Login
Amor Yaoi
Fanfics yaoi en español

Algo mas que su jefe (ADAPTACIÓN KAISOO) por MiraiDL

[Reviews - 7]   LISTA DE CAPITULOS
- Tamaño del texto +

Sabía mejor de lo que se había imaginado.


 


Cuando los labios de Kyungsoo se posaron en los de él y probó su sabor,  creyó que le bastaría con eso, con una pequeña muestra del sabor de su fascinante boca, y que podría volver a su vida tranquila...


 


Pero él inclinó la cabeza hacia un lado y se sirvió de la mano que tenía en la mejilla de Kyungsoo para colocarle la boca como quería.


Y comenzó a devorarlo como un lobo.


 


Tenía una boca carnal que se abría sobre la de el para degustarlo y reclamarlo.


 


Kyungsoo explotó. Fue como un largo destello luminoso que eliminó todo lo demás. Fue perfecto y hermoso.


Fue demasiado.


 


Se estremeció, sobrepasado por su sabor, el roce de su barba incipiente y sus dedos que le colocaban la boca donde quería, como si le diera una orden silenciosa que el obedecía de buen grado. Después le puso las manos en la cabeza y las introdujo en sus cabellos. Los brazos de Kyungsoo le rodearon el cuello como si tuvieran voluntad propia, y sintió contra su cuerpo su larga y dura masculinidad.


 


Se apretó contra él, pero no le pareció estar lo bastante cerca.


Y él volvió a besarlo una y otra vez, con una intensidad despiadada que lo debilitaba y lo hacía sentirse hermoso a la vez, hasta volverlo loco de deseo, hasta hacer que se olvidara de su nombre y de que no sabía el de él.


Hasta que se olvidó de todo salvo de él.


 


Cuando el hombre se separó de masculló algo incomprensible mientras lo miraba como si fuera un fantasma.


 


Kyungsoo tardó unos segundos en darse cuenta de que no lo entendía porque no hablaba en inglés. La realidad volvió a apoderarse de el. Seguía en la discoteca, la música seguía sonando, las luces lanzaban destellos y Yoona seguiría jugando con su última conquista. Todo seguía igual que antes de haber tropezado y de que aquel hombre lo hubiera sujetado.


Antes de que lo hubiera besado y él le hubiera correspondido.


Todo estaba exactamente igual, salvo el.


 


Él le examinaba el rostro como si buscara algo. Después le pasó un dedo por la clavícula, y ese simple roce hizo que se estremeciera. Una caricia tan inocua parecía estar directamente relacionada con el calor que sentía entre las piernas. No necesitaba hablar la lengua de aquel hombre para saber que estaba maldiciendo.


Lo inteligente hubiera sido salir corriendo de allí, como él le había dicho.


—Es la última oportunidad —dijo él como si le hubiera leído el pensamiento.


Volvía a prevenirlo.


Kyungsoo se vio apartándose de él sonriendo educadamente, dirigiéndose a la salida más cercana y parando un taxi. Pero allí, rodeado de la multitud y de la música, le pareció que no era la misma persona que había llegado. Como si aquello fuera realmente un cuento.


—Qué ojos tan grandes tiene —se burló Kyungsoo.


Él sonrió por primera vez, y no pudo hacer otra cosa que sonreírle a su vez.


—Puede ser —dijo él.


—Su acento resulta encantador. Supongo que tendrá que ir apartando a las mujeres y jóvenes con un palo.


—No me hace falta: basta con que me miren.


—Un lobo, tal como me imaginaba.


Él volvió a mirarlo de aquella extraña forma, como si el fuera una aparición y no pudiera creer que se hallara frente a él.


 


Después le pasó el brazo por los hombros y comenzaron a abrirse paso entre la multitud. Kyungsoo trató de no pensar en lo bien que se sentía bajo su brazo. Tal vez lo hubiera hechizado. Era imposible avanzar entre la gente con rapidez y seguridad en un sitio como aquel y en plena noche de sábado.


