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Save Myself

Autor: MLorelei88

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Notas del fanfic:

[Los personajes no me pertenecen, pertenecen a Hajime Isayama y su respectiva obra: Shingeki No Kyojin.]

Advertencias: la presente historia se ambienta en un Alternative Universe —acreditado o popular por sus siglas AU— moderno en el que se mencionan o destacan temas como: depresión grave, pensamientos suicidas, autolesiones, discapacidad, familias disfuncionales, humor negro, lenguaje inapropiado, temática ligeramente militar y mercenaria, temática SugarDaddyy menciones que se vinculan con la prostitución.

Una vez dicho esto, cabe aclarar que la pareja protagonista es Levi Ackerman x Eren Jaeger —donde la relación se puede denominar a sí misma RiRen considerando los papeles sexuales que desenvolverán en un futuro de ser necesario—. Como pareja secundaria se tiene a Erwin Smith x Hanji Zoe y con menos relevancia, Erwin Smith x Eren Jaeger. Asimismo, se mencionan parejas poco comunes como Armin Arlert x Mikasa Ackerman.

Finalmente, aclaro y manifiesto que las actualizaciones serán semanales y, como dato importante, la diferencia de edad entre Levi y Eren es de quince años, apegándose un poco más al canon de la historia original.

Del mismo modo, menciono que la historia se inspiró tenuemente en la canción Save Myself de Ed Sheeran y la película japonesa “My Rainy Days”.

Días de actualización: miércoles.

Notas del capitulo:

¡Hola, mis queridos y esponjosos flanes!

En primer lugar, permíteme saludarte si eres nuevo/a aquí y darte una cálida bienvenida. Tenemos galletitas, flan y una fuente de chocolate. Así que, si gustas, puedes ponerte cómodo/a y, púes, esperar a que comience el desmadre. En segundo lugar y, para quienes me han leído con anterioridad, quiero disculparme por no haber publicado la historia cuando os lo prometí.

Como algunos flanes sabrán, os dije que volvería a publicar entre los días miércoles doce y diecinueve de julio, pero claramente me atrasé unas cuatro semanas más. Como única excusa sostenible que os puedo presentar es que he tenido que enfrentar una serie de acontecimientos en mi vida que han sido un poco difíciles de sobrellevar. En realidad, no quiero entrar en muchos detalles de ello porque no es lo apropiado, pero sí quería dejarlo un poco en claro.

De cualquier modo, aquí me tienen, mis amores <3

De la misma forma, debo mencionaros que estoy muy nerviosa con esta historia porque, joder, estoy trabajando con una temática muy delicada y tengo miedo de que pueda arruinarlo. Así que, son libres de comentar y opinar —siempre y cuando sea con respeto, por supuesto— y espero verdaderamente no decepcionaros.

Ugh, no tienen idea de cuánto extrañaba esto. Durante estas cuatro semanas que me he atrasado no he dejado de pensar en publicar, así que estoy muy emocionada por ello. 

Como introducción y aclaratoria a las notas de la historia, quiero comentaros que he tenido esta idea en mente desde los primeros capítulos de Red Carpet, por lo que se maneja una temática similar en lo que al psiquis de los personajes respecta. Espero hacer un buen trabajo con ello y, por supuesto, que ustedes disfruten tanto como yo la historia que será un poco lenta en lo que corresponde a la relación de Eren y Levi, pero eso lo hace un poco más emocionante, ¿no? :c

Ahora y sin más qué decir, aquí os presento el primer capítulo de la historia. ¡Espero que os guste, mis queridos flanes!

Save Myself

“Podrías darme un arma y sabría cuál era mi trabajo. Empero, cuando en mis manos hubo un corazón, no supe qué hacer”

CAPITULO I. Un soldado sin esperanza

Estados Unidos, New York.

