El salón de baile, a la vez lujoso y hermético, era una jaula de oro. Para Lee Taemin, era un recordatorio constante de su estancamiento. Su belleza seguía intacta —líneas esbeltas, ojos de ciervo y un halo natural—, pero las pasarelas se habían encogido, el teléfono no sonaba, y su nombre, antes un murmullo reverente, era ahora un eco fugaz.
Fue en el rincón más sombreado de la sala que sintió el peso de una mirada. No era la admiración usual, sino algo más pesado y calculado, como la presión de un cañón sobre la sien.
Choi Minho, el innegable dueño de la noche, se movía como un depredador en un ecosistema que él mismo había diseñado. Su traje de corte impecable no podía ocultar la autoridad intrínseca del jefe de la mafia más influyente de Seúl. Minho no asistía a fiestas; las poseía. Y esa noche, su posesión prevista era el modelo de carrera trunca, Taemin.
La obsesión había comenzado con una fotografía, una toma de revista donde Taemin parecía etéreo. Pero lo que realmente encendió el fuego en Minho fue el atisbo de fragilidad bajo el brillo, la desesperación escondida tras la sonrisa profesional. Minho no quería el "halo" de Taemin; quería el hombre roto detrás de él. Lo quería, simple y llanamente, con la misma finalidad con la que adquiría un edificio o eliminaba una amenaza.
Minho se acercó a la barra. No se molestó en ir hasta Taemin; simplemente hizo una señal a uno de sus guardias y luego se apoyó con una calma devastadora.
Taemin sintió un escalofrío cuando el guardia susurró a su oído:
- El jefe quiere verlo. Ahora.
Caminó hacia Minho con la dignidad que le quedaba, notando la diferencia de estaturas que hacía que Minho se alzara sobre él como un monumento de poder.
- Sr. Choi - saludó Taemin, sintiendo la garganta seca.
Minho no le devolvió la mirada de inmediato. Estaba examinando su copa de whisky, el silencio se estiraba incómodo. Finalmente, sus ojos oscuros, tan fríos como el hielo del vaso, se fijaron en Taemin.
- Tu agencia no está haciendo un buen trabajo, Taemin - dijo Minho, su voz grave y sin emoción, como un juicio.
Taemin parpadeó, la rabia punzándole. - ¿Disculpe?
- No te estoy preguntando nada, joven Lee, estoy afirmando. Es un desperdicio. Un modelo de tu... calibre, debe estar en la cima. No sirviendo de fondo en eventos de caridad.
Minho sorbió el whisky y sonrió, pero la sonrisa no alcanzó sus ojos. Era arrogante, despectiva incluso.
- ¿Y qué le importa a usted mi calibre, Sr. Choi Minho? ¿Viene a ofrecerme un trabajo de modelo para su próxima gala de caridad? - replicó Taemin con un tono mordaz, arriesgándose.
Minho se rió, un sonido seco y corto. Dejó el vaso sobre la barra y se enderezó, la acción llenando el espacio personal de Taemin.
- No, Taemin. Vengo a ofrecerte la cima. Y a comprártela - su voz bajó a un susurro que era más peligroso que un grito. - Sé lo que te costaría un golpe publicitario en Milán. Sé lo que vale una campaña con la marca 'L' en París. Yo puedo dártelo todo. Mañana mismo. El mundo entero volverá a girar a tu alrededor.
Taemin sintió su respiración acelerarse. Era la oportunidad de su vida, pero el precio era inaudito. - ¿Y a cambio de qué, Sr. Choi?
Minho inclinó ligeramente la cabeza, estudiando cada microexpresión de Taemin con una calma predatoria.
- A cambio de que seas mío - sentenció. La palabra "ser" no significaba una relación o un contrato; significaba posesión absoluta. - Quiero que seas el modelo exclusivo de mi vida. Estarás donde yo te diga, te verás como yo te ordene. Y cuando te llame, vendrás.
Hizo una pausa, y por un momento Taemin creyó ver un atisbo de esa oscura obsesión en sus ojos. Pero fue reemplazado al instante por el mismo desinterés gélido.
