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Heredero de Maldiciones

Tinta Misteriosa

Heredero de Maldiciones

Capítulo Seis

—Tinta Misteriosa—

 

    —Joven amo, es hora de levantarse —escuchó Ciel desde las profundidades del sueño, parecían abrirse paso entre sustancias acuosas, la voz era distorsionada hasta volverse irreconocible. —Joven amo —repitió la extraña voz. Lentamente fue sacado del sueño donde yacía enterrado.

    Sus ojos se abrieron sin ser lastimados debido al cambio de iluminación, en la habitación apenas oscilaban pequeños rastros de luz provenientes de las velas.

    —¿Qué hora es? —preguntó Ciel extrañado por la incongruencia entre las luces.

    —Las ocho de la mañana —respondió Sebastian, presto a realizar el cambio de ropa.

    —¿Las ocho? Parece media tarde —comentó luego de bostezar.

    —Se debe a la tormenta que se aproxima, intenté despertarlo como siempre, abriendo las cortinas y permitir que los rayos solares le dieran un cálido despertar. Me fue imposible —dijo colocando la ropa de dormir en la cama.

    Mientras Ciel dejaba vestirse, miró a través de la ventana; las nubes grises ahora rozaban una aterradora negrura. Su aspecto esponjoso se transformó a una fachada tan cargada, que sorprendentemente no se precipitaba contra el suelo.

    —¿Recibiste respuesta de la reina?

    —Hace un par de horas, vino en persona un investigador —respondió Sebastian abotonando el último botón de la camisa.

    —Ha estado esperando por mí desde la noche —refunfuñó para su mayordomo.

    —Me pidió que no le despertara, con gusto esperaría, mencionó algo sobre que la estación de policía era un caos y nunca vio mansión tan elegante para descansar —ató los cordones de los zapatos.

    —Entonces no debe esperar más, llévame con él.

    —Yes, my lord —dijo Sebastian colocando el parche en el ojo de Ciel.

 

    De las tantas salas en la mansión Phantomhive, algunas albergaban hermosas chimeneas, una de ellas se encontraba encendida con un ligero crepitar. Arrellanado en un sillón, leía plácido lo que aparentaba ser el investigador mencionado por Sebastian. Ciel alcanzó a leer el título de la obra antes de que desapareciera dando paso al lejano saludo, ‹‹Memorias del Doctor John H. Watson››, citaba. Sebastian se retiró en busca de té y aperitivos.

    —Lo que decía el documento era cierto, el perro guardián de la reina es un niño —el investigador sonrió, burlesco, luego guardó el libro en su maletín cambiándolo por un dossier de carpetas. Las colocó sobre la mesa adormentada con figuras de porcelana. —Soy el investigador Lestrade —dijo áspero.

    —Ciel Phantomhive. Dispense la demora —correspondió ignorando el primer comentario de su invitado. Irritaba, pero debía actuar como la cabeza de familia que era.

    —No se preocupe, me hacía falta un descanso —hizo un gesto con la mano para restarle importancia. —Verá, exclusivamente estoy aquí por orden de la reina, no me agrada la idea de que un niño con el título de conde se inmiscuya entre mis asuntos. Los casos de desapariciones han sido un enorme misterio, tanto así que ni mi consultor pudo resolverlos. Te digo todo esto con el fin de formular una simple pregunta: ¿Para qué quieres el caso? —la mirada gélida y penetrante de Lestrade se clavó en Ciel.

    —Asuntos personales —respondió después de una pausa.

    El investigador rompió en carcajadas, incrédulo de la respuesta obtenida. Para ese momento Sebastian había regresado, sosteniendo hábilmente la bandeja con una mano y sirviendo té con la restante, colocó un plato de galletas en la mesa. Al final retomó su lugar al lado de Ciel con bandeja en mano. Lestrade agradeció y bebió del menjurje.

    —Creo que no ha entendido, si quiere jugar al investigador hágalo buscando gatos, no en casos oficiales de la policía. Responda la pregunta una sola vez más, si la respuesta es igual de insatisfactoria, me importará poco que sea recomendado de la reina, recogeré mis cosas y me iré. —Tomó una galleta del plato para remojarla en el té y llevársela a la boca.

