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Mi cielo al revés

Autor: Nimphie

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 Nunca iba en auto a visitar al abuelo, siempre iba caminando. Como fotógrafo aficionado, me gustaba apreciar todos los cambios que sufrían esas veinte cuadras con el paso del tiempo. Me habría gustado documentar el rojo furioso de las flores de la plaza, o el canto de los pájaros al mediodía, o la quietud de las tardes de verano, cuando todo el mundo duerme la siesta. Ese local de la esquina de la plaza, el que tenía el cartel de se alquila, en los pasados diez años había sido un kiosco, una panchería, un negocio de ropa deportiva y un petshop. No sabía lo que había ocurrido con los demás negocios, pero el petshop había cerrado por las reiteradas denuncias de los vecinos, que afirmaban que allí drogaban a los perros para bañarlos y cortarles el pelo.


Y la iglesia, ¿cómo había cambiado la iglesia? Había sido de color blanco, de color verde agua y ahora era de un débil amarillo, casi té con leche. Y habían construido en la entrada un espacio en donde las personas podían colocar placas con los nombres de sus muertos. Mi papá decía que solo era una maniobra para sacarle plata a la gente religiosa. En eso estaba de acuerdo con él. Una de las pocas cosas que me gustaban de mi papá era su acérrimo ateísmo. En eso siempre había chocado con mi abuelo.


Cuando mi abuela murió, mi abuelo vendió su casa y se mudó a un pequeño y bonito departamento. Tenía una señora que le cocinaba y le hacía las tareas del hogar, pero él todavía insistía en ir a hacer las compras por su cuenta. Mi papá le criticaba a mi abuelo, más que su terquedad, el hecho de que se hubiera mudado a un sitio tan poco glamoroso. ¡Si había montones de edificios nuevos por el barrio! El edificio de mi abuelo tenía cinco pisos y la pintura de la fachada estaba un poco descascarada. No había canteros con flores en la entrada, ni sillones en el hall para sentarse a esperar. Tampoco había cámara de seguridad, pero el encargado era atento y  esa tarde me reconoció en cuanto me vio.


—Subí, Maxi, antes de que tu abuelo se tire del balcón para bajar a abrirte —Y se rio.


Le agradecí y entré. Un chico alto y de ojos claros con un piercing en la nariz salió del ascensor llevando un perrito en brazos.


—Hola —me saludó por pura educación, porque no nos conocíamos.


Hola, bombón, pensé con una sonrisita, cerrando las puertas del ascensor. Y mientras apretaba el botón del quinto piso, me miré en el espejo. Me había dejado crecer un poquito la barba y me gustaba el resultado. Me hacía ver más maduro. Había heredado absolutamente todos los rasgos de mi papá: su pelo castaño y lacio, sus ojos cafés, su nariz con el puente levemente desviado, el hoyuelo del mentón. Cuando era chico, todos me decían que era igual a mi papá y nunca les creía. Sin embargo, me gustaba que me lo dijeran. Me parecía el mejor de los elogios. Ahora, a los dieciocho años, era el peor insulto que habrían podido dedicarme.


No quería parecerme a un hombre que le ponía los cuernos a su mujer, hacía comentarios homofóbicos acerca del mejor amigo de su hija y le llenaba la cabeza a sus hijos para que estudiaran carreras que detestaban.


—¿Maxi? ¿Cómo estás, hijo? —Sí, nuestro abuelo siempre nos llamaba hijos—. ¿No vino Melody con vos?


 Odié el brillo que se apagó de sus ojos al verme solo, sin mi hermana. Siempre guardaba la esperanza de verla aparecer detrás de mí, a pesar de que sabía que yo siempre venía solo. Y odié, también, contemplarlo y darme cuenta de que, a pesar de que había pasado solo una semana desde la última vez que lo había visto, mi abuelo estaba más viejo. Dicen que la vejez llega rápido. Y es verdad.


Mi abuelo se quejó de lo de siempre: que no le tocara el portero eléctrico para que bajara él mismo a abrirme la puerta. Que le hacía bien caminar para estirar las piernas. Yo sabía que tenía razón, pero también sabía que cada vez estirar las piernas le costaba más. Era tan contradictorio.


—¿Un café, Maxi?


—Dale. —Y esta vez dejé que él mismo lo preparara, porque no quería ponerlo de mal humor.


