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Almas Gemelas [Kaisoo]

Autor: AliceSteelWd

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Notas del capitulo:

Hay una trilogía de canciones basadas en esta historia. Si quieren pueden escucharlas.

1.La tormenta de arena. (Dorian)

2. Paraísos artificiales. (Dorian)

3. La mañana herida. (Dorian)

El día empezó como cualquier otro, con la salida del sol.
Supongo que cuando le ocurre algo extraordinario a alguien, este siempre ha comenzado el día con el acto rutinario de despertarse en la cama. Ya sea una experiencia cercana a la muerte o el hecho de conocer a la persona con la que uno quiere pasar el resto de su vida, todo empieza con el amanecer, el sonido de los despertadores y el salir de debajo de las mantas. De un modo tan aburrido, tan corriente...
El día que mi vida cambió no fue una excepción.
Estaba acostado en mi cama individual, bajo el edredón, contemplando el rayo de luz que se colaba entre las cortinas e incidía en mis piernas. Mientras, realizaba mis ejercicios de respiración. Mantenía las manos en la parte baja del abdomen, concentrándome en cómo se expandía y se contraía con cada respiración. Permanecí así durante diez minutos.
Era sábado y no tenía un motivo concreto para levantarme. Descorrí las cortinas, dejando que la luz invadiera todos los rincones de mi habitación. Acto seguido, me alcé a la repisa de la ventana, me senté sobre las piernas dobladas y miré al exterior.
Me llamo Do Kyungsoo, y no me gusta el sitio donde vivo. Sé que es un tópico sabido tener diecisiete años y odiar el lugar donde vives, pero no por eso deja de ser cierto. De hecho, no hay nada en mi vida que no sea típico. Vivo en una ciudad pequeña, a una distancia perfecta de Londres para ir y volver cada día. Los hombres salen todos los días a las seis y media de la mañana y caminan en fila hasta la estación de tren, todos trajeados. Sus esposas se quedan en casa, preparan a los niños para llevarlos a sus escuelas privadas y engullen cuencos de muesli orgánico antes de encaramarse a sus todoterrenos para iniciar la carrera hacia el colegio. Es una ciudad en la que todo el mundo tiene un jardín delantero, un lugar donde todos se conocen y se sobrecarga a los adolescentes de actividades extraescolares como si el éxito de la familia dependiera únicamente de lo bien que jueguen los hijos al lacrosse. Todo es un cliché como una casa, y lo odio. Pero supongo que eso también es de lo más previsible.
Mis reflexiones se vieron interrumpidas por el timbre de mi teléfono móvil. Eché un vistazo a la pantalla y sonreí. Era Lu.
—Es muy temprano, idiota. Podría haber estado dormido, ¿sabes? —dije.
—Acallar. Son las diez y media pasadas, y tengo una noticia.    
—Venga, desembucha. —Desdoblé las piernas y las estiré sobre la repisa de la ventana.
—Es sobre esta noche. Va a ser alucinante.
Luhan lo convertía todo en un gran acontecimiento. Su sueño era ser periodista, y se pasaba buena parte del día practicando para ello. Intercambiaba cotilleos con grupos de amigos, contaba maravillas de las fiestas al día siguiente, aunque hubieran sido deprimentes, y, por supuesto, tenía un conocimiento enciclopédico de los asuntos de todos. La experiencia me había enseñado que él era físicamente incapaz de guardar un secreto, pero lo quería de todos modos. Daba un toque de emoción a este sitio; a nuestras vidas. Ponía una nota de color en la monotonía.
Suspiré.
—Luhan, va a ser otra noche de música en vivo, ¿qué podría pasar? —repuse—. Espera, no me lo digas. ¿Uno de los grupos cutres de nuestros amigos ha firmado un contrato con una discográfica? —Solté un chillido para recalcar el sarcasmo—. No me lo puedo creer. ¡Es un milagro!
Él se rió.
—No, claro que no —hizo una pausa, adelantándose a mi reacción—, pero esta noche tocará un grupo nuevo que se supone que es la bomba. Se llama <<Angustia Juvenil>>. Me han dicho que el guitarrista principal es guapísimo, y por lo visto sí que hay una discográfica interesada en ellos.Suspiré de nuevo.
—Lo digo en serio.
—Luhan, ¿cuánto tiempo llevamos yendo a las noches de música en vivo? ¿Dos años?