Pero él lo hizo.


 


Y salieron a la fría noche de noviembre, y él siguió andando como si supiera exactamente adónde se dirigían. Lo condujo por la oscura calle, llena de sombras, y fue entonces cuando se despertó en Kyungsoo el instinto de conservación.


«Más vale tarde que nunca», pensó, enfadado consigo mismo, aunque le dolía tener que separarse del refugio del cuerpo masculino, de su fuerza y su calor.


 


Cuando se apartó, le pareció que le arrancaban la piel a tiras, como si los dos se hubieran fusionado.


Él lo miró, tranquilo. Kyungsoo quería confiar en él, pero no debía.


—Perdone, pero... No sé nada de usted.


—Creo que sabe algunas cosas.


Su voz era aún más deliciosa que antes, pues podía oírlo como era debido.


«Es ruso», pensó.


—Sí, todas ellas encantadoras, pero no me merece la pena arriesgar mi seguridad por ninguna de ellas. Supongo que estará de acuerdo.


En los ojos de él apareció algo similar a una sonrisa, que no le alcanzó la boca.


¿Había deseado antes a alguien de aquel modo?


—Un lobo siempre implica peligro. Un lobo es eso. Si no, hay que conformarse con un perro, acariciarle la cabeza y enseñarle trucos.


Kyungsoo no estaba seguro de querer conocer los trucos que aquel hombre se guardaba en la manga. Mejor dicho, no sabía si sobreviviría a ellos.


—Podría portarse muy mal en la cama –dijo con despreocupación, como si constantemente se fuera con desconocidos. Apena reconoció su voz y el tono en que hablaba—. Es muy arriesgado irse con un desconocido.


Él sonrió, y el azul de sus ojos se intensificó.


—Yo no soy peligroso.


Kyungsoo le creyó.


—Pero podría ser de esos que se emborrachan y se pasan la noche llorando sus penas amorosas. Es muy aburrido, sobre todo si recurren a la poesía. O todavía peor, si se ponen a cantar.


—No bebo —contraatacó él—. No canto, no escribo poemas y, desde luego, no lloro — hizo una pausa—. Mejor dicho, no tengo corazón.


—Muy conveniente. Podría ser un asesino — afirmó Kyungsoo sonriendo.


Él no lo imitó.


—¿Y si lo soy?


—¿Lo ve? Ahora ya no puedo irme con usted.


Pero le aterraba lo mucho que deseaba irse con él a donde quisiera llevarlo. Y no dejaba de sonreírle, como si lo conociera.


—Me llamo JongIn —dijo él, y le recorrió los labios con el pulgar con una expresión tan fiera e intensa que sintió que ardía en su interior—. Manda un SMS con mi nombre completo y mi dirección a quien quieras. Dile que te llame cada quince minutos, si lo prefieres. Ponte en contacto con la policía... Lo que quieras. Te deseo —dijo él con fuego en la mirada.


 


Kyungsoo se le aproximó como si fuera un imán que lo atrajera. Y no tuvo más remedio que ponerle la mano en el abdomen y sentir su calor en la palma.


Ni siquiera entonces se asustó.


—Qué dientes tan grandes tienes —susurró, demasiado nervioso para reírse.


—Lo de morder viene después –afirmó. Le brillaban los ojos con esa seguridad masculina que cortaba el aliento—. Si me lo pides educadamente.


Le agarró una mano y se la llevó a la boca sin dejar de mirarlo.


—Si estás seguro... —respondió mientras trataba desesperadamente de que no se le notara que temblaba—. Me han prometido un lobo, no un perro.


—Los perros me los tomo de desayuno.


Kyungsoo se rió.


—No resulta muy reconfortante.


—No puedo ser lo que no soy —le besó la palma de la mano. — Pero lo que soy se me da muy bien.


Kyungsoo se había sentido perdido desde que lo había visto. ¿Para qué fingir? No estaba borracho como aquella noche terrible.


Sabía lo que hacía. ¿O no?


