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Autor: CrawlingFiction

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Notas del fanfic:

Ninguno de los personajes aquí me pertenecen originalmente, sus hermosas caras son propiedad de la Jellyfish y su contrato esclavista.

••••••

Risas, chistes y bromas eran el motivo de reunión para el grupo de chicos adentro de un salón de clases vacío. Llovía a raudales por lo que optaron en aprovechar alguna aula y pasar el receso allí reunidos, platicando entre sorbos de leche de frutas y bolsas de galletas, en reemplazo del buen soju que seguramente estarían bebiendo a escondidas en otra ocasión. La puerta entreabierta filtraba la brisa fresca y el murmullo casual de los demás estudiantes que vagaban por los salones sin mayor alternativa.

WonSik recargado del marco carcajeaba sin aliento por las ocurrencias de Ken, como era de esperar siempre que su viejo grupo del colegio y él, pese a estar dispersos en secciones distintas, se reunían.

—¡Te juro! No podía creerlo—. Estableció Ken sorbiendo ruidosamente del sorbete de su leche de fresas. A su lado HongBin y le miraba con una pequeña risita aflorando de sus labios, compartiéndole de sus galletas. —¡A esa chica le gustaba mi grito se pterodáctilo! —. Exclamó atónito, al igual que sus amigos incrédulos.

—Eso debió ser producto de un sueño—. Comentó N frunciendo el ceño con esa aura temperamental que le caracterizaba a flor de piel. —¡A nadie le gustaría que le griten así en la cara en una primera cita, JaeHwan! —. Los demás carcajearon, haciendo al rubio abultar los labios en un puchero.

—Preséntala para preguntarle—. Sugirió malicioso HongBin siendo seguido por los gritos asertivos de su alma gemela en el mal, Hyuk.

—¡No puedo! —. Gritó para hacerse oír en medio del jaleo del trío de idiotas y la risa escandalosa de WonSik al fondo.

—¿Por qué? —. Inquirió Hyuk.

—Me rechazó después... —. Confesó haciendo reír a los demás que comenzaron a zarandearlo. WonSik recargado del marco de la puerta observaba la escena con una sonrisa en los labios. La risas y burlas de N, Hyuk, HongBin y la suya propia eran desastrosas.  WonSik todavía riendo entre dientes miró de reojo afuera del salón. No hacían nada malo como para temer un regaño, pero sintió de momento unos ojos clavados en él. Giró la cabeza por instinto. No había nadie.

—¿Eh? Larva, ¿Qué pasa? —. Preguntó Ken caminando hacia su dirección, posiblemente para distraer la atención de los demás de su persona y dejar de ser la víctima del resto.

—¿Huh? —. Balbuceó ofuscado regresando la mirada al interior del aula de clases. —Nada, vi mal—. Explicó rápidamente dando un sorbo de leche.

—¿Qué te pasa? ¿Ya andas paranoico? —. Cuestiono HongBin con una adorable sonrisa que camuflaba correctamente lo ácido de su pregunta. Antes del mayor poder responder, HongBin interrumpió. —Debes dejar de ver películas de terror con JiWon, gallina.

—¡No me dan miedo! —. Replicó rápidamente antes de que todos se ensañaran con él. —Las veo para defenderla—. Añadió cogiendo un puñado de galletas que arrebató del molesto HongBin, llevándoselas a la boca.

—¡Duermes en el suelo de su cuarto para estar con ella! —. Acusó Ken uniéndose al juego. WonSik le hizo una seña inmediata para que se callara, que no pasó desapercibida para el resto de sus amigos que exclamaron asombrados. En efecto, contarle ese secreto a Ken fue malísima idea.

—¡Tengo miedo, JiWonnie! —. Burló Hyuk imitando una voz aguda y llorosa. —¡No es real, no es real! —. Repitió entre sollozos mal actuados haciendo carcajear y encoger de risa a HongBin. WonSik les azotó las nucas a ambos con las manos.

—¡Dejen ya! —. Regañó antes de recibir un golpe en la nuca por parte de N, volviéndose así un combate todos contra todos hacia sus cuellos hasta que sonara el timbre dando fin al receso.

Kim WonSik era el típico estudiante de colegio de diecisiete años que prefería estar fuera jugando futbol o cartas con sus amigos a estar encerrado en un aula releyendo aburridos libros de aburridos autores una y otra vez para sacar una aburrida nota alta. Se reconocía como esa clase de personas que son inteligentes pero que simplemente el colegio no era lo suyo. No obstante, sus notas eran lo suficientemente decentes para que su madre no le estampara una silla por la cabeza, aunque era consciente de que si fuese más aplicado podría obtener más. Sus intereses eran como las de cualquier adolescente corriente: deportes o música, amigos y divertirse sin mucha preocupación.

De todas formas, era su último año en esa cárcel que dicen llamar escuela. Debería rendir el examen de acceso a la universidad y era consciente que las notas por las cuales antes tan poco prestó atención, le jugarían una mala pasada.

