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GUARDAESPALDAS por JALIEN

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Notas del fanfic:

 

Fanfic  perteneciente al  fandom ALIENS.

 

Si no perteneces al fandom y deseas leer, adelante. No es necesario ser fan para comprender los hechos en la historia. 

 

¡GRACIAS POR LEER!

Tom estaba completamente empapado de sudor.  Su piel brillaba por el nerviosismo y las manos le temblaban como nunca antes en su vida.    Frente a él,  una gran puerta de material pesado de encontraba cerrada esperando por su ingreso. Dentro de aquella puerta, lo esperaban cientos de personas para condenarlo por la confesión que había hecho.   

Estaba inexpresivo, pero por dentro se moría de horror por lo que había pasado...  

Era el día de su sentencia, el día que decidirían enviarlo a la prisión. Lo sabía.  No podía terminar de otra manera. Él quería ir, el debía ir a la cárcel y afrontar sus errores.   

Un cúmulo de emociones le revolvió el estómago y sintió ganas de vomitar, pero se contuvo cuando uno de los dos oficiales a su costado lo miró con un gesto desagradable.   

Suspiró en cuanto escuchó que el otro oficial anunció que era tiempo y debían ingresar. El juez había dado la orden.   Lo obligaron a pararse y caminar hasta aquella puerta que parecía el portal del infierno al que estaba al punto de entrar.  

La gran puerta se abrió y una luz brillante proveniente del interior lo cegó por un momento, acto que hizo que recordara cómo había iniciado todo.   

Como había llegado hasta aquí...

 

 

 

—¡Puag! Ya... ya suéltame... —Murmuró el mariquita, cogiendo aire desesperadamente en cuanto saqué su cabeza del retrete. Una arcada salió de su garganta, y vi como hinchó los cachetes atajando el vómito, que lo volvió a tragar para no echarlo. Bien sabía que si vomitaba volvería a meterle la cabeza con todo y sus porquerías dentro.
 
—¿Qué? ¿¡Al pobre mariquita se le corre el maquillaje!? —Estiré de su largo cabello negro, que estaba empapado de aquella maloliente agua, y le obligué a que me mirara la cara.
 
Intentó ponerse de pie, lentamente, pero le pisé la pantorrilla derecha, y cayó al suelo de rodillas, otra vez; su boca rozó la taza del váter... un centímetro más y se había llevado una hostia en la historia de la universidad. 
 
—¿Q-qué... Qué queréis? —Su respiración era agitada y entrecortada, su voz tan chillona que no sabía si estaba llorando o solo era el agua que escurría por todo su rostro. Agua sucia, con olor a mierda y a meado. El baño de los tíos era tan vomitivo, no sabía como Bill se aguantaba y aún no había echado la pota luego de estar casi cinco minutos con la cabeza metida en ese repulsivo inodoro, de tanto en tanto. Yo traía la nariz tapada con una pañoleta porque no aguantaba el olor.
 
—Que admitas de una vez que te mola que te la metan... —Georg y Andy se descojonaron a mis espaldas, vigilando el cubículo y echando a cualquiera que se le ocurriera entrar al putrefacto baño de la uni.
 
—¡Qué no, joder! ¡Que no soy marica! -Gritó, y volví a meterle la cabeza dentro del apestoso inodoro- ¡Blup, blup, blup! 
 
—Lo siento, mariquita. Pero no hablo pez —Presioné mis dedos contra su asquerosamente suave cabello, y lo introduje todavía más a fondo. Por un momento creí que si tiraba de la cisterna se podía colar por ella e ir a parar a la cloaca, de tan adentro que traía la cabeza.
 
—¡Blup, blup, blup! —Era lo único que se oía, proviniendo del marica.
 
—¡Tom! —Georg captó mi atención- Alguien viene...
 
—¿Y eso qué? —Seguí atajando al marica, para que se mojara más y más entre toda esa mierda.
 
—¡Que si nos pillan nos meteremos en un lío muy gordo, tío! -Respondió, tronándose los dedos y amarrando su melena castaña, de mala manera.
 
—Pues deshaceros de él.
 
—Es Gustav... —Mencionó Andy.
 
—¿Y quién puñetas es Gustav? —Pregunté echando un ojo fuera del cubículo.
 
—El que te hace las tareas de mates y de... ¡Tom! ¡No seas gillipollas! —Gritó de repente- ¡Ya sacalo que lo vas a ahogar!
 