- No te confundas - espetó Minho, alejándose un paso, como si el mero contacto visual se hubiera vuelto tedioso. - No me estoy enamorando de ti. Simplemente no me gusta ver algo tan hermoso como tú sin usar. Y no me gusta que me digan que no. Piensa en esto: ¿Prefieres seguir siendo la sombra de un modelo, o la joya más valiosa de mi colección?
Minho se dio la vuelta sin esperar una respuesta, seguro de la victoria. Dejó a Taemin solo en el rincón, con la promesa de la fama latiendo en sus sienes y la fría comprensión de que acababa de ser reclamado por el hombre más peligroso de Corea.
Taemin miró la espalda ancha y dominante de Minho, el nuevo jefe de su vida. El precio era su libertad, pero la alternativa era el olvido. Tragó saliva, el sabor a whisky amargo y la amenaza de Minho se mezclaron en su boca. Sabía que no había elección.
Taemin no durmió esa noche.
A la mañana siguiente, cuando su teléfono vibró, el número era desconocido, pero el mensaje no dejaba lugar a dudas: una dirección, hora y la única palabra que sellaba su destino: "Ven".
El edificio era un coloso de cristal y acero en Gangnam, tan frío y moderno como su dueño. Un asistente silencioso lo llevó a un piso superior donde la luz del sol se rompía en las superficies pulidas.
Minho estaba sentado detrás de un escritorio de ébano que parecía un altar al poder. No llevaba traje de gánster, sino un jersey de cachemira y pantalones de vestir, una sofisticación que solo hacía más peligroso el contraste con la autoridad que emanaba.
- Llegas a tiempo - dijo Minho sin levantar la vista de un archivo que estaba revisando. Su tono era de negocios.
Taemin sintió que le temblaban las manos, pero se obligó a mantener la compostura. Dio un paso adelante.
- Estoy aquí. ¿Cuál es el trato exactamente, Sr. Choi? Porque no voy a firmar un contrato sin saber las cláusulas - exigió Taemin, la última defensa de su orgullo.
Minho finalmente levantó la mirada, y una luz oscura de aprobación cruzó sus ojos. Le gustaba la resistencia, la hacía más valiosa.
- No hay contrato, Taemin. Solo un acuerdo. - Minho cerró el archivo y se recostó en la silla, observándolo. - Tu carrera de modelo, bajo mi control, será revitalizada. Tendrás cada portada, cada campaña. Nadie te negará un trabajo. A cambio, vives en el apartamento que te proporcionaré, dejas tu teléfono viejo y usas el que te daré. No cuestionas mis órdenes ni mis llamadas. Y, sobre todo, no intentas huir de mi atención.
Minho se puso de pie, rodeando lentamente el escritorio hasta quedar frente a Taemin. Su proximidad era abrumadora.
- No quiero que seas mi amante, Taemin. Quiero que seas mío - aclaró Minho, su voz era casi suave, pero su mano se cerró en un puño. - Quiero que tu belleza y tu fama sean un reflejo de mi poder. Quiero tener la satisfacción de saber que el hombre más inalcanzable de la industria está atado solo a mí. Es una cuestión de propiedad, no de afecto.
Taemin entendió la verdad brutal. Minho no lo deseaba por amor, sino como el trofeo definitivo. Su arrogancia era una pared para proteger la intensidad de su obsesión.
Taemin cerró los ojos un instante. La ruina profesional era lenta y humillante. Esto era rápido y definitivo. Abrió los ojos y lo miró directamente.
- Acepto. Pero no espere obediencia ciega, Sr. Choi soy un modelo, no un perro.
Minho sonrió de verdad esta vez. Una sonrisa que le hizo parecer más joven y, por un segundo, menos jefe de la mafia.
- Me encargaré de pulir esa desobediencia, Taemin. Ahora, ven conmigo. Tu primera sesión fotográfica es esta tarde. Y tu vida anterior acaba de terminar.
Minho tomó a Taemin por el codo con una firmeza que no admitía debate, guiándolo fuera de la oficina y hacia una nueva y peligrosa existencia. Taemin, el modelo estancado, acababa de ser transformado en la joya de la corona del inframundo de Seúl.