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Aliento de Berserker

Autor: Calabaza

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Notas del capitulo:

Resumen rápido: Bijou conduce a Ajax, a la bruja Pirausta que aún está dentro del cuerpo de Goddard y a su secretaria a tra vez de un túnel subterráneo hacia el lugar más seguro que conocen, que es bajo la mansión de Goddard, donde está el recinto donde Pirausta y Vipunen estuvieron encerrados durante cien años.

 

Capítulo 30 ya! Disfrutenlo.

Era Pirausta. Vipunen no sólo podía escuchar su voz hablándole, también podía sentirla, su presciencia cálida y brillante, como una ventana que se abre en medio de una habitación oscura.

No estaba sola, había otras presencias con ella, presencias extrañas que le turbaron por un momento, pero no reparó en ellas pues lo que realmente le importaba era que su señora estaba de vuelta.

 

 

Después de un rato de recorrer el descenso hacia la cámara donde se encontraba el lobo Vipunen, la luz del telefono móvil ya no fue necesaria, pues a ambos lados del corredor que transitaban, había colocadas antorchas que iluminaban el camino con su luz anaranjada.

-¿Nos esperaban?- preguntó Bijou, intrigado al encontrar las antorchas dispuestas.

-Se encienden para guiar a quien recorra la galería.- explicó la bruja dentro del cuerpo de Goddard. -Un hechizo.- sonrió.

-Oh. Magia, claro. Mucho mas útil que la energía eléctrica, supongo.-

-Aun cuando Alan Goddard hubiera querido instalar electricidad o dispositivos tecnológicos, no hubiera podido. Hay demasiada energía aquí. Muchos hechizos sellando el lugar. Es lo que lo hace tan seguro, y tan buena prisión. Pocas criaturas podrían conseguir entrar o salir.-

-Pero, estamos entrando...-

La interrupción de la voz de la secretaria fue tan sorpresiva que ambos, Bijou y Goddard voltearon a verla. Eso pareció cohibirla, así que se disculpó, agachando la mirada.

-Es una buena pregunta. ¿Nos estás conduciendo a una trampa?- agregó Bijou, dirigiéndose a la bruja de nuevo.

-Oh. No tendremos problemas en entrar o salir mientras este cuerpo nos acompañe.- declaró con entusiasmo, llevándose las manos al pecho.

- Los hechizos responden a la energía vital de Alan, él los controla. Hay trampas, si, pero son inofensivas a nuestro paso por que sienten la presencia de Alan, y por que él no ha hecho ninguna indicación de que los seres que le acompañan son intrusos o representen alguna forma de peligro. Si alguien tomara prisionero a Alan y lo obligara a recorrer estos pasillo contra su voluntad, los hechizos se activarían, igualmente si llevaran únicamente el cuerpo muerto de Alan.  Pero a pesar de todo el cuidadoso detalle que puso en sus hechizos y trampas, él nunca previó que alguién más pudiera entrar en su cuerpo y utilizarlo. Su arrogancia no le permitió creer que alguno de sus planes tenía falla.-

De pronto el estrecho túnel dio paso a un espacio más grande, la cueva, con sus paredes de cantera roja, y las escaleras talladas de la piedra viva, que bajaban en forma de espiral. El lugar estaba bien iluminado por las antorchas, aun así para los visitantes resultaba difícil distinguir lo que había en el fondo, además, no podían asomarse demasiado, pues las escaleras no tenían ningún tipo de barandal que les previniera de caer al vacío. Así que caminaron con cautela, pegados a la pared.

Lo único que podían ver desde donde estaban era una gruesa cadena dorada que pendía desde el techo del recinto, como si estuviera incrustada en la roca y cuyo extremo se perdía allá, en el fondo.

El aire estaba mucho más frío dentro de la cámara, y de las aberturas y agujeros en las paredes surgían ráfagas de viento que provocaban sonidos perturbadores como de gritos.

Ajax, caminando con una mano sobre la pared, tuvo miedo de que de aquellos orificios saliera de pronto alguna criatura y los atacara. El lugar entero de por si le causaba cierto temor.

