguía instintivamente. La soledad era algo que le acompañaba desde que su sombra le abandonó para irse a jugar con Kagami.

 

- Gracias, pero aún me queda un rato y tengo que pasar por otro sitio – comentó Aomine – mañana nos vemos en el entrenamiento.

 

- Está bien – aclaró su compañero con una sonrisa – mañana nos vemos.

 

El vestuario se quedó en silencio tras el golpe que la puerta metálica hizo al cerrarse. Supo entonces que estaba solo en el vestuario y se sentó unos segundos en el banquillo apoyando su espalda contra la taquilla, dejando que su cabeza también la golpease. Todo se estaba complicando y no podía apartar sus preocupaciones de su vida privada, era imposible, todo estaba demasiado entremezclado. Ya apenas podía concentrarse, apenas podía mantener el ritmo que llevaba antes. Miró su mano temblando, tenía miedo pero jamás se lo reconocería a nadie, él era Aomine Daiki y seguiría siéndolo siempre.

 

Esperó unos segundos a que algunos recuerdos de su padre pasasen. A veces quería llorar pero no podía, no en público. Una vez se prometió que jamás lloraría en público y ya una vez faltó a su palabra en el partido del Seirin contra el Rakuzan, nunca más volvería a sucederle, nadie más volvería a verle flaquear. Cerró los ojos y respiró con profundidad tratando de calmarse, de alejar los recuerdos, de evitar que las lágrimas salieran y finalmente lo consiguió.

 

Se levantó abriendo su taquilla y sacó su bolsa guardando todo en su interior. Iba a cerrar la cremallera, cuando sus ojos se fijaron en el bolsillo interior. Lo abrió, sacó un pequeño bote de pastillas y se metió una en la boca metiendo luego la cabeza dentro de la pila y bebiendo algo de agua para poder tragarla.

 

Al levantar la vista, se vio claramente en el espejo, podía ver sus ojeras por las noches en vela, su cuerpo cansado, su mente aún más agotada, pero aun así, seguía allí plantando batalla a la vida misma, a todos los infortunios.

 

Tomó fuerzas para incorporarse completamente y se secó el rostro con una pequeña toalla, guardándola inmediatamente después en su bolsa. Sólo quería llegar a casa y descansar. Miró su reloj en la muñeca. Ya eran las siete de la tarde. Resopló agotado y empezó a caminar hacia la salida del edificio.

 

- Ey.

 

Aomine se sorprendió al escuchar esa voz tras él, una voz demasiado conocida. Al girarse, sus ojos azules se fijaron en su antiguo capitán, Akashi Seijuurou, quien se encontraba apoyado contra la pared con una ligera sonrisa. Parecía que había estado esperándole.

 

- Akashi – susurró - ¿Qué haces aquí? Creí que ya os habríais ido todos. Ni siquiera creí que vendrías a verme jugar.

 

- Tetsu estaba cansado y se ha ido con el equipo pero a mí me apetecía esperarte. Además… últimamente has estado entrenando conmigo, quería saber cómo te iba.

 

- ¿Y eso? – preguntó extrañado pero con su sonrisa de autosuficiencia - ¿A qué debo el gran honor de tener al gran emperador esperando por mí? ¿Es que quieres que te machacase en la cancha?

 

- Precisamente eso – le aclaró Akashi – me apetecía retarte a un uno contra uno. Aunque ambos sabemos que ganaré yo – dijo sonriendo.

 

- Me encantaría hacerte tragar tus palabras – comentó Aomine haciendo sonreír a Akashi, él sabía que Aomine jamás rechazaría un desafío – pero no puedo ahora mismo. Tengo que ir a casa.

 

- ¿Qué? – preguntó un sorprendido Akashi – venga ya, Aomine… tú nunca rechazas un desafío. Al menos no con Kagami.

 

- Esta vez tengo cosas que hacer, le prometí a mi madre que llegaría pronto a casa. En serio, no puedo.

 

- ¿Qué te ocurre? – le preguntó Akashi preocupado al ver que seguía caminando dándole la espalda. Aomine se detuvo al escuchar eso.

 

- No me pasa nada – comentó Aomine girándose hacia Akashi con una sonrisa – Es que hoy no puedo, en serio. Te prometo que mañana iré a jugar contigo.

 

- ¿Y vendrás a comer también? Quiero desafiarte a comer hamburguesas – dijo Akashi pese a que él consideraba ese desafío una estupidez, pero al menos, pasaría tiempo con el moreno y estaba dispuesto a lo que fuera por él.

