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Desnudo ante los ojos del Halcón II.

Autor: ErzaWilliams

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Notas del fanfic:

¡Aquí estamos! Sé que he tardado, que os he tenido en ascuas y que las expectativas me las estais poniendo altísimas (con lo cual vengo medio asustada xD) Pero bueno, ahora por fin, la continuación de Desnudo ante los ojos del Halcón... ¡comienza el tan esperado reencuentro de Dracule Mihawk y Roronoa Zoro! 

 

Recuerdo que los personajes son de Oda-sensei y que yo sólo estoy un poco trastornada xD Y advierto de algún que otro spoiler aunque menos que en el primer fic, ya que en este hay más de mi cosecha que del manga/anime.

Notas del capitulo:

No me creo que esté aquí, sinceramente ._. Cuando empecé con el primer capítulo de Desnudo ante los ojos del Halcón, pensé que sería un fic cortito, con algunas escenas de sexo con los castigos y poco más. Y mirad dónde me habéis traído con vuestro apoyo y vuestros ánimos...

Y ahora sólo quiero que empecéis a disfrutar de la historia :) Todo vuestro. 

Apoyado con ambos brazos en la barandilla del lado de proa del barco, el aire del mar le rozaba la cara como una caricia almibarada mientras su mirada se perdía en el horizonte azulado del océano. El olor del agua salada le inundaba los pulmones una vez más, como si le hubiera limpiado las telarañas que le habían salido de vivir encerrado en el castillo de Mihawk. La libertad que suponía volver a hacerse a la mar era agradable. Notaba cosquillearle en el estómago la emoción de no saber qué iba a pasar a partir de ese momento. Ir a la aventura, que decía Luffy. Tenía unas ganas horribles de verles a todos. Y también de luchar a su lado. De reír. De beber. De dormir con total despreocupación en el césped del Sunny bajo el sol mientras Robin leía a la sombra, o Chopper hacía experimentos de los suyos; mientras Ussopp intentaba crear algún trasto extraño, o Franky mantenía el rumbo en el puesto del timón, o Brook tocaba y cantaba llenando el aire de un buen ambiente, o Nami comía uno de los miles de postres que estaría preparándole Sanji en la cocina. Mientras Luffy estaba sentado en el mascarón de aquel barco que iba a llevarles hasta el fin del mundo, hasta la última isla donde por fin, aquel hombre que le había dado una oportunidad de cumplir su sueño se convertiría, al final, en el único rey de los piratas.

Inevitablemente, Zoro miró hacia el pañuelo verde que llevaba anudado en el brazo.

>>Dilo. <<

>>Te quiero. <<

Lo rozó con la mano, despacio.

>> ¿Un último consejo? <<

>>Que nunca dejes de soñar conmigo. <<

Se había acabado. La vida era como un constante devenir de etapas. Unas mejores, otras peores. Había que pasarlas todas al fin y al cabo para seguir hacia delante. Pero no le habría importado que la etapa de clausura en el castillo de la isla Kuraigana hubiese durado un poco más. Lo suficiente para dormir una noche más enredado entre las sábanas de la cama del Shichibukai y su cuerpo. Intentaba no pensar demasiado en ello. Hacía ya cuatro días que habían dejado la isla, y a Mihawk. Y se le habían hecho una eternidad. Era como si su maldita mente le traicionase constantemente pensando que el pelinegro podía aparecer en cualquier momento y empotrarle contra una pared para hacerle el amor sin tregua ni control. Para hacerle sentir como sólo él sabía hacerlo.

- Así que, estabas aquí.

La voz del Yonkou Akagami Shanks le hizo alzar la mirada hacia él, que se situó a su derecha de forma despreocupada y se apoyó igual que el cazador en la barandilla del buque.

- No me estaba escondiendo – dijo el espadachín, fijando de nuevo la mirada en el horizonte.

- ¿Tenías ganas de navegar? – le preguntó su anfitrión.

- Me gusta el mar – respondió Zoro -. Es verdad eso de que da cierta sensación de libertad.

- Somos piratas, chaval – sonrió el pelirrojo -. Estamos en nuestro ambiente.

- Lo cierto es que lo único que quiero es llegar ya a casa – confesó de pronto en voz baja.

- ¿Y no le vas a echar de menos? – preguntó repentinamente Shanks.

Zoro levantó la mirada y la clavó en el pelirrojo. Una de las condiciones que se había impuesto a sí mismo era no hablar de Mihawk. Como si eso pudiera evitar que su recuerdo le inundase y le cargara de una nostalgia inútil y sin sentido.

- Ya le echo de menos – se atrevió a decir en un susurro.

Shanks no pudo contener un gesto de sorpresa. No había pensado que el cazador le respondería con tanta sinceridad sobre sus sentimientos. Sonrió ampliamente y suspiró.

- Creo que sé qué es lo que él vio en ti – dijo entonces Akagami.

- ¿Mmm? – gruñó Zoro, alzando una ceja. 

El Yonkou le pasó el brazo por los hombros a Zoro y sonrió de forma fastidiosa.

- ¿Quieres que le diga algo cuando vuelva de visita a Kuraigana? – le preguntó, demasiado cerca de la oreja.

Estaba claro que sólo quería provocarle, parecía resultarle divertido. Pero Zoro no se lo iba a poner tan fácil.

- No – respondió, con seriedad -. Sólo quiero que, si te acercas a él otra vez, lo hagas con todo el cariño que yo no puedo darle.

Akagami no pudo reaccionar. Ese hombre le estaba desarmando por completo. ¿Le pasaría lo mismo a Mihawk con él?

- Capitán.

El pelirrojo se giró a medias hacia Benn, que acababa de aparecer a su lado sin hacer ruido con su humeante puro entre los labios.