—¡Blup, blup, blup, bluuuuup!
 
Bill se retorcía entre mis manos, golpeando todo lo que encontraba a su paso, intentando salir a flote para respirar. Movía los brazos con desespero, suplicando que lo dejara salir aunque sea un microsegundo.
 
—Que no... Que este pez marica todavía aguanta unos minutos más bajo el agua —Le respondí a Andreas. Si era por mí, Bill ya se habría ahogado. Lo que más ilusión me haría sería verlo bajo tierra, pero no podía hacerlo todavía... aún había asuntos pendientes.
 
En ese momento, el nerd de la uni, el tal Gustav, entró al baño con libros entre las manos y su notebook bajo el brazo, observando con atención la escena que estábamos montando. Acomodó sus gafas con indiferencia, los cristales de estas brillaron por la bombilla que alumbraba el lugar y nos miró a los cuatro. A Georg y Andy, que reposaban su peso por la puerta del cubículo. A mí acuclillado delante del inodoro y a Bill, que aún tenía la cabeza metida dentro de este.
 
—Devuélvete por donde te has metido —Georg dio un paso adelante, amenazando al cerebrito. Lo tomó del cuello de su camiseta y levantó el puño, para asustarlo. Gustav ni se inmutó, sabía que no permitiría que nada le pasase por el trato que teníamos.
 
—Georg, déjalo.
 
—Pero nos has dicho que...
 
—Sé lo que he dicho, y también te he dicho que lo dejaras —Georg lo soltó al instante, levantó ambos brazos con una mueca en los labios.
 
—¡Como quieras! —Respondió. Andy soltó una risa de burla y este lo golpeó en el hombro, con fuerza, para descargar sus ganas.
 
—¡Au! —Se quejó el rubio, frotándose el sitio lastimado y con el ceño fruncido.
 
—¿Que hay, cerebrito? —Le saludé—Mira... has llegado en un mal momento... -Comenté mirando a Bill, que todavía se retorcía entre mis manos pero con menos ganas que antes. La falta de aire lo estaba debilitando, de hecho, ya casi no se movía- Será mejor que vuelvas mas tarde.
 
—Te estaba buscando—Respondió— ...Todo está hecho —Me mostró los libros que traía en la mano— Así que... ¿Cuando me pagarás?
 
En ese momento solté a Bill y me levanté. El marica cayó al suelo, completamente empapado, comenzó a toser y coger aire desesperadamente con la poca fuerza que le quedaba. Se llevó una mano al corazón y la apretó con una mueca de dolor intenso en el rostro. Me acerqué a Gustav caminando con tranquilidad y jugueteando con mi piercing en el labio.
 
—Escucha, cerebrito... —Me saqué la pañoleta del rostro y me situé en frente a él, cruzado de brazos. Gustav me miró de reojo y prestó atención— Hubo un cambio de planes...
 
Andy y Georg sonrieron al escuchar esas palabras, ellos más que nadie sabían lo que significaba. Era nuestra frase clave de "O haces lo que te digo, o te meto una hostia"
 
—¿A qué te refieres? —El cerebrito era bastante inteligente, que con esas palabras ya había captado el mensaje y había sospechado por dónde iba la cosa. Y escondió los libros detrás de sí mismo.
 
—Pues... que no se me apetece pagarte nada a cambio de la tarea.
 
—Entonces no tienes tarea y me piro de aquí... —Dio media vuelta con la intención de irse. Lo cogí del brazo, lo apreté con fuerza y se volvió, apretando más los libros.
 
—Te tengo un trato aún mejor... ¿Qué tal si me das la tarea y sales de aquí enterito y limpito? -Le apreté el brazo con más fuerza, aquello no tardaría en enrojecerse bajo la piel blanca del cerebro con gafas.
 
—No me parece justo —Comentó inconforme— ¡No he dormido en una semana para terminar tu puta tarea de todo el trimestre!
 
—Eso no es asunto mío —Me encogí de hombros— Era tu obligación hacerme la tarea. Ya lo has hecho. Buen trabajo. ¡Ahora largate! -Estiré los libros sacándoselos, y lo empuje para que saliera del baño— ¡Y ni se te ocurra abrir la boca sobre lo que has visto aquí, o terminaras peor que este marica! —Señalé a Bill, detrás de mí.
 