 

- Sabes que ganaré igualmente, ya sea baloncesto o hamburguesas. Además… ¿tú comiendo hamburguesas? Creí que sólo comías pijadas.

 

- Si Kagami puede comer hamburguesas, yo puedo comerlas también. Te puedo ganar, así que mañana te veo a las diez en la cancha de baloncesto que está junto al río.

 

- Allí estaré.

 

Pese a que Akashi sonrió sintiéndose vencedor porque Aomine hubiera aceptado, algo dentro de sí mismo le decía que ese chico no estaba del todo bien. Le había visto jugar con más pena que gloria en un partido donde debía haber dominado sin problema alguno y ahora, tenía que volver pronto a su casa. ¿Habría ocurrido algo en su casa?

 

No conocía a los padres de Aomine, pero sí sabía una cosa… ese chico no tenía toque de queda, a veces se había quedado hasta altas horas de la madrugada jugando con él al baloncesto en la cancha del río pero hoy… hoy decía de volver rápido a casa. Algo estaba mal y Akashi lo sabía, pero no pudo hacer otra cosa que fijar sus ojos en aquella robusta espalda que se alejaba de él a paso lento. Ese chico le confundía, en la cancha estaba decayendo pero al hablar con él… parecía el mismo de siempre. Ya no sabía si eran imaginaciones suyas o es que realmente ocurría algo que Aomine ocultaba.

 

Aomine caminó hasta llegar a la última cuesta de su casa. Lo peor de Tokyo era que, aparte de que las distancias engañaban mucho y tenía que recurrir a medios de transporte, encima no era una ciudad plana, así que las cuestas eran habituales. La miró con resignación, llevaba dieciocho malditos años subiendo esa cuesta, la había hecho en bici, andando, corriendo y hasta botando la pelota, pero estos días… esa cuesta era un martirio. Resopló y tomó fuerzas para empezar a subir pero a la mitad del camino, tuvo que detenerse a coger aire.

 

Los médicos decían que sólo tenía algún ataque de ansiedad, que necesitaba relajarse y respirar… pero no era tan sencillo, el aire se le escapaba de los pulmones sin poder remediarlo y era posible que sí, que estuviera nervioso esos últimos días, pero no podía evitarlo con todo lo que había ocurrido en su familia. La sensación de que se ahogaba no se marchaba, tosía, trataba de coger grandes bocanadas de aire y, aun así, le parecía un esfuerzo inútil, su cerebro se negaba a asimilar que estaba entrando aire. Se sentó en el suelo un segundo y apoyó su cabeza contra el muro de detrás cerrando los ojos, tratando de centrarse en que todo estaba en su imaginación, podía respirar.

 

Tras varios tortuosos segundos donde alguna lágrima resbaló por sus mejillas por el miedo a asfixiarse, su cuerpo pareció relajarse y sus pulmones volvieron a llenarse de oxígeno. Odiaba esos ataques que le daban y, aun así, había fingido que todo estaba bien, ni siquiera a sus amigos se lo había comentado, quizá por no parecerles débil o porque no quería que le tuvieran lástima o simplemente… porque no quería involucrarles en problemas personales. Echaba de menos a su padre pero se negó a llorar, no allí en la calle donde cualquiera pudiera verle. Tenía que ser fuerte y aguantar, no le quedaba más remedio.

 

Miró hacia arriba del muro y apoyó su mano en el bordillo para ayudarse a levantarse. Sentía el agotamiento en cada parte de su cuerpo, la pastilla que se había tomado para relajarse empezaba a hacer efecto. Terminó de subir la cuesta hasta el barrio residencial y entró por la puerta del jardín buscando las llaves en su bolsillo. Se detuvo frente a la puerta principal y sacó las llaves entrando al interior.

 

El olor a té le inundó y a la vez, le sorprendió. Su madre sólo hacía té en dos ocasiones, para su padre y para invitados. Estaba claro que ahora sería un invitado pese a lo tarde que era para hacer visitas.

 

- Estoy en casa – comentó quitándose los zapatos y dejándolos bien colocados en el hall de la entrada, algo que le extrañó a su madre, porque Aomine siempre había sido un desastre, dejaba las cosas en el primer lugar donde caían.

 

- Daiki, ¿qué tal ha ido el partido? – preguntó su madre con una pala de cocinar de madera en la mano y su delantal.

 

- Hemos ganado.

 

- Vamos, ven con nosotros a cenar algo.