“Lo había conocido cuando la beldad de los coloridos matizados de la primavera habían desaparecido casi por completo, la ilusoria belleza del invierno recubriéndolos como diamantes y espejos. Él, tal y como una rosa, seguía siendo tan hermoso, pareciendo ignorar el inhóspito invierno de aquel año.” —L.A 

Las pesadillas, más allá de ser miedos glorificados, eran recuerdos. Violentos recuerdos manchados de sangre, de dolor y de tragedia. Era la retrospectiva de su desdicha, de su desesperanza y su patético pesimismo. Eso era, sin lugar a dudas, su peor enemigo. Su propia mente, su propio resentimiento, su propio deseo de desaparecer en la nada absoluta.

Si había algo que deseaba con todo el corazón, eso sería retornar a la nada. Retrotraerse a un vacío insurgente, uno en el que la austera sensación diluirse en la oscuridad resultase reconfortante. No sentir más, no sentir ni felicidad ni tristeza. Ese, ese era su auténtico deseo. Para él, esa vida ya no tenía brillo ni motivo y, lejos de seguir despertando odiándose y culpándose, prefería estar muerto porque, ¿de qué valía la vida si había perdido aquello que le hacía sentir presente?

Maldita sea.

En él la esperanza vacilaba y pendía de un hilo. En ocasiones, anhelaba que todo mejorase y, otras veces, su mano se tentaba en sostener el arma que guardaba en uno de los cajones de su mesita de noche y, como acto consiguiente, sopesaba la idea de jalar el gatillo y que una bala rápida y violenta acabase con su vida de una buena vez.

Esa noche, Levi Ackerman debatía sobre si seguir su miserable existencia entre sueños. De tal manera, se removió con aspereza sobre el mullido colchón que ocupaba la cama de su sencilla habitación. La endeble cordura se desvaneció ante el recuerdo del particular sonido de los disparos, de los pasos inquietos sobre un terreno árido y los gritos de los soldados caídos que eran protagonistas de sus sueños. Ese era el infierno mismo siendo reencarnado una y otra vez.

Gruñó por lo bajo, resintiendo la desagradable sensación del sudor frío perlar su rostro y cómo este mismo creaba manchas oscuras en la zona de sus axilas y espalda, propiciando asco en él. No obstante, estaba acostumbrado siendo que cada día y cada vez que cerraba sus ojos, él veía su pasado; uno que era trágico, pero en el que podía saltar, caminar, correr y vivir.

Naturalmente, recordar era tan doloroso y difícil como el habitual hecho de despertar cada mañana deseando morir. Aquello era tan doloroso que le dificultaba respirar, que le oprimía el pecho y deshacía cualquier optimismo sembrándose en su consciencia. Era un sentimiento que le dejaba un desagradable sabor amargoso en la boca, que le robaba la respiración hasta asfixiarle y que le recordaba a cada instante que, para un hombre como él, la vida tras la guerra era tan difícil como caminar.

Finalmente, atormentado y exhausto, abrió sus ojos. Los irises de color plomo reconocieron su alrededor, donde la luz etérea y plateada de la luna derramaba su albor al interior de la habitación y, en consecuencia, permitía que entre la negrura se pudiese distinguir la forma de los objetos y muebles que allí se acomodaban límpidamente. Fue entonces cuando decidió tomar asiento. Un terrible error.

—Mierda—masculló, al concebir que algo le faltaba y, efectivamente, aquello que le hacía falta era su pierna derecha—. Mierda. Mierda. Mierda. ¡Mierda! —repitió hasta el cansancio, con odio y veneno. Tensó la mandíbula y deseó morir, lo deseó con toda su maldita y podrida alma. Se preguntó por qué, por qué tuvo que sucederle tal desgracia. ¿Qué había hecho para merecerlo? Y recordó, instantáneamente, que no había a quién culpar. No había nadie, ni siquiera Dios.

Las lágrimas amenazaron con anegar y cristalizar su rasgada mirada, humedeciendo sus rizadas pestañas y vacilando al borde de sus párpados inferiores, queriendo deslizarse y surcar su rostro pálido. El consuelo de sus lágrimas era el mismo consuelo de la soledad, pensó.

