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No Preguntes Cómo Estoy.

Autor: MaraLoneliness

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Notas del fanfic:

   One Piece y todos sus personajes son propiedad de su autor, el grandioso Eiichiro Oda. Este material es expuesto sin ningún fin de lucro y para uso exclusivo de la promoción de los personajes y la serie mencionada.

Notas del capitulo:

El primero de una serie de One shots que no estara completa aquí porque algunos no seran yaoi.

“No Preguntes Cómo Estoy.”

Mara Loneliness.

*

   Mudarse juntos en un principio había sido cosa de oportunidad y supervivencia. Ambos habían comenzado la universidad en aquellos años y sus facultades estaban relativamente cerca la una de la otra, así que encontrar ese departamento y no poder pagarlo individualmente los había orillado a escoger algo práctico y útil para los dos.

   Con el paso de los años y la convivencia diaria inevitablemente terminaron volviéndose amigos, grandes amigos. Ambos eran decididos, disciplinados y cuando se fijaban una meta se esforzaban hasta conseguirla. Es cierto que en lo personal uno era más organizado que el otro, pero en realidad esa oposición los complementaba de manera agradable.

   Hacía ya algún tiempo que habían terminado la universidad.

   Al graduarse como Médico General, Law había conseguido una beca para especializarse como Médico Cirujano y consiguió graduarse con los más altos honores, ahora estaba compitiendo para especializarse como Cirujano en Neurología. Zoro por su parte había estudiado Ingeniería en Sistemas de Cómputo y había tomado una maestría en electrónica, su siguiente meta era el Doctorado en Robótica.

   Ambos veían el mundo de manera diferente, pero esas diferencias conseguían complementar sus proyectos, trabajos y operaciones. Eran perfectos juntos, eran, los mejores amigos.

   Si, llevaban más de una década viviendo juntos y sólo eran amigos, lo que no tenía cabida en la lógica del resto del mundo, puesto que ambos tenían la misma preferencia sexual.

“— El que ambos seamos gay, no significa que debamos gustarnos.”

   Era la explicación que solían dar cuando no estaban de humor para seguirle el juego a nadie, aunque generalmente les gustaba dejarse llevar por la corriente y hacerse insinuaciones sexuales el uno al otro, pero en realidad, su relación estaba muy lejos de llegar a ese punto.

   Zoro salía con un hombre mayor, o eso habían llegado a creer todos, ya que él insistía en que tenía pareja, pero jamás le habían visto con nadie. Alguna vez Sanji había sugerido que nunca lo veían porque era un hombre casado, lo había dicho para picarle la cresta a su amigo y comenzar una discusión como las que tenían en la preparatoria, pero tras un tenso silencio sólo había logrado que el peliverde se despidiera de manera taciturna. Todos habían decidido no volver a tocar aquel tema por un tiempo, al menos mientras no lo miraran desmoronarse o algo así.

   Law por su parte salía con el compañero de investigaciones de Zoro, un pelirrojo bastante brusco con pinta de rockero frustrado y grandes planes en el desarrollo de aeronáutica automotriz. Era un sujeto rudo, pero todo un soñador que fantaseaba demasiado de cuando en cuando, a diferencia de Law, que era más lógico y racional, y no se dejaba llevar por sus emociones.

   Los proyectos eran grandes, el trabajo duro y la vida sumamente fugaz. A veces parecía que no había tiempo para nada, o esa idea tenía el peliverde, pues en su desorganizado mundo nunca había cabida para pasar el rato, si no fuera por su mejor amigo, quien iba y literalmente lo saca a rastras del laboratorio, su vida sería un desastre sin diversión.

   Casualmente aquella tarde el alegre pelinegro había ido a buscarlo al taller de la universidad para llevárselo al bar donde se reunían todos a tomar algunas cervezas, ponerse al día y olvidarse un poco de lo agobiante que solía ser la vida algunas veces. Eusstass iba con ellos, pues a Luffy no se le paso decir que Law iba a estar ahí. El pelirrojo odiaba que insinuaran que el médico y Zoro debían estar juntos, e iba dispuesto a partir un par de mandíbulas de ser necesario.

— Ya te he dicho que todo es una broma — comentó Zoro mientras subían al coche del pelirrojo, quien se notaba a simple vista que no estaba de buen humor.