-El aire que entra por esas aberturas ¿Viene de la ciudad?- preguntó Bijou. -¿El aliento de esas bestias blancas podría llegar hasta aquí?-

-Si, es posible.- respondió la bruja yendo delante. Era la única que caminaba sin sostenerse de la pared, no pareciera preocuparle la posibilidad de caer.

- Las aberturas en la roca no son accidentales, fueron colocadas ahí, planificadas cuidadosamente por Alan para traer el aire puro de las montañas hasta aquí, por que el creyó que eso me complacería. Hasta ahora sólo la ciudad fue cubierta con el aliento de los berserker, así que el aire de las montañas debe continuar limpio. Sin embargo ese aliento destructor terminará rompiendo la piedra, por más dura y gruesa que sea, traspasará las barreras que Alan Goddard colocó y se colará hasta aquí -

-Así que en realidad no estamos más seguros aquí que allá arriba.-

-Bueno, puedes intentar sobrevivir allá arriba, Bijou LeClair, enfrentando a los berserker. Estaremos más seguros aquí al menos por unas horas, quizá días. Quizá para entonces lo que acontece allá afuera allá terminado.-

-Ah, Vipunen estaba en lo cierto, has vuelto, bruja presuntuosa, puedo sentir tu desagradable presencia. ¡Puedo escucharque hablas con el sonido de mi voz!

Aquellas palabras se elevaron desde el fondo. Eran pronunciadas por una voz femenina que parecía debatirse entre la furia y la risa. La bruja, dentro del cuerpo de Goddard reconoció su propia voz y sintió un alivio placentero de volver a escuchar a su verdadero cuerpo, aun cuando se dirigiera a ella con tanta rabia.

-¿Quién es?- quiso saber Bijou.

-Ese es tu antigüo amo, Alan Goddard, encerrado en un cuerpo que no es suyo. Y parece que nos espera, ¿No te divierte?-

-¿¡Qué!? ¿¡Qué es lo que murmuras allá arriba, bruja!? ¿¡Con quién hablas!?- volvió a gritar la criatura dentro de la jaula.

-Oh... ¡Andando, andando!- apresuró la bruja dentro del cuerpo de Goddard, dando largas zancadas para bajar los escalones de dos en dos. Los demás le siguieron, a paso lento.

-¡Guarda silencio! No te atrevas a dirigir tus afrentas a la Señora del bosque. Ni siquiera mereces estar en su presencia.- rugió Vipunen.

-Ah, ¡Tú guarda silencio!- gritó Goddard dentro del cuerpo de la bruja atrapada en la jaula. -Estoy hablando con la ...señora... Pirausta.- dijo, fingiendo suavidad en su voz, para luego volver a explotar en cólera. -¡Estoy hablándole a esa maldita ramera, así que guarda silencio, sucia bestia!-

-Oh, querido Alan Goddard, ¿No has escarmentado nada?-

Alan Goddard reconoció su propia voz, no podía ver, claro, estando dentro de un cuerpo sin ojos, pero era su propia voz la que le hablaba con aquel aire altanero y pedante.

-Ah. Vaya, vaya. Debo aceptar que no creí que volverías. Estando libre allá afuera, tener que volver a tu prisión debe mortificarte, bruja.-

-He vuelto por Vipunen.-

Dijo Pirausta dentro del cuerpo de Goddard, parándose en el rellano de las escaleras desde donde podía vislumbrar perfectamente la jaula y al lobo. Los demás también los vieron. Incluso para Bijou, quien ya había contemplado ese lugar en una visión inducida por la bruja, la escena era impactante. La figura de la joven mujer encerrada en la jaula dorada que pendía del techo, con el rostro cubierto de sangre y las cuencas oculares vacías. Y al otro lado, el enorme lobo de piel gris y cuerpo delgado y consumido, retenido únicamente por una suave cinta delgada.

El lobo se veía cansado, su cuerpo grande y poderoso estaba débil. Un presa fácil. El pensamiento salto a la mente de Bijou apenas lo vio. Y él, claro, estaba hambriento, famélico. Pero luchó por contener sus ansias.

-Pirausta.- le llamó Vipunen, con la cabeza levantada al aire, buscando a su amada, obedeciendo aún el mandato que ella le había dado antes de marcharse: mantener sus ojos cerrados todo el tiempo, hasta que ella le dijera lo contrario.

