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Caribe

Autor: aries_orion

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Notas del fanfic:

Adaptación y toma de algunos diálogos de la película Piratas del Caribe: La maldición del Perla Negra, sin fines de lucro, la película le pertenece a sus creadores, lo demás es mío.

La era pirata fue la enfermedad que padeció los mares por casi dos siglos, claro, desde el punto de vista de los reyes y ciudades con puerto. Aunque, si se ve del lado de los marineros negros, fue la mejor época para vivir. Sobre todo, si sabías jugar bajo las reglas del código de la hermandad y el apartado del parley.

 

"Me gustaría pasar el resto de mis días con alguien que no me necesite para nada pero que me quiera para todo".

Mario Benedetti

 

*

¿Cómo se le había ocurrido aceptar el regalo de su padre? ¿Cómo no pudo intuir la petición tras el vestido? Que alguien le explicara, que se apiadaran de él, por todo lo sagrado…

 

¡¿Cómo no lo vio venir?!

 

Él sólo acompañaría a su padre a otra típica reunión de alcurnia, mostraría el bonito atuendo traído desde Londres, un par de sonrisas por aquí, un par de saludos por allá y listo; pero no, su padre le arrastró hasta la amabilidad del Comodoro Murasakibara, quien, cabe decir, le ignoró por su estúpido discurso de un hombre espera a la mujer indicada y bla, bla, bla. Por todos los demonios, ¡él era un chico, no una mujer! Bueno, aceptaba que sucumbir a los deseos de su progenitor a cambio de permitirle vivir era un tanto… descabellado.

 

Idiota, ¿tal vez? Porque, vamos, ¿Quién viste a su hijo como una niña?

 

¡Bah! Hasta la pregunta era absurda y estúpida, su padre era el hombre más ambicioso de todo Port Royal, bueno, honrado y amable cuando debía serlo, pero detallista, frío y calculador cuando quería obtener algo. ¡¿Pero él no sabía lo que significaba una sonrisa torcida del hombre?! Es más, ni siquiera hubiera imaginado el aceptar ser un niño rico, bueno, niña, si tenía que estar vistiendo como algo que no era.

 

Llorar sobre la leche derramada era patético e incensario, pero, helo ahí, vistiendo ropas de su “hermana”, corriendo por las dañadas calles del pueblo en busca del capitán más idiota que haya tenido la fortuna de conocer y la desdicha de vestir.

 

Piratas buenos para robar y hurtar, pero igual de mentirosos y engañosos como un político.

 

 

*

Veinte horas antes.

 

Daiki Aomine era un pirata un tanto peculiar, poco coherente, su habla era raro y ni se diga de su forma de caminar o pensar. Extraño era la palabra correcta para definirlo. Había llegado a una ciudad marinera con un barco que tenía pequeños riachuelos de agua inundándola, justo tocó puerto antes del hundimiento completo de la embarcación en la que viajaba. Él sólo buscaba un nuevo navío para ir en busca de su preciado Perla Negra, pero mientras inspeccionaba lo que había en los muelles, una joven cayó desde lo alto de un risco, maldiciendo a quienes enseñaban a los soldados se desvistió y aventó al mar.

 

Claro, él nunca imaginó que se toparía con tremendo tesoro, casi suelta el aire ante lo descubierto. Una moneda de oro con una calavera en el centro, a su alrededor varios escalones con jeroglíficos, rayas gruesas la atraviesan hasta llegar al centro. Toda una maravilla. Toda un sorpresa al abrir el corsé.

 

–Niño, ¿de dónde lo sacaste? – La moneda apenas fue inspeccionada y la respuesta obstruida por una docena de espadas apuntándole a la yugular.

 

– ¡Tat! ¿Te encuentras bien? – Un hombre mayor se quitaba su abrigo para cubrir al chico rescatado.

 

Daiki supuso era su abuelo o su padre, le analizó hasta donde pudo, cabello negro con tonos rojizos hasta la mitad de la espalda, cuerpo menudo. Su examen se bloqueó ante el llamado del hombre de traje azul.

 

–Al paredón.

 

–Padre. – La joven se dirigió al líder de los soldados. –Comodoro, en verdad quiere matar a mi rescatador. – Ambos se miraron.

 

–Debo darle las gracias, señor. – El comodoro le extendió la mano, un tanto dubitativo le correspondió el moreno, sin embargo, este se la tomó con fuerza, subiendo su manga exponiendo su marca. – ¿No tuvimos un encuentro con la East India Trading Company, pirata cierto?

 

– ¡A la horca! – Intervino el padre. ¡Joder con el hombre!

 

–Ténganlo en la mira, almirante. – Murasakibara le volvió a tomar del brazo examinando detalladamente la imagen de los tatuajes, él lo único que quería era que le soltara, aquello se estaba poniendo un tanto turbulento para su gusto. – Valla, Daiki Aomine ¿verdad?

 

–Capitán Daiki Aomine. – Hizo énfasis en su título, pues no iba a permitir ser llamado de otro modo.

 

– Pero, ¿y su navío, capitán? – El tono de burla fue notorio. Estirado petulante.

 

–Lo comprare.

 

Uno de los guardias intervino. – Dijo que lo robaría, señor.

 

El otro tomó sus cosas exponiéndolas ante el comodoro. – Esto le pertenece.

 

Daiki contuvo su mano ante la acción a realizar del tipo que no paraba de burlarse de él.

 

–Sin tiros, – tan rápido como tomo su pistola la arrojó a las manos del soldado, luego su brújula sufrió el criterio del infeliz. – una brújula que no señala al norte, – Debía contenerse, pero la constante burla comenzaba a ponerle un tanto… crispado, después, noto como el mango de su espada fue tomado sacándola de la empuñadura. – Me sorprende que no fuera de madera. – La regresó. – Sin duda es el peor pirata del que haya escuchado.

 

Aomine, elevo ambos dedos índice, con voz suave y calmada le contestó: –Pero ha escuchado de mí. – Su respuesta ocasionó ser tomado con brusquedad del antebrazo para ser jalado hasta otro guardia que le puso los grilletes. Bonitas pulseras.

 

–Comodoro, debo protestar. – Valla, la dama al rescate. – Pirata o no, el hombre me rescato.

 

–Esa acción no va poder redimir toda una vida de atrocidades.

 

–Pero si me condenaran. – Intervino Daiki.

 

–Así es. – El comodoro le miró fijamente.

 

–Por fin. – Las esposas fueron cerradas y él las colocó al frente del cuello rescatado. – Gracias por aceptarme, Comodoro Murasakibara, mis cosas por favor.

 

–No disparen. – Pidió el padre.

 

– ¡Comodoro! – Grito Daiki al ser ignorado por el hombre. Un asentimiento y las acercaron. –Mi sombrero primero. – Después se dirigió al chico entre sus cadenas. – Tat, te llamas Tat ¿no?

 

–Señorita Himuro. – La indignación en el tono le causó gracia y más al usar la referencia femenina en lugar de la masculina. Interesante.

 

Señorito Himuro, si fuera tan gentil. – El mismo comodoro le paso las cosas a Tat. –Rápido, no tenemos todo el día. – La chica que era un chico fue girado sobre su propio eje para colocar sus pertenencias en los lugares correspondientes. No pudo no mostrar su satisfacción ante la mirada atenta del padre y el comodoro, amaba cuando hacer rabiar a las personas. –Cuidado con lo que tocas, niño.

 

–Eres un ser despreciable. – Le apretó el tahalí de la espada.

 

–Lo que digas será al revés multiplicado por mil. Además, te salve la vida y tú la mía, estamos a mano. – Lo volvió a girar, pero con la diferencia de apuntarle a la sien con la pistola. – Caballeros, my lady. – Le susurro a Tat. – Recordarán este día al casi atrapar al capitán Daiki Aomine.

 

Lo siguiente fue subir, tomar la soga y dejar que el peso del cañón que sostenía el balancín  le elevara por los aires, dio un par de vueltas sobre el eje, la lluvia de balas no se hizo esperar. Balanceo sus piernas hasta llegar a otro balancín para deslizarse cual rapel hasta el otro extremo del puerto, el fuego no cesó ni aunque varios civiles transitaban por el puente. Corrió hasta esconderse tras la figura de madera de un maestro del acero.

 

El grupo de guardias pasó y él pudo entrar a la fábrica, intentó golpear, abrir y cortar las cadenas, pero nada funcionaba, hasta que noto un par de engranajes. Sonrió ante su pronta libertad.

 

Las cadenas se rompieron, un joven entro y antes de que tocara su  sombrero le golpeó el dorso con la espada.

 

–Eres al que buscan… el pirata.

