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Típico cliché

Autor: Alex M

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- Oh, vamos, pon una mejor cara – se quejó Leo, frunciendo los labios. 
- Seguro aquí encuentras algo que te guste – aseguró Andrés a su lado, rodeando protectoramente sus hombros, como si fuera su guardián. En realidad, podría decirse que lo era; Andrés y Leo llevaban saliendo 7 meses. 
Eran una pareja modelo. 
Pero aún con todo aquel tiempo juntos, Andrés no podía con sus celos. 
Leo, un rubio increíblemente atractivo de 23 años era realmente llamativo, así que allá donde este fuera, las miradas lo seguían. De chicos o chicas, no importaba. Y eso ponía realmente furioso a Andrés. 
- Bueno, si recuerdan, yo sólo vine aquí porque ustedes me obligaron – aclaré. 
Al instante Leo soltó un bufido y puso aquella expresión de diva enojada que tanto le gustaba utilizar. 
- Si estamos aquí, es porque queremos que seas feliz – afirmó Andrés, haciendo de intermediario. 
Ahora el que bufó fui yo. 
- Déjenme dejarles muy claro que el hecho de que este soltero no significa que sea infeliz ¿ok? 
- 6 años – murmuró Leo - ¡SEIS años soltero! ¿quién aguanta eso? 
Pude ver como unas cuantas personas se giraban a mirarnos, mientras cuchicheaban y soltaban una que otra risita. Bien, comenzaba a sentirme molesto. 
- No todos tenemos tanta suerte como tú – refunfuñe 
- Eres divertido, eres inteligente, y sobre todo eres guapo, así que deja de ponerte en el papel de víctima – afirmó Leo 
- Me parece que deberías ver las cosas desde otra perspectiva. No te estamos pidiendo que tengas novio, simplemente deseamos que salgas a divertirte y no te cierres. 
Ok, todo sonaba mucho mejor cuando lo decía Andrés. Y… quizás… tuviera un poco de razón, digo, ¿Qué era lo peor que podía pasar?
Me encontraba un sábado en la noche metido en un bar increíble, uno lleno de chicos guapos. Así que no había nada que perder. 
- Esta bien- suspire, sonriendo – por esta vez, tienen razón. 
- ¡YEI! – gritó con entusiasmo Leo, alzando los brazos – esta será una noche loca – aseguró y entonces se lanzó sobre su novio, besándolo. 
En el fondo, sabía que ellos dos tenían razón. Estar soltero estaba bien, pero a veces -sobre todo los viernes y sábados por la noche – solía sentirme solo. Hasta ahora había tenido demasiadas cosas en la cabeza y me había metido en uno y mil problemas, pero por fin las cosas comenzaban a ponerse bien. El mundo se estaba equilibrando. 
Y si, ser gay no ayudaba mucho. Por más que dijeran que era el siglo XXI y que estábamos cambiando y evolucionando, no era del todo así. Aún podía escuchar molestos cuchicheos y malas miradas cuando acompañaba a Leo y Andrés en el metro. 
Pero así eran las cosas, era un chico de 22 años, soltero y homosexual. 
La mayor parte de mi vida la había pasado con esos dos, Leo y Andrés; además de mi mejor amiga Julia, una loca por el yoga y la paz espiritual, con quién compartía departamento desde hace 2 años. 
Y si, la verdad es que muy en el fondo, aquella noche me encontraba buscando algo. 
Pero no sabía que tan acertado era aquel lugar, la realidad es que me encontraba en un típico antro gay, de esos que son medio de mala muerte, donde lo único que podías encontrarte era una paja rápida o en todo caso una mamada en los baños, quizás si tenías suerte podías irte a la casa de uno de aquellos chicos musculosos y tener una de las mejores noches de tu vida; o al menos eso es lo que decías. 
Hasta que te encontrabas con otro chico musculoso, y entonces la historia se repetía. 
Pero entonces, mientras Andrés y Leo se continuaban besando, algo llamó mi atención. Mejor dicho, alguien. 
Era un chico. Y me miraba. Me miraba de una forma tan intensa, que por un momento sentí que mi corazón se detenía. 
- ¿Noah? – preguntó Leo, tomando de mi brazo. 
Giré mi rostro, obligándome a alejar mis ojos del misterioso chico. 
- ¿A quién ves? – en el rostro del rubio se dibujaba una media sonrisa. A estas alturas, ya era imposible negarlo. 
- No vayas a ser obvio – supliqué. 
- Claro que no 
Suspire largamente, recordando todas las otras veces donde Leo “no fue obvio”. 
- Es… es el moreno de allá, esta al fondo, cerca de la barra. 
Leo y Andrés intercambiaron una mirada y entonces se giraron. 
- Vaya, es lindo – murmuró Andrés. 
- ¿Lindo?, ese chico es un bombón – ronroneó Leo 
- Pero nada de eso importa ahora, ya que lo arruinaron – murmuré, evitando a toda costa mirar en dirección del chico. 
- Pues no lo creo – garantizo el rubio. 
- ¿Y porque estas tan seguro? 
- Porque viene para acá – dijo entonces Andrés, soltando una risita. 
- Pues espero que no venga por Leo.
Al instante, recibí una furiosa mirada por parte del castaño. 
- ¿Qué? – era claro que aquella opción no era para nada hipotética ya que antes nos había sucedido. 
- Te mira – susurró entonces el rubio y sin poder evitarlo alcé el rostro.
Frente a mí se encontraba un chico realmente magnifico. Contuve la respiración y no supe que decir. El únicamente sonrió, y sin decir palabra alguna, tomo de mi mano, llevándome hasta el centro de  la pista. 
Era como estar hechizado. 
Comenzamos a bailar. Sus manos sujetaron mis caderas, apenas rozándolas. Sabía que quería tomarlas con fuerza, sabía que quería pegar su cuerpo contra el mío, y sabía que quería besarme violentamente. Pero se contenía. Su mirada y su sonrisa lo decían todo.
Igual que el rápido latido de mi corazón que me delataba. Tenía miedo.
Sus electrizantes ojos azules me observaron. 
- ¿Cómo te llamas? – preguntó 
- Noah – contesté al instante
- Yo soy Alex 
- Mucho gusto – dije como todo un tonto y entonces Alex soltó una risita. 
- Mucho gusto 
Sonreí y bajé la mirada, concentrándome en mis manos que se encontraban sobre sus hombros. ¿En qué momento habían llegado hasta ahí? 
- Y dime Noah, ¿te gusta pasar tus noches de sábado en esta clase de lugar? ¿o fue pura casualidad? 
- Me obligaron 
- Ya veo 
- ¿Y tú? 
- ¿Yo? – se encogió de hombros – supongo que tiene su encanto, a veces la música es buena. 
Sonreí. 
- Y ciertamente, hay días en que puedes llevarte grandes sorpresas. 
Lo mire confundido. 
- Hablo de ti – dijo y acercó sus labios hasta mi oído, susurrando – eres precioso. 
No supe que decir. De pronto me sentí avergonzado y oxidado. 
- No soy bueno en esto – murmuré 
- ¿Te refieres a conocer gente nueva? O…
Asentí. 
- Sólo tienes que quedarte aquí, conmigo. Nada más.
Estaba atrapado. Y sabía lo que sucedería, podía verlo en mi mente como si se tratara de una película. Una de sus manos subió, recorrió mi cuerpo hasta llegar a mi rostro; tomando con fuerza de mi mentón, y entonces sin darme tregua alguna me besó. 
Estaba caliente. Su lengua se escabulló dentro de mi boca, dejando un leve sabor a vodka y cigarrillos. 
Suspiré al sentir sus manos sobre mis omoplatos, atrayéndome hacía él, friccionando nuestros cuerpos. 
Mis dedos se enredaron en su cabello. Y como ellos, me perdí en aquel abismo de sensaciones, rindiéndome ante lo imposible.
 