-Aquí estoy, finalmente, mi muy leal lobo.- dijo ella, apresurándose a bajar los escalones que faltaban para acercarse al licántropo. -Finalmente.- repitió ella, pasando aquellas manos ajenas sobre el rostro de su amada bestia.

-Pirausta.- musitó él, con su voz quebrándose.

-Shh, tranquilo. Manten los ojos cerrados. No me veas. Aún no Vipunen, no mientras conserve este cuerpo. ¿Podrás esperar un poco más?-

-Esperaré la eternidad si tú me lo pides.-

-No podrás llevártelo, Pirausta.- la voz de la criatura en la jaula se elevó sobre el recinto de nuevo. -Soy el único que puede soltar la cinta Gleipnir que ata a Vipunen, y sólo puedo hacerlo estando en mi cuerpo. ¿Vas a devolverme a mi cuerpo, bruja?-

-Por supuesto.- respondió Pirausta en el cuerpo de Goddard, caminando hacía la jaula, dando una vuelta al rededor de ella, observándola como si fuera la cosa más fascinante que hubiera contemplado. A ella misma, presa, indefensa y al mismo tiempo a salvo dentro de su preciosa prisión.

-Volverás a tu cuerpo, Alan.-

-¿Si?- preguntó Goddard incrédulo. -¿Y luego que harás? Si ambos volvemos a nuestros cuerpos originales yo estaré de nuevo libre, y tú presa dentro de la jaula, sin posibilidad de usar tu poder, y ciega. ¿Cómo podrás entonces obligarme a liberar a Vipunen?-

-Bueno, no seré yo quien te obligue... Bijou LeClair lo hará.-

Al escuchar su nombre, Bijou se sorprendió. Estaba demasiado absorto tratando de refrenar su hambre. Apartó la vista de Vipunen para mirar de nuevo a la joven aprisionada, ese cuerpo frágil y hermoso que en realidad contenía al verdadero Alan Goddard.

-Ah... Así que uno de esos que han venido contigo es Bijou LeClair. ¿En dónde esta tu lealtad, muchacho?- inquirió el verdadero Goddard desde la jaula, mientras Bijou bajaba lentamente los escalones hasta ellos, seguido por un curioso Ajax  y una secretaria nerviosa.

-No te acerques mucho.- le indicó Pirausta dentro del cuerpo de Goddard. Y Bijou se detuvo a un par de metros, desde donde pudo apreciar perfectamente la imagen miserable de la doncella sin ojos.

-Bueno, ese muchacho no es más que un experimento fallido, un error, basura de laboratorio. ¿De verdad esperas que algo como él pueda obligarme a mí a hacer algo.-

Bijou entrecerró los ojos con desprecio ante las palabras del verdadero Goddard, aunque supuso que su mirada de odio no haría ningún efecto sobre alguien que no podía verlo.

-Ah, si que podrá obligarte, por que no tendrás opción. Después de todo, para liberar a Vipunen sólo necesitas una mano y la boca para ordenarle a Gleipnir que lo suelte.- explicó la verdadera Pirausta.

-¿Qué?-

Ella tomó las manos de Bijou y lo dedicó una mirada pícara y confidente, casi de complicidad.

-Mi querido Bijou Leclair, te entrego este cuerpo. Encárgate de él. Rompe sus huesos. Que no pueda caminar. Que quede limitado a mover unicamente una de sus manos.-

-¿¡Qué!?-repitió el Goddard dentro de la jaula -¿Qué has dicho?-

Bijou, sorprendido, también parecía esperar a que le repitieran aquellas palabras.

-Estarás indefenso, a merced de Bijou LeClair, sin poder escapar o lastimar a nadie más. Y si no colaboras dejaré que él te asesine, y estoy muy segura de que será un placer al que no se rehusará.- dijo la bruja, dentro del cuerpo de Goddard, de la forma en que ella decía las cosas cuando iba en serio, suavemente y con una sonrisa.

Bijou le miró, interrogante, sin entender del todo de que se trataba todo aquel teatro, pero decidió seguirle el juego.

-Así es. Lo haré encantado.-

-Hazlo.- animó la verdadera bruja, poniendole el brazo derecho del cuerpo de Goddard entre las manos, y Bijou, obediente, le sostuvo el codo y lo dobló hacia atrás, hasta que escuchó el chasquido del hueso partiéndose.