 

–Te me haces familiar muchacho ¿te conozco de alguna parte? – La espada no fue bajada, más forzó a su cerebro a encontrar algún recuerdo relacionado con el chico… ese cabello rojizo.

 

–Evito hacer amistad con hombres de mar.

 

–Oh bueno, – Se giró hacia la puerta. – si me permites. – Pero antes de siquiera dar un par de pasos más, el chico le amenazó con una espada.

 

Bueno, una pelea no estaría mal.

 

La contienda comenzó. Uno atacaba y el otro esquivaba o se defendía. Izquierda o derecha. Arriba o abajo. El chico se defendía bien aunque en algunas zonas tenía aberturas un tanto peligrosas, debía admitir que era un buen rival, pero debía irse y el muy maldito aventó la espada a la puerta bloqueando su salida.

 

–Estás interviniendo con mi escape. – Se giró y le apuntó de nuevo con la espada. – Ahora te encuentras desarmado.

 

El chico tomó una espada que se encontraba en el fuego, la punta al rojo vivo, las chispas brotaron por el roce. Corrieron, subieron, bajaron, se deslizaron. La base de los engranajes le dificultaba realizar sus ataques.

 

– ¿Quién creó esto? – La máquina siguió rotando estorbando sus movimientos.

 

–Fui yo. Aquí entreno.

 

–Chico, necesitas conseguir una mujer. – Recibió como respuesta otro ataque junto con una interrogante. – O puede que ya la hayas encontrado, pero no eres capaz ni te tomar su mano… ¿No eres un eunuco, cierto?

 

– ¡No! Entreno para cuando me topé con despreciables piratas matarlos. – Se subieron a una carreta donde, mientras mantenían el balance, chocaban espadas y esquivaban puñaladas o puños.

 

Sin embargo, en una distracción el chico enredó las cadenas que colgaban de sus muñecas con la espada clavándola en una biga de madera. Daiki le soltó una patada en el estómago aventándolo fuera de la carreta, se colgó de la espada para intentar zafarse, al hacerlo su contrincante salió disparado al piso superior. Le siguió, la contienda prosiguió, pero él ya comenzaba a fastidiarse por lo que al bajar le aventó un puñado de tierra al rostro logrando que este soltara la espada para limpiarse la visión.

 

El joven al abrir los párpados medianamente limpios se topó con la espada a centímetros de su rostro. –Eres vil.

 

–Soy pirata. – Los golpes en la puerta se hicieron presentes, el chico dio un par de pasos a la derecha obstruyendo, nuevamente, su escape. –Quítate, no quiero usar esta bala contigo. – Este no se movió ni un ápice. – Eres un ser deses… – No terminó la frase pues una botella fue estrellada contra su cabeza.

 

 

*

–Tatsuya…

 

El mencionado cerró el libro que se encontraba leyendo para mirar al joven en bata para dormir. –Lo sé, Taiga, pero debía ir. – Su tono era suave, no obstante, para Taiga en esos momentos le resultaba incómodo.

 

–El comodoro me, – Se corrigió. – te ha pedido matrimonio. – Colocó un par de carbones ardiendo dentro de una sartén con tapadera aportillada de la cual el aire caliente salía. Esquivó todo el tiempo la mirada contraria.

 

– ¿Sigues molesto por el cambio?

 

–Sabes que lo detesto. – Se sentó al borde de la cama. – Tat, mi lugar es en el taller, no en fiestas pomposas. Si nos descubren…

 

–Papá te adora. –Intentó tomarle las manos más este las recogió.

 

–Pero no comparto tu lugar en su corazón. – Se levantó, le dio un beso en la frente y salió de la habitación.

 

Detestaba que los Himuro lo usaran para cuando se les placiera en el momento que ellos quisieran, aunque no le gustara, debía hacerlo porque gracias a ellos tuvo un techo, cama y comida durante un tiempo. Sin embargo, el costo por ello fue su corazón, estaba bien en entregarlo, pero no por eso significaba que le doliera menos el ver como aquella chica de cabellos obscuros y ojos cafés le era entregada a otro hombre que no era él.

 

Por ello comenzó a trabajar con el viejo borracho del herrero, un lugar donde puede golpear cuantas veces quisiera sin la necesidad de dar explicaciones por la fuerza empleada sobre la hoja de hierro. Fue sacado de sus pensamientos al escuchar los cañonazos en el puerto, salió con dos machetes en cada mano y con las intenciones de ayudar a cuanta persona inocente se cruzara en el camino. Dos, cuatro, ocho piratas enfrentó y noqueó, aún poseía energía suficiente para seguir luchando, pero todo quedó paralizado al notar a lo lejos como un grupo de piratas llevaban entre sus manos a Tatsuya.

 

Su impulso fue correr, más un hombre de dentadura negra le sonrió, le apuntó a sus pies, donde una pequeña bomba se encontraba con la mecha casi inexistente. La suerte estuvo de su lado por segundos pues esta no prendió, pero sí recibió un golpe en la cabeza por la espalda, dejándolo inconsciente en el acto.

 

 

*

Daiki sonrió ante los constantes llamados de los hombres al lado de su celda hacia el perro que poseía entre sus fauces las llaves de las cerraduras.

 

–Pueden ofrecerle lo que sea, pero el can no se moverá.

 

–Oh, perdona por no resignarnos a ir a la horca como tú.

 

No les contesto, no pudo evitar esbozar una sonrisa por sus palabras. Ellos siguieron por un rato más, detuvieron su diatriba al escuchar cañonazos.

 

–Esos cañones. – Él, de inmediato se subió para observar a través de la ventana de su celda al navío atacante, lo conocía, podía reconocer el característico rugido de los caños de ese barco. –Es el Perla.

 

– ¿El Perla Negra? – Uno de los hombres se acercó sujetando los barrotes divisores y prosiguió. – Escuche leyendas, jamás deja sobrevivientes.

 

–No deja sobreviviente. – Su tono fue divertido e irónico. – Entonces, ¿cómo es que la leyenda se conoce?

 

Todos callaron. Los gritos y el sonido de los cañones se dejaron oír con más ímpetu. Los de la celda contigua ya no se encontraban, una bala de cañón dio contra el muro dejando un hueco lo suficiente espaciosos para que ellos salieran, pero no él. Tomó el hueso grueso del suelo e hizo de lo que se burlaba minutos atrás.

 

–Ven, perrito, ven eso, ven muchacho – El can se acercó lo suficiente, Daiki ya podía saborear su libertad. – Eso, eso… Que vengas aquí apestoso costal de pulgas. – La puerta de metal fue abierta con fuerza, ocasionando que este saliera huyendo. – ¡No, no, no, no hablaba en serio solo quería…!

 

–Este no es el polvorín. – Un de los intrusos giró la cabeza hacia la izquierda.

 

–Valla, valla, pero si es el capitán Daiki Aomine. – Le escupió a los pies el hombre de piel negra y rastras.

 

–La última vez que te vi, te quedaste solo en una isla olvidada, – El otro intervino tras la espalda de su compañero. – desapareciendo en la distancia. Su fortuna no ha cambiado mucho ¿no? – La risa fue de ambos, Daiki sólo les miro para contestarles calmadamente.

 

–Preocúpense por su propia fortuna, caballeros. El tártaro está sólo reservado para traidores y amotinados. – Su respuesta ocasionó la furia del hombre de piel negra, quien atravesó la celda con su brazo cerniendo sus dedos sobre su cuello. La luz de la luna le mostró algo sumamente intrigante, pues su brazo en automático se volvió un esqueleto y sus ropas en vestigios de telas que vieron sus mejores momentos mucho tiempo atrás. – Así que es cierto… que interesante.

 

–Tú no conoces el infierno. – Le soltó y se fueron.

 

Daiki se quedó apoyando sus brazos y rostro sobre la rendija. –Es muy interesante.

 

 

*

Por otra parte Tatsuya había invocado el parlé ante sus agresores, fue llevado hasta el barco donde se encontraba el capitán. Al llegar volvió a invocar su derecho de parley, pero recibió una bofetada lo suficientemente fuerte para romperle el labio.

 

–Aquí no se toca a quienes estén bajo la protección del parley. – Le observo un hombre mayor, con barba, portaba un sombrero igual de grande que sus ojos. – Señorita, ¿Qué puedo hacer por usted?

 

–Vengo a negociar el cese del fuego a Port Royal.

 

– ¿Y qué le hace pensar que haré tal cosa?

 

–Pensé que esto lo haría. – Les mostró la moneda que Taiga olvido esa noche en su cuarto, la reacción no se hizo esperar. –Los vi hace ocho años por estas aguas, llevan el mismo tiempo buscando esta moneda.

 

–Tengo más monedas en mis bóvedas, ¿por qué cree que esa es especial?

