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Desiderátum II por zandaleesol

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Título: Desiderátum II

Personajes: Harry/Severus

Disclaimer: Los personajes pertenecen a J. K. Rowling, no percibo beneficio económico.

Advertencias: AU.


Capítulo único.

Abrió los ojos pesadamente, al instante su mente recordó algo y se preguntó si había sucedido realmente o sería sólo un hermoso sueño. Se quedó un momento tratando de ordenar sus pensamientos. Lo más probable era que todo hubiese sido un escape de su imaginación, que cuando dormía daba rienda suelta a sus más locas fantasías, sino fuese de esa forma no estaría despertando en su cama, sino en la de su profesor. Sin embargo, había sido un sueño tan maravilloso pensaba Harry y tan real al mismo tiempo. Se veía caminando a media noche por los pasillos de Hogwarts. Sentía tan real esa sensación de miedo que creyó experimentar y luego esa mirada oscura que le traspasaba. Cerró los ojos para intentar volver a sentir esos brazos fuertes que lo habían estrechado con tanta ternura.


Pero ese divagar fue interrumpido bruscamente por una cabeza con cabello rojo que se coló por medio de las cortinas que pendían de su cama, era Ron que se asomaba con rostro cargado de sueño.


-Ah... ya estás despierto, pensé que aún dormías... ¿qué te pasa no piensas levantarte?

-Hmm... sí claro -dijo Harry.

-Bien... voy a la ducha-anunció el pelirrojo dando un bostezo.

-Ron, ¿anoche no sucedió nada extraño?

-Hmm... algo extraño ¿cómo qué?

-Pues algo como que yo no estuviera en mi cama anoche.

-Y dónde más podrías estar si no es aquí, no te entiendo.

-¿No me viste salir anoche de la habitación?

-Para nada, cuando me dormí tú estabas aquí, a no ser que no fueras tú.


Harry se quedó en silencio por un instante, recordaba haber salido de la habitación mientras sus compañeros dormían y sobretodo recordaba los ronquidos de su amigo que le habían hecho más difícil conciliar el sueño.


-Hmm... No me hagas caso.

-¿Estás bien?, estás muy raro esta mañana.

-No me hagas caso, ve a la ducha yo voy después.

-Bueno.


Ron retiró su cabeza y las cortinas volvieron a juntarse. Harry quedó más confundido que antes, todo parecía indicar que no había estado fuera de su habitación, por lo menos no según las palabras de Ron, pero cómo podía recordar con tanta nitidez haber experimentado todas esas maravillosas sensaciones en brazos de su profesor de Pociones. Los besos, las caricias, las bellas palabras que habían sido dichas con pasión y ternura en su oído «te amo... te amo con locura, no imaginas cuanto había soñado con este momento». El corazón le latía apresuradamente sólo de recordar aquello, pero no podía ser que su adorado profesor hubiese pronunciado esas palabras, definitivamente lo había soñado.


Ese bello sueño sólo había sido el reflejo del más ardiente deseo de su corazón. Ser amado por su profesor de Pociones, pero aquello no era posible, jamás lo sería, pues muchas cosas se interponían a sus deseos, principalmente el profesor mismo. Severus lo odiaba y lo demostraba abiertamente, fue así desde que le había dirigido la primera mirada. Claro si todos decían que él era un réplica exacta de James, salvo por los ojos que eran los de su madre. Por supuesto que no era arrogante como lo fue su padre, la arrogancia era una característica propia de los chicos mimados y, es su caso nadie lo minó jamás, todo lo contrario, sus parientes siempre se encargaron de hacerle sentir como el ser más insignificante de la Tierra. Aunque luego de saber que era un mago de ser insignificante pasó a ser un bicho raro, en todo caso ese desprecio era mutuo, sus parientes eran las personas más idiotas que había tenido la desgracia de conocer.


Decidió no darle más vueltas al asunto, fue un sueño, sólo eso. Se fue a la ducha mientras Ron terminaba de vestirse. Se quitó el pijama y se metió bajo el agua caliente, con mayor razón se convenció de que lo había soñado. Suponía que si su profesor le hubiese hecho el amor en realidad debería estar muy dolorido de cierta parte, eso era lo que le había explicado su compañero de habitación Seamus, un chico que predicaba por todas partes que era un «gay asumido» y que tenía de novio a un chico de Ravenclaw. Seamus aseguraba que la primera vez era muy dolorosa y que la molestia duraba varios días. No le dolía nada, absolutamente nada, esa era una prueba irrefutable de que nada le había sucedido, su profesor no lo había desvirgado la noche anterior.


