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Devoto

Notas del fanfic:

Este es un fanfic que se me ocurrio mirando la temporada 1 de la serie de Netflix The last kingdom
Los personajes no me pertenecen y no gano ningun dinero con mi relato, cuando mucho alguna lectora feliz de encontrarlos haciendo el delicioso como todas sabemos que sucedio. Multiples veces. Hasta que Alfredo termino sin intolerancia a la lactosa por via rectal jajaja.

La historia se ubica recien que se conocen, no hay spoilers, por si alguien pretende ver la serie. Que la temporada 1 esta buena. Lo demas no se. Si la sigo viendo y me gusta, quiza haya mas fanfics.

Si no han visto la serie, pues, igual se entiende el fanfic con lo que se da a conocer en el resumen.

 

 

Notas del capitulo:

Ojala sea de su agrado!

Devoto

-¿No oraste lo suficiente en tu capilla, rey?


 


Uhtred esperaba sorprenderlo, mostrarle que era un hombre peligroso, suficientemente sigiloso para estar detrás de el, tan cerca para degollarlo, sin que se diera cuenta.


 


Alfredo continuo murmurando con los ojos cerrados como si estuviera solo. Que lo ignorase asi fastidio a Uhtred: su rostro estaba tan cerca del suyo que era imposible que no notase su precensia, ahora que estaba determinado a mostrarla, mirándolo tan intensamente, esas mejillas palidas donde no estaban cubiertas por la barba, una barba mas poblada que la suya, aunque Alfredo fuera un hombre menos viril.


 


De constitución débil declarada, alguien que en el mundo vikingo no tendría cabida, pero que en este se las ingeniaba para ser el líder mas fuerte que había conocido.


 


Fuerte no por los brazos delgados bajo la túnica, ni los nudillos blancos y suaves que golpeaban apasionadamente su pecho.


 


Si Alfredo lo molestaba, el iba a molestarlo. Continuo viéndolo, examinándolo de cerca, como un comprador a un esclavo en venta. Habia un resquicio entre su cabello lacio y el borde de su túnica: llevo su insolencia hasta el punto de acercar la nariz ahí, aspirando su calor y su aroma.


 


-Hueles a hierbas. – le dijo, mientras Alfredo oraba con mas vehemencia, el rostro rojo por la ira.


 


Sonriendo ampliamente por haberlo molestado se tiro en su cama y se puso a mascar una tira de cuero que llevaba. Admiraba las finas molduras del dosel, la silueta de Alfredo cuando se inclinaba delante de la cruz hasta tocar su base con la frente.


 


Iba a ponerse a tararear una tonadilla danesa cuando Alfredo dio por terminadas sus oraciones.


 


Apenas había terminado de santiguarse cuando abrió sus ojos llenos de furia.


 


-¿Qué no sabes que no debes interrumpir las oraciones de un rey?


 


-Siempre estas orando, Alfredo. – se sento, tratando de mostrarse modoso, pues adoraba ver vida en esos ojos grandes y frios.


 


-Y tu jamas lo haces. ¿Sabes como comienzan a llamarte? Uhtred, el impio.


 


Alfredo se paseaba delante de el, con la túnica abierta, sin mangas, haciendo vuelo sobre la otra túnica, la de manga larga.


 


-Uhtred el impio. – sonrio ampliamente – Me gusta.


 


-No seas irreverente. – le dijo serio – No puedes pertenecer a dos mundos, o eres Uhtred hijo de Uhtred y recuperas tu condado, o eres Uhtred hijo de Ragnar y consigues tu venganza, pero no puedes tenerlo todo.


 


Uhtred se amosco, dejando la tira de cuero. Se creía inteligente, pero Alfredo estaba a otro nivel: era como si lo viera desnudo, con sus mas profundos deseos y anhelos tatuados sobre la piel, encontrando verdades sobre el que ni el mismo había descubierto. No le gustaba estar asi de expuesto. A cualquier otro que no fuera Alfredo, le habría apagado los ojos clavándole su espada en el pecho.


 


-Mi reino. – se puso de pie, para que viera lo alto que era. – Recupero mi reino, Alfredo hijo de Ethelwulf. Mi padre era uno de los tres reyes de Northumbria.