 

–Oh, si ese es el caso. – Se giró hasta la barandilla, estiró la mano sobre el mar y soltó un poco la cadena que sostenía la moneda. La reacción fue general, el impulso de todos los presentes por detenerle le dijo que iba por buen camino su negociación.

 

–Deme la moneda y meteré los cañones. ¿Cuál es tu nombre?

 

–Tatsuya Hi-Kagami, Tatsuya Kagami, soy mucama en la casa del gobernador.

 

–Ah, Kagami. – Observó a sus hombres y después se giró a él. – Dígame señorita, ¿cómo obtuvo la moneda?

 

–No la robé, sí eso es lo que piensa.

 

–Bien, – Estiro el brazo. – la moneda.

 

Tatsuya se la dio un tanto vacilante, el capitán les gritó la orden de llamar al resto y de guardar los cañones, este le reclamó por no llevarlo de regreso, el pirata le gritó que dentro de la negociación no estaba su retorno.

 

–Además, el código sólo es una guía de reglas y para que se aplique debe ser pirata. Usted no lo es.

 

 

*

Cuando Taiga despertó en medio de la calle corrió a las oficinas de la milicia donde el comodoro Murasakibara y el gobernador trazaban en un mapa la posible localización de Tatsuya.

 

–La tiene, tienen a Tatsuya.

 

–Llévense a este hombre. – El comodoro demandó y ni siquiera lo miro.

 

–Debes seguirlos, debemos rescatarla… – Contuvo el impulso de llamarle padre, pues el trato era: fuera no eres nadie, dentro y con vestido, eres mi hija.

 

– ¿Y dónde propones comenzar? – El padre habló con un deje de incertidumbre y burla, pues el mar era inmenso. – Si poses información de relevancia que pueda ayudar a mi hija, dila.

 

Uno de los guardias intervino. – El tal Aomine nos habló del Perla Negra, seguramente él podría ayudar.

 

–Deben interrogarlo, él debe saber algo, denle algo a cambio. – Taiga ya no podía seguir sin hacer nada.

 

–No. – El comodoro habló con tal cama que el pelirrojo casi le clava la espada por su ineptitud. –Daiki Aomine fue dejado por sus compañeros piratas, por ende, no son sus aliados. –Se volvió al gobernador. – Señor, estableceré una ru…

 

El golpe del machete contra la madera llamó la atención de los presentes. – ¡Eso no es suficiente!

 

–Joven Kagami, debería saber cuál es su lugar. – Se acercó a centímetros de su cara, con voz suave prosiguió. – No es el único hombre al que le importa Tatsuya.

 

Se miraron. Taiga sabía que el hombre no haría nada para ayudarla y cuando se movilizaran probablemente ya estuviera muerta. Corrió a las cárceles en busca de Daiki, al estar frente a su celda se lo encontró tendido cuan largo era, brazos doblados bajo la nuca y la camisa abierta, lo suficiente para mostrar un pecho marcado. Por un momento se perdió en aquel cuerpo. ¿Qué tan firmes serían esos músculos? Sus ojos viajaron hacia el sur, topándose con un par de piernas semi abiertas, los pantalones se ajustaba por la forma en la que se encontraba, dejando apreciar la tonificación de dichas extremidades.

 

–El-el Perla, ¿en qué muelle amara? – Se sostuvo de su espada, por algún motivo la visión le hacía difícil el sostenerse.

 

Este de inmediato levantó la cabeza. – ¡¿En qué muelle amarra?! ¿No conoces la leyenda? – Cerró los ojos, volviendo a su posición original sólo que una de sus manos le acompañó en su habla. – El capitán Akashi y su odiosa tripulación salen de la isla de la muerte, una isla que no se puede encontrar, – Levantó el rostro y abrió los ojos. – excepto por aquellos que conocen su existencia.

 

–La nave es real, así que debe tocar puerto, ¿Dónde lo hace?

 

Ahora Daiki miraba su mano como si esta fuera de lo más interesante. – ¿Por qué lo sabría?

 

–Porque eres pirata.

 

– ¿Y quieres convertirte en uno?

 

–Jamás. – Guardó silencio por unos segundos y, por ese tiempo, dudo en hablar su verdad, pues sentía que al hacerlo perdía algo con el hombre frente a él. – Tienen a Tatsuya.

 

– ¡Ah! – Aomine se sentó. –Así que si había una chica. – Se recargo en sus codos. – Entiendo, por eso quieres rescatarla, para ganarte su corazón. Hazlo tú sólo, no encuentro mi ganancia.

 

–Te sacaré de aquí.

 

–El cachorro corrió con las llaves.

 

Kagami examinó la puerta. –Ayude a forjar las celdas, son bisagras de medio perno – Aomine le miraba un tanto extrañado por lo dicho. – Con el peso adecuado y la fuerza correcta se abrirá la puerta.

 

– ¿Cómo te llamas?

 

–Tai Kagami.

 

–Te llamas Taiga ¿verdad? – Miro el suelo y susurro. – Un nombre fuerte. – Elevó nuevamente el rostro. – Así se llama tu padre ¿eh?

 

–Sí.

 

Daiki se levantó. –Bien señor Kagami cambie de opinión, sácame de aquí y te puedo jurar que te llevare al perla y a tu doncella. – Le estiro la mano. – ¿Tenemos un trato?

 

–Hecho.

 

–Sácame. – La puerta cedió.

 

–Corre, tal vez escucharon.

 

–Primero mis cosas.

 

Corrían ocultándose hacia el puerto donde una embarcación era suministrada, la otra esperaba a la mitad del camino. Daiki se medio giro a Taiga, junto sus dos dedos índices sobres sus labios, le miro y hablo: –Ahora, dime joven Taiga ¿Qué estás dispuesto a dar por tu dama?

 

El silencio  reino, el pelirrojo se hundió sin comprenderlo ni quererlo en el par de océanos eléctricos que tenía el capitán pirata por ojos. Su corazón se puso a palpitar frenéticamente y por segundos su mente se puso en blanco, no podía dejar de mirar el rostro contrario.

 

¿Qué le sucedía?

 

–Ósea, ¿hay que robar aquel navío? – Una pregunta para esquivar otra y salir de su adoración estúpida por alguien a quien apenas conocía.

 

–Comandar, comandar… ahora contesta a mi pregunta.

 

–Daria hasta la vida.

 

–Bien.

 

Bueno, no podía quejarse fue divertido caminar bajo el mar sin ahogarse, levantar las armas contra esos presuntuoso y arrogantes hombres con trajes costoso. Engañar y hurtar un navío militar ante las narices del comodoro, lástima que no pudo estar para ver la cara que pondría este al descubrir que la cadena del timón estaba suelta por lo tanto no podrían seguirlos.

 

No obstante, su diversión murió al notar como Daiki, con gran maestría, tomaba el timón, observaba su brújula (que no apuntaba al norte), su escaneo fue tan profundo como las ropas se lo permitían, algo le llama de ese hombre, no sabría decir con ciencia cierta qué, pero había algo y ese algo comenzaba a poner en duda su sentir. Pero, también, no podía con la duda ante el saber de alguien que conoció a su padre.

 

–Cuando era pequeño vivía en Inglaterra, mi madre me crió y cuando murió vine aquí en busca de mi padre.

 

– ¿En serio? – Aomine camino hasta el otro extremo del barco evitándolo.

–Mi padre… después de saber mi nombre es que decidiste ayudarme, como era lo que quería ya no te interrogue más. No soy tonto Daiki, ¿conocías a mi padre?

 

–Así es, sólo pocos lo conocieron como Taiga Kagami los demás le decían red demon or The red demonic.

 

– ¿Red demon or The red demonic? –Extrañado Taiga repitió los sobrenombres de su progenitor.

 

–Gran hombre, pirata. – Se volvió a verlo. – Te juro que eres igual a él.

 

–No es verdad, era un marino mercante honrado y de ley.

 

–Era un maldito pirata, un descarriado. – Daiki se colocó tras el timón.

 

–Mi padre no era un pirata. – Desenvainó la espada.

 

–Envaina eso. – No le miro más la orden fue clara, pero la ignoro. – No querrás que te gane otra vez ¿eh?

 

–Eso fue trampa.

 

–No tengo incentivos para pelear justamente ¿cierto? – Giro el timón, una vela dio contra su cuerpo llevándoselo al vilo y sobre el mar. – Mientras estés ahí pon atención, las únicas reglas son estas: lo que puede hacer uno y lo que no puede hacer uno, por ejemplo, puedes aceptar el hecho de que tu padre era un pirata, buen hombre, pero la piratería está en tus venas. Enfréntalo y acéptalo. Tómame como ejemplo, puedo dejarte caer, pero lo haré porque no puedo navegar solo este barco. ¿Savi? Entonces… – Vuelve a girar  el timón y la vela le regreso a cubierta, al caer Daiki le tendió su espada. – ¿Puedes navegar bajo el comando de un pirata o no?

