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Dancing Over Water Lilies

Autor: CrawlingFiction

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Notas del fanfic:

DISCLAIMER: La historia está ambientada durante la invasión japonesa a Corea del Sur, específicamente a mitad de la guerra de los siete años. También hay regresiones más atrás, por los años 600-700 más o menos. De todos modos, la guerra sólo es mencionada como parte del contexto, no se vincula explícitamente. A su vez , me valdré de mitología coreana y china, además de sus tradiciones.

Dancing Over Water Lilies


Capítulo 1: Estrella fugaz


 


Cuandoel sol se agota y la luna toma el mando del cielo, con las estrellas otorgándole silenciosa compañía, HongBin podía finalmente soltar las herramientas y trepar al tejado. Labrar la tierra era agotador, después de todo, era un muchacho, pero la rebelde adolescencia era un lujo y muchísimo más al crecer y arrearse la aldea junto a su viejo padre. Hacía medio siglo ya, cuando su abuelo era de la edad de su padre y su padre de la suya, una devastadora inundación se llevó consigo todos los sembradíos, desde el sorgo al arroz, desde las flores hasta las frutas. La inclemencia de la lluvia saturó las tierras y las condenó a ser pantanales de hambre y desesperación. Sin alimentos ni tejidos para ampararse, su padre y abuelo sufrieron penurias y privaciones que ni el trabajo duro ni las visitas a los templos menguaron. Podía recordarlo de boca de su abuela, el valle se había convertido en una ciénaga empozada infestada de plagas, atrayendo enfermedades, como si más desdicha no pudiera haber caído. Lo único sublime entre la destrucción eran los pequeños nenúfares rosas que parecían levitar el agua inmunda, luciendo hermosas por sobre tanto dolor.


Años pasaron, viejos murieron y niños nacieron. Generaciones se volvieron simples leyendas de senderos y sus herederos los nuevos responsables de sostener el pueblo empequeñecido. Todo parecía cambiar constantemente en ese alejado pueblo rural, infinitamente atrasado a la capital asediada por la perceptible invasión japonesa.


Todo parecía evolucionar, pero, la lluvia jamás cesó.


Año con año la época lluviosa atraía el miedo y la incertidumbre, además de valor y precaución. Su padre, proclamado el líder, luchó contra la naturaleza, construyó diques, remodeló casuchas enteras, atrevió a sembrar en montañas y reclamar a los dioses por su indiferencia. Cualquier cosa podía suceder, menos rendirse. La población más cercana estaba a más de dos días en buey, ¿cómo llevarse consigo un pueblo entero?


Nació y sólo vio nenúfares y escuchó llantos de niños con menor suerte que él, y con esa estampa debió crecer y aceptar el peso del honor.


Tristemente, el peso le aplastaba.


Esa noche en particular, pudo soltar las herramientas, lavarse las manos y rostro curtido de tierra y subir a mirar las estrellas. Le gustaba mirarlas, prestar su atención a algo más que el suelo fangoso que engullía sus piernas paso con paso. Creer en el infinito, soñar que podía volar lejos de los nenúfares malditos, conocer algo más allá de las colinas y la lluvia incesante. A veces se preguntaba si tanto añoro era porque en otra vida había sido una estrella fugaz, una que tristemente le tocó estrellarse contra el fango de ese lastimero pueblo. Acostumbrarse a las ciénagas, acostumbrarse a ser el próximo líder a quién posarían todas las esperanzas. ¿Cuáles esperanzas podría arrullar si ni él mismo tenía?, y era consciente de que nadie más en la aldea las tenía, a excepción, quizás, de su abuela. Una mujer supersticiosa a quién la belleza física se le agotó, pero la del espíritu se le mantenía indómita. Creía cuan niña a los cuentos, que los dioses tarde o temprano subsanarían los pecados de la tierra y volvería el sol a posarse, a las plantas dejar de pudrirse y a los ancianos y los niños enfermarse. HongBin lo dudaba, en las noches al andar por los senderos los podía escuchar. Escurridizos los espíritus jugaban entre los árboles o por los templos y le aullaban a la noche. Parecían regocijarse de su tristeza.