- ¿Sí?

- Hemos llegado a la isla más cercana al Archipiélago Sabaody – le informó.

- Ah, perfecto. Llegó la hora de desembarcar – le dijo a Zoro, mientras se descolgaba de sus hombros.

Shanks echó a andar por la cubierta y Zoro se quedó solo durante unos minutos. Entonces Perona apareció a su lado.

- ¿Ya llegamos?

- A una isla cercana. No nos pueden llevar hasta el Archipiélago.

- ¿Y cómo vamos a ir hasta allí?

- Remando – suspiró el cazador.

Akagami y Benn volvieron a aparecer. Benn le señaló la barca que habían preparado para ellos.

- Gracias por traernos – dijo el espadachín.

- No ha sido nada. Tenía que hacer algunas cosas por aquí cerca – sonrió el pelirrojo -. Tened cuidado. No eres precisamente un hombre que pase desapercibido, Roronoa.

- No tengo intención de llamar la atención de nadie – aseguró Zoro -. Seguro que Luffy ya se encargará de eso.

El pelirrojo soltó una carcajada divertida que Benn secundó con una sonrisa.

- Pues no me extrañaría nada – dijo Shanks.

- ¿Quieres que le hable de ti a Luffy? – le preguntó Zoro al pelirrojo.

- No. No lo hagas – le pidió -. Sé que algún día volveré a verle. Cuando consiga alcanzar su sueño. Y espero que tú estés a su lado entonces.

- Tranquilo. Lo estaré.

El cazador y la princesa subieron a la barca y Zoro empezó a remar en la dirección que Perona le indicó. Tras casi una hora en el mar, divisaron tierra. El Archipiélago apareció ante sus ojos y Zoro no pudo evitar tener una sensación de nostalgia mezclada con culpabilidad. Aquel había sido el punto de inflexión de sus vidas hacía dos años. Sabía que no podía vivir de pensar “y si hubiera…” pero le atormentaba no haber podido hacer nada por sus nakama ni por Luffy en la Gran Guerra. Ahora que iba a volver a pisar el mismo lugar no podía evitar comparar al Roronoa Zoro que había desaparecido de allí a causa del poder de Bartholomew Kuma y había aparecido en el castillo del Shichibukai Dracule Mihawk en la isla Kuraigana, con el hombre en que se había convertido con el paso de los años y las circunstancias que se le habían presentado. Se sentía orgulloso de sí mismo, de lo que había logrado. De haber vivido lo que había vivido con Mihawk. Y de que nada ni nadie pudiera cambiar eso.

Al arribar en uno de los Groves más alejados del centro de actividades del Archipiélago, los dos descendieron de la barca a tierra.

- ¿Y ahora qué? – le preguntó Perona.

- Tengo que ir al bar de Shakky, en el Grove 13 – le dijo el cazador -. Es el punto de encuentro. Por ahí. –Señaló hacia la izquierda.

- Al otro lado, memo – farfulló la princesa, empezando a flotar hacia la derecha.

Zoro chasqueó la lengua pero la siguió sin rechistar.

- Deberías esconder esas espadas – le dijo la princesa cuando llegaron a la zona comercial -. Llamas demasiado la atención. 

- Aquí hay muchos piratas de paso. Y también llevan espadas. ¿Por qué iban a fijarse sólo en mí?

- Porque eres un pirata fácil de reconocer, Roronoa – insistió la princesa -. Si buscan tu cabeza o se corre la voz de que estás vivo…

- No me importa – dijo solamente Zoro -. Pero después de tanto tiempo, no voy a esconderme más.

Perona puso los ojos en blanco y se acercó a mirar un mapa del Archipiélago que había cerca. Buscaría una ruta más segura que el centro de la ciudad para ir hasta el Grove 13. Lo último que Mihawk le había pedido antes de salir de la isla Kuraigana, era que ayudase hasta el final al cazador para que llegase a salvo. Después de dos años en que habían cuidado de ella, Perona se dio a sí misma que aquello era lo mínimo que podía hacer. La princesa dio varias vueltas para que les viera la menor cantidad de gente y un rato después, se detuvieron delante de la puerta del bar de Shakky.

- Bien, ya has llegado, así que yo me voy ya – dijo Perona.

El cazador se volvió hacia ella.

- Después de tanto tiempo flotando a mi alrededor, al final voy a echarte de menos y todo – confesó el espadachín.

La princesa mostró una sonrisa orgullosa y entonces, se inclinó sobre él para besarle. Zoro parpadeó un par de veces, sorprendido ante el gesto tan suave de la mujer.

- ¿Qué…?

- Siempre he querido hacer esto – murmuró Perona -. Desde un día que vi a Mihawk hacerlo – confesó.

Zoro se quedó callado un momento, como si procesara lo que acababa de escuchar. Luego, dejó escapar una sincera sonrisa abierta.

- Si era lo que querías, sólo tenías que pedirlo.

El cazador le acarició el pelo a la princesa antes de enredar sus dedos en sus mechones de color rosa y empujar su nuca con suavidad para llevarla hasta su boca. Perona cerró los ojos mientras Zoro la besaba. Podía comprender por qué Mihawk se sentía adicto a aquellos labios que la estaban enseñando algo más que un simple roce físico.

- Devuélveselo a él – le pidió en un susurro, dándole una última caricia en la nuca.

Perona asintió con suavidad y ambos cogieron distancia el uno del otro.

- Hasta pronto, cazador. Espero volver a verte de una pieza.

- Cuídate, Perona.

La princesa sonrió antes de darse la vuelta y alejarse poco a poco del Grove 13. El cazador por su parte subió los escalones y entró en el bar de Shakky.

