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En algún lugar del bosque por ElGatodeKuren

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Notas del fanfic:

Es la primera vez que escribo algo de Naruto, pero no es la primera vez que escribo. 

La historia está escrita en primera persona, siendo Naruto el único narrador. 

Gracias por leer y recuerden que también publico la historia en wattpat donde suelo actualizar primero. 

Saludos del Gato de Kuren. 

 

Jamás imaginé que dolería tanto regresar a casa. Quizá se debía al temor de dejar atrás aquellos instantes que pasé en soledad en medio de los bosques, de las aguas y valles, intentando hallar la razón que me impulsara a continuar con mi vida.  

Las calles en Konoha seguían siendo de tierra y las casas de barro y madera. Los puestos de comida se ubicaban en los lugares de siempre y esa vieja mansión bajo las cabezas de piedra y arena continuaba albergando a la vieja Tsunade.  

No me presenté ante ella. Lo primero que hice al llegar fue caminar hacia un plato de ramen. 

Ya no existía la necesidad de correr. El tiempo no estaba a mi favor y al comprender mejor aquel hecho se tornó más sencillo mi paso por este mundo.  

Después de comer, comprobando que incluso con esta nueva resolución el llenar mi estómago seguía siendo una prioridad, decidí que era hora de volver a mi antigua residencia.  

Tenía miedo, desde luego. Como las otras tantas veces que me vi rodeado de salvajismo y naturaleza, como esa vez en la que descubrí, para asombro de nadie, que quería detener el dolor y ese dolor era causado por la idea de perseguir un sueño que ya no tenía forma. 

Observar la espalda de alguien era algo a lo que estaba acostumbrado, tal vez por eso ver huir al enemigo sólo me dio la impresión de que se trataba de un recuerdo.  

Mi casa era un reflejo de mi aturdimiento. La estancia seguía llena de desechos de hacía dos años; empaques, papeles y prendas que me dificultaban el paso. No me sorprendió ver el polvo apilado en el alfeizar de la ventana, así como tampoco me sorprendió lo inconmovible que me sentí.  

Me senté en la cama y el movimiento de un ave en el tejado me sobresaltó. Mis nervios andaban por el suelo. No era sabido por nadie que mis ataques de pánico me hacían vulnerable en las batallas. De ahí que las últimas semanas de misiones y entrenamiento fueran un completo desastre. Sin embargo, era probable que los rumores de mis constantes fracasos ya hubiesen llegado a los oídos de los que estaban más interesados en mi rendimiento. No era conveniente que el protegido no le interesara ser resguardado. Era un imprevisto que hubiese regresado sin haberme anunciado antes, porque eso significaba que volvía a ser un blanco, uno listo para el juego. Y yo sólo era un blanco frágil, con una diana demasiado agrietada como para soportar la hoja afilada de una última flecha.  

Suspiré, asido a la pequeña sudadera naranja, aferrado al pasado y a mis antiguas ilusiones. Era como abrazar al niño que solía ser, aguardando que en esa desesperada acción no se decepcionara de mi nueva visión del mundo.  

Me paseé por doquier, pateando de vez en cuando el volumen de un viejo cómic o algún envase de comida instantánea. Me pareció que podía oler la pasta cociéndose y sentir la luz asomarse por la ventana abierta. Pero hacía frío, al menos en el interior del hogar. 

Me senté de nuevo, me recargué en las mantas y estiré las manos hacia lo que pudieran alcanzar y nada se sintió como antes. Todo me parecía pequeño, nada calzaba y era agobiante. La madera crujía bajo mis pies como lo hace la tierra al iniciar una catástrofe, y las manecillas del reloj hacían un ruido que me estaba llevando rápidamente a la desesperación. Relacioné cada mínimo detalle con el presagio irrefutable de un ataque de ansiedad tan extraño como recurrente. 

Cuando salí del lugar y cerré la puerta tras mi espalda, el pánico me impidió exhalar e inhalar nuevo aire. Caminé y me perdí por los senderos intentando recobrar la calma, y en el instante en el que fui consciente de que corría ya me encontraba en la cima de la montaña.  

Miré hacia el frente y vi el azul más distante de todos. Miré hacia abajo y un sobrio color gris se agitó bajo mis pies. Más allá del barandal una larga fila de concreto enmarcaba los caminos a cualquier dirección.  

Las casas siempre me parecieron ruidosas. No sólo por sus habitantes, sino por la apariencia festiva.  

Me recosté sobre el pasamanos y lentamente recobré la compostura. Y fue entonces que pensé que los bosques se habían vuelto solitarios. Por un momento creí que el viento se sentía amenazador junto con la tierra que rugía en su incesante respirar. Sin embargo, sólo se trataba de la soledad y lo que provocaba con el silencio.  

Me había detenido a pensar en lo basto que era el lugar. Antes estaba tan inmerso en mis ilusiones que no tuve tiempo para admirar las montañas. Tenía tantas ambiciones y una convicción inamovible que sólo lograba ver aquellas gigantescas cabezas de arena con sus heroicas historias de sacrificio y devoción y nada más.  

La inocencia te hace grande e indestructible. Pero ahora esa certeza era débil, un escudo inservible.  

Yo estaba perdiéndome, desvaneciéndome, casi roto en el interior. 

–No es usual que te escabullas, Naruto. –Había dicho una Sakura mucho más madura que la que había dejado atrás hacía años. 

Apareció en el instante en el que lucía más decaído, con sus ojos tan verdes como esmeraldas y una fuerza inamovible que la traspasaba. 

– ¿Es así? Entonces creo que tienes razón. –Dije. 

No era extraña una respuesta admisible de mi parte hacía ella. No se trataba de complacencia o de conformidad, se trataba de agotamiento, de no refutar, de ceder sin quedarme sin aliento. Una debilidad tan corporal como mental, que apagaba mi espíritu conforme pasaba el tiempo. Un tiempo que no supe cuándo se había detenido. 

–Esos rostros te dicen cosas, ¿eh? – 

–Sólo me dan la bienvenida. –Me alcé de hombros, mirando la montaña. 

–Bueno, ellos siempre van a estar ahí. No sé por qué te está llevando tanto tiempo este saludo tuyo. – 

–No lo entiendes. –Negué sin despegar mis ojos de las estatuas. –Pasar tanto tiempo lejos te hace olvidar rostros. – 

– ¡No me digas! ¿Habías olvidado mi rostro? –Preguntó con su usual voz atronadora. 

Sonreí de oreja a oreja, disimulando mi más reciente decaída. 

–Por supuesto que no, Sakura. – 

Y me había enderezado para no pensar más en el vacío y en la inminente caída. 

–Me alegro de que estés de vuelta. –Sonrió y yo le dediqué una mirada impasible.  

¿Qué podía decir alguien que lamentaba existir? 

–Regresemos. –Dije. 
 
 

 

-"Lo traeré de vuelta." -   

Oí un murmullo del pasado.  

 

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