Sin querer deliberar en su desdicha, se giró suavemente sobre su cama y divisó entre la oscuridad otro recordatorio: la maldita prótesis. Era sencilla, de un costo accesible. Sin embargo, obsoleta. No servía, solo le permitía caminar y, aun así, requería un gran esfuerzo. A lo mejor estaba oxidada, quizá eran ideas suyas pero, si se lo preguntan, para él esa cosa solo era una mentira bien elaborada de que, aunque le faltase alguna extremidad, seguiría siendo él mismo.

Quiso escupirla y tirarla por la ventana, pero entonces tuvo una mejor idea. Con ello en mente, alargó uno de sus brazos y haló del pequeño cajón de su mesita de noche. Rebuscó casi desesperado, sus dedos bailando de aquí allá hasta dar con un material de metal frío y pesado. Sonrió para sus adentros, su mirada brillando cuando encontró el arma y, acto seguido, se dispuso a quitarle el seguro.

Se acomodó como pudo y ubicó el cañón de la pistola por debajo de su cincelada mandíbula, el gélido tacto del metal provocando que su piel se erizara al instante y que su ritmo cardíaco vertiginoso le aplacara la susurrante vocecilla de su subconsciente que suplicaba que no lo hiciera, que no terminase con su vida pero, ¿realmente lo haría? ¿Realmente jalaría el gatillo? ¿Permitiría que la bala perforase su cráneo y saliese disparada conjunto sus sesos? ¿Lo haría?

Fue allí cuando la pantalla de su teléfono móvil se encendió por sí sola, el artefacto retorciéndose insistente sobre la madera barnizada de su mesita. Chasqueando la lengua, dejó el arma a un lado y extendió su diestra hacia él, verificando quién podría llamarle en Año Nuevo.

— ¿Qué? —soltó con brusquedad, una vez haber atendido la llamada de Hanji Zoe.

Oi, no tienes porqué ladrarme, eh—al otro lado de la línea, se burló una jovial voz que conservaba cierto cariz de tristeza. En épocas tan coloridas como aquella, esa mujer que se auto-proclamaba con todo el derecho como su mejor amiga, recordaba con melancolía que había enviudado hacía algunos años.

—Es poco más de medianoche, Cuatro Ojos—mencionó, casi con obviedad—. Claro que tengo el derecho de contestarte como se me dé la gana. Estaba durmiendo—añadió, siendo consciente de su mentira.

Tanto él como ella sabían lo que iba a suceder. De alguna manera, Hanji era lo suficiente capaz para intuirlo y siempre encontraba el momento adecuado para detenerlo. Después de todo, ya había perdido a su esposo y no estaba dispuesta a perderlo a él, quien era como su hermano.

Mentiroso—acusó, la voz quebrándosele de solo imaginar un escenario de vívidos colores escarlata—. No te queda el rojo, Levi—quiso agregar, riendo suavemente y como si de un chiste de mal gusto se tratase—. Erwin y yo estuvimos esperándote, ¿por qué no viniste? —quiso saber, exhalando un exhaustivo suspiro con sabor a decepción y esperanzas rotas.

—No tenía intenciones de celebrar otro año más de vida—dilucidó, en forma de broma y, acto seguido, se encogió de hombros con aparente desinterés. Para ser honesto consigo mismo, consideraba el Año Nuevo y el cumpleaños una auténtica pérdida de tiempo, una optimista celebración de que tienes un año más de vida, omitiendo que es un año menos también.

Deberías ir a terapia. Erwin conoce un psicólogo muy bueno—sugirió, incauta. 