 


Estaba insolentemente cerca de el de nuevo, pecho contra pecho, casi, mirándolo desde el par de pulgadas que lo hacían el mas grande de los dos.


 


-No recuperaras nada si no aprendes a comportarte. – lo miro arriba como si lo mirara hacia abajo.


 


Uhtred no tuvo duda de quien era el mas grande de los dos.


 


-No me casare con la mujer que quieres. – como cuando era pequeño, no podía mantener la boca cerrada.


 


-¿Por qué? – inquirio Alfredo, sin mostrarse incomodo por la cercanía.


 


-¿No lo sabes? – le pregunto, divertido. Alegre de ver de nuevo la ira asomar a su tez.


 


-Puedo buscarte otra, pero tendras que pagar.


 


-No me casare con ninguna mujer. – repuso, volviéndose a acostar en la cama del rey.


 


-Debes aprender a comportarte con decoro. – le dijo, sentándose a su lado, inesperadamente paciente – Yo estoy casado.


 


-Y es un secreto a voces que no amas a tu mujer.


 


-Cumplo con mi deber. – ladeo el rostro, con lo que su cabello cayo hacia un lado, haciéndolo parecer mas largo. - ¿Qué quieres, Uhtred?


 


Miraba a un punto mas alla, aunque ansiaba oir su respuesta.


 


-Nada. Solo vine a decirte que no me casare con la ahijada de Odda. – se sento y toco su brazo, como en una confidencia.


 


Alfredo lo encaro con los ojos temblorosos. Pero no era la ira lo que descomponía sus facciones. Con sorpresa para Uhtred, poso los labios sobre los suyos. Luego los unio. Vehemente, apasionado, como le encantaba verlo. Lo beso una y otra vez, mientras el se quedaba ahí como un pelmazo virgen. Una vez mas, Alfredo había descubierto algo sobre si mismo que el ignoraba.


 


Desde cuando estaban ahí esos sentimientos, no tenia idea, pero cuando finalmente pudo dejar de hacer un papelazo jalo al rey sobre si.


 


Alfredo era ligero y agradable de tocar. Metio las manos bajo su túnica abierta y estrecho su cintura, como, se dio cuenta, deseaba hacer desde hacia mucho. Su espalda no era fuerte y tenia un buen culo, bueno asi nomas, pero que bajo sus dedos se sentía como el mejor culo del mundo. Le divirtió pensar en como le diría a un rey que se preparara para que se lo metiera por el culo, pero la ternura en su mirada le marco al camino.


 


Alfredo se despeinaba rápidamente, un hilo de saliva conectaba su boca a la suya todavía. Jalo su túnica abierta y el lo ayudo a despojarlo de ella. Luego atrapo rápido su cintura, creyendo que escaparia.


 


-No delante de la cruz. – le dijo, cerrando la cortina del dosel.


 


-A Odín no le importa hagas esto delante de el.


 


-Odín es tuerto. – gruño Alfredo, sacándole una risa.


 


Lo jalo de nuevo sobre el para besarlo. Estaban en otro mundo, uno de luz clara, brillante, la mañana filtrada por la cortina blanca.


 


Los dedos de Alfredo jalaron la cinta que había estado mordisqueando. Que quisieran desnudarlo a el era poco habitual, pero coopero, pensando que estaba en un palacio construido por los romanos. Alfredo se veía enfebrecido por el, delicioso. Era un hombre apuesto que atraía a las mujeres. Su cabello era corto, apenas a la nuca, donde lo sujeto, despejando su rostro, un rostro que lo veía con pasión, coloreado. Sus ojos grandes, ligeramente saltones, de parpados pesados que lo veian con deseo.


 


Solto su cabello y acaricio su rostro, su mejilla. Alfredo viro el rostro para besarle los dedos, para lamérselos. Uhtred sonrio entusiasmado, sabia de que iba el asunto. Incorporo el torso para besarlo, rodeando su nuca antes de dejarse caer, jalándolo por la espalda con el otro brazo. Toqueteo por encima de la ropa de fina factura, se dejo desnudar y tocar el pecho.