 

Aomine se acercó hacia la puerta del salón observando que allí se encontraba el mejor amigo de su padre tomando una taza de té. Seguramente habría ido para ver cómo se encontraban ambos, era habitual en los compañeros de trabajo en estas circunstancias.

 

- Ey, Daiki, ¿qué tal te encuentras?

 

- Estoy bien – sonrió Daiki.

 

- Daiki, siéntate a la mesa, te pondré un plato para que cenes algo.

 

- No te molestes, mamá – comentó – no tengo hambre.

 

- Pero… tienes que comer algo.

 

- En serio, no tengo nada de hambre. Sólo… quiero tumbarme y descansar, estoy agotado.

 

- Pero… - intentó disuadirle su madre, pero el amigo de su padre intervino.

 

- Deja al muchacho que vaya a tumbarse – dijo con una sonrisa – mañana seguro que se le habrá abierto el apetito.

 

- Sí – sonrió Aomine agradecido porque aquel hombre le entendiese – Voy a acostarme. Un placer saludarte, Tōshirō.

 

- Igualmente, Daiki.

 

Caminó por el pasillo con sus blancos calcetines y movió la puerta corredera de su habitación entrando una vez más en su refugio, en esa soledad que invadía su cuarto y en el que estúpidamente… se encontraba seguro. Dejó resbalar su espalda por la puerta hasta sentarse en el suelo. Ni siquiera encendió la luz, últimamente hasta eso le molestaba, los dolores de cabeza que le venían eran fuertes.

 

Sus ojos se fijaron en el marco de su mesilla, en la fotografía que se había tomado con su madre y su padre en la bahía de Tokyo un día de verano. Recordaba aquel día como si fuera ayer, hacía mucho calor para salir, pero les dio igual. Era el día libre de su padre en la comisaría y querían estar juntos. Pensaron que en el puerto, a orillas del mar, estarían más frescos. Comieron juntos, pasearon y fueron al cine. Un recuerdo feliz pero que a Aomine le hizo derramar lágrimas al ver la figura de su padre allí con aquella gran sonrisa, abrazándole como siempre hacía. Siempre había sido su niño, el ojo derecho de su padre y él… le adoraba.

 

Sólo en aquel momento, se dejó llevar por sus sentimientos apartando esa coraza fingida de que todo estaba bien, lloró como todas las noches desde que se enteró de lo ocurrido. Ni siquiera con su madre se la podía quitar, porque ella también estaba sufriendo. Quizá había sacado el carácter de su madre, ambos fingían que todo seguía igual, trataban de salir adelante cuando el sufrimiento estaba dentro. Ella fingía por él, él fingía por ella y al final… ninguno decía lo que de verdad estaba pasando. Tan sólo seguían luchando en la vida que les había tocado.

 

- ¿Cómo está Aomine? – preguntó en el salón Tōshirō.

 

La madre de Aomine tomó asiento frente a él en la pequeña mesa, arrodillándose en el cojín y apoyando sus manos en la mesa con una mirada triste.

 

- No lo sé – comentó – creo que no está bien, pero no habla del tema.

 

- Es duro hablar de algo así.

 

- Siempre ha tenido una conexión especial con su padre y ahora… creo que le necesita a él, pero él no está. Tiene ataques de ansiedad según los médicos – sonrió su madre incrédula – pero Aomine no quiere hablar de nada. Ya sabes cómo es.

 

- Muy parecido a ti – sonrió el amigo – sé lo unido que estaba a su padre y lo duro que debe ser. ¿Y tú cómo estás?

 

- Intentando aparentar que todo está bien, supongo que lo mismo que hace Aomine. No sé cómo ayudarle a superar esto cuando ni yo misma sé cómo superarlo.

 

- Sois demasiado iguales – sonrió el amigo – Aomine ha salido completamente a ti, quizá por la misma razón que tú te enamoraste de su padre es por lo que Aomine tenía un respaldo en él, sabía comprender vuestros silencios.

 

- Estoy perdida sin él y Aomine más. Su padre es su apoyo, lo es todo… ¿Qué vamos a hacer ahora sin él?

 

La mano de Tōshirō se colocó sobre la temblorosa mano de la mujer y trató de animarla con una ligera sonrisa pese a lo complicado que estaba la situación.

 

- Todo se arreglará, ¿vale? Aomine es fuerte y saldrá de ésta y tú también. Si necesitáis algo, sabes dónde vivo y tenéis mi número de teléfono. Llámame sea la hora que sea. Tu esposo es mi mejor amigo, mi compañero y por su familia hago lo que sea, ¿vale? Nos apoyamos.