«Terapia»

Siempre odió la palabra. Se le antojaba insípida, nauseabunda, sencillamente asquerosa. Se preguntó, en ese momento, ¿cuántas veces había escuchado lo mismo? «Deberías ir a terapia», «conozco un buen psicólogo», «seguramente un psicólogo te ayuda a salir de esa depresión, hombre». Había escuchado ya muchas veces sobre ese tema, terapia y sus versados, ¿de qué servían? Al fin y al cabo, ninguno pudo ayudarlo.

Súbitamente, un rancio aroma llenó sus fosas nasales, extrañándolo y sonsacándolo de su ensoñación y como resultado siendo devuelto al presente, donde ya las agujas del reloj marcaban las siete y media de la mañana de un primero de enero. Subsiguientemente, inclinó el rostro y su mirada se vio atrapada por cuatro tostadas que descansaban solitarias sobre una vieja sartén, cada una expidiendo finos filamentos de humo.

— ¡Joder! —exclamó, componiendo una mueca y dando un bandazo hacia un lado para alcanzar un añejo paño y, de esa forma, levantar la sartén y llevarla al fregadero. Una vez más se convencía de que la cocina no era lo suyo, sustentando el amor que le tenía a la comida instantánea.

[…]

Sus preciosos irises color plomo parecían muy interesados en el suelo laminado, observándolo con escepticismo e indiferencia, como si estuviese discutiendo con la pequeña mota de polvo que allí bailaba a sus pies. No obstante, lo que realmente le disgustaba y era motivo suficiente de una mala respuesta por su parte era, sin lugar a dudas, las confesiones estúpidas del resto de personas que asistían al grupo de apoyo.

—…Entonces, él me dejó. Él me usó y me engañó, de eso estoy segura. Pero a pesar de todo lo que me ha hecho, yo lo sigo amando. Me cuesta dejar ir nuestro amor—escuchó con atención el relato de Ana Lee, una joven estudiante de economía que recientemente había ingresado al grupo de apoyo—. No sé qué he hecho mal—continuó, Levi casi colocando sus ojos en blanco al haber memorizado cada jodida palabra del relato sobre la  traumática relación de la chica.

—Jesucristo, ¿y pretendes quitarte la vida por ello?—escupió, aun observando el suelo, la jovencita callando casi de inmediato al escuchar la profunda voz del ojiplata—. Mierda. Todos hablan de querer quitarse la vida, ¿pero están escuchando sus razones para ello? Son estúpidas, inútiles como mi pierna derecha—dicho esto, levantó la mirada y se irguió de espalda, dejando caer su peso sobre el respaldar de su asiento conforme se cruzaba de brazos sobre su pecho.

—Si somos tan mediocres como usted dice, ¿por qué está aquí? ¿Cuál es su razón de estar deprimido? —le preguntó Ana, sus grandes ojos avellana mirándole con desprecio e indignación, Levi riendo para sus adentros con amargura.

— ¿Mi razón para dejar de vivir?—cuestionó, devolviéndole la mirada con escepticismo—. A diferencia de ustedes, yo no sé prepararme un café, planchar una camiseta, ni mucho menos salir a caminar y comentarle sobre el clima a un extraño. No sé lo que es cotidiano, porque toda mi vida se trató de tomar un arma y disparar por dinero—comenzó, percibiendo cómo el ambiente se volvía denso unánime relataba su única realidad.

En la sala, cada par de ojos le instaban a que continuase con ligeros atisbos de curiosidad. Levi, evidentemente, decidió ignorarlos y continuar sin cohibirse, tomándose su tiempo en terminar su relato y en escoger las palabras adecuadas para poder comunicarse.

En realidad, no era muy bueno siendo sociable y, siendo sincero, no quería que pensaran que su mensaje era egoísta y que su propósito era desacreditar los problemas de los demás. Lo que realmente pretendía era comunicar a través de su propia miseria un apoyo y una ayuda, que aquellas personas con problemas comunes asumieran tales situaciones y aprendieran a apreciar lo que tenían.

