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4 de septiembre: relato de una muerte silenciosa

Acto 1

En un gran salón esperaba pacientemente el jefe de la organización delictiva más famosa pero a la vez desconocida de toda Rusia. 

 

Las grandes puertas se abrieron dejando entrar al hombre quien necesitaba con urgencia de los servicios de "apoyo" que ofrecían. 

 

Este hombre de aparentes veinte años entró, intentando no despegar la vista del suelo. Otros dos hombres, empleados de aquel sujeto detrás del escritorio de caoba  lo acompañaban. 

 

— ¿Qué quieres? — 

 

Pregunto el hombre pelirrojo sin prestar mucha atención al joven de mirada baja que había ido en su búsqueda. 

 

— Necesito un préstamo... — 

 

Este hombre hablo claro y sin titubeos; El pelirrojo solo lo observo y lo invito a tomar asiento frente a él.

 

— ¿Cómo llegaste aquí? No te había visto antes. — 

 

— ya lo dije, necesito un préstamo pero ningún banco y ni mi familia me lo quisieron dar. Eso me orillo a buscar por mi cuenta otras opciones. — temeroso habló al estar siendo vigilado por varios sujetos con grandes armas listas para disparar de ser necesario. 

 

— Ya veo, ya veo... — murmurando respondió — ¿Cuánto quieres? 

 

Aquel sujeto de cabellos tintados de un tono azul marino respiro profundo antes de responder. — necesito $30,000. — 

 

— Muy bien. — dijo y prosiguió a hacer el cheque. — tienes un mes para liquidarme o una semana para dar tu primer pago, conociendo tu rostro es más que suficiente para conocer a tu familia y a tus allegados. No me pagues y verás las consecuencias... 

 

Con sus manos en un inmenso temblor tomo el cheque que había sido deslizado frente a él en el escritorio y con su tono de voz más normal respondió. — Lo prometo, le pagaré. Muchas gracias. — 

 

El hombre sonrió y chasqueo los dedos, señal que indicaba que debía de desalojar de inmediato la oficina, aquel sujeto no lo dudo mucho para irse. 

 

Cuando salió de aquel lugar con el cheque en mano y más tranquilo, tomo un taxi para ir directo a su hogar... Al llegar, de una patada abrió la puerta y desesperado corrió a la habitación más profunda de su casa. 

 

— ¡Me dieron el dinero, vámonos! — 

 

Se notaba la desesperación y urgencia en su voz, no había que perder tiempo y en lo que aquella mujer sostenía en brazos al pequeño niño; el hombre envolvía en una manta al otro.

 

Ahora sí, podían ir al hospital para que atendieran al hijo adoptivo del hombre que hizo lo peor que pudo hacer...

 

Hacer un trato con la mafia...

 

•|||•

 

 

Eran las 3 de la mañana, no había ni una persona caminando por la calle a esas horas, el aire frío azotaba con fuerza desmedida, incrustadose en su cuerpo como pequeñas navajas a pesar de llevar puesto encima varios abrigos de piel de venado. Cada paso que daba debía de ser cuidadoso si no quería resbalar con el piso eternamente congelado; tenía todo el rostro cubierto con excepción de sus ojos, sus pestañas se habían congelado, para mantenerse aún caliente por momentos se abrazaba a sí mismo y bajaba la cabeza para que la nieve dejara por un momento de caerle sobre el rostro. 

 

La fortuna de vivir en un lugar pequeño como Oymiakon era que si algo le ocurría de camino de regreso a su hogar luego de trabajar, seguramente un conocido alertaría sobre el incidente. No le gustaba pensar en que algo malo le ocurriera mientras estaba lejos; a la lejanía y entre el paisaje blanco que conformaba la nieve y la niebla podía divisar su casa, apenas iluminada por una farola. Exhaló el poco aliento que le quedaba y con sus manos congeladas a pesar de llevar puesto tres pares de guantes se aproximo lo más rápido que pudo a su casa. 

 

Con dificultad sacó las llaves y abrió la puerta, entrar y sentir la ligera calidez qué podía brindarle su hogar era reconfortante, se deshizo solo de su grueso abrigo de venado, de sus guantes, de las botas y de su gorro, quedándose ahora un poco menos abrigado pero lo suficientemente como para estar a gusto dentro de su casa. Estiró su cuerpo a lo alto y ancho con ayuda de sus brazos, esa noche había recibido el pago de uno de sus cuantos empleos, no era mucho lo que recibía pero era algo. 

 

Caminó hasta su habitación para poder contar el dinero y guardarlo en la caja de zapatos debajo de su cama, intentaría además dormir un poco antes de volver a despertar para ir a su "trabajo principal" pero antes de entrar a su cuarto se detuvo frente a la puerta que quedaba justo frente a la suya. Con lentitud y procurando no hacer ruido la abrió, una pequeña sonrisa se asomó en su rostro al ver todo en orden, volvió a cerrarla ahora más tranquilo de que nada malo había ocurrido mientras había estado fuera; entró a su cuarto y caminó directo a la cama donde solo se dejó caer sobre ella envolviendose entre las cobijas y mantas e intentando quedarse dormido habiendo olvidado contar el dinero... 

 

(...) 

 

Su despertador sonó exactamente a las 5:00 a.m. De sobresalto se despertó, aún recostado en la cama, con ojeras visibles debajo de sus ojos y con un cansancio abismal resopló poniéndose de pie, maldecía muy en lo bajo mientras tallaba su nuca y se aproximaba a un espejo cercano dentro de su habitación para poder arreglar un poco su apariencia. Con corrector cubrió lo más que pudo sus ojeras, ocupando una toallita húmeda (que a ese punto estaba congelada) restregó su rostro, peinó su cabello lo mejor que pudo y fue a vestirse más formalmente como lo solicitaba la escuela donde trabajaba. 