La sombra que había al lado de una de las ventanas del segundo piso se escondió a un lado del marco del ventanal para no ser visto. El corazón le latía demasiado deprisa, no podía controlar ni siquiera su respiración. Zoro acababa de besar a una mujer. A una hermosura, debía decir. ¿Desde cuándo Zoro se dejaba llevar por una mujer? No era típico de él. Sin embargo, la visión le enardeció. El recuerdo de uno de aquellos besos palpitó en su boca. Se llevó los dedos a los labios y los acarició. Tragó saliva. Ya habían pasado dos años desde la última vez que sintió el roce de sus manos sobre la piel. Y probablemente jamás lo había deseado tanto como en ese momento.

 

El bar no había cambiado. Tan desierto y oscuro como acogedor. Shakky estaba detrás de la barra limpiando vasos. Era como si hubiera vuelto dos años atrás. Respiró hondo y cruzó el umbral.

- Vaya, el cazador ha llegado pronto – se sorprendió ella -. Bienvenido.

- Gracias. ¿No ha llegado nadie más?

- Sí, han ido llegando. Creo que hay tres ya en la isla. – Ella se reservó la información del inquilino que ya descansaba en el piso de arriba.  

- Perfecto, he llegado a tiempo. –Se sentó en la barra y apoyó los codos -. Ahora necesito beber.

- Claro.

Shakky conocía perfectamente el ansia y el aguante de los piratas a la hora de beber. Pero lo del cazador de piratas le resultó curioso. Una copa tras otra, tras otra, tras otra, así hasta terminar con casi dos barriles. Durante horas. Y el gesto de Zoro seguía inundado con una nostalgia que parecía consumirle. Hacía mucho tiempo que no bebía solo. Echaba enormemente de menos las copas de whisky al lado del alféizar de la ventana de la habitación. O en el sofá de la biblioteca. En esas ocasiones no sólo había compartido alcohol. Había grabado momentos muy importantes para él.

- Creo que no vas a olvidar tus penas bebiendo – dijo entonces Shakky.

Zoro alzó la mirada hacia ella. Respiró hondo.

- Nunca he bebido para olvidar. El dolor se va con la inconsciencia y yo no soy una persona que se quede sin sentido a base de esto. –Levantó levemente la copa.

- Pues ahí parado delante del alcohol sólo pensarás más en ello – añadió ella.

Él miró el vaso. Tampoco tenía ganas de rellenarlo.

- Debería irme a dormir – coincidió él.

- Arriba a la izquierda – señaló Shakky -. Elige habitación.

El espadachín asintió, terminó la copa y se dirigió hacia las escaleras que había a un lado del bar. El pasillo del primer piso era bastante corto. Dos habitaciones a la derecha, dos a la izquierda. Caminó hacia la primera habitación de la izquierda y en el momento en que sujetó el picaporte, un sonido conocido le detuvo.

Un jadeo ahogado contra una almohada.

Zoro parpadeó un par de veces. Por un instante pensó que estaba alucinando y sacudió la cabeza. Pero volvió a escucharlo. Frunció el ceño y se acercó a la segunda habitación del lado derecho del pasillo. Los jadeos se intensificaron. Y atravesaron incluso la puerta.

- Ahhh. – La voz se ahogaba en un jadeo contenido -. Sí…

Zoro abrió los ojos como si se le fueran a salir de las órbitas.

- Tócame ahí… Así… - En su tono se podía adivinar un ansia de lo más sensual.

¿Sanji?

Era difícil de creer, pero reconocería esa voz en cualquier parte. Aunque hiciera dos años que no la escuchaba jadear mientras le penetraba, aquellos gemidos le habían pertenecido durante mucho tiempo. Algo en su interior se revolvió y se puso patas arriba. Cogió aire con fuerza como si intentara calmarse, pero la voz excitada de Sanji atravesando la puerta no ayudaba.

- No me hagas rogarte, capullo…

El cazador se mordió el labio inferior. Los gemidos de Sanji eran extremadamente eróticos. Sólo con escucharlos sentía que se le erizaba la piel. Tenía que estar realmente entregado a su amante.

Zoro frunció el ceño entonces. ¿Amante? ¿Qué amante? Allí no debería haber nadie más. ¿Era posible que Sanji hubiera encontrado a alguien con quien sí se dejara llevar? Por un instante, sintió una punzada de celos al pensar que alguien sí había conseguido hacer que Sanji se abriera por completo a él.

- Ponlo dentro, Zoro…

El espadachín ahogó un grito. Escuchar su nombre ser pronunciado acompañado de un jadeo tan erótico le hizo sentir un latigazo de calor asfixiante que nació en el pecho y se deslizó por todo su cuerpo. El cazador comprendió que en aquella habitación solamente había un cuerpo recibiendo placer. Sanji se estaba tocando. Y estaba utilizándole a él para satisfacer esos bajos instintos y deseos que tenía. Zoro trató de pensar con claridad pero le fue imposible. Tragó saliva, con la respiración tan agitada que, en el silencio del pasillo solo roto por los jadeos de Sanji, se escuchaba cada resoplido que el espadachín daba.

- Zoro… Sí… - gimió. La voz de Sanji quedó ahogada, seguramente porque el rubio se habría acostado sobre la almohada o el colchón para acallarse, pero el placer que estaba sintiendo era tal que no lo consiguió -. ¡Zoro…! ¡Más…!

Aquello terminó con su cordura. Sujetó el picaporte casi sin darse cuenta, con los escandalosos latidos de su corazón golpeándole contra el pecho. Abrió la puerta. La cruzó. Y le vio desnudo de cintura para abajo, con la camisa abierta y descolocada; estaba tumbado sobre las sábanas revueltas, encogiéndose sobre sí mismo mientras dos de sus dedos se perdían en su interior y la otra mano masturbaba con un ritmo rápido su miembro erecto. Zoro se quedó sin aliento.