 

– ¿Tortuga?

 

–Tortuga. – Le sonrió Aomine.

 

 

*

En aquella isla protegida por la misma naturaleza, era utilizada por los piratas como un resguardo de la ley. Ahí se podía encontrar de todo, desde mujeres de la noche hasta asesinos, las luchas eran a diario y a todas horas. El ron y la comida eran abundantes como el lodo y la mierda. No había ley salvo la del más fuerte.

 

Daiki había llevado a Taiga a ese lugar porque era el único donde se podrían encontrar hombres lo suficientemente locos para meterse bajo el mando de un capitán pirata. Al llegar Kagami se encontraba un tanto desconcertado y desconfiando, el lugar apestaba a alcohol, sexo y mierda. Por un instante deseo aferrarse al brazo de Aomine, aquello no le daba buena espina. Su análisis murió al ver cómo el hombre sonreía y abría sus brazos para una de las mujeres del lugar.

 

– ¡Scarlet! – La chica de vestido rojo se acercó, no le hablo pero le soltó una bofetada que hasta a él le dolió. – Esto no lo merecía. – Al voltearse nuevamente otra mujer de piel y cabello claro le habló:

 

– ¿Quién era esa?

 

– ¿Qué…? – Otra bofetada, le miró. – Bueno, tal vez esto sí.

 

Kagami ya no sabía si enojarse o reírse por la situación, contó al menos diez mujeres que le soltaron al pobre capitán tremendas cachetadas. Le seguía callado, aguantando la risa, pero conforme iban caminando esta fue sustituida por una pequeña espina de celos, y lo peor, es que no sabía la razón. Siguió en completo mutismo hasta llegar a una zona donde se encontraban los cerdos, ahí, un hombre cubierto de lodo se hallaba dormido. Ahora comprendía porque le obligó a cargar una cubeta con agua. El capitán le aventó el agua de su cubeta.

 

–Que una maldición te caiga. – Apuntó con un cuchillo a su atacante, al ver a Daiki su expresión cambio de rabia a asombro. –Por el diablo, Daiki, te he dicho que no se le despierta a un hombre es de mal augurio.

 

–Por fortuna conozco el antídoto. – Se le acercó. – El hombre que despierta al hombre dormido le propone un negocio.

 

–Te escucho. – Ambos se levantan, cuando Aomine se encontraba del lado de Kagami este la aventó el agua.

 

– ¡Ya estaba despierto!

 

–Apesta.

 

Ahora se encontraba enfurruñado, eso no era justo, le dejaron parado, rodeado de hombres borrachos, apestosos  y peleando, haciendo guardia mientras ellos sentados y con vasos llenos de ron hablaban de quién sabe qué. No supo cuánto tiempo estuvo ahí hasta que una chica completamente alcoholizada se le acerco, intento por todos los medios quitársela de encima pero nada funcionaba, comenzaba a barajar sus ideas y la de noquearle no sonaba nada mal.

 

–Señorita, este joven ya tiene acompañante. – Sus palabras no le sorprendieron tanto como una mano rodear su cintura. –Si nos permite.

 

Se encontraba tan aturdido que sin darse cuenta atravesaron la mitad de la isla hasta llegar a un hotel decente y, salió de su aturdimiento cuando le aventó a la cama.

 

–Tranquilo, no te tocaré. – En automático se levantó para pegarse hasta el otro extremo de la habitación. – ¿Tanto repulsión te doy que no eres capaz ni de compartir la cama?

 

El silencio reino, observó cada movimiento de Daiki al quitarse las botas, la gabardina y las armas dejándolas en una mesa; tomó una silla jalándola hacia el balcón dándole la espalda. Se sintió un poco batán por su reacción, aunque fuera mal interpretada. Un tanto nervioso se acercó, nuevamente hasta la cama, se sentó y comenzó a desvestirse, quedando solamente con la camisa que le cubría hasta medio muslo. Tomo dos botellas de ron y se sentó al lado de él extendiendo la otra botella en una especie de disculpa.

 

En silencio bebieron por un rato.

 

–Me pregunto, ¿Por qué te viste de mujer si eres un hombre atractivo? – Taiga detuvo el trago que iba a dar. – No soy ciego, pero tampoco me taches de idiota, aunque la mayoría me ve así. Loco cual atar.

 

Otro trago, no supo cómo responder, le dio otro trago más. Sintiendo sus sentidos medianamente aturdidos hablo:

 

–Visto así, porque fue el método para protegerle, a cambio recibiría techo y comida.

 

–Pero te enamoraste.

 

Elevó sus hombros restándole importancia. –No lo desee.

 

–Interesante… muy interesante.

 

Y cuando menos se dio cuenta se encontraba tan borracho que hasta se reía de la palabra botella. Jugaron juegos propuestos por el pirata, hablaron de casas serias que terminaban en burlas, Kagami imitaba a todas las personas que en su momento le trataron mal por ser un recogido del mar. Sin saber muy bien como, termino sentado sobre las piernas de Daiki, bebiendo el aliento del otro, perdiéndose en la mirada del otro, ya compartían un beso. Lento, al principio, tierno, como si nunca antes hubieran probado labios ajenos.

 

Unas manos intrusas se colaban bajo su camisa, él iba desabrochando el chaleco, el pantalón y de la nada, Aomine se levantó llevándolo a cuestas. Los pantalones cayeron por la gravedad, le dejó en la cama y el resto de prendas quedaron fuera igual que su camisa.

 

Taiga para ese momento dejó de pensar si eso estaba bien o no, si era correcto o incorrecto. Dejó de lado lo que su corazón por años añoro y que ahora su cuerpo recibía sin obstrucciones. Fue llevado al límite, tocó el universo con los dedos, de su garganta no brotaba otra cosa que jadeos, gemidos o el nombre del pirata que protagonizaba tan sublime placer entre sus piernas y brazos.

 

Y así como llegó, se fue.

 

El día se hizo presente, vestido completamente diferente de cómo llegó a la isla; sus zapatos fueron sustituidos por botas, sus pantalones por unos negros y un tanto flojos, su camisa fue la única que no sufrió cambio alguno, pues hasta su pelo fue cortada hasta donde comenzaban sus hombros atado por un listón. Se encontraba tras Daiki, ambos no mencionaron nada de lo ocurrido tras el velo nocturno, mejor dejarlo a la provocación del alcohol a algo que quizá tenga nombre y un probable futuro.

 

En el muelle, una fila de hombres presentados por el hombre de la noche anterior les esperaba.

 

–Deleite sus ojos capitán, equivalente su peso en sal y fidelidad… e igual de locos.

 

–Así que… esta es tu devota tripulación.

 

Ambos le ignoraron, Aomine caminaba inspeccionando a los hombres hasta detenerse en un hombre un  tanto viejo con un perico azul y amarillo en su hombro.

 

– ¿Quién eres tú?

 

–Es Gotom señor. – Intervino el hombre que los presentaba.

 

–Señor Gotom, ¿tiene la fuerza y el coraje para pertenecer a esta tripulación, enfrentando peligros y con la probabilidad de una muerte segura? – No hubo respuesta. – ¡Señor Gotom, conteste!

 

–Es mudo señor, le cortaron la lengua, entrenó al perico para que hablara por él. Nadie sabe cómo. – El hombre les mostró la boca.

 

Siguieron, Aomine hizo algo inesperado. – Me dirijo al perico, misma pregunta.

 

–Oar, icen las velas, icen las velas. – El perico movió la cabeza de arriba a abajo.

 

–Para fines prácticos significa sí. –Asomo la cabeza Ryota.

 

–Claro que sí. – Daiki se dirigió a Kagami. – ¿Satisfecho?

 

–Ya comprobaste su demencia. – Taiga estuvo tentando a darle un beso en la mejilla.

 

– ¡¿Y qué ganamos nosotros?! – La interrupción les llevó hasta el final de la fila.

 

Aomine un tanto indeciso y con el característico movimiento de dedos quito el sombrero, descubriendo a una mujer. – Ana María.

 

La chica de tez morena le soltó tal cachetada que le volteo el rostro hasta dejarlo frente al pelirrojo. –Supongo que no merecías eso.

 

–Si merecía eso. – Regreso al rostro hacia la chica.

 

–Hurtaste mi bote. – Le reclamo la dama.

 

–Fue un… – Otra cachetada. – préstamo, uno sin permiso, pero siempre quise devolvértelo.

 

– ¡Pero no lo hiciste! –Grito la chica.