—Podría matarte a ti—señaló a Ana Lee, quien desvió su mirada de la de él al empatizar con su situación, pero el Ackerman sintió asco de esta simple acción; porque estaba seguro de que ella no estaba siendo empática con él, sino que le estaba teniendo lástima—. A ti o a ti—continuó señalando, los aludidos tensándose como la cuerda de un violín ante sus duras palabras—. Yo podría acabar con sus miserables vidas si tanto lo desean.

Seguidamente, guardó silencio y observó las reacciones del resto. Maldita sea, lo miraban con vergüenza, seguramente sintiendo lástima por su condición. Empero, eso no le impediría continuar. Al fin y al cabo, fue su decisión el tomar el turno de palabra y, claramente, no iba a retroceder como un niño asustado. Si tenía algo que decir, lo iba a decir fuerte y claro.

—En pocas palabras, sin un arma no soy nada—suspiró frustrado, peinando su cabello negro como la noche con sus largos y pálidos dedos, los hilos azabaches y rebeldes cayendo sobre su frente tras haber sido acomodados en un intento fallido—. Como habrán notado, me falta una pierna y, por ende, no puedo continuar mis labores mercenarias o militares. Es entonces cuando me pregunto, qué soy ahora. No sé cocinar, olvido quitar la ropa del tendedero y ya no soy bueno limpiando.

Ante esto último, quiso reír con amargura una vez más. Él se consideraba un maniático de la limpieza, pero ahora no podía mantener su propio hogar completamente limpio por su condición. A menos que quisiera tener un accidente que empeorara su situación, debía limitarse a limpiar lo necesario y básico.

—Ana, tú puedes buscarte otro novio—aconsejó, finalmente. Acto secundo, se giró hacia la persona a su lado y continuó—. Tú adopta un gato o un perro, supera la muerte de tu tía. Así es la vida. De un día a otro pierdes algo importante para ti—dijo, encogiéndose de hombros y ahuyentando la imagen mental de Hanji cuando esta habría enviudado—. Y tú, joder, toma clases de defensa personal y cuando te llamen enclenque, nerd o marica tendrás la excusa perfecta para darles una cirugía plástica completamente gratis—se dirigió, en conclusión, a un chico junto a Ana.

Una vez que hubo concluido su disertación, procedió a colocarse en pie con un poco de dificultad. Masculló un par de obscenidades y casi maldijo en voz alta su obsoleta prótesis, costándole reanudar su camino hacia la salida del lugar, no sin antes despedirse con un malhumorado:

— ¡A tomar por culo sus problemas, me largo!—espetó, con un poco de rudeza y aspereza—. Fue una desgracia haberlos conocido. Adiós—agregó, a un paso de la entrada. Sin embargo, advirtió junto a la misma una pequeña mesita en la que se acomodaban elegantemente los bocadillos, escogiendo un paquete de galletitas como su cena—. ¡Me llevo esto! Lo siento, pero hoy no quiero discutir con la estufa—advirtió, alzando su diestra y mostrando el envase de galletas,  inmediatamente abandonando el lugar.

Definitivamente, no volvería a asistir a ningún grupo de apoyo en lo que le restaba de vida. Era una absoluta y deprimente pérdida de tiempo.

Así, pues, cuando Levi se encontró en las concurridas calles de New York, observó con melancolía los altos edificios y los árboles que allí se ubicaban y condecoraban el pavimento. Asimismo, los vehículos amarillos se desplazaban de un lugar a otro, pregonando en ellos pequeños carteles en los que se vislumbraba su función como medio de transporte.

A continuación, dio miramiento a cómo las personas le dejaban atrás y pasaban junto a él perdidos en sus propios mundos, y tuvo la convicción de que el mundo no dejaría de girar si desaparecía de un momento a otro.

Discerniendo esta idea, continuó su camino hacia su departamento. «Dulce, solitario y deprimente hogar», quiso burlar. Del mismo modo, decidió que no era una mala idea disponerse a su hogar sin pedir un taxi o algo semejante. Creyó que cinco cuadras no le agotarían, y quiso convencerse férreamente de ello porque aquello significaría que algo de autonomía quedaba en él.