- Sanji – susurró.

El sonido de esa voz le atravesó el cuerpo como un rayo. El rubio abrió los ojos de golpe. Se volvió hacia la puerta y al ver al cazador allí parado, mirándole de aquella manera, sintió un espasmo recorrer todos y cada uno de sus músculos que hizo que se corriera de repente, incapaz de contener un gemido de placer. Su cuerpo cayó laxo sobre la cama, con la mirada medio llorosa por el placer y el rostro completamente sonrojado. El cazador tragó saliva, rompió la mirada con Sanji y salió de la habitación sin volverse atrás, cerrando la puerta sin hacer ruido. Volvió a la primera habitación del lado izquierdo y se deslizó dentro en silencio. Se dejó caer en el suelo, apoyado en la propia puerta, y se llevó las manos a la cabeza, enredando los dedos en su pelo.

¿Qué cojones estoy haciendo?

 

Zoro bajó al bar después de toda la noche dando vueltas en la cama. Tenía el estómago patas arriba al no saber qué iba a encontrarse después de la escena que había presenciado y que aún le ponía el pelo de punta. Pero entonces, un olor familiar le llamó escaleras abajo. No confundiría el aroma de una comida preparada por el cocinero de abordo. Un ramalazo de nostalgia le invadió. Al llegar abajo escuchó un grito y luego algo se agarró a su cabeza y le tapó la vista. Algo peludo.

- Chopper – se quejó el espadachín -. No puedo respirar.

- ¡Zoooorooooo! – gritó el reno lleno de emoción.

El cazador cogió al médico y le apartó de su cara para mirarle con una media sonrisa sincera.

- Yo también me alegro de verte – le dijo.

- La comida está lista.

Los dos se giraron hacia Sanji. Estaba tranquilamente detrás de la barra, terminando de recoger los cacharros que había usado para cocinar. Sobre el mostrador, cuatro platos perfectamente colocados y humeantes que despedían un aroma tan delicioso que alimentaba sólo con olerlo. El espadachín dejó sentado en uno de los taburetes al médico, al lado de Usopp, que le miraba también con ojos llorosos y a punto de abrazarle.

- Ni se te ocurra – le advirtió, antes de sentarse a su lado -. ¿Quién más ha llegado? – preguntó, señalando la silla que quedaba a su otro lado.

Sanji salió de detrás de la barra y se asomó a las escaleras.

- ¡Nami-swaaaan! – gritó, con voz melosa -. ¡La comida está lista!

Claro, cómo no, pensó el cazador, poniendo los ojos en blanco un momento. Unos instantes después, la imponente pelirroja bajó del segundo piso, luciendo su pelo ahora largo y brillante y su siempre deslumbrante sonrisa.

- Anda, Zoro, ¡si no te has perdido! – le saludó ella.

- Sigues igual de graciosa que antes – farfulló el cazador.  

- ¿Cómo iba a perderse con lo bien acompañado que venía? – bisbiseó Usopp por lo bajo, aunque todos le escucharon y se giraron hacia él.  

- ¿Ehhhh? – exclamó Chopper, exagerando como de costumbre -. ¿¡Zoro acompañado!?

- Sí, les vi cuando llegaron ayer, en la ciudad. Parece que te llevas muy bien con la princesa diabólica. –A Usopp le dio un escalofrío.

- Sólo me acompañó hasta aquí porque se puso pesada, ya le dije que no hacía falta – respondió Zoro, girándose hacia su plato -. Itadakimasu.

Fue una forma bastante curiosa pero efectiva de cortar la conversación. Todos se pusieron a comer, entre gritos de placer por volver a probar la comida de Sanji, quien por su parte se mostró de lo más orgulloso. Zoro fue notando poco a poco el calor de estar en casa, a pesar de que todavía faltaba parte de la familia.

Esa tarde, los cinco se dirigieron hacia el Grove donde estaba amarrado el Sunny. Franky les recibió con un baile de los suyos en el que presumió de su nuevo cuerpo mejorado y lleno de funciones, muchas de ellas de lo más inútiles pero graciosas; suficientes para impresionar a Chopper y Usopp, que se mostraron de lo más entretenidos con el cyborg. Zoro subió al barco y al pisar el césped, soltó un suspiro de nostalgia. Había vuelto por fin.

- Todo está tal y como lo dejamos – dijo de repente Nami, después de echar un vistazo en todas las estancias del Sunny.

- Hemos tenido ayuda – les dijo entonces Franky -. Cuando llegué hace dos días, me pregunté qué había pasado con el Sunny. Imaginé que se lo habrían llevado los marines. Sin embargo, cuando vine hasta aquí a comprobarlo, me encontré con que nuestro barco seguía aquí. Y también estaba ese hombre tan extraño, el Shichibukai que nos separó.

- Kuma – susurró Zoro, girándose en redondo hacia su compañero.

- Sí, ese que parecía un oso – confirmó el cyborg -. Creí que estaba esperando para atacarnos o algo pero en realidad, ha estado protegiendo el barco todo este tiempo.

- ¿Qué dices? Eso es imposible – soltó Usopp -. ¡Es nuestro enemigo!

- ¿Por qué?

La pregunta de Zoro salió sola de sus labios. Todos le miraron un instante pero ignoraron la profundidad de esas dos palabras.  

- Porque es un Shichibukai, está claro que es un enemigo – coincidió Nami -. ¿Seguro que no te hizo nada?

El espadachín cogió aire con fuerza. Todos estaban convencidos de que por ser un Shichibukai, Bartholomew Kuma era un asesino despiadado, una escoria como los otros siete. Seguramente pensaban exactamente lo mismo de Mihawk. Si pudiera contarles hasta qué punto estaban equivocados. 