 

Mejor evitar otra golpiza para el capitán peculiar. –Te dará otro. – Para su asombro el capitán se escondió tras un banano e intervino de nuevo. –Uno mejor.

 

–Sí, uno mejor. –Le segundo Daiki.

 

–Sí, ese. – Kagami apuntó al barco a la mitad de la bahía anclado.

 

– ¿Ese? – Aomine le veía asombrado por ofrecer su barco, se volvió a verlo y después a él. – ¡¿Ese?! – Él sólo asistió, el capitán se regresó sonriente hacia la chica. –Ese, ¿está bien?

 

La morena le analizó callada por unos instantes y después gritó: – ¡Claro! – Y con ellos todos los hombres comenzaron a tomar los suministros para el barco.

 

–No, no, no señor, es de mala fortuna llevar a una mujer abordo.

 

–Es peor no llevarla. – El capitán se perdió en los cielos, observado algo en ellos, después se volvió al navío aferrando su banano.

 

Tanto Taiga como Ryota, después recordó su nombre ya que el mismo Daiki se lo había dicho anoche, ambos miraron el cielo.

 

Al caer la noche comprendieron porque, una fuerte tormenta azotaba el mar, las olas se levantaba de tal tamaño que terminaban dentro de la cubierta, el barco se mecía cual cuna para bebe. Los rayos y relámpagos les daban la suficiente luz para ver las cuerdas que sujetaban las velas y los cañones de cubierta.

 

– ¡¿Cómo encontraremos la isla?! – Se dirigió a Ryota, ambos se miraron y después a Daiki, quien con una mano sostenía el timón y con la otra una brújula, veía al horizonte como si supiera donde se encontraba. – ¡Con una brújula que no funciona! – La misma brújula mostrada por Aomine antes de perderse en la nebulosa de alcohol.

 

– ¡Si, la brújula no apunta al norte, pero no queremos ir al norte! – Le dejó ahí.

 

Las olas y la lluvia apenas les permitían estar de pie, Ryota se acercó a Daiki para gritarle que debían bajas las velas pues estas no soportarían.

 

– ¡Sólo un poco más!

 

– ¡¿A qué se debe que esté de buen humor, capitán?!

 

–Casi les alcanzamos.

 

La sonrisa después de aquella respuesta embobo a Taiga, no había visto tal acción de parte del moreno y, por uno instantes, un pensamiento apareció cual rayo.

 

Era una sonrisa muy hermosa.

 

La tormenta quedó atrás, ahora les cubría una densa niebla, Daiki seguía mirando la brújula y moviendo el timón a su antojo.

 

–Daiki, ¿cómo obtuvo esa brújula? – Taiga se dirigió a Ryota quien apretaba el nudo de una de las sogas que sujetaban la vela media.

 

–Muy pocos sabes que Daiki Aomine apareció en Tortuga dispuesto a buscar el tesoro de la isla de la muerte. – Caminaron hasta el otro extremo del barco. – Aún no nos conocíamos, era el capitán del Perla Negra.

 

Kagami le observó asombrado ante tal revelación, eso era algo no dicho… o quizá sí, más no recordado. Ryota, por otro lado, se empino la pequeña licorera en un vano intento por hacerse el desentendido ante su metedura de pata.

 

–No lo dijo. – Taiga se quedó observando la figura del capitán.

 

–Es que ahora es desconfiado, ha tenido lecciones difíciles, al tercer día de la aventura habla con él, el primero de abordo y le dice que si irían iguales también incluía la localización de la isla. Daiki compartió los mapas… aquella noche hubo un motín, abandonaron a Daiki en una isla esperando que se volviera loco con el calor.

 

No supo cómo digerir tal cantidad de información, opto por lo primero y lo obvio. – ¿Esa es la razón de su...? – He imito los movimientos de Daiki, como si estuviera siempre en un estado de ebriedad.

 

–Eso no tiene nada que ver, escucha, cuando un pirata es abandonado se le da una pistola con un solo tiro, uno. – Enfatizó la cantidad de las balas. – No sirve ni para cazar ni para que te rescaten, pero después de veinte días de hambruna y sed, Taiga, esa pistola se transforma en una amiga, pero Daiki escapó de la isla, aún conserva ese tiro. Lo usará para su primero de abordo amotinado.

 

–Akashi.

 

–Sí.

 

– ¿Cómo logró salir?

 

–Pues te cuento, espero en la obscuridad por tres días a que los animales se acostumbraran a su compañía, tomó dos tortugas, las amarró y armó una balsa.

 

– ¿Tortugas?

 

–Tortugas.

 

– ¿Y con qué las amarro?

 

Ryota intento contestarle, pero algo a su lado le llamó la atención girando en el acto, Taiga le siguió y ambos se toparon con la figura altiva de Daiki.

 

–Cabello… las amarre con cabello. ¡Suelten el ancla! – Todos gritaron repitiendo la orden del capitán. – Kagami me acompañara a la costa.

 

–Capitán ¿Qué hacemos si sucede lo peor?

 

–No olvides el código.

 

–El código.

 

Ambos hombres siguieron en lo suyo, Kagami les miraba sin comprender su charla.

 

 

*

El pelirrojo sostenía una lámpara iluminando el camino, Daiki iba remando. El silencio no era de agrado para el pelirrojo por lo que pregunto: – ¿Qué código se debe cumplir si sucede lo peor?  – Aquello ya no le gusta, pues entre monedas de oro y joyería a un costado, un esqueleto se encontraba sobre la piedra.

 

–Un pirata, al hombre que pierde el paso se le deja atrás.

 

–No hay héroes entre ustedes.

 

–Aunque piensas eso de los piratas, estás a punto de convertirte en uno… Liberaste a un pirata, robaste un navío de la armada, navegaste con bucaneros desde tortuga, tu obsesión por el tesoro. – Un aliento choco contra su oreja estremeciéndolo, con voz suave y baja agregó. – y te abriste de piernas para un pirata.

 

No hubo respuesta de parte de Kagami.

 

Daiki bajó de la nave hacia la cueva donde estaría toda la tripulación de su preciado Perla, por suerte para él, el chico ya no dijo más después de su osada finalización de respuesta.

 

– ¡Hemos regresado hasta la última moneda gastada, excepto una!

 

Ante tales palabras de parte de Akashi, Kagami reaccionó llamándole.

 

–Debemos hacer algo Daiki.

 

–No. – Ambos descendieron de la pequeña piedra, caminaron saliendo de su protección. –Espera el momento.

 

– ¿Y cuándo será? ¿Cuándo valga más para ti? – Taiga ya no le seguía.

 

A Daiki aquellas palabras le sonaron más a despecho que a una pregunta cualquiera, intuía a que se debía, pero había cosas en juego por las cuales no estaba dispuesto a perder, no de nuevo. Regreso con el pelirrojo, su semblante le confirmó lo sospechado, así que se fue por la segunda vía.

 

–Te hare una pregunta. – Se acercó a centímetro del rostro contrario. – ¿Alguna vez te he dado razones para que desconfíes de mí? – Por cada palabra se acercaba o alejaba de Taiga. Demasiada tentación. –Haznos un favor, debes quedarte aquí y no intentes nada estúpido.

 

Sin embargo, el idiota del pelirrojo le golpeó por detrás noqueándolo. Para cuando abrió los ojos el bastardo se había ido junto con su estúpida doncella, intentó ocultarse más una sonrisa adornos sus labios. Se ocultó tras una lágrima de piedra con un remo, el único remo que le dejó Kagami, al salir se topó con media tripulación.

 

–Tú… debiste morir. – Le dijo uno de sus ex hombres.

 

– ¿Sigo vivo? – Intentó retornar, pero otra parte de ella le apuntaba por la espalda, se volvió a girar y ahora la otra parte le apunta con pistolas y cuchillos. – Pale… parle le dum. – Se cubrió la boca intentando recordar la forma correcta de decir aquella palabra. – Parle, parle chito. –Para ese momento era consciente que todos le miraban extrañados por su vano intento de decir algo – Par…parl…

 

– ¿Parley?

 

–Si eso parley, – Apuntó hacia el hombre que le dijo la palabra. – ¡Parley! – Abrió los brazos girando sobre su eje observándoles.

 

El hombre calvo que le apuntaba maldijo. – Que un rayo parta a quien invento el parley.  

 

–Fueron los franceses. – Respondió despacio, quedó e intentado que bajara el arma. Le tomaron del hombro llevándolo hasta Akashi, se apoyó sobre el ramo y, por dios, como disfruto ver su cara de frustración y hastió ante su presencia.

 

– ¿Cómo carajos saliste de la isla?