—Tomo nota —dijo, sin aliento y mareado, e incapaz de recordar por qué había intentado detener aquello, cuando rendirse le parecía un triunfo—. No hay que desayunar con un lobo, porque las salchichas pueden estar hechas con el perro de la familia.


—Pero no el de tu familia, por si te sirve de consuelo.


Y, cuando Kyungsoo le sonrió, la negociación concluyó.


 


La dirección que le dio él estaba en una zona de la ciudad tan rica y elegante que Kyungsoo apena podía permitirse el lujo de visitarla, y mucho menos de vivir en ella. Se la mandó por SMS a Yoona. Y después guardó el teléfono y se olvidó de su amiga por completo.


 


Él le volvió a pasar el brazo por los hombros y lo atrajo hacia sí, como si también le gustara cómo encajaban sus cuerpos. Y el corazón de Kyungsoo comenzó a latir con fuerza.


En la esquina de la calle, él levantó la mano que tenía libre y, durante unos segundos, Kyungsoo creyó que era tan poderoso que los taxis se materializarían ante él. Pero cerca se oyó un motor que se encendía y un coche negro salió de entre las sombras y se detuvo frente a ellos.


 


«JongIn», susurró para sí mientras se montaba en el vehículo. «Se llama JongIn».


 


Él subió tras Kyungsoo, dirigió unas palabras en ruso al conductor y apretó un botón para subir una pantalla que los aisló de este. Después se recostó en el asiento, sin tocarlo, y lo miró como si tratara de descifrarlo o de ofrecerle la última oportunidad de huir.


Pero Kyungsoo no iba a hacerlo.


—¿Seguimos hablando de perros? — preguntó él, pero Kyungsoo solo oyó el deseo que ocultaban sus palabras. Se lo veía en los ojos y en el rostro, y era equiparable al suyo.


—Me he montado en tu coche, así que creo que no hace falta.


Él sonrió, estaba seguro, aunque no movió los labios. Pero vio la satisfacción en su rostro.


Y sintió que se derretía.


—Ven aquí —dijo él.


Estaban a oscuras. Las luces de la ciudad entraban de vez en cuando por la ventanilla mientras el coche avanzaba, pero los ojos de él seguían brillando con complicidad, con una seguridad absoluta en lo que iba a suceder.


 


Lo levantó y lo sentó en su regazo mientras lo besaba en la boca con una impaciencia que a Kyungsoo le encantó. El lo recibió con la misma urgencia. Él le acarició la espalda, le exploró la forma de las caderas, y Kyungsoo se quedó en blanco y lo único que sintió fue el fuego que lo consumía, el deseo en estado puro.


Hacía tanto tiempo, tanto... Sin embargo, su cuerpo sabía lo que debía hacer. Se extasió ante el sabor de él, ante sus fuertes manos acariciándolo por encima y, después, por debajo de los pantalones. Las sintió en el estómago, la cintura, el pecho. Era tan perfecto que deseó morir. Pero no era suficiente.


 


Él se inclinó hacia delante para quitarse la chaqueta y la camiseta. A Kyungsoo se le pusieron los ojos vidriosos al contemplar tanta belleza masculina. Se apretó contra su pecho y recorrió con dedos temblorosos, con los labios y la lengua los tatuajes que le adornaban la piel.


 


En cuestión de segundos se halló sin camisa mientras él lo seguía besando en la boca. Kyungsoo creyó que se moriría si dejaba de hacerlo. Y entonces él se detuvo, y  gimió de desesperación. Pero él se rió suavemente antes de agarrarle un pezón con la boca y chuparlo sin delicadeza hasta que creyó que, en efecto, se había muerto.


 


Los sonidos que emitía le resultaban irreconocibles. No había nada en el mundo que pudiera hacer que se sintiera mejor.


JongIn lo levantó, y el le ayudó a que le bajara los pantalones. Sacó una pierna de ellos, sin preocuparse de la otra.