— Me importa un pito si es broma o no — gruñó Kid al cerrar la puerta del auto, una vez que todos estuvieron dentro, Luffy incluido en la parte de atrás —. Ese jodido imbécil es mi novio y no voy a permitir sus pavoneos coquetos con nadie.

   La risa de Luffy resonó en la tensión del coche, haciendo que a Kid se le saltara una vena en la frente. Murmuró maldiciones en alemán y arrancó el auto de mala gana. Luffy rió con más ganas y comenzó a bromear para enfadar Kid, era gracioso en cierta medida, pero el peliverde estaba disperso, con la mirada fija en alguna parte que sus amigos no notaron. Se tragó un suspiro junto con su melancolía antes de girarse a sus amigos e intentar mezclarse en la conversación.

   La vida era una suerte de locura, y él estaba llegando a su límite con el pasar de los años; casi sentía como si en cualquier momento fuera a explotar... quién sabe, tal vez sólo exageraba...

*

   Sanji abrazó a la pelinaranja y comenzó a besarle el cuello, haciéndola estremecer unos segundos entre la risa y la desesperación —. Basta ya, Sanji — le ordenó la joven, apartándolo con algo de brusquedad, consiguiendo las risas de los demás asistentes.

— Claro que si — el rubio se acomodó la corbata y el saco mientras hablaba con galantería —. Lo que ordene la reina de mi castillo.

   Nami emitió una exaltación de fastidio acompañada del rubor de sus mejillas —. A veces me pregunto cómo vine a terminar contigo — exclamó tratando de mostrar esa fortaleza y dignidad que siempre la habían caracterizado.

— Es porque soy irresistible.

— O fastidioso — se burló el peliverde, logrando una carcajada general.

— Puedes decir lo que quieras, marimo — se sentó nuevamente en su sitio mientras sonreía con suficiencia —, pero soy la prueba viviente de aquel dicho que reza: “el que persevera alcanza.”

   Sanji había estado detrás de la pelinaranja desde que la había conocido en la secundaria. Todo había ocurrido por casualidad, una vez que había acompañado a Zoro a un partido de Soccer en el torneo interno de la escuela; a su equipo le había tocado competir con un grupo de primer grado en el que jugaban Luffy y Ussop, y ahí entre las porristas del equipo contrario se encontraba la pelinaranja animando a sus amigos. A partir de ese día el rubio se había esforzado en conquistarla, pero siempre recibía calabazas por parte de la joven, realmente cuando se fugaron juntos había sido una sorpresa enorme para todos, incluso para Vivi, la mejor amiga de Nami.

   Llevaban casados cinco años, y aunque en apariencia su relación seguía siendo la misma, era imposible no reconocer el inmenso amor en los ojos de la chica.

   Aquel restaurant-bar, propiedad de Sanji y Nami, siempre cerraba el segundo jueves de cada mes sólo para recibirlos a sus amigos. Era increíble verlos a todos juntos luego de tantos años, y al mismo tiempo ver como el círculo crecía poco a poco con las parejas y los camaradas que habían ido apareciendo a lo largo de los años.

   Los buenos amigos se esfuerzan por estar juntos de vez en cuando, sin importar el pasar de los años, o al menos ese era el caso con ese grupo. Ambientados con los discos de Soul King, la estrella más grande de todos los tiempos, entre risas, cervezas y bromas, pasaban las veladas.

   Law había llegado tarde a causa del trabajo, pero el pelirrojo no perdió tiempo en sentarlo a su lado, marcando su territorio y mirando a todos de mala gana para que se ahorraran los comentarios. Era gracioso mirarlos juntos, pues el medico simplemente se dejaba llevar como quien disfruta estar en el sitio correcto.

— Bueno, ¿Cuándo piensan casarse? — se aventuró a preguntar Ussop. Generalmente era bastante cobarde, pero de cuando en cuando lanzaba unas bombas de comentarios que daban justo en punto exacto para desconcertar tanto a sus compañeros que su pellejo siempre estaba a salvo.

   A Eusstass le sorprendió tanto aquella pregunta, que terminó escupiendo la cerveza que estaba bebiendo justo en la cara de Ussop. Por otro lado, Law era bastante más relajado —. No tenemos ese tipo de planes, en realidad — explicó intentándolo restarle importancia.

— ¿Ah, no? — el interés colectivo se hizo presente con la pregunta, no mal intencionada, de Nami.