 

Vestido con traje y corbata, con su gran e imperdible abrigo marrón y con una bufanda cubriendo su cuello salió de su cuarto para ir a la cocina y empezar nuevamente sus labores dentro del hogar; abrió la alacena observando una única caja de cereal vacía y un jarrón con mermelada... Una vista un poco desoladora... Buscó en la otra alacena encontrando por fortuna un paquete casi intacto de pan tostado, buscó entonces dentro del refrigerador sacando 4 huevos. Prendió la estufa, colocó el sartén con un poco de aceite y estrelló los huevos directamente en el sartén. Con ayuda de una pala de madera los revolvía a fuego bajo, no era el desayuno perfecto pero era algo. Sirvió en dos platos cada porción del huevo revuelto añadiendole una pieza de pan tostado, volvió a ver dentro del refrigerador, sacó el cartón de leche y para su fortuna aún había un poco; colocó en la estufa una pequeña olla donde virtió la leche, espero que se calentara un poco y la sirvió en dos tazas que dejó frente a cada plato sobre la mesa. 

 

No tardó mucho en ver llegar a los dos chicos de 13 años que vivian junto a él, contuvo una sonrisa al ver cómo todavía adormecidos y entre bostezos llegaban y se sentaban cada uno en la mesa para poder comer el desayuno qué había preparado. Antes de que empezarán a comer se acercó al mayor de los hermanos para limpiar su rostro con una pequeña toalla húmeda con el fin de eliminar la somnolencia lo máximo posible al ser demasiado tardado poder tomar una ducha decentemente a causa del frío extremo. 

 

—¿Acaso durmieron tan mal?, Pareciera incluso que ustedes fueron a trabajar y no yo— dijo mientras tallaba con suavidad el rostro del chico que entre ligeros quejidos y reclamos hacia notar su descontento. 

 

—No pude dormir bien, vine a dormir cerca de las 2 de la mañana— respondió a lo que Milo decía una vez que dejó de limpiar su rostro, tomó la taza con la leche caliente y bebió un poco sintiendo la calidez de la bebida bajar por su garganta y aliviar un poco el frío que comenzaba a colarse por la casa. 

 

—Te desvelaste porque no terminaste la tarea— Con total naturalidad, Isaac respondió al comentario de su hermano mientras Milo le ayudaba a limpiarse también el rostro. 

 

—¡¿Qué?! —exclamó con indignación y ligera preocupación de que Milo se molestara por tal confesión; intentó buscar rápidamente una mentira ante lo dicho por Isaac— No me desvelé por la tarea, no podía dormir por que el aire entraba por la ventana. 

 

Milo soltó un suspiro en lo bajó, de cierto modo estaba acostumbrado; terminó de limpiar con el paño a Isaac y se sentó en una de las sillas vacías de la mesa aunque él no tenía que desayunar a diferencia de los chicos. Él observó a Hyoga un momento, era demasiado temprano como para discutir o reclamar, además de que luego de una noche pesada de trabajo lo que menos quería era oír gritos (aunque tendría que oírlos de algún modo u otro). 

 

—Por hoy no voy a cuestionarte, solo enfocate en terminarte el  desayuno por favor —pidió casi rogando que por esas simples palabras nada se saliera de control y para su suerte funcionó, Hyoga no dijo nada y solo se dedicó a seguir comiendo... Sin embargo Isaac parecía solo jugar con la comida— ¿No te gustó?, ¿Se pasó de sal? 

 

Isaac sin poder despegar la vista del plato y removiendo el huevo revuelto con el tenedor negó con la cabeza, tomó un poco de alimento con el cubierto y lo llevó cerca de su nariz para comprobar el aroma —No luce como el de siempre...— dijo con nulo ánimo en querer comerlo. 

 

—¿Lo probaste ya?— preguntó con cierto desánimo, hubiera preferido lidiar con gritos qué con el tema del alimento... Otra vez. 

 

—No, no quiero hacerlo.— dijo dejando el tenedor a un lado y rechazando directa e indirectamente el plato de desayuno, tomó la taza con leche y repitió el patrón llevándolo hacía su nariz para inspeccionar el aroma, al no notar nada anormal, bebió un poco. 

 

Milo talló el puente de su nariz, esos niños lograban desesperarlo con tan poco que a veces inclusive era cómico, los dos hermanos estaban bajo su cuidado desde que ambos eran unos bebés, se había hecho cargo de ellos cuando todavía era adolescente. En aquella época solía tener poca calma para poder cuidarlos, sabía que vigilar e intentar mantener vivo a un bebé era complicado (No por algo había demasiados orfanatos en Rusia) pero, ¿Intentar cuidar de dos bebés?, En aquella época se desesperaba pero intentaba controlarse, le reconfortaba saber que cuando ambos crecieran sus problemas se reducirían por el simple hecho de que esos niños "madurarían" y su trabajo de cuidarlos sería más sencillo... Pero no, ahora que los dos tenían 13 años recién cumplidos las cosas en vez de mejorar, empeoraban. 

 

Ambos eran tan diferentes entre sí que era difícil lidiar con cada uno, hacía su mejor esfuerzo pero desconocía si lo que hacía era correcto o no. Por un lado Hyoga sus propios problemas y desafíos con los que debía de lidiar, y por el otro, Isaac también. 

 

Milo se recargó del asiento de su silla, le tranquilizaba saber que ese día los niños habían podido desayunar algo decente a comparación de otras veces, le calmó observar que después de que Isaac inspeccionara la comida con su tacto aceptara comerla. Él no se había servido desayuno alguno, se moría de hambre luego de ya permanecer 24 horas en ayuno pero sabía que había prioridades, no podía comer algo sabiendo que la comida que él consumiera, alguno de los chicos podría solicitarla; Prefería entonces darle el alimento a ellos aunque él tuviera que permanecer en ayuno. 