Cuando bajó a la sala común Ron ya se había ido a desayunar. Lo único que le daba algo de consuelo, era que nadie sabía de sus sentimientos, ni sus mejores amigos imaginaban de su amor por el profesor de Pociones. Salió por el retrato y comenzó a bajar de la Torre en dirección al Gran Comedor. El mismo trayecto que había realizado en sus sueños, claro, con la diferencia de que ahora era de día y no llevaba pijama, no temblaba de frío ni de miedo. Lo mejor era olvidar esa locura, para qué atormentarse con lo que era imposible. Aquellos eran sus últimos meses como alumno de Hogwarts, era una tontería de su parte aferrarse a un imposible, su vida cambiaría totalmente al terminar la escuela, Voldemort ya no existía, podía pensar con optimismo y alegría en su futuro.


Ahora que le daba una rápida mirada al pasado recordaba perfectamente como había empezado ese sentimiento de amor. Antes del inicio de su quinto curso, Dumbledore volvió a reunir a la Orden del Fénix. Aquellas vacaciones, abandonó rápidamente a sus parientes y se instaló en Grimauld Place, que era cuartel general de la Orden, la guerra ya había iniciado y debió refugiarse en la casa de su padrino para evitar que Voldemort o sus seguidores dieran cuenta de él. Ahí había comenzado todo, Dumbledore le había revelado la profecía que lo señalaba como el único elegido para enfrentar a Voldemort.


Debido a eso comenzó a ser instruido por su profesor de Pociones en toda clase de materias. Al comienzo no había sido nada fácil, porque naturalmente Severus no le hizo las cosas fáciles, todo lo contrario, le exigía al máximo. Al principio todo fue peleas y discusiones, insultos iban y venían de continuo, hasta que un día Severus perdió la paciencia y lo abofeteó sin compasión, restregándole en la cara que el Mundo Mágico ya podía considerarse perdido por el sólo hecho de tener que poner sus esperanzas en un niño arrogante que sólo pensaba en sí mismo. Aquello fue por lejos lo más hiriente que le había dicho el profesor en esos casi cinco años, pero resultó lo suficientemente efectivo como para hacerle comprender que sus sentimientos debían quedar relegados a un segundo plano, lo único importante era prepararse para el momento en que debía enfrentar a Voldemort.


Luego de eso todo fue más sencillo, si bien su profesor no le trataba con guantes de seda, por lo menos evidenció más respeto hacia él y sus esfuerzos por aprender todo lo posible. Ya de regreso en la escuela, esa instrucción se hizo más intensa, se vio obligado a pasar tantas horas con Snape que inevitablemente comenzó a verlo desde otra perspectiva, fue más objetivo y justo con respecto a la forma de ver a Severus.


Comenzó a valorar su inteligencia, luego a respetarla y por último a admirarla, pero eso no fue todo, también se despertó la curiosidad. Nació un vivo deseo de saber más del profesor, de conocer su intimidad, pero naturalmente Severus no se lo permitió. La primera vez que intentó darle a entender a su profesor que las relaciones entre los dos podían ser un poco menos formales ya que pasaban tanto tiempo juntos, el profesor de inmediato se replegó en sí mismo, con toda claridad le dijo que las relaciones entre los dos siempre serían del tipo formal y que jamás él debería salir de su esfera de alumno respetuoso, pues la diferencia de edades era lo suficientemente amplia como para hacer imposible otra cosa. No fueron tan duras las palabras como el tono en que fueron dichas, aquello le hizo comprender que había ciertas cosas que jamás cambiarían, la más importante, Severus Snape jamás dejaría de verlo como el hijo de James Potter, su enemigo.


Hacia el final de la guerra, el año anterior, cuando ya había cumplido su mayoría de edad, Severus fue esencial en su papel de espía para el triunfo sobre Voldemort y sus mortífagos, sin embargo, le dejó todos los créditos, no buscó ningún tipo de reconocimiento. Todos los miembros de la Orden que sobrevivieron a la guerra recibieron la Orden de Merlín, incluyéndolo, pero Severus la rechazó de manera indeclinable. Había dicho a Albus Dumbledore, que no la merecía, fue extraño, nadie se explicó nunca por qué había rechazado tal reconocimiento, pues había arriesgado su vida en incontables ocasiones y sobre todo su información había sido fundamental para descubrir el refugio de Voldemort y sus seguidores. Después de saber que Severus había rechazado el reconocimiento, deseó hacer lo mismo, pero no se lo permitieron, hasta el mismo Severus le había dicho que no debía rechazarla puesto que nadie la merecía como él.


