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Carisma

Autor: Geo

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Notas del fanfic:

Bien, bien! NO es un fic de Yuri!!! on Ice, pero sí que ha salido de mi amor por ese anime! Como muchos, me he hecho fan del patinaje artístico desde que vi YOI y después de conocer a varios patinadores, me ha venido a la mente esta historia! Espero le den una oportunidad, prometo hacerla interesante.

Serán 3 capítulos.

Notas del capitulo:

En este primer capítulo se les presenta a Evgeni Plushenko en su esplendor, visto desde los ojos de un gran admirador suyo, Johnny.

Bueno, el lemon (por ahora) no es nada muy explícito, solo hay menciones de las cosas subitillas de tono que los patinadores hacen.

El Rey del Hielo.

Carisma. Dependiendo de a quien le hagas la pregunta –influyendo también si es coach, comentarista, juez o patinador-, la respuesta a “¿cuál sería el elemento que define si ganas una competencia, o no?” puede ser “elementos técnicos” ó "componentes”.  Si creen y toman alguna de estas respuestas como una verdad innegable, déjenme decirles lo graciosamente ingenuos que son. El carisma es aquello que atrae el reflector hacia ti, aquello que ancla todas las miradas a tus patines, a las navajas en ellos; es eso que hace al espectador retener el aliento con cada salto, con cada secuencia de giros, el carisma es el que llena de euforia a la gente al final de tu programa, o lo hace terminar en lágrimas, completamente cautivado.

 

¿Yo? Yo soy Johnny Weir. Atleta olímpico por dos ocasiones, dos veces medallista de bronce del Grand Prix Final, tres veces campeón de Estados Unidos, medallista de bronce del Campeonato Mundial, una superestrella y diva del Patinaje Artístico. 

Fui el centro de atención en cualquier competencia y exhibición a la que hubiera acudido, con coreografías propias y atrevidas. Patinador conocido mundialmente, declarado abiertamente homosexual, siempre me fue fácil expresarme de una manera única y sin limitaciones: chaquetas, pantalones o trajes enteros de piel negra brillante, destellos de glitter por todos lados, fishnets y vestuarios atrevidos, más entallados de lo normal.

Eso y un poco de mi descarada actitud, conforman el carisma de Johnny Weir. Pero nuevamente he de divertirme con su ingenuidad, pues les he mentido y han caído redonditos. No, la mentira no es respecto a lo que creen; lo que quiero decir es que, no era el centro de atención donde quiera  que estuviera.


El carisma es definitivamente el que atraerá los reflectores hacia a ti. Pero es que hay distintos tipos de carisma, y lo cierto es que dentro de este medio, no hay nada que se le compare al carisma de un rey.

 

Del Rey del Hielo.

 

Evgeni Plushenko, ocho veces campeón de Rusia, siete veces campeón europeo, tres veces campeón mundial, cuatro veces atleta olímpico -medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Turín 2006-, y cuatro veces medalla de oro en la final del Grand Prix. Evgeni es, por excelencia, el mejor patinador que ha habido. De carisma inigualable.

Plushenko impone, tanto dentro como fuera de la pista; sin embargo, con sus navajas sobre el hielo no hay nada que impida que le observes hasta el termino de su programa. Sus pies se deslizan sobre el hielo con una maestría inigualable; sus brazos y manos moviéndose al compás de la música, en armonía con el resto de su tan trabajado cuerpo personificando la elegancia pura; su cabellera plateada agitándose con cada pirueta, cada cambio de dirección, sin perder la gracia.

Y la mirada… esos ojos de un azul claro hermoso, asemejando el hielo en el que danzaba, ¿cómo no perderte en ellos? ¿Cómo no querer deslizarte en ellos hasta no poder más? La pasión que transmite a través de cada uno de sus programas es envolvente, y no hay forma de escapar del encanto del mejor patinador de la historia.

Si lo sabré yo.

Todo ocurrió muy rápido. O muy lento, depende del día en que me pregunten.

Un día uno es un joven americano empezando a adentrarse al mundo del patinaje sobre hielo, y al otro pasaba de competencias nacionales a internacionales. Mi mundo se había hecho mucho más grande en aquel momento.

Y entonces le conocí. Evgeni Plushenko, la estrella ardiente rusa. No es como si él estuviera comenzando su carrera, él ya tenía unos años por detrás míos con una notable diferencia en la experiencia. A pesar de todo, en aquella Copa de Rusia del 2004, logré acomodarme con la medalla de plata por detrás de él, que ganó la de oro.

Allí capturé su atención y él, la mía. Como rusofílico éste espécimen era el mejor que pude haber encontrado jamás. Verán, Rusia y su historia y cultura siempre me han fascinado, y Evgeni era tan ruso como se podía ser; a mí me encantó.