 


Uhtred no era tan fornido como un danes, pero le gustaba. Ese pecho tenia suficiente musculo para llenar su palma y eso lo excitaba. Era un pecador. Pagaria con creces los excesos de su cuerpo que se enardecia a la vista del abdomen bien cincelado del hombre entre dos mundos: estaba igual de bueno que las esculturas romanas que había concervado para el, impúdicas, esplendidas, ajenas a la moral o a la culpa.


 


Uhtred hacia el amor como todo un pagano. Con Leofric podía sentir su culpa, sentirse identificado, aliviado por ella. Pero con Uhtred no: lo besaba como si no hubiera un mañana, tocaba su debilucho cuerpo como si fuera esplendido también. Se abrazo a su carne ardiente, deseando consumirse con ella. No dudar, no temer, no planear. Al menos eso iba a dárselo. Su hombría no era mas imponente que la suya, él sabia que estaba bien dotado.


 


Uhtred se dejo desnudar antes que el: tenia unos esplendidos muslos, fuertes. Una erección roja como el diablo, que lo atraía y lo repelia de igual manera. Apenas iba a alzarle los muslos para verle las nalgas cuando Uhtred se sento, abrazandolo, besándolo antes de despojarlo de su túnica. Se sorprendio al ver que usaba paños menores.


 


-¿¡Y esto?! – rio, molestándolo - ¿Cómo diablos se quita?


 


Lo descubrió rápidamente. Cuando recorrio su costado desde las rodillas hasta las axilas, Alfredo temblo de deseo. Ese maldito pagano era bueno haciéndolo, tal como esperaba. Se dejo cargar por Uhtred, rodear por Uhtred, sentar sobre sus rodillas. Se restregó apasionadamente contra sus firmes musculos, sonriendo en su turno al verlo sorprendido por el tamaño de su hombría, y, esperaba, por su dureza.


 


-¿Tienes aceite o algo? – preguntó.


 


Por toda respuesta Alfredo lamio su propia mano, mirándolo directo a los ojos. Luego la llevo atrás y agarro su verga.


 


-¡Dios, sí! – hecho la cabeza para atrás Uhtred.


 


-¿A que dios alabas, o de cual blasfemas, impio? – le pregunto, tomándole el mentón con una mano y acercando invasivamente su rostro. – Contigo, nunca estoy seguro...


 


El era un enigma para Alfredo, lo que le garantizaba su genuino interés y lo hacia inmensamente feliz. Inmensamente, ¿porque?, pensó con molestia, haciéndole cerrar esos ojos inteligentes con otro beso. Alfredo llevo su verga a buen puerto. La tentación de hacerlo suyo ya fue grande. Pero le impidió dar el sentón, tumbándolo sobre la cama, montándose sobre el, preguntándose cual de las tres cosas lo molesto mas.


 


-Te lastimare si lo hago asi.


 


-Los he tenido mas grandes. – se vengo.


 


-Pero no mejores. – la confianza de Uhtred era su mejor cualidad. – Vamos, hueles a hierbas. – lo nariceo.


 


Alfredo quería molestarse, pero resultaba difícil.


 


-Ahí, junto al agua bendita. -Uhtred se incorporo, agil – Arruinas el momento.


 


-No quiero arruinar tu culo.


 


Alfredo emitio un sonido de excepticismo.


 


-¿No crees que la gente se preguntaría porque su rey no puede andar?


 


-No con mi salud.


 


-Dicen que es vigorizante. – le metio los dedos – Imaginate, hace bebes.


 


Alfredo torcio el cuello, largo y palido, con la nuez de adan pronunciada. Uhtred se la tomo de un mordisco. Estaba caliente y resbaloso: iria de maravilla con el aceite.


 


Saco los dedos y Alfredo lo miro. Uhtred no sabia que cara poner antes de penetrar a un rey. Los ojos de Alfredo eran difíciles de aguantar. Se lo metio. Lo vio poner cara de placer desde el primer instante, justo como quería.


 


-Uhtred hijo de perra... – con su identidad resuelta de un plumazo, Alfredo le araño la espalda.


 


-¿Cómo sabias que me gustan unos buenos arañazos? – le dijo, gozando de la ardiente sensación por undécima partida.


 


-Eres tan fácil de predecir...


 


Aquello no le gusto a Uhtred.


