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Esclavo Comprometido

Autor: Katoo

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Hoy

 

Lee SungMin estaba preparado para morir.

 

Tenía una pistola, una Glock de 9 mm que había pedido prestada a un amigo policía, y sabía cómo usarla. Tenía todos sus asuntos en orden incluido su testamento, en el que le dejaba todo a su novia, SaEun. Como socio menor de SJ Label, uno de los más prestigiosos bufetes de abogados del Sur, había muchas cosas que dejaba incluida su casa de la ciudad, el barco, el Jaguar que a ella tanto le gustaba, y una enorme cartera de acciones. Desde el punto de vista económico tenía más que la mayoría de los hombres de su edad, pero eso no lo había hecho feliz, esperaba que quizás fuera diferente para SaEun. Darle todos sus bienes materiales era lo menos que podía hacer por ella, ya que nunca había sido capaz de darle su amor. La única cosa que ella no iba a conseguir era SongYi, su husky siberiano de raza.

 

SongYi era para Kim YoungWoon, su compañero de habitación de la Universidad. SungMin no lo había visto en casi nueve años, desde la noche en que… apartó a un lado los malos recuerdos. La cuestión era que, sin importar cómo de mal habían terminado las cosas entre ellos, sabía que a KangIn le gustaban los animales y quería que su antiguo compañero de habitación tuviera algo para recordarlo, algo que era muy valioso para SungMin. Y quería que KangIn supiera que había pensado en él antes de morir.

 

Había conseguido la dirección actual de correo electrónico de KangIn de uno de esos sitios web —localiza a tus antiguos compañeros de clase— y esperaba que fuera correcta. Si no, suponía que SaEun tendría que encontrar un hogar para SongYi. No sería difícil, el husky era un hermoso animal de carácter dulce.

 

SungMin solo esperaba que si alguien aparte de KangIn se quedaba con la perra, dispusiera de más tiempo para pasar con ella del que él había tenido. Últimamente parecía que pasaba más tiempo trabajando que en casa y cuando no estaba trabajando, estaba fuera planificando la enorme boda de cinco cifras que SaEun había insistido en tener. La boda que ya nunca tendría lugar. Sentía un gran alivio por eso. Al menos no iba a tener que estar de pie frente a quinientos amigos, familiares y extraños y mentir, eso ya era algo.

 

Pensó que quizás fue la perspectiva de la boda lo que finalmente lo llevó al límite. La idea de atarse para siempre a alguien que no amaba, cuando la persona que le interesaba de verdad estaba fuera de su alcance para siempre, era demasiado. Llevaba viviendo con SaEun un tiempo ya, pero solo habían anunciado su compromiso la noche anterior en una enorme fiesta en la casa de sus padres. SungMin apenas podía recordar el contorno borroso de caras sonrientes, de manos zarandeando la suya, de voces felicitándolo por su buena suerte. Si solo supieran cómo se sentía en realidad, como si se estuviera ahogando en un mar de mentiras, luchando en una telaraña de engaños que él mismo había tejido.

 

SungMin respiró profundamente y se libró de los recuerdos de la noche anterior. Tenía que volver al asunto que tenía entre manos. La nota de suicidio, tal era en realidad, estaba terminada. La colocó con cuidado en el alféizar de la ventana de su cara casa de ciudad de más de 700 metros cuadrados. La nota simplemente decía: Lo siento. Ya no puedo seguir con esto. Por favor, perdóname. SungMin.

 

No quedaba nada por hacer excepto apretar el gatillo. Se apartó de la ventana y fue a buscar la pistola a la cómoda. Yacía como un juguete mortífero entre su reloj Omni y los gemelos tachonados de diamantes que SaEun le había dado como regalo de compromiso. Cuando levantó el frío y metálico peso del letal instrumento en su mano, dejó de examinar sus pensamientos.

 

El pesado espejo de marco de caoba que colgaba en la pared frente al aparador mostraba un hombre fornido, de un poco menos de uno ochenta de estatura, con cabello castaño y grandes ojos bordeados por densas y negras pestañas. Sus rasgos eran un poco demasiado finos, un poco demasiado delicados para ser tan masculinos como a él le habría gustado, pero entre los que tenían una —cara bonita— él no se salía de lo normal. Iba al gimnasio de forma regular para mantenerse en forma, pero no tenía músculos marcados sino más bien un cuerpo delgado de nadador. Tenía puesta una simple camisa azul sin abrochar y un par de pantalones militares que le sentaban bien, lo cual era gracioso, considerando que era la última ropa que se habría puesto nunca.