    —La serie de secuestros pueden ser causados por dos individuos, los cuales son de vital importancia para un asunto personal, por lo tanto, ruego disculpas si no complazco su curiosidad, pero tenga en cuenta esto, la reina no aceptó darme el caso por capricho, su majestad sabe de lo que es capaz el linaje Phantomhive. No es el primer misterio que resolveríamos y mucho menos el último, deposite entera confianza en nuestras manos.

    Lestrade no apartó la mirada ni un segundo de Ciel, como si intentara analizar hasta el más mínimo movimiento muscular. Apresuró su bebida, al acabarla dejó la taza en un lugar donde no molestara y luego abrió dos carpetas.

    —Estos archivos son de los dos primeros casos, mi consultor cree que están enlazados. No tengo ni remota idea de cómo, pero logró seguir absurdas pesquisas que eran lógicas únicamente para él, de esa forma armó un caso sólido, al menos hasta las dos últimas escenas de crimen. La desaparición de la doctora Kefler —Lestrade señaló un dibujo a lápiz  en la hoja del archivo. —Y el secuestro del mercader Meller, dejando en consecuencia el asesinato de sus dos empleados. —Señaló a otros dos dibujos de diferentes archivos, se describía la misma escena vista en la mañana del día anterior.  —Mi consultor al final se dirigió a un callejón sin salida y abandonó el caso.

    Ciel había escuchado atentamente cada palabra del investigador, dividiendo su atención entre mirar los dibujos y leer pequeños párrafos del documento.

    —Me gustaría que me dejara todos estos archivos, serán importantes en mi investigación —dijo Ciel sin despegar la mirada de un informe forense. Lestrade aceptó la petición. —Otra cosa, ¿podrá proporcionarme archivos de asesinatos cometidos en las pequeñas villas de Inglaterra a comienzos de mil ochocientos?

    —Lo lamento, —negó con la cabeza —la estación de Scotland Yard comenzó a operar en 1827, y las estaciones encargadas de casos de 1780 a 1815 fueron cerradas y sus papeles, bien fueron perdidos, o los quemaron.

    —Una verdadera lástima —dijo Ciel sin emoción, supuso la negativa del investigador.

    —Otra cosa, no esperará que le dé el caso como si nada, hasta que un superior me releve de mi cargo, soy el jefe de investigación, por lo tanto tendrá que escribir informes y anunciar hallazgos importantes a la policía.

    —Es totalmente entendible.

    La molestia era inevitable, un investigador como Lestrade nunca dejaría su caso en manos de un tercero sin supervisión oficial. Lo difícil llegaba al momento de dar explicaciones sobrenaturales, claramente su consultor no pudo resolver la serie de desapariciones, no es nada que un humano común sin contacto demoniaco o, como mínimo, abierto a temas sobrenaturales pudiera comprender, aun con todo, Ciel se sorprendió al saber de lo que un simple consultor pudo hilvanar del caso sin un demonio. Por otra parte, Lestrade parecía el típico investigador escéptico pedante en busca de subir escalones en la jerarquía policiaca, cerrado totalmente a ideas como: ‹‹El culpable es un demonio por encargo de su contratista››. Llegado el momento, Ciel encontraría la manera de tergiversar los documentos para ofrecer resultados aceptables.

    Lestrade terminó de comer una galleta, se limpió las migajas de su poblado bigote y se levantó con maletín en mano.

    —Se le enviará un telegrama anunciando el lugar y la hora de la escena del crimen, es importante que llegue rápido, los encargados de la morgue parecen aves de rapiña.

    —Insinúa la aparición de nuevos cadáveres.

    —Si algo he aprendido en mi carrera como investigador, es que una vez probada la sensación del homicidio, se vuelve una adicción. —Con eso dicho, Sebastian acompañó al investigador hasta su carro. Ciel se quedó observándolos desde una ventana con vista al camino principal, pensando en si lo que dijo Lestrade aplicaba también en los demonios.

