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Dueño de mi vida por shedim

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Notas del fanfic:

Todos los personajes son propiedad de Eiichiro Oda.

 

Versión beta de una idea que tengo rondando en la cabeza desde hace semanas y no logro encontrar el punto exacto para quedar satisfecha al escribirla -.- No esperen la gran cosa o actualizaciones regulares, e igual si encuentro lo que busco, borro el fic para editarlo y subirlo corregido.

Se mordió el labio hasta sangrar. No era posible. Tenía veintitrés años ¡Veintitrés! ¿A qué estúpido y desalmado dios o destino se le ocurrió la maravillosa idea de despertarle las hormonas a esa edad? Y lo que era peor, dejó de ser un beta y pasó a ser un omega.

Un omega.

Un omega que apenas despertaba su celo a la edad de veintitrés años. Ridículo.

Y cruel.

Maldijo todo cuanto pudo concentrándose en el dolor físico para evitar la creciente lujuria que se asentaba en su bajo vientre. Dio un par de pasos y volvió a morderse el labio. Siguió maldiciendo, contuvo las ganas de gritar, agregó a su ya de por sí larga lista de maldiciones el hecho inherente de saber que dejó de ser esa persona orgullosa de sí misma. Se despreciaba, con la lástima más esencial e hiriente que puede poseer por otra vida. Infame.

Caminó un par de pasos al mismo tiempo que apretaba los puños; el solo roce de la tela en su piel le provocó un escalofrío a todo lo largo de la espalda. Ruin. Le faltaban un par de kilómetros hasta llegar a su casa y sentirse medianamente seguro bajo la protección de su hogar; aunque seguridad fuera algo que perdió total significado para él. Temeroso. Se envalentonó y corrió; grave error, tuvo que parar y tratar de ahogar los jadeos que nada tenían que ver con el cansancio. Asqueroso. Contrajo los músculos del vientre al agacharse por una nueva oleada de calor que lo hacía sudar, no debía por ningún motivo seguir traspirando, su olor en ese estado sería el detonante perfecto para una catástrofe. Débil. Miró hacia todos lados buscando ayuda…

Él nunca buscaba ayuda. Él no necesitaba ayuda. Él era el que extendía su mano para ayudar a quien lo necesitara. Humillante.

Dentro de toda la masa de veneno contra sí mismo, pensó que era relativamente afortunado al estar a media noche en una calle desierta. Pero, como su suerte podía cambiar de un momento a otro como lo hizo su naturaleza, podía encontrar a alguien en cualquier momento; si fuera un omega, quizá, y sólo quizá se compadecería de él y lo ayudaría, aunque bien sabía que la ayuda en esos tiempos era escasa y generalmente venía con algún tipo de precio; pero tampoco podía pedir demasiado, suficiente con no encontrarse a alguien que reparara en su estado. Sonrió sin gracia al pensar en la peor posibilidad, aquella a que más temía y la única con la cual no podría pelear: si hallase un alfa sería su perdición.

Al diablo los alfas guapos, ricos y egocéntricos con el toque de compasión perfecto. Si por él fuera se podían ir a la mierda todos y cada uno de ellos con su galanura y fuerza basados en las feromonas y la muy injusta naturaleza de poder sobre otros sólo por nacer con genes diferentes. Los odiaba, con odio visceral y aversión desmedida. Y aún así hubiera preferido ser un alfa.

¿Por qué no pudo quedarse con su orgulloso estado de beta? Eso era lo más perfecto y honroso que podía tener.

Se siguió maldiciendo cada vez más perdido entre oleadas de pasión y perdiendo la cordura.

Si tan sólo no se hubiera maldecido con tanto fervor, hubiera escuchado como cinco alfas le dieron alcance.

Notas finales:

Gracias por leer.

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