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Los demonios de la noche. por Seiken

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El anciano llevo la cena a la habitación con la eficiencia de cualquier mayordomo de su edad, mucho más rápido de lo que pensó Radamanthys que podría hacerlo.

Acomodando una mesa y después cada uno de sus alimentos, todo ese tiempo sin pronunciar un solo sonido, dejándole sumergirse en la errática respiración de su hermano.

-Llámeme cuándo haya terminado, solo toque la campana y vendré a recoger esto.

Kanon le dijo con una expresión preocupada, como si deseara decirle algo, pero no sé atreviera a eso.

- ¿Cuánto tiempo lleva así mi hermano?

Pregunto, llevando sus dedos a la taza de té caliente, para darle un sorbo, un pequeño trago de la bebida que le supo amarga, tal vez, demasiado.

-Su hermano lleva así casi un año, a veces mejora, otras veces pareciera que ya no despertara... es realmente muy triste.

Radamanthys trato de beber de nuevo el té de color rojizo que le sirviera Kanon, pero tan solo de acercarlo a su rostro, le rechazo, había un dejo a tierra en esa bebida.

- ¿Qué es esto?

Quiso saberlo, alejando su nariz de su té, sintiéndolo nauseabundo, para tomar un pan blanco, un muffin que unto con mantequilla.

-Es té de raíz púrpura, Saga piensa que es medicinal y como usted estará junto a su hermano lo que espero sea mucho tiempo, hasta que logremos recuperarlo de los brazos de la enfermedad, quise traerle también a usted.

Kanon llevo sus manos detrás de su espalda, mirándole fijamente, con una sonrisa, para después servirle tres terrones a su té, esperando que tal vez dulce, esa bebida amarga tuviera un mejor sabor.

-Pruébelo ahora, tal vez haya mejorado su sabor.

Radamanthys por un momento dudo en hacerlo, pero suspirando, ya que no tenía nada mejor que hacer y creía que sería una noche muy larga, le dio un sorbo a la amarga bebida, encontrándola menos desagradable.

- ¿Mucho mejor?

Radamanthys asintió, estaba preocupado, no quería que su hermano perdiera la vida, menos en aquellas condiciones.

- ¿Sólo usted trabaja aquí?

Kanon negó eso, no había forma en que una casa como esa pudiera mantenerse sola, aunque él era el mayordomo de la mansión, muchos más le ayudaban a mantener todo en orden.

-Tiene una docena de sirvientes a su disposición, pero, solo yo me atrevo a acercarme al señor Minos, su pobre hermano es un hombre muy volátil, en ocasiones ha llegado a atacar a las mucamas o a cualquiera que piense qué no reconoce en ese momento, únicamente yo, y mi nieto podemos manejarlo.

Radamanthys seguía bebiendo del té, con una expresión de disgusto, esperando poder terminarlo pronto para que Kanon se llevará la taza, suponiendo que su sabor amargo aseguraba que fuera una medicina.

-Mi nieto tuvo que tratar uno de los extraños humores del señor Minos antes de que usted llegará, está muy cansado, por eso no le ha explicado nada sobre su hermano.

Radamanthys le dio la taza vacía a Kanon, quien la recibió con una ligera sonrisa, como si fuera un mocoso que acaba de tomarse su medicina.

Le traeré algunas sábanas, así como unas almohadas, para que pueda descansar sus ojos unos instantes, su hermano no irá a ninguna parte, no hasta mañana temprano.

-Mejor tráigame un libro que tengo en mi equipaje, está en el tercer compartimento.

Le ordenó, trataría de leer un poco mientras esperaba a su hermano, ignorando al anciano mayordomo que se alejaba con un paso decidido, demasiado firme, para un hombre de su edad.

-Como usted lo ordene, Lord Walden.

Fue su respuesta tranquila, alejándose de aquella habitación, con un paso firme, permitiendo que Radamanthys cenará a solas, en compañía de su hermano inconsciente en esa cama.

Atravesando el pasillo hasta llegar a su habitación, su equipaje estaba en medio de la inmensa estancia, era una maleta pequeña con varias hebillas.