- No, no me hizo nada – respondió entonces Franky-. De hecho, ni siquiera dijo una palabra.

Típico del orgullo de los Shichibukais, pensó el cazador, esbozando media sonrisa misteriosa. Lo de callarse las cosas importantes parecía que lo llevaban en los genes o algo así.

- ¿Pero por qué querría ayudarnos después de lo que nos hizo?

- No lo sé, pero en cuanto yo llegué, se fue – insistió el cyborg -. Y desapareció.

Zoro conocía la respuesta, sabía por qué Bartholomew Kuma había actuado así. Sabía que le debían demasiado a ese hombre. Pero se guardaría eso para sí mismo.

Mientras se dedicaban a corretear felices de aquí para allá, la estrella del soul llegó al barco, con una entrada triunfal que acabó en abrazos y llantos de alegría con Chopper, Usopp y Franky. Un rato más tarde de la llegada de Brook, apareció la arqueóloga en la orilla del Grove. Zoro fue el primero que la vio, con el pelo también mucho más largo y unas gafas de sol que ocultaban sus ojos verdes. Nico Robin subió por la escala hasta la barandilla del barco. El cazador le tendió la mano a la morena, que no pudo evitar mostrar un gesto suave de sorpresa antes de aferrarse a la mano del espadachín para terminar de subir al barco.

- Gracias – sonrió ella.

- Te veo bien – dijo solamente él, soltándole la mano despacio.

- ¡Robiiiiiin! – Chopper se lanzó contra ella, al igual que Nami.

El gesto de Sanji era una mezcla entre alegría por volver a ver Robin y estupor ante el comportamiento del cazador. ¿Desde cuándo Zoro se llevaba tan bien con cualquier mujer? No era posible que hubiera cambiado tanto de gustos en dos años. Por un instante, sólo de imaginarlo, sintió escalofríos.

- Parece que falta sólo el capitán – observó Robin, con toda tranquilidad -. Tal vez su retraso tenga algo que ver con la pelea que se ha preparado hacia allí. –Señaló con el dedo hacia su izquierda.

Zoro alzó la cabeza y sus ojos se cruzaron con los de Sanji. Sus miradas se estaban buscando. Y sus mentes pensaban lo mismo. Si había pelea, Luffy tenía que estar allí. Los dos parecieron ponerse de acuerdo y saltaron a la vez del barco para echar a correr hacia la zona del conflicto. Notaban en el estómago revolverse esas mariposas de peligro y aventura que llevaban dormidas mucho tiempo. La idea de volver a pelear mano a mano el uno con el otro les hizo sonreír con superioridad. Llegaron al foco del conflicto en poco tiempo. Luffy se enfrentaba a un Pacifista, al que dejó tieso de un solo puñetazo.

- ¡Luffy! ¡Sal de ahí! – le gritó Sanji mientras se acercaban.

- ¡¿Es que no puedes evitar meterte en líos, capitán?! – le preguntó el cazador, llevando la mano hacia la empuñadura de Sandai Kitetsu.

- ¡Sanji! ¡Zoro! ¡Estáis aquí! – La sonrisa de Luffy en ese momento deslumbraría al mismísimo sol.

El capitán echó a correr hacia ellos con otro Pacifista detrás. Sanji y Zoro se lanzaron contra él, para asestarle un golpe cada uno. Cuando el cyborg cayó al suelo, ellos se miraron, con el corazón latiéndoles bajo la garganta; la adrenalina provocaba su lascivia también, empujándoles el uno hacia el otro como si se tratase de los polos opuestos de un imán. Zoro se pasó la lengua por los labios de forma inconsciente y Sanji respondió con un jadeo discreto. Sus ojos se abrasaron mutuamente en un instante que se hizo eterno hasta que Luffy llegó a su lado y los tres juntos recorrieron el camino de vuelta hasta el Sunny.

- ¡Franky! ¡Zarpamos! – gritó Luffy en cuanto abordó en su barco.

- ¡Sí, capitán!

El Sunny volvió a ponerse en movimiento. Después de dos años, volvería a salir al mar. A llevar a sus pasajeros hacia el destino final de cada uno. Una vez en alta mar, tras despistar a la Marina, todo pareció volver a la normalidad. Luffy ocupó su lugar sobre el mascarón del barco. Franky al timón, Brook entonaba una melodía nueva que Chopper seguía con la cabeza. Usopp trasteaba con sus nuevas armas, al parecer, mientras Robin leía en una tumbona y Nami tomaba el sol en la tumbona de al lado. Sanji salió de la cocina con una bandeja y dos copas con batidos especiales, según proclamaba el cocinero a voz en grito y de nuevo, con aquel tono de caballero baboso enamorado. Zoro solamente miraba a todos lados, disfrutando de aquello que tantas veces había visto en sus sueños. Estaban juntos de nuevo. Su vida volvía al rumbo del que no debería haberse salido. Porque al coger un desvío, parte de él se había quedado en ese camino; una parte que había tenido que abandonar.

Cuando sus ojos se posaron en las dos mujeres, el cazador sintió otra mirada sobre él. Sólo era de reojo, pero Sanji tenía los ojos clavados en él. En cuanto sintió que Zoro le había descubierto, apartó la cara bruscamente y volvió a entrar en la cocina con la bandeja, con Luffy detrás de él pidiendo comida. El espadachín no sabía si Sanji evitaba su mirada por acto reflejo o de forma premeditada. Después de todo, que le hubiera descubierto masturbándose la noche anterior mientras gemía su nombre y que se hubiera corrido con tan solo escuchar su voz les ponía en una situación, cuanto menos, tensa e incómoda. Y no solo eso. Habían sentido cosas al volver a pelear juntos. Eso no podían negarlo tampoco. Zoro echó la cabeza hacia atrás y clavó la mirada en el cielo azul y despejado mientras sonreía a medias. Parecía ser que Mihawk no se había equivocado con su teoría de la necesidad. Al menos, no del todo. Aunque no esperaba ver una escena como la que había presenciado. Sanji era de esas personas que prefería conservar su orgullo antes que admitir que se masturbaría pensando en él.