No podía darse el lujo de reprobar en su último año escolar, sería ridículo, por lo que pretendió ser más indulgente con sus asignaciones. Lo estaba logrando, pero no se lo dejarían tan fácil…

—Ya le dije que no, Kim WonSik—. Se escuchó una voz antes de empujar con tozudez la puerta del salón de clases.

—¡Pero profesor! —. Exclamó WonSik siguiendo al regordete y amargado profesor de Historia. El hombre entró a su aula todavía vacía, preparando los libros de texto para su próxima clase. Ravi sin amilanar su súplica se plantó frente al escritorio con ojos de cachorrito. Su aegyo era pésimo, al menos esperaba que las clases de aegyo de JaeHwan ayudaran, aunque sea un poco. —Saqué un sobresaliente en su último examen, ¿Eso no compensa la nota deficiente del primer corte? —. El canoso señor bufó y dejó los libros sobre el escritorio, dedicándole una mirada serena al molesto joven.

—Lo lamento, Kim, pero no puedo hacer nada más por ti—. Indicó con un suspiro pesado filtrar de sus labios agrietados. —Ya gastaste todas tus oportunidades. Como el resto de la clase, sabías bien cuál era el porcentaje mínimo para acumular y aprobar la materia—. Añadió tamborileando los regordetes y gruesos dedos sobre la madera. —Lo más que puede hacer por ti el director y mi persona, es diferirte en verano para que puedas presentar el examen de admisión universitario. Nada más.

—¡Todos ustedes son consciente de mi esfuerzo! Usted y el director Ahn me felicitaron incluso. No puede dejarme en el limbo por unas décimas, profesor Choi—. Pidió frustrado. El profesor encogió de hombros en un gesto desalentador.

—No hay nada más que pueda hacer, WonSik.

••••••

Un golpe sordo a la mesa de plástico le recordó que en efecto esta era su realidad. WonSik apretó los palillos de madera en su palma hasta quebrarlos imaginando que era la tráquea del obeso de su profesor de Historia. Él admitía que su rendimiento en historia no era destacable, pero su esfuerzo durante este año había, aparentemente, rendido sus frutos. O eso pensaba hasta ese momento que tanto el Director y el profesor que le alentaron infantilmente a mejorar le apuñalaban por la espalda por unas décimas más, unas décimas menos. El examen de admisión universitario necesitaba un sólido respaldo de Historia, Literatura y Matemáticas si aspiraba una plaza entre los miles de estudiantes muchísimo mejor que él. Así se tratase de estudiar Artes Plásticas, necesitaba ese respaldo general. Ahora, en este preciso instante, se arrepentía de no haber sido más centrado en su futuro.

—Te presto los míos, salvaje—. Dijo la voz de HongBin entregándole el par de palillos tras limpiarlos con una servilleta. Ravi suspiró, regresando de vuelta al comedor del Instituto y la sonrisa casual de HongBin mientras bebía de su lata de gaseosa. Apuñaló un puñado de algas con los palillos y se los metió a la boca masticando con malhumor. —¿Y bien…? ¿Qué te dijo Choi? —. Formuló tranquilamente cruzando de brazos sobre la mesa. El crujido de los palillos de madera fue la inicial respuesta.

—No me quejaría mucho, pero si mis padres ven que suspendí historia y no presentaré este año el examen la última vez que veras mi cara será dentro un féretro—. Murmuró de mala gana recargando los codos de la mesa.

—Eres un asco en historia, WonSik. Perros viejos no aprenden trucos nuevos—. Comentó despreocupado el castaño mirando su reflejo en el teléfono celular, acomodando su flequillo. Ravi torció los ojos, había olvidado que hablaba con el señorito perfección.

—¡No es que sea tonto! —. Defendió tomando motas de arroz atiborrándose la boca con ellas. La prisa le hizo aspirar aire y toser, escupiendo unos cuantos granos por todas partes. HongBin asintió y con un gesto de desagrado se despegó los granos de arroz que le aterrizaron en la nariz. —Es que es muy pesado y soso, ¡Mi mente no funciona así! —. Dio un trago de gaseosa, azotando la lata vacía en la mesa pareciendo calmarse unos instantes por la descarga de furia, o eso pareció hasta fijarse de nuevo de quien se trataba su interlocutor. —¡¿Cómo haces para tener tan buenas notas?!

—Puntos extra. —Respondió resuelto el castaño.  Bueno en basquetbol, en el club de teatro y en sus notas, guapo, popular, un poco, algo, simpático, ¡¿Cómo antes no se había fijado?!

—¿Puntos extra? ¡¿Por qué te dan puntos extras?! —. Exclamó incrédulo. —¡¿Por ser bonito!? —. HongBin carcajeó y negó con la cabeza. Acomodó su lacio flequillo y miró a los lados, reclinándose hacia adelante para cuchichearle algo al frustrado WonSik. ¿Sabría por fin el secreto de perfección?

