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La miserable compañía del amor.

Autor: CieloCaido

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Notas del fanfic:

Re-subo esta historia. Ojala les guste mi pedacito de melancolía implantada en este nuevo proyecto.

La página en facebook de esta historia: La miserable compañía del amor.

Mi twitter: Angel Travieso

Advertencia: Esta es una historia sencilla. Sin grandes melodramas. Sin grandes personajes. Sin tanto trabalenguas. Simple. Como una hoja blanca. Si os gustan este tipo de historias, entonces, adelante… 

La miserable compañía del amor.

Capitulo 1: Luzbel.

 

Había estudiando durante mucho tiempo…

Desde que era un niño mis padres fueron constantes en mis clases. Debía ser un genio por obligación. Erguido, con la cabeza en alto, y muy buenas calificaciones, casi nunca había fracasado. El fracaso no era aceptado. Esa palabra me era altamente desconocida, ya que siempre trataba de cumplir las expectativas de mis padres. Por eso mis calificaciones siempre fueron altas, el mejor del salón sin duda alguna. E incluso fui el que dio el discurso de clase al graduarme.

 Y como tenía un excelente promedio pude entrar sin dificultad en la universidad. Y claro, también eso se debió a los contactos de mi padre…

A mi tierna edad de diecisiete años aun no sabía qué estudiar, qué hacer con mi vida.  Mi padre, como buen cabecilla que era, desaprobaba mi indecisión. Mi falta de personalidad. Así que escogió por mí la carrera que debía seguir por todos esos años. Y yo, como buen hijo que era, que no fracasaba, y mucho menos desilusionaba a sus padres, decidí seguir el camino que él me imponía.

Y acepté estudiar medicina…

Al principio no encajaba muy bien con la carrera, sin embargo, al pasar el tiempo me adapté. Entonces, comencé a amar la medicina. A amarla de veras. Comencé a amar curar heridas, amar salvar vidas y en eso se convirtió mi existencia.

Pero entonces ocurrió algo que cambió todo mi mundo. Lo puso patas arribas. Lo zarandeó hasta el punto en que estaba tan mareado que no podía mantenerme en pie, sino caer, caer, y caer…

–¡Lo perdemos doctor! –mi colega me avisaba acerca de aquel inminente final.

Después de graduarme quedé trabajando en el sitio donde había hecho pasantías. Aquella  era mi primera operación desde que había comenzado a trabajar, sin embargo el paciente en mis manos…

–¡Se ha ido Franco, no hay nada que hacer! –era verdad, había perdido la vida de un paciente en medio de una operación y con ello fue mi primer fracaso. La primera mancha en mi historial en blanco.

–Hicimos todo lo que pudimos –dije a los padres de mi ex paciente. Tenía un nudo en la garganta y se me aguaraparon los ojos. Me era difícil mantenerme en pie.

Yo había fracasado y aquello era un golpe difícil de digerir, ¿Cómo explicarlo? Lo que sentía era algo así como un quiebre, como el de la pista de hielo al ser golpeado con mucha fuerza y empieza a formarse una grieta. Gruesa y helada. Permanente y amarga. Y escuchar el llanto de aquellos padres me perforó el alma. Fusiló lo que yo era. Hizo que la grieta se abriera más y más hasta desmoronar la bonita pista de hielo que había construido. Todo se vino abajo y me vi sumergido en la fría y helada agua.

No había soporte ni tampoco salvavidas, no había nadie en quien apoyarme y fue cuando me empecé a hundir de veras.

Y no pude con aquello, simplemente no pude con tanta agonía. Con tanto dolor y sangre en mis manos. Cargaba una piedra sobre mi cabeza y solo me hundía en arenas movedizas. Cuando llegué al fondo… cuando sentí la inmensa oscuridad abrumarme… decidí huir... Sí, huí; de mis padres, del hospital, de mi vida… huí del Dr. Franco Teruel.

Huí de quien decía ser.

Aquella noche, entre lágrimas amargas y llenas de bilis, tomé mis pertenencias y las metí en un morral sucio y viejo. Tomé mis ahorros y me fui de casa. Tomé mi maltrecho espíritu y decidí remendarlo lejos de allí. Donde nadie me conociese. Me alejé para dejar de ser aquel doctor y convertirme en un completo fracasado.

–Franco, cariño; un niño vomitó en los baños –una voz femenina me sacó de mis recuerdos–. Por favor, ve y limpia aquel desastre antes de que alguien se caiga –justo en ese momento cambiaba una bombilla del aula de clase.