Y tú eres de la clase de persona que habría cruzado el umbral de aquella puerta y le habría follado, le dijo una vocecita diabólica en su cabeza.

Gruñó para sí mismo al pensar aquello. No dejaba de ser cierto. Y seguía sin comprender por qué había actuado de esa manera. Al ver a Sanji desnudo sobre la cama sí había sentido deseo de acercarse a tocarle, ¿cómo no? Pero algo había empujado de él hacia fuera. ¿Y si Sanji no quería aquello? ¿Y si prefería hacerlo el solo? Después de todo, aunque al final siempre disfrutase de sus encuentros, el rubio era reacio a que le tocase. No sabía qué pensar, y con la cabeza así no era capaz de dar ningún paso hacia ningún lado.

Esa noche, la tripulación tuvo su banquete de reencuentro. No hablaron demasiado de sus aventuras por separado, más bien al contrario, se centraron en cosas que habían pasado al empezar toda aquella aventura o al ir encontrándose con el resto del equipo. Cenaron como bestias entre risas, alcohol y una fogata controlada muy acogedora. Cuando las chicas se fueron a la cama y el resto roncaba por el césped, Zoro apuró el último trago que tenía en la jarra y la dejó en el suelo antes de ponerse de pie. La brisa marina en medio de una noche fresca le inundó los pulmones. Había olvidado aquella sensación. Caminó por el barco, cerca de la barandilla, huyendo de los ronquidos hacia una soledad silenciosa, hasta llegar a la parte trasera. Se sentó sobre la madera y se dejó caer hacia atrás para acostarse. El cazador se encontró mirando hacia el cielo estrellado con las manos bajo la nuca. A pesar de que ese tipo de paisaje no se veía demasiado a menudo en Kuraigana, el cazador echaba de menos incluso las vistas del techo de piedra del castillo. Sacudió la cabeza y en ese momento, sintió la madera del suelo crujir levemente. Cerró los ojos como si estuviera dormido, por acto reflejo. Escuchó unos pasos lentos y poco seguros hasta que notó un peso caer a su lado derecho. Mantuvo la respiración pausada, lenta, tranquila. Una mano cálida y grande se asentó en su abdomen. Despacio, se deslizó por dentro de la abertura de túnica verde hasta rozarle el pecho. El calor que despedía la mano le atravesó el pectoral cuando se acomodó sobre él. Lo siguiente que sintió fue una respiración agitada cerca de la oreja.

- Te necesito – jadeó.

Zoro abrió los ojos. El pelo rubio de Sanji le caía sobre la mejilla con suavidad. Los dedos de su mano se movían sobre su piel, acariciándole como no lo habían hecho nunca en un roce que pedía por un contacto físico juguetón y lascivo.

- Sanji – susurró.

El rubio le besó la mejilla. Y luego en los labios. Parecía estar ardiendo. Su boca sabía a alcohol. Sanji era insistente en unos besos tan calientes que, por un instante, embriagaron al cazador. Respondió a aquellos besos llegando a usar la lengua para lamer al cocinero. Los besos del rubio eran diferentes. No los había olvidado pero tampoco los recordaba así. La mano libre de Sanji le acarició la mejilla con una dulzura tan poco típica de él que el espadachín sintió un ramalazo de calidez recorriéndole el cuerpo. Entonces, en medio de aquel intercambio de besos húmedos con sabor a sake, Sanji deslizó la mano desde su pecho hacia sus abdominales y, pasando de ellos tras rozarlos, esos dedos largos llegaron hasta el borde del pantalón que el cazador llevaba puesto. En ese momento, de forma inconsciente, su cuerpo reaccionó. Sacó las manos de debajo de la cabeza, se incorporó de un golpe hasta quedarse sentado y sujetó la mano de Sanji por la muñeca, evitando que se colara sin ninguna vergüenza debajo de su ropa. Con la respiración ligeramente agitada, Zoro miró fijamente al rubio. Tenía el pelo medio despeinado y sus mejillas estaban coloradas.

- ¿Qué pasa? – musitó el cocinero, inclinándose a buscar otro beso que no encontró.

- Estás borracho – afirmó el cazador.  

- Sí – atinó a responder Sanji -. ¿Y qué?  

Zoro no pudo soltar una sonrisilla. El cocinero cuando bebía demasiado era gracioso. Pero también extremadamente sincero, llegando a decir cosas que sobrio jamás habría confesado. Debido a esa debilidad, Sanji no solía permitirse a sí mismo emborracharse “a medias”. Era de los que sí podía caer en la inconsciencia para evitar decir cosas que después no podría negar aunque alegase no acordarse de nada.    

- ¿Acaso sabes lo que estás haciendo? – le preguntó Zoro, manteniendo en amarre en la mano que todavía le rozaba la piel del abdomen sin cortarse un pelo.

- Te estoy tocando – contestó directamente, alzando una ceja al sentirse estúpido por tener que responder a lo obvio.

El cazador puso los ojos en blanco un momento.

- Eso ya lo noto – dijo Zoro -. Y tienes las manos realmente calientes – añadió en voz más baja -. Pero me refiero a por qué lo haces.

- ¿Desde cuándo tienes que preguntar eso? – exclamó el cocinero.

- Shhh. Vas a despertar a alguien.