Aun así, el ojiplata era consciente de que, posteriormente haber serpenteado entre un montón de personas sudorosas, le resultaría extenuante el camino tras haber cruzado la primera cuadra. Ciertamente, tampoco ayudaba el caos que suponían las calles de la ciudad más poblada de Estados Unidos y, una vez haber corroborado esta hipótesis al desplazarse hasta a la segunda cuadra, optó por llamar a Hanji.

De tal modo, se detuvo a un lado del pavimento, de forma tal de evitar obstaculizar el paso al resto de personas. Acto seguido, enfundó una de sus manos en uno de sus bolsillos, logrando asir con agilidad el artefacto de último modelo que, si bien no era de su gusto, se había obligado a aceptarlo como regalo de cumpleaños por parte de Erwin —FuckingEyebrows— Smith. En cuestión, sabía que el tipo no dejaría de insistirle hasta que lo aceptara o se comprara uno nuevo porque, si en algo debía conferirle la razón, era en que su antiguo móvil ya era basura.

Así que, deslizando la yema de uno sus dedos sobre la pantalla táctil, encontró en su lista de contactos a «Cuatro Ojos» y, una vez haberla ubicado, presionó su nombre. La rectangular pantalla cambió casi de inmediato, mostrándole el nombre de la mujer en su parte superior y, en la inferior, las opciones de llamada que le brindaba la aplicación.

Consecutivamente, habiendo confirmado que la llamada se habría realizado con éxito, ubicó el móvil junto a una de sus orejas, esperando pacientemente que la mujer al otro lado de la línea le atendiera.

¡Enano!—saludó ella, luego del segundo tono. La jovial voz le recibió estruendosa, por lo que frunció ligeramente el ceño y chasqueó la lengua, su malhumor incrementando cada vez más.

—Ya corta el rollo, Cuatro Ojos—interrumpió, colocando sus ojos en blanco—. ¿Puedes pasar recogiéndome? La fiesta de niños ha acabado—consultó, la fémina soltando una risotada al otro lado de la línea, recordándole lo escalofriante que a veces puede resultar su maniática risa.

Hombre, no tienes porqué ser así. ¿Acaso no alcanzaste a golpear la piñata? ¿O no te dieron un poco de pastel? —Levi resopló, escuchando cómo su lunática y mejor amiga continuaba riendo como si su vida dependiera de ello—. No te preocupes, mi pequeño niño. Mamá Hanji irá al rescate y te comprará un poco de he

—Vete al carajo, Hanji—gruñó, dando por finalizada su llamada. Una vez haber concluido la misma, sus irises vagaron sobre la pantalla cuando esta le regresó a la lista de contactos. Se preguntó al instante cómo una trastornada como Hanji Zoe podía ser tan fundamental en su vida como lo era Erwin incluso, muy a pesar de que este último se dispusiese en la tarea de avergonzarlo cada vez que se le presentase la oportunidad.

[…]

Una delgada mujer de rasgos angulosos le sonrió con amplitud, resoplando satisfecha conforme bebía de su gaseosa a través de una pajilla y le dedicaba una mirada emocionada, sus almendrados ojos castaños enmarcados por largas y rizadas pestañas siendo opacados ligeramente por un par de cristales. El hombre enfrentado a ella suspiró resignado, colocando sus ojos en blanco antes de poder responder.

—No te daré mis patatas, Hanji—advirtió, con voz grave y profunda, aun sosteniendo su hamburguesa entre sus largos y pálidos dedos.

Mo, Levi, no seas así. ¡Tan solo dame una! —insistió, su rostro componiéndose en una mueca suplicante. Dejó su bebida a un lado y se dejó caer sobre la mesa, su barbilla apoyándose sobre la lisa y probablemente grasosa superficie.

