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Saudade

Autor: Zobel

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Esta es la historia de cómo morí… lo primero que recuerdo es que había discutido con Ismael. Llevábamos un par de meses saliendo. Yo, debo reconocer, tenía ligeros delirios psicóticos, pero es que la cosa con él no era para menos. Ismael nada se tomaba en serio y menos si se trataba de su familia.


Desde que tengo memoria, ha sido homosexual. Tuvo un sin fin de amoríos con un montón de hombres repugnantes, incluyendo a nuestro profesor de literatura y aún no era capaz de decirle a su madre que dejará de buscarle esposa… Joder. Ya no vivimos en el siglo XIX. Esa vaina de los matrimonios arreglados y no sé qué. Parece de telenovela, pero era la realidad de Ismael. Bueno, exagero, tampoco estaba obligado por completo: simplemente su madre cuadraba a sus espaldas un montón de citas con chicas que consideraba aptas para su hijo... su único maldito hijo.


Ese es el problema: que sea el único hijo de una familia que se está muriendo: su padre no pudo concebir más hijos; los hermanos de su padre o se murieron antes de casarse o nacieron estériles. En el caso de su madre, también es hija única y vivió insatisfecha por la incapacidad de su marido para tener más hijos. Ella soñaba con una familia numerosa, pero no obtuvo nada: sólo riqueza y despilfarro. Nada. De ahí su urgente necesidad de criar nietos. Quería que Ismael tuviera quince. Quería criarlos a todos. Si era posible, llevarlos al altar pero con Ismael ese sueño se truncó. Con treinta años apenas había conseguido nada. Su madre lo consentió tanto que lo volvió discapacitado social: sufría de constantes migrañas cuando tenía que hablar en público. A veces se ponía tan nervioso que tenía que sentarse para poder continuar hablando.


Como sea, unas semanas anteriores a mi muerte, la madre de Ismael fue a visitarnos. Desde luego la señora no sospechaba nada de nuestra relación. Ella creía que Ismael y yo vivíamos juntos por cuestiones de economía, aunque en parte es verdad.


Llegó al apartamento con un montón de compras, porque como era el cumpleaños de Ismael, quería cocinarle algo sabroso. Al rato llegó otra personas. Jamás la había visto pero Ismael la conocía: era la hija de la mejor amiga de su madre. Una muchacha joven, recién graduada y con un encanto sobrenatural. Mi suegra la invitó porque era soltera y estaba en busca de marido.


Después del almuerzo, la madre de Ismael me pidió que la acompañara a la tienda. Cuando íbamos en el auto, me dijo que me quedara en un hotel esa noche, pues tenía la ligera impresión de que su hijo y esa muchacha necesitarían de mucha privacidad. Qué mujer tan demente. Me negué rotundamente y cuando regresamos al apartamento le conté a Ismael lo ocurrido además de exigirle que le contara la verdad a su madre.


- Por dios, cariño, sabes que no puedo decirle tal cosa. Ella sólo quiere lo mejor para mí. Imagínate cómo se pondría si se entera de que estoy saliendo contigo -


¡Mierda! Pensé. Si este tipo, a los treinta, no tenía los pantalones suficientes para enfrentar a su madre y ponerle un alto a toda esta locura de ella, mi vida sería una especie de juego de escondite y yo, por supuesto, no quería eso. Comenzando porque me costó demasiado aceptar mi condición sexual como para tener que regresar al armario. Es más, fue Ismael quien me incitó a llevar este tipo de vida. Antes de él, salía con lindas mujeres y pensaba mi futuro sólo con ellas. ¡Qué canalla! Debería ser yo el de los problemas de aceptación. Debería ser él quien llevara las riendas de este caballo. Y me toca a mí.. Yo, que no quería más que una vida ordinaria, con un empleo ordinario.


- Ismael, creo que deberíamos terminar – le dije esa noche – La verdad, ya no me siento cómodo con nuestra relación… al principio fue divertido. Me gustabas mucho y no podía pensar en otra cosa más que en estar juntos, pero las cosas han cambiado. Me molesta ser el único que se arriesgue. Siempre tengo que ser yo quien lidie con los problemas de ambos. Siempre soy quien le da la cara al mundo por ti y ya me cansé de esto… como tengo un viaje repentino a otra ciudad, espero uses el tiempo de mi ausencia para encontrar otro lugar en el que quedarte… o mejor aún. Usaré yo ese tiempo para buscar un lugar, quizá la casa de un amigo, porque no creo que tú lo hagas -


Efectivamente tuve que viajar a otra ciudad a revisar un par de casos que quedaron abiertos, pero ello no me haría tardar más de un día. Le mentí para poder alejarme y descansar. Además quería que reflexionara un poco. Tenía la vaga esperanza de que asumiría una cierta actitud favorecedora para ambos, pero fue soñar demasiado. Ismael es un niño. Un bebé mimado.


Cuando regresé al apartamento, ya se había ido. No dejó una nota o algo. Simplemente se largó. Acepté esa decisión convenciéndome de que era lo mejor para ambos: él necesitaba madurar y yo, bueno, quizá debí intentar ser más paciente.


