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Pedazos del corazón... Pliroy Yuri On Ice

Autor: konohanauzumaki

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El teléfono celular de Yuri Plisetsky había sonado un centenar de veces desde que el atardecer había comenzado a caer. Ahí, sobre la cama vacía del ruso, parecía que no dejaría de sonar. En tanto, en el alféizar de la ventana, él miraba sin mirar el paisaje fuera, con las luces de la ciudad comenzando a encenderse y con la necesidad de abrazar sus piernas lo más posible pegadas a su cuerpo, como quien no quiere soltar algo... Como quien, necesita de alguien.

En el transcurso de una hora más, el celular sonó de forma casi continua, aunque eso no parecía inmutar al joven, quién su tristeza no ocultaba al rostro reflejado en el cristal, lleno de gotas escurriendo de la lluvia fuera.

Cuando dieron las ocho de la noche, harto del sonido del celular, Yuri se puso de pie y lo tomó, viendo en la pantalla más de trescientas llamadas perdidas, todas de un mismo número...

Enojado y en un impulso, las llamadas intentó borrar... Pero, lo único que logró fue contestar la llamada entrante fortuita que, le hizo quedarse helado al instante...

 

—Yuri, sé que estás ahí... Responde por favor.
Ante la voz del chico al otro lado del teléfono, el ruso, helado, decidió palabra no decir. Aunque, eso no le importaba al hombre tras el teléfono.
—Yuri, aunque no me respondas, sé que me escuchas, y... Solo quiero hablar contigo, un momento. Por favor.
—Tu y yo no tenemos ya más de qué hablar, J.J. —contestó el rubio, con un tono tan frío como el invierno de su tierra natal.
—Por favor Yuri. Solo, dame cinco minutos. Es todo lo que te pido. Tú dime dónde y cuándo y ahí estaré.

 

Plisetsky apretaba sus labios con enojo, y, mirando las inclemencias del tiempo por su ventana, atinó a decir únicamente.

—Te veo en diez minutos en el parque junto a la pista de hielo. Si no estás, me iré.
—Ahí te... —respondió el canadiense, sin terminar al escuchar el ruido del teléfono colgar del ruso.

Tomando su chamarra amarilla y un paraguas negro, Yuri salió del lugar, mirando la hora en su reloj: eran las siete con trece minutos de la tarde.

El camino al parque le llevaba diez minutos, pero, decidió apretar el paso para que J.J. no alcanzara a llegar y así, no hablaran... Eso es lo que menos quería el de ojos verdes que pasara, porque sabía que no lo podría soportar.

 

La lluvia era constante, volátil con el fuerte viento llevándose todo al paso, y helada. Casi no había gente en las calles, y mucho menos, el ruido habitual de la ciudad. Todo era la tormenta, y el vendaval de pensamientos en el rubio, quien, mirando en su reloj las siete con veinte minutos, al parque llegaba, listo para darle el plantón al de cabellos ébanos, y así no enfrentarle... Aunque, era demasiado tarde.
—Yuri, hola —pronunció el canadiense, al mirar llegar al joven. Con una chamarra negra y un paraguas a juego, parecía exhausto del esfuerzo para haber llegado a tiempo.
—No creí que llevarías —contestó Yurio de forma irónica, llegando hasta él.
—Sabía que pensabas eso, por eso tuve que hacer ocho minutos en un trayecto que normalmente me lleva veinte.

Plisetsky no dijo nada ante ese hecho, y se sentó a una banca, bajo la tormenta, lo que imitó su acompañante, para quedar unos segundos mirándose bajo el diluvio sin arcoíris.

—Gracias por venir. En serio, necesitaba que me escucharas.
—No tengo nada que escucharte. Vine para que dejes de estar llamando dos horas seguidas a mi número celular. Es todo. Y eso es por lo que yo vine, para pedirte que me dejes en paz.
—Yuri, sé que fui un imbécil, pero, tienes que escucharme siquiera, y...
— ¿Y? Ya todo está claro J.J. Todo —respondió Yurio, con una tristeza que invadió el cuerpo de Leroy al mirar sus pupilas expresar ese sentir.
—Quizás para ti, pero no para mí. Quizás para lo que viste, pero no para lo que es... Quizás aún nosotros...
— ¡No hay un nosotros! —gritó el rubio, apretando sus puños, impactando al de ojos negros, al tiempo de sonar un trueno portentoso caer— y no lo habrá jamás. No J.J., ya no...

Y así, ante el rostro asombrado y triste del moreno, el ruso comenzó a recordar el suceso que lo llevaba en esa tarde de tormenta, a querer alejar de su vida al chico que solo quería poder hablar con él.

 

Meses atrás...

Cuando Yuri conoció a J.J., le pareció un sujeto terrible, de esos que fanfarronean con lo que se supone que son, pero, sobre todo, le detestaba por ser tan talentoso y parecer que era tan fácil. Él, quien había entregado seis meses a un entrenamiento tan fuerte que le hacía derramar sangre, sudor y lágrimas, tenía que enfrentar a un tipejo que se vanagloriaba de sus aptitudes, y que, de paso, no paraba de molestarlo por nada.

"Lo detesto tanto" era lo que siempre pensaba para sí el ruso, esforzado por ganar su primer Grand Prix. Y, al final, con la mezcla de habilidad y suerte sonriéndole, a este premio se hizo acreedor, haciéndolo campeón del mundo, y, la nueva estrella de patinaje... Una que, solo pensaba como restregarle en la cara su triunfo al sujeto que a cada momento que podía, le hacía bullying por ser novato.

Cargado de flores, unos girasoles, de su medalla y un gran orgullo, Plisetsky decidió no dar entrevistas con tal de ir a presumir su triunfo al chico tatuado. Y, sin tener que mucho buscarlo, en el vestidor del equipo de Canadá, lo encontró, a solas, con sus lágrimas y su dolor.

Aquello era un cuadro surrealista. El patinador más engreído y confiado de todos, estaba llorando por su tercer lugar en el GP. Yuri no lo podía creer, ni J.J., el que su rival estuviese ahí.

 

—Yuri, ¿Qué haces aquí?
—Solo... Olvídalo. Y, deja de llorar. Ganaste el tercer lugar, no sé qué te pasa —reprochó el pequeño, frunciendo el entrecejo.
—Lo siento, solo que quería haber dado más y... No tienes por qué verme así, ve y disfruta tu triunfo —agregó el de ojos negros, limpiándose las lágrimas y fingiendo que estaba bien.
—Venía a restregarte mi triunfo en tu cara, pero veo que no tiene caso —dijo el rubio, acercándose y poniéndose frente a su rival—. Lo hiciste bien, es lo que debe importarte.
—Le fallé a todos. Al final, no fui más que el cúmulo de todas aquellas palabras que te decía en el torneo.
— ¿Te refieres a que era débil y un niñito?
—Exacto. Lo lamento Yuri —confirió J.J., mirando hacia arriba al ruso, con una expresión que no evitó al pequeño hacer sonrojar.
—No necesito tus disculpas. Lo hecho, hecho está —contestó, desviando su mirada, el de ojos
verdes, sintiendo aún más el sonrojo en su rostro.
—Aun así, me disculpo. Fui un imbécil.
—Y que lo digas...
—Pero —agregó el moreno, poniéndose de pie y jalando la atención del ganador de inmediato—, esa era la única forma que encontré para poderme acercar a ti.
— ¿Y no pensabas que te podías acercar con un "hola"? —reprochó Yuri, torciendo su boca.
—Pensaba en que, de esa forma, no podría tus más íntimas expresiones, conseguir —enunció J.J., tomando a Yuri de ambos brazos, para, ante el impacto del joven, a su oído, agregar—, ni poder de esta manera, acercarme a ti...
—J.J., ¿Qué estás...? —dijo Plisetsky, totalmente sonrojado, sin terminar al interferir el hombre frente suyo, al agregar.
—Yuri... Me gustaste desde que te vi. Me gustas ahora, tanto que, no puedo dejar de pensar en ti —y, acercándose a su rostro, en un susurro, cerró—. Y si sigues mirándome con esa carita, sé que voy a terminar enamorándome de ti...

Ante eso, en el silencio solo roto por las tuberías del lugar, J.J. besó a Yuri, no solo haciendo que dé la impresión, el rubio soltara las flores, cayendo estas al suelo, sino dándole su primer beso...

 

Tras ese pequeño suceso, y aunque un poco a regañadientes por parte del ruso, J.J. decidió ir con Yuri a San Petersburgo, y, además de entrenar juntos, empezaron a salir. Lo cierto era que Leroy no dejaba de ser bromista con Plisetsky, pero el último ya tomaba las cosas con humor. No hizo falta mucho tiempo para que Yurio terminara sucumbiendo ante lo que J.J. le hacía sentir en su corazón cada vez que lo veía, ni para que, J.J. pudiera besar al joven a su antojo, presa de esos ojos que solo al verlo, brillaban con más fuerza.

Y, todo parecía bien entre ambos. Llevaban dos meses viviendo juntos en el apartamento de Yuri, sin pasar la línea de la intimidad, pero, conociéndose cada vez más. Su rutina diaria era especial: entrenar juntos, salir a caminar por las tardes a un parque o cafetería, y regresar por la noche a ver la televisión o jugar videojuegos, abrazados en el sofá de la sala. Hasta entonces, todo parecía perfecto, y, sin embargo, una tarde, el joven canadiense recibió una llamada que no podía ignorar.

— ¿Quién era? —preguntó Yuri, saliendo de la ducha, tras el sonido del teléfono.
—Era, mi familia. Necesitan que regrese a Canadá —contestó, decaído, el joven, llenando de un miedo y tristeza totales al de ojos verdes, al pensar en ese idilio, separar.
— ¿Todo está bien?
—Sí, pero mi familia tiene un rancho allá y necesitan que regrese. Dicen que ya me fui mucho tiempo, por lo que, quieren que vaya a verlos unas semanas. Me servirá para decirles que, en adelante, entrenaré en otros lugares; lo necesitan saber.
—Cierto. ¿Cuándo te vas?
—Me compraron un boleto para hoy por la noche. Lo siento Yuri.
—Descuida. Ve y arregla todo. Aquí estaré esperándote —terminó el rubio, con su sonrisa tranquila, corriendo a abrazarlo tras eso el canadiense, al sentir su apoyo.

 

Por la noche, los dos jóvenes en el aeropuerto, estaban listos ya para despedirse. Era algo momentáneo, pensaban, pero no quedaba de otra.

—Te empaqué piroshkis para el viaje y algunas golosinas —dijo Yuri, dándole una bolsa de colores a su pareja.
—Gracias Yuri. Volveré pronto.
—Lo sé, yo mientras entrenaré como loco —agregó el rubio, enérgico.
—Eso espero —contestó J.J., y, abrazándose, susurró al oído de su chico—. ¿Sabes? cuando regrese, sé que te habré extrañado tanto, y a tu cuerpo, que no podré contenerme más...

Ante el rostro colorado de Yuri, y un corto beso de amor, los dos, con una sonrisa, se despidieron. Y, ante la promesa de ser pocos días los que estarían separados, Plisetsky retomó su vida normal.

 

Presente...

La lluvia arreciaba, como el enojo mezclado con dolor de Yurio. Su interlocutor no sabía qué hacer, no ante la postura que había tomado.

—Había un "nosotros" antes de irme a Canadá. No puedes haberlo olvidado.
—No lo olvidé yo, pero para ti nunca así fue.
—No es así, y lo sabes. Sabes lo que siento por ti Yuri, que te…
—Lo único que sé —interrumpió el rubio, furioso y aguantando las lágrimas de enojo y dolor, es aquello que vi y que hizo que acabara ese “nosotros”. Ya no hay nada que recoger, donde tu rompiste lo que fue.
—Yuri, escúchame, lo que pasó, todo… —pidió J.J., queriendo tocar al joven, quien, se puso de pie de golpe, para gritarle, en llanto ya no soportable, lo que sentía.
—Todo fue mi culpa por creer en ti. Siento envidia por el yo que era antes de ser el que ahora tendré que ser… Por tu culpa. Por creer en que un día sentiste algo por mí. No hay nada de qué hablar, cuando solo me hiciste daño, cuando yo todo te lo entregué.

Entre la tormenta, la cara llena de lágrimas de Yuri, bajo su paraguas negro, hizo sentir una muerte lenta a J.J., quien, parándose frente al de ojos verdes, mordiéndose los labios, únicamente pudo expresarle.
—Perdóname…
— ¿Perdonarte? Agradece que te vine a ver, para que me dejes de molestar. No me interesa lo que me viniste a mentir. Lo cierto es que, solo quiero que dejes de hacerme más daño, con tus palabras caducas, y lo que no es. No quiero volver a verte.
— ¡Yuri! — gritó con desesperación el moreno, lanzándose a abrazar al joven, tirando los paraguas de ambos, en un toque estrecho que no permitía a Plisetsky moverse, y que dejaba al canadiense sentir de nueva cuenta la calidez del rostro que lloraba por su causa.

 

Pasado…

Ante la partida de J.J., ambos hablaban todas las noches, durante breves minutos. El de ojos negros le contaba a su pareja sobre la ayuda que le estaba dando a sus padres ahora que les había dicho que ya no volvería al rancho, así como arreglando todos los detalles para su cambio de residencia. Se escuchaba triste al teléfono con cada día que pasaba, y aunque Yuri intentaba animarlo, sentía que el joven lo necesitaba.