- Ni el fin del mundo despertaría a estos – apuntó Sanji -. Eso era lo que siempre me decías cuando me pedías que dejase salir mi voz jadeante – le recordó, bajando un cuarto la voz y haciendo que sonase seductora.

Zoro carraspeó al evocar esos momentos tan íntimos.  

- ¿Y las chicas? ¿No se despertarán? – preguntó de pronto Zoro.

- Parece que te importan más a ti que a mí – farfulló el rubio.

- No tengo ningún interés especial en ellas – aseguró el espadachín -. Pero tú no querrás que tus preciosas sirenas se despierten y vean cómo te sonrojas ante los besos de un hombre al que estás deseando acariciar. –La voz del cazador fue un susurro sensual que buscaba provocar al cocinero.

Sin embargo, a pesar de que había pensado que con eso sería suficiente para enfadarle, apartarle de él y acabar discutiendo, esta vez Sanji le besó de repente de una forma extremadamente dulce. Zoro no pudo evitar mostrar un gesto de profundo asombro en el rostro.

- ¿Me dejas ya acariciarte a gusto? – susurró el cocinero, mordiéndose ligeramente el labio inferior.

- ¿No te parece que has cambiado demasiado? – le preguntó entonces el espadachín, respirando hondo un instante para reponerse de la sorpresa de aquel beso.

- ¿Yo? Eres tú el que ha cambiado, maldita sea – se quejó Sanji.

- Tú nunca me habrías asaltado así, ni me hubieras tocado de esta manera por voluntad propia – insistió el cazador -. Y sí, he cambiado, es cierto – admitió Zoro.

- Claro que has cambiado. Antes no tenías término medio en cuanto al sexo y ahora parece que ignoras por completo la cantidad de deseo que desprendo desde que volvimos a vernos. ¿Y soy yo soy el que ha cambiado? – farfulló -. Si fueras el capullo de mi marimo ya estaríamos follando, joder – se quejó de nuevo.

- ¿Tu qué? – exclamó Zoro -. ¿Yo? ¿Tuyo? Pero si siempre me has rechazado, cocinero. Me odiabas por lo que te hacía, llegué a estar convencido de ello. ¿A qué viene ese instinto de posesión ahora?

- ¡No te odiaba! Te rechazada porque pensaba que desear lo que me hacías estaba mal, y porque siempre parecía que lo único que querías de mí era eso, ¡pero ya no! – La voz le patinaba a veces a causa de la borrachera -. Me he dado cuenta en este tiempo, ¿sabes? Cuando recordaba cosas para sacar fuerzas, en mi memoria ahí estabas tú. Y sorprendentemente, en mi mente aparecían momentos en los que teníamos sexo, sí, pero eran detalles en los que no había querido pensar, como abrazos, o algunos besos, o esas caricias en la mejilla que me dabas, o cuando me apartabas el pelo sudado de la cara, o la forma que tenías de arroparme junto a ti a pesar de que yo me resistiera porque te creía un egoísta estúpido. – Se detuvo un momento para mirar al cazador, que no salía de su asombro ante aquellas palabras -. He echado de menos eso, mucho. Y creo que fui injusto porque tú me dabas más que sólo una relación física y yo no me di cuenta, o no quise verlo porque me asustaba sentir.  

- Sanji… - atinó a musitar Zoro, visiblemente afectado por aquellas palabras.

- No quiero volver a apartarte más de mí – añadió el cocinero. Luego cogió aire con fuerza y apoyó la frente contra el hombro del cazador -. Cuando me viste anoche sólo quería que cruzases esa puerta y me follaras fuerte como hacías antes, que me dejases la mente en blanco, como si no hubieran pasado estos dos años. –Pasó la mano libre por la nuca del espadachín y le acarició el pelo -. Que tuviéramos más de esos momentos. Que me hicieras sentir otra vez. Pero tú te fuiste y yo me frustré mucho porque pensé que, si fueras el marimo con el que fantaseaba no me habrías dejado así.

Zoro no fue capaz de articular palabra. Aquello no era lo que él esperaba, jamás habría imaginado un reencuentro de esa forma. Y todavía no sabía si esa predisposición de Sanji era buena o mala. Lo que sí sabía era que la confesión que Sanji acababa de hacer había logrado dejar huella en él. Lo cual sólo le confundía todavía más.

- Todo eso… no lo sabía – pudo decir el cazador.

- ¿Ya no te enciendo como antes? – le preguntó de pronto Sanji, levantando la mirada hacia él.

- No – respondió Zoro automáticamente -. No es eso. Ahora eres mucho más atractivo que cuando nos separamos.

Tenía que reconocerlo. Sanji había cambiado mucho físicamente y desde luego, era para mejor. El cocinero por su parte, se sonrojó hasta las orejas al escucharle decir aquello. Zoro tiró de la mano que estaba sujetando todavía para que no llegase a su entrepierna y la puso sobre su pecho, por encima de la túnica verde.  Le acarició la mano con suavidad mientras respiraba hondo y Sanji podía notar su pecho hincharse de aire y, cuando lo expulsó, sintió un leve movimiento de su corazón.

- Me alegro tanto de que estés vivo – musitó Sanji, cerrando un instante los ojos.

- Yo también me alegro de verte – susurró Zoro -. Y la verdad es que tengo ganas de besarte – se sinceró.

- ¿Y por qué no lo haces? – quiso saber el rubio.

- Porque… - volvió a coger aire con fuerza – durante estos dos años he sentido cosas, Sanji, cosas diferentes por otra persona - confesó.