— No — reconoció el médico, con sinceridad y cierto desconcierto, al parecer era algo que nunca se había detenido a pensar —. Creo que ni siquiera hemos hablado sobre eso...

— Es porque son estupideces — le interrumpió el pelirrojo —. Dos hombres casándose, ¡que ridículo!

   Un silencio general siguió a aquella declaración, todos miraron a Law, preocupados. Al percatarse de las miradas el joven rió — ¡Ridículo! — repitió entre falsas carcajadas. Tímidamente todos comenzaron a reír también, aunque era difícil discernir la tensión que se había formado. Rápidamente alguien cambio el tema, mientras Kaya daba un puntapié a su marido por semejante imprudencia.

   Realmente nadie quisiera incomodar a sus amigos, pero ese par llevaban cuatro años juntos y todos sabían que Law era demasiado reservado para expresar sus sentimientos abiertamente. Unas semanas atrás Zoro le había comentado a Luffy como el chico se había quedado ensimismado frente al aparador de una joyería observando argollas de matrimonio.

   Entre amigos las cosas se esparcen demasiado rápido, no por generar discordia o hacer algún mal, sino porque se interesaban y preocupaban demasiado los unos en los otros. Había varios temas delicados que sabían que no debían tocar imprudentemente, como el cuándo Nami y Sanji pensaban tener hijos, el novio misterioso de Zoro, el padre de Luffy o su ex amante, el divorcio de Franky y Robin...

    Hay cosas que es duro hablar con todos. Ya no eran unos niños y por alguna razón todo se había complicado demasiado.

   El sonido del horno y la llegada de la cena habían sido una tajante de toda aquella tensión, especialmente con Luffy y Bonney, la hermana menor de Eusstass, devorando todo como si no hubiera un mañana.

   Finalmente la velada terminó.

— Oye, Zoro, ¿quieres venir con nosotros? — poco a poco todos se despedían, y Law sabía que el peliverde no había llevado su motocicleta.

— ¡Y hacer de mal tercio! — renegó mientras se negaba enérgicamente —. No, gracias.

— ¿Necesitas que alguien te lleve? — inquirió la peliazul antes de dirigirse a su auto. Vivi no podía evitar ser amable con todos.

El peliverde frunció el ceño un poco divertido —. Es lo mismo con ustedes dos — respondió de buena gana, señalando al despistado pelinegro dirigirse al lado del conductor.

Luffy rió a carcajadas —. Para nada, Vivi es muy recatada para hacer cualquier cosa en el auto.

— ¡¡Luffy!! — la joven se puso colorada de la pena mientras su prometido no paraba de reír de buena gana, fue entonces cuando Nami le dio un capón en la cabeza.

   Las risas generales siguieron con una pequeña discusión, pero el ambiente era familiar, agradable... perfecto.

   Al final el peliverde prometió tomar un auto en el sitio de taxis para que lo llevaran a la universidad, donde había dejado su motocicleta.

   Sin embargo, en sus planes no estaba volver a la universidad aquella noche, así que no tomó ningún auto. Su intención no era mentir a sus amigos, quienes se preocupaban de que alguien lo asaltara a esas horas de la noche en medio de las calles vacías de la ciudad. Necesitaba caminar un rato, despejarse... y sinceramente no le molestaría que algún percance frenara su marcha aquella noche.

    Le costaba trabajo admitirlo algunas veces, pero los años estaban comenzando a pesarle en la espalda.

   El tiempo pasaba más rápido de lo que le gustaría.

   Tenía treinta años...

   Treinta y ya sentía que su vida se estaba yendo por el caño. Algunas mañanas no se despertaba pensando en no haber despertado. Odiaba eso. Odiaba sentirse como un cobarde cuando tenía aquellos estúpidos pensamientos.

   Profesionalmente la vida le había sonreído como a pocos, en ese aspecto no podía quejarse para nada. Estudio lo que había querido, alcanzo la madurez emocional con los más altos logros académicos, una maestría soñada y pronto tendría su doctorado en robótica. Muchas personas morían por financiar su proyecto con Kid, que todo parecía un sueño... y quizás lo sería si no se sintiera más solo con el pasar de los años.

   Tenía veinte años cuando había conocido a su profesor de Física Cuántica, y desde el primer momento que lo vio había quedado prendado a él, lo que lo hacía sentir estúpido porque siempre se había burlado de Sanji; sin embargo, a diferencia de la vida de su amigo, la suya no era un cuento de hadas...