Había pocas cosas en el departamento; pocos muebles, pocos adornos. Pero lo poco que había era de calidad. Se notaba que ese abuelito de ochenta y cinco años había tenido una buena vida. El televisor era de 42 pulgadas, la vajilla era de porcelana inglesa y en el rincón, junto al teléfono, estaba, como siempre, la licorera de cristal, con sus seis vasitos. Lo único que desentonaba con todo ese sencillo lujo era la vieja videocasetera.


Mientras mi abuelo hacia el café en la cocina, me acerqué a la mesita de la licorera. Me reí. No, nadie podría decir que mi anciano abuelo no lo pasara bien. Había un atado de puros cubanos junto a la botella de coñac.


—Agarrá uno si querés —dijo él, a mis espaldas.


Dejó las tazas sobre la mesa. Yo abrí el atado y respiré el aroma de los puros. Tenían una fragancia a tabaco mucho más fuerte que los cigarrillos comunes. Saqué uno y me lo metí en el bolsillo del jean.


—A ver, contame qué te pasa, Maxi —dijo mi abuelo, sentándose a la mesa frente a mí. Como siempre, le puso a su café dos cucharadas cargadas de azúcar. Al ver mi rostro extrañado, me dijo—: Sí, porque últimamente venís a verme cuando te pasa algo. Y últimamente siempre te pasa algo.


Le sonreí. Era sorprendente que mi abuelo me conociera incluso más que mi propio padre. O que mi propia madre.


El departamento daba a la calle. Esa era la excusa que le había dado mi abuelo a mi papá: quería un departamento con vistas a la calle. El balcón era largo y ancho, lo suficiente para albergar las plantas, una pequeña mesita, una mecedora y un tendel para la ropa. Y nunca se lo había dicho a nadie, pero me dolía ver a mi abuelo allí. Me dolía levantar la cabeza hacia el quinto piso y ver a ese viejito mecerse en la silla de mimbre, rodeado de sus plantas…


—Me declaré —dije por fin.


Apoyó la taza sobre la mesa. Vidrio y porcelana chocaron con un sonido agudo y pensé que la delicada tacita se desmoronaría y la mesa quedaría hecha un charco de café dulcísimo.


—¿Al amigo de tu hermana?


Sus palabras me dolieron, porque confirmaban lo que había dicho Tommy. Que no nos conocíamos. Mi abuelo había dicho al amigo de tu hermana, no a tu amigo. Tommy y yo no éramos amigos.


—Sí.


 Y le conté todo. Hasta el último detalle. Que Sultán le había mojado la ropa, que lo había llevado a mi habitación para darle ropa seca, que le había dicho que me gustaba, que me gustaba, que me gustaba. Y su respuesta. Esa terrible y vergonzosa respuesta. Para mi sorpresa, mi abuelo no lo tomó como un rechazo rotundo.


—Entonces no te dijo que no —señaló—. Simplemente el chico considera que no se conocen lo suficiente como para empezar una relación. Pensalo, Maxi, tal vez tenga razón. Y además… —Mi abuelo se inclinó hacia mí a través de la mesa—, muchas veces las relaciones fracasan por eso. Porque los involucrados no se conocen lo suficiente.


Pensé en mis padres, en si se habían conocido lo suficiente antes de casarse. En si se conocían lo suficiente ahora, que ya habían criado a tres hijos.


—Conquistalo, Maxi —dijo mi abuelo, sacándome de mis pensamientos.


Fruncí las cejas. Sonreí. ¿Qué clase de consejo era ese?


—No es una chica, abuelo.


 Él soltó una carcajada.


—¿Y porque no es una chica se supone que no lo tenés que conquistar? Yo no sé nada de relaciones gays, pero la conquista es universal. No digo que le vayas a regalar flores, o qué sé yo… ¡A mí me encantaría que me regalaran flores! —Y se rio de nuevo, señalando con el mentón las orquídeas que se compraba en el barrio chino—. Los hombres también deben tener su forma de seducir a otros hombres, ¿no te parece?


Me terminé el café en silencio. Conquistarlo, sí, tenía sentido. Pero, ¿valía la pena? Es decir, ¿era posible intentar forzar el amor de esa forma? Me pregunté qué pensaría Tommy si llegaba a su casa una mañana llevando un ramo de rosas. No supe la respuesta. Porque él tenía razón: no nos conocíamos.