Descorrió aquellas que cerraban el primer compartimento, sin querer hacerlo, descubriendo un revólver cargado con varias balas en una bolsa de cuero.

En una caja había lo que pensaba era una pequeña fortuna, una daga de madera y tres fotografías, la primera con tres muchachos en ella, dos de ellos no los reconocía, uno de cabello negro, otro de cabello café y después, estaba Radamanthys, unos años menor, un muchacho muy apuesto en verdad, la segunda era de una mujer de cabellera larga y mirada triste, suponía que aquella era la difunta duquesa Walden, la tercer fotografía formaba de un retrato más grande, estaba doblada en las esquinas, y era de un pequeño rubio, de ojos enormes, una preciosura, está fotografía le observo con mayor detenimiento, comprendiendo que ese pequeño niño era el muchacho apuesto y ahora heredero de la fortuna de su familia, así como de todos sus títulos nobiliarios.

Cerro ese compartimento y abrió el siguiente, en el que solamente había ropa, nada que pudiera llamar su atención.

El tercero tenía el libro que le habían solicitado, el que tomo con una sonrisa satisfecha, guardando una de las fotografías en la bolsa de su saco, suponiendo que no la extrañaría con el asunto de su hermano, debido a la preocupación que sentía en ese momento.

- ¿Se supone que puedes revisar las pertenencias del joven Lord Walden?

Kanon volteó, su nieto le había seguido, era un joven suspicaz, apenas un niño, pero era el más fuerte de los dos, debido a sus diferencias de edad, un médico espectacular, cuyos gustos refinados eran auspiciados por el próximamente difunto Lord Minos Walden tercero.

-Tu deberías estarle explicando los padecimientos de su hermano, pero prefieres correr detrás de las mucamas, no es verdad, además, no extrañará este cuadro y si lo hace, bien puede creer que lo perdió.

Le advirtió, regresando a las habitaciones de Minos, descubriendo a su hermano revisando sus pertenencias, buscando algo tal vez, de suma importancia.

-Señor Walden, he traído el libro que deseaba y tal vez, si me dijera que busca, yo pueda decirle, le he ayudado al señor Minos a guardar esos cajones desde que llegué a esta mansión, conozco cada una de las prendas que allí guarda.

Radamanthys volteo, recargándose en el escritorio manchado de cera blanca, con varias velas quemándose lentamente, estás estaban debajo de algunos pentagramas y más símbolos que alejaban el mal de ojo, enseñándole un collar con forma de dragón, un regalo de su padre a su madre, cuya belleza era inusitada.

-Mi madre nos dio un collar como este, era un regalo de nuestro padre, una reliquia que se supone protege al usuario contra todo mal, Minos no lo tiene, y deseo arreglar eso, así que, si lo ha visto, debe dármelo.

Kanon al ver el collar que Radamanthys le mostraba, el que colgaba en su cuello y tuvo que abrir varios botones para que pudiera verlo, fijando sus ojos azules en la piel pálida del joven Lord, el que esperaba reconociera ese collar, suspiro seguro de que ya no estaba en esa mansión.

—Minos lo perdió cuando fue atacado en el bosque, el día de la muerte de su ayudante de cámara, lo siento mucho.

Radamanthys cerró los botones de su camisa, retrocediendo algunos pasos, para regresar a la mesa con su cena que se enfriaba, sentándose en su silla, con el libro en sus manos.

—Retire todo esto, he perdido el apetito.

Kanon obedeció sin decir nada, retirando los platos y la mesa portátil en silencio, para despedirse poco después con una reverencia estudiada, dejándolo a solas con Minos.

Radamanthys abrió el libro en una página específica y comenzó a recitar un poema de alguna clase, un rezó enseñado por su madre de cabello negro, ojos lilas y una belleza angelical.

Eran palabras de poder que protegían al enfermo, que lo arrebataban de las manos de la muerte, eso era lo que Radamanthys creía y lo que le fue dicho por su madre.

A la que se acusaba de ser una bruja y en realidad lo era, porque todo eso en las mesas, debajo de la cama de su hermano eran más ritos poderosos, ritos pronunciados a medias, porque Minos desconocía las palabras que finalizaban los hechizos, como digno hijo de su padre, un juez recto que se arrodillaba frente a la cruz de las iglesias, despreciaba los conocimientos de su madre.