¿A cuántos chicos conocemos que tocan en grupos que en teoría han captado el interés de alguna discográfica? ¿Cuántos de ellos han triunfado en realidad? Todos han madurado, han ido a la universidad, han estudiado empresariales, se han tomado un año libre fingiendo que no van a darles un puesto en la empresa de papá y luego han entrado a trabajar con un sueldo de treinta y dos mil libras. —Volví a sentarme sobre los pies e hice una breve pausa para respirar—. Luego, cuando alcanzan la mediana edad, entretienen a sus amigos pijos en cenas de gala contándoles anécdotas de su «juventud turbulenta» como «estrellas del rock».
Ahora fue Luhan quien suspiró.
—Madre mía, pero qué mala uva tienes.
Me encogí de hombros, como si él pudiera verme a través del teléfono.
—Solo digo la verdad.
—De acuerdo. Olvidémonos de don Soy-Mejor-Que-Todo-El-Mundo y de las críticas a los grupos y deja al menos que te hable del guitarrista cañón.
Me reí.
—Eso te lo permito.
Charlamos durante unos minutos más y cuando colgué me sentía más animado. De acuerdo, no iba a ser un hito en mi vida social, pero al menos tenía algo que hacer una noche de sábado que no fuera pedir una pizza, ver un bodrio de película y regodearme en mi absoluta falta de glamour. Con un súbito arranque de energía, dejé caer las piernas de la repisa y bajé la escalera para desayunar.
Mi madre estaba preparando té cuando entré en la cocina. De pie y en bata, observaba las puertas del armario con el ceño fruncido. Llevaba casi dos años intentando convencer a mi padre de que reformara la cocina, pero él se negaba a «tirar el dinero en algo tan soso como las puertas de un armario».
—Buenos días —dijo, apartando sus ojos del mueble—. ¿Te apetece una taza? Abrí un armario y saqué una caja de cereales.
—Sí, gracias.
Mientras yo me servía muesli, ella se acercó con una taza y me alborotó el cabello.
—¡Mamá!
—Perdona, cielo.
Se sentó junto a mí, calentándose las manos con su té al tiempo que yo empezaba a comer.
—Bueno, ¿qué grandes planes tienes para hoy? Tragué saliva.
—Nada, iré a la noche de música en vivo. Va a tocar un grupo nuevo que se supone que es bueno. Por lo visto tiene un guitarrista que está cañón.
Esto entusiasmó a mi madre.
—¡Oooh! ¿En serio? Qué emocionante. Vaya, un tipo guapo en Middletown. Debe de ser un milagro.
—Lo sé —dije con cara de exasperación—, pero cosas más raras se han visto.
Mamá se rio. Siempre se metía conmigo por mi indiferencia hacia todos mis posibles pretendientes. Me decía en broma que nunca encontraría a alguien que fuera lo bastante bueno para mí, pero juro que no era exigente. Lo que pasaba era que todos los chicos de diecisiete años daban asco, y los pocos que no, tenían un ego hipertrofiado por ser el centro de atención en todo momento. Mi «teoría» era que los chicos dejaban de ser repulsivos a los diecinueve años, y como en ese entonces yo no era lo bastante bonito para atraer a un chico mayor, tenía que conformarme con esperar dos años hasta que los de mi edad dejaran de provocarme náuseas.
Mi madre, por su parte, no compartía mi opinión sobre el tema y estaba preocupada por mí. De hecho, preocuparse por mí era su afición preferida.
Como si hubiera estado esperando aquel momento, su expresión se tornó seria tras el vapor que emanaba de su té.
—En fin, ¿qué tal tu sesión del otro día con el doctor Kim Jun Myeon? —preguntó en voz baja. Cielo santo. Así que iba a ser una de esas mañanas.
—Bien —respondí de forma evasiva. Cogí la cuchara y seguí comiendo.
— ¿Solo bien? — ¿Por qué les encanta esta frase a los padres?—. ¿De qué hablasteis?
—Ya sabes, de lo de siempre. Ella asintió.
—De acuerdo.
Me concentré en masticar muesli mientras esperaba a que ella volviera a la carga.
Tardó menos de medio minuto.
— ¿Y qué es lo de siempre? Tragué en seco.
—Jo, mamá, no sé. Me quejé de los trabajos que tengo que hacer para el instituto, me hizo practicar esa tontería de la respiración otra vez, hablamos de cómo debo enfrentarme a ello cuando ocurre.
Ella adoptó una expresión preocupada y contuve el aliento, esperando a que lo dijera.
— ¿O sea que sigue sin saber cuál es la causa?
Los ojos se le llenaron de lágrimas. Maldición. ¿Cuántas veces se puede repetir la misma conversación?
—Mamá —dije despacio, eligiendo las palabras con cuidado—. No es culpa tuya. No la pifiaste con mi educación ni me tiraste de cabeza cuando era un bebé. Educaste a Xiumin exactamente de la misma manera, y esto no le pasó a él. Es mala suerte, ni más ni menos. Por favor, créeme.