El día del accidente, Ismael llamó siete veces a mi celular. No le contesté porque sentía un revoltijo de sentimientos en el estómago, pero cuando sonó la octava vez, tuve un ligero mal presentimiento


- Aló - contesté


- Qué alivio escucharte por fin… me tenías angustiado. Creí que te había pasado algo o que quizá ya habías cambiado de número -


- Me gustaría decir lo mismo… ¿necesitas algo? -


- ¿Estás ocupado? -


- Más o menos -


-… Sabes que lo intenté… me esforcé mucho para cambiar. Intenté hablar con mi madre, intenté socializar un poco más con las personas… incluso me inscribí a un curso de cocina básica, pero simplemente no puedo… no puedo arreglarme a mí mismo. No sé cómo. Necesito ayuda. Siempre la he necesitado. Siempre he requerido de alguien que me diga qué hacer y por eso tomé la decisión más importante de toda mi vida: ya que no tengo a nadie más que me guie, simplemente acabaré con esta farsa. No puedo dar un paso al frente sin sentir que me caigo, por lo tanto no puedo vivir de forma adecuada... Si no pueda hacer algo tan elemental como eso, no vale pena seguir aferrándome a esta vida… lo mejor es que me vaya para nunca más volver, pero antes quería escuchar tu voz y decirte lo mucho que te quiero y que si cuando llegue al otro lado, todavía te recuerdo, muy seguramente te extrañaré – Colgó. Sin pensar en nada, tomé mi abrigo y llamé un taxi. No tenía forma de saber dónde estaba. Su teléfono lo había apagado o quizá ya se habría matado. Por un momento me sentí inútil. ¿A quién debería llamar? No tenía el número de su madre. Ni el de su padre. ¿tendría que llamar a la policía? ¿Y qué les diría? Quizá Ismael ni siquiera estaba en la ciudad. Quizá ya estaba muerto y lo que escuché sólo fue una grabación…El taxista me volvió a preguntar que hacia dónde me dirigía.


- Al puente de San Antonio – contesté. Luego reflexioné y vi más viable la opción de que estuviera en el puente de San Benito. Después de todo era el más cercano a la casa de sus padres, pero me estaba arriesgando demasiado: quizá no estaba en ningún lugar público. Podría estar en un hotel, con una pistola o un vaso lleno de cianuro – Por favor, necesito que se apresure – le dije al conductor – necesito llegar cuanto antes – el hombre me notó preocupado y aceleró. Ojalá no lo hubiera hecho.


A pocas calles de San Benito, había un accidente de transito de un ciclista con un auto. La calle estaba cerrada. El hombre tuvo que regresar e intentar tomar una calle alterna. Lo estaba presionando demasiado, al punto en que le ordené que cruzara el semáforo en rojo. Qué idea más estúpida. Un autobús nos impacto por el costado. Arrastró el taxi casi siete cuadras. El hombre salió casi ileso. El más afectado fui yo.


Me subieron a una ambulancia. Antes de perder el conocimiento, le dije a los paramédicos que un hombre estaba apunto de lanzarse del puente San Benito – Tienen que detenerlo, por favor. Se va a matar porque es un idiota – fueron mis ultimas palabras. Poco a poco se fue nublando mi vista. Apenas podía respirar sin sentir que las costillas se me iban a partir. De repente ya no veía una ambulancia: era un cielo estrellado. Me sentía en el lomo de un lobo, corriendo sobre una estepa extensa, bajo la luna llena. El cielo no se veía azul: era amarillo, rosado, verde… Los animales que se acercaban al lobo y a mi no tenían rostro y hacían ruidos extraños. Vi que una criatura me sujetaba la mano, pero no podía definir su cara.


El lobo se detuvo frente a un gran árbol. La criatura que me tenía la mano, me alzó en sus brazos y me bajó de aquel enorme lomo. De una madriguera empezaron a salir conejos. Ninguno tenía ojos. La criatura me aventó por aquel hueco. Todo estaba muy oscuro pero pude distinguir un enorme atril de roble. Una cosa con un hacha se acercó al atril y me observó desde ahí. No distinguía sus ojos, pero me sentía observado. De golpe blandió su enorme hacha y supe que me había cortado el cuello. Mi cabeza se fue rodando a un lado de la oscura madriguera y vi como mi cuerpo permanecía inmóvil frente al atril. Sin duda había llegado al infierno. Lo último que me faltaba era ver a Ismael, también reducido a una cabeza… El oxigeno me empezó a faltar. Volví a ver cómo todo el escenario de la madriguera desaparecía en la oscuridad. ¿Qué clase de infierno me esperaba ahora?


Desperté en el hospital, entubado y vendado. Cuando miré a la izquierda vi a mi madre y a mi hermana.


- Ya despertaste – me dijo mi madre con las manos en su rostro – qué alivio –. La observé por largo rato. Luego sentí el peso del mundo a mi costado derecho. Era Ismael – ¡Dios mio, has despertado! - gritó con los ojos enlagunados – No sabes cuánto me angustié. Creí que te había perdido para siempre -


El médico ingresó a la sala, le pidió a todos los presentes que se marcharan y me hizo un chequeo. Le pregunté que cuánto tiempo había dormido. Me dijo que dos meses – En realidad un mes y tres semanas. Creímos que morirías -


- Qué raro. Yo también pensé lo mismo - dije


No tardaron mucho en darme salida. Ismael estaba feliz.


Mientras salíamos del hospital, recordé que yo ya no tenía madre ni hermana, porque un año atrás habían fallecido en un accidente en el puente San Benito. Le conté a Ismael y él sólo sonrió.

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