 

—¿Listo? Dejen el plato en el lavadero y vallan a arreglarse para la escuela— alzó la voz sin moverse de su lugar o posición cuando vio que ambos habían acabado de desayunar. 

 

Los dos se levantaron y obedecieron a lo que Milo decía, abandonaron la cocina dejándolo de momento solo; Milo se puso de pie, caminó al lavabo pero el hecho de tener que descongelar un bloque de hielo para poder tener agua y lavar los platos le causaba una pereza inimaginable y un trabajo pesado al tener que ir a buscar el dichoso bloque de hielo con los cortadores qué vivían a kilómetros de su casa. Postergó la tarea, en su mente se juraba que regresando de dar clases lavaría los trastes, arreglaría una ventana rota y por la cual se filtraba el aire helado de fuera, además de revisar si a alguno de los chicos les faltaba algo y en caso de ser necesario, comprarles aquello que necesitarán aunque el hecho de tener que gastar el dinero que poco a poco iba juntando le causaba cierto temor... 

 

Caminó a la que era la sala de estar, había tres sillones, una alfombra en medio, una chimenea (Que jamás se ocupaba y ni se ocuparía nunca) y una televisión que apenas y funcionaba; se sentó en uno de los sillones para terminar de atar los cordones de sus botas qué había olvidado atar cuando se las colocó al despertar. Esperó pacientemente después el regreso de los jóvenes, a cada cierto tiempo revisaba su reloj de mano y la ansiedad por llegar tarde a su trabajo empezaba a crecer, al ver qué ninguno de los dos parecía regresar, tuvo que ponerse de pie e ir a ver que ocurría. 

 

Caminó hasta la habitación que los hermanos compartían, entró después de abrir la puerta sin dar un aviso previo de su presencia, vio a los chicos vestidos pero ambos pareciendo ver con interés y asombro un libro que accidentalmente habían encontrado. 

 

—Necesitamos irnos ya, no podemos seguir llegando tarde —dijo más serio intentando transmitirles su preocupación, se acercó a ellos y leyó en una de las páginas del libro que ambos tenían entre manos el título de la obra, 《Él extranjero》— ¿Dónde consiguieron el libro? 

 

Preguntó dudoso a pesar de saber que alguno de los dos demonios que tenía bajo su cuidado lo había robado de su pequeña biblioteca escondida en uno de los cajones de su ropero. No quería arrebatarselos para que no asimilaran qué leer o tener libros era algo malo o indebido pero no le gustaba la idea de que sus chicos tuvieran ESE libro en particular. 

 

—Hyoga lo tomó de tus cosas— respondió Isaac casi de inmediato, con voz neutra mientras seguía leyendo superfialmente unas cuantas páginas del libro que su hermano sostenía 

 

—¡Quieres callarte!, ¡Ya son dos veces en el día que me delatas!— exclamó con cierta molestia dejando el libro a un lado suyo sobre la cama 

 

Milo aprovechó ese descuido para tomar el libro y guardarlo en una de las bolsas internas de su abrigo —Ya basta los dos de peleas y reclamos, es hora de irnos —dijo y se sentó un momento en la cama en lo que los chicos se ponían de pie y se posicionaban frente a él, una pequeña rutina que hacían desde siempre antes de poder salir afuera— ¿Por qué entraste a mi habitación? 

 

Preguntó Milo sin querer alzar de más la voz para no intimidar a Hyoga y hacer que este callara en lugar de responderle, en lo que Hyoga parecía analizar su respuesta, él le ayudaba a componerse los abrigos, los guantes, la bufanda y el gorro qué forzosamente debían de utilizar, aunque era común salir con varias capas de ropa y abrigos para evitar quemaduras con el frío, él exageraba quizá un poco al obligarlos a usar hasta 4 pares de todo incluyendo abrigos, guantes, calcetas, suéteres y demás, todo con tal de evitar que los niños enfermaran por culpa del clima. 

 

—Quería un lapicero negro, solo fui a buscar uno pero vi que te obsesionaste con ese autor raro —dijo con la poca movilidad que ahora tenía gracias a las grandes cantidades de ropa— Todos los libros que tienes son parecidos en la gramática, ¿Por qué tapaste el nombre del autor de esos libros? 

 

Milo alzó una ceja, terminó de componer su ropa y pasó a ayudarle a Isaac siguiendo el mismo procedimiento con el. —Yo no los tapé, así me los vendieron— Mintió no queriendo revelar el trasfondo de su pequeña colección. 

 

—Pero, ¿Los lees o solo los tienes de decoración?— cuestionó Isaac mientras Milo le colocaba la bufanda al rededor de su cuello 

 

—¿Qué pregunta es esa?, Por supuesto que los leí. —dijo con cierta indignación pero escuchó las leves risas de ambos chicos y su enojo disminuyó un poco— Bueno ya basta de platica, vamonos de una vez. 

 

Los tres salieron del cuarto y posteriormente de la casa, el paisaje blanco reinaba y protagonizaba las calles, la nieve caía día y noche sin importar la hora y el aire helado parecía ponerse incluso más frío durante las mañanas y en la madrugada. A pesar del clima violento los tres caminaron por las banquetas cubiertas y decoradas con la nieve espesa qué en lugar de disminuir, aumentaba. No solían hablar mucho durante su trayecto de la casa a la escuela o a algún lugar en general ya que a Milo principalmente le daba miedo que por estar hablando llegarán a enfermar al aspirar el aire helado. 

 

A solo tres minutos de llegar tarde, finalmente podía ver la escuela al otro lado de la banqueta, agarro la mano de los dos jóvenes (Aunque Hyoga renegó un poco dicho acto al ver a sus amigos llegar también a la escuela) y cruzó la acera, se aproximó con ellos corriendo rogando porque no volvieran a cerrarles el portón otra vez pero para su fortuna llegaron a sólo segundos de que eso sucediera. 