—No seas infantil y levántate, ¿tienes idea de lo asquerosa que puede estar la mesa? ¿Eh, Cuatro Ojos? —amonestó, endureciendo sus facciones en una mueca de asco al observar cómo su compañera restregaba sus mejillas sobre la mesita.

Hey, Levi—instó, luego de haber sucedido un par de segundos de silencio—. ¿No volverás a ir a ese grupo de apoyo? —inquirió de repente, cruzándose de brazos y acomodando su rostro entre ellos al haberlos ubicado sobre la plana superficie.

—No—respondió, casi sin pensarlo—. La única razón por la que me presentaba era porque, carajo, no quería visitas inesperadas de una lunática y el Capitán América en mi departamento a las cinco de la mañana insistiendo en que debería buscar ayuda—explicó, dejando su almuerzo a un lado y cruzándose de brazos sobre su pecho, recargado su peso sobre el espaldar de su asiento.

—Ya ha pasado un año desde que te amputaron la pierna, tienes que asumir que no volverás a ser lo de antes. Tienes que superar esa depresión severa, o al menos a sobrellevarla—murmuró, inquieta.

—Hanji, creo que no lo comprendes. Tú y Erwin tuvieron sus razones para dejar el ejército, pero yo no las tenía. Yo era un jodido mercenario antes de unirme a la milicia. Me entrenaron para matar, para estar en la guerra y para morir en ella—se aproximó con cautela, acortando la distancia entre ambos con el propósito de conferir privacidad a su pequeña discusión—. Esto es nuevo para mí, siempre lo será y dudo que pueda adaptarme a esto—puntualizó, la mujer enderezándose y devolviéndole la mirada de escepticismo al ojiplata.

—Esta es una nueva oportunidad. ¿Por qué no intentas conocer este mundo que dices desconocer? Quién sabe, incluso podrías enamorarte—se encogió de hombros, alargando una de sus manos y robando una patata de su amigo, quien aseveró su mirada ante esto último—. Yo me enamoré.

— ¿Y dónde está él ahora, eh? —cuestionó,  la mujer observándole con desdén, su mirada café expresando el dolor que le suponía aquello.

—Eso fue rudo. Yo también pude seguir en la milicia y continuar con las misiones, pero me enamoré y esa fue la única razón por la que me retiré—replicó, suspirando suavemente, sus carnosos labios frunciéndose al recordar a su difunto esposo y se reprochó silenciosamente el no haber detectado el cáncer a tiempo, el no haber sido más atenta a la condición de Moblit.

—Pero tenías una razón—aseguró—. Yo no la tenía hasta que ocurrió el accidente y a los pocos días desperté sin una pierna. Pueden decir lo que quieran, pero el hecho de no sentir una de tus extremidades y depender de esta cosa que se hace llamar prótesis es muy deprimente. Pero creo que lo sobrellevo bien, así que no deberías preocuparte tan—

— ¿Sobrellevarlo bien? —cuestionó, riendo por lo bajo. Una risa venenosa y sarcástica, incluso el ojiplata comprendía que aquello había sido una muy mala broma—. Has tenido dos intentos de suicidio. Creo que eso no es sobrellevarlo bien—determinó—. Hablé con Erwin esta mañana. Me dijo que conoce a un buen psicólogo, me ha dado su dirección y número telefónico—intentó persuadir, esbozando una diminuta sonrisa.

—No. No iré a ningún puto—

—Entonces comienza a salir, acepta el trabajo que te ofrece Erwin y ábrete a una relación. Llevas un año metido en tu departamento, viviendo a costa de la indemnización y deprimiéndote cada vez más—interrumpió, apresurándose en conversar.

—Puedo aceptar el trabajo que me ofrece Erwin en su maravillosa empresa—afirmó, colocando sus ojos en blanco y nuevamente enderezándose, esta vez alcanzando su bebida—. Pero, ¿una relación? Ni en tus sueños, Cuatro Ojos. Ninguna mujer podría estar conmigo, y yo tampoco podría estar con una. Las relaciones interpersonales definitivamente no son lo mío.