Comenzó con unas miradas dentro de los recintos, entrevistas  y conferencias de prensa. Simplemente miradas, ningún otro gesto más que sus helados y afilados ojos sobre mí. Aun cuando quizá no estaba completamente seguro de qué era lo que atravesaba por su cabeza al verme podía darme una idea, pues aun cuando no dijera nada, podía sentir su mirada recorrer todo mi cuerpo, delineando cada línea marcada en mi cuerpo, sobre todo de mis piernas, pies y trasero… Los patinadores somos famosos por tener los mejores traseros, después de todo.

Yo también le veía, por supuesto, sólo que él era más atrevido. Uno hubiera pensado que era de la otra manera pues, ¿quién no se la pasaría mirando a Plushenko? En cambio para alguien como él fijar su atención en un chico americano… Se la estaba jugando.

Después de las miradas llegaron los asentimientos, los gestos y de vez en cuando, las sonrisas.

Luego de haber dado un performance decepcionante en las Olimipadas del 2006, decidí cambiar de entrenadora y Plushenko se tomó un descanso de las competencias. De ahí las cosas sólo subieron de tono y nuestra relación se volvió más estrecha que nunca.

En ensayos, en shows de patinaje y shows de caridad, reíamos juntos, platicábamos respecto a nuestro patinaje y el de los demás. Cuando comenzó a elogiarme, no pude hacer más que elogiarlo de vuelta, y dejar salir –por fin- el admirador suyo que tenía dentro. Dejarlo salir de verdad. No paraba de hablar de lo cautivador que era, de cómo inspiraba y generaba competitividad y uno sólo se esforzaba para estar a su altura; sentía una necesidad extraña de complacerle como fuera y hasta el momento, llenarle de cumplidos era todo lo que podía hacer.

Eso cambió rápido.

 Sus sonrisas y miradas se volvían sensuales y sexuales, las insinuaciones eran dentro y fuera del hielo, hasta que en unos vestidores por fin me abordó.

Plushenko es demandante, cuando quiere algo va a por él y no acepta negativas. Fue directo, y al ver casi nula resistencia de mi parte, sus labios y boca recorrieron los míos, para pasarse y devorar mi cuello y demás piel que sus manos se encargaban de dejar desnuda. Su tacto era helado -estábamos en los vestidores de una pista de hielo por supuesto- pero sus caricias eran tan calientes que ese contraste hacía que no parara de estremecerme: estaba completamente a su merced.

Me sostuvo frente a la fría pared mientras me tomaba, siendo apenas considerado de mi cuerpo y sin importarle todo el ruido que pudiéramos hacer. En la pista y fuera de ella, se haría como el Rey lo demandase. Yo gemía cuando él lo pedía, gritaba cuando él gruñía y hacía cuanto él ordenaba. Plushenko incluso era complaciente pero intenso, extremadamente pasional. Él me llevaba al límite en todas las formas posibles y aquello me encantaba.

No sólo practicábamos juntos, me ayudaba a mejorar en el patinaje mientras la pasábamos bien… y el sexo era increíble.

En habitaciones de hotel, en vestidores y camerinos, incluso en la pista de hielo. Lo helado que reinaba en la pista hacía que mi piel ardiera con el tacto de Evgeni, haciendo que con cada embestida, cada vez que entraba en mí la temperatura aumentara. El hielo no hacía más que intensificar las sensaciones. Nos tocábamos, me penetraba y nos corríamos en él, adueñándonos de cualquier pista que pisáramos juntos, haciéndola nuestro reino y nuestros aposentos para intimar.

Así fuera la cama de su habitación, los banquillos de los vestidores o la barda de la pista de patinaje, mi ruso me sostenía para reclamar mi cuerpo como suyo y hacerme gritar de placer; tirándome al suelo de alfombra, azulejo o hielo, excitándome al grado de conseguir que sólo implore por más… y yo siempre pedía que me llevara a mis límites: clava tus dientes en mi piel, muérdeme más fuerte, recordándole lo duro que me gustaba.



Pero como venía diciendo en un principio, el carisma es lo más importante para un patinador artístico, y yo había caído redondito por el carisma abrumador de Evgeni Plushenko sin haber calculado lo que aquello implicaría y todo el daño que terminaría por causarme.

Por suerte, el carisma de Johnny Weir o incluso el de Evgeni Plushenko no eran los únicos tipos que existían, y del tormento que viene a continuación éste otro carisma podría salvarme.

Notas finales:

¿Y qué les ha parecido? Esperen a leer esa tormenta a la que Johnny se refiere, ¡el pobre no la veía venir!


En fin, muchas gracias por leer!

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