 

- Gracias, Tōshirō – sonrió la mujer con dulzura.

 

- Tengo que irme ya, mañana tengo servicio pero… si necesitáis algo, avísame.

 

- Te acompaño a la puerta.

 

- No hace falta, ya has hecho bastante sirviéndome el té. Ve a descansar.

 

Pese a que Tōshirō no quería ser acompañado, no pudo hacer nada cuando sintió la presencia de la mujer tras él observando cómo se colocaba los zapatos para marcharse. Sí que era raro ver las zapatillas de Aomine bien colocadas cuando muchas veces había hablado y reído con el padre del chico por cómo se quejaba de lo desordenado que era su hijo. Estaba claro que algo pasaba por la cabeza de Aomine para estar colocando las cosas en perfecto orden ahora.

 

Tras marcharse, Kyoko, la madre de Aomine, subió hacia su cuarto para descansar después de aquel extraño día, cuando al pasar por la puerta de su hijo, observó la figura al otro lado apoyada. Abrió la segunda puerta para evitar que Aomine se cayese hacia atrás al moverla y entró. Su hijo se había quedado dormido allí apoyado en la puerta, con sus mejillas bañadas en los caminos que habían dejado las lágrimas.

 

No tuvo más remedio al verle allí, que coger el teléfono y llamar a Tōshirō. Aún debía estar cerca de la casa. Le pidió ayuda para poder coger a Aomine, no quería despertarle y, si se había tomado la pastilla que el médico le mandó, seguramente nada lo despertaría. No podía dejar que su hijo durmiera en aquella mala posición. Durante unos segundos, su madre se sentó al lado de su hijo abrazándole con dulzura. Incluso ella derramó un par de lágrimas al depositar un suave beso en la frente.

 

- Superaremos esto, mi niño – susurró su madre – lo superaremos juntos.

 

La puerta principal se escuchó una vez más y Kyoko supuso que sería Tōshirō con la llave de emergencia que tenía de su casa. No se equivocó. La sonrisa se dibujó en el rostro del hombre al ver a Aomine profundamente dormido con la cabeza que se le caía hacia el hombro de su madre.

 

- Lo siento, creo que te he llamado demasiado pronto – susurró la mujer.

 

- No te preocupes. Tu niño ha crecido, es normal que no puedas ya con él. Déjame ayudarte, lo llevaré a la cama y dejaré que duerma allí.

 

- Gracias. Con esas pastillas que le dio el médico para dormir, es imposible despertarle. Seguramente se la ha tomado al salir del partido. Son increíbles, en media hora o tres cuarto lo dejan así.

 

- Dejémosle que duerma, le vendrá bien descansar.

 

La mujer se apartó para que pudiera cargar a Aomine hasta el futón y lo dejó allí arropado. Sonrió un segundo antes de levantarse, había visto crecer a ese chico, ahora era todo un hombre, tenía dieciocho años y seguía igual de amable y compasivo con todos pese a que siguiera defendiéndose tras esa coraza de indiferencia y arrogancia. Ya desde niño sentía admiración por su padre, hasta quería ser policía como él, aún recordaba lo orgulloso que estaba su padre de él, siempre hablaba en las patrullas sobre su hijo.

 

Tras dejarle allí, se retiró despidiéndose de la mujer, quien tras echar un último vistazo comprobando que su hijo estaba bien, se marchó a su habitación dispuesta a dormir un poco si es que podía con tantas preocupaciones. Las pastillas para el sueño estaban encima de una pequeña mesilla, pero ella nunca se las tomaba a pesar de que se las habían recetado, quizá porque no quería estar dormida si algo le ocurría a su hijo entre aquellos ataques que tenía últimamente.

 

Un ruido de vibración sonaba cerca del oído de un Aomine que movía la nariz graciosamente creyendo que habría una mosca por su cuarto. Se giró dando la espalda al zumbido incesante que se escuchaba y trató de acallarlo colocando la almohada en sus oídos, pero nada conseguía alejar el molesto ruido. Volvió a girarse molesto mientras abría los ojos, encontrándose que era su móvil lo que sonaba. Lo cogió entre sus manos viendo un nombre.

 

- ¿Akashi? – se preguntó extrañado. - ¿Hola? – contestó.

 

- Al fin respondes. ¿Dónde narices estás? Llevo más de media hora esperándote.