   Las cosas se habían dado repentinamente, de manera torrencial, salvaje y tormentosa.

   Todo había comenzado cuando tenía veintidós años, justo su último año de universidad.

   Era una noche lluviosa y él tenía más de una hora en el pórtico de la biblioteca esperando que la tormenta parase, pero lo único que hacía esta con el pasar de los minutos era empeorar —. ¡Maldita sea! — refunfuñó por millonésima vez mientras se debatía entre quedarse ahí toda la noche o arriesgarse a que su portátil se estropeara.

— ¿No trajó sombrilla, joven Roronoa? — la profunda voz de hombre que pronunció su apellido desde su espalda lo sobresalto un poco, más aun al girarse y reconocer la figura que lo miraba con el ceño fruncido, como si lo desaprobara.

— Bueno, no es que supiera que iba a llover — intentó bromear torpemente, estaba demasiado nervioso ante la mirada de escrutinio que estaba clavada en él. Aquellos profundos ojos lo desmoronaban.

   El hombre de penetrante mirada abrió su sombrilla —. Lo anunciaron en las noticias toda la semana.

   Zoro tragó saliva —. No acostumbró ver noticias — se sentía estúpido de tener que excusarse ante aquel hombre —. Esperaré a que la lluvia termine para irme a casa.

— Si viera las noticias sabría que es posible que esta tromba dure toda la noche.

   Al peliverde se le fue el alma del cuerpo —. ¿Toda la noche? — repitió ensimismado, para hacerse a la idea. No le hacia la menor gracia tener que dormir en el pórtico de la biblioteca, quizá si entraba rápido lograría convencer al guardia de que lo dejara quedarse en uno de los sillones.

— Así es, joven Roronoa.

   Miró el cielo estrellado, carente de nubes, sin dejar de caminar.

   Aquella noche no se parecía para nada a la noche turbulenta. De alguna manera aquel hombre se había apiadado de él y le había ofrecido llevarlo... o eso pensó en aquel entonces. A estas alturas de su vida le costaba trabajo creer que todo había sido casualidad. Por alguna razón que no entendía estaba recordando aquella noche.

   Era tarde, así que las puertas principales del campus estaban cerradas, el único acceso era la puerta sur, la cual daba al pequeño bosque que estaba al final de la universidad, por un viejo camino de terracería. Era una carretera apartada que nadie transitaba mucho, o eso le había explicado el profesor de física mientras conducía por aquella desolada zona.

   Cuando el auto falló en medio de la nada lo único que pasaba por la mente de Zoro es que tenía la peor suerte del mundo, especialmente cuando el celular de su profesor no tenía señal y el suyo se apagó por falta de batería antes de decirle al hombre de las grúas a donde ir por ellos. A esas alturas ya estaba sudando frio mientras la vista se le iba a partes no apropiadas del otro hombre y temía ser descubierto imaginando cosas obscenas. Realmente no se encontraba en la mejor situación.

— ¿Por qué seguía en la universidad tan tarde, Roronoa?

— No tengo internet en casa — explicó, sintiéndose estúpido, ¿quién no tenía internet en casa en aquellos tiempos? —, y debía terminar una investigación para mi proyecto.

— Vaya, es usted muy dedicado — A Zoro no le paso por alto la genuina admiración que el comentario de aquel hombre llevaba consigo, algo se hinchó en su pecho —, y yo que pensé que sólo era una cara bonita — el más joven se ruborizo hasta las orejas, especialmente cuando el profesor había acariciado su pierna.

— ¿Qué hace? — preguntó entre tartamudeos. Ni en sus más locos sueños imaginó que aquello realmente pudiera pasar. No tenía ni idea de que hacer.

— Nunca le han dicho lo sensual que es.

   Zoro tragó saliva mientras su mente se debatía entre apartarse y dejarse tocar por ese hombre que le doblaba la edad y le excitaba tanto. Aquella voz se le antojó extremadamente seductora. Lentamente los largos y pálidos dedos del mayor comenzaron a rozarle la entrepierna, la cual reaccionó rápidamente ante aquel anhelado contacto.

— Profesor Dracule... — su voz salió en un gemido.

— Mihawk — aclaró el hombre mientras desabrochaba lentamente los pantalones del peliverde.