Todo eso ocurrió a fines del sexto curso. Se cumpliría casi un año dentro de poco, aún había uno que otro mortífago escapado, pero ya no constituían mayor peligro, sin un amo que les protegiera sólo era cuestión de tiempo de caer en manos de los aurores del Ministerio. Pensando en todo esto, Harry ni supo cómo llegó finalmente al Gran Comedor, con paso tranquilo caminó hacia el lugar donde estaban sus compañeros, no quería mirar hacia la mesa de profesores, pero algo más fuerte que su voluntad le obligó a dirigir su vista hacia allí, al primero que miró fue a Severus. Se veía tan misterioso y enigmático como siempre. Terminó por convencerse de que todo fue un sueño, sólo eso. Con un sentimiento de tristeza en su corazón, aunque en sus gestos e inclusive sus palabras fuesen alegres, desayunó junto a sus amigos para vivir un día más con la certeza de que no fue amado y no lo sería jamás, por aquel hombre que ignoraba ser el dueño absoluto de su corazón.


~**~


Harry se fue con todos los chicos de séptimo curso hacia las mazmorras para su primera clase de ese día. Pociones era una asignatura que por muchos años había detestado desde lo más profundo de su alma, pero en su quinto curso aquella aversión desapareció. No podía considerarse un experto en pociones y estaba más que convencido de que jamás llegaría a serlo en realidad. A veces arruinaba sus preparaciones, naturalmente no a propósito, pero aquello era algo tan propio de él como el hecho de salir a merodear por los pasillos de Hogwarts con frecuencia. Su profesor de Pociones desde hacía un tiempo se había resignado al hecho de que el jamás sería una lumbrera en el «sutil arte de preparar pociones», debido a eso no se asombraba en lo absoluto de los desastres que provocaba con bastante asiduidad.



La puerta de la mazmorra se abrió, era la señal del profesor, a pesar de ser chicos todos ya mayores de edad, no por eso dejaban de sentirse intimidados por el profesor. Severus Snape conservaba aquella particular característica que Harry le había conocido desde su primer curso, su sola mirada bastaba para helarle la sangre a cualquiera, por supuesto Harry no era la excepción a la regla. Severus Snape lo intimidaba tanto ahora que estaba por cumplir dieciocho como cuando tenía once años y estaba recién llegado a Hogwarts.



Todo el grupo entró silencioso a la mazmorra, Harry inseparable de Ron y Hermione, ocuparon su lugar de siempre, desde ahí Harry le dio una rápida mirada al profesor que estaba sentado, con las manos cruzadas sobre el escritorio observándolos a todos con aquella mirada inescrutable de siempre. En este día en especial el chico de ojos esmeraldas agradecía más que nunca el haber aprendido Oclumancia, enseñada por el mismo profesor. Aprendió a ocultar ciertas cosas que no era bueno que su profesor viera, por ejemplo lo que había soñado la noche anterior. Severus se levantó calmadamente, se paró frente a los alumnos todos de inmediato le prestaron atención, Harry no pudo evitar reírse, más que nunca se convencía que alguien que provocaba semejante efecto en los demás no podía haber susurrado palabras dulces en su oído, definitivamente ese sueño era lo más loco que le había pasado en el último tiempo.



-Señor Potter, se puede saber qué es lo que le causa tanta diversión.


La sonrisa de Harry se borró al instante, miró al profesor todo lo serio que le fue posible.


-Nada… señor.

-Nada. Debo asumir que esta mañana simplemente amaneció alegre.

-Bueno…

-Ya veremos si continúa su alegría durante toda la clase -dijo el profesor lacónicamente -. La poción de hoy es de las más difíciles de preparar, pero como alumnos que están por terminar su séptimo curso deberían hacerlo a la perfección.


Harry bajó la cabeza, definitivamente había cosas que jamás cambiarían, una de esas era la tremenda antipatía que despertaba en el profesor. Dentro de dos meses acabaría el curso y comenzaría otra vida lejos de Hogwarts y sobretodo lejos de Severus Snape. El hombre del que se había enamorado de forma lamentable, pero no porque su sentimientos le avergonzarán, sino simplemente porque jamás sería correspondido. Una doble sensación de alivio y pesar le inundaba al pensar que dentro de poco dejaría Hogwarts para siempre. La escuela fue su hogar, el único que había conocido, quizá regresara de vez en cuando, pero ya no sería como alumno. Realmente extrañaría la vida de estudiante; no vería a su profesor todos los días y esperaba que esto le ayudara a arrancárselo del corazón de una vez y para siempre.


