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Corazón Atómico

Autor: AddictiveHeroine

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Notas del capitulo:

Hola~

Sí, que tengo otros tres fics y blablabla..

Pero a mi nena le debía este, por su cumpleaños super mega atrasado y tal. Va enteramente dedicado a ella, porque la quiero como no quiero a nadie en este mundo, que sepa que es una persona demasiado importante para mi, porque gracias a ella, comencé a escribir.

Gracias preciosa*.* De verdad, no sabes cuanto significas para mi ♥

 

 

Espero que te guste~

Caminaba tranquilamente en dirección a su hogar. Otro largo día de escuela había terminado por fin. Daba gracias al cielo que su horario fuera bueno con él por ese semestre, pues su carrera le había consumido el semestre anterior.

Le gustaba aplicarse, era bueno. ¿Y cómo no? Había elegido algo que le gustaba mucho, medicina. Le llenaba de curiosidad el cuerpo humano, cada milímetro de piel, cada músculo, cada órgano… Era perfección. Así de simple, el cuerpo humano era perfección. Le gustaba leer sobre él, aprender, estaba definitivamente enamorado de su carrera.

Muy a pesar de su apariencia y de su popularidad en aquella universidad… Era un conquistador, un rompe corazones, era ese chico con el que todas las chicas quieren salir, el guapo e inteligente que no le hace caso a nadie.

Él estaba allí para estudiar, no para conseguir un romance. Además, ciertamente, todas las chicas se le hacían unas pesadas, unas interesadas y unas calientes. No había faltado quien se le ofreciera de manera cínica, quienes le buscaban en las fiestas e intentaban embriagarle para llevárselo a la cama, pero para su mala fortuna a él no me gustaba beber.

Sí. Él encontraba el perfecto equilibrio para mantener sus notas altas y tener una vida social lo suficientemente activa. Envidiado y deseado, él se sentía así.

Todo lo que él quería, lo conseguía y podía ser bastante pesado y antipático con quienes no le agradaban en lo absoluto. Disponía del dinero que él quisiera, pues su padre era dueño de la importante agencia de bienes raíces de la ciudad, pero había decidido independizarse y enseñarle a él y a su madre que podía hacer las cosas que quisiera usando su gran intelecto y capacidad de relacionarse con los demás.

Sin más, así era la vida de él, Takanori Matsumoto.

Cruzó la calle para llegar a su complejo de apartamentos. Subió las escaleras lentamente y al girar a la derecha chocó con algo… o mejor dicho, con alguien.

El impacto le hizo caer directamente al suelo. Al parecer, la otra persona venía corriendo como una yegua desbocada y al girar se estrellaron.

Cayó sobre su trasero y sus libros de medicina salieron volando, sus notas y demás apuntes sueltos cayeron al suelo también, regados por doquier. Su morral también cayó, regando sus pertenencias por el suelo.

Se quedó allí, adolorido y entonces le escuchó.

-¿Estás bien? Cuanto lo siento, no te vi – se excusaba el individuo que le había tacleado de aquella manera tan brutal.

-Claro que no estoy bien, bruto –respondió rápidamente mirándole por detrás de aquellas gafas de sol negras y gigantescas para su pequeño rostro.

-Ah, señorita… Discúlpeme, de verdad que no le vi… - intentó arreglar el asunto aquel sujeto.

Parecía un pandillero. Usaba pantalones holgados negros, una camisa de tirantes blanca que dejaba ver sus brazos a la perfección, estaba sudado, su cabello peinado en punta… O bueno, acomodado, peinado no era la palabra que quedara con esos picos adornando su cabeza como si las espinas de un cactus se trataran. Llevaba algo en la cara… ¿Qué demonios era eso? Un pedazo de tela que le hacía lucir ridículo.

Si, seguramente era un pandillero que acababa de robar alguno de aquellos departamentos y él le había atrapado en la huída.

Le examinó de arriba abajo y entonces le escuchó.