 Como no veía muy bien, mi abuelo me pidió que le colocara en la regadera la cantidad de fertilizante apropiada para sus flores. Él nunca había sido muy fanático de las plantas, esa siempre había sido una afición de mi abuela. Cuando ella murió, el amor por las flores pareció trasladarse a él. Era tan extraño. Y tan hermoso. Mi abuelo no se conformó con cuidar las plantas que habían sido de ella, también había comprado plantas nuevas.


—¿Qué te enamoró de la abuela cuando la conociste? —le pregunté más tarde, mientras él cortaba con una tijerita de uñas las flores secas de las clavelinas.


—Te va a sonar raro, hijo…, pero me lo primero que me llamó la atención de ella fue su sonrisa. Me encantaba. Vos no la conociste de joven, pero cuando sonreía achicaba los ojos y se le marcaban dos hoyuelos en las mejillas…


No se lo dije, pero no me pareció para nada raro. Porque a mí también me fascinaba la sonrisa de Tommy. No todo el mundo tiene una linda sonrisa. Algunas personas no saben sonreír; la sonrisa les sale falsa, sarcástica o torcida. Cuando sonreía, todo el rostro de Tommy se transformaba. Levantaba las cejas, le brillaban los ojos, mostraba los dientes… Y el detalle final, ese detalle tan de él: a veces, en las fotos, la punta de su lengua se le asomaba entre los dientes.


 Mi abuelo seguía contándome todas las cosas que lo habían enamorado de la abuela. Cosas tan absurdas como su cuello largo, sus tobillos delgados o la piel de su nuca cuando se recogía el pelo en una cola. Y yo pensaba en Tommy: en sus pestañas largas, la M de sus labios y las pecas de su espalda.


 


 


Pasé toda la semana ansiando ponerme en contacto con Tommy, suplicando que mi hermana lo invitara otra vez. No había ninguna foto nueva en su Instagram desde hacía cinco días y eso significaba que aún estaba sin teléfono. Quise hablarle por Facebook, preguntarle por su celular, preguntarle si había encontrado un trabajo de medio tiempo…, pero no lo hice. Y cuanto más ansioso me ponía por saber de él, por verlo, más me preguntaba por qué simplemente no lo llamaba a su casa. Concluí que era por orgullo. Su rechazo me había lastimado. Había desnudado mis sentimientos (¡y de qué forma!) y él me había rechazado. No quería que pensara que Maximiliano Del Ponte era un desesperado.


 Pero la realidad era que sí, estaba desesperado. Y lo único que me sacaba la desesperación (el nerviosismo, el malhumor, la bronca… todo menos la calentura) era sacar fotos.


Así que el sábado, cuando se cumplía una semana de mi declaración, me subí al auto y manejé hasta Palermo. Los parques estaban repletos de gente. Niños, jóvenes y ancianos disfrutaban el verano a la sombra de los árboles, tomando mate o saboreando un helado. Adolescentes iban y venían en rollers y skates, mientras que los más chiquitos se conformaban con triciclos o bicicletas con rueditas.


 Siempre era bastante descarado a la hora de fotografiar a las personas. Podía acercarme a un grupo de gente, interrumpir su conversación y pedirles, con mi mejor sonrisa de afiche de moda, que me dejaron sacarles fotos. Siempre mentía: decía que estudiaba fotografía en la universidad.


Esa soleada tarde intercepté a una señora mayor que andaba en rollers. Era todo un personaje. Llevaba el pelo teñido de violeta, vestía una musculosa con estampado militar y unas calzas negras. Como si eso no fuera poco, tenía ambos brazos tatuados. Sonrió con espontaneidad frente a la cámara y cuando se fue, patinando en sus rollers rosados, me deseó muchos éxitos en mi carrera de fotógrafo.


Fotografié a un grupo de señoras que practicaban yoga, a un muchacho con rastas que tocaba el derbake, a un grupito de nenes (con el permiso de sus padres, claro) que, sentados en el pasto, comían unos enormes algodones de azúcar.


 Cuando me acerqué a la zona del Planetario, me sorprendí al ver toda la fauna adolescente que se congregaba allí: clubes de fans de Justin Bieber, de One Direction, de Lali Espósito. Fotografié chicas con cabellos de color turquesa y chicos con camisetas de personajes de anime.