—¡Que os den por culo! —Gritó mientras se alejaba. Hubiese ido a por él y quebrarle los huesos en ese mismo instante, pero tenía algo mas importante entre manos.
 
Cerré de un portazo, cabreado, con ganas de partir en dos al cerebrito, quedándonos nuevamente los cuatro en el baño. Al cerrar la puerta, el olor nauseabundo no tardó en percibirse de nuevo, lo que hizo que volviera a colocarme la pañoleta. Aun así me mareaba, me asqueaba, sentía náuseas de solo oler y ver mierda y más mierda alrededor, por todas partes... pero la mierda que más asco me daba estaba sentada ahí, delante del inodoro, llorando como el mariquita que era. Era tan asqueroso y feo, ni siquiera toda esa mascara de maquillaje que traía podía camuflar su palidez, y el ojo morado producto de la pelea de la semana pasada, que recién estaba empezando a curarse, con un color morado amarillento. Estaba demás aclarar que aquel moratón se lo había hecho yo. Y me daba tanto asco que llorara como niñita, que se portara como niñita, que se victimizara y no se defendiera... siempre como una puta niñita.
 
Alguien tenía que enseñarle a ser hombre... Y si no entendía por las buenas, sería por las malas.
 
—Dejadnos a solas —Hablé sin apartar la vista de aquel escuálido y esquelético tragapollas.
 
—Tom... Ha tenido suficiente, ya dejalo —Andy intentó levantar a Bill, se agachó hasta quedar a su altura y pasó el brazo por su hombro. El estómago se me revolvió aún más. Más asco.
 
—¡No lo toques! —Le grité y Andy me miró fijamente. Se mantuvo quieto durante unos segundos y tras suspirar volvió a levantarse, dejando a Bill en el suelo- He dicho que nos dejéis a solas. ¡No hagáis que lo repita!
 
Georg caminó hacia mí sin protestar y posó una mano sobre mi hombro, me dio unas palmaditas y sonrió de lado.
 
—Que lo disfrutes... Diviertete, chaval —Dijo, y siguió caminando hasta salir del baño.
 
—¿Y tú a qué esperas? —Le pregunté al rubio gilipollas de Andreas. Él me miró suplicante, como perro callejero pidiendo un trozo de pan con los ojos brillantes.
 
—Tom... No... N-no —Negó con la cabeza y volvió a mirar a Bill, el susodicho seguía tosiendo y llorando en silencio, sentado en el suelo, escondiendo la cara tras sus rodillas— ...No le pegues tanto... Es nuestro amigo.
 
—¿Nuestro amigo? ¡¿Estas de coña Andreas?! ¡Es Bill, el maricón!
 
—Tom, no te hagas... ¡Aquí los tres sabemos los buenos amigos que hemos sido en la infancia!
 
—¡Jajaja! —Comencé a descojonarme y caminé hacia ellos. Le pase los libros que le había sacado a Gustav para que me los llevara al salón, y le di una palmada en la mejilla, no tan fuerte pero tampoco tan suave— ¡Reacciona, rubia! ¿O acaso el agua oxigenada te ha quemado las neuronas? -Andy volteó la cabeza por el golpe, y se llevó las manos en la mejilla lastimada.
 
—Es Billy... y te estás pasando con él. ¡Una cosa es meterse con él por diversión, y otra muy distinta atentar contra su vida!
 
—¿Atentar contra su vida? ¿De qué vas? El que se está pasando aquí eres tú... ¿O qué, acaso no recuerdas todo lo que le has hecho también?
 
—Lo recuerdo —Asintió, y dio un paso adelante, queriendo salir ya de ese lugar— Pero yo no he intentado matarle, en cambio tú sí que lo has hecho... El mes pasado casi le tiras del séptimo piso, hace dos semanas casi lo atropellas con tu auto, la semana pasada le metiste tremenda hostia que casi lo dejas ciego ¡Es una suerte que no haya perdido un ojo! Y hoy casi lo ahogas en mierda... ¡Mira como esta el pobre!
 
Ambos desviamos la vista hacia Bill. El marica se abrazó con más fuerza al notar el silencio que se formó, a sabiendas que le estábamos observando, y levantó la cabeza para mirarnos también. Eso no me lo esperaba... se había animado a mirarme a los ojos, aún así después de lo ocurrido. Él siempre se escondía de los problemas y esta vez se había atrevido a enfrentarlos. 
 