 
Podía sentir los latidos de mi corazón en los oídos, un rápido y rítmico tum-tum, tum-tum, tum-tum.
Y aunque él tomaba de mi mano, sentía como si de un momento a otro comenzara a volar. Aunque realmente ese sentimiento lo achacaba al nivel de alcohol que se encontraba viajando por mi cuerpo. 
- ¿Quieres algo de tomar? – preguntó
- Agua por favor 
- Claro, espera un momento. 
Hasta entonces no nos habíamos separado, desde el momento en que tomo de mi mano llevándome hacía la pista nos mantuvimos juntos. Sin soltarnos, sin alejar las miradas. 
¿Qué demonios estaba pasando aquí? ¿Acaso tenía permitido hacerme ilusiones?
Hacía tanto que no me encontraba en una situación como esta y me sentía perdido, sin saber que era lo siguiente que hacer. Y en el fondo tenía miedo de que él lo notara. 
- Aquí tienes, agua de hotel de la mejor calidad – dijo, apareciendo de pronto. Me tendió un cono de papel y bebí, hasta ahora consciente de la sed que tenía. 
- Vaya ¿quieres más? – exclamó sorprendido.
Moví la cabeza, negando. 
- Con esta es suficiente – dije, arrugando el vaso entre mis manos.  
Alex sonrió y se sentó en la orilla de la cama. Yo hice lo mío y me dejé caer a su lado. Mis manos se movían tan ansiosas como mis turbios pensamientos, ¿y ahora qué? 
- Relájate – murmuró y tomo una de mis manos, entrelazando nuestros dedos – sólo… disfruta. 
Por un momento decidí permitirme todo aquello; callé la incómoda y desconfiada voz dentro de mi cabeza y gocé todo aquello. El cálido tacto de su mano, nuestra rápida respiración, el brillo de las calles reflejado en sus ojos y su dulce aliento a menta. 
Solo un par de centímetros nos separaban. Sonreí. 
Pero en el fondo mi corazón parecía temblar. 
Convenientemente, no hubo más tiempo para pensar. La boca de Alex se pegó contra la mía, ansiosa, deseosa, sin permitirme divagar. Esta vez sí lo hizo con violencia. Suspiré. Sus manos se abrieron paso a través de mi ropa, deshaciéndose de ella una a una; al igual que su lengua se deslizó silenciosamente a través de mis labios. 
La humedad me lleno. 
 
 
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