 


-¿¡Y que hay de ti?! ¡En cuanto te vi, supe que te gustaría tomarla por el culo!


 


Alfredo no se altero, ni quito su expresión de placer. Espero a que la embestida terminara para decirle.


 


-Como si a ti no te gustara.


 


Uhtred se sonrojo. Quería parecer muy viril frente a Alfredo, pero el bastardo, estaba a otro nivel. Brujeria, era lo que el hacia. Magia y adivinación.


 


Paro la charla y se concentro en su desempeño. El maldito estaba rico, y poseerlo, poseerlo a el, Alfredo, rey de todo Wesex, de toda la isla, en su corazón, era sublime.


 


No era un guerrero, pero era un líder. Algo nunca visto entre los hombres. Y era Alfredo, el que oraba demasiado y bajaba los parpados asi, solo para el.


 


Con el índice ensangrentado, le hizo la cruz en la frente.


 


-Ahora soy un hereje, y un impio también.


 


Uhtred lo hizo callar con un beso. Si su dios estaba tan obsesionado con el sexo como sus devotos creían, nunca lo sabrían. El solo sabia que su cuerpo estaba ahí, y el de Alfredo también, y que si ambos querían, que carajo importaba al mundo como se corrieran.


 


Con el rostro y cuello enrojecidos por el exfuerzo Uhtred se incorporo, los brazos fuertes a sus lados, el cabello despeinado, ondulado, cayendo también. Los ojos azules mirándolo, la verga roja penetrándolo. Alfredo recibia en si todas las delicias: cada vaivén en su culo, cada musculo acariciado, cada devota mirada recibida. Se corrió mirando a Uhtred, asegurándose de que fuera suyo. Y Uhtred sigio, sigio un poco mas, engolosinándolo a mayores placeres. Placeres que tendría que cumplir, decidio, mientras pasaba su dedo por su sudoroso hombro.


 


Acaricio su omoplato fuerte, su medio moño despeinado. Seria una cuestión de maña contra fuerza, si Uhtred se resistia.


 


-¿Te han comido el culo? – pregunto como al descuido.


 


-Si, un par de veces.


 


-¿Te gustaría que lo hiciera? – pregunto con ojos sinceros.


 


-Si, claro. En lo que se me para la verga. – se acostó sobre su pecho para el.


 


Alfredo miro esas esplendidas nalgas, con hoyuelos, radiantes a la luz que se filtraba por las cortinas blancas. Agarro el aceite al bajarse de la cama. Uhtred empino el culo para el, enardeciendo a su fiera interior. Puso las manos sobre sus nalgas y las abrió. Radiante. Obceno. Era un cerdo aquejado por la lujuria. Utherd se remolineo, complacido. El se aceito el miembro discretamente. Lo comio, ahí, lamiendo hasta el interior, urgando con su lengua en aquel otro cerdo en el que su dignidad no se afrentaba. Un dolorcito en la ciática lo molesto, por lo vivido. Sabiendo que lo sufriría por mas tiempo del que lo gozara, agarro la mano de Uhtred, como por cariño, agarro su brazo mientras se incorporaba, se metio entre sus piernas, de golpe, le doblo el brazo contra lo bajo de la espalda y lo penetro con un quejido.


 


Lo afianzo, entrando de nuevo en esa carne calida, deliciosa.


 


Uhtred parecía mas sorprendido que molesto. Alfredo sabia que si lo quisiera, podría librarse de su agarre fácilmente. Pero creyo que ayudaría a su dignidad si fingían que lo sometia... además, era excitante. Sonrio, viendo su cabello largo, tan bonito como el de una mujer. Con la mano libre en su propia cadera empujaba mejor, viéndose perderse entre aquellas carnosas nalgas.


 


Un poco chico, el culo, sobre caderas estrechas, sobre todo en comparación con los muslos fuertes.


 


Uhtred no decía nada, pero pronto su respiración fue acompasada. Con la suya, mas calma pero llena de placer. Alfredo se exforzaba en su desempeño, no quería quedar mal delante de Uhtred. No quedar mal con ese rico bocadillo guerrero, era a lo que podía aspirar con su salud.


 


Alejo los pensamientos sombríos y se concentro en gozar de ese culo. Esperaba aguantar lo suficiente, tenia que hacerlo llegar, y para ello, entre mas lo estimulara, mejor.