 

- ¿Qué dices? ¿Qué hora es?

 

- ¿Aún dormías? Son las once menos veinte, habíamos quedado a las diez en la cancha del río. ¿Te acuerdas?

 

- ¡Oh, Dios! Vale espérame un poco más, iré enseguida.

 

- Te espero – acabó diciendo – tienes suerte de que esté deseoso por ganarte, pero date prisa.

 

- Ya voy.

 

Aomine colgó el teléfono y se levantó con prisa descubriendo que aún estaba vestido con la ropa de anoche. Seguramente se había quedado dormido prácticamente al momento tras tomarse la pastilla. No podía creerse que fuera tan tarde. Se vistió con rapidez y cogió la primera chaqueta negra que encontró saliendo de su cuarto.

 

Caminó con rapidez por el pasillo, pero al pasar cerca de la puerta del salón, escuchó la voz de su madre. Aun así, Aomine se sentó en la tarima de madera del hall para ponerse las zapatillas mientras observaba la pelota de baloncesto a su lado.

 

- ¿Vas a salir? – preguntó su madre a la espalda.

 

- Sí, he quedado con Akashi para jugar al baloncesto un rato. Ya llego tarde.

 

- Aomine… ¿Podemos hablar un momento?

 

- ¿Tiene que ser ahora, mamá? Llego muy tarde ya. Me he dormido.

 

- Tenemos que hablar del baloncesto – le dijo sorprendiendo a Aomine, aunque ya sabía lo que le iba a decir.

 

- Estoy bien, mamá, puedo jugar.

 

- No, no lo estás. ¿Y si te da uno de esos ataques jugando?

 

- No me va a pasar nada, mamá, el baloncesto es lo único que me distrae. Por favor… déjame seguir jugando.

 

Su madre miró a los ojos de su hijo, con ese brillo especial que él siempre tenía. No podía negar que, aunque todos dijeran que había sacado su carácter, físicamente era igual que su padre, hasta tenía esa misma facilidad para convencer a la gente.

 

- Vale, pero ten cuidado. ¿Me lo prometes?

 

- Sí – le dijo Aomine sonriendo - Tendré mucho cuidado cuando juegue.

 

- De acuerdo. Ve a divertirte un rato. Akashi te estará esperando.

 

Aomine terminó de ponerse las zapatillas y salió corriendo de allí. Tuvo que coger un par de metros hasta llegar a la cancha del río, pero una vez estuvo allí, enseguida vio a Akashi sentado en las gradas con otra pelota de baloncesto. Se acercó y miró hacia arriba para hacer contacto visual.

 

- Ey, lamento el retraso.

 

- No es propio de ti dormirte. ¿Qué te ocurre últimamente?

 

- No es nada – sonrió Aomine – anoche había visita en casa y supongo que se me fue el tiempo, lo lamento.

 

Aquello era aún más extraño en Aomine. ¿Él disculpándose? Eso no era propio de Aomine Daiki. Sus ojos abiertos le indicaron claramente a Aomine que ese pelirrojo se había sorprendido y no podía permitirse algo así, debía volver a ser el de antes.

 

- ¿Tanta prisa tenías para que te derrotase? – sonrió Aomine con su prepotencia.

 

- ¿Tú? ¿Derrotar al emperador? ¿Por qué no vuelves a casa a seguir soñando? – sonrió Akashi aunque al instante se puso serio.

 

- ¿Qué ocurre? – preguntó Aomine al ver el semblante del chico.

 

Akashi le miró unos segundos con aquellos intensos ojos, cada uno de un color diferente, lo que captaba aún más la atención del moreno. El pelirrojo no sabía expresarle lo que había sentido por un momento, preocupación, desesperación, intriga, quería ayudar a Aomine, porque hacía años que se había enamorado de él y jamás se lo confesó, ahora llevaba meses a su lado, ayudándole a mejorar su juego pero tampoco había encontrado el valor para decírselo. Aomine seguramente se lo tomaría a broma. Miles de veces le había visto ojear revistas de mujeres en bikini. ¿Cómo iba a decirle que le había observado durante años y ahora le preocupaba ese cambio en su comportamiento? Porque estaba claro que fingía, quizá nadie se hubiera percatado, pero él sí, para él era demasiado evidente, le amaba y se fijaba en cada detalle de ese chico.

 

- No es nada – dijo Akashi sonriendo, evitando así que Aomine se preocupase – tonterías. ¿Jugamos o qué?