Al mediodía, me compré un sándwich de milanesa y una gaseosa en uno de los puestos callejeros y me senté a comer junto al lago. De vez en cuando, algún pato se me acercaba y se me quedaba mirando hasta que le arrojaba un pedacito de pan. Los patos tampoco se salvaron de mi cámara. Los fotografié nadando (logré captar el rastro que dejaban en su camino al nadar, esa leve ondulación de las aguas), picoteando las migas de pan y revoloteando de aquí para allá, asustados, cuando los niños los perseguían.


Estaba intentando captar el momento en que un pato se acicalaba las plumas cuando sonó mi celular. Era un mensaje privado de Facebook. Y era de Tommy.


 


Hola, Maxi. Cómo estás? Bueno, estuve pensando en lo que me dijiste. Hoy voy a bailar a un boliche de Colegiales. Querés venir? Estoy sin cel todavía, así que por eso te hablé por acá. Igual creo que no tengo tu guasap, jaja. Me voy de casa a eso de las 11. Vamos a la Fiesta Puerca. Se hace en Vorterix, que queda en Triunvirato y Federico Lacroze. Tiene carteles luminosos, así que lo vas a ver. Queda enfrente de un McDonald’s. Bueno, si querés nos encontramos en la puerta. Un beso.


 


 Criaturita de Dios, pensaba que no conocía Vorterix. Había visto a muchísimas mis bandas favoritas de metal allí: Arch Enemy, Sirenia, Primal Fear. Me parecía un sacrilegio que los primeros sábados del mes, aquel santuario del rock se transformara en una discoteca del montón.


 Pero qué me importaba. Le contesté al instante:


 


Hola, bonito Tommy. Sí, conozco el lugar. Te paso a buscar por tu casa, querés? Decime a qué hora. Otro beso. Y perdón por lo de tu celu.


 


 Pasados un par de minutos, me respondió:


 


 Dale, pasame a buscar a las 11.


 


Y yo le dije:


 


Allí estaré ; )


 


 


Pasé toda la tarde manejando sin rumbo, rogando que el tiempo pasara más rápido. Al menos hasta que la aguja pequeña de mi reloj llegara a las once. Pasé por el centro, por Puerto Madero, por Retiro...


 Agarré la Avenida Corrientes y, como por arte de magia, acabé en el Abasto. Entonces recordé las palabras de mi abuelo: conquistalo. Estacioné y me metí en el shopping.


¿Qué podría regalarle a Tommy?


 Me di cuenta, otra vez, de lo poco que lo conocía. En medio de ese centro comercial lleno de negocios, no tenía idea de qué comprarle. No me animaba a comprarle ropa por miedo a no acertarle en el talle y no quería arriesgarme a que tuviera que cambiar mi regalo. No me animaba a comprarle un perfume por miedo a que no le gustara. Y no me animaba a comprarle un CD o un DVD de Lady Gaga o Britney por miedo a que ya lo tuviera.


Subí y bajé por aquellas resplandecientes escaleras mecánicas, me escabullí entre las personas que hacían fila para pedir una vulgar imitación de comida china o hindú, y pasé por los juegos infantiles, como si buscara al hermanito menor que no tenía.


Me salvó la chocolatería, como a todo novio poco original. Con el detalle que yo no era el novio de Tomás. Ni siquiera era su amigo.


Me habría quedado a vivir en ese negocio perfumado a chocolate. ¿Cómo era posible que oliera a chocolate si todos los envases de su interior estaban herméticamente cerrados? Elegí una caja de gomitas frutales con forma de corazón y me dirigí a la caja.


—¿Querés imprimirle una tarjetita? —me preguntó la empleada con una sonrisa muy parecida a la que yo utilizaba para interceptar a mis fotografiados. Le dije que sí—. ¿Qué nombre le pongo?


—Tomás.


La chica soltó una risita cristalina.


—No, el nombre de ella.


Levanté las cejas y le devolví la sonrisa.


—Es un chico —le dije—. Se llama Tomás.


Había heredado de mi padre el pelo, los ojos, la nariz… y, por suerte, también el buen gusto para vestirme. O mi preocupación por lucir bien, mejor dicho. Porque si mi padre hubiera visto la camisa que compré esa noche en el Abasto, se habría muerto del horror. Me habría preguntado por qué me había comprado una ropa tan amariconada, tan de puto. Me habría preguntado si acaso se habían confundido las bolsas en la caja. Era una camisa sin mangas de color blanco perla estampada con flores de lis. Cuando me la puse a toda velocidad en el pequeño probador del negocio, me sorprendí de lo bien que me quedaba. Mi padre habría encontrado insultante la forma en que se me ajustaba a la cintura. No pude contenerme y compré todo el conjunto: unos jeans celestes con rotos en las rodillas y unos zapatos en punta de color azul marino. Me sentía como un adolescente su primera cita. Y lo era. Bueno, más o menos.