 

—Buenos días —saludó el director de la escuela al verlos llegar— Un minuto después y volvían a tener un retardo. 

 

Mencionó con gran seriedad viendo principalmente a Milo al ser no sólo el tutor de los chicos sino también un maestro de la institución. 

 

—Por eso llegamos un minuto antes— respondió colocando una pequeña sonrisa mientras subía en compañía de los jóvenes los escalones de la entrada notando el modo en que el director lo veía por la pequeña broma que había hecho. 

 

—Entren de una vez antes de que me arrepienta— 

 

Milo y compañía ingresaron dentro de la escuela, por dentro se sentía más cálido gracias a la calefacción que la escuela solía pagar para que toda la institución fuera más agradable tanto para los alumnos como para el personal que laboraba ahí. Él mayor se despidió de los chicos informándoles que si salían temprano se fueran con cuidado a su hogar, a veces le daba desconfianza dejarlos solos o tener que hacer que regresaran por su cuenta a su hogar después de la escuela pero no podía cuidarlos siempre, en el fondo no quería separarse de ellos pero entendía que era necesario y de suma importancia. Cuando los hermanos se marcharon a su salón de clases, él caminó a la sala de maestros donde corregiría algunas cosas de su planeación didáctica antes de entrar a la primera hora en el salón de 3er año de secundaria. 

 

Al entrar al salón el ambiente era un poco más cómodo, pudo deshacerse de sus guantes y el gorro sin miedo a congelarse, se acercó a la cafetera para servirse un poco de café, después tomó prestada una de las computadoras de aquel salón y comenzó a trabajar, ignorando al resto de sus compañeros que también entraban para trabajar también en sus planeaciones o para tomar una taza de café. Había programado su alarma en su reloj de mano para no llegar tarde a la primera clase del día, tener tres trabajos en total le servía para poder conseguir el dinero que tanto necesitaba pero a veces se cuestionaba, ¿Hasta cuando tendría que seguir soportando esa rutina? 

 

A las 5:30 a.m. De la mañana se levantaba para prepararse para la escuela, pasaba casi todo el día en la institución dando clases de Gramática, literatura y ortografía hasta casi las 3:00 p.m. Al llegar a su casa cerca de las 3:20 p.m. preparaba la comida para los chicos y le ayudaba lo máximo posible en las tareas que pudieran dificultarseles para luego a las 4:30 p.m. Ir a la cafetería al otro lado del pueblo para comenzar su trabajo como mesero y a veces chef del lugar permaneciendo en ese sitio laborando hasta las 8:30 p.m. (Si las ventas estaban bajas), llegaba a su casa y preparaba la cena, revisaba la tarea de los jóvenes, procuraba dejarlos dormidos a las 9:00 p.m. Para poder él irse sin preocupación alguna a su tercer trabajo de guardia de una bodega donde trabajaba de 9:30 p.m. a más o menos 4:00 a.m. Solo que en este último trabajo, un amigo suyo de la bodega donde se la pasaba todas las noches, al saber que era como un tipo de "padre soltero" lo cubría una hora extra permitiendole irse a las 3:00 a.m. 

 

Y todo su esfuerzo, ¿Para qué servía?, Al final cuando tenía que contar el dinero reunido daba casi siempre la misma cantidad: 1,200 rublos los cuales eran una burla para todo su desgaste físico y emocional, todo ese dinero reunido ni siquiera era de él sino de Apolo... Él hombre al que había recurrido hacía 12 años atrás para solicitar un préstamo qué le ayudó en su momento a solventar problemas fuertes, sin embargo los intereses crecieron, su deuda al no poder pagar un mes se volvía más grande provocando que la cuenta siguiera elevandose siendo ahora casi imposible de pagar aún si se propusiera trabajar sin descanso toda su vida. 

 

Él sin familia y sin un trabajo fijo tuvo que hacerse cargo de dos niños pequeños, tenía 17 cuando tuvo que responsabilizarse de ambos, al principio no había mucho problema pero todo empeoró conforme los niños empezaban a crecer y sus necesidades se volvían mayores. No se arrepentía de nada, de no haber pedido aquel préstamo Hyoga estaría muerto, pero no podía negar que la carga era demasiada, había momentos donde se quedaba dormido de pie, su piel antes ligeramente morena se había vuelto pálida ante la falta de alimento por pasar literalmente días sin poder comer por escasez de tiempo y de dinero para poder comprar algo para él, su cuerpo en sí era el que recibía la factura de la vida que estaba llevando. 

 

A pesar de todos los inconvenientes que pudieran surgir en cuanto a su salud física y mental, el desgaste emocional, el constante estrés en el que vivía, las presión de tener que criar a dos niños que ni siquiera compartían su sangre (pero que los amaba como si fueran sus hijos biológicos), sentía que con mucha fuerza de voluntad podía superar cualquier adversidad o problema sin embargo, había algo que presentía ya no podría lidiar mucho tiempo con ello. 

 

Con la mafia. 

 

Era bien conocido entre el bajo mundo y unos cuantos desafortunados qué Apolo, el hombre con quizá más poder sobre el territorio Ruso, con más autoridad que el propio presidente del país y a quien todos sin excepción alguna temían, era el peor candidato para hacer "tratos" o "negociaciones" por la severidad y crudeza de su trato con aquellos que se atrevian a fallar con uno de los negocios; Hacía 12 años no sabía quien era Apolo, el porqué tanta gente le temía y respetaba y por sobre todo, porqué decían que era el demonio encarnado si a él le había prestado sin mucho papeleo la cantidad de dinero solicitada... Luego se enteró del porqué cuando se atrasó en un pago. 