   Aquella noche lo tomaron más de una vez dentro de aquel auto, el suave sonido de la lluvia y los relámpagos les servían de fondo. Los gemidos se perdían entre el ruido del ambiente.

   No había sido su primera vez con un hombre, pero había sido la primera vez que lo tomaban, y no fue suave, ni tierno, ni delicado, había sido duro, salvaje y doloroso. Era una suerte de masoquista la suya, pues aquello le había gustado demasiado...

   Aquel día no había llegado a su departamento.

   Se había quedado dormido en el asiento de atrás, completamente desnudo a causa del cansancio. Ni siquiera se dio cuanto cuándo y cómo había vuelto a funcionar el auto, mucho menos notó como lo había bajado de este y lo habían llevado a una cama, pero al despertar ahí, a la mañana siguiente, seguía adolorido y desnudo.

   El ojimiel lo había despertado a base de suaves besos en el rostro y le había llevado el desayuno a la cama —. Buenos días, princeso...

— ¿Pinceso? — el peliverde frunció el ceño, aunque fue más por el dolor que sintió en la cadera al sentarse que por aquel ridículo apodo, que en los labios de ese hombre se le antojaba romántico y dulce.

   Finalmente se encontraba frente a su destino. Aquella rustica casa había sido testigo de tantas locuras… Se detuvo en el pórtico y sacó la llave con manos temblorosas, había algunas cosas que no quería recordar, pero no podía evitarlo, había momentos que simplemente se le clavaban en el pecho haciéndolo temblar.

   Recordar aquel día lo ponía mal...

    Su mirada taciturna no se comparaba con la expresión sombría que tenía en la cara. Había días en los que no podía evitar preguntarse cómo había terminado así, en una situación como aquella, especialmente porque siempre se había considerado una persona de grandes convicciones y con mucho carácter.

   Dejó sus cosas en el armario de la habitación mientras comenzaba a desnudarse. En la cama había un conjunto de ropa que sabía de antemano que era para él y que debía usarla...

— ¿Es una broma? — Zoro había intentado reírse cuando al abrir el regalo que el mayor acababa de darle había encontrado un vestido de princesa, ropa interior de mujer, medias y un liguero, sin embargo la expresión seria del ojimiel le corto toda la intención.

— ¿Te parezco la clase de hombre que bromea?

— No — respondió él. Por alguna razón que no entendía se sentía intimidado y una voz en su cabeza le gritaba que saliera de ahí. En ese tiempo su relación llevaba dos años y aquel era su aniversario, habían tomado unas vacaciones juntos en aquella rustica casa —, pero no se me ocurre otra razón para...

   Una certera bofetada le cerró la boca de repente —. No puedo querer que mi princeso se vista como tal.

   El más joven se sintió enfadado — ¿¡Qué carajos te pasa!? — bramó, haciéndole frente, pero reprimiendo el impulso de darle un puñetazo. Quizá no haber dado aquel golpe había sido su mayor error —. El que te dejé llamarme de ese modo ridículo no significa que... — esta vez lo que recibió fue un revés que le corto la respiración, doblándolo.

   Mihawk lo tomó de los cabellos con fuerza y lo arrojó contra la pared con fuerza, justo de cara, haciéndolo perder el equilibrio y caer al suelo. Volvió a jalarlo de los cabellos y lo arrojó boca abajo, esta vez sobre la cama, golpeándole la cabeza contra la cabecera, luego lo esposó de las manos en la misma cabecera.

   Poco a poco el joven comenzó a espabilarse y a gritarle insultos al mayor para que lo soltara, diciéndole lo imbécil que era y lo estúpido que había sido al llevar aquella relación clandestina con él.

   A los ocho meses Mihawk le había dicho que era casado, quizá aquel había sido el momento de ponerle a eso punto final.

   El mayor, lejos de cualquier cosa que hubiese pasado por la cabeza del peliverde, salió de la habitación, dejándolo ahí sólo, por tres días.

   Sólo fueron tres días lo que hizo falta para detonar aquello.

