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El Primigénito.

Autor: Sirius James Black Potter

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Notas del capitulo:

Aquí traigo un nuevo fanfic, si bien no he terminado ni con el primero, me hes imposible poder aguantar a la tentación.

Como dije en el resumen, la pareja es Drarry; la principal, y la segunda en Harco.

¿Cómo? Bueno, aunque odio el Harco, quería probar algo nuevo...

Ya saben quien es el jovencito xD Digamos que cayó en otro mundo paralelo... ahí ya entendieron no?

 

Tenía tanto miedo, su cuerpo estaba caliente, y no reaccionaba a las ordenes mandadas por su cerebro. Pronto le atraparían, lo sabía perfectamente. Dolía, no entendía lo que le pasaba, su entrada estaba dilatada y mojada, su respiración por otra parte se agitaba cada vez más con cada paso que daba en el terreno llano.   El bosque daba miedo, en ese momento estaba tan oscuro... las sombras bailaban a su alrededor mientras daba más pasos tambaleantes. La luna brillaba con intensidad en el cielo, observando todo lo que sucedía bajo su reino. Más no hacía nada, nada para ayudarlo del aprieto en el que estaba. Sólo observaba, como aquellas sombras que se burlaban cuan lento que era y por seguir teniendo aquellas esperanzas.   Sus ojos empezaron a escocer sin poderlo evitarlo. Un sollozo salió de sus temblorosos labios escarlatas.   Tenía... tanto miedo.   - No...- Susurró con temor.
 
Las sombras cubrieron la luz que se amontonaba fuera del bosque, extendió su mano derecha desesperado. La luz fue cubierta por más sombras que no eran humanas.   - No, no, no...- Los ojos marrones dejaron caer las lágrimas, pese a que no deseaba derramarlas.   Después de todo era en vano.   Aquellas sombras le gruñeron, y fue ahí, justo en ese momento, cuando supo que hasta ese lugar llegaba. Las sombras fueron poco a poco aclarándose, mostrándole que no estaba tan equivocado en suponer que no eran humanos. Llevó sus manos a su pecho, aferrándose al niño rubio que miraba con odio a las ''sombras''.   Dio un paso hacia atrás, los ojos de aquellas criaturas que no había visto desde hacía años se acercaban a ambos con pasos amenazantes. Pensó en correr hacia atrás, sin embargo, algo, o mejor dicho alguien, interfirió en su huida.   Una respiración en su cuello logró que su propia respiración se entrecortara.   Conocía muy bien ese aroma.   Otra vez había perdido.   Las manos del hombre detrás suyo, grandes y cálidas, envolvieron su estómago...  
Sus ojos se abrieron lentamente, pestañando al mismo tiempo, se levantó del colchón viejo y lleno de moho. Llevó su mano izquierda a su frente, la tocó y comprobó lo mismo que sucedía desde que tenía memoria. Soltó la mano de aquel lugar y sus ojos flaquearon al ver la sangre en ella. Resistió el impulso de llorar de rabia.   Otra vez había sucedido.   Y otra vez estaría en problemas; se dijo al ver el reloj también viejo al lado del colchó tirado al suelo. Eran las ocho y media, debería estar despierto a las cinco y media, como siempre. Su rostro se contrajo debido al temor. Tocó su costado derecho, notándolo inflamado. Tenía una costilla rota.   Mordió sus labios al observar el camino de moretones debajo de su camisa enorme que sólo cubría lo necesario. Sus piernas pequeñas, llenas de cortes y marcas que tardarían en sanar, temblaron al sentir la brisa de la habitación helada. Ahogó un sollozo.   - ¡Despierta mocoso! - Escuchó el grito del hombre obeso- ¡Es hora de trabajar!- Abrió los ojos al saberse descubierto.   Su cuerpo dolería apenas cruzase esa puerta exclusiva para el perro de la casa; su único amigo, quien ahora gruñía furioso mientras veía la puerta.   Le sonrío, diciéndole en silencio que volvería. El perro siberiano aulló, provocando que riera al escuchar el grito del joven que dormía arriba.   - ¡Jodido perro de cuarta!- Gritó Dudley.   Su sonrisa se borró al pensar que esta vez no saldría bien parado.   Gateó hasta llegar a la puerta, salió de ésta temblando del miedo. Al salir, levantó la vista al ver la sombra de la foca que tenía como jefe, como a él le gustaba que le llamasen.   Apenas levantó la vista, su cuerpo impactó al suelo con brutalidad al recibir el golpe de Vernon. Cubrió su rostro, pero algo cambió en esa escena, porque, como normalmente cubría su rostro con sus antebrazos, ahora éstos rodeaban su estómago, como si de un reflejo se tratase. Sin reparar en ese hecho, sintió como los golpes iban incrementando en su rostro, sentía la satisfacción del que se hacía llamar su tutor.   El que le recogió cuando era un bebé de apenas un año, jurando ''protegerle'' ante la atenta mirada de los policías. Cuan ilusos habían sido ellos, sino fuera porque ellos estaban en ese maldito lugar, Vernon lo hubiera dejado votado en el mismo lugar donde le encontró llorando.   Su vista se fue tornando borrosa, no reparó en que Vernon la agarró del cuello y lo llevó hasta la puerta, para abrirla y tirarlo en el comienzo del bosque.   No notó como el pequeño charco de agua en el que estaba le hundía de poco en poco, reaccionando al dolor del joven, buscando cumplir con el deseo que el niño escondía con toda desesperación.   Merlín le ayudaba, más no lo sabía.   Su cuerpo en verdad dolía.   Después de interminables horas, viendo como el cielo se oscurecía, su cuerpo fue cargado por unas grandes y calidad manos. Escuchó varios susurros y gruñidos, más sus ojos sin oponerse a la orden de su cerebro se fueron lentamente cerrando.   No esperaba que al abrirlos que encontraría en una situación difícil de creer.
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