Levantó la vista hacia mí como una niña.
— ¿De verdad? —susurró—. ¿El doctor Kim Jun Myeon no le echa la culpa a nadie?
—Claro que no. Porque no es culpa de nadie, solo de mi organismo, de mis hormonas, o lo que sea. Seguro que es algo que superaré con el tiempo y de lo que nos reiremos en el futuro. ¿Vale?Ella pareció aliviada. Por el momento. Sin duda volveríamos a mantener esa discusión algún día de la semana siguiente. Y la otra. Y la otra.
—Vale.
Cogió nuestras dos tazas vacías y las llevó al fregadero.
—Si quieres puedes llegar media hora más tarde esta noche —dijo, sonriendo.
—¿En serio? Genial. Gracias, mamá. A continuación, salió de la cocina.
Me explicaré: por más que intento evitarlo, soy un tópico con patas. Tengo problemas de «salud mental». Ya lo sé. Muy original, ¿no? Me detesto por mi falta de creatividad, pero desgraciadamente es algo que escapa a mi control. Es como si, por el hecho de ser de clase media, mi mente, en vez de preocuparse por el dinero y demás, se obsesionara con estas cosas. Hace un año, estaba en el instituto, escuchando al profesor de geografía soltar un rollo sobre el café de comercio justo, cuando me asaltó la certeza de que estaba a punto de morir. 
Las paredes se me venían encima. Se me nubló la vista y no podía respirar. Un pánico ciego recorrió mi cuerpo como una descarga de adrenalina y comprendí que había llegado mi hora. Recuerdo que, mientras mis pulmones luchaban desesperadamente por llenarse de aire, pensé lo terrible y espantoso que iba a ser morir en clase de geografía. Nunca había nadado con delfines, ni visto el Gran Cañón, ni conducido una moto, ni hecho ninguna de las cosas que se supone que hay que hacer antes de morir.
 Entonces caí en la cuenta de que iba a dejar este mundo sin haber sido amado. Aunque todo lo que me rodeaba estaba envuelto en bruma, no podía pensar en otra cosa que en el amor, y en que nunca había sido objeto de él. Jamás conocería la sensación de dormirme sabiendo que otra persona estaba pensando en mí. Jamás sentiría la mano de alguien en mi espalda, guiándome a través de una multitud. Jamás llegaría a aprenderme de memoria todas las líneas del rostro de alguien, sin aburrirme nunca de ellas. Y, mientras me desplomaba en la moqueta gris con marcas de chicle, lo único que me pasó por la mente fue lo triste que era eso.
Me desperté, por supuesto. Estaba rodeado por rostros preocupados y me sangraba la palma de las manos por haberme clavado las uñas. Me enviaron a casa. Recibí mucha atención durante una semana entera, hasta que todo el mundo se olvidó del asunto.
Mi vida siguió adelante con normalidad hasta que sucedió de nuevo.
Había ido con mi madre a comprar calzoncillos, sin duda los artículos más embarazosos que uno puede llevar en la mano durante una experiencia próxima a la muerte. Como en la ocasión anterior, las paredes se cerraron sobre mí y sentí que algo invisible me asfixiaba. Es todo lo que recuerdo. Cuando recobré el conocimiento, estaba en el frío suelo de mármol, gritando, ante la mirada aterrada de decenas de clientes. Mi madre me sujetaba la mano, desesperada, con los ojos desorbitados de espanto.
Las visitas a los médicos se sucedieron. Mi madre discutió con nuestro médico de cabecera, así que contratamos un seguro de salud privado. Tras cientos de análisis de sangre, dos «incidentes» más y decenas de consultas a especialistas, me llevaron a una casa grande y blanca y me obligaron a hablar con un señor sonriente que tenía una dentadura perfecta pero amarillenta. Al final, me explicó que sufría. Ataques de pánico. Por lo visto, eran muy comunes. Por el estrés de la vida moderna y todo eso.
Y así comenzaron mis sesiones semanales con el doctor Kim Jun Myeon, el Comecocos, el Loquero o como queráis llamarlo. Durante dos años he tenido que soportar todas las mañanas la expresión de culpa en la cara de mi madre, que busca una respuesta, un motivo y no encuentra otro responsable que ella misma, pese a ser inocente.
Soy un chico de diecisiete años que odia el sitio donde vive y padece un «trastorno» mental. Aunque detesto admitirlo, soy de lo más normal. Y me aborrezco por ello.
Puse el bol de cereales bajo el chorro de agua del fregadero y quité el muesli que quedaba para que no se quedara pegado como el cemento. Luego aguardé a que llegara la tarde, con la esperanza de que ocurriera algo original en este asco de ciudad.