El cocinero no esperaba una respuesta tan madura por parte de Zoro. Había imaginado que tal vez el espadachín solo intentaba hacerse de rogar para castigarle por la cantidad de veces que le había rechazado. Pero tras eso, pensó que Zoro simplemente se entregaría a la lujuria como hacía siempre, sin preocuparse de nada más. Sin embargo, acababa de darse cuenta de que a Zoro sí había más cosas que le importaban. Y no hacía falta ser un lince para notar que lidiar con ello iba a ser algo que no se resolvería sólo con un revolcón.   

- ¿La mujer? – musitó el cocinero, apartándose ligeramente del cazador.

- No – confesó rápidamente -. No por ella. He cambiado, pero no tanto – hizo notar el espadachín.

Sanji parecía afectado. Como si no esperase para nada una conversación existencial en ese momento y menos, en el estado embriagado en el que se encontraba.

- Y eso que sientes… ¿ha hecho que dejes de sentir algo por mí?

- Sabes que siempre sentiré algo por ti – confesó Zoro -. Pero es diferente. Lo que tengo con esta persona, no se puede comparar a nada más.

- Quiero apelar a esa parte de ti que todavía me quiere – dijo el cocinero con firmeza a pesar del alcohol -. No quiero tenerte tan cerca y no poder tocarte. Entiendo que tienes un vínculo especial con alguien pero el que va a estar aquí, contigo, durante mucho tiempo y las largas noches de invierno, soy yo – le susurró al oído.  

Eran las mismas palabras que Mihawk había dicho. ¿Cómo era posible que hubiera acertado tanto? Incluso Sanji estaba dispuesto a aceptar aquello. Pero algo dentro del cazador seguía sin estar de acuerdo con todo eso.

- No Sanji, no me hagas esto – le pidió -. No quiero hacerte daño.

- Y yo no quiero estar sin ti. Sé que antes me quejaba y era yo quien quería que no te acercaras pero ahora es diferente. Sé que podemos hacer las cosas de otra forma y que saldrán bien - insistió.  

- Eso no puedes saberlo – convino Zoro -. La relación que teníamos hace dos años se acabó, tienes que ser consciente de eso. Tú quieres empezar una nueva, pero te estoy diciendo que, aunque me importas mucho y me encantas, hay otra persona que se ha quedado con una parte de mí.

- ¿Si te acostases conmigo pensarías en él? – atajó Sanji.

Sé que eres mejor amante que eso, Roronoa. No lo harás. Porque no es justo para él.

La voz de Mihawk le atravesó y le hizo suspirar.

- No – respondió -. Y lo sabes.

- Entonces hazlo. ¿Por qué no? Entiendo que me hables de sentimientos, de verdad, pero ahora no quiero escuchar eso. Quiero oírte jadear, y que los sonidos de tu cuerpo embistiendo contra el mío llenen el aire.

- Me estás poniendo muy difícil el decirte que no, ¿sabes? – apuntó Zoro.

- Es que no sabes cuánto lo deseo – dijo el cocinero, haciendo un ligero puchero que se le antojó adorable.

- Pero ese deseo te ciega, es lo que intento decirte. No quiero que te engañes. Por muchas veces que nos acostásemos, mis sentimientos no cambiarán. Y no quiero que seas un sustituto de nadie porque no estoy dispuesto a hacerte daño – repitió el cazador.

- No sabes hasta qué punto estás frustrándome – susurró Sanji -. No entiendes cuántas noches me he arrepentido de no haberme dejado a mí mismo disfrutar de lo que me hacías – susurró esta vez contra sus labios -. Ahora estás haciendo que me arrepienta de nuevo, porque parece que no vas a volver a hacerlo.

Cruzaron una mirada contenida pero encendida. El rubio hizo un último intento desesperado y le besó otra vez en los labios. El cazador no pudo evitar pensar que, para variar, una vez más Mihawk tenía razón. Sanji le necesitaba. Y no sólo físicamente. El cocinero sentía algo por él, y parecía ser lo suficientemente fuerte como para tenerle allí a su merced rogando por un poco de su cariño. Zoro se encontró con un montón de sensaciones revolviéndose en su interior. Los besos de Sanji le incitaban de una manera que apenas podía controlar. A pesar del primer impulso de apartarse del rubio que tuvo, éste poco a poco fue disipándose, para horror del cazador. ¿Qué podía hacer? El espadachín se volvió a apartar del cocinero y le abrazó. Sus respiraciones estaban agitadas y tardaron unos momentos largos en calmarse. El rubio dejó caer la cabeza contra el hombro de Zoro. El cazador le besó el pelo.

- Lo siento, Sanji, pero esto no es lo que quiero ahora mismo. Esta cantidad de sensaciones que tengo son extrañas para mí y me vuelven loco. Se mezclan los deseos físicos con los inútiles sentimientos que ese imbécil me ha hecho tener y no puedo aclararme si te tengo encima de mí intentando acostarte conmigo. No quiero arrepentirme de nada así que, por favor, no…

Un ronquido le interrumpió. Sonrió al darse cuenta de que el rubio se había quedado dormido por los efectos del alcohol y que su discurso había quedado reducido a silencio. Suspiró y sujetó a Sanji contra su cuerpo para acostarse en el suelo despacio. El cocinero se acomodó sobre su pecho mientras seguía respirando de forma pesada. Zoro enredó los dedos en el pelo rubio de Sanji y puso la otra mano bajo la nuca. Volvió a mirar las estrellas en el cielo despejado. Respiró hondo y cerró los ojos. El calor de Sanji le arropó hasta quedarse dormido con una calma que sólo era capaz de sentir allí. En casa. 

Notas finales:

Creo que nunca he necesitado tanto como ahora conocer vuestra opinión xD Reconozco que me ha puesto nerviosisima publicar esto porque lo único que no quiero es cagarla y decepcionaros. De verdad, espero que os guste el comienzo de la historia y nos iremos leyendo :) Bienvenidos de nuevo, hasta la próximaa~

Erza.

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