Harry pensando todas estas cosas ni siquiera sabía lo que estaba haciendo, no estaba poniendo atención, su preparación se volvía una peligrosa combinación que podía acarrearle un grave problema a todos sus compañeros. Esto fue detectado por el profesor sólo un poco antes de que la poción de Harry comenzara a derramarse, se acercó con prisa para detener el desastre que estaba a punto de ocurrir.


-Potter… qué hace… vea el desastre que está a punto de provocar -dijo el profesor mirándole con impaciencia.

-Lo siento… señor es que…

-No me explique nada… definitivamente hay cosas que jamás cambiarán -dijo Severus y haciendo una floritura con su varita hizo desaparecer la poción de Harry.


La clase contenía el aliento, mientras Harry contenía las lágrimas, a estas palabras el chico de ojos esmeraldas les daba otra connotación, con esa frase su profesor le decía que lo detestaba y siempre lo haría, su corazón pareció apretarse al punto de provocarle dolor, ya no se contuvo más y tomando sus cosas salió a toda carrera del aula. Toda la situación le parecía dolorosa y humillante, corrió hasta llegar a las escaleras que conducían al vestíbulo, luego salió a los jardines y tomó rumbo hacia el lago. Caminó hasta el lugar más alejado, buscando refugio bajo la sombra de un árbol. En momentos como aquel deseaba ansiosamente que el curso llegara a su fin al siguiente día para no ver más a ese hombre que tanto dolor le causaba, pero luego, cuando el dolor se apaciguaba la melancolía lo dominaba otra vez al pensar que debería partir de la escuela dentro de dos meses y dejar atrás muchas cosas, entre ellas ese amor que sentía.


~**~


Regresó al castillo sólo muchas horas después, justo a la hora del almuerzo, su salida de la clase de Pociones le había resultado muy extraña a todos y cuando llegó al comedor pudo percibir las miradas sobre sí. Hizo todo lo posible por no darle importancia, pero le costaba mucho trabajo esconder sus emociones y sentimientos. Una vez más hizo acopio de toda su fuerza de voluntad y fingió estar bien y que nada afectaba su ánimo. En realidad para el resto del mundo, no tenía motivo alguno para no ser feliz, ahora tenía tranquilidad, expectativas en el futuro, era respetado por la comunidad mágica, una posición envidiable como solían decirle en broma sus amigos.


Aquella tarde no había más clase para los alumnos de séptimo curso, pero sí entrenamiento para el partido final que cerraría la temporada de Quiddich. Aquel año, Harry deseaba ganar la copa por última vez para su Casa. Los dos años anteriores no pudo jugarse, a duras penas el colegio seguía funcionado en medio de la cruenta guerra. Ahora que finalmente la paz había regresado en forma definitiva, deseaba ganar por última vez. Había recibido ofertas para jugar en el equipo profesional de Inglaterra como Buscador, pero aún no estaba seguro de que fuera eso lo que realmente deseaba, adoraba el Quiddich, pero el ser un jugador profesional le significaría estar siempre en las planas de los periódicos, fama no era precisamente lo que deseaba, con la que había tenido que lidiar por obligación ya era suficiente, deseaba un vida tranquila y feliz.


Desde algún tiempo atrás había comprendido que lo suyo era enseñar, eso le gustaba mucho. Defensa era lo que le fascinaba, de no tener claro que debía dejar Hogwarts por su propio bien, para alejarse de cierta persona que le causaba mucho dolor, se hubiese atrevido a pedirle al director el puesto de profesor, pero era imposible, no debía quedarse allí, eso significaría prolongar su martirio junto a Severus Snape. No creía que el trato de parte del profesor pudiese cambiar aunque fuesen colegas, la antipatía que inspiraba en el hombre era un sentimiento muy arraigado como para arrancarse de raíz, simplemente debía olvidar ese amor, un amor sin esperanzas es veneno para el alma, estaba seguro de que la distancia y el tiempo harían que esa herida de su corazón cicatrizara finalmente.


~**~


Luego de terminado el entrenamiento regresó al castillo lleno de lodo. La primavera resultaba bastante inestable, el hermoso día soleado había acabado siendo una lluvia torrencial. Con el estado de ánimo tan melancólico que traía últimamente, no quiso regresar con sus compañeros a la Torre y se quedó a la intemperie por un buen rato. Recién regresaba, estaba sintiendo mucho frío, la ropa húmeda le acarrearía un resfrío con toda seguridad, iba a subir la escalera que llevaba a la Torre cuando Severus apareció desde las mazmorras y le llamó.


-Potter, ¿de dónde viene con esas fachas?


Harry se volteó nervioso.


-Hubo entrenamiento y…

-Entrenamiento, ¿con esta lluvia?

-Cuando comenzamos no llovía -se apresuró a explicar Harry.