 

Amenazas por correo, personas de mal ver siguiéndolo a todos lados, insultos, amenazas ahora contra su persona, golpes, robos y lo que consideraba peor, amenazas con los niños los cuales cuidaba. En un principio les hizo frente, si alguien lo golpeaba él regresaba el golpe más fuerte, las amenaza no le intimidaban aunque atentaran contra su vida pero le causaba un miedo enorme que alguna de las personas de Apolo llegará a hacerle algo a alguno de los hermanos. 

 

Su deuda seguía vigente, cada fin de mes debía de dar la cantidad exacta de dinero en cierto punto estratégico del pueblo, después de haber sido amenazado con un arma de fuego y de haberse puesto a pensar en ese instante en que ¿Qué ocurriría con los chicos en caso de que él falleciera? El miedo empezó a invadirlo de verdad, un temor profundo que era incapaz de describirlo correctamente sin embargo le paralizaba el corazón, la piel se le enchinaba y se volvía aún más pálida al solo saber que Apolo era capaz de todo para siempre salirse con las suyas, y lo sabía perfecto ya que siempre en el periódico aparecía la noticia de más personas tanto adultas como menores de edad secuestradas, asesinadas, violentadas o como producto para la exportación de órganos en otros países y todo gracias a Apolo y sus negocios. 

 

En su actualidad y en su presente no había tenido tiempo para contar el dinero, llevaba sus cálculos de manera mental, sabía que había completado la cuota que requería para abonar a su cuenta pero le causaba un poco de inseguridad el no haber podido contarlo cuando pudo por falta de tiempo; Seguía trabajando en sus planeaciones, iba un poco adelantado por suerte pero en su mente solo existía esa preocupación por el dinero. 

 

Dieron las 9:00 a.m. En punto, guardó sus planeaciones en una memoria USB y apagó la computadora, salió del salón de maestros y caminó al salón donde debía de impartir clases de Gramática y escritura. Como siempre y ya era costumbre, todavía ni siquiera se acercaba al salón y ya podía oír los gritos de sus alumnos a lo lejos, suspiró para sus adentros y rogó a cualquier entidad celestial que pudiera escucharlo pidiendo que ese día no fuera tan pesado. 

 

Entró al salón, los jóvenes de tercer año de secundaria al verlo entrar tomaron asiento, seguían hablando pero por lo menos estaban sentados y ya no gritaban; caminó hasta el escritorio, colocó sus cosas como su mochila, su cuadernos y sus marcadores sobre de la mesa y tomó asiento en la silla. Buscó en su lapicera sus plumas y levantó la vista hacía sus alumnos cuando tenía todo listo. 

 

—Buenos días, voy a revisar la tarea. Por favor traiganla ordenadamente— 

 

Solicitó aunque sabía que no le harían caso en lo último, los jóvenes se acercaron al escritorio, unos corriendo y otros caminando, Milo se tomó el tiempo de revisar que el ejemplo de texto litertio que había solicitado estuviera bien escrito sin faltas de ortografía, en caso de haber alguna las encerraba con su lapicero rojo y pedía que hicieran una plana de esa misma o mismas palabras de tarea para el día siguiente; todos pasaron y la gran mayoría tuvo algún error en el texto realizado. 

 

Había revisado a todos sus estudiantes después de leer con atención los ejemplos que le habian traido, todos habían pasado a revisión con excepción de una... 

 

Milo vio de reojo a la chica y de momento no prefirió decir nada, la joven solo se acercó dejando la libreta extendida sobre el escritorio con el texto de tarea, pero este era más corto a diferencia del resto, la tarea de la joven solo abarcaba unos cuantos renglones mientras que los demás jóvenes habían realizado una cuartilla completa. 

 

"El punto de recolección de esta noche será detrás del supermercado, en el callejón donde se encuentran los contenedores de basura. A las 12:00 a.m. Sin falta y sin excepción" 

 

Milo leyó con cuidado y viró los ojos por instinto aunque después se arrepintió, con su lapicero rojo anotó debajo del texto la siguiente oración: "La tarea era de mínimo una cuartilla". Cerró la libreta y se la entregó a la joven quien esperaba con una sonrisa sutil cualquier comentario. 

 

—Iba a hacer la tarea apoyándome de un libro pero mi tío insistió en ayudarme– mencionó agarrando su libreta y abrazándola junto a su pecho, mantenía en todo momento contacto visual con el maestro y su pequeña sonrisa ahora se había agrandado al ver la expresión hecha por Milo al mencionar a su tío. 

 

—Los negocios y tratos que yo tenga con tu tío yo los resuelvo Sasha —respondió con molestia sin poder dejar de ver a la chica a su lado— Te he dicho que no tienes que involucrar "estos negocios" con la escuela. 

 

—El dinero debe estar completo— 

 

Fue lo último que dijo antes de darse media vuelta y regresar a su lugar entre sus compañeros, Milo se puso de pie, agarro el libro de texto y un marcador y colocó en el pizarrón el tema que verían ese día sin embargo aunque había demostrado no afectarle el mensaje enviado por Apolo a través de Sasha, en el fondo le preocupaba, siempre existía ese temor dentro de él de no haber juntado todo el dinero cuando era la fecha de cobro, que técnicamente lo amenazaran en su área de trabajo nunca le había gustado pero debía de soportar, sabía que sí llegaba a mencionar algo, hacía algo en contra de Sasha o similar, se enfrentaría con grandes problemas con Apolo. 

 

Prefería fingir que todo estaba en orden a pesar de que la ansiedad era a veces más fuerte que él; colocó la actividad en el pizarrón, los jóvenes la realizaron y él volvió a calificarles. Antes de irse de ese salón para dar clases ahora en segundo año, Sasha se volvió a acercar a él, con la misma sonrisa que siempre mantenía, esa chica lucía un aspecto angelical y bondadoso pero solo muy pocos podían saber verdaderamente su naturaleza. 