La bruja dentro del cuerpo de Goddard gritó.

Vipunen también.

-¡Detente! ¡Si haces eso mientras Pirausta esté dentro ella sentirá el dolor!- objetó el lobo con desesperación desde el otro lado de la estancia.

-¿Qué fue...? ¿Qué fue eso? ¿Qué haces?- preguntó Goddard dentro del cuerpo de la bruja, sin poder ver, extendiendo sus manos contra los barrotes de la jaula. -¡Detente!-

-Tranquilo. Tranquilo, Vipunen. -dijo la verdadera Pirausta, hablando muy quedo, tratando de ahogar el dolor que sentía por el brazo lastimado. -Es necesario. Pronto terminará.- dirigió luego una mirada a Bijou, indicándole que continuara, y acomodándose lentamente sobre el piso, permitiéndole a Bijou apoyarse sobre una de las largas piernas del cuerpo de Goddard, aplastando la rodilla hasta romperla. El dolor intenso se reflejo en su rostro, y Bijou, sin inmutarse, se acercó a la otra rodilla, listo para hacer lo mismo con ella.

Ajax, obedeciendo a un inexplicable impulso intentó acercarse, pensando que tal vez podía detenerlo, pero la secretaria lo sujeto y apartó, y ella misma volvió el rostro, un tanto incómoda por la imagen.

-¡Basta! ¡Estás... estás estropeando mi cuerpo!- gritaba el verdadero Goddard, incapaz de hacer nada desde la jaula, y unos segundos después escucho el sonido de otro de sus huesos quebrándose.

La bruja apretó los labios, intentando contener el dolor.

-¿Qué vas a hacer ahora? preguntó Bijou, apartándose, con las manos en los bolsillos. -Así sin poder moverte.-

-Depende de ti.- respondió ella, arrastrándose hasta quedar junto a la jaula, estirando la única mano que le quedaba intacta a través de los barrotes.

Goddard, ciego dentro de la jaula se resistió a la mano que le jalaba con demasiada fuerza, a pesar de la precaria condición del cuerpo roto con el que Pirausta contaba, tuvo la fuerza suficiente para obligarle a acercarse hasta sus labios y una vez más sus bocas se unieron en un contacto brusco. Alan Goddard, el verdadero, sintió de nuevo aquel torrente como fuego recorrer todo su interior , que luego lo arrastraba como una marea hacia un vacío enorme en el que caía hasta perderse.

Cuando despertó lo primero de lo que fue consciente fue del dolor. Provenía de las piernas y del brazo, y se extendía a cada nervio de su cuerpo. Tanto dolor, tan intenso.

Gritó y trató de moverse, luego se quedó muy quieto, con los ojos abiertos, mirando el techo de la cueva, tan alto, que se perdía en la oscuridad.

Podía ver.

Sólo entonces comprendió del todo la situación. Había regresado a su cuerpo original.

-Pirausta...- masculló, haciendo un esfuerzo por sentarse, apoyándose en la única mano sana para poder mirar en dirección a la jaula. -Que estúpida eres... que ...confiada. ¿Crees que con incapacitar mi cuerpo vas a detenerme? Siempre me subestimaste... Ah... pero me dejaste lo necesario para poder usar mi poder...¡Sólo necesito poder recitar cualquier hechizo!... ¡Con una palabra me bastará para matarlos a todos y salir de aquí!-

Pero Pirausta en la jaula no respondía, y no podía decir si estaba inconsciente o muerta, ahí tendida dentro, con el rostro cubierto por el abundante cabello castaño, y en verdad no importaba, por que ella estaba atrapada de nuevo, sin ninguna posibilidad de usar su magia, y él en cambio estaba libre.

Libre para vengarse.

Dirigió su furiosa mirada hacia Bijou, que permanecía de pie a un lado, y que dio un paso atrás al notar que atraía su atención. De pronto aquel cuerpo que le había parecido tan joven y bello en los últimos días, y aquella mirada chispeante y viva que lo hechizaba habían desaparecido. Sólo estaba Alan Goddard, el mismo de siempre, el viejo, reseco y corrompido Goddard, que le dedicó a Bijou una sonrisa cruel.

-Te equivocaste de bando, muchacho. Y va a costarte muy caro...-

Y entonces se detuvo por que algo lo frenaba. Algo dentro suyo que retenía su lengua al intentar pronunciar alguna palabra que pudiera lastimar a alguno de los presentes.

"Está... dentro..." pensó Goddard. "¿Sigues en este cuerpo?"

"Así es" respondió la voz de la bruja, dentro de su cabeza. "Es la única manera en que podría asegurarme de que liberes a Vipunen."

Goddard se revolvió en el piso, enterrándose los dedos en la piel del rostro, con una expresión de agobio.

-¿Qué le sucede?- preguntó Bijou, sin entender que es lo que le ocurría a la persona frente a él, quien fuera quien estuviera adentro de ese cuerpo.

-¿Pirausta?-

-Sigue dentro del cuerpo de Goddard.- dijo Vipunen -Puedo percibirlos a ambos dentro de ese cuerpo.-

-Oh... Ella está... ¿Atrapada?-

"Maldita bruja ¡Sal de mi cuerpo!- le dijo Goddard a Pirausta, en medio de aquella lucha interna dentro de su cabeza.

"Primero libéralo."

-¡No!-

-Bijou LeClair.- dijo Pirausta a traves de la boca de Goddard -Acércanos hasta donde está Vipunen. No tienes de que preocuparte por Alan Goddard, yo lo contendré.-

-¡No lo hagas! ¡Obedeceme, LeClair!- volvió a gritar Goddard, con una voz mucho más violenta y desesperada. Bijou supuso que ahora era el verdadero Goddard quien le hablaba. Ladeó la cabeza y suspiró, cansado. Se acercó y tomó el cuerpo maltrecho de Goddard en sus brazos, llevándolo junto al lobo. Al acercarse el olor de Vipunen le golpeó la nariz, lo que por un momento lo obligó a detenerse y su cuerpo tembló. El hambre lo estaba devorando, y antes de poder reaccionar dejó caer a Goddard, quien se quejó dolorosamente.

-Ten cuidado, humano.- le advirtió Vipunen a Bijou. -Dentro de ese cuerpo aún se encuentra la Señora del bosque. Está conectada a él y siente su dolor.-

Bijou respondió con un gruñido, dándose vuelta para no mirar el suculento manjar que era el lobo, ahí indefenso. Podía devorarlo, y Vipunen no tendría forma de defenderse, atado con aquella extraña cinta. Él y Pirausta, indefensos, ella atrapada junto con Goddard en aquel cuerpo inmóvil. Podría matarlos, a ambos, a Goddard y a la bruja que era un peligro, de una sola vez, y luego saciar por fin su hambre con Vipunen. Sería tan sencillo.

Pero todavía creía que Pirausta podía ayudarle a curarse, si lograba que Goddard los liberara a ella y al lobo. Tenía a Ajax, pero ahora ya no contaba con un laboratorio con recursos suficientes para crear una cura, y no disponía de tiempo pues la mutación avanzaba y se hacía cada vez peor. Pero quizá Pirausta con los poderes de su verdadero cuerpo, quizá...

Así que debía soportar su hambre un poco más.

Sintió su cuerpo estremecerse y se mordió los labios mientras observaba el cuerpo de Goddard arrastrándose torpemente hasta quedar junto al lobo.

Vipunen suspiró al sentir el toque amable de la única mano que el atrofiado cuerpo podía usar, y luego esa misma mano se movió hasta la cinta, que pareció responder al tacto con un ligero resplandor azul.

-Libéralo.- dijo la bruja.

-¡No!- respondió Goddard.

-Te obligaré a hacerlo.-

-¡Inténtalo, bruja! Y mientras nuestras voluntades sigan luchando este cuerpo se debilitará más y más hasta la muerte, y tú y yo pereceremos con él.-

-Eso no importa en tanto pueda liberar a Vipunen.-

-¿Renunciarás a tu vida por ese monstruo?-

-¿No me has observado lo suficiente durante estos siglos, querido Alan? ¿No has entendido aún lo que esta criatura significa para mí? Sacrificaré mi vida y la de cada ser vivo en este mundo si es necesario para salvarlo a él. Pero tú, ¿Darías tu vida sólo por un capricho? Deja ir a Vipunen y yo te dejaré a ti.-

-No. Si lo libero intentará asesinarme. Él y tú, me quieren muerto. ¿Crees que no puedo sentirlo?-

-¿Esperabas otra cosa, luego de lo que nos has hecho? Deseamos venganza, desde luego, pero hay cosas de mayor importancia. Te prometo que Vipunen no hará nada contra ti, tienes mi palabra y sabes lo que vale.-

-No confío en ti, bruja.-

-Y yo tampoco confío en ti, querido, pero no tenemos opción. ¿No es verdad? Por que mientras los dos estemos en este cuerpo eso nos condena a una muerte lenta y segura.-

Ella sintió como el espíritu de Goddard se agitaba en un mar de rabia y confusión.

Y luego, lentamente, se apaciguó, como la llama de una hoguera que se queda quieta y calmada luego de haber bailoteado por una ráfaga de viento.

-¡Bien!...Bien. Por esta vez...-

Alan Goddard, por su propia voluntad deslizó los dedos sobre la suave cinta y suspiró.

-¿Sabes de qué está hecha?- preguntó, en voz alta, pero sosegada y suave, por lo que era difícil asegurar si era el verdadero Goddard o la bruja quien hablaba

Pero Vipunen sabía que era Goddard. Podía sentir su presencia dominando el cuerpo, tironeando de la cuerda, al parecer por la simple diversión de verlo sufrir estrangulado.

-Esta hecha de de los tendones de un oso, para que sea flexible y de la raíz de un peñasco, para que se sostenga con fuerza; de la barba de una mujer, para que sea resistente, de la saliva de un pájaro para que sea dúctil, de la pisada de un gato, para que sea ligera y del aire en el aliento de un pez. Pequeñas cosas insignificantes, y aún así lo bastante poderosas para detener a un demonio. Gleipner en realidad es... nada.- y al pronunciar la última palabra, tomó la cinta entre su dedo incide y el pulgar y jaló de ella, haciéndola desvanecerse en el acto.

Vipunen, todavía con los ojos cerrados, jadeó, no por que la cinta le hubiera cortado el aire con su último movimiento, si no por una profunda emoción que le invadió al sentirse libre de la atadura. Pudo por fin estirar el cuello . Luego el resto de su cuerpo, anquilosado y rígido por las décadas de inmovilidad a las que había sido sometido, y podía sentir que su fuerza regresaba. Era como si volviera a estar vivo, había brío dentro de él, y emociones, más intensas de lo que las recordaba. De pronto fue la furia la más dominante de ellas, y quería saciarla. Bufó y gruñó y agitó los brazos al rededor sin importarle quien fuera su víctima, estando su razonamiento impedido por la ira, y su vista por sus ojos aún cerrados.

Pero una mano se posó sobre una de sus patas traseras. Una mano grande que le resultaba desagradable por que supo enseguida que era la mano de Goddard, pero también reconoció en ella el tacto suave y tierno, y esa era Pirausta.

 

 

 

Era Vipunen. Estaba libre, finalmente.

-Cumplí con mi parte, ahora sal de este cuerpo.- reclamó Alan Goddard, pero Pirausta, demasiado conmovida por la escena, lo ignoró, estirando la mano para poder tocar al lobo, para hacerle saber que ella estaba ahí. Y el lobo lo comprendió enseguida, y todo el rencor y la furia que se desataban dentro de él mermaron en un segundo, pues había algo de mucha más importancia que le llamaba. Había esperado más de cien años para poder volver a abrazarla, y aunque aquel no era su cuerpo, ahí dentro estaba Pirausta, su dama.

Tomó con gentileza el cuerpo de Goddard y lo abrazó contra su pecho.

-Pirausta.-

-Estoy aquí, mi amado y noble Vipunen. ¿Puedes sentirme?-

"¡Vuelve a tu cuerpo, bruja!" volvió a ordenar Goddard, ansioso de poder librarse de ella.

Y entonces, los sentidos de Vipunen que hasta ese momento habían estado demasiado saturados y dispersos, se enfocaron en aquello que olía a peligro y amenaza.

Luego un grito, un grito agudo en la voz de un niño que Vipunen no reconoció, pero que le hizo reaccionar, aunque fue demasiado tarde, y su cuerpo fue golpeado violentamente.