-¿Señorita? ¿Cómo que señorita imbécil? – se levantó del suelo frunciendo el ceño. Sus largos y castaños cabellos de movieron de un lado a otro ante aquella acción. Se quitó las gafas para mirarle mejor y unos ojos azules irreales se clavaron en los suyos. –Soy un chico, ¿acaso no puedes verlo? Maldito estúpido – se quejó con un gruñido.

-Ah, disculpe señor gruñón, pero de donde yo vengo los chicos no se ponen gafas de señorita ni usan esos morrales tan afeminados – dijo el “pandillero” en tono ácido, ya molesto por los insultos del otro.

-¿Quién te crees para juzgar mi atuendo? Pandillero de segunda, seguramente estabas robando y por eso ibas tan aprisa, te juro que si algo hace falta en mi apartamento, llamaré a la policía para que te lleven a prisión, donde están los pandilleros como tú – amenazó duramente el castaño, que aunque era varios centímetros más bajo que él, con aquel tono de voz tan grave y acusatorio parecía millones de veces más gigantesco.

-¿Pandillero? Para tu información vine a dejar mis pertenencias porque viviré aquí – le miró frunciendo también el ceño – Mira quién habla de apariencias y juzga primero – recalcó duramente – Con tu permiso señorita, tengo cosas que hacer – Y diciendo aquello, de marchó del lugar dejando al más bajito pasmado en el sitio sin decir nada más.

Bufó molesto y se hincó para recoger sus apuntes y libros del suelo. Maldito tipejo, ¿qué se había creído para decirle eso? Terminó de levantar aquel desastre y se dirigió a su hogar aún molesto. Lo único que le ponía de buenas era que ese día, era jueves. Mañana no tendría que preocuparse más por la escuela hasta el lunes. Se relajaría ese fin de semana.

Llegó a la puerta marcada con el número trece, quedaba justo al lado de las escaleras que llevaban a la azotea y eso le gustaba. Podía subir cuando quisiera a relajarse mirando el cielo como le gustaba hacer sin necesidad de cruzar medio edificio. Además, no era muy visitada que digamos, eso le gustaba también. Cuando quisiera ir estaba seguro que tendría privacidad.

Abrió la puerta y entró. Arrojó su morral y sus libros al sofá color hueso que tenía en la pequeña sala y se dirigió a su habitación. Se dejó caer encima de la cama y se sacó los zapatos y los calcetines, se acomodó perfectamente y miró el reloj.

Las doce treinta y cinco del medio día. Tenía toda la tarde para hacer lo que quisiera. No tenía tarea o investigación alguna, había terminado todo en la universidad y le quedaba pura relajación por delante ese día. ¿Qué hacer? Pensando en un qué, se quedó dormido lentamente.

 

---/---

 

Le había molestando. Mira que un pendejito afeminado viniera a decirle que parecía pandillero… Vale, que quizá su pinta era media rara con esas ropas holgadas y su cabello en puntas y decolorado en rubio y negro pero, ¿acaso eso le daba derecho? No, claro que no. Puede que él no sea la persona más educada o con buenos modales del mundo pero tampoco iba por la vida insultando a los demás. Bueno, quizá a veces pero no de esa manera.

Genial. Eso era sencillamente genial. Su primera día mudándose a unos apartamentos nuevos lejos de su lugar de origen y ya tenía un enemigo en aquel edificio. “El enanito afeminado”, decidió llamarle, aunque también le iba “el enanito afeminado y gruñón”. Se rió al pensar en ello, quizá no volvería a topárselo por aquel edificio, decidió dejar de pensar en eso y cargó su última maleta en su hombro y su preciado bajo en su mano libre.

Caminó por todo el lugar hasta llegar a su apartamento. Miró las escaleras que llevaban a la azotea, le quedaban cerca, quizá iría a echar un vistazo en el transcurso del día, o del fin de semana, aún debía acostumbrarse a aquella ciudad y acomodar sus papeles en la universidad para que le anotaran en las listas como estudiante de intercambio.

Él era inteligente, pero le costaba concentrarse en lo que debía hacer. Con esfuerzos había conseguido la transferencia, jurando y prometiendo que se esforzaría en su carrera, medicina. Vale, él no tenía pinta de doctor, ni se veía trajeado de blanco atendiendo a las personas con amabilidad, pero su mamá sí que le veía de aquella manera.