 

- Sí, claro. Oye, Akashi… - empezó a hablar Aomine.

 

El silencio reinó unos segundos en aquella cancha, con Akashi de pie en las gradas metálicas y un Aomine abajo cabizbajo y algo sonrojado. Aomine no sabía cómo expresar su gratitud por aquel chico frío y engreído que se consideraba simplemente perfecto, por el que fue su capitán y por el que sentía un gran respeto. Esos meses había estado ayudándole a mejorar sin pedirle nada a cambio, había salido de su mansión, de su perfecta cancha hecha adrede para él para ir a jugar a la destrozada cancha del río con él.

 

- ¿Sí? – preguntó Akashi desconcertado.

 

Aomine se dio cuenta en aquel momento de que no podía agradecérselo, porque hacerlo sería demasiado obvio para Akashi de que algo estaba ocurriéndole. No podía cambiar su actitud de años ahora. Reaccionó a tiempo y sonrió con prepotencia.

 

- Voy a machacarte – expresó sacando una sonrisa de Akashi.

 

- Evidentemente sigues siendo un egocéntrico, pero te haré morder el polvo, Aomine.

 

Por un momento, Akashi volvió a ver al altanero Daiki, ése que pensaba que podía vencer a todos, ese chico arrogante que no dejaba de repetir que “el único que podía vencerse era él mismo”. Quizá desde la primera vez que lo vio, se había enamorado de él, desde que fue a reclutarle para su equipo pese a que nadie daba nada por él, sólo era un chico que jugaba un extraño baloncesto callejero, pero sus tiros imposibles hicieron que todos los entrenadores vieran al instante su potencial. Agradecía tener su habilidad “rompetobillos” y el “rompecinturas” porque era la única forma de parar a Aomine Daiki, conseguir desequilibrarle. Era rápido, fuerte, robusto, demasiado alto para él, conseguía hacerle tapones perfectos, driblarle sin problema y con sus tiros imposibles encestaba en cuestión de segundos, Seijuurou admitía, sin lugar a dudas, que si ese chico aprendía un truco para no desequilibrarse cuando él le atacaba, seguramente, le superaría sin problemas.

 

Aomine se quitó la chaqueta dejándola en las gradas, observando cómo Akashi le imitaba. Daiki no pudo evitar reír al ver que bajo esa chaqueta oscura, Akashi había venido con su camisa y su corbata.

 

- Estás de broma, ¿no?

 

- ¿Por qué? – preguntó Akashi recolocándose bien la corbata.

 

- ¿Has venido a jugar o a una cita? – le preguntó divertido - ¿Es que no sabes lo que es un pantalón de deporte?

 

- Sólo utilizo pantalones de deporte cuando juego al baloncesto con mi equipo – sonrió Akashi – y porque nos obligan a llevar el uniforme.

 

- Eres único, Akashi Seijuurou – sonrió Aomine – siempre tan pijo. No hay remedio contigo.

 

- Y tú tan desarreglado como siempre.

 

Akashi sonrió antes de colocarse frente a Aomine para cubrirle. Aun así, no podía evitar mirar aquella sonrisa del moreno, esa sonrisa que una vez le encandiló y lo enamoró, esa sonrisa atrayente y con la que siempre soñaba. Aomine Daiki era todo un Don Juan pese a que él no se diera cuenta de lo atractivo que resultaba ante los demás. Por esa sonrisa, Akashi habría pagado fortunas, quería verla siempre, así tuviera que ir todos los días en camisa y corbata para hacerle sonreír.

 

Ambos chicos jugaron un uno contra uno y pese a que Daiki empezó con mucha energía, no pasó desapercibido para el pelirrojo cómo iba perdiendo fuerza, velocidad y empezaba a fallar algunos tiros que jamás antes había fallado. Ahora no tenía duda de que ocurría algo y esa sensación se acrecentó cuando vio que al moreno le costaba respirar y pedía tiempo muerto un par de veces para tomar aire. Todo el tiempo que ellos habían estado practicando en secreto, jamás le había pedido tiempo muerto para descansar.

 

- Paremos a descansar – escuchó Aomine que decía Akashi. Aquello sorprendió al moreno pese a que era cierto que él necesitaba un descanso.

 

- ¿Por qué? – preguntó – puedo seguir, no estoy cansado – fingió Aomine pese a que su respiración acelerada le descubría.

