Heredero de Maldiciones
Capítulo Cinco
—Tinta Apasionada—
Se encontraba tirado en el suelo, la penumbra se disolvía lentamente fuera de sus ojos apenas queriendo irse. A tientas, logró levantarse y usar las manos como ojos, corrió las cortinas de la ventana; la luz lunar bañó todo a su paso, parecía intentar purificar la habitación donde se hizo un pacto profano. Nuevamente Sebastian desapareció de su vista, no estaba ahí. Aprovechando la soledad, Ciel leyó los párrafos de tinta negra, lamentablemente más cutres y tristes. Encontró la parte de los cuadros, sus mejillas se arrebolaron ante la explícita narrativa del diario, aun si quería evitarlo, comenzaba realmente a amar a Sebastian.
La puerta se abrió dejando entrar a un Sebastian finamente vestido, en sus manos sostenía la bandeja del baño.
—Lamento desaparecer, debía encargarme de estar presentable. Preparé todo para su baño, ¿desea hacerlo aquí o en su habitación?
—Aquí está bien, de vez en cuando recibir un baño de luna no hace daño —dijo Ciel comenzando a desvestirse. Su piel brillaba hermosamente.
Sentado en una silla, Sebastian comenzó a tallarlo con minuciosidad, sin dejar una sola parte seca o a medias. Ciel por más que intentaba dejar su mente en blanco y disfrutar del baño, las dudas lo seguían asaltando sin tregua, cosa que, desde la aparición del diario, no dejaba de suceder. El pensamiento de que Sebastian le ocultaba algo divagó hasta desembocar en la habitación de los cuadros. Su mayordomo no era uno común, era un demonio vestido de humano, pero ¿cuándo un sirviente de los Phantomhive fue normal?
Sebastian se detuvo en seco al sentir el tacto de Ciel en su rostro, lo miraba directo a los ojos. La luz de la luna creaba tenues sombras en las delicadas facciones de su amo, semejante a un muñeco de porcelana.
—¿My Lord?
—Lo que sucedió en la biblioteca, antes de que llegara el Bibliotecario… —las mejillas de Ciel se encendieron en rojo, apartó la mirada.
—Le mostré debilidad, me arrepiento de lo ocurrido —se excusó apenado.
—No fue debilidad, la conversación que tuvimos con nuestros cuerpos —Ciel hojeó el libro maldito, —fue especial, tanto que el diario desconoce lo ocurrido, el narrador es ciego a nuestros sentimientos.
—¿Nuestros sentimientos? —la perspicacia de Sebastian se desvaneció, su mente no le permitía elaborar conjetura alguna.
—Nos encontramos en un limbo, está el diario diciendo que nos amamos, y yo no tenía ese sentimiento, pero, ¿no crees que sería una injusticia si estuviéramos metidos en este lío aun sin ser culpables? —La mirada de Ciel se perdió al otro lado de la ventana.
—¿Insinúa que la existencia del diario es un error? —Una punzada dolorosa.
—No, esa sensación sigue dentro de mí, queriendo salir y no lo permito… necesito ayuda —Ciel lo miró nuevamente, ahora con ojos vibrantes de cariño.
Una chispa destelló en el interior de Sebastian, una sonrisa bordeó sus labios y, levantándose, miró a Ciel desde arriba. Lento, se acercó al rostro de su amo, tan cerca que las respiraciones de cada uno se encontraban y danzaban instantes antes de esfumarse. Los labios se encontraron, sintieron, abrazaron. La llave al entendimiento del otro cumplió su función, las dudas se despejaron en la mente de Ciel. Finalmente los labios polarizados se separaron de mala gana.
Ciel, escuchaba los latidos de su corazón, tan fuertes, como si lo tuviera al lado del oído. Se detuvo a pensar sobre la existencia del diario, ¿es una maldición o una bendición? Sebastian seguía mirándolo con intensidad, sus ojos carmesí refulgían en pasión.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Ciel con preocupación.
—Mejor que nunca, joven amo —respondió cerrando los ojos, su sonrisa esbozaba trazos de ansiedad. Ajustó la corbata y el saco más de lo debido.