 

    Los documentos se esparcían por el suelo de la sala, la pequeña mesa de té no fue suficiente y Ciel se rehusó a cambiarlos de sitio. Sebastian intentó convencerlo alegando que sería tedioso dar explicaciones a los demás, y Ciel haciendo caso omiso, pidió más té. En una ocasión apareció Finnian cargando un tronco de árbol sobre su hombro, aparentemente arrancado de raíz, quiso curiosear entre los papeles, pero Sebastian se apresuró a sacarlo diciendo que, si quería mover un árbol al patio trasero, lo hiciera rodeando la mansión; Finnian se excusó diciendo que era más rápido ir en línea recta. Al final, con un chichón en la cabeza, tuvo que limpiar la tierra del suelo.

 

    Al caer la noche, amo y mayordomo habían leído casi por completo todos los archivos; anotaron, subrayaron, separaron y guardaron la información más relevante, entre ellas, el resultado forense de la morgue. Los dibujos del cuerpo humano, señalando y describiendo las heridas, no se comparaban con la escena grabada en la mente de Ciel. 

    En un momento el dibujo y las letras se tornaron borrosos, su cuerpo se entumió y, como si estar dentro de otra persona se tratara, perdió total control de sus sentidos y sensaciones. Lo último que vio antes de desplomarse sobre el suelo y la bruma negra lo arrancara de la conciencia, fue a Sebastian apresurándose con expresión preocupada, sus palabras salieron inentendibles.

 

    Despertó en la cama cubierto con una delgada sábana y su pijama puesta. Sentía el cuerpo cortado, acompañado de un tenue dolor de cabeza, una debilidad se apoderó de él.

    —Es mejor que no se mueva, joven amo, tiene fiebre —dijo Sebastian exprimiendo un trapo húmedo, luego lo colocó en la frente de Ciel.

    —¿Qué ha pasado?

    —Debe estar cansado por el trabajo de hoy, pasamos prácticamente todo el día metidos en el caso, no tomó descansos salvo para comer he ir al baño.

    —Es mentira, pasé por cosas peores, ahora vienes diciendo que leer y escribir me dejaron postrado en cama. No me jodas Sebastian —exclamó. Tiró el trapo al suelo y, sentándose al borde, colocó su calzado dispuesto a retomar la investigación. Tras dar un par de pasos, las piernas fallaron y fue necesaria la intervención de Sebastian para evitar así, un accidente.

    En aquellos fuertes brazos Ciel se sentía protegido, y después de sentir su caliente respiración, aceptó quedarse acostando con la condición de seguir repasando unos expedientes faltantes.

    —¿Cree que deberíamos estar en Londres? —preguntó Sebastian. Ciel se encontraba traspasando apuntes a una pequeña libreta.

    —Lo dices para responder rápido ante la siguiente escena, ¿cierto?

    Sebastian asintió.

    —Debemos apresurarnos, soy el único capaz de seguirle el rastro al ignoto, y si la escena se ve contaminada por presencia humana sólo me retrasará.

    —Me parece una buena idea —siguió escribiendo en la libreta.

    —Partiremos cuando se sienta mejor, tendré preparado el equipaje y el hospedaje, ya le avisaremos al investigador Lestrade una vez estemos acomodados. Con su permiso, iré por la cena, debe recuperar fuerza.

    —Antes, pásame el diario verde, por favor.

    —Es curioso, creí que le había llamado más la atención el diario azul —dijo Sebastian cumpliendo la petición de su amo.

    —Y así era, hasta que arruinaste su contenido —contestó con falso enojo.

    —Pido disculpas. ¿Le parece interesante el contenido?

    —Mucho, sabes escoger buenos libros, además da muchos consejos, claro, cuando sabes traducir la narrativa a un escrito sin narrador.

    —Siempre tan culto —se burló Sebastian, hizo una reverencia y salió de la habitación.

    —Cállate —musitó Ciel, sintiéndose desolado sin su amado.

    El apetito de Ciel no complació a Sebastian, apenas probó bocado, y adentrada la noche no había mejora a pesar de ser medicado correctamente contra la fiebre. La preocupación comenzaba a agravarse en el mayordomo, que estando al lado de su amo, veía cómo empeoraba sin ser capaz de ayudarlo.

    —Fin de Capítulo Seis—

Notas finales:

Gracias por leer y no olviden comentar. Es importante saber sus opiniones.


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