 

- No es por ti, es por mí – mintió Akashi – estoy un poco cansado. Me agotas – volvió a mentir con una sonrisa intentando que Aomine no se sintiera herido en su orgullo. Conocía a ese moreno y sabía cuánto le importaba el orgullo – Vayamos a comer algo.

 

- Me apetece una hamburguesa.

 

- ¿En serio? – preguntó Akashi desilusionado. Esperaba librarse de ir a una hamburguesería pese a haber usado el gancho de la apuesta sobre quién podía comer más hamburguesas la tarde anterior - ¿Por qué quieres comer algo tan burdo y rutinario? Puedo llevarte a un buen sitio.

 

- Por favor, Akashi… tú vas a esos lugares pijos donde te sirven una mini tostada con cuatro tonterías. ¿No te quedas con hambre con eso?

 

- No – dijo muy seguro pero luego se ruborizó al ver la sonrisa de Aomine – puede que un poco – acabó afirmando.

 

- Vamos… acompáñame a la hamburguesería. ¿Qué te cuesta? Sólo es un día.

 

- Está bien – acabó aceptando Akashi. Todo fuera por ver feliz a Aomine.

 

Los dos chicos recogieron sus cosas de la grada metálica y caminaron con tranquilidad un par de manzanas hasta llegar a la hamburguesería. Akashi miró la carta puesto que Aomine sabía perfectamente lo que iba a pedir. El moreno no pudo evitar dejar escapar una ligera sonrisa al ver la cara de dudas del pelirrojo.

 

- No sé qué escoger – acabó susurrando Akashi.

 

- Coge ésta. Te gustará – comentó Aomine con una sonrisa.

 

- ¿Cómo sabes que me gustará? Nunca hemos comido juntos.

 

- Lo hacíamos… en el Teikô. Te conozco bastante bien, fuiste mi capitán.

 

- No creí que te fijases concretamente en mí. Siempre ibas con Kise y con Tetsu a todos lados.

 

- Tetsu era mi sombra, nos entendíamos bien, pero tú eras mi capitán. Eras el que siempre me molestaba en la azotea y me despertaba de mal humor. Me asustaban tus tijeras – sonrió Aomine.

 

- Gracias a ellas siempre venías a entrenar – sonrió Akashi – me costó mucho tiempo domarte.

 

- ¿Domarme? – sonrió Aomine – tú nunca me domaste, Seijuurou.

 

- Oh, por favor… aún recuerdo cómo suplicabas que te enseñase el “rompetobillos”.

 

- Ohhh, yo recuerdo cómo suplicabas que te enseñase los tiros imposibles – sonrió Aomine – en serio… coge esa hamburguesa, va a gustarte.

 

- Sigo preguntándome por qué supones eso…

 

- Porque es mi favorita y yo nunca me equivoco, sigues siendo mi capitán favorito.

 

Aquellas palabras y la dulzura con la que Aomine lo dijo, consiguieron sacar un sonrojo en Akashi, uno tan intenso, que tuvo que apartar sus ojos de él para mirar de nuevo el menú pese a no poder leer nada. Cuando les tocó su turno, pidió la hamburguesa que Aomine le había recomendado para la sorpresa del moreno.

 

Los dos chicos se sentaron a comer en una de las mesas al aire libre del fondo. Aomine abrió el envoltorio de su hamburguesa pero se detuvo antes de empezar a comer al ver cómo Akashi miraba aquella cosa sin saber ni siquiera cómo dar el primer bocado a ese pan redondo.

 

- Vamos, Akashi, sin miedo – le animó Aomine – muerde con ganas.

 

- No entiendo cómo os podéis comer esto, me estoy pringando entero – dijo mirándose los dedos llenos de grasa y salsas.

 

- Te traeré servilletas – dijo Aomine levantándose para ir a buscarlas.

 

Akashi le observó cuando al levantarse, su cuerpo se desequilibró un segundo, comprobando cómo Aomine se agarraba con su mano derecha a la mesa como si se hubiera mareado y necesitase algo a lo que agarrarse.

 

- Ey, ¿estás bien? – preguntó Akashi preocupado.

 

- Sí – sonrió Aomine – creo que me he levantado muy rápido. Lo siento, no quería preocuparte. Ya se me pasa.

 

Quizá aquello no le hubiera preocupado mucho a Akashi, al menos hasta que vio cómo Aomine se agarraba con su mano libre el pecho. Estaba claro que algo estaba ocurriendo. Quiso preguntar, decirle algo, pero Daiki empezó a caminar con cierta lentitud hacia una mesa cercana buscando las servilletas. Cuando volvió, pareció aliviarse al volver a estar sentado, pero su hamburguesa se quedó intacta, tan sólo le había dado un par de mordiscos.