—Creo que hemos acabado —dijo avergonzado, rápidamente cubrió su piel desnuda con ropa limpia. —En cuanto puedas te veo en mi habitación.
—Es repentino, pero si son sus deseos —comentó jocoso.
—Es sobre la biblioteca, no sé qué te ronda por la cabeza —acotó Ciel, y sin agregar nada, salió de la habitación. Sus pasos se resonaron en el corredor hasta apagarse a lo lejos.
Adentrada la noche Ciel contestaba sus preguntas en silencio. ‹‹¿Cuánto tiempo estuvimos en la biblioteca?››, luego se convencía de la respuesta, ‹‹Unas cuantas horas, seguramente››, y así seguía, cuando no hallaba respuesta pasaba a otra. ‹‹¿Podré romper la maldición?››, nada. Probó con otra, ‹‹¿Qué es el diario?››, su mente quedó en blanco. Desalentado, miró por la ventana al cielo nubarrón, que a pesar de la reinante oscuridad, el lúgubre color gris podía diferenciarse sin mucha dificultad. Pequeños relampagueos nacían brillantes y espontáneos de la espesa capa. Todo lo que Ciel sentía y pensaba era reflejado a través de la tormenta vecina.
Cerró los ojos y en su mente comenzó a reconstruir los pasillos, las edificaciones se alzaban como recuerdos borrosos faltantes de partes, terminando en vestigios de lo que realmente eran. Deseó tener una mejor memoria.
—Joven amo—dijo Sebastian, interrumpiendo los dañados recuerdos de Ciel, quien pegó un respingo y tardó en regresar al mundo real. —¿Lo asusté?
—No, yo solo… —pretendía dar una explicación, pero finalmente desistió esfuerzos y agregó desanimado: —nada.
Sin convencerse del todo, Sebastian le permitió divagar en esa ocasión, restándole importancia al comenzar con las explicaciones. Dos sendos libros cayeron al escritorio, ambos ya reconocidos fácilmente como diarios malditos.
—Sebastian… —apenas articuló Ciel atónito. La impresión lo despegó de la silla.
—Mientras usted interactuaba con el Bibliotecario yo me tomé la molestia de pedir prestados estos diarios —explicó Sebastian complacido al enseñar los resultados del viaje.
—Por eso mantuviste el perfil bajo, cuando leí el diario hablaba solamente sobre mí, de eso se trató el último capítulo, pero realmente pretendías restarle importancia a tus acciones para robar. —Los cabos se ataban en su mente con un fuerte tirón, como fichas cayendo una tras otra. —Lo hiciste cuando interrogaba al Bibliotecario, no me di cuenta en el momento, pero al leer esa parte mencionaba que hojeabas los diarios.
—Intentaba localizar los que mejor nos sirvieran, ambos diarios narran sobre cómo los protagonistas casi rompen la maldición.
Un diario color verde con el símbolo de contratista en la portada, opaco y no brillaba como el suyo, tenía escrito ‹‹Corte Apasionado›› como título de la obra. Se cuestionó sobre la vida del libro y en qué afectaba. El segundo diario dejaba vestigios de una vertiginosa vida, en su portada color azul cobalto mostraba varias cicatrices y cortes, fue sin duda el que Ciel deseaba leer primero. El título ‹‹Amanecer Sangrante›› causaba hambre en su curiosidad. Sebastian notó el interés de su amo, hojeó el libro indicando partes importantes, párrafos para resaltar y comentarios útiles.
—Amanda hizo grandes progresos al descubrir detalles importantes, fue estudiante de médico. Para asegurarse de no morir desangrada creó a lo que ella bautizó con el nombre de ‹‹Sangre Sódica››, gracias a que el proceso es químico podemos pedirle ayuda a la Bruja Verde. —Dando por terminado esa parte, hojeó rápidamente más adelante, una vez se detuvo, apuntó con el dedo a otro párrafo. —Aquí Amanda entendió el comportamiento del diario y comenzó el proceso para romper la maldición. Al parecer su diario ponía como condición ser alimentado con cuerpos humanos. Amanda pensó que al tener acceso a las morgues, podía arreglárselas para darle cadáveres, pero el diario los rechazaba, sólo devoraba cuerpos frescos.