 

–Cuando me abandonaron en ese asqueroso y nauseabundo pedazo de tierra, olvidaron una importante cuestión, camaradas. – Les sonrió, abrió los brazos como si se presentara ante un público. – Soy el capitán Daiki Aomine.

 

–Oh, pero no volveré a cometer la misma equivocación contigo. – Akashi le habló a sus hombres. – Sé que no han olvidado al capitán Daiki Aomine. – El sí fue general, le dio la espalda. –Mátenlo.

 

Las armas se elevaron apuntando la salida de la bala a su persona. – ¡No les funcionó la mucha, ¿cierto?!

 

– ¡Alto al fuego! – Retorno sobre sus pasos, las armas fueron bajadas. – ¿Conoces al que lleva su sangre?

 

–Conozco bien al chico.

 

Si tan sólo supieran que también le conocía serían capaces de buscar alguna forma de abrir una brecha al infierno para invocar a Red Demon para que lo matara por desvirgar a su chico.

 

 

*

– ¿Qué clase de hombre cambia una vida por un tesoro?

 

–Un pirata, deja te ayudo. – Kagami suavizó su voz ante la desesperación de Tatsuya de vendarse la mano, con reticencia este le permitió tocarlo. – ¿Te hicieron algo más?

 

–No me tocaron, si eso es lo que buscas saber.

 

–Tat eso no…

 

–No importa. – Volteo el rostro.

 

– ¿Por qué les distes mi apellido?

 

–Porque era lo mejor, tú no… no quería que te hicieran daño.

 

El corazón de Kagami golpeaba frenéticamente por la declaración, Tatsuya le miraba directo a los ojos, sin notarlo ambos se encontraban a milímetros de los labios, pero cuando quiso estrechar la abertura este retrocedió. El rechazo fue claro, Kagami se enderezo, prosiguió con la curación.

 

–Esto te pertenece. – Le entrego el medallón de su padre, lo único que no permitía el olvido de su madre. – Siento haberlo tomado aquella noche.

 

–No importa. – Le sonrió, se paró y se alejó de ahí.

 

Por alguna extraña razón no dejó de ver el medallón, no hasta que entro al camarote de Daiki. Examinó cada recoveco, tan impersonal como el mismo Dai. Sin razón aparente, lágrimas comenzaron a fluir sobre sus mejillas, se acostó en la cama permitiendo que el olor del dueño le envolviera. Le arrullara. A su mente vinieron pequeños flashes de su noche con él, el más fuerte e incluso podía recordar la suavidad de la caricia, fue donde terminó sentado sobre sus piernas.

 

Cuando despertó, se escuchaba un alboroto sobre cubierta, al subir se encontró con que el Perla les seguía. Ana María dirigía el timón, Ryota gritaba cuanta orden se le ocurriera, Tatsuya no paraba de cuestionar a Ana María.

 

– ¡Aligeren la carga!

 

–Ryota debemos pelear. – Kagami no estaba dispuesto a perecer sin antes dar batalla, mucho menos después de haberles mentido en la baja de Daiki.

 

– ¡Carguen los cañones con cuanta cosa se pueda, plata, platos, vidrio quebrado, zapatos, clavos, lo que sea! ¡Muévanse perros de mar!

 

Tatsuya le miraba, noto que casi nada le provocaba. ¿Acaso ya no sentía la misma intensidad de ese amor?

 

¿Qué has hecho Daiki?

 

– ¡El Perla está muy cerca, nos partirá antes de apuntarle! – Grito Ryota.

 

–Suelta el ancla derecha. – Tatsuya le explico a Ryota. – La de estribor.

 

–Sera una sorpresa. – A Taiga le pareció un buen plan.

 

–Morirás niña. – Ana María intervino ante el plan sugerido por Himuro. –Ambos lo harán.

 

–Igual que Daiki. – Ryota se giró hacia los hombres. – ¡El ancla de estribor suéltenla ya o los usare como bala de cañón!

 

En el acto los hombres se pusieron a trabajar, el ancla fue soltada igual que el timón. El Perla se alineaba para la confrontación

 

– ¡Fuego!

 

Ambos navíos soltaron sus balas, la batalla soltó demasiado humo dificultando la visibilidad, los hombres iban y venían en una lucha de espadas y balas. Los navíos recibían la peor parte, en sus costados y mástiles.

 

–Ni lucifer nos ayudaría. – Ryota disparaba como poseso, apena tenía una bala en el arma la disparaba sin apuntar a nadie en específico.

 

– ¡Que se la lleven! – Había gritado Ana María,

 

–A ella no le buscan. – Kagami le miro para acto seguido ir en busca de la moneda de su padre.

 

El mástil principal cayó y por un momento la pelea bajo de intensidad, Taiga se quedó atrapado en el camarote de Daiki por el impacto de la última bala. No obstante, en cubierta Aomine apareció ante Ryota entregándole su pequeña licorera.

 

–Está vacía. –En su caminata detuvo a uno de los hombres a punto de golpear a la mujer del chico. –No es de caballeros golpear a una dama.

 

La chica le asestó en la cara con el mango del arma tirándolo por la borda.

 

–Eres un… – Su diatriba fue interrumpida igual que el intento de golpear a Daiki.

 

– ¿Y el medallón? – Ambos se vieron, basto la expresión de la chica para que el moreno comprendiera. –Lo tiene Taiga.

 

La chica salió en su búsqueda, un pequeño chango fue notado por él, caminando por la soga hacia el Perla. –Monito. – Le siguió, justo antes de tomarlo este dio a parar a los hombros de Akashi.

 

–Gracias Daiki.

 

–De nada. – Le sonrió.

 

–Tú no, el mono, ese es su nombre.

 

Fue jalado hasta cubierta, el resto de su tripulación se encontraba ahí, incluso, para su mala suerte, la chica del estúpido pelirrojo traicionero. Akashi se acercó a esta reclamando:

 

–Abusaste de nuestra hospitalidad. – El barco explotó, ella forcejeo gritando el nombre de Taiga. Que conmovedor. Los hombres de Akashi le tomaron, la chica gritaba y cual dios resucitado, Kagami aparecía con arma en mano.

 

– ¡Akashi, suéltala!

 

– ¿Qué buscas muchacho?

 

–Dejarla ir.  – Taiga le apuntó con el arma.

 

–Sólo tienes un tiro y no nos harías daño.

 

–No hagas nada estúpido. – Le pidió Daiki, pero Kagami le ignoro subiéndose a la baranda del barco tomando una cuerda para darse equilibrio.

 

–No pueden morir, yo sí. – Se apuntó el cuello con su propia pistola.

 

– ¿Quién eres tú? – Para Akashi aquello ya era demasiado drama por una simple muchacha.

 

–Nadie, no es nadie, sólo un muchacho hijo de una tía que canta muy bien. Es eunuco. – Daiki intervino, tratando de que Akashi no le prestara atención, pero aquello murió con el grito de Taiga.

 

– ¡Mi nombre es Taiga Kagami, hijo de Red Demon, su sangre corre por mis venas!

 

Aomine quiso golpearse ante la estupidez del acto de Taiga, ¿es que acaso no podía seguir una simple orden? Pero claro, el amor vuelve idiota a quien lo padezca.

 

– ¡Exponga sus condiciones, joven Kagami!

 

–Tatsuya, libérala.

 

Akashi giro los ojos ante la absurda y obvia petición. – ¿Algo más?

 

–La tripulación… a la tripulación no le harán daño alguno.

 

–Hecho. – El capitán disfruto cada sílaba de aquella palabra que incluso Daiki supo cuál sería su final.

 

 

*

Abandonado, nuevamente, abandonado.

 

Akashi merecía una muerte tan dolorosa, larga y agonizante que incluso el disfrutaría cual ramera en celo viéndolo perecer, porque, no conforme de echarlo de su propio preciado y amado Perla Negra, le dejó con el adefesio de mujer de Taiga; quien cabe destacar, no le paraba la boca. Gritando y cuestionando como si fuera la reina de Inglaterra.

 

¿En serio, qué le vio? ¡¿Qué?!

 

Se quitó las botas para poder caminar mejor en la isla ya que era pura arena.

 

– ¡Pero ya te habían abandonado en esta isla, podemos hacerlo de nuevo usando lo que hiciste la última vez!

 

Oh, pues gracias por recordármelo, no te hubieras molestado. ¿Acaso la mocosa no sabía guardar silencio? No necesitaba que le recordaran un pasado que le habían tatuado con fuego, uno donde el pago fue tan elevado que dudaba de aún poder seguir vivo y cuerdo, y no loco o muerto. Aunque, la idea de gastar su bala prometida al amotinado traidor en ella, era algo sumamente atrayente.