 

—¿Necesitas algo más?— preguntó a la joven, guardó sus manos dentro de las bolsas de su abrigo para de tal modo liberar el estrés y ansiedad que esa mocosa le causaba con su presencia 

 

—Iba a recordar lo que podría pasar si no das el pago hoy pero creo que no hará falta, ¿Verdad?, Es usted consiente de las consecuencias —dijo en un tono de voz bajo procurando que nadie más que ellos dos pudieran oír— ¿No es así? 

 

—Lo sé, lo tengo muy presente niña— 

 

De forma cortante respondió, salió del salón y se dirigió al otro donde sus demás alumnos ya lo esperaban; Siguió dando clase  hasta 3 veces más antes de finalmente poder descansar a la hora del receso, para evitar interrupciones o molestias por parte de la mayoría de sus compañeros docentes que desayunaban en la cafetería o por sus alumnos que ocasionalmente se juntaban a hacerle platica, se recluyó en el salón de maestros. Ahí procuraría avanzar con todo el trabajo que pudiera enfocado en el tema de la educación antes de que el receso terminara y tuviera que volver a entrar a clases. 

 

Tecleaba oraciones en el teclado de la computadora mientras su mirada estaba enfocada únicamente en la pantalla, no quería dejarse vencer todavía por sus constantes pensamientos que le orillaban y motivaban a dejar todo e ir a entregar el dinero de una vez para no tener que preocuparse más adelante en el día pero no podía simplemente dejar así su trabajo en la escuela, debía ser paciente, no podían hacerle nada al menos por ese día. 

 

Para distraer su mente siguió trabajando, ajeno a todo lo que ocurría fuera de su espacio de trabajo, escuchaba que la puerta constantemente se abría y se cerraba pero ni siquiera giraba para ver de que o quien se trataba, el único modo en que logró despejar su vista de la computadora fue cuando el timbre que indicaba el término del receso sonó. Guardó todo en su usb y continuó su trabajo dando clases a 4 salones más hasta que finalmente a las dos de la tarde concluyó por ese día su jornada laboral en la escuela. 

 

Hyoga e Isaac ya se habrían ido seguramente a su casa al saber él que sus clases ese día acababan a la doce del medio día pero tomaban una hora extra por el club en el que estaban inscritos. Mientras se acomodaba la mochila y se cubría las manos con los guantes qué se había quitado para poder maniobrar mejor el marcador en el pizarrón se acercaba cada vez más a la salida, debía de llegar lo más pronto posible a su hogar para arreglarse para su otro empleo; estando cerca de poder llegar, su amigo y compañero de trabajo lo detiene, este amigo lo había estado buscando por todos los salones sin poder localizarlo hasta que finalmente logró encontrarlo al recordar el horario de Milo. 

 

—Espera... No te vallas aún —dijo recuperando el aire luego de haber corrido hasta donde Milo estaba— Hyoga esta en la enfermería. 

 

Aioria habló, dando una muy escasa y pobre información a Milo quien después de oír "Enfermería" le hubiera gustado escuchar un poco más de contexto. 

 

—¿¡Por qué apenas me dices esto!? —sin importarle los kilos de ropa que llevaba encima, en conjunto con su mochila llena de libros y el cansancio acumulado de días de no poder dormir bien o tan siquiera sentarse un momento a descansar, salió corriendo no escuchando respuesta de Aioria. Se aproximó lo más rápido posible a donde era la enfermería, abrió la puerta cuando estuvo frente a ella e ingresó sin haber esperado autorización por parte del médico. Contempló entonces a Hyoga, sentado en una silla mientras tenía entre sus manos una botella con agua, Isaac también estaba ahí permaneciendo de pie detrás del rubio— ¿Qué ocurrió, por qué te trajeron aquí y no me dijeron nada antes? 

 

Preguntó molesto, su vista se dirigia entre Hyoga y el médico al ser ellos los principales responsables aunque de vez en cuando intentaba hacer contacto visual con Isaac ya que al menos el sí pudo haberle avisado. Se acercó más a Hyoga, tomó asiento a su lado en una silla disponible y quitándose los guantes lo tomó con delicadeza del rostro para intentar él ver si tenía algún golpe o moretón. 

 

—Tuvo una descompensación mientras estaba en el club de deporte pero ya se encuentra estable— informó el médico intentando no ver la mirada que emanaba molestia y furia de Milo 

 

—Estoy bien Milo, solo me cansé un poco...— dijo para no preocuparlo pero parecía que sus palabras no habían logrado tranquilizarlo. 

 

—¿¡Por qué ninguno me dijo nada!?, ¡Se los digo todos los días, si algo pasa deben de decirme!— exclamó más preocupado que molesto, su vista alternaba entre Isaac y Hyoga sin embargo ninguno de los chicos se atrevía a decir algo. 

 

—Estabas ocupado en clase, además, esto fue mínimo... No fue algo tan grave como para ir a interrumpirte— respondió después de un tiempo Isaac intentando arreglar el pequeño problema. 

 

Milo suspiró para sus adentros, se puso de pie y agradeció al doctor antes de abandonar el consultorio juntos con los chicos que lo seguían por detrás. Avanzaron de nuevo hasta la salida donde los tres salieron ahora sí sin complicaciones o interrupciones, caminaron bajo la nieve que desde la mañana seguía cayendo, ninguno de los tres se ánimo a hablar ya que estaban más concentrados en poder caminar bien sin miedo a resbalar o "atorarse" en los montones de nieve que se solían acumular en la calle. Luego de un rato lograron llegar a la casa, los muchachos se quitaron solo algunas de sus prendas mientras Milo aseguraba la puerta y encendía la calefacción aunque eso significara que pagaría un poco más cuando llegara el recibo de la luz. 