—Por el básquet—. Dijo a su oído. Ravi abrió los ojos con demasía. —El entrenador y el capitán del equipo ayudan a que nos otorguen puntos extras para redondear nuestras materias más bajas. Suelen ser cuando mucho tres puntos, en el caso de jugadores excepcionales. Pero, oye, sí que puede hacer gran diferencia—. HongBin se enderezó en su silla, dejando a Ravi todavía recargado de la mesa, totalmente estupefacto.

—¡Necesito entrar a ese grupo! —. Exclamó. HongBin le chistó rápidamente para que se callara la boca.

—Eso está difícil. Un idiota regó el secreto entre los salones y ahora cualquier vago quiere entrar para aprobar de a gratis. El capitán aún sigue cabreado por eso y lo paga haciéndonos trotar una hora en cada práctica—. Contó con un suspiro cansado. —Las admisiones no son cosa de niños, Ravi.

—Debe haber una manera... —. Murmuró. Con un mísero punto extra podría aprobar con el mínimo y poder presentar el examen de la universidad de sus sueños sin mayores preocupaciones. Era el plan perfecto. No sabía mucho de basquetbol, pero unas cuantas veces había jugado con los chicos. ¿Qué más se necesitaba aparte de encestar una pelota? —¡Debes ayudarme a entrar!  Habla con él capitán para que me conceda algo de su tiempo. ¡Sólo eso! Yo me encargo del resto—. Pidió tomando de las manos de HongBin. De un sacudón el castaño el soltó, enarcó la ceja y bufó.

—Podría hacerlo, pero…—. Murmuró pensativo, desanimando por las conjeturas que sacaba apresuradamente para negársele a su amigo.

—¡¿Pero, ¿¡qué!? —Exclamó frustrado.

—Él es muy severo—. Recordó temeroso.

—Sólo tengo lo que queda de cuatrimestre para aprobar. Te necesito, HongBin. ¡Por favor! —. Volvió a tomar de sus manos juntándolas en una petición de piedad y misericordia. HongBin turnó sus ojos cafés a los dos pares de manos y al rostro angustiado de su mejor amigo. Chasqueó la lengua y le soltó de mala gana.

—Déjame... Déjame hablar con él.

••••••

Incómodo Ravi removió las zapatillas deportivas sobre el piso pulido de madera de la cancha techada dentro del colegio. Los zapatos de HongBin le quedaban pequeños, pero según el castaño debía utilizar unos verdaderos zapatos deportivos, nada de esas zapatillas enormes y horrendas de rapero que vestía. Las gradas yacían vacías, por lo menos nadie más que el capitán le verían darse de boca contra el piso. Hoy sería su prueba de admisión al equipo de basquetbol y aún no conocía el rostro de su capitán. HongBin y el resto de los miembros del club lo mantenían en absoluto secretismo, ¿Acaso sería una deidad? ¿La reencarnación de Michael Jordan? Oh, no, él sigue vivo…Ravi rascó su cabeza e intentó pensar en algún basquetbolista popular que ya hubiera muerto. Nada. ¿Y si hacían un examen escrito también? Ravi bufó creyéndose reprobado antes de siquiera comenzar. Como fuera, no conocía al hombre que le rompería las piernas en unos minutos. Sólo sabía que era severo y se la pasaba más tiempo representando al estado en los juegos nacionales que pisando el Instituto como cualquier otro mortal. Se oyeron unos pasos a lo lejos. Ravi tragó grueso.

—Buenos días, disculpe la demora, soy Jung TaekWoon.—. Dijo una suave y delicada voz, como el maullido de un adormilado gatito. Ravi buscó al dueño de esa voz, topando sus ojos con unos de denso color negro. Estaba de pie frente a él con el uniforme del equipo, una tabla de anotaciones bajo un brazo y un balón de baloncesto bajo el otro. —Un placer conocerle, Kim WonSik—. Dijo el alto joven de cabellos largos y rubios tras revisar la tabla de anotaciones que tenía.

—Ravi, mis amigos me dicen Ravi—. Comentó más afable, queriendo ganarse la simpatía del formal hombre que le examinaba con curiosidad.

—No soy tu amigo, WonSik—. Replicó tirando la tabla sobre una de las gradas y caminando hacia el centro de la cancha. Blandió el balón en sus manos, y al no advertir a Ravi a su lado le miró sobre el hombro. —¿A qué esperas? Ven.

—¿Cómo? Pero, ¿Y el examen?

—Este es el examen. Ganarme un partido uno a uno, así podrás entrar al equipo. Veo que HongBin te prestó sus zapatillas, no necesitas nada más que zapatos y ropa cómoda.

—¡¿Qué?! ¡Tú eres un jugador nacional! —. Exclamó WonSik sintiendo que podría requerir un pañal en cualquier momento. ¿Uno a uno con la estrella atlética del colegio? ¡Más fácil era estudiar lenguaje de programación y hackear la base de datos de la escuela para poner su nota en la nómina!

—Y tu un aspirante. Si te intimidaste ahí está la puerta—. Replicó tranquilamente TaekWoon.

Ravi tragó grueso y dio un paso adelante.

Era todo o nada.

 

 

 

Notas finales:

cha cha chaaaaaaa chan.

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