 


Escupio sobre su culo y su miembro que entraba, ganándose un vistazo de Uhtred, luego paso su dedo por el borde mientras lo penetraba mas lentamente, para darse un descanso. Seguia teniendo su mano derecha en torno a su muñeca, pero era ambidiestro. Uhtred se remolineo, complacido. Quien lo hubiera esperado del rey piadoso, uno o dos truquitos nuevos.


 


Y era bastante mas agradable, por lo menos para Uhtred, con ese tamaño de vergas que con otras mas grandes. Cuando Leofric se lo cogio la primera vez, lo dejo para el arrastre. Alfredo era comedido y cuidadoso. Lo único malo de la pose era que no podía verlo.


 


-Dejame darme la vuelta.


 


-¿Frente a frente? – enarcó la ceja Alfredo.


 


-Para que veas la que estas desperdiciando. – se jacto Uhtred, volteándose y zarandeándola tan pronto como estuvo panza arriba.


 


Alfredo se le monto, pensando rápido. Otra no la aguantaba, tenia cosas que hacer, un reino que salvar. Por fortuna, Uhtred mismo le dio la idea. Se la jalaba, el impúdico, para gozar por dos frentes. Unio su mano a la suya, ganándose otra mirada asombrada del ojiazul. Eran pequeños, pero lindos. Lo cogio, y a dos manos complacían su polla de tal manera que empezó a gotear.


 


Si, disfruto Alfredo mentalmente, embebiéndose de la cara de placer de Uhtred, de los chorritos brillantes de su punta, que se distribuían perlándola, de sus apretones intensos que no resistiría mucho mas.


 


Jadeando, entre el dolor y el extasis, como esos mosaicos que veneraba, Alfredo se corrió. Uhtred sigio apretándolo, comiéndoselo, saboreándolo desde abajo. Cuando Alfredo se dejo caer a su lado, sin aliento pero moviendo su hombro con vigor, se acomodo para besarlo mientras seguían jugando con su verga. Otro poco, solo otro poco, a esa luz buena de la mañana, Alfredo se veía hermoso: sudado, despeinado, con color en las mejillas, cansado. Adorable. Uhtred se lo permitio solo porque estaba corriéndose. Adorable. Esperaba no haberle agarrado la mejilla con demasiada fuerza, porque estaba corriéndose y el no era ambidiestro.


 


Alfredo pensó que tendría problemas si Uhtred le marcaba el rostro, su piel era frágil, como el resto de el, cardenales y moretones surgían a la menor provocación. Y siendo rey, tendría que matar a quien le tocara el rostro, si era conocido. Por fortuna, nada de lo que estaba pasando ahí lo seria. Por el publico, aunque no por el, Dios y su confesor.


 


Acaricio la mejilla de Uhtred con la tristeza y la culpa comenzando a invadirlo. Ojala pudiera sonreir como el luego de hacer el amor como animales. No arrepentirse era lo mas cerca que podía estar de ser como el.


 


Uhtred busco un beso mas, pero el no se lo dio. Se levanto, con todo doliéndole peor que nunca. Abrio la cortina, sin atreverse a mirar la cruz. Cogio el paño y lo sumergio en la jofaina, que había sido provista de agua limpia luego de que se aseara por la mañana. Los romanos honraban a sus invitados sirviéndoles agua limpia, y el entendia el gesto.


 


-Limpiate.


 


-No, me quiero quedar con tu olor. – le dijo, llevando el puño que había estado trabajando con el suyo a su nariz.


 


Alfredo considero que no había mucho que pudieran identificar su olor asi, por lo que lo permitio. Le complacia. Toco la mano de Uhtred y el se la beso.


 


-Me voy.


 


-¿Con que dama te casaras?


 


-¡No me casare con ninguna!


 


-Piensalo.


 


Uhtred salio sin contestar. Alfredo, vagamente feliz, miro su reflejo en el agua de la jofaina. Unas leves rojeces aparecían, dedos, o nudillos, considero, poniendo los suyos encima.


 


Golpes de cara, diría, una nueva penitencia. Y buena falta le hacia.


 


 


fin?


 


 


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