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Heredero de Maldiciones

Notas del capitulo:

Pido disculpas por publicar un borrador en lugar del capítulo terminado. Una vez tenga tiempo corregiré todos los errores de redacción. Gracias por leerme. No olviden comentar.

Tinta Caprichosa

Heredero de Maldiciones

Capítulo Siete

—Tinta Caprichosa—

 

    Durante la noche Ciel despertaba del sueño entre gemidos dolorosos. Su cuerpo cortado por la fiebre y el mareo apenas lograban conciliarlo entre las sábanas húmedas de sudor. Sebastian lo atendía con especial minuciosidad. Le daba de beber para mantenerlo hidratado, y lo alimentaba con pequeñas porciones de fruta. A unas horas de que despuntara el alba, Sebastian quitaba la cáscara de una naranja, tomándose por fin un descanso de la letárgica noche, que a pesar de ser un demonio, la preocupación recayó en sus hombros hasta reducirlo en cansancio.

    —No entiendo lo que sucede, Sebastian —dijo Ciel levantándose de nuevo. El sudor escurría por todo su cuerpo, y bajo sus ojos, las ojeras comenzaron a pintarse en matices claros. Sebastian se acercó para cambiarle el pijama.

    —Como se lo he dicho antes, joven amo, se excedió en el trabajo de investigación, estará mejor en la mañana.

    Sebastian terminó de abotonar la camisa, Ciel lo tomó de la muñeca pretendiendo ejercer fuerza, logrando una pobre imitación de apretón.

    —Me estás subestimando, esto no es natural. Mírame a los ojos y respóndeme con sinceridad, ¿me veo mejor? —dijo con voz ferviente.

    Los ojos del mayordomo se deslizaron por el niño, notaron su difícil respiración, su cuerpo cansado, la mirada enferma.

    —No —respondió con aplomo.

    —La mañana es en un par de horas. ¡No vengas a decirme que estaré mejor para ese entonces! —Ciel se dejó caer sobre las sábanas entre quejidos angustiosos.

    Sebastian lo ayudó a recostarse, le ofreció la naranja y después de ser rechazada, añadió la importancia de consumir cítricos durante la enfermedad. Sebastian regresó a su puesto de guardia meditando en las palabras de Ciel, era cierto todo lo que dijo, pasaron por cosas peores, entre ellas cuando Ciel se encerró a sí mismo y tuvo que estar al filo de devorarlo. Sentarse a realizar el trabajo de un investigador era nada, algo no estaba bien. Posó su mirada en la mesa de noche donde descansaban los documentos, al lado, los tres libros malditos se apilaban uno sobre otro. Sebastian se acomodó el traje, luego carraspeó.

    —Joven amo, si me disculpa, debo salir por unos minutos.

    El extraño comportamiento del mayordomo llamó la atención de Ciel, pero culpando a su estado de enfermedad, asintió sin darle vueltas al asunto. Con el cansancio y el dolor compartiendo un solo cuerpo, Ciel no pudo conciliar el sueño. La habitación generaba la misma sensación que la biblioteca, y como lo había hecho antes, cerró los ojos para volver a reconstruir con fragmentos de memorias; al final fue capaz de revivir el último momento antes de adentrarse en la batuta de los condenados. Las palabras del Bibliotecario se incrustaron en su mente despertando el interés perdido gracias al caso del secuestrador. Con esfuerzo, alcanzó el plumín y lo remojó en sangre, listo para escribir. Se detuvo antes de presionar la punta contra la hoja, ¿Qué iba a escribir? ¿Qué deseaba? Después de una breve pausa para despejar su agitada mente, comenzó a escribir. ‹‹¿Cómo rompo la maldición?››, el resultado fue inmediato, la tinta se escurrió dejando un camino acuoso. Claro, algo tan directo como eso sería muy sencillo. La cabeza de Ciel le dolía y no deseaba pensar en los cientos de fallos y trucos que el diario tendría para evitar dar una respuesta precisa y fructuosa. Al final escribió: ‹‹Quiero escucharte a cambio de mi dedo índice››, la vaga petición no molestó a Ciel, aceptaría cualquier maña mientras se respetara su intención.

    La letra roja brilló, y después de plasmarse en el papel, una voz aulló en la cabeza de Ciel, profunda y recia, como un enorme hueco del cual provenía la voz compuesta por ecos.

    —Te escucho, heredero maldito.