 

- Es raro – dijo Akashi sorprendiendo a Aomine.

 

- ¿El qué?

 

- Kagami siempre dice que eres el mejor para desafiar a comer hamburguesas, pero apenas has tocado una. Tú siempre tienes un apetito voraz. ¿Qué está ocurriendo, Aomine?

 

- No lo sé, quizá me ha dado demasiado el sol en la cancha, no estoy seguro – sonrió – no me encuentro muy bien hoy, Akashi. ¿Te importa si me voy a casa a descansar?

 

- No me importa, pero te acompañaré.

 

- No es necesario… vivo…

 

- Vives lejos, tienes que coger un par de metros aún hasta casa.

 

- Llamaré a mi madre para que venga a recogerme. No te preocupes. Quita esa cara de preocupación, enano – le bromeó haciendo sonreír a Akashi, pese a que era una sonrisa fingida, seguía preocupado.

 

Akashi observó cómo Aomine llamaba a su madre para preguntarle si podía recogerle. Mientras esperaban, el pelirrojo daba vueltas una y otra vez a la idea de que algo estaba ocurriendo, pero en parte, también podía haber sido por el sol, o no lo sabía, podían ser tantas cosas… aun así, no se quitaba de la cabeza que Aomine estaba cambiado, más tranquilo, relajado, menos arrogante y menos vital. Cuando el coche de su madre apareció, los dos chicos se levantaron para ir. Akashi fue quien pagó la cuenta y ayudó a Aomine a ponerse en pie al ver que volvía a desequilibrarse.

 

- Ey – susurró Akashi cogiéndole del brazo.

 

- Estoy bien.

 

- Me estás preocupando, Aomine – le dijo con mucha sinceridad Akashi – últimamente no eres tú mismo, es como si te esforzases demasiado en seguir siendo el que eras, pero no terminas de conseguirlo.

 

- Son imaginaciones tuyas, Akashi. Sólo estaré cogiendo algún resfriado o algo, no le des tanta importancia.

 

Le acompañó hacia el coche, cuando se cruzaron con Kagami y Tetsu que venían caminando dispuestos a comer algo en la hamburguesería. Los dos se extrañaron de ver a Akashi en aquel lugar, pero más de verle con Aomine. Kagami comentó que iría haciendo la cola para pedir, mientras Tetsu se quedaba unos segundos invadido por la duda de verles juntos. No apartó su vista de ellos ni cuando ambos siguieron caminando hacia el coche. Tetsu iba a entrar al local, cuando escuchó la violenta tos de Aomine y cómo Akashi, preocupado, le intentaba calmar y le traía una servilleta por si acaso.

 

Se acercó a ellos con rapidez por si necesitaban algo, pero cuando llegó, Aomine parecía empezar a recuperarse de esa repentina asfixia que le había invadido. Tanto Akashi como Tetsu se miraron desconcertados sin entender nada de lo que le ocurría a su amigo y ala pívot de su antiguo equipo. Aomine sintió que ahora sí estarían preocupados, así que trató de salir con alguna buena excusa.

 

- Lo siento, chicos. Últimamente me están dando algunos ataques como estos, es sólo un ataque de ansiedad según los médicos – les aclaró – no tenéis de qué preocuparos. Se pasan enseguida.

 

- Aomine… no estás bien – le dijo Tetsu preocupado – esa tos es muy fea, no deberías jugar al baloncesto si estás así. Recupérate primero – le sonrió.

 

- Lo pensaré, Tetsu – le comentó Aomine poniéndose en pie para ir hacia el coche.

 

Se despidió de ambos chicos y su madre, que había bajado del coche preocupada al verle, le ayudó a entrar en el asiento del copiloto antes de volver ella a su sitio y marcharse de allí. Tetsu entonces, fijó sus ojos en algo que Akashi miraba muy atentamente, la servilleta en su mano.

 

- ¿Qué pasa? – preguntó Tetsu acercándose a él.

 

- Ha dicho que tiene ataque de ansiedad, ¿verdad? – preguntó.

 

- Sí, eso ha dicho – comentó Tetsu recordando las palabras de Aomine.

 

- Un ataque de ansiedad no produce esto – le comentó a Tetsu enseñándole la servilleta manchada con sangre – está tosiendo sangre, Tetsu.

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