Él dio un giro, de modo que Kyungsoo quedó tumbado en el asiento, con él sobre su cuerpo y las piernas alrededor de las caderas masculinas. Ni siquiera se había dado cuenta de que JongIn se había desvestido.


 


Y allí estaba, desnudo contra el, con su masculinidad de acero quemándole el vientre.


Kyungsoo se estremeció y sintió que se derretía. Con la mano, JongIn lo levantó por las nalgas hacia él. Mascullaba en ruso la misma palabra que había dicho antes, y el gimió al oírla. Era dura y tierna a la vez. Él jugó con su pecho, lamiéndole un pezón y luego el otro.


 


Después pasó a su cuello antes de llegar a la boca y besarlo profundamente.


Se separó un poco de el y le puso algo en la mano. Kyungsoo tardó más de lo que debiera en darse cuenta de que era un preservativo, algo en lo que no había pensado en ningún momento.


Él lo miró con sus brillantes ojos azules mientras sus dedos se movían entre ambos hasta llegar a la entrada caliente de él, en el que penetraron.


Kyungsoo los agarró con fuerza.


—Date prisa —le ordenó él.


—Ya me la doy. Eres tú que me distrae.


Él siguió metiéndole los dedos y sacándolos, y después lo presionó con la palma de la mano, y se rió cuando se arqueó contra él.


—Concéntrate.


Rasgó el envoltorio y le puso el preservativo tan lentamente que él lanzó una maldición.


 


A Kyungsoo le gustaba comprobar su urgencia, ver que también podía hacerle contener la respiración. Él se inclinó y acercó su rostro al de el al tiempo que situaba la parte más dura de sí mismo cerca de su entrada.


—Dime tu nombre —le ordenó en tono duro.


Lo tenía abrazado, su cuerpo lo aplastaba contra el asiento y comenzó a mordisquearle la mandíbula mientras  echaba la cabeza hacia atrás.


«Estoy vivo», pensó. «Por fin».


—Kyungsoo —susurró.


Él lo repitió en un murmullo y lo penetró con fuerza, de forma tan hermosa y perfecta que a Kyungsoo se le llenaron los ojos de lágrimas. Él lo besó de nuevo en la boca.


Y comenzó a moverse con absoluta maestría. Y Kyungsoo fue a su encuentro.


Era perfecto.


Él siguió moviéndose de forma intensa y salvaje mientras lo besaba en el cuello y sus manos iban de sus nalgas al centro de su deseo. Kyungsoo sintió un fuego interior que nunca antes había experimentado. Y quiso más. Y más.


—Di mi nombre —le susurró él—. Dilo ahora, Kyungsoo.


Cuando el lo hizo, él se estremeció y lanzó un gruñido, que lo excitó aún más. Él colocó la mano entre ambos y presionó con fuerza el miembro de Kyungsoo.


 


Y sonrió, Kyungsoo estaba seguro, con su boca de guerrero y los ojos brillantes, justo antes de alcanzar con el el éxtasis.


JongIn no podía moverse. No estaba seguro de estar respirando. Kyungsoo temblaba dulcemente debajo, con la boca de él apoyada en la unión de su cuello con el hombro. Y él seguía dentro de su hermoso cuerpo.


¿Qué demonios sucedía?


 


Se incorporó y sentó a Kyungsoo con cuidado a su lado sin hacer caso del leve sonido que emitió, como si le pesara separarse de él. Seguía con los ojos cerrados.


Se quitó el preservativo. Buscó los pantalones en el suelo del coche y se los puso. No sabía qué había sido de la camiseta y se dijo que daba igual. Y se limitó a permanecer sentado para recobrar el aliento.


Una joven lo había dejado sin aliento, a él, a Kim JongIn.


 


Contempló en su interior una serie de colores brillantes, cuando sabía que el único color seguro era el gris. Se dijo que era producto del malhumor que sentía, pero sabía que no era así. Se había liberado todo lo que había guardado bajo llave durante años, y se negaba a aceptarlo. No estaba dispuesto a consentirlo, porque volvía a sentirse como un animal, violento, loco, borracho...