Observando en silencio el firmamento titilante una estrella fugaz cruzó el cielo a lo lejos. Suspiró maravillado de su belleza y cerró los ojos, ¿su deseo?; paz. En un parpadeo volvió a abrirlos. La estrella fugaz seguía lentamente atravesando el horizonte. Extrañado se incorporó de codos y miró como el alargado fulgor dio una espiral, batallando por ascender hacia las nubes, fracasando en el intento y estrellándose en la tierra con el estruendo de las aves despertadas agitarse de las copas de los árboles. Pálido de sorpresa se calzó sus zapatillas de tela, se abrigó con el durumagi1 del hanbok2 y bajó. ¿Qué diablos había sido eso? No, no era una estrella fugaz, entonces, ¿qué era? El revoloteo de las urracas señalaba que lo que sea que se hubiera caído del cielo estaba por los sembradíos vueltos jardines de nenúfares. Era un poco extraño, pero emocionante. Una chispa de viveza juvenil le invadió. Cogió su navaja y un candil de barro encendiendo apresuradamente su mecha y caminó bosque adentro, siguiendo el trinar de los pájaros reclamando el haber despertado, y el cantar constante de las ánimas saltando sobre las copas.


El silencio se apoderó de la atmósfera, apenas escuchándose el crujir de las hojas muertas bajo sus pies. Aferrándose al asa del candil3 miraba a todas direcciones, ubicándose entre los recodos amplios y húmedos del místico bosque.


—¿Adónde habrá caído? —murmuró rindiéndose. De repente, un destello tétrico iluminó las sombras de los árboles, haciéndole volcar el candil al suelo sumiéndose en aterrorizante abismo. Buscó la fuente de esa débil luz que escurridiza evaporó siendo simplemente eso; un destello por sobre la oscuridad. A pocos metros, cercano al origen del rayo, una silueta desplomó pesadamente. Los cuervos noctámbulos no ignoraron su presencia y trinaron agónicos helándole la sangre.


No estaba solo.


Temeroso empuñó su navaja y se acercó. Era una persona. Corrió hacia ella y rodeando sus hombros le hizo girar. Un jadeo pavoroso escapó de sus labios, ¿estaba muerto? Sus manos se pasmaron al ver su torso cubierto de sangre coagulada. Reparó en su rostro pálido con perlas de agua y sudor frío centellando como joyas mortuorias. Nervioso tocó su pecho, sintiendo el débil palpitar de su corazón. No le quedaba mucho tiempo. Mirando a todas partes buscaba una respuesta sobre qué hacer, cuando una mano temblorosa agarró la suya haciéndole estremecer. Le apretaba débilmente, suplicando auxilio. Se sacó el sobretodo del hanbok y presionó la hemorragia que sangraba profusamente. Con esfuerzo le hizo incorporar rodeando su torso con el otro brazo y dejando caer parte de su peso a los hombros se lo llevó a cuestas. El hombre malherido se dejó maniobrar con docilidad, respondiendo sus pies descalzos y mojados con lentas pisadas sobre el follaje. HongBin temblaba asustado, sintiendo de repente el bosque inquieto, todos los llantos de la noche estallaban a sus oídos, como rogándole que le salvara. Debía ayudarlo, podría ser un viajero extraviado al intentar cruzar semejante cueva vegetal, gobernado por almas penantes y animales aún sin descubrir.


Con esfuerzo desviaron por un sendero más amable, raspado de tierra y fango seco. Las huellas de la carreta apenas delataban la localización del cobertizo improvisado que tenía su padre para resguardar la siembra ya cosechada del clima hostil. Empujando la pesada puerta de madera le dejó caer sobre una pila de heno seco. Trepó una silla alcanzando los candiles y encendiéndoles su mecha, iluminando la espaciosa madriguera atiborrada de sacos de arroz, sorgo y brotes a medio germinar. Luchando por recordar las lecciones de curandería de su abuela cogió puñados de hojas y raíces de una bolsa de tela, machacándolas en un mortero de piedra. Tomó agua de una cubeta con un bol y de rodillas le dio de beber.


—Por los dioses…, ¿quién te hizo esto? —balbuceó al desanudar su camisa de cáñamo blanco bañado en sangre negra, revelando el zarpazo que casi le había roto en dos el torso. El hombre entreabrió los ojos suavizando sus jadeos adoloridos. Bajo el fulgor ambarino de las luces su rostro pálido como papel de arroz se sombreaba con hermosura. Lucía tan cercano a la muerte, pero ella no parecía poder rozarle siquiera. Se burlaba de ella con esa palidez irreverente de su mismo destino. Con paños mojados de efluvios de plantas limpió la herida, semejante al ataque de un oso, y la vendó firmemente deslizando las manos debajo su espalda despedazada, incapaz de hacer mas por el moribundo— D-Debo llevarte a la aldea, la curandera del pueblo podrá hacer algo mejor por ti. Con esto podrás estar de pie.


—No quiero, déjame aquí —murmuró volviendo a cerrar los ojos. HongBin le miró sorprendido.


—¿Qué? Estás seriamente malherido, ¡puedes morir! —le reclamó nervioso tomando de las manos para ayudarle a poner en pie, siendo rechazado de un tirón— ¡Tenemos que ir al pueblo! Es a las afueras del bosque, yo-.


 —No —le interrumpió despejando sus párpados para mirarle fijamente— Déjame aquí.


—Pero, ¿qué…?  —sacudió la cabeza siéndole inconcebible aquello. Quizás sea lo que fuera que le hubiera atacado estaba merodeando todavía. ¿Podía ser eso?, ¿no arriesgarse?


—Estaré bien —añadió sacándole de sus razonamientos. HongBin llevado por un impulso estiró lentamente la mano para despejar sus cabellos negros y tocar su frente, palpando si había signos de fiebre por infección.


—Escucha, no quiero que mueras… —murmuró preocupado y con el ceño fruncido recorriendo su sien sudada hasta descender a su torso, cubierto con motas de sangre ya traspasando los vendajes.


—Soy un desconocido, ¿qué más da si muero? Prometo no ensuciar mucho —bromeó esbozando una pequeña sonrisa valerosa. HongBin desvió de golpe la mirada. Tenía razón. Era un forastero, incluso podría ser un exiliado o un asesino. Volvió a mirarle y detalló sus facciones tan delicadas. Esos ojos rasgados y profundos, la línea sinuosa de su mandíbula y sus labios teñidos del carmín de su propia sangre. ¿Sería algún japonés que intentó llegar a la aldea para delatarles y arrasarla con sus tropas como con los pueblos del este? Nervioso apretó el bolsillo de sus pantalones. Tenía un arma.


—Si mueres…, ¿al menos puedo saber tu nombre? —balbuceó mirando hacia sus ojos negros y opacos como guijarros de río. No dejaba de apretar su navaja, listo para acuchillar.


—TaekWoon —murmuró inaudible. No supo identificar su acento, pero japonés no era. Aflojó el agarre de sus nudillos blanqueados, por ahora, no tendría que matarlo. La naturaleza le haría ese favor esta noche.


De una austera alacena clavada a la piedra consiguió pastelitos de arroz rellenos judías rojas. Llevó su cabeza despeinada al regazo, dejando una mano refrescar su rostro con un paño húmedo en agua de hierbabuena, y la otra llevándole trozos de arroz a la boca. Adormilado ante sus atenciones masticaba lentamente. Sus labios húmedos se sentían suaves a las yemas. No pudo evitar sentir lástima.


—¿Quién te hizo esto?, ¿un animal? —preguntó mirando abstraído su cuerpo semidesnudo, especialmente a su abdomen ya tintado de rosa. TaekWoon pestañeó lentamente, igual de perdido, pero en sus mismos pensamientos.


—Uno de mis dongsaengs —respondió apenas— Peleamos, y eso pasó —sus manos se detuvieron un instante, ¿cómo un dongsaeng sería capaz de hacerle algo así a su mayor?


—Te quería muerto… —musitó sin poderlo concebir siquiera en su cabeza. TaekWoon sonrió débil.


—Ojalá…, ojalá pudiera hacerlo —HongBin parpadeó confuso, más prefirió no seguir hablando.


—Debo irme, pronto amanecerá —se levantó lentamente del lecho de heno acomodando su cabeza sobre una pila de harapos. Hurgando tras los sacos apilados encontró una larga manta a medio tejer, deshilachada y atorada en un telar roto. Rasgó y le arropó hasta los pies, los cuales se sentían amoratados y fríos. Si la hemorragia no lo mataba, la hipotermia lo consumiría sin misericordias— Puedes pasar la noche aquí, nada te pasará —le aseguró. Sus ojos negros no dejaban de observarle, haciéndole incomodar— ¿Te gusta el arroz?, mañana traeré —prometió tomando uno de los candiles para alumbrar su camino de regreso.


—¿Cómo te llamas? —una suave voz le hizo mirar sobre su espalda.


—Lee HongBin.


—Mi apellido es Jung, lo era —dijo. HongBin le dedicó una cortés sonrisa.


—Nos vemos mañana, TaekWoon —pareció prometer. Aunque lo pusiera en duda, también quería creerlo. Cerró la pesada puerta y desenvainó su navaja mirándola con desdén. ¿Tuvo que haberle asesinado? Ser un buen samaritano en épocas de guerra silente era atarse la soga al cuello y patear la silla. Debería volver y hacerlo, pero el recuerdo de sus ojos le detuvo. Con un único destello en sus pupilas pudo darse cuenta de que ese era el único gesto de compasión que debió haber vivido desde hacía mucho. Parecía un animal herido más que una persona. Un alma errante, como las que danzan sobre las copas de los árboles y las hojas de los nenúfares. Sólo tenía un poco más de calor a flor de piel, calor que como el candil que sostenía, se extinguiría poco a poco.


Se despidió de TaekWoon.


Mañana encontraría su cadáver, con esa pequeña sonrisa tatuada.


••••••


—¿Adónde vas? —inquirió la voz de su padre anudándose el sombrero bajo la barbilla. El sol apenas vislumbraba el horizonte aguamarina, calentando nimiamente los estanques y ciénagas. Ignorando el cuestionamiento arrastraba un pesado saco hasta la entrada de la casucha. Las primeras gotitas de la maldición comenzaron a aparecer, lloviznando como todos los días.


—Al granero, debo guardar estos sacos. El clima arreciará y esa colina es lo único seco —excusó con brevedad. No podía ser considerada una mentira si tenía una parte de verdad.


—Deja eso para después —minimizó calzando sus calcetines tejidos junto A sus zapatos de curtida seda bordada— Tenemos que revisar los dátiles, el viejo Young dijo que parecían haber inundado —HongBin negó con la cabeza subiéndose el saco al hombro.


—Yo les alcanzo. De todos modos, mis herramientas las dejé allí anoche —la mirada inquisidora de su padre pretendía derrumbar sus planes— ¡Será rápido! Adelántense —cortó antes de que le atosigara de preguntas. Bajó los escalones adosados sobre la tradicional vivienda, suspendida un metro sobre la tierra gracias a unos pilares de madera, que cuan improvisado palafito les elevaban del agua a los tobillos. Cruzó al bosque y desvió hacia el sendero lodoso bajo el inusual trinar amistoso de una urraca posada sobre una rama. Sonrió agradecido por la buena suerte. Dentro de la lona tenía un par de cuencos sellados con arroz y pescado salado. Como autómata sirvió la abundante comida y la metió a escondidas. Ni sabía por qué, a fin de cuentas, se encontraría con un cadáver. TaekWoon no podría haber soportado aquella noche, sus arcaicos auxilios y el calor de un lecho no podían haber sido ser suficiente. Aun así, abordó un poco de esperanza. ¿Esa sería su suerte augurada de hoy?


No quería encontrarle muerto.


No sabía nada de él, y, sin embargo, no deseaba cavar una tumba sin nombre y sin flores. Era un desconocido, no podía cremarlo o enterrarlo al camposanto del pueblo. Su destino sería estar sepultado, con el musgo y las florecillas balancearse al costado de su tumba en esa tierra desconocida. Muriendo y naciendo entre rosas sirias4.


Se plantó frente la puerta, dejando el saco contra la pared de roca. Tragó grueso. Tenía miedo. No sería el primer ni el ultimo muerto que viese en sus diecinueve años de vida, pero una inquietud angustiosa le gritaba que abriera, y a la vez, que se diera la vuelta y se marchara.


Suspiró.


Iba a entrar. Estiró la mano, pero un ruido ensordecedor de platos estrellándose al piso y un rugido demencial le congeló, ¿qué era eso?


—¡TaekWoon! —resopló empujando de un empellón la puerta volándole las endebles bisagras. Le encontró derrumbado de costado en el suelo, podía verse un lateral de su rostro cubierto de sangre que salpicaba también las paredes. Aterrorizado subió la mirada, topando con una espalda ancha ataviada de ropajes bordados en oro y seda. El hombre volteó, igual de sorprendido por su presencia— ¡¿Quién eres?! —reclamó en un arrebato de valentía y furia. TaekWoon tosió escupiendo sangre y poniéndose de pie costosamente. El desconocido esbozó una sonrisa socarrona y se sacó el sombrero dedicándole una burlona reverencia. Parecía un noble o un príncipe por la rica manufactura de sus vestimentas. Le pateó el pecho a TaekWoon, derrumbándose tras otro estertor sanguinolento— ¿¡Qué le haces!? —apresurado sacó la navaja y se intentó acercar, pero el hombre desenvainó una daga atada al cinto del durumagi y corrió, listo para atacar. HongBin cerró los ojos con fuerza sin dejar de apuntar.


Lo iba a matar.


Un ruido sordo y un jadeo pesado le obligó a abrirlos, topándose con una espalda desnuda en primer plano. El arma se retorció en su costado, derramándose sangre ennegrecida a sus pies.


—¡No lo toques! —ordenó interpuesto entre ambos. El hombre sonrió de lado empujando más la daga en sus entrañas. HongBin con los ojos desorbitados de miedo turnaba la vista a la sangre que chorreaba a sus zapatillas y la firmeza de TaekWoon en protegerlo— ¡Lo tocas y te mato, WonSik!