Solamente su amor por ella y la fe que tenía al que habitaba en esa cruz eran lo que le evitaba dañarle, entregarla a mortales que se pensaban entes superiores.

Minos debió desesperarse al intentar utilizar esos ritos antiguos para alejar el mal de su cuarto, tal vez de su cuerpo, si es que existía, pero Radamanthys actuaría pensando lo peor, ya que había visto algunas cosas, sucesos que los hombres de letras no podrían comprender, ni catalogar.

Radamanthys se quitó el collar que hasta el momento rodeaba su cuello y se lo puso a Minos, cerrando el libro, para después regresar a su silla, para leer su reliquia de tiempos remotos, encontrar una respuesta en él.

Esperando el amanecer, que con algo de suerte llegaría con el despertar de Minos, cuando esa droga abandonará su cuerpo.

Esa noche no sintió que se ahogaba en una oscuridad sin fin, ni manos extrañas recorriendo su cuerpo con lujuria, dejando marcas sangrientas sobre su piel y esos ojos azules, tan fríos como el hielo, robándole su alma, su cordura, ni despertó intentando moverse, o gritar debido a la desesperación, para ser sometido por su mayordomo y su nieto, el médico que decía podía curarlo de un mal que no era de esa tierra, esa mañana despertó con el sol ingresando por su ventana.

—¿Minos?

Llamaron a su lado, una voz que recordaba era su hermano, al que pensaba había alucinado, porque él no le escribió ninguna carta, no lo hizo llegar a la mansión, como podría, él era su único hermano, no lo condenaría a perder su alma ni a ser la presa de lo que había tomado residencia en su mansión.

—Pensé que no ibas a despertar, realmente me preocupé.

Radamanthys trato de ayudarle a sentarse, pero Minos lo rechazó, alejando sus manos de su cuerpo, su hermano pequeño no permanecería en esa mansión, no lo permitiría, no, el salvaría su vida.

—¡Lárgate o te haré encerrar en el calabozo más profundo de prisión!

Radamanthys no supo que decir, su hermano ya había hecho esa amenaza en el pasado, por eso tuvo que marcharse, porque o se volvía un militar, un sacerdote o un prisionero.

Un militar no tendría derecho a la fortuna de sus padres, la que era inmensa, tan grande como para mantenerlos varias generaciones con los más estrafalarios gastos que cualquiera pudiera imaginar.

Un sacerdote tampoco apenas podría tomar una pequeña dote que sería absorbida por la iglesia y eso era todo.

Como un preso, no viviría lo suficiente, las cárceles eran una condena de muerte.

—Minos, tú me mandaste una carta y es por eso por lo que estoy aquí.

Trato de explicarle, pero Minos negó eso, no le había mandado ninguna carta, no le pidió ir, tampoco ayuda.

—¡Yo no te mandé nada!

Fue su respuesta segura, tratando de sentarse, con demasiado esfuerzo, esperando que Radamanthys se marchara, pero no lo haría, está vez permanecería en su mansión, a lado de su hermano.

—Yo tenía esa carta y es por eso por lo que aquí estoy, Minos, mírate, pareces un cadáver, estás muy débil, además, perdiste el collar de nuestra madre.

Minos coloco su mano en el collar, tratando de calmarse, escuchando los pasos del médico y de su mayordomo, acercándose, tal vez al creer que ya habría despertado para esa hora del día.

—Yo no te mandé una carta, debes creerme, no te pondré en riesgo, pero...

Radamanthys tomó la mano de Minos con delicadeza, que con su ayuda pudo sentarse con mayor comodidad.

—Ya estás aquí, así que quédate a mi lado, no dejes que ese bastardo me drogue de nuevo.

Radamanthys supuso que ese asesino era Saga, el que ingreso con su maletín, con un paso lento, seguido del mayordomo, está vez con dos sirvientes que traían la mesa portátil y el desayuno ligero de su hermano.

—¿Ya está listo para darme una explicación de lo que tiene mi hermano?

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