    La piel de Ciel se erizó y su mente quedó en blanco, un miedo profanó su cuerpo helando la sangre. Los síntomas de la enfermedad desaparecieron en un chasquido, dejando el tiempo en un bucle de horror.

    —¿E-Eres el diario? —preguntó con el corazón en la garganta. Pasaron segundos que parecieron horas, ninguna respuesta resonó en el interior. Catalogando su pregunta como estúpida, formuló otra. —¿Cómo puedo romper la maldición?

    —El amor prohibido merece castigo… —hablaba letárgico, igual a un fumador endurecido por los años, —debes sufrir, heredero, la maldición se romperá sólo cuando tu dolor supere el amor que  sientes por el demonio.

    Entrando en estupor, su mente dio mil vueltas para encontrar sentido a la declaración del diario. Las preguntas se apretujaron en el interior del cráneo, aparecían una tras otra.    

    —¿De qué manera debo sufrir? —preguntó con voz temblorosa, cohibido por el miedo.

    —Por tu propia mano, y por la razón correcta.

    —Explícate. —Un largo silencio se expandió por la habitación, interrumpido espasmódicamente por los fuertes latidos de Ciel.

    Comprendió que el diario no lo ayudaría a romper la maldición, un ato considerado como suicidio, y como ser vivo, tiene el instinto de auto conservación. Aceptando ese hecho, se resignó y respiró profundo para calmar las ansias. En ese momento notó que su cuerpo temblaba, el sudor frío escurría por su piel empapando el pijama.

    Estaba por llamar a Sebastian, pero cerró la boca tan rápido como la abrió, la sensación de mantener oculto sus actos punzaba en su interior junto con la culpa. En un punto llegó a pensar que el diario lo apresaba en silencio, alejando al corderito del pastor. Se recostó con el sudor envolviéndolo en frío y se relajó. Sin el apoyo del diario sólo quedaba el caso del secuestrador, si Sebastian aseguraba encontrar pistas en todo eso, seguro iban por buen camino, además, el silencio del diario no significaba que negara la ayuda, el extraño interés de Ciel por el caso, sin duda era culpa del diario, un aviso en código.

    Decidió no dejarse morir en cama, enfocando toda su fuerza restante en hallar una solución que desenlazara en algo positivo.

    —¿Sigues ahí? —pensó, hablar en voz alta como antes era insensato. Relacionó el silencio con una respuesta afirmativa. —No quiero ser una carga para Sebastian, ayudaré en el caso lo más que pueda, pero sin las habilidades necesarias no podré seguir el rastro necesario. Quiero tener las intuiciones de un investigador. —Esperó, creyendo que sus palabras fueron en vano.

    —Todo contrato se escribe en papel, y todo contrato tiene un precio —el susurro agrio golpeó a Ciel erizando los cabellos de la nuca.

    Durante sus acciones de agarrar el libro, el plumín, y remojarlo en sangre, su mente divagaba en lo que deseaba perder. ‹‹Dame las intuiciones de un investigador capaz de seguir el rastro demoniaco, a cambio te ofrezco mi apéndice››. Al terminar de escribir observó su letra, tan terrorífica en significado. La hoja devoró la sangre.

    No sintió cambios aparentes, observó sus manos, se palpó el cuerpo y no encontró nada que justificara el resultado del contrato. Antes de recriminarle al diario, a su nariz llegó un dulce aroma, nuevo para él, y sus oídos escucharon pasos apresurados por el corredor, acercándose cada vez más.

    Sebastian se asomó por el marco de la puerta con el traje levemente desacomodado; en sus manos sostenía una jeringa médica y un frasco de cristal, adentro rebosaba una sustancia translúcida.

    —Gracias por esperarme, joven amo, al final descubrí el motivo de su… —interrumpió su explicación al ver el rostro de Ciel, contraído en desorientación. —¿Se encuentra bien?

    —¿Ah? —frente a él, Sebastian emanaba aura negra, su dulce aroma lo atraía y casi podía saborearlo a esa distancia. Todo lo que tocaba permanecía con su esencia, la jeringa, el frasco, hasta sus ropas impregnaban el olor de Sebastian. Sentía ser un perro siguiendo las pistas de la presa.