Una espeluznante tranquilidad les consumió. La daga salió de su cuerpo bañada en sangre más no se derrumbó. HongBin lagrimeó de miedo, ¿por qué no estaba muerto?, ¿cómo podía seguir de pie y mirando a ese hombre sin flaquear?


Una estruendosa risotada hizo eco en el cobertizo regresándole a la realidad.


—Oh, Leo… ¿tanto te acostumbraste a convivir con inferiores que adoptaste sus frases trilladas? —burló de cabellos plata que salían del moño dentro su elegante sombrero negro de copa de malla. Bajó la mirada al cuchillo y su mano a rojo escarlata, ensanchando su sonrisa. Inclinó a tomar del mentón de TaekWoon embarrando su pálido rostro de su misma sangre, brindándole una caricia delicada, cuan el mismo filo del arma que había perforado su estómago— Leo, ¿te lo deberé recordar siempre? —ronroneó cerca de sus labios rígidos y ojos acusadores. Soltó otra risotada empujándole con asco— ¡Mírate! Usando esos trapos y protegiendo pueblerinos.


—Soy TaekWoon, ¡ese es mi nombre, WonSik!


—¡TaekWoon está muerto, y WonSik lo está aún más! —gritó— ¡Deja de creer estupideces y asume tu cargo!


—¡Asúmelo tú!, yo siempre he hecho mi trabajo. ¡Es por tu maldita culpa que esta gente esté muriéndose! —golpeó con el índice a su pecho. WonSik desvió sus ojos negros hacia HongBin, resguardado detrás de los amplios hombros de TaekWoon. Estremeció apenas esa mirada sobrenatural le apuñaló— ¡Lo tocas y te haré desearlo de nuevo! —retrocedió ocultando al chico contra su cuerpo como una barrera.


—No quiero pelear con mi amado hermano... —musitó zalamero recorriendo con sus dedos las huellas de sangre a medio secar de su mentón— Vengo en son de paz, las cosas están difíciles —añadió siendo ignorado por la mirada esquiva e indiferente del pelinegro— ¡No es tiempo para rebeldías, Leo! —le gritó endureciendo la mandíbula y derrumbándose su máscara amable.


—No me digas Leo… —murmuró subiendo la mirada— Y no me recuerdes que estoy emparentado con una cucaracha —escupió con odio. WonSik tomó de su garganta y le alzó con facilidad, dejando sus pies colgando. Uñas se clavaron a su antebrazo buscando escapatoria.


—¡Suéltalo! —gritó horrorizado retrocediendo hasta chocar su espalda contra la pared. Reparó en la sangre que manchaba sus zapatos y parte de sus pantalones y cubría el suelo, destellando como charcos de rubíes líquidos. Estaban en peligro.


—¿Qué te crees tú, mocoso? ¡No te metas! —espetó apretando la lazada a su tráquea. TaekWoon pataleaba asfixiado, pero le era físicamente imposible. Había perdido muchísima sangre y podría creer que de un zarandeo las entrañas le brotasen de la piel abierta.


—¡Que lo sueltes! —le propinó un puñetazo al rostro haciéndole trastabillar. TaekWoon cayó al suelo llevándose las manos al cuello, tosiendo sofocado. Trémulo palpó la comisura de sus labios. Estaba manchado de sangre. Enceguecido de ira se lanzó hacia él, pero TaekWoon se le adelantó chocando en un destello cuan explosión de pólvora, cayendo cuencos que estallaron en pedazos, y arrojando a HongBin al suelo. Se arrastró cubriendo su cabeza de los trozos de barro y cerámica, resguardándose debajo de una mesa. El polvo sacudido por el impacto volvió a asentarse, aclarando el lugar antes abruptamente iluminado. Un rugido parecido sacado del fondo de la tierra le congeló.

Notas finales:

Notitas de autor:



  • Durumagi: sobretodo que cubre el hanbok y se anuda con un lazo como un kimono.

  • Hanbok: traje tradicional coreano que constata de anchos pantalones o falda, camisa blanca ancha y un chaleco de colores y bordados varios. Sus accesorios son un sombrero de malla negra y alas anchas y zapatillas se seda con calcetines.

  • Candil: lámpara antigua que se compone de un platito hondo donde hay una mecha empapada en grasa o aceite inflamable.

  • Rosa siria: flor nacional de Corea, conocida mejor como mugunghwa.

  • Cuervos y urracas: En la mitología coreana los cuervos representan la mala suerte y las urracas la buena suerte.

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