-Lo más seguro es que pesqué un resfrío… esa será una excusa perfecta para no asistir a mis clases -dijo el profesor.

-Le aseguro que ni siquiera lo había pensado.

-Claro que no. Venga conmigo le daré una poción que evitara que se resfrié.


Harry dudó un instante, pero luego siguió al hombre hacia las mazmorras. Caminaron sin prisa hasta llegar al despacho del profesor. Harry lo siguió silencioso y así se mantuvo mientras lo veía rebuscar en un armario repleto de frascos con líquidos de todas texturas y colores.


-Bien aquí está, con esto no tendrá excusa para no venir a mis clases -dijo el profesor volteando a ver al chico que seguía silencioso.

-No tengo intenciones de faltar -dijo Harry orgulloso.

-Dígame, ¿por qué últimamente se ha vuelto tan… descuidado?

-¿A qué se refiere?

-Hablo de que no pone atención a las instrucciones que doy en clases de Pociones. Creía que esa era una etapa ya superada.

-Debe ser que no soy muy brillante en esa materia.

-No diga tonterías Potter, sería brillante si pusiera empeño -dijo el profesor mientras se acercaba lentamente.


Harry estaba nervioso, estar a solas con Severus Snape no era algo que deseara, todo lo contrario quería salir de ahí cuanto antes, bajó la vista hacia sus zapatos llenos de barro para no tener que mirar al profesor que se acercaba más cada vez.


-Bueno… lo he intentado, pero creo que faltando dos meses para dejar Hogwarts, no es mucho lo que puedo hacer.

-Es cierto, pero… yo podría ayudarle para que al menos obtenga una calificación satisfactoria.

-¿Ayudarme?

-Sí… dispongo de algunas horas libres, podría ayudarle a repasar lo que le complica más.

-Clases privadas… yo no… creo que… se lo agradezco profesor pero pienso que…-se calló, no era capaz de pasar por eso, no estando tan consiente de lo que sentía por el hombre de ojos negros.

-Yo no le ofrezco mi ayuda a cualquiera, sólo a quienes creo que tienen posibilidades.

-Sí yo sé y se lo agradezco de verdad pero creo que no…

-¿Qué sucede Potter? -interrumpió el profesor -.Usted y yo nos conocemos, pasamos muchas horas juntos, ¿recuerda? Estas clases no le resultarían tan difíciles, no serán de vida o muerte, solo para que mejore un poco sus calificaciones o, ¿es que tiene miedo?

-Miedo… no claro que no… por qué…

-Entonces… dígame, ¿por qué está temblando?

-Estoy mojado, tengo frío…

-Tiene frío - dijo el profesor mientras se acercaba lentamente.


Harry no se atrevía a levantar la cabeza, sus temblores se acrecentaban y él sabía que no era frío precisamente lo que sentía. Cerró los ojos cuando el hombre al que amaba locamente estuvo apenas a un centímetro de distancia.


-Harry… mírame -susurró con voz queda el profesor -. Necesito que me mires.


El corazón del chico dio un vuelco al escuchar esa voz velada que lo llamaba por su nombre por primera vez en siete años, juntó valor y enfrentó esa mirada oscura que lo traspasaba.


-¿Es que aún no has comprendido? -preguntó el hombre de ojos negros con voz cargada de ternura -. Te amo.


Harry no pudo decir nada, le faltaba la voz, su corazón se disparaba y su cerebro aún no conectaba ideas, miró al hombre totalmente perplejo.


-¿Qué ha dicho?

-Te amo… Harry. Anoche… yo…

-¿Anoche? “preguntó el muchacho incrédulo -. Entonces no fue un sueño…

-No mi amor, no lo fue.

-Pero cómo… yo esta mañana…

-Harry… anoche te hice beber una poción… al momento en que despertaras recordarías todo como si hubiese sido un sueño.

-¿Por qué?

-Perdóname, pensé que era lo mejor, pero está mañana cuando te vi… me dolió verte tan triste… perdóname.


Harry tardó dos segundos en conectar sus ideas, su cerebro revivió todo lo sucedido la noche anterior, miró por un par de segundo al hombre que tenía en frente, no lo pensó más y se lanzó en sus brazos.


-Severus… entonces fue cierto… no fue un sueño… tú y yo…

-Sí amor.

-Te perdono… te amo Severus.

-Lo sé, y aunque sé que no te merezco, te necesito Harry.


Harry besó al hombre intensamente tal cual lo había hecho la noche anterior. Para el chico de ojos esmeraldas lo sucedido la noche anterior seguiría siendo el más hermoso de los sueños, pero hecho realidad.


Fin
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