—¡Vosotros no sois mis amigos! —Gritó, reprochando el comentario de Andy, de hace unos segundos— ¡Sois unos doble caras! ¡Traicioneros!
 
—¡Anda...! Al fin muestras algo de valor, mariquita —Sonreí. Al fin algo de emoción luego de tan aburrido acto.
 
—Nosotros no hemos sido los traicioneros, has sido tú, Bill —Demandó Andy. Y en eso tenía razón. 
 
Bill, Andreas y yo eramos los mejores amigos en el parvulario y en la escuela. Pero las cosas habían cambiado cuando en el instituto Bill nos había acusado con el director de haber ingresado a la web del cole y habíamos cambiado nuestras notas finales. Él se había sacado la mejor nota y había sido el alumno ejemplar, Andy y yo fuimos expulsados. Tuvimos que ingresar a otro instituto, uno público y de mala muerte... pasando las peores cosas ahí dentro, mientras que el pijo de Bill, a parte de vivir rodeado de lujos, iba al mejor instituto de la ciudad y siempre conseguía lo que quería; en cambio yo, tenía que verme la vida sólo luego de la muerte del drogadicto de mi padre.
 
Por eso lo odiaba tanto, él lo tenía todo y no lo valoraba. Mientras yo moría por un trozo de pan, él rechazaba las verduras que su madre con cariño le ponía en frente de las narices. Mientras yo usaba ropa rota y descosida, él se compraba ropas de marca y nunca las usaba. Lo sabía... porque vivía al lado mismo de mi casa, lo veía todos los días desde mi ventana, y él nunca se enteraba. Siempre preguntándome por qué nos había traicionado, consumido por la rabia que cada día me carcomía más y más, incrementando mi desprecio hacia él.
 
Si yo hubiese terminado el instituto en el mismo que él, mi suerte hubiera sido otra. Pero nadie en el barrio quería de cerca a un estudiante del instituto de mala muerte, donde hasta los mismos profesores se encargaban de vendernos drogas y enseñarnos a venderlas. Ese era mi trabajo, lo único para lo que servía un tío como yo.
 
Todo lo que pasaba en mi vida, era por culpa de Bill.
 
Nos habíamos topado unas cuantas veces en la calle, antes de que entrara a su casa, pero me evitaba, huía de mí por temor. ¡Y hacia bien! Otra de las razones por la cual lo odiaba, su casa; enorme, limpia, ordenada y perfumada; mientras que la mía era una pocilga, con olor a porro, un gallinero a comparación con la suya. Yo tenía que trabajar, en algo no muy bueno, para pagarme la universidad y ya no vivir en una pocilga. Y él en cambio no iba si no quería, se hacía el enfermo, su padre le pagaba y le conseguía todo... ¡Lo estaban criando como una puta maricona!
 
Vaya suerte tuvimos de encontrarnos en la misma universidad... Desde el primer día que lo vi nuevamente, frente a frente, comencé a descargarme por todo. Lo detestaba, y haría su vida imposible hasta que todo este odio y rencor desapareciera. Y dudaba que eso pasara algún día.
 
—¡Eso no es verdad! ¡Vosotros fuisteis los que me traicionasteis! ¡Me golpeáis todos los días! ¡Me llevaron al psicólogo por culpa vuestra! ¡Eso no hacen los verdaderos amigos! —Comenzó a gritar como loco. Se secó las lágrimas con el reverso del brazo y apoyó la otra mano sobre el inodoro, haciendo un esfuerzo por incorporarse y ponerse de pie por fin— ¡Sois unos capullos!
 
El timbre había sonado justo en ese momento y el ruidito agudo me había causado un dolor punzante en la cabeza. Bill suspiró, aliviado, sabía que la hora de descanso había acabado y debíamos entrar a clases.
 
—¿A dónde crees que vas? —Le atajé del brazo a Bill, cuando vi que intentó marcharse. Andy sonrió de mala gana y comenzó a andar. Había pillado que yo aún no estaba satisfecho.
 
—¡Nos vemos luego, Tom! Y... ya no le pegues tanto —Fue lo último que dijo antes de salir del baño. Cerró la puerta, lentamente, ésta hizo un chirrido como en las películas de terror y Bill tragó saliva forzosamente cuando nos quedamos solos.
 
—¿Q-qué... Qué pretendes hacerme ahora? —Preguntó en casi un susurro.
 