 

– ¿Con qué punto y propósito, señorita? – La encaro. Apuntó hacia el mar. – El Perla se ha ido y a no ser que entre tus ropas traigas una soga o algo parecido, que no creo, no veo cómo saldríamos de acá. El joven Kagami morirá y no se podrá evitar. – Le dio la espalda buscando su preciada palma, aquella que le ayudó a no darse un puto balazo de pura ira y frustración ante su primera situación de abandono y traición.

 

–Eres el capitán Daiki Aomine, quien se escapó de diez oficiales de la East India Trading Company y lo logró hacer sin gastar una sola bala. – La chica le detuvo en su comprobación de suelo. – Di ¿qué hiciste para escapar?

 

Daiki le miró, responder sería mala idea, pero joder, ya quería quitársela de encima. – Sólo me embriague durante tres días. – Bueno, algo más que se sumaría a su lista de idioteces. – La última vez los traficantes de ron usaban esta isla como guarida, algo que ya no se hace gracias a tu amigo Murasakibara. – Bajo a la cava del ron, subió con un par de botellas del precio licor de los piratas.

 

– ¿Eso es todo? Ese es el secreto de la gran aventura del famoso Daiki Aomine, – Tatsuya invadió sin autorización previa su espacio personal. – Se pasó tres días en la playa, borracho hasta la pérdida de razón.

 

¡Perra maldita!

 

–Bienvenida al paraíso del Caribe, primor.

 

Bah, que se jodiera. Él y su buen corazón le habían llevado de regreso al inicio de su agonía.

 

Al día siguiente, sin resaca se encontró con la sorpresa que la señorita había tomado casi todas las botellas y barriles de ron para crear una hoguera, casi media isla se quemaba mientras, ella sólo se sentó en la playa en espera de algo que probablemente no pasaría. La muy incauta va y quema el ron. ¿Acaso no sabe que eso ayuda a no morir de sed y hambre?

 

Afortunadamente no había cometido la misma idiotez de contarle cosas como lo hizo con Taiga.

 

Lucifer le libre si vuelve a bajar la guardia con otra cara bonita.

 

¡Carajo!

 

Al otro lado de la isla, la maldita guardia de Port Royal había anclado.

 

Mira, hay que darle crédito a la princesita.

 

 

*

Bajo cubierta, las celdas del Perla Negra resguardaban a la nueva tripulación del capitán Daiki Aomine. En una sola habían puesto a Taiga quien no podía con su propia culpa, el no hacerle caso a Daiki le iba a costar caro.

 

Un par de hombres del navío maldito se encontraban limpiando el suelo, Ryota no pudo evitar comentar su forma de limpiar, al igual que él, no pudo no preguntar.

 

– ¿Conoció a Taiga Kagami?

 

– ¿Red Demon? Lo conocimos, no le agrado lo que se le hizo a Daiki Aomine… el motín y eso, dijo que no quería seguir el código por eso te envió esa parte del tesoro. Dijo que merecíamos la muerte, sufrir, asir. Agonizar.

 

–El muy maldito. – Hablo el otro sujeto.

 

–Gran hombre. – Intervino Ryouta.

–Obviamente eso no le agrado al capitán… y entonces, el capitán amarró a Red Demon al cañón con su ropa y lo último que vimos del viejo Taiga Kagami fue que se perdía en las profundidades del mar… Luego comprendimos que se rompería la maldición con su sangre.

 

–Esa en una gran ironía. – Ambos hombres rieron por ello, sin embargo, sólo duró un par de segundos pues el capitán apareció por la escalera seguido por dos hombres más.

 

–Traigan al chico.

 

 

*

¿Por qué no podía quedarse callado?

 

Oh claro, aquello también le incumbía, por lo tanto, también debía moverse si quería recuperar lo suyo.

 

Ahora, de nuevo, remaba por el estrecho canal hacia la cueva, sonriendo ante lo manipulable del hombre de la milicia. Tranquilo y sin preocupación remo hasta la orilla. Los gritos de los hombres por la tan ansiada liberación de la maldición de Cortes… ¿o era la azteca?

 

Nah, lo que fuera.

 

Con cuidado y haciendo uso de su personalidad tan peculiar atravesó a la tripulación quien le vio asombrada por su aparición en el lugar. El griterío fue cesando conforme avanzaba. Akashi sobre la cima, con el cofre lleno de las monedas malditas, a su lado Taiga le miraba. Uno sorprendido y el otro fastidiado.

 

– ¿No es posible?

 

–Daiki. – Kagami se removió un poco para erguirse. – ¿Y Tatsuya?

 

Ash.

 

–Está a salvo como lo prometí. – Un hombre le tomó del hombro deteniendo su subida. – Acepto desposar al comodoro Murasakibara. – La cara de Taiga fue divertida. Venganza. – Ella lo prometió y tú morirás como lo prometiste, así que todos somos hombres de palabra… excepto por Tatsuya, es una mujer.

 

–No hables, tú sigues. – Akashi se giró hacia Taiga posicionando el puñal sobre el inicio del cuello.

 

–No querrás matarlo de verdad. –

 

El capitán Akashi le observó y sonrió. – Si, si quiero.

 

–Será tu fin. – Dijo Daiki viéndose las uñas de lo más interesado.

 

– ¿Por qué no querría matarlo? – Se irguió mirándolo, aún con el puñal apuntando a Taiga.

 

–Ah, porque… – Le dio un manotazo a la mano del hombre que le detenía, camino hacía Akashi mientras hablaba. – Porque el increíble y orgullo de la marina real está flotando allá afuera, esperándote. – La reacción de la tripulación maldita no se hizo esperar. – Sólo escúchame, ordena a tus hombres abordar el tracio, ellos hacen lo que saben mejor. Luego tienes ya dos naves, comenzaras tu propia flota, tomaras al tracio como tu nueva insignia, pero falta el Perla, – Se acercó a Akashi. – Hazme su capitán, navegare bajo tu mando, te daré el 20% del botín y podrás presentarte como el comodoro Akashi. ¿Savi?

 

–Y supongo que evitaras que mate a este joven.

 

–No, no, por favor mata al joven. – Miro a Taiga. – No levantes la maldición hasta que sea oportuno. – Con su mano tocó el botín maldito, tomo un puñado de ellas entre sus manos. – Ósea, después de asesinar a Murasakibara y sus hombres.  Sin faltar ni uno. –Por cada palabra fue soltando las monedas, cual mago tomó una escondiéndola entre sus ropas.

 

Kagami por lo visto compendio al hablar acusándolo de usarlo en cuanto supo su nombre. Negocio con Akashi el porcentaje de las ganancias y el trato se cerró.

 

– ¡Todos a los botes! – No lo pudo evitar, aún seguían siendo su tripulación, pero cediendo ante Akashi le pidió disculpas. – Tú da las órdenes.

 

–Señores, hagan lo suyo.

 

– ¿No irán en bote? – Akashi sólo le sonrío. Aquello no pintaba nada bien.

 

En fin, en la cueva sólo se quedaron unos cuantos hombres y Akashi, se puso a inspeccionar el tesoro que se había acumulado por esos años.

 

–Daiki, debo admitir que pensé que te conocía. – El capitán del Perla le hablaba desde una montaña de oro y piedras preciosas. –Resultaste difícil de predecir.

 

–Porque soy deshonesto y un deshonesto siempre va a ser claramente deshonesto. – Conforme hablaba se acercaba y de paso tiro la estatuilla de oro que antes revisaba. – Y siendo honesto, de los honestos es de quienes debes preocuparte, porque jamás predecirás si van a ser algo increíblemente estúpido. – Observó a Taiga.

 

Después, simplemente le quitó la espada a uno de los hombres que los custodiaban, le aventó la espada a Taiga y este la tomo al vilo golpeando al hombre que le retenía. Akashi se levantó de su lugar comenzando una pelea contra Daiki. Golpes, agua chapoteando, puños, patadas y parecía que aquello no terminaba. Akashi le dio tal golpe que lo mandó al piso.

 

–Nunca ganaras Daiki. – El moreno se levantó clavándole la espada en el estómago, Akashi se la quitó fastidiado ante la acción irracional de Daiki, regresándole el golpe, clavando la espada por el pecho.

 

Aomine se fue para atrás, cuando la luz de la luna lo cubrió mostró ropa rasgada cubriendo un esqueleto, la sorpresa de Akashi fue gloriosa para él.

 

–No pude resistirme – Entre sus dedos bailó una moneda. –¿Savi?

 

La lucha continua, el sonido de los cañones retumbaba hasta ellos. Taiga se movía esquivando y golpeando a quienes le perseguían. Por otro lado, ambos capitanes peleaban sin cesar, corriendo de aquí para allá. Akashi término en el suelo bajo la luz de la luna revelando su asqueroso armazón de huesos.

 

–¿Y qué sigue Daiki? Dos inmortales pelando hasta el fin de los tiempos.

 

–Uhm, si quieres ríndete.

 

– ¡Eres detestable! – Ahora si Aomine corrió por su vida, Akashi le rugió cual loco y eso era una mala señal.

 

Tatsuya salió de la nada, ayudando a Taiga con un par de bombas que colocaron dentro de los apresados piratas calavera llevándolos fuera del alcance de la luz de la luna. Daiki tomó la moneda cortándose la mano para después aventarla. Akashi apuntó su arma contra la chica y el sonido de un disparo resonó en el lugar.

 

–Diez años cargaste esa pistola y desperdiciaste el tiro.

 

–No lo hizo.

 

Akashi se giró hacia Kagami, quien se encontraba con la mano estirada y ensangrentada con ambas monedas bañas con la respectiva sangre de cada uno. Se volvió a Daiki, soltó la espada y se abrió la ropa mostrando el pecho perforado que comenzaba a sangrar.

 

–Que frio. – El amotinado capitán cayó, junto con el resto de su tripulación.

 

Tatsuya se alejó, Kagami después de cerciorarse que no hubiera más enemigos se acercó a él. Se sonrieron y miraron, a punto de besarse el ruido de copas estrellándose les cortó el momento.

 

–Tai, hay que ir la playa.

 

–Tu novio debe de estar esperando.

 

Tatsuya le vio para acto seguido alejarse mientras este le veía sin hacer nada.

 

–Si querías un mejor momento, lo acabas de perder… Ahora si fueras tan gentil llévame a mi barco. – Daiki llevaba encima varis piezas de oro y piedras preciosos.

 

Al salir no había navío Perla Negra.

 

–Lo siento Daiki. – La voz de la chica ni siquiera pudo provocarle menos que aburrimiento.

 

–Hicieron lo correcto… y no esperaba menos.

 

 

*

Dos días después se encontraba con las manos atadas y, literalmente, con la soga al cuello. La música de los tambores era… inspirador, algo no deseado de escuchar en tus últimas horas de vida, pero, helo ahí. Con un guardia gritando su sentencia, rodeado de la mitad del pueblo de Port Royal. No podía quejarse, su tripulación tenía su preciado Perla, el bastardo de Kagami fue perdonado por lo que, no se quedaría con la chica; dulce victoria, y él sólo consiguió un deseo absurdo e infantil y nada de barco y nada de chico.

 

Bonita vida tuvo, la verdad.

 

–Piratería, robo, fraude, hacerse pasar por un oficial de la flota real, suplantar a un clericó de la iglesia jesuita, robar propiedades reales, también secuestro, robo, calumnias, deshonestidad, depravación y alboroto público. Y por estos crímenes será condenado a ser colgado por el cuello hasta la muerte. Dios se apiade de su alma.

 

El redoble de tambores paró, el verdugo le ajustó la soga mientras el muy cretino le sonreía. Aunque, su vena curiosa palpitaba intrigante ante las acciones de Taiga, quien se había acercado al lugar donde Tatsuya, su padre y el comodoro Murasakibara se encontraban. Algo verdaderamente fuerte o delicado dijo, pues la cara de los tres era un tanto peculiar. La trampilla fue jalada, por un instante sintió pánico, realmente no quería acabar así, su última carta no hacía acto de presencia y ya comenzaba a quedarse sin aire.

 

Una espada fue arrojada contra la madera quedando bajo sus pies, un pésimo escalón, pero al fin su preciado as se movió. Taiga subió hasta la horca enfrentándose contra el verdugo que con hacha en mano le atacaba, su soga fue cortada cayendo al suelo, liberó sus manos con el filo de la espada clavada; se quitó el resto de la cuerda para aventársela a Kagami, quien de un salto llegó a su lado. Ambos con los extremos de esta hicieron una mancuerna ahogando a una triada de guardias, después bajaron la misma para tumbarlos y los otros dos que venían atrás los apresaron contra un pilar de piedra.

 

Esquivaron espadas, soltaron puñetazos e intentaron huir pero un centenar de guardias con escopetas apuntándoles le rodearon. Daiki se quedó tras Kagami, la estúpida pluma del sombrero le picaba el rostro y el comodoro hizo acto de presencia.

 

–Siempre imaginé que alguien le ayudaría en su escape, más no imagine que fueras tú.

 

–En nombre de Port Royal te otorgue clemencia Taiga. – El gobernador y padre adoptivo del chico hablo, no pudo negar el chantaje disfrazado por las palabras bonitas. –Lo pagas formando una alianza con ese pirata.

 

–Es un gran hombre. – Aww, que conmovedor. Mala idea el que Kagami soltara la espada cuando no dejaban de apuntarles. Joder con el chico, ¿acaso no aprendió nada? –Si consigo que el verdugo tenga un par de botas en lugar de dos, que así sea. Mi conciencia está limpia.

 

–Recuerde cuál es su lugar. – El comodoro perfiló la punta de la espada a un lado del cuello del pelirrojo.

 

–Está aquí, en medio de Daiki y usted.

 

–Y este el mío. – La joven se colocó al lado de Taiga.

 

Vaya, conque si se queda con la chica.

 

– ¡Tatsuya! – El padre junto con el comodoro les miraban asombrados por el actuar de la chica. – Bajen las armas.

 

Bueno, al menos sirve como escudo.

 

– ¿Esto es lo que dicta tu corazón?

 

La pregunta del comodoro hizo saltar las alarmas de Aomine, la respuesta no le iba a gustar y mucho menos el hecho de ver como aquel chiquillo le era arrebatado con una simple palabra, tan corta, pero tan decisiva. Por unos instantes el recuerdo de aquella noche invadió su mente, clavó sus ojos en la nuca de Taiga, no comprendía porque su pecho se comprimía y sentía que el aire se resistía a circular por sus pulmones.

 

–Lo es.

 

Boom. Pérdida total de algo que nunca te perteneció.

 

Al elevar la vista notó a tan peculiar pajarraco, sonrió. Hora del show.

 

–Bien, tengo un buen presentimiento sobre esto. – Se acercó al gobernador. –Les espera un gran ritual ¿no? Humanitario, espiritual. – Le daba gracia la cara de asco del hombre ante su presencia o ¿será su aliento? Se acercó al comodoro. – Déjame decirte que tú eras el favorito. –Aquella proclamación iba más afondo de lo que quería dar a suponer. Se acercó a la parejita y, por un milisegundo, quiso ser él quien estuviera al lado de Taiga, pero que siga el show. –Tatsuya… lo nuestro no podría funcionar, como lo siento. – Camino hasta la escalinata. – Taiga… lindo atuendo.

 

Este sólo le sonrió con un tenue sonrojo, quiso agregar más, invertir las últimas oraciones, más sabía que aquello no era para el chiquillo de ojos rubí. Piedra, por cierto, sería su favorita de ahora en adelante.

 

– ¡Este día lo recordarán como aquel que captu…! – Se fue haciendo para atrás hasta que se tropezó contra el pequeño escalón que evitaba la caída del risco.

 

Pero vamos, él quería caer dejando su imagen lo mejor posible. Al salir a la superficie su preciado Perla le esperaba a unas cuantas millas, sonrió, lo mejor era lo seguro que lo incierto. Le aventaron una cuerda y de una lo sacaran del mar.

 

–Se suponía que mantuviera el código, señor Ryota. – Daiki le reclamó, él le sonrió.

 

–Ah, creímos que era más bien una guía que reglas a seguir. – Le extendió la mano para ayudarle a levantarlo, no pudo no sonreír ante la lealtad de ese hombre tan peculiar y un tanto paranoico.

 

Otro hombre de la tripulación le tendió su sombrero. –Gracias.

 

–Capitán Aomine. – Ana María le llamó desde el timón, se acercó a él, le puso su preciada gabardina negra y le susurro. – El Perla Negra es suyo.

 

Camino hasta el corazón de su preciado navío, aquel que le llevó a la perdición, le aventó a los brazos de un joven de ojos rubí y el que ahora le regresaba la dicha que antaño creyó perdida.

 

– ¡¿Qué hacen aquí?! ¡A trabajar, leven el ancla y suban las velas! – Tomó el timón tan suavemente como tomo la piel canela. – Ahora, llévenme al horizonte. – Su habla fue íntimo, sacó su brújula, le dio un pequeño giro al timón. – Tararara, todos gritando yojou.

 

 

Notas finales:

¡Otro!

Este me tarde y costo en hacerlo porque casi no tenía inspiración y sin la película era un tanto difícil, pero logré conseguirla y helo aquí. Ojalá les haya gustado.

Nos vemos en la siguiente locura.

Yanne xD.

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