–En seguida voy, Marisa –dije mientras abajaba las escaleras y conducía mi cuerpo hacía el baño de niños de aquella escuela.  

Ese era el nuevo yo; un bedel al que pagaban por trapear el piso y mantener todo limpio. Pase de ser un prestigioso doctor a un bedel sin clase. De eso ya han pasado tres años.

Me dirigí con pasos tranquilos hacia el baño de niños, era lo último que iba a hacer en el día ya que mi turno estaba por terminar. La primera vez que había llegado a ese sitio, recomendado por un conocido, la gente no me miraba con tan buenos ojos; era atractivo y joven, parecía alguien que debía de estar en una oficina dando ordenes y no alguien que pudiese ser el papel de un bedel. Sin embargo, aun con algo de suspicacia, me dieron el trabajo. 

Mis palmas se llenaron de cayos de tanto trapear el piso, adquiriendo dureza, arrugas… Mis manos, antes suaves y agiles, se volvieron ásperas y rudas. A veces observo su metamorfosis y no me importa, no me interesa que se desgarren como garras porque al fin y al cabo no había nadie a quien regalar caricias. Nadie a quien yo pudiese permitírselo. Recordé entonces que también había dejado atrás una linda novia, una chica que también era doctora; también huí de ella sin darle explicación.

Si que soy un cobarde…

Al finalizar mi turno, decidí irme. Tomando mi moto ruidosa en aquel día gris y frío que no daba tregua, me dirigí a la cita que tenía con el dueño de una residencia.

La elegancia con la vivía antes también desapareció. Ya no había suaves sabanas caras, sino sabanas delgadas, casi transparentes. Ya no había humeantes comidas recién hechas. A veces sólo me conformaba con una lata de sopa que pudiese comprar en el supermercado. Ese lujo se había terminado, y ahora me tocaba conformarme con lo que encontrase. Vivir en una residencia barata formaba parte de eso.

En la habitación que rentaba antes me habían dicho que no podía seguir allí porque la dueña de la residencia iba a meter a su hijo en la pieza que yo tenía. No tenía opción, hasta hoy me habían dado chance de tomar mis cosas y largarme. No quería dar lastima así que no dije nada cuando me dieron aquella fatídica noticia, mantuve una cara de póquer y asentí reservado.

Por eso, en aquel momento, me dirigía en silencio al nuevo sitio donde tenía pensado quedarme. No era algo seguro, y si no conseguía el lugar tendría que hospedarme en un motel.

Sin darme cuenta, había llegado al lugar. Llegué a una casita pequeña, no muy ostentosa que quedaba cerca de la ciudad. Era un barrio, si era peligroso o no yo no lo sabia, aunque si se llamaba barrió por algo era. Dejé mi moto aparcada en la entrada y toqué la puerta con moderada educación, quería dar una buena impresión para que me rentaran el lugar, ¿La razón? Esta más que claro: no tenía a donde ir.

–Ya voy –escuché que dijeron del otro lado de la puerta. Era una voz cantarina y clara como el agua. Suave como los copos de nieve al caer sobre la piel. Una voz que se quedaba en la conciencia minutos después–. Disculpa, es que estoy lavando –quien me abría la puerta era un chico joven. Rubio. Muy risueño por lo que parecía. Se veía despreocupado y una sutil sonrisa decoraba su cara–. Pasa, pasa. Me llamo Luzbel.

–Franco Teruel– dije entrando al modesto lugar, visualizando como era por dentro; el televisor estaba en la sala, acompañado por un único sofá negro. El piso no tenía alfombra y estaba hecho de baldosas color beige. Había un pequeño estante lleno de libros desordenados, tantos que ya no cabían en él. Casi metidos a la fuerza en el pequeño espacio. No había fotos, solo pinturas decorando la pared. Una ventana, decorada por una cortina bonita y sencilla, permitía visualizar la casa de al lado.

–¿Y bien, qué te parece?

–Aun no he visto el cuarto –comenté taciturno. Eso era lo más importante; conocer donde iba a dormir. Lo demás no me interesaba mucho.

–Es cierto –asintió sin dejar de sonreír. Qué curioso.

Me di la tarea de detallarlo, admirando cosas que antes no había visto. Me fije más en como era; tenía una cara afilada con rasgos suaves y masculinos. Cabello rubio claro. Ojos marrón suave, casi amarillos. Casi dorados. Tenía un aire tan tranquilo como su voz, despreocupado, con un cuerpo menudo cubierto por una franelilla blanca y pantalones gastados y rotos. Le calculaba veintidós años como mucho.