Era eso.


 


Aquel joven lo embriagaba.


 


Se obligó a respirar. Revivió todo lo sucedido desde que el había tropezado: su risa, que sonaba como creía que debía sonar la alegría, cómo había tropezado y había caído sobre él, su esplendorosa sonrisa...


Nadie le había sonreído así antes, como si fuera un hombre de verdad, incluso bueno.


Pero él sabía lo que era. Conocía los puños de su tío, lo que había hecho en el ejército, el engaño de Amber, la traición de Chanyeol... Todo ello había confirmado lo que desde siempre había sabido que era su verdadero yo.


 


Pensar otra cosa, cuando lo había perdido todo y lo único que quería era que lo dejaran en paz, era engañarse de la peor de las maneras posibles. Era doloroso y peligroso porque ya sabía lo que sucedía cuando se embriagaba. ¿A cuánta gente haría daño?


Era mejor que siguiera siendo frío y gris.


 


El día después de que Amber lo abandonara se levantó dolorido después de otra pelea, o peleas, que no recordaba. Se sentía enfermo por el alcohol y enfermo de sí mismo. Asqueado por las lagunas de memoria y, aún peor, por todo lo que recordaba.


 


Sus puños contra la carne, los rugidos de ira, los rostros desconocidos llenos de precaución, primero, después airados.


Sangre en un puño, no solo suya, miedo en los ojos ajenos, nunca en los suyos...


 


JongIn era lo que los hombres temían, lo que evitaban cambiando de acera. Pero él llevaba años sin sentir miedo, desde que era un niño.


Hasta aquel momento.


No lo entendía. No era impulsivo. Elegía a los jóvenes con cuidado, para asegurarse de que fueran obedientes y prescindibles, para que no le supusieran una amenaza.


Había sobrevivido a varias guerras.


Aquello solo era un joven.


 


Lo miró, lo memorizó como si fuera un código que tuviera que descifrar, en lugar de una bomba lista para estallar.


El pelo negro y espeso le enmarcaba el rostro, hermoso e inteligente. JongIn deseó meterle los dedos entre las hebras y volver a comenzar.


Tenía el cuerpo ágil, con suaves curvas que él ya había acariciado y probado. Entonces, ¿por qué le parecía que había sido todo demasiado precipitado?, ¿por qué no le parecía suficiente?


 


No debiera tener ese deseo de tomárselo con calma y explorarlo de verdad. No debiera desear aquella boca de labios carnosos ni lamerle el cuello por el simple placer de hacer que se estremeciera. No debiera mirarlo e imaginarse recorriéndolo con la boca y las manos hasta llegar a conocerlo.


 


Le había preguntado el nombre como si necesitara saberlo. Hasta ese punto lo había deseado, pero el deseo solo causaba dolor.


 


El vodka había sido su verdadero amor, y lo había destrozado al liberar al monstruo que habitaba en su interior. Pero le había dado igual porque lo consolaba, confería color y volumen a la silenciosa y oscura prisión que era su vida y le hacía creer que era algo más que un bloque de hielo.


 


Kyungsoo abrió los ojos, castaños y de una belleza difícil de soportar. Miró a su alrededor como si hubiera olvidado dónde estaban. Y luego lo miró.


No sonrió. Alzó un pie, negó con la cabeza al ver que los pantalones seguían en su tobillo y que todavía conservaba un zapato. Recogió del suelo la camisa y suspiró.


Y JongIn se relajó porque volvía a estar en terreno conocido.


 


Pensó que entonces comenzarían las exigencias y las negociaciones, las interminables manipulaciones, que eran la razón de que hubiera comenzado a imponer una serie de normas a sus acompañantes antes de tocarlos.


 


Pero en vez de hacer un hermoso mohín, que era el primer paso en esas situaciones, Kyungsoo lo miró, echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.


 

Notas finales:

nos vemos en el siguiente capitulo

Loading...



Introduzca el código de seguridad que aparece debajo: