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Heredero de Maldiciones

Notas del capitulo:

últimamente estuve muy ocupado y estresado, problemas personales y examen de universidad, por lo tanto no pude dedicarle tiempo como se debe al fanfic. Apenas pude corregir el borrador, les suplico, si encuentran fallas de ortografía y/o redacción avisarme cuanto antes. Gracias a todas mis lectoras.

Tinta Derramada

Heredero de Maldiciones

Capítulo Tres

—Tinta Derramada—

 

    Dos policías servían de límite entre las personas y los oficiales, empujaban a los que se acercaban demasiado o ladraban órdenes. La escena del crimen era un callejón con dos cuerpos adultos, ambos de sexo masculino. El primero en una macabra imitación de estar sentado contra la pared, la cabeza recaía sobre su pecho y la sangre seca indicaba que pocas horas atrás, del cuello brotaba sangre como si se tratase de una cascada. El segundo cuerpo yacía tendido sobre el suelo empedrado, los espacios entre cada piedra fueron rellenados con la sangre emanada creando meandros de un río rojo.

    Ciel pudo apreciar lo anterior mencionado con un simple vistazo, hechos que lo tenían sin cuidado debido a que en aquel pintoresco escenario, los cuerpos sufrían heridas mortales de imposible causa por manos humanas o armas conocidas, y sorprendiéndolo mucho más que dos hombres como aquellos pudieran ser masacrados de manera tan horripilante. Llamaba especial atención al segundo cuerpo, cuyo pecho fue perforado creando un enorme agujero de al menos seis pulgadas de diámetro.

    Algunos presentes platicaban escuetamente sobre lo ocurrido. Uno aseguraba haber escuchado a un testigo mencionar, mientras rendía declaración, algo sobre el secuestro de un tercer individuo, el otro curioso lo llamó charlatán, y asegurando que era un crimen sobre la mafia de las familias mercantiles, se adentraron en un intenso debate. Sebastian se quedó mirando el retorcido recuadro de la escena con diferente atención a la de Ciel, las pesquisas dejada por el criminal fueron obvias para un ente demoniaco. Al cabo de un rato los policías incitaron a que siguieran su marcha, aun después de estar dentro del carro rumbo a la mansión, Sebastian seguía adentrado en el callejón.

    —¿Sucede algo? —preguntó Ciel cuando el aura de su mayordomo se volvió densa y cargada de misterio al punto de incomodarle.

    —Joven amo, no acostumbra a inquirir en situaciones criminales, ¿puedo saber el motivo de su curiosidad? —se aventuró Sebastian, lo miraba con cruda fijeza.

    —No lo tengo claro, incluso yo sé que es una actitud poco común en mí, pero el callejón me llamaba, necesitaba ir.

    —Si es cierto, entonces puede que el libro tenga algo que ver. No sólo sus vidas están unidas, también sus almas, ahora son uno.

    —¿A dónde quieres llegar? —preguntó Ciel cansado de circunloquios.

    —Los asesinatos fueron obra de un demonio. Se insinúa la existencia del tercer individuo, si es cierto, los secuestros anteriores también fueron causados por el mismo ignoto.

    —Un demonio secuestrando personas en Londres —musitó Ciel, mordiéndose la uña intentando atar cabos a sus pensamientos sueltos.

    —En la dudosa posición de su fortuita curiosidad, debo suponer que este caso está envuelto por el diario.

    —Es posible —dijo Ciel dando por finalizada la conversación y quedando en profundo silencio. Ambos intentaron hallar las piezas del rompecabezas, llegando a la mansión sin progreso alguno más allá de tener la certeza, de que algo grande comenzaba a ceñirse alrededor del libro.

 

    Durante la comida Ciel meditaba el ritual, una vieja área de la mansión, anteriormente habitación de huéspedes, quedó como lugar establecido, mientras él debía escribir sobre el papel, Sebastian se encargaría de dibujar con perfecta precisión el pentagrama. El mayordomo se encontraba con los ojos cerrados, impasible, rellanaba la copa o pasaba utensilios cuando era necesario, sin embargo, esa faceta no engañaba a Ciel, la escena de esa mañana seguía hiriendo aquellos pensamientos, intentaban resolver la desgraciada situación en que se hallaban. Finalmente Ciel se limpió la comisura de la boca con un pañuelo y, levantándose de manera mecánica, indicó a Sebastian que era el momento.

    La habitación estaba en penumbras y las ventanas cerradas impidiendo el paso del aire, como Undertaker no dio ninguna advertencia sobre la hora, simplemente corrieron las cortinas para eliminar el crepúsculo anaranjado. Ciel colocó el diario sobre el tocador, abriéndolo en la última hoja, y siguiendo las instrucciones, arrancó un pedazo; el chirrido que escuchó inmediatamente taladraba su cabeza, rebotando de un lado a otro, estaba por preguntarle a Sebastian el origen del sonido, pero se encontraba inmutable, limitándose a dibujar sobre el suelo. Tardando poco en concluir que el ruido solamente él lo escuchaba. De la hoja rasgada brotaba un líquido rojo, escurría lentamente, como si se tratara de la herida de una salvaje mutilación. Sobre el papel del diario se escribió con letras dolorosas: ‹‹Has arrancado una parte a mí, ahora te toca arrancarte una parte a ti, pide tu deseo y se te cumplirá por el precio justo››. Confundido, se limitó a seguir como si nada, cortándose el dedo, dejando caer la sangre sobre el plumín y escribió su petición. El chirrido volvió a torturarlo en silencio, en la hoja el mismo mensaje se agrandó en brillantes letras de las cuales escurría sangre, la sangre de Ciel. Volvió a mirar a Sebastian asegurándose que no estaba al pendiente, una vez concluido que le faltaba poco para finalizar su tarea, intentó tranquilizarse y pensar en lo que debía hacer. Repasaba el mensaje escrito como si fuera un antiguo acertijo. ¿Qué clase de riquezas terrenales necesitaría un libro? ¿Qué desearía un libro maldito? Tal vez no era escribir sin más lo que Ciel pedía, un pacto es de ambas partes, si uno exige, el otro también. En su mente se quedó refulgiendo la insinuación de automutilación, si el diario exigía una parte de su cuerpo…

    Sus músculos se anudaron en miedo, retorciéndose dolorosamente, la imagen de tener que arrancarse algo de su cuerpo se rayaba con violentos movimientos desesperados, intentando desecharla, imposible que el cuaderno pidiera semejante pago. De entre sus nebulosas ideas confusas germinó la pregunta de hacer el pacto pero no cumplirlo, nadie podía obligarlo a cortarse un brazo o arrancarse el pulmón, ¡eso era! Así de sencillo, pero por si acaso, comenzaría con algo pequeño. Una uña, tal vez, pequeñeces que no echara en falta, tras un breve pensamiento agitado, sacudió la cabeza y al aventurarse más allá de sus miedos, apostó por una parte que no ofendiera al diario, aun no se atrevía a enfurecerlo. Bañó el plumín en sangre fresca, presionó la punta contra el papel dejando una prominente gota roja, y con pulso trémulo comenzó a escribir con onduladas líneas indecisas: ‹‹Llevadme con el bibliotecario a cambio de una costilla mía››. Contempló por un segundo su atrevida hazaña, deseando que pasara algo antes de arrepentirse y hacer hasta lo imposible por cancelar la petición, pero ese pensamiento murió tan pronto como, de su propia letra, nacieron raíces que caminaron por todo el papel. Ciel palpó su pecho buscando indicios de un hueco carnoso, pero todo seguía en su lugar, con todo y eso, el misterio del pago siguió taladrando sus nervios, ¿lo obligarían a arrancársela?

    —¿Ya acabaste el pentagrama? —preguntó a Sebastian intentando alejar sus miedos auto infundados, meras suposiciones que no concebían mérito alguno.

    —Justo ahora —respondió el mayordomo con el semblante endurecido.

    —Comenzaremos ya —ordenó a la par que dejaba el papel en el centro del símbolo.

     En ese corto periodo de tiempo, Sebastian encontró a Ciel perturbado, sentimiento que se marcaba entre sus facciones, ojos agrandados, el gesto de su boca, la tensión de su cuerpo, mismos rasgos de una persona apresada por el miedo ante el inminente peligro. El mayordomo, dejándose llevar por su inteligencia nata, concluyó que todo se debía al ritual y sus posibles consecuencias, él mismo lo sentía. Basado en ese pensamiento, fue la probable respuesta a una sugestión que dio por ignorada; a la espalda de Ciel una sombra macabra enterraba su delgado brazo en el pecho, forcejeaba en el intento de arrancar algo, una costilla.   

    Una deflagración espontánea comenzó a consumir el papel y las líneas de tiza, simulando un camino de pólvora, le siguieron en depravadas llamas negras. El viento tomó fuerza hasta convertirse en un tornado feroz que avivó el fuego en una muralla circular; la negrura se tornó más suave, finalmente el violeta reemplazó el obsceno color. Un amplio vórtice estremecía la habitación en rápidas ráfagas de viento caliente. Sebastian le tendió la mano a su joven amo para ayudarlo a cruzar, sin dejar tiempo a dudas se aventuraron dentro de la temible boca violácea.

 

Las siguientes memorias de Ciel aparecen emborronadas gracias a que, la fuerte presencia demoniaca del inframundo altera mi presencia como narrador, por lo tanto, ruego disculpas ante la desastrosa necesidad de resguardar la sangre del contratista y usar tinta negra, esto con el fin de concentrarme en los hechos sin temor a tergiversarlos y, por consiguiente, evitar mancharme como una obra apócrifa. En base al fuerte enlace de la maldición podré mantenerme en todo momento lúcido y presente, no teman tomar todas y cada una de las palabras que a continuación van a leer como verídicas.

 

    Sus ojos se ajustaron lentamente a la poca iluminación del lugar, su prejuicio le hizo creer que estaban en la biblioteca donde encontró el diario, pero no tardó en darse cuenta de su error, una tras otra las llamas de las velas fueron encendiéndose en una grácil coreografía de ballet. Entre las tristes pinceladas de luz, Ciel armaba el lugar yendo de un lado a otro, pronto las dimensiones se agrandaron de la nada, los estantes atiborrados de libros recorrían varios metros hasta difuminarse en la penumbra. Tal era la impresión de Ciel que no se percató de la ausencia de su mayordomo, así que siguió un camino construido de curiosidad a un destino incierto. Adentrándose en las entrañas de la biblioteca se vio maravillado por el extraño contenido del lugar, desde cartografía fuera de la imaginación de los humanos, hasta libros escritos en idiomas que jamás pisaron el mundo terrenal; manuscritos fechados en ininteligibles datos, al igual que su contenido; por otro lado, los manuscritos que fechaban basados en el calendario cristiano, presumían ser del futuro. Sellos de familias demoniacas, partituras de canciones entonadas con gloriosos instrumentos musicales. Cuanto más alimentaba su curiosidad, más insaciable se volvía. Estaba en un lugar —donde creía él, ningún humano había pisado antes— tan magnífico y maravilloso que no podía dejar pasar la oportunidad de embriagarse con el conocimiento de seres tan poderosos como los celestiales mismos. Y así, deslizándose entre el laberinto de madera y papel, llegó a un cuarto donde colgaban exquisitas pinturas, cada pincelada expresaba la perfección, curiosa manera de verlo, puesto que los cuadros mostraban horribles y despiadados demonios, sus ojos ardientes de maldad observaban a Ciel incitándolo a meterse en el cuadro. ‹‹¿Todos los demonios son así?›› Pensó, ‹‹Puede que Sebastian haya tomado esa forma tan elegante por mí, para no intimidarme››, sin darse cuenta, cada pensamiento nuevo lo conducía al fondo de su corazón, forcejeando la puerta de los sentimientos.

    —Todos los demonios son como están pintados —dijo Sebastian, su porte solemne lo erguía de manera majestuosa, o eso fue lo que notó Ciel.

    —¿Pero cuándo? —Exclamó Ciel pegando un respingo.

    —Hace un rato, parecía estar hundido en sus pensamientos, así que me planté a su lado. Pudo pensar muchas cosas, entre ellas si todos los demonios somos como los está viendo.

    Ciel asintió avergonzado sin atreverse a desmentirlo parcialmente, pues si bien comenzó con ese pensamiento, todo lo demás fue hilvanándose alrededor de sus sentimientos hacia Sebastian. Su corazón dio el primer latido apasionado contra la pared de carne.

    —¿Quieres verme como soy realmente? —preguntó con una expresión de seriedad que Ciel jamás había contemplado. Su rostro comenzó a resquebrajarse, y de las grietas emanaba fumarolas negras, ascendían hasta perderse como pinceladas.

    El segundo latido apasionado.

 

—Fin del capítulo Tres—


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