Él me guió hasta la habitación. Nuestros pasos sonaron en el piso, aunque sólo eran los míos porque él iba descalzo. Entró a un cuarto y yo le seguí. Supuse que era el cuarto que rentaba. Era grande, mucho más de la que tenía antes.

–La habitación es para ti solo. Si quieres traer a alguien para pasar un rato está bien, esas cosas no me importan mucho mientras no se queden permanentemente. La ropa puedes lavarla aquí, tengo una lavadora. Es vieja pero lava bien, así no gastas dinero en lavandería. También puedes cocinar, no tengo rollo en compartir la comida que tengo pero eso si, tienes que también traer abasto a la casa, ¿Comprendes?

Asentí impresionado por todas las libertades que me daba.

–Entonces, ¿Cuánto es la renta?– pareció meditarlo un momento. Se cruzó de brazos, miró el suelo, siguió pensando. Luego me miró a mí, fijamente, sin pestañear siquiera. Y sus ojos me resultaron tan claros como un lago, transparentes y profundos. Intimidantes. Casi podía verme en ellos y no me gustaba.

–Normalmente cobro mil trescientos bolívares, pero a ti te lo dejare en novecientos –asentí aliviado–. Bueno, te dejaré solo para que desempaques –caminó fuera del cuarto, sin embargo, antes de salir se detuvo y me miró nuevamente, esta vez tenía una sonrisa divertida–. Por cierto, en las noches nunca estoy aquí por lo que tienes que cuidar de la casa.

–¿Eh?

–Soy prostituto y los prostitutos trabajamos de noche –explicó como si hablara con un niño particularmente estúpido–. Así que si no te molesta compartir la casa con un puto, entonces puedes quedarte. Pero si te molesta me temo que no podremos congeniar bien.

–No me molesta –respondí un tanto sorprendido por aquella revelación.

La verdad era que no me importaba que trabajara mientras no me molestara. No era necesario que fuera tan sincero sobre su “especialidad”. No obstante, aquello sólo era una de sus muchas cualidades y defectos.

–Que bueno. Soy prostituto. No de los que se venden a las viejas, sino que me abro de piernas a los hombres –“¡Es homosexual!” pensé sorprendido y casi aterrado–, así que no vayas a andar en cueros por allí porque podría lanzarme sobre ti –carcajeó ligeramente divertido por la expresión de terror en mi cara–. Tranquilo, hombre. Era una broma. Dentro de mi política no esta en tener relaciones con mi compañero de casa, pero si quieres y tienes plata  puedo abrirme de piernas cuando quieras. Soy de esos que dan su cuerpo a quien quiera pagar por el. –me guiñó el ojo medio serio, medio en broma.

Decir que me quedé petrificado era poco. Estaba algo más que horrorizado. Salió del cuarto riéndose por lo bajo, así que tomé aquello como una broma. Lo cierto era que ese chico me resultó curioso, más de lo que imaginaba. Llamaba mi atención de la misma forma que el viento lo hace cuando te mueve el cabello.

¿Qué podría contarles de él? Puedo decirles que era pálido, casi como si nunca tomase el sol. Como si estuviera enfermo. Les diría que cuando me recibió ese día en su casa estaba descalzo, tenía los pies pequeños y movía los deditos sin darse cuenta. Les contaría sobre su boca y aún así no podría describir jamás el rosado de sus labios. Nunca podrían entender que no eran ni finos ni gruesos, que tenía una boca pequeña que parecía sonreír con mucha frecuencia. Les diría que era prostituto y no le daba pena decirlo, lo aceptaba y hacia gala de eso. Pero sobretodo les diría que era tremendamente sincero. Sí, pero también era cruel. De eso, por supuesto, que no lo sabía en aquel entonces, ese rasgo lo conocería más adelante. No era como si torturase a la gente con látigos o lastimara animales por placer, no. Él lo era de otra manera, era tan sincero que esa sinceridad lo hacia cruel.

Y ambos, su vida y la mía, era miserable, tan miserable que me arrepentiría de haber ido a aquel lugar. Pero claro, eso también lo conocería más adelante, cuando ya estuviera tan perdidamente enamorado de él que me olvidaría que yo solo era un bedel que trapeaba el piso de una escuela.

 

 

 

 

 

 

 

Notas finales:

Como lo dije antes: nada fuera de lo normal.

Gracias por haber leído.

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