—Mariquita... —Comencé a acercarme a él, Bill retrocedió hasta que se vio acorralado con la espalda en la pared, temblando como una hoja de papel, y su piel pálida hacía buena referencia a la comparación— Tú sabes que no me gustan los mentirosos y los traicioneros... —Cerré la puerta del cubículo detrás de mí, estábamos a solas dentro de aquella pequeña cabina sucia de metal, y caminé hasta quedar a solo unos centímetros de distancia- Y tú eres ambas cosas.
 
—¿Tú estas drogado, otra vez? ¡Ya déjame, Tom! ¿Qué cojones quieres para que me dejes en paz de una puta vez?
 
—La respuesta es demasiado simple -Me saqué la pañoleta, otra vez y le sonreí. Eso hizo que se acojonara aún más— Te perdonaré todos estos años de traición si dejas de mentir y aceptas que nos has acusado y que eres un maricón.
 
—¡Yo nunca te he mentido! ¡Andy y tú fuisteis los que me habéis jugado una mala pasada! —Le di un puñetazo en la boca de súbito, la sangre no tardó en descender por su barbilla y me miró con los ojos desorbitados.
 
—¡Calla la puta boca de chupapollas que tienes, maricona! —Le grité al oído, lo tomé de la barbilla y mis dedos se hundieron en sus cachetes— ¡Deja de mentir! ¡Por tu culpa estoy como estoy y lo vas a pagar!
 
—No ha sido culpa mía... —Murmuró.
 
—Y ahí vas de nuevo... ¿Qué tú no tienes miedo de mentirme en la puta cara? —Bajé mis manos de su barbilla hasta su cuello, y lo estrangulé con rabia irradiando por todo mi ser.
 
—¡Yo no os he acusado con nadie! —Dijo con dificultad. Tanta hipocresía me revolvía el estómago todavía más. Ese sentimiento de asco en el estómago era tan insoportable, que era injusto que solo yo lo sintiera...—¡Arghh! —Se quejó en cuanto lo patee con mi rodilla en el estómago, y escupió la sangre que tenía en la boca por el puñetazo anterior. Se sostuvo por el váter para no caer al suelo de nuevo y levantó la vista con los ojos acuosos por la falta de aire.
 
—¡Ya deja de llorar, jodido maricón! ¡Tú eres hombre, capullo! ¡Comportate como uno! —Le volví a pegar en el estómago, esta vez con mi puño, y fue ahí cuando se desplomó y cayó al suelo, sujetándose el sitio golpeado y tosiendo, tratando de coger aire— ¡No eres más que un simple marica traicionero! ¡Me das asco, Bill!
 
—Yo... y-yo no... no soy marica... 
 
Me agaché y tomé de su cabello, lo estiré obligándolo a levantarse entre quejidos y lloriqueos.
 
—¡Sí lo eres! ¡Sí que lo eres! ¡LO ERES! ¡Te encanta hacer el mete saca con los tíos! ¡Te encanta saborear las jugosas pollas de todos! ¡Te fascina que te la metan por el culo con todo y bolas! ¡ADMÍTELO! —Lo volteé, colocándolo de espaldas a mí, con el pecho contra la pared, y me apoyé a él todo lo que nuestros cuerpos pudieron. Y aunque sentía asco por tenerlo tan cerca, y porque estaba empapado de aquella repulsiva agua, aún así lo hice... no lo dejaría en paz hasta que admitiera de una maldita vez que era un jodido chupaculos masculinos.
 
—¡Tom... por favor, no! —Metí mi mano bajo sus pantalones y busqué su pene flácido con ella — ¡No lo hagas! ¡No... No quiero! —Suplicaba, pero yo sabía que sí lo quería.
 
Comencé a mover mi mano, sacudiéndole la polla con descaro, y presioné mi pelvis contra su trasero.
 
—¡Sí lo quieres! ¿Quieres también que te baje los pantalones y te la meta? -Volví a presionarle más con un movimiento.
 
—¡No! ¡No! —Se revolvió, intentando huir. Saqué mi mano de su pantalón, solo para atajarlo. Aprisioné sus dos manos detrás de su espalda, y las levanté para inmovilizarlo. Volví a meter una mano bajo su boxer mientras la otra lo sujetaba con fuerza. Lo masturbé otra vez— ¿Por qué... haces esto? —Preguntó dándose por vencido. Bien sabía que no tenía escapatoria— ¿Por qué te empeñas en hacerme la vida imposible?
 