 

Mirándolo ahora, nadie podría adivinar que era el próximo en convertirse en socio del bufete y conseguir un salario de seis cifras o que iba a conseguir al casarse la máxima esposa -trofeo del sur – una debutante rubia como un bombón de una de las principales familias. Parecía más un chico cualquiera de casi treinta años que podías ver por la calle. SungMin pensó con amarga satisfacción que podían vestirlo elegantemente con un traje de Armani, a los que SaEun les tenía mucho cariño y que su padre había insistido que vistiese para ir a la oficina, en su funeral. Ahora mismo había decidido morir cómodo.

 

Fue con una mezcla de alivio y pesar que levantó el frío y firme peso de la Glock hacia su cara y deslizó la boca de la pistola entre sus labios. El cañón sabía a aceite y se sentía frío contra su lengua y él lo dirigió apuntando al paladar de su boca. Había leído historias terroríficas en Internet sobre personas que se habían lobotomizado o que se habían volado la mandíbula en chapuceros intentos de suicidio, y él estaba decidido a hacerlo bien. La bala entraría por el medio de su cerebro y saldría por la parte de atrás de su cabeza, matándolo instantáneamente. No más dudas, no más remordimientos. Solo el final de Lee SungMin.

 

Su dedo ya estaba apretando el gatillo cuando oyó un gemido intranquilo procedente del piso de abajo. SongYi andaba de un lado a otro de la cocina, las uñas de sus patas chasqueaban en las baldosas italianas importadas. Ella siempre quería estar a su lado, pero SungMin había decidido que era mejor encerrarla en la cocina mientras él hacía lo que tenía que hacer. No le gustaba la idea de su sangre salpicando su pelaje blanco como la nieve o de que pudiera colocarse de alguna manera en la trayectoria de la bala una vez que ésta saliera por detrás de su cabeza.

 

Perdona, SongYi, pensó con el dedo presionando un poco más sobre el gatillo. Te quiero, chica, pero llegó el momento de marcharme. No te preocupes, estoy seguro de que YoungWoon te cuidará mucho. Sé que siempre me cuidó mucho a mí… Empujó el pensamiento fuera de su mente rápidamente. No había tiempo para remordimientos, solo para la acción. Un apretón y todo acabaría. Una única bala era todo lo que hacía falta para acabar con la mentira interminable en que se había convertido su vida.

 

De repente, se oyeron golpes frenéticos en la puerta delantera. SungMin sufrió una sacudida y el cañón de la pistola chocó dolorosamente contra sus dientes delanteros antes de que la sacase de un tirón de su boca. ¿Qué demonios…? La pregunta apenas tuvo tiempo de formarse en su mente antes de ser contestada.

 

—¿Minnie? ¡Minnie! —Una profunda y enfadada voz gritó desde fuera. —Maldita sea, ven a abrir esta puerta ahora!

 

Solo había una persona que siempre lo había llamado así, solo una persona que era posible que estuviera en su puerta delantera. KangIn. Pero ¿cómo lo había sabido? Y ¿Por qué estaba allí? ¿De verdad le preocupaba lo qué le había pasado a SungMin después de todos aquellos años?

 

—¿Minnie? Maldita sea, ¡no hagas que tire abajo la jodida puerta! SungMin miró por la ventana. Efectivamente, era YoungWoon, su altura, su cuerpo de anchos hombros era inconfundible en la menguante luz de la puesta de sol. Alta en una esquina del cielo, se levantaba una fantasmal luna llena, de alguna manera lo hacía parecer incluso más grande. Incluso aunque habían pasado años desde que SungMin lo había visto por última vez, sabía que nunca olvidaría su poderoso cuerpo, su grueso cabello negro y sus insondables ojos negros que podían mostrar furia en un momento y  estar llenos de risa al siguiente.

 

Antes, la visión de su viejo amigo aporreando la puerta, pidiéndole que la abriera, ordenándole bajar, habría hecho detenerse a SungMin. Pero esos tiempos habían pasado y quedado atrás, cuando se habían encontrado por primera vez. Atrás en aquellos pocos y mágicos meses en los que habían compartido más que una amistad y antes de la noche que había cambiado sus vidas para siempre. Aquellos días y el vínculo que él y Youngwoon habían compartido estaban perdidos ahora, idos para siempre fuera de su alcance. Era demasiado tarde.

 

SungMin volvió a colocar el cañón de la pistola en su boca.

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