—No necesariamente tiene que ser una mujer, Levi—se rio, discreta.

— ¿Insinúas que soy gay?—chasqueó la lengua, recordando por un instante sus años como mercenario. La única relación homosexual que tuvo fue con su compañero de habitación, era algo así como su amigo con derecho y, francamente, no estaba tan mal.

—No he dicho nada—se encogió de hombros, en una mueca burlona—. Solo intento decir que puedes encontrar el amor a la vuelta de la esquina y tus sentimientos negativos probablemente te alejen de esa felicidad—alegó, esbozando una sincera sonrisa conciliadora.

—Corta el rollo—bufó, terminando su bebida y ofreciéndole sus patatas fritas a su amiga—. Ya tengo cuarenta años. Mi vida está acabada y si alguna vez pude toparme con el amor, eso debió ser hace años—concluyó, la amargura entreviéndose en la forma en la que escupía cada palabra.

 «Amor»

Otra palabra que se le antojaba nauseabunda e inverosímil. Ciertamente, había días en los que hacer el esfuerzo por caminar le dolía física y psicológicamente, y eso no lo iba a cambiar una terapia de porquería o un repugnante amor. La vida, en sí, le era insípida.

Notas finales:

Debo confesar que amo la amistad de Levi y Hanji —creo que es la principal razón por la que no puedo emparejarlos—, así que debo mencionar que Hanji será un personaje importante para la historia en vista de que es un inmenso apoyo para Levi. Ella es, sin duda alguna, como el Armin de Eren.

Quería agregar que, por si tienen curiosidad, me he hecho una cuenta en Polyvore—la cual es una plataforma que te permite crear outfitso conjuntos de ropa— que, la verdad, me ha venido muy bien y es bastante sencilla de manejar. Así que, si quieren hacerse una idea más clara de lo que están usando los personajes, púes os dejaré los links en las notas finales de ser necesario. Por ejemplo, aquí os dejo el conjunto que utilizaba Levi y aquí el conjunto que utilizaba Hanji en este capítulo.

Debo admitir que los conjuntos que he creado y crearé para los personajes femeninos están cien por ciento inspirados en mi propio estilo. #FactsOfLore.

Por otra parte, quería daros una pequeña reflexión en lo que a la historia en general respecta. Tenemos un Levi que padece de depresión grave y trastorno por estrés post-traumático con tendencias suicidas. Él necesita ayuda profesional, pero esto no implica que deba ser tratado como un niño o un bebé. Él es un hombre de cuarenta años que puede hacer las cosas por iniciativa propia.

¿Por qué os menciono esto? Porque conozco de personas que bien puede padecer depresión o de plano tengan tendencias suicidas, pero también conozco aquellas que tienden a marginar y tener lástima por este tipo de personas. Si bien la depresión es considerada una enfermedad, una persona que la padezca necesita apoyo y comprensión.

La razón por la que les comento esto es porque me sucedió algo bastante impactante hace unos meses y pensé en que, el hecho de que seas inestable emocionalmente no implica que deban dejarte a un lado ni mucho menos impedirte ciertas actividades. En vista de esto, solo puedo deciros que intenten ponerse en el lugar de Levi y, más allá de ello, si son personas que comparten alguno de sus rasgos, no permitan que les traten como fenómenos.

Ahora sí, creo que es momento de despedirme porque, caray, me he extendido mucho con mis notas pero, ugh, he estado esperando un montón de tiempo para poder publicar esta historia así que, sin más qué decir, ¡me despido! ¡Nos leemos la próxima semana y/o los comentarios! ¡Cuídense mucho! <3

PD ¡Oh, por cierto! ¿Recuerdan la frase del principio de la historia? Hace alusión a que Levi conoció a determinada persona durante un período en el que se sentía deprimido y vacío. Podría decirse que es una metáfora. 

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