—Porque eso es mi hobbie, para eso vivo... —Le respondí. Y Bill sonrió— ¿De qué te ríes, mariquita? ¿Qué, te gusta que te la sacuda?
 
—No. No me gusta —Negó, aún con una sonrisa en los labios— Pero me parece tan irónico que me digas marica, y el que me está jalando la polla eres tú... diciendo que es tu hobbie.
 
—¡Jajaja! ¡Ya quisieras tú que el marica fuera yo! —Le apreté la punta del pene con el dedo pulgar, estaba comenzando a humedecerse y a hincharse- Ni te ilusiones... aquí el único maricón eres tú. Bien que te estas dejando.
 
—Es porque... mm-me tienes... ac-acorralado... mmm... —Comenzó a jadear por lo bajo, queriendo ocultarlo— Pero de verdad... No soy g-gay -Se mordió el labio y reprimió un gemido.
 
—¿Entonces por qué se te está poniendo dura? —Comenté con cierto tonito de burla en mi voz, al notar que su polla se levantaba y se endurecía con cada movimiento que hacía. Jugué con sus huevos unos segundos y volví a acaparar toda la dimensión de su pene con mi mano, que ahora estaba tan dura como una piedra, frotándosela con más rapidez.
 
—¡Porque me la estás sacudiendo, capullo! mmm... ¡Cualquier tío se empalmaría... cuando le... jalan el puto pito! —Su respiración comenzaba a ser cada vez mas acelerada y entrecortada, incluso más que cuando traía la cabeza dentro del retrete y se la sacaba.
 
—Si yo fuera gay, ahora mismo también estaría empalmado, como tú. Sin embargo mi polla está bien dormida, como un spagetti remojado... ¡Nadie podría excitarse contigo! Eres asqueroso... -Escupí a un costado, indicando de esa manera lo repugnante que me parecía este cerdo desleal— ...Si admites de una vez que eres un maricón, dejaré de sacudirtela.
 
Bill negó con la cabeza, sin hablar. Se mordía el labio y apretaba los ojos con fuerza, apoyando la frente a la pared. Dejó de respirar, apretó los puños, que tenía tras su espalda, sujetados por mí y sentí como sus piernas temblaban como si se trataran de gelatinas.
 
— ¿Entonces dejarás que continúe? ¡jajajaja! ¡Sí que eres un maricón! ¡Estas disfrutando de la paja, marica! —Me descojoné y moví mi mano con más rapidez aún, sacudiendo como si fuera una bola de cristal con nieve artificial dentro. Y sabía que la nieve estaba a punto de derretirse y salir volando en forma líquida y espesa.
 
Volvió a negar con la cabeza, apretando los dientes y respirando, otra vez, por la boca. Tan agitado y acelerado, que sus jadeos ya no eran silenciosos, sino que se podían oír perfectamente gimiendo entre dientes.
 
—Y-ya... sueltame... —Murmuró, apretó más los puños y trató de alejarse— Ya no aguanto... ¡Ah! Tom, sueltame... Mmm.
 
—¿Qué? ¿No me digas que eres un eyaculador precoz? ¡Jajaja! —Continué con el movimiento de mis manos y sentí como dejó de oponerse, dejó de esforzarse por zafarse y levantó la cabeza, alejándola de la pared y apoyándola sobre mi hombro.
 
—¡Ah, Tom! -Sus piernas sufrieron espasmos y dejaron de sostenerlo, tuve que subir un poco mi rodilla para que no cayera al piso, y solté sus puños, llevando mi otra mano hasta su torso, pegándolo más a mí para atajarlo. Su corazón latía tan fuerte, que parecía que estaba a punto de salir saltando de su pecho. Ya no se resistía, aun teniendo los brazos en total libertad— Voy a... me-me... me voy a... ¡Agh!
 
—Te vas a venir ¿Eh? —Me burlé. Bajó sus manos hasta situarla contra la pared y entreabrió los labios—Si te vienes estarás confirmando tu homosexualidad.
 
—...
 
—¿Qué? ¿Ya no hablarás más?
 
—...
 
—¡Guarro! ¡Asqueroso! ¡Marica! 
 
—...
 