    A las cuatro horas ya estaba cansado de gritar. A las diecisiete no dejaba de maldecir la noche que había aceptado que lo llevará en su auto. A las treinta horas comenzaba a cuestionarse porque Mihawk le había hecho aquello. A las cuarentaiocho horas, hambriento y muerto de sed, se cuestionaba si no había exagerado en la manera como había rechazado usar aquellas prendas, en que tal vez Mihawk se había portado así al sentirse ofendido, al recordar alguna época no grata en la que se habían burlado de sus gustos y su condición sexual. A las sesenta horas ya sentía lastima por el mayor, y finalmente a las setenta y dos no podía evitar decirse que aquello no tenía nada de malo, que sólo era ropa de mujer y no era como si fuera a convertirse en una. Seguramente el que había exagerado era él.

   Mihawk entró finalmente, con un cilindro en mano.

— ¿Quieres agua? — le preguntó con voz suave, el joven no hizo otra cosa sino asentir. No lo desató, le colocó una almohada para que la botella se apoyara; comenzó a acariciarle la cabeza y el rostro, con suavidad y dulzura —. No quise lastimarte — comenzó a susurrar entre caricias, haciéndolo sentir bien con aquel contacto —, es sólo que... recordé tantas cosas... — suspiró mientras sus manos intentaban aliviar las heridas que se habían formado en las muñecas del muchacho durante las primeras horas de encierro —. Te amo tanto y temí perderte por ser como soy... — besó su cabeza con devoción —. Ojala algún día puedas perdonarme.

   Zoro le hizo señas con la mirada, para indicarle que había terminado de beber y que el mayor retirara el cilindro de su boca —. Probablemente exageré — respondió en cuanto pudo hablar, obviando el hecho de que aún estaba atado —. No debí insinuar que bromeabas, debiste sentirte muy herido.

— Si, me heriste mucho.

— Perdóname...

— Por supuesto que te perdono — respondió el pelinegro, acariciándole el cabello y besando su frente —. ¿Quieres usar ese vestido para mí?

— Me encantaría.

   Una alarma en su cabeza no paraba de repetirle que aquello no estaba bien, pero lograba oírla con claridad.

   Se duchó y afeitó el vello de su cuerpo antes de colocarse con cuidado las delicadas medias de seda que le había comprado el mayor, junto con el liguero rojo de encaje. Se puso la diminuta tanga de mujer en la que no cabía ni la mitad de su virilidad, antes de finalmente calzarse el entallado vestido negro y las zapatillas de tacón de aguja, de diez centímetros, que había aprendido a usar en aquellos años de  locura. Se notaban sus músculos y el bulto entre sus piernas atreves de aquel celado atuendo. Se sintió ridículo, igual que siempre, cuando se paraba frente al espejo; de sólo mirarse le daban ganas de llorar, de impotencia, de pudor, de rabia... Él no era así, no le gustaba aquello y cada vez que se veía se preguntaba por qué no podía parar, por más que se repitiera que aquello no era nada malo, que lo hacía por amor, para complacer a la persona que más quería, por más que se repitiera aquel discurso, en su cabeza sonaba cada vez más vacío.

   Suspiró hondo y bajó con lentitud las escaleras. Caminó hasta la biblioteca, donde el mayor lo esperaba siempre  leyendo algún libro —. Hola, princeso — dejó el libro en la mesita junto a su sofá y se recostó un poco, abriendo las piernas como una indecorosa invitación que el peliverde entendió con facilidad.

   Zoro no esperó a que le dijera nada, caminó hasta él y se arrodillo para comenzar la faena, sin embargo el ojimiel lo detuvo, jaló su corto cabello verde, impidiéndole comenzar —. Dije: “Hola” — repitió de forma firme y pausada.

   El más joven apretó la mandíbula. Una parte de él aun intentaba resistirse a aquella sumisión, pero no era capaz de hacerlo, el dolor le gustaba, ser sometido le excitaba, estar así, arrodillado ante él, vestido de aquel modo, sintiéndose humillado... No entendía porque le gustaba —. Hola — respondió el menor, mirándolo a los ojos —, señor Dracule.

   El aludido sonrió satisfecho y colocó al joven, nuevamente, contra su miembro. La felación comenzó. Mihawk clavó su miembro hasta el cogote del moreno las veces que quiso, sujetándole el cabello, antes de correrse con un gemido gutural.

   Zoro se tragó toda su esencia, satisfecho. Le excitaba mucho saber que lograba llevar a aquel hombre al límite. Su propio miembro palpitaba de excitación, intentando salirse por un lado de aquella diminuta y apretada prenda que lo ahorcaba.