Y por eso lo hacía. Su madre era la única que tenía esperanzas en él y no iba a fallarle, aunque claro, estaba más que obvio que lo que a él le gustaba era la música. Se podía pasar el día entero tocando su preciado bajo, tan solo acariciando las notas y haciéndolas vibrar… Ah, eso sí que le gustaba. Se vio en la posibilidad de quizá estudiar dos carreras al mismo tiempo pero se dio cuenta que sus nervios no le daban ni siquiera con medicina.

Abrió la puerta de su nuevo hogar, la número doce.

Entró e inspeccionó. Le hacía falta una buena mano de pintura a las paredes, no tenía muchos muebles y lo más probable es que él no tuviera ni ganas ni imaginación para acomodar todo aquello. Probablemente, conociéndose bien, acabaría pegando posters de sus ídolos por todos lados para cubrir la pintura que se caía a pedazos de las paredes y compraría sillones de esos que están rellenos con bolitas de unicel para sentarse.

Entró a su habitación y la miró detenidamente. Su cama, una mesita de noche y un buró era lo único que había allí. Ah, claro, su ropa sucia estaba esparcida por el suelo, cubriendo el azulejo color marrón, apenas había llegado y ya estaba hecho un basurero. Rió un poco por su capacidad de ensuciar todo tan rápido.

Dejó su bajo en la cama acomodado perfectamente, como si de cristal se tratara y él se sentó en el suelo. Miró la pared, necesitaba algunos clavos para colgar su bajo. Necesitaba cinta adhesiva para pegar sus posters, y quizá necesitaría también salir a buscar algo para comer.

Su madre le depositaba el dinero suficiente como para arreglar todo aquello, pero él simplemente no tenía imaginación o “estilo” para poner aquel departamento agradable para recibir a cualquier ser vivo que no fuera él.

Abrió una de sus maletas y tomó un martillo. Lo había empacado porque sabía que iba a necesitarlo, su poca paciencia le llevaba a destruir pequeños frascos de mermelada de moras cuando tenías las manos húmedas o sudadas e incapaces de abrir las tapas tan duras y simplemente martillaba el frasco entero.

Sacó una cajita llena de clavos y comenzó a martillar duramente la pared. Colocaría unos cuatro, cinco quizá, quería que su tesoro más valioso quedara fijo y que no corriera peligro alguno de caer.

 

---/---

 

Se removía en sus cobijas. ¿Qué era ese maldito sonido?

Se detuvo unos instantes y entonces tuvo paz de nuevo, se acomodó nuevamente y cuando estaba a punto de conciliar el sueño otra vez, allí estaba ese insistente y duro sonido.

Bufó molesto. Le había despertado, le había arrebatado la tranquilidad. Se levantó de la cama y con un gesto malhumorado se puso sus pantuflas rápidamente. Miró uno de sus cuadros tambalearse en la pared, seguramente el estúpido y desconsiderado vecino estaba haciendo ese maldito ruido.

Se apresuró a salir y se paró indignado frente a la puerta número doce.

Tocó un par de veces, pero esos martilleos seguramente no dejaban escuchar al individuo que vivía dentro que alguien estaba llamando a la puerta. Cuando ese ruido cesó, decidió intentarlo nuevamente. Hizo su mano un puño y volvió a tocar fuertemente, con insistencia, no se iba a ir de allí hasta hablar con el sujeto que vivía dentro.

Siguió insistentemente hasta que la puerta se abrió, y entonces… Entonces allí lo supo, su jodido vecino… Su jodido y odioso vecino.

 

-¿Tú? – preguntó el castaño haciendo una mueca de desagrado.

Notas finales:

Y eso.

Volví al reituki, merezco aplausos porque extrañaba centrarme en ellos y tal.

Tengo tumblr, alguien tiene? 

http://venomous-cell.tumblr.com/

Y twitter~

https://twitter.com/#!/AddictiveH

 

Y pues eso, quiero sus reviews ♥ Seguiré mis fics, quizá actualicé algunos hoy.. Todo depende de sus reviews, ne? :D

Los adoro! ♥

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