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El Último Pétalo

Autor: lust4life

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Notas del capitulo:

Todos los personajes le pertenecen únicamente a J.K. Rowling

Érase una vez en el lejano reino de Gryffindor, un jóven príncipe vivía en un hermoso castillo
Aunque tuviera todo lo que pudiese  desear, el príncipe era malcriado por sus padres, creciendo  como un niño egoísta, arrogante y desagradable con todo aquel que estuviese por debajo de él

Una noche de invierno, una vieja mendiga llegó al castillo, y le ofreció una sola rosa a cambio de regufio contra el cruel frío. Repugnado por su aspecto andrajoso, el príncipe se burló del obsequio y echó a la anciana a la calle. Ella le advirtió que no se dejara engañar por las apariencias, porque la verdadera belleza estaba en el interior.           

El príncipe, muy molesto al ser contradicho por aquella mujer, la volvió a rechazar. Cuando esto ocurrió, la fealdad de la anciana desapareció y reveló a una hermosa hechicera. El príncipe intentó disculparse, pero ya era tarde, porque ella había visto que en su corazón no existía espacio para el amor. Como castigo, lo convirtió en un espantoso ser y encantó el castillo con un poderoso hechizo. Y a todos los que vivían allí.

Avergonzado de su horroroso aspecto, el príncipe se escondió dentro de su castillo, siendo un relicario su única ventana al mundo exterior. La rosa que ella le había ofrecido, era en realidad una rosa encantada que duraría hasta su vigésimo primer cumpleaños. Si aprendía a amar a alguien y este amor le era correspondido, antes de que cayera el último pétalo, se rompería el hechizo.

Sino, permanecer como una bestia sería su condena por toda la eternidad.

Al pasar los años él cayó en la desesperación y perdió toda esperanza; 

¿Porque quién sería capaz de amar a una bestia?





 

Los primeros rayos de luz iluminan el pueblo, mientras sus habitantes comienzan a concurrir las calles para dar inicio a un nuevo día. Es temprano en la mañana cuando Draco sale de su casa camino al mercado.

—Otro día más en este simple y aburrido lugar —pensaba Draco cruzando la calle.

Saludó al panadero que iba cargando una bandeja de pan recién salido del horno y a las ancianas que le daban un amable buenos días asomadas desde sus casas. Pasó junto a un grupo de mujeres que lo miraron mientras cuchicheaban.

—Que jóven tan extraño es...

—Vive con su cabeza en un libro...

—Siempre está en la nubes...

Draco ignoraba estos comentarios, que ya a esas alturas no eran nada nuevo para él. Él y su padre siempre habían sido el tema preferido para chismear desde que habían llegado.

Una sonrisa apareció en su rostro cuando divisó la librería del profesor Lupin. 

—Buenos días, señor.

—Buenos días, Draco —dijo Remus con una sonrisa.

—Pasaba por aquí y aproveché de traer este libro que me prestó hace unos días.

—¿Ya lo terminaste? —preguntó sorprendido.

—Desde que me lo llevé no pude dejar de leerlo, uh ¿tiene algo nuevo?

El señor Lupin rió— No desde ayer...

—No importa, me llevaré...¡Este! —respondió, sacando un libro de la estantería.

—¿Ese? ¡Pero si lo has leído dos veces!

—Es mi favorito; tierras lejanas, duelos, hechizos mágicos...¡el príncipe! —dijo Draco con un brillo en los ojos.

—Pues si tanto te ha gustado, ¡es tuyo!

—¡Pero señor...! —exclamó sorprendido.

—¡Insisto! 

Un sentimiento de ternura se apoderó de Remus al observar ese aire soñador que el jóven Malfoy siempre parecía irradiar a cualquier lugar al que llegara.

Draco casi brincaba de alegría— Muchas gracias, señor. Se lo agradezco mucho —dijo despidiéndose del hombre mayor y retomando su camino al mercado.

No se resistió por mucho tiempo más las ansias y comenzó a leer las primeras páginas del libro, volcando toda su atención en ellas. Apenas se percató del atlético hombre que se acercó a él y se le colocó de frente. Sin despegar la vista de su libro, Draco se hizo a un lado y pasó de largo, ignorándolo por completo. Iba en la parte en que la valiente princesa encontraba a su príncipe encantador, pero eso ella no lo sabría hasta el siguiente capítulo.


—¡Draco! —gritaron detrás de él. Levantó la vista y miró al hombre que estaba a su lado.

—Buenos días, Diggory —Y retomó su lectura. Cedric bufó indignado y le arrebató el libro de las manos— ¿Podrías devolverme mi libro?

—¿Otra vez leyendo? ¡Qué aburrido! —dijo hojeando descuidadamente el libro de Draco.

—A mi no me parece para nada aburrido. Hay a quiénes todavía nos gusta culturizarnos, ¿sabes? —Le quitó el libro y lo guardó lejos del alcance de Cedric.

—Draco, yo creo que ya es hora de que dejes de estar soñando con toda esa basura romántica y te preocupes de algo mucho más importante.

Draco negó con la cabeza. Ese tonto estaba jugando al límite con su paciencia, ¿por qué no se iba y lo dejaba en paz? Pero sus modales estaban primero y no quería tener un ridículo ahí a media calle con todos mirando.

—¿A qué te refieres?

—No sé si estás al tanto de esto, pero todo el pueblo habla de ti. Ellos creen que eres un poco extraño...

—Pues no me importa.

—Debería, Draco, debería. No es bueno que te apartes tanto del mundo. Sé que es díficil adaptarse a un cambio tan repentino...—Draco quiso gritarle que qué sabía él, pero eso llamaría la atención de la gente a su alrededor—...Me temo que este no es el mejor lugar para hablar de esto. Vamos, te llevaré a tomar algo a la taberna —Lo tomó de un brazo.

Draco lo interrumpió—Lo siento, Cedric. Ahora no puedo. Tengo que volver a casa a ayudar a mi padre.

—Ese anciano chiflado —rió con sorna Ernie
Macmillan apareciendo — ¡Sí que necesita ayuda!

La cara de Draco se puso roja de furia. No permitiría que nadie hablara mal de su padre y menos en su presencia.

—¡No hables así de mi padre! —dijo enojado— ¡Él no está loco, es un genio!

Apenas terminó de hablar se oyó una fuerte explosión a lo lejos. Asustado, Draco volteó a ver, y para su horror, una rojiza corriente de humo salía desde una de las ventanas de su casa. 

Inmediatamente salió corriendo deseando que nada malo le hubiera sucedido a Lucius.

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