 

Los jóvenes fueron a la sala a tomar asiento en el sillón frente al televisor, Milo avanzó dejando de momento solos a los niños, fue a su cuarto para cambiarse de ropa a una un poco más cómoda y que pudiera servirle para trabajar en su empleo de medio tiempo en un pequeño restaurante. Revisó la hora cuando terminó de vestirse, salió de su cuarto y fue a la cocina, revisó los anaqueles, alacenas y el refrigerador sin poder encontrar algo que pudiera cocinarles a los chicos que esperaban con gran paciencia en la sala. 

 

Respiró lentamente, no era la primera vez que todos se quedaban sin poder comer pero eso no lo enorgullecía sino que ocurría todo lo contrario. Tanto Hyoga como Isaac apoyaban con los gastos de la casa también laborando en pequeños trabajos de medio tiempo en la tarde, no es que él los hubiera mandado a trabajar siendo todavía menores de edad sino que ellos mismos a la edad de 9 años decidieron hacerlo, había insistido tanto en que no fueran pero un día cuando él había regresado de trabajar del restaurante, no encontró a ninguno de los dos en la casa... Los buscó por todo el pueblo hasta que después de un rato llegaron sanos y salvos a su hogar y con un poco de dinero. 

 

Aunque el dinero que juntaban los chicos según eran para gastos de la casa, él prefería que ahorraran lo que juntaran y que si querían comprarse algún dulce, un videojuego, un cómic o demás lo hicieran (aunque a veces por fuerza mayor si aceptaba tomar un poco de lo que ellos ganaban para sustentar algunas necesidades). La situación recaía en que Hyoga había sufrido recientemente de una descompesación y en unas horas seguramente iría a trabajar estando todavía débil, sabía que estas descompesaciones lo agotaban pero el chico fingía esta bien. 

 

Se quedó pensando un momento, no quería pedir ayuda a nadie cercano a él porque todos en su momento le habían dicho que sería imposible para él mantener y cuidar a dos niños además de cuidarse a sí mismo pero también debían de entender que él no podía simplemente dejar a su suerte a dos niños cuyos padres nunca se harían responsables por diversas cuestiones. 

 

Volvió a buscar en la alacena como si por arte de magia se hubiera llenado con despensa, obviamente no encontró nada más que el frasco de mermelada qué uno de sus amigos le había regalado y que estaba casi intacta al él no permitir que los chicos consumieran demasiada azúcar (En especial Isaac), avanzó al refrigerador y examinando con la vista encontró para su suerte unas papas ocultas en uno de los cajones para la verdura. Sacó el total de 4 papas qué después cortó en finos cuadros y después los colocó en una olla con agua recién descongelada al fuego, agregó solo un poco de sal y pimienta y revolvía cada cierto tiempo. 

 

Al momento de hervir sirvió en dos tazones la sopa de papa que había improvisado, el caldo no tenía sabor alguno pero la papa por lo menos se veía bien. Colocó los dos tazones en la mesa y llamó a los chicos, cada uno se acercó y tomó asiento frente a su plato. Ninguno de los hermanos mencionó nada pero sus moradas decían más que mil palabras al ver el agua opaca y las papas sobresaliendo. 

 

—No es lo mejor, yo lo sé pero por favor comanlo, mañana tendremos algo decente que comer— Habló al ver que los chicos intercambiaban miradas de duda entre ellos 

 

—¿Y tu porción?— cuestionó Hyoga notando la ausencia de un tazón con "sopa" frente Milo 

 

—Yo ya comí, por favor, coman ustedes— mintió, solo había alcanzado para servirles a ambos, él comería después. 

 

—¿Por qué sigues haciendo eso de no comer?, Vas a morir si sigues así— replicó Isaac con gran disgusto 

 

—Ay no sean dramáticos por favor, no se preocupen. —respondió y se puso de pie, se acercó a ambos para revolver sus cabellos y se acercó a la entrada/salida de la cocina— Quiero que se terminen ese plato, iré por unas cosas a mi habitación y luego ya me iré a trabajar 

 

Isaac y Hyoga solo asistieron aunque con molestia por tener que forzosamente acabarse el plato de agua con papa; Milo fue a su habitación como había dicho, tomó un maleta pequeña que siempre llevaba con él cuando salía a sus trabajos durante la tarde, revisó que todo estuviera en orden y para que más adelante no se le olvidara sacó la caja de zapatos de debajo de su cama, la abrió solo para sacar el dinero y guardarlo en una bolsa de plástico que destinaba siempre para guardar el efectivo, una vez que selló la bolsa la introdujo dentro de su maleta y regresó a la cocina para despedirse de los jóvenes. 

 

—Chicos ya me voy, regreso pronto, si van a trabajar abríguense bien, no hagan contacto visual, no hablen y no interactuén de ningún modo con desconocidos, Hyoga por favor llámame al trabajo si llegarás a sentirte mal. Isacc, tu llámame si algo malo llegara a ocurrir —explicó las mismas indicaciones que siempre daba antes de salir, se acercó a ambos y les dió un pequeño abrazo antes de irse— Vuelvo pronto. 

 

Finalmente salió de la casa, caminó a toda prisa hasta el restaurante pensando en si había hecho correcto dejar a los chicos solos (a pesar de que siempre debía forzosamente de dejarlos solos), había tomado un cariño a esos niños que sabía que cuando debieran irse de su lado lo más probable es que derramaría lágrimas al ver cómo se marchan. Él los había y los estaba criando, esos chicos no conocían más familia que él pero desde muy pequeños les hizo entender que él no era su papá y por lo tanto no podían llamarlo así, había querido que ambos respetarán a su padre biológico, siempre que podía les contaba historias sobre aquel hombre pero eventualmente dejó de hacerlo después de que los hermanos solicitarán que parara con esas historias "ficticias". 