    —Mírese, está bañado en sudor y apenas entiende lo que digo. Espero que no haya perdido la suficiente sangre para afectarle la cabeza. Al ver el diario entendí todo, han pasado tres días desde la maldición, su cuerpo pequeño contiene menos sangre que un hombre adulto, por lo tanto, la proporción de sangre necesaria para desatar los efectos del desangramiento es de… —Sebastian abandonó todo intento de explicación cuando vio a Ciel ido, sólo lo miraba embelesado. —Fui con la Bruja Verde y apresuré la ‹‹Sangre Sódica››, resulta que la había terminado en un par de horas, pero decidió por las buenas mejorarla con sus amplios conocimientos, el resultado fue este prototipo. Cuando estés recuperado entro en detalles.

    Recostó a Ciel en la cama con cuidado, introdujo la jeringa en el frasco y extrajo la sustancia. En un rápido movimiento enterró la aguja en el pecho de Ciel, inyectando justo en el corazón.

    —¡Maldito! ¿Qué demonios haces? —exclamó Ciel devuelto a la vida.

    —Mis disculpas, pero la Bruja dijo que este era el método más efectivo para reanimarlo.

    —No soy un puerco con el que puedes experimentar con prototipos.

    —Veo que puso atención —dijo Sebastian aliviado.

    —Claro que puse atención. —Ciel seguía viendo el aura de Sebastian, y después de la inyección sus sentidos se agudizaron.

    Ambos quedaron en silencio. Ciel notaba una constante sensación emanante de Sebastian, era como si pudiera sentirlo, estar unido a él.

    Sentía culpa.

    —No es tu culpa. No es culpa de nadie.

    Sebastian lo miró sorprendido.

    —Joven amo… —no se atrevía a mostrar debilidad, no otra vez. —Debí darme cuenta antes, pero el diario se me olvidó por completo, aun cuando es el motivo de todo lo que hacemos. Es algo tan lamentable de mi parte.

    —Los dos no caímos en cuenta.

    —Estaba delirando hasta hace unos minutos, no era capaz de formular una…

    —¡Siempre subestimándome, Sebastian! —gritó. —Cuando estemos en medio del caso y debamos trabajar en equipo, seré una carga, ¿no es así? Solo serviré para que me cuides.

    —No es lo que quise decir…

    —También soy capaz de ayudar, soy capaz de leerte justo en este momento, sé lo que deseas. —Ciel se levantó de la cama y avanzó hacia Sebastian con pasos decididos. Plantándose frente a él, tiró de la corbata para ponerlo a su altura y dijo: —Me deseas a mí.

    Ciel no pudo contenerse más, el sabor de Sebastian embargaba su boca, el olor inundaba su olfato, cada sensación lo atraía, y sus nuevas virtudes le indicaban a gritos que Sebastian también deseaba lo mismo: Hacerse uno.

    El beso se alargó, devorándose con pasión asfixiante. Sus cuerpos se buscaban. Las ropas fueron esparcidas por el suelo, Sebastian ya sostenía en su mano el pene de Ciel, estimulándolo. Cada desliz por las pieles provocaba un gemido de placer. Sebastian moría por devorarlo, usar su boca para dominarlo.

    —Cómeme, Sebastian, es una orden —dijo Ciel excitado.

    —¡Yes, my lord!  —La sonrisa macabra del mayordomo rompió el sello que contenía el apetito sexual de la bestia.

    Sebastian introdujo el miembro de Ciel en su boca, y jugueteó con él usando la lengua. La punta salada, luego toda la carne. La cabeza de Sebastian iba de arriba hacia abajo con fuerza, en su lengua podía sentir las pulsaciones. Ciel empujó más adentro en la boca de Sebastian, quien complacido con su trabajo, recibió gustoso el disparo lechoso. Tragó no sin antes saborearlo un instante. Pasando la lengua por los labios, recorrió el contorno de su sonrisa. Ciel yacía acostado con inmenso placer, con su respiración recuperando la normalidad. Permanecieron juntos, de vez en cuando un beso, una caricia, pero nunca un susurro meloso o alguna palabra romántica; no necesitaban hablar para comunicarse lo que sentían, solo sus acciones e interpretaciones de la realidad.

    —¿Ya te sientes mejor? —preguntó Sebastian mientras acomodaba sus prendas.

    —Mucho mejor —respondió Ciel enrollado en las sábanas.

    —Y apenas está amaneciendo —dijo señalando al reloj.

    —Tonto, mientras las nubes de tormenta sigan sobre la mansión, nunca amanecerá —la sonrisa burlona de Ciel alegró el corazón de Sebastian, disipando el sentimiento de culpa.

    —Fin del capítulo Siete—


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