   El pelinegro lo jaló del cabello, alzándolo. Un certero puñetazo le partió el labio, otro más le dio en el pómulo, tumbándolo. Le dolía, lo disfrutaba y se dejaba.

   La ropa fue hecha girones, entre golpes, heridas y aventones. Acabo contra el suelo con el culo levantado... reventado... le dolía, le gustaba, le llenaba... se corrió más de una vez en más de una posición, se corrió entre el dolor, la rabia y la humillación... se corrió... y le gusto...

*

   Law no solía esperar a Zoro, sabía que era mayor, que se cuidaba sólo y que se las arreglaba para regresar a salvo siempre. Si, a veces se perdía, hay veces que no volvía en días, pero así era él.

   Miró por la ventana del departamento una y otra vez, mientras se repetía aquello para tratar de creérselo. Debería haber descansado, tendría turno en el hospital  por la tarde, pero no podía dormir, nunca lograba dormir cuando ese desconsiderado no llegaba, peor era cuando Eusstass tampoco tenía idea de donde podría estar. Quería llamar a su novio, quien se había despedido de él en la madrugada, quería preguntarle si el peliverde estaba en el laboratorio, pues eran ya las diez de la mañana y no había contestado el celular ni una sola vez.

   Se preparó otro café y sonrió. Desde que terminaron la universidad era lo mismo, había días que no dormía por esperarlo, por preguntarse dónde carajos estaría, culpaba al trabajo de sus ojeras, culpaba al trabajo del estrés, culpaba al café de las migrañas, pues no quería aventurarse a aceptar que era culpa de él.

   Tomó el teléfono una vez, no esperando que respondiera, pero al mismo tiempo rogando que lo hiciera.

   Una vez más no respondió, pero lo escuchó, el tono del móvil de su compañero sonaba en alguna parte. Siguió aquella melodía hasta la puerta principal, y su alivio se tornó en preocupación cuando la abrió — ¡Pero, ¿qué carajos…?!

   Zoro estaba ahí, frente a la puerta, rebuscando las llaves, que no traía consigo, entre sus bolsillos. Tenía la boca rota, un ojo hinchado y el pómulo morado —. Oh, pensé que ya no estarías aquí.

   El ojigris estaba tan impresionado, que todas las preguntas que tenía atravesadas en la garganta se le hicieron agua. Su instinto de doctor reacciono primero. Lo hizo entrar, lo reviso, lo curo, lo ayudo... todo en silencio, todo en tensión, todo con la angustia y la preocupación que no lograba definir clavada en el pecho. Le dolía mirarlo así, desbaratado, porque los golpes sanaban, pero esa mirada apagada, esas ganas de llorar, esa angustia que lo hería y a él también le atravesaba...

— Tal vez debas ir al hospital.

   El peliverde negó con la cabeza —. No hace falta.

— Esto no está bien — sentenció con frustración —. ¿Te asaltaron?, ¿qué paso?

—No importa.

— ¡Maldita sea, Zoro! — estaba tan frustrado que no se dio cuenta que levanto la mano hasta que miró a su compañero agacharse como quien se hace ovillo esperando el golpe. Su enfado se esfumó. Bajó la mano lentamente y lo sujeto de los hombros para que lo mirara —. Zoro...

— Ya basta — le pidió sin mirarlo —, no preguntes más.

— Pero...

— No preguntes más — le cortó —. Créeme, no quieres saberlo.

   El medico se mordió los labios. No entendía nada, no entendía que le pasaba a su amigo, no entendía que estaba sucediendo, ni siquiera era capaz de entender por qué carajos le dolía tanto la angustia que le atravesaba. Suspiró antes de abrazarlo, quería reconfortarlo, quería reconfortarse, quería que todo lo que sea que pasara acabara de esfumarse de una vez.

   Zoro parpadeó al sentir aquel extraño abrazo. Quería apartarse, pero se dejó. Le habría gustado decirle a Law lo que pasaba, decirle que cada día aguantaba menos ese amor que le mataba, que le gustaba, que lo rompía y que le quemaba... habría querido decirle al ojigris lo mucho que su contacto le reconfortaba, habría querido decirle como estaba y todo lo que pasaba, pero con qué cara le volvería a mirar.

 — No preguntes cómo estoy — le susurró con suavidad —, nunca más.

Fin.

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