Uno de esos días, tras una semana de la ausencia de J.J., y su continua promesa que no pasaría de dos semanas de estar en Canadá, el ruso tomó la decisión de ir a visitarlo a su hogar. Sería una sorpresa para animarlo, y, a su vez, para ayudarlo con lo que necesitara de traslado… al final, los dos iban a vivir juntos, y eso, emocionaba de sobremanera al campeón mundial.

Sin avisarle, salió rumbo al país de la hoja de maple tan pronto como colgó de su llamada habitual nocturna. Tras casi doce horas de vuelo, llegó el rubio al hogar de su pareja. Solo bastaba hallarlo, pero, sabía que no le sería tan difícil. Unas cuantas preguntas por aquí y por allá a sus amigos patinadores, y, la dirección de Leroy estaba lista.

Al llegar al rancho, el joven se sentía un completo extraño. Muchas cosas le pasaban por la cabeza, entre que conocería a sus suegros, o que, no sabía cómo lo tomaría J.J.; pero, sobre todo, le rondaba la idea de la forma en que lo iba su pareja a presentarlo con los demás. “Novio”, “Amigo”, “Un compañero”. Eso hacía al rubio sentir arcadas, pero, con más ganas de ver al moreno que de eso pensar, se encontró con una mujer al camino. Empezaba a caer la noche, y, tenía que dar con él antes de su llamada nocturna.

—Hola, disculpe, busco a J.J. Leroy. ¿sabe dónde puedo hallarlo?
— ¿Eres algún admirador suyo del patinaje? —cuestionó la mujer, de unos setenta años, cargando una cesta de flores.
—No, soy su amigo y…
—Entonces, ven conmigo que se hace tarde —le interrumpió la mujer, y, jalándolo de la muñeca, se llevó al chico consigo. Tras unos minutos de andar por el camino, llegaron ambos a la entrada de la casa, donde, se oía mucho barullo y había globos, flores y demás cosas de una celebración. Ella puso las flores, girasoles, en un florero, y, se desapareció ante el llamado de unas personas. Yuri no entendía nada, ahí, con su maleta de rueditas y su ropa de turista. Solo le preocupaba que su llamada no se atrasara, y dar cuanto antes con J.J.

Tras buscarlo por la casa, decidió sentarse en las escaleras de la entrada. Mejor le marcaría y así ya sabría donde hallarlo. Y eso hacía, cuando, un golpeteo de copas escuchó en el interior, y, con el celular a punto de marcar, a la casa entró de nuevo. Abarrotada de gente muy alta, apenas podía ver algo, mientras empujaba por hacerse un espacio, cuando empezó a escuchar…

—Bueno, les agradezco que hayan venido todos. Como saben, hoy es un día especial, sobre todo para la familia Leroy. Así que, denle un aplauso a mi hijo J.J. —dijo un hombre, para, ante los aplausos de todos, en el espacio estrecho de la sala del lugar, el rubio no poder pasar, pero si escuchar la continuación, mientras se abría un hueco—. Y ahora, denle un aplauso doble, ya que hoy, él y su bella novia Isabella, se comprometerán.

Esas palabras dejaron helado a Yuri… Para, abriéndose un espacio en la habitación, quedando casi al frente de la muchedumbre, poder ver a una mujer de su brazo tomado, y a él, mirando el suelo. Sintiendo en el alma el dolor más profundo imaginable… Sin darse cuenta, apretando el botón, y…

— ¡Por fin, después de años de noviazgo, J.J. e Isabella se casarán! —exclamó el señor Leroy, al unísono de darse cuenta J.J. de que su celular sonaba, y, al contestar, escuchar aplausos… los mismos aplausos que, en ese momento, inundaban el lugar.

—Yuri… —enunció J.J., atónito y quedándose sin respiración.
—J.J. —dijo el ángel, en un hilo de voz, para sí mismo, justo frente al canadiense, con el teléfono en la mano, sintiendo su cuerpo frío y su corazón romper, empezando a derramar unas calladas lágrimas. Al instante, se echó a correr, empujando a la gente, no queriendo saber más de J.J., llevándose al correr el jarrón con girasoles en la entrada, rompiéndose al caer en los mismos pedazos de su corazón, para, al jalar su equipaje, intentar perderse en el camino.
—Espera, ¡Yuri! —gritó, siguiéndolo, pero, al llegar a la entrada, con el agua del jarrón, resbaló y en el inicio de las escaleras cayó, con la mano sangrándole, y, viendo como se le iba la vida entre las manos.

Dejando en aquel momento, entre la nieve derritiéndose, pedazos del corazón…

 

 Continuará…

 

Notas finales:

Gracias por leer. Espero sus reviews!!

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