Llegué a casa a las siete de la tarde. Papá había llevado a Melody al recital de Lali Espósito y mamá estaba en el jardín, quitando las plantas secas y colocando plantas nuevas. No se había dado cuenta de que había llegado. Desde la puerta de la cocina, me quede contemplándola. Antes, cuando era pequeño, mi mamá me parecía alta e imponente. Ahora, agachada sobre el pasto reseco, de espaldas a mí y con el platinado cabello recogido en lo alto de su cabeza en un apretado rodete, la veía como lo que era: una mujer pequeña y menuda que trataba a sus plantas con más amor que a sus hijos. Lo raro era que las plantas siempre se le morían. Se le secaban por falta de riego (o exceso, cuando llovía demasiado) o morían desmembradas por Sultán.


Mamá se llevó las manos a la cabeza y se deshizo el rodete. Su largo pelo rubio teñido (todos en la familia éramos castaños) se despeñó por su espalda y sus hombros.


—Hola, Maxi, ¿todo bien?


Le sonreí y me acerqué a ella.


—Sí. ¿Qué plantabas?


Se sacudió las manos en el delantal manchado de tierra. Algo que me sorprendía de mi mamá, que era patológicamente limpia y ordenada, era que no tenía reparos en meter sus blancas manos en la tierra. Sus uñas perfectamente manicuradas quedaban negras. A cada tarde de jardinería le seguía una larga sesión de higiene de manos: se limpiaba las uñas con un cepillito diminuto hasta eliminar el último puntito de tierra.


 —Unas alegrías, clavelinas, copetes… Y esos amarillos y violetas son pensamientos.


Había colocado las plantas formando un círculo. En el centro había una pequeña fuente con luces que ella se encargaba de enchufar cada vez que teníamos visitas. Por la mañana, los pajaritos se metían en la fuente a bañarse. Hacía meses que quería fotografiarlos, pero siempre se me escapaban.


—Tu padre va a cenar con Melody por el centro. ¿Vos qué querés comer?


La pregunta correcta habría sido qué querés que pida. No recordaba la última vez que mi mamá había cocinado.


—¿Querés pizza?


—Dale. ¿Jamón y morrones?


—Mitad jamón y morrones, mitad cuatro quesos.


—Dale. Pero todavía es temprano.


 Y a eso solían resumirse nuestras conversaciones. Mamá fue a limpiarse las uñas y yo subí a mi habitación. Tenía que bañarme. Si hubiéramos sido una familia de verdad, mi mamá me habría preguntado a dónde había ido, qué fotos había sacado. Me habría pedido que se las mostrara. Y yo se las habría mostrado y le habría contado que la señora de pelo violeta se llamaba Rosalía, que el Planetario estaba lleno de fans de Justin Bieber y que a los patos del lago les encantaban las galletitas. Le habría contado que había visto tantos chicos lindos… Porque si hubiéramos sido una familia unida, mis padres habrían sabido que yo era gay. Incluso era probable que Tomás fuera mi novio.


Pero no éramos una familia unida. Mi mamá había abandonado su carrera de contadora para criar a sus hijos. Era un ama de casa más. Un ama de casa con sus sueños frustrados. Y mi papá era un abogado egocéntrico al que solo le preocupaba agrandar su fortuna agrandando las fortunas de los demás.


 ¿Le habría gustado eso a mi mamá?, pensé mientras el champú resbalaba por mi pecho, por mis piernas, por mis pies. ¿Le habría gustado su soberbia, su porte distinguido, su caminar altanero?


 Salí de la ducha y me até una toalla a la cintura.


¿Y ahora? ¿Le seguiría gustando? ¿O acaso le pasaba lo mismo que a mí, que encontraba todo eso insoportable?


Cenamos mirando Shameless. Mi mamá era fanática de las comedias estadounidenses. Y yo… simplemente era fanático de maravillarme con la belleza de los actores. Desde la pantalla plana de la sala hasta podía verle las pecas de los pómulos a Cameron Monaghan. La magia del 4K.