—¿Lo estas disfrutando, EH? —Siguió sin contestar, pero en lugar de eso noté el color rojo de sus mejillas, a centímetros de mi cara, tenía los ojos cerrados y humedecidos, al igual que sus labios hinchados y mojados a causa de los mordisqueos que él mismo se hacía al acallar sus gemidos, y de la hostia que le había metido.
 
—...
 
—Oh, ya entendí. Si dices una sola palabra más, te vas a correr.
 
—...
 
—Pues te la pongo así; O admites que te mola la polla y te dejo tranquilo, o te corres y de todos modos lo estarás confirmando. No tienes opción, de cualquier forma saldrás aún más marica de aquí —Bajé la mano que lo sostenía del torso hasta su entrepierna, y con ambas lo sacudí con más ímpetu. Encorvó la espalda, le temblaron las manos, los labios, las piernas, la polla, todo.
 
—...No soy gay. No soy gay. No soy gay. No soy... ¡AAHH...! ¡MIERDA! ¡AGH! ¡MMN!
 
Abrió los ojos de inmediato, totalmente abochornado. Y yo me aleje de él, asqueado pero divertido.
 
—¡Te has corrido en mis manos! ¡JAJAJA! ¡Eres un guarro, maricón!
 
Bill se encogió de la vergüenza, arrastrando su cuerpo hasta el piso mojado y quedándose ahí, estático, escondiendo su cabeza tras sus manos. Me limpié por mi playera, sin darle demasiada importancia, y metí mis manos a los bolsillos, lo primero que hice fue sacar el móvil e ingresar a la opción de cámara.
 
Flash... más flash. Otro flash.
 
Mi sonrisa era de lo más grande. Estaba disfrutando demasiado de ésta situación tan penosa para el mariquita. Bill levantó la cabeza cuando se percató de la luz del flash. Tenía los ojos como platos, y el semblante de pánico.
 
—¿Q-qué... qué-qué haces? —Tartamudeó por el susto, o tal vez porque aún no se recuperaba del orgasmo que había tenido.
 
—¡Sonríe! —Le dije.
 
—¿Qué puñetas haces? —Habló esta vez con más control.
 
—A ésta hora, mañana, toda la universidad tendrá tus fotos con la polla descubierta y totalmente frita... Porque te la sacudiste por un tío -Respondí y tragó saliva pesadamente, inmutándose- Veremos si todavía tendrás el valor de negar que eres un maricón.
 
—¿De qué hablas? ¡Fuiste tú quién me la ha sacudido!
 
—Ya... pero eso nadie lo sabe. Y nadie te creerá —Guardé el móvil, abrí la puerta metálica del cubículo y eché a andar hacia la salida del baño.
 
—¡Eres un gilipollas, Tom! ¡Te odio, cabrón! ¡Me cago en tus putos muertos! ¡Me cago en el cadáver de tu drogadicto padre! —Gritó y su voz retumbó por todo el baño. Otra vez su semblante se tornó de dolor y se apretó el corazón.
 
Paré de súbito y giré sobre mis talones de inmediato, acercándome a él otra vez. La cara de susto de muerte que puso ameritaba para otra fotografía, sin embargo el cabreo me podía más. Gritó de dolor en cuanto le pisé la pierna izquierda, hacia la tibia y me acuclillé hasta tu altura.
 
—Cambio de planes... —Hablé tranquilo mientras él gritaba y se retorcía— ...Esta misma tarde, todos tendrán las jodidas fotos en sus jodidos móviles.
 
Enrollé su cabello mojado con mis dedos y lo estiré hasta soltar algunos.
 
— ¡Aahhh! ¡Aaahhh! —Lloriqueaba, pero se lo tenía bien merecido.
 
Volví a incorporarme y a andar hacia la salida. Bill se quedó llorando en el suelo, con los labios rotos, unos cuantos cabellos de menos, la pierna lastimada, el estómago adolorido y la polla afuera. Sin mencionar el ojo morado de la otra vez y que estaba empapado de agua maloliente y vomitiva.
 
Pobre marica...
 
Luego de eso no volví a entrar a clases, yo también estaba mojado por aquella agua repulsiva, porque Bill se me había restregado mientras le sacudía. Intenté secar un poco con la pañoleta que traía, pero estaba claro que sería inútil.
 
Subí a mi cadillac y me dirigí hacia casa. Me sentía asqueroso, pero por alguna razón tenía una sonrisa radiante en mi rostro.
 
Asqueado pero... satisfecho.
 

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