Me pasé el día haciendo cosas de chico. Me preparé un baño de burbujas con las sales caras de mi madre y me depilé las axilas. Luego me probé unos seis millones de conjuntos distintos. Después de mucho reflexionar, me decidí por unos pantalones ajustados de color negro y la camiseta desteñida de Smiths que le había suplicado a mi padre que me comprara en una tienda vintage. Tras embadurnarme con delineador de ojos y un poco brillo de labios, miré mi teléfono y caí en la cuenta de que solo faltaban cinco minutos para la hora en que había quedado en verme con todo el mundo. Eché un último vistazo al espejo; no estaba mal. Tampoco era para echar cohetes. Mis ojos marrones me miraban fijamente, ligeramente ocultos tras el pelo castaño desvaído que había intentado peinarme hacia atrás para darme un aspecto de roquero, sin éxito. Me calcé mis gastadas zapatillas, cogí la chaqueta y salí zumbando de casa.
Todavía había luz mientras me dirigía, medio corriendo, medio andando, al lugar donde debía encontrarme con mis amigos. El sol, que estaba bajo en el cielo, lo teñía todo de luz dorada. Por unos instantes me dejé llevar y me quedé embelesado con lo bonito que estaba todo antes de recordarme que odiaba ese lugar. Luhan, Baekhyun y Xiumin ya estaban esperándome en la esquina.
— ¡Llegas tarde! —dijo Lu—. Te juro que me paso media vida esperándote. — Estaba guapo con sus vaqueros nuevos y una camiseta negra. Se había recogido el cabello con gel hacia atrás y se había aplicado delineador de ojos en cantidad.
Recorrí a toda prisa el último trecho que me separaba de ellos.
—Lo siento —jadeé—. Crisis de vestuario.
—Sí, sí. Como nos hayamos perdido la actuación del guitarrista cañón, ya te daré yo crisis. —Al oír las palabras «guitarrista cañón», a Baekhyun se le iluminaron los ojos. Lo saludé con un abrazo rápido.
— ¿Has visto al misterioso bombón? —preguntó.
Baekhyun siempre estaba interesado en nuevas conquistas. En cuanto ponía la mirada en alguien, era prácticamente imparable e invencible. Además, tenía un cuerpo con el que barría toda posible competencia. Era un alivio para mí que nunca me gustara nadie, pues estando cerca de Baekhyun no tenía mucha oportunidad de ligar.
—Solo he oído hablar de él. Pero esta mañana he visto pasar un cerdo volando por delante de mi ventana, así que estoy casi seguro de que un hombre atractivo ha venido a vivir a la ciudad.
—Me entristece mucho oírte hablar así, Kyung —dijo—. Hay montones de hombres atractivos por aquí. Solo tienes que abrir los ojos a las incontables posibilidades.
—Son chicos atractivos —lo corregí—. No creo que conozcamos a ningún hombre atractivo.
—Oh, ya me encargo yo de convertirlos en hombres —dijo con un guiño.
Enlacé el brazo con el de Xiumin, que aún no había dicho una palabra. Pobrecillo. Llevaba el tiempo suficiente juntándose con Baekhyun para comprender que no valía la pena intentarlo.
— ¿Cómo te va con Chen?
Chen era algo así como el novio de Xiumin. Se había superado a sí mismo al encontrar a alguien incluso más tímido que él. Se pasaban casi todo el día pidiéndose disculpas o tomados de la mano, incómodos como niños posando para la foto de una boda. Se puso rojo como un tomate.
—Nos va bien —tartamudeó ligeramente—. Ayer conseguimos besarnos sin que toparan nuestras narices. Se me escapó la risa.
—Bueno, paso a paso, ¿no?
Lu nos tomó del brazo a Baekhyun y a mí, de forma que todos formamos una hilera.
—Muy bien, chicos —dijo—. Tengo la sensación de que esta noche será increíble.
—Sí, seguro —farfullé.
—A callar. En serio, un ardor en el vientre me dice que algo sucederá esta noche.
—Venden cremas para eso. Me refiero al ardor. La mirada de Baekhyun se iluminó.
—Ah, sí, es verdad. Puedo recomendarte una. Te alivia de inmediato.
—Silencio —ordenó Luhan, y prorrumpimos en carcajadas—. Esta noche ocurrirán cosas. Lo intuyo. 
—Hizo una pausa—. Me lo dice mi sentido de la novedad.
Los demás pusimos cara de exasperación.
—Acabemos con esto de una vez —dije. Y echamos a andar hacia la discoteca.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Notas finales:

Espero que les guste esta adaptación de esta hermosa historia. Soy nueva en esto espero su apoyo. Gracias. 

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