 

Suspiró internamente, con miles de pensamientos llegó al trabajo donde su jefa era su mejor amiga, se colocó un mandil luego de dejar sus cosas en un locker cercano a la cocina y comenzó a trabajar, al ausentarse por algún motivo el chef principal, él tomó su puesto haciéndose cargo de los pedidos que solicitaban los clientes. Cocinar comida que emanaba un aroma delicioso que se impregnaba en su olfato y despertaba su apetito voraz después de días de no consumir nada era una tortura, preparaba el mismo los platillos y los emplataba, en el fondo anhelaba poder probar tan siquiera un poco, su estómago rugía pidiéndole a grandes voces que robaba tan solo un poco del pan que solía acompañar la mayoría de las comidas pero su inconciente le hacía recapacitar y mantener compostura. 

 

Entregaba los platos, intentando no mostrarse deseoso de que alguien no terminara de comer y dejara las sobras ya que de ese modo si las podía comer... Sin embargo era raro que ocurriera, pasado un momento donde el ritmo de trabajo cesó por un momento, se sentó en una silla para descansar después de estar horas de pie, seguía en la cocina, los aromas seguían provocandolo pero no podía hacer nada inadecuado. 

 

Quizá su desespero era evidente para todos y él solo haia quedado como un idiota intentando disimularlo, Shaina, su mejor amiga y dueña del pequeño restaurante se acercó pata sentarse a su lado cargando un pequeño plato con comida que sin pensarlo demasiado se lo entregó. 

 

—¿La escuela estuvo pesada?— preguntó dejando el plato de comida sobre las piernas de Milo 

 

—Te lo agradezco pero en estos momentos no puedo pagarlo— dijo con gran calma y algo de seriedad haciendo referencia al plato sobre sus piernas 

 

—Este es de cortesía —respondió con una ligera sonrisa— Come tranquilo 

 

Milo se puso de pie tomando el plato con su mano izquierda, iría a guardar la comida en un contenedor desechable para poder llevárselo a su casa. —Si sigues dándome comida solo van a pasar dos cosas, Una, vas a quebrar y segunda, me veré más como un indigente qué como un maestro— respondió cerrando el contenedor cuando toda la comida estuvo dentro. 

 

—Déjate de tonterías —respondió levantándose y caminando hasta Milo— Come tranquilo la comida que te di, no te preocupes por los niños ahora, a ellos ya también les guardé un poco pero en este momento me preocupas tu.

 

—¿Qué?, yo no le estaba guardando nada a esos mocosos, estas equivocada —mencionó con cierto tono de indignación y pena al ser descubierto, guardó unos minutos de silencio y luego volvió a pronunciarse— Lo que vallas a darles a Hyoga e Isaac por favor descuentalo de mi paga

 

—Ya, olvídate de dinero por tan solo un segundo. Descansa un rato, yo me encargó de la cocina— dijo dándole una sonrisa cálida al final para luego encaminarse a las estufas y seguir con el trabajo.

 

Milo no siguió protestando, regresó a su silla con el empaque de comida, sus mano temblaba al sostener el tenedor, un dolor aparecía en su estómago como si él alimento qué tuviera delante fiera irreal, su vista se nublaba de momento pero al sentir en el paladar el sabor agridulce de la comida podía sentir como poco a poco regresaba a la vida. Comía según él con tranquilidad pata poder disfrutar cada bocado pero ña realidad es que se notaba su desesperación al comer, se apresuraba inconcientemente a llevar el tenedor a su boca quizá por miedo a que algo malo llegara a perturbar el momento...

 

Limpió sus labios con una servilleta, no había querido comer al saber que los jóvenes solo habían comido agua de papa con papa, pero su necesidad y desespero habían sido mayor. Todavía estaba en su descanso, le faltaban 10 minutos para regresar a trabajar, aprovechando el poco tiempo libre que tenía se acercó al locker donde había guardado sus cosas, sacó su maleta y encaminandosé al baño para mayor privacidad sacó la bolsa plástica con el dinero.

 

Lo miró antes de contarlo, tan efímero y escaso, dolía por dentro que todo lo que juntaba era para Apolo y sus niños debían de resignarse a muchas cosas por el simple hecho de que él no podía gastar ese dinero tan preciado. Contó con calma cada billete que con dolor y cansancio había juntando a lo largo de todo un mes... Comenzó bien, sus cuentas correspondían a los días en que sabía que le habían pagado, pero conforme poco a poco seguía contando su expresión de calma se distorsionaba.

 

Miró inmediatamente su reloj de mano, eran ya las 7 de la noche, aún era temprano pero algo tarde como para poder actuar, dejó el dinero dentro de la bolsa en el lavabo y llevó ambas manos a su cabeza, un sentimiento de preocupación y ahogamiento había empezado a surgir dentro de su pecho. 

 

Cerró sus ojos con fuerza y apretó su cabello con sus dedos ante la desesperación de no saber que hacer, Apolo podía matarlo con solo decirlo, podían atacar su hogar o peor aún podían desquitarse con Hyoga o con Isaac. Tanto temía esos panoramas al grado de no poder dormir cuando tenía oportunidad que de tanto pensar en dichos sucesos ahora parecía estarse cumpliendo todo lo que en un momento fue su peor pesadilla.

 

No sabía si abandonar ese trabajo e ir a buscar a los niños pata ponerlos a salvo, no sabía si contarle a Shaina, No sabía si debía ir a algún punto especifico para encontrarse con la gente de Apolo y decirles lo que había pasado o simplemente entregar el dinero y esperar lo peor...

 

No sabía que hacer, la ansiedad empezaba a crecer a ritmos desmedidos, antes cuando aún era joven podía presumir no tenerle miedo a absolutamente nada pero ahora, le tenía un profundo terror a todo lo que envolvía y se relacionaba con Apolo....

 

Y todo este miedo surgía gracias a qué por una equivocación en sus fechas de cobro y en sus pagos, no había juntado todo el dinero solicitado.

 

 


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