Sebastian metió su mano dentro del saco y extrajo papeles arrugados, los extendió sobre el escritorio. Reunirlos todos no debió ser tarea sencilla, Ciel comprendió lo comprometido que estaba Sebastian sobre salir del hoyo donde estaban metidos.
—Son artículos a comienzos de mil ochocientos del British Newspaper, se menciona una serie de asesinatos, nunca encontraron al culpable. Lo curioso fue que atacaba únicamente villas pequeñas. En Castle Combe, Wiltshire, encontraron a una mujer descuartizada. Una semana después, en Amberley, West Sussex, hallaron a un campesino en el pantano, su cuerpo estaba en tan avanzada descomposición que sólo su mujer pudo reconocerlo, todo debido a una marca de nacimiento en la ingle. —Sebastian hojeó el diario y tomó un pedazo del artículo suelto, lo colocó al lado del libro a modo de comparativa. —En el diario se describe cuando el demonio de Amanda comete un asesinato en el castillo de Lamberhurst, Kent. El dibujo anexado a la nota no debe ser tomado como fidedigno, pero la descripción de la escena es igual.
—Sebastian, claramente Amanda junto con su demonio cometieron todos estos crímenes, no es necesario el uso de una comparativa.
—Sigue sin entenderme, joven amo, ¿recuerda el artículo de esta mañana, y la escena del crimen saliendo de la funeraria de Undertaker?
Cierto, a Ciel se le olvidó por completo aquellos hechos. Se recargó en el escritorio.
—Mostró un extraño interés en la escena del crimen, me atrevo a decir que se debe a las acciones de otro contratista. Probablemente encontró la manera de anular la maldición y quiere completar los requisitos —propuso Sebastian.
—¿Cuántas posibilidades hay de que la misma situación se repitan en menos de sesenta años, en la misma parte del mundo, y con las mismas estipulaciones de la maldición?
—Pocas, pero no imposible, es importante tomar en cuenta todos los hechos que nos den indicios sobre la anulación de la maldición.
—Propones indagar en las desapariciones, y que de alguna forma descubramos cómo librarnos del libro —dijo Ciel cruzado de brazos.
—No es una idea muy de mi agrado, pero me tranquiliza saber que no morirá desangrado —reconoció Sebastian. —Además, estoy al tanto sobre su interés en los casos.
—Bien, envíale un telegrama a la reina —dijo Ciel después de meditar la situación, no podía contra los argumentos del mayordomo, —con un poco de suerte nos asigna el caso.
—Yes, My Lord. Recomiendo leer ambos diarios —salió de la habitación dispuesto a cumplir los deseos de su amo.
Las ansias de leer el diario azul desapareció cuando Sebastian explicó parte de su contenido, por otra parte, el verde seguía siendo un misterio, si fue elegido por la sabia mano de su amado realmente sería útil. Así pues, tomando asiento y a la tenue luz de las velas, Ciel comenzó a leer, adentrándose en una historia parecida a la suya.
Las horas transcurrieron y los enrojecidos ojos de Ciel comenzaron a arderle. Cerró el libro y encaminó a su cómoda cama, nunca antes pareció tan atractiva. Al borde del sueño, la puerta de su habitación se abrió, la luz del pasillo espantó la brumosa oscuridad creando una degradación fantasiosa. La figura de Sebastian se acercó hasta la cama.
—He cumplido con su orden, la respuesta llegará antes de que despierte por la mañana, y la bruja verde ya trabaja en la sangre.
—Buen trabajo, Sebastian —murmuró Ciel, escondido entre sus sábanas.
—¿Le molesta si me quedo con usted esta noche?
—Los demonios no duermen.
—Seré su guardián nocturno.
Y durante esa noche, niño y demonio compartieron la habitación.
—Fin del Capítulo Cinco—