Lo bueno de cenar mirando la televisión era que no teníamos que hablar. ¿Dije lo bueno? Quise decir lo triste.


—¿A dónde vas tan fachero? —me preguntó cuando me vio bajar las escaleras con mis pantalones y mis zapatos nuevos. Me pondría la camisa en el auto. No fuera que mi padre descubriera que estaba cansado de ser su clon adolescente.


—Sábado con los pibes —contesté.


La besé en la mejilla, perfumada con Carolina Herrera hasta en casa. No me preguntó con qué pibes y ni siquiera sospechó que fuera mentira porque, claro, no sabía que no me hablaba con los pibes desde el año pasado.


 


 


Ni bien entré en el auto, me saqué la remera que llevaba puesta y me puse la camisa blanca. Por el espejito podía ver el paquete de gomitas frutales en el asiento de atrás. Había salido temprano; apenas eran las diez y cuarto. Saqué el celular y me puse a recorrer galerías de Instagram. El tour de siempre. Fotos de conocidos, excompañeros con los que nunca hablaba (y con los que nunca volvería hablar), mis bandas favoritas, fotógrafos famosos que me gustaban… Y entre toda esa avalancha de píxeles… pechos desnudos, piernas aceitadas, sonrisas provocativas. Mis actores de porno gay preferidos, a cuyas fotos nunca les daba like para que no aparecieran en mi actividad y me delataran. Nunca les daba like, pero a veces comentaba:


 


¿Te vas de viaje, Lucas? Digo, por el bulto.


 


Siempre les hacía comentarios ingeniosos, siempre alababa su belleza. Todos los actores y modelos que seguía respondían a un mismo patrón, parecían cortados con la misma tijera. Delgados y esbeltos, con poco o nada de músculo, jovencitos y de rasgos lindos. Algunos lucían piercings o tatuajes, pero ninguno llevaba barba. Y todos, o al menos la mayoría, eran pasivos en la pantalla.


Diez y media. Increíble cómo se pasa el tiempo cuando uno se alegra la vista.


Si mi papá decía que el edificio del abuelo no era lo suficientemente glamoroso como para que un Del Ponte viviera allí, no sé qué habría pensado del edificio de Tommy. Al menos nunca había tenido la decencia de decirlo enfrente de nosotros. El muro estaba pintarrajeando con grafitis, la vereda estaba rota y justo enfrente de la puerta de entrada, algún perro había dejado un voluminoso regalo.


Me arriesgué a mandarle un mensaje por Facebook a Tommy: ya llegué, estoy abajo.


Lo vio al instante, pero no contestó. Cinco minutos más tarde, lo vi aparecer en el pasillo semi iluminado del edificio. Vestía una musculosa blanca que le dejaba los costados al descubierto. Parpadeé y sonreí, divertido. La musculosa tenía dibujada en negro el símbolo de la conejita de Playboy. Miré sus piernas largas y delgadas. Llevaba unos jeans celestes cortados por la mitad de los muslos.


Le abrí la puerta del copiloto y se acomodó a mi lado.


 


 


Un secreto


 


Mi primer amor fue un compañero del jardín de infantes. Se llamaba Matías y tenía el pelo castaño claro y los ojitos grises. No sé por qué, pero siempre lo molestaba. Le tiraba del pelo, le manchaba el delantal con témperas, le robaba los caramelos….


Histérica desde chiquita.


Pero un día se olvidó su comida y lo encontré llorando en la huerta del jardín, abajo del limonero. Me dijo que tenía hambre. Partí mi sándwich por la mitad y comimos juntos. Desde ese día no lo molesté nunca más.

Notas finales:

Dibujo de este capítulo: https://3.bp.blogspot.com/-groNFW8jVu4/WCEPWAwfObI/AAAAAAAAGkk/5MaShA6nMnYLS4kTxAG380lXXsyEMIPlQCLcB/s1600/abue.jpg

Muchas gracias por seguir leyendo esta historia :) Espero que les haya gustado el capítulo! El abuelo de Maxi es un personaje importante en la historia, lo veremos en otros capítulos también ;)

El hermoso dibujo que acompaña el capi es obra de Bárbara Schniepp. Esta es su fanpage, los invito a seguir su trabajo!: https://www.facebook.com/Noctambulando.25.horas.diarias/?fref=ts

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