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Centinela

Autor: Mascayeta

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Notas del capitulo:

Los vampiros son como los lobos, ellos solo permiten entrar a su territorio a aquellos que eligen porque desean.

Cuando prueban su sangre del elegido, se establece un vínculo que los acompañara de por vida.

Pasadas las diez de la mañana, regresaron a la aldea. Las labores del joven consistían en el cuidado de las caballerizas, en sus ratos libres leía, visitaba algunas de las casas vecinas y volvía al cuidado de los caballos y asnos. En los primeros días le causo emoción ver las distintas actividades, pero con el pasar de los mismos, fue perdiendo el interés. Ya lo conocían, así que comenzó con pequeños paseos alrededor de los establos, y poco a poco los amplio a las diferentes casas, campos y en volver al bosque, donde después de alimentarse, traía las presas desangradas. Cada vez que lo hacía su amo lo abrazaba, dándole un beso en la cabeza. No entendía, pero la dependencia a esa caricia generaba una necesidad de posesión de quien la brindaba. Quería marcharse, pero el dolor de desprenderse del joven era peor que el de haberse alejado de su casa.


El invierno lo pasaron en la casa de su amo, los Takano acomodaron un pequeño colchón para que descansara, en la cocina estaba un tazón con agua y comida. Cuando ellos descansaban, el salía. Una de esas noches, mientras se bañaba, sintió la presencia de su progenitora.


- ¿Qué quieres? – lo rudo de la voz solo logro que la mujer se riera.


- ¿Ese es el saludo después de tantos días perdido? – bufó divertido por la afirmación. Ella lo había vigilado en esos meses. Metiéndose con él en el agua, le ayudo a tallar la espalda. Su hijo era hermoso, digno descendiente de la casa del Dragón - ¿cuándo piensas volver?


- Cuando considere que ya he aprendido lo necesario – la afirmación asustó a Lilith. Acariciando su cabello evito que su voz sonara como una advertencia.


- Los humanos son seres volubles, estas deslumbrado porque estas conociendo aquellas emociones que solo habías visto fraccionadas en nosotros, pero ellos pueden llegar a ser crueles, debes cuidarte...- La voz del menor de los Takano los alerto, dándole un beso en la cabeza, desapareció.


En el momento, las palabras de su madre no tenían gran significado. Era posesiva con él, así que solo lo entendió como una forma de presión. Sin embargo, a partir de esa noche las cosas con su amo comenzaron a cambiar. El aroma de su piel ya no era igual. Las salidas fuera de la aldea se volvieron más constantes, le pedía quedarse pendiente de cualquier extraño mientras él se adentraba en un castillo trepando por una de las paredes. Fue cuando distinguió una nueva fragancia, era similar a la de su madre cuando visitaba a los humanos para alimentarse.


Takano cada vez estaba más distraído, realizaba sus tareas levantándose temprano y terminándolas antes del almuerzo. Luego corría a asearse y nuevamente regresar a ese lugar, donde lo esperaba por horas. Al salir, su cara y su cuerpo mostraban una emoción que él no conocía, pero que indudablemente estaba relacionada con ese perfume. Así fue hasta antes del verano. La aldea esperaba la visita del feudal de la región, el samurái regresaba de una larga batalla, pero para esa visita, su hijo lo acompañaba, el heredero conocería sus tierras. La pobreza de esta gente fue remplazada por adornos en las casas, ofrendas de lo poco que comían y vestidos elegantes. Los mejores animales fueron seleccionados para el homenaje, el regalo a su cuidador. Para él fue gracioso que se rindiera esa cortesía a alguien que en casi un año no había aparecido para ver cómo estaba su pueblo, pero era un simple invitado, así que solo le quedaba observar.


El atardecer le recordó que no había visto a Masamune en la aldea, se había distraído con los niños jugando con los balones de colores. Se dirigió al establo a buscar a su dueño. Al llegar a la puerta, el fuerte olor a sudor golpeo su olfato. La fragancia del joven se mezclaba con la de otra persona; los jadeos y las frases que escuchaba le hicieron dirigirse al lugar exacto donde provenían. La imagen en sí le pareció desconcertante, debajo del pelinegro, un chico más joven gemía ante sus embestidas. Los ojos verde olivo se posaron en su rostro, cambiando su expresión de placer a una de total vergüenza. Antes de poder decir algo, el castaño los cerró reflejando en su rostro, una emoción que reconocía: Placer. Escucho la voz de su dueño suavemente dirigirse al que yacía debajo de él recuperando el aliento, "te amo".


Inmediatamente se dobló ante el dolor que atravesó su pecho, sintió como la punta fría de una flecha se le clavaba. Como pudo salió corriendo del lugar, la molestia se acentuaba en la medida que su respiración se hacía más lenta, abrió la boca buscando el aire que le faltaba. Sus uñas rasgaban su piel, era necesario quitarse el metal que le ardía, que le quemaba.


No supo cuánto corrió, era insoportable la opresión. Se dejo caer tratando de recuperar el aliento. En su cabeza la imagen de Masamune y el joven castaño le lastimaba, sus ojos se nublaron, llevando una de sus manos a su cara, noto que lloraba. Era ilógico, ellos lloraban sin emoción y él sentía una, dolor. Escucho gritos con su nombre, con el que su humano lo denominaba, una voz más aguda lo acompañaba; se escondió, sintió asco por el aroma que desprendían. Tapándose la nariz, evito perderse en el mensaje de lujuria y deseo que su sangre emitía, sin embargo, había otro perfume que los disolvía, y para él era empalagoso y hostigante.


Cuando detecto la esencia de Takano, su boca salivo copiosamente, por primera vez quiso probar la sangre de un humano. Sus sentidos alertaron la cercanía del que ahora se convertiría en su alimento, sus ojos brillaban dándole la posibilidad de detectarlo más fácil entre las sombras del bosque, sintió la adrenalina correr libremente por su cuerpo, no razonaba, solo el instinto comenzó a gobernarlo.


Avanzó sigiloso, Masamune no lo había notado, estaba inmerso en la preocupación de buscar algo... cuando fue a atacarlo, el ruido de los cascos de los caballos lo hizo retroceder, el sudor, la sangre, la suciedad, se mezclaban en los recién llegados. Una flecha silbo a su lado, la señal de alerta por la bestia, le hizo alejarse, pero el hambre continuaba, el deseo de sangre lo estaba consumiendo, después solo fue la nada.

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