Aún debilitado no reaccionó a tiempo. Levantó la cabeza, aturdida por el impacto y olfateó en el aire el tufo fétido de algo que se movía hacia él, podía sentirlo acechándolo, podía sentir su hambre punzante y dolorosa.

-¡Bijou LeClair, detente!- dijo la bruja desde el cuerpo de Goddard, por lo que Vipunen supuso que el monstruo era en realidad el hombre que había acompañado a la bruja hasta ahí, el mismo que había roto las piernas y brazo de Goddard, y que ahora se había transformado en algo salvaje y enorme.

- ¡Bijou LeClair! ¡Escúchame!- volvió a hablar el cuerpo de Goddard, que por el golpe, había salido despedido de los brazos de Vipunen para terminar en el suelo, a un lado de la bestia, quien al percibir su llamado pareció detenerse.

Bijou, el monstruo devora lobos se inclinó sobre el maltratado cuerpo de Goddard, olfateando. Luego, levantando una de sus largas zarpas, la aplastó contra el cuerpo del hombre, haciéndolo sonar como si reventara, como el sonido de un insecto al ser pisado.

Luego levantó la garra e inspeccionó el cuerpo que había quedado hecho pulpa sobre el suelo, y pareció muy complacido por ello.

Al escuchar el sonido de todos los huesos quebrarse y los órganos reventarse  bajo el peso de la criatura, Vipunen, presintiendo lo peor, abrió los ojos al fin, y pudo ver lo que el monstruo había hecho. El cuerpo destrozado e inerte de Goddard. Estaba muerto.

Vipunen dirigió su mirada a la jaula, donde el cuerpo de Pirausta todavía yacía, inmóvil también, sin vida.

-Ella estaba... ahí... Pirausta...-

el lobo se acercó al cuerpo de Goddard, y le tocó suavemente, pasando sus garras sobre la cabeza casi irreconocible. -Ah... mi señora Pirausta... mi... hermosa dama... Pirausta...- pero ella no respondió.

Y sintió como sus ojos se humedecían por que ella, la fresca y hermosa Pirausta, la Señora del bosque, libre y salvaje como el viento no podía estar muerta. No debía. Aquello estaba mal, como una pesadilla llena de sucesos ilógicos y aterradores. Pero aquello era real. Y él había fallado de nuevo en protegerla. Ella había vuelto hasta ese horrible lugar para liberarlo, y él no había podido evitar que ella... muriera.

Bijou lanzó sus zarpas contra él, tratando de atraparlo, y Vipunen, hundido en su pena no se dio cuenta de ello hasta que estuvo aprisionado entre las fuertes y duras garras que lo acercaban al hocico del monstruo. Sólo entonces reaccionó, dejando por fin surgir toda la furia y violencia que la presencia de Pirausta siempre había podido calmar. Pero ella ya no estaba, y era culpa de aquella criatura, y le haría pagar.

Pirausta ya no estaba, pero alguien debía detener a ese monstruo, y el único que quedaba para hacerlo era él. Era Vipunen.

Notas finales:

Hola, gracias por haber leido hasta aquí!

Ya estamos en el capítulo 30. Me parece maravilloso haber llegado tan lejos.

Poco a poco las cosas van llegando a su climax y el descenlace está ya muy próximo.

Me gustaría saber sus opiniones, que me cuenten como creen que va a terminar todo. Es un capricho mío, pero es que es muy divertido para mí leer las teorías de los lectores.

No tenía pensado subir este capítulo aún, pero que diablos, ya que estaba listo mejor lo pongo de una vez y me voy a dormir tranquila.

En este capítulo fue algo difícil el mencionar a Goddard y a Pirausta, ya que por fin vuelven a estar junto en escena, para que no fuera confuso al leer saber de quien se estaba hablando, con todo eso de : la bruja en el cuerpo de Goddard, y Goodard en el cuerpo de la bruja.

Espero que no cause problemas. Espero que lo disfruten mucho.

Eso es todo por ahora.

Los dejo con algunos dibujos de Pirausta y Vipunen : 

Pirausta y Vipunen 1  Pirausta y Vipunen 2

Y un intento de ilustración de como serie el monstruo Bijou:

Bijou

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