Amor Yaoi
Fanfics yaoi en español

La Apología De La Estupidez Y El Amor

Autor: Nickyu

[Reviews - 19]  

LISTA DE CAPITULOS
- Tamaño del texto +

II

Los Infaustos Días Venideros

 

Había amanecido por fin. El leve suspiro que soltó cuando observó cómo lentamente la oscuridad era consumida por la resplandeciente mañana, denotaba cansancio.

Él no podía aburrirse más que mirando tranquilamente cómo perdía el tiempo. Probablemente en el Imperio, ya hubiese acabado con ese montón de papeles que había dejado para más luego.

Resopló, y acarició con cuidado una mejilla del rubio ángel que tenía a su lado. Mientras estaba despierto, le daban ganas de matarlo para que se calle de una buena vez, pero… dormido era otra cosa…

Tragó saliva y desvió la mirada. No quería pensar así de ese ángel. No lo había conocido antes, pero ahora sí que le caía muy mal. Era arrogante, orgulloso, irascible, y muy, muy bonito. Probablemente, si no tuviera esa personalidad desastrosa, se hubiese enamorado de él, pero eso resultaba imposible… o al menos para él, tomando muy en cuenta aquella personalidad tan… insoportable.

—“Hmmm… m–mi cabeza…”— escuchó el Emperador demonio, de los tentativos y carnosos labios ajenos.

No hizo más qué arquear una ceja. ¿Acaso tenía otras partes afectadas, por las anteriores batallas? Sería un problema esperar la recuperación de ese ángel fastidioso.

Él quería ya levantarse, tenía el cuerpo adolorido. Pero la prioridad era el bello ángel rubio, de carácter insoportable. ¿Cómo era posible que tardara tanto tiempo en recuperar su magia?  

Volvió a resoplar, y se resignó. Enojarse, y todos sus derribados sólo iban a lograr que muera de un colerín.

Pero aún en la situación que se encontraba, no estaba dispuesto a perder el tiempo. Aunque sí, meditaría. Sí, eso era lo que iba a hacer.

Antes que nada, estaba el asunto del nuevo ángel caído que se había unido al Imperio Infernal… a Leviatán Grehn Drazollentt, un ángel que se había revelado a Metatrón el Adalid del Cielo. Leviatán era… inteligente, elegante y muy hermoso.

Al parecer, un día en una guerra, peleó contra el Príncipe de todos los demonios y seres de la oscuridad, Beelzebub, el cuál era muy despreocupado, poderoso, atractivo y… estúpido. Beelzebub era un grande apoyo en el Imperio Infernal, no lo parecía, pero era inteligente cuando le apetecía.

Y por más que pensaba, meditaba y hasta reflexionaba, no encontraba la razón por la que Leviatán dejara su Imperio por… un demonio cómo Beelzebub, el cual lo único que tenía de bueno, era su físico. Es decir, el no quería ser malo al momento de juzgar a su buen amigo y apoyo, pero era la verdad. Él conocía muy bien lo irritante que podía llegar a ser el demonio castaño si se lo proponía, es más, él había sido testigo de cómo Beelzebub podía hacer perder la paciencia al ser desdichado, electo a ser molestado.

Aparentemente, se había visto muchísimas veces a escondidas con Leviatán, y… ¿se habían enamorado? Ahora si no podía negar que Beelzebub era un estúpido en todo el sentido de la palabra, es decir, ¿se enamoró de su enemigo? Aunque Leviatán compartía parte de esa estupidez, prácticamente había abandonado su vida siendo un ángel en el Cielo, porque al parecer ese amor era mutuo, aunque él lo negara.

Hubiese seguido cavilando más, pero ya no quería. Y además, un quejido suavecito lo había alertado.

El ángel iba a despertar. Eso era malo. Muy, muy malo, porque significa oír otros reproches… y lo peor era que no era su culpa, el ángel rubio solito se había abrazado al cuerpo de Lucifer.

Trató de zafar su brazo de las anchas caderas, aunque le resultó imposible.

—“¿Estás manoseándome?”— fue la frase cargada de enojo que escuchó, antes de recibir un fuerte golpe en el costado.

Ya ni siquiera sintió dolor. Sólo rabia, rabia combinada con muchísimas ganas de matarlo de una maldita vez. Pero aún así se contuvo, ese ángel era el maldito e idiota creador de aquel lugar tan desastroso, que lo había alejado de todos sus demonios en el Imperio, pero más importante, de su pequeño y dulce bebé recién nacido.

—“Sí, estoy manoseándote. Lástima que despertaste muy pronto”— sonrió, antes de ganarse otro golpe, que a pesar de haber sido el doble de doloroso que el anterior, no cambió la fisonomía sonriente.

—“¡Eres de lo peor! ¡Pervertido!”— insultó Astaroth, antes de levantarse en un segundo del suelo, lo que le provocó una punzada dolorosa en todo el cuerpo, y a su vez, un gemido pequeño de dolor.

—“Mira, no sé si en verdad me creíste, pero si quisiera hacerte algo, ahora mismo no te hubieras despertado por el movimiento de mi mano, sino, por…”— un tercer golpe lo acechó, y sólo rio. Al parecer Astaroth había adivinado a la perfección las siguientes palabras.

Ya no estaba molesto, ahora, sólo sonreía gustoso. Le parecía muy, muy divertido ser aquel que logre esa expresión enfadada y sonrojada en el ángel, le hacía sentir una satisfacción que era digna de hacerle sonreír también.

—“«Eso» no va a suceder nunca”— aseveró Astaroth, desviando la mirada, con la única intención de ocultar sus sonrojadas mejillas. Tenía la mala costumbre de imaginarse todo lo que le decían.

Lucifer arqueó una de sus perfectas cejas, y sonrió aún más. Eso ya le sonaba a una apuesta. Pero luego esbozó una mirada asustada, al imaginarse que Astaroth sería fastidioso también en «ese tipo de cosas».

Finalmente, asintió.

—“Tienes razón, no va a suceder nunca”— aceptó, mientras por fin se levantaba del suelo.

Miró al cielo, luego hacía la extensa arboleda, y por último, al ángel «creador». Aún lucía apagado, aunque seguía siendo bonito, aún con todos esos moretones, y ese golpe carmesí cerca de esos labios carnosos y apetecibles.

—“¿Creaste algún lugar con agua?”— preguntó, observando al serafín.

El rubio ser celestial nada más frunció las cejas, entre desconcertado y confundido.

—“¿Estás insinuando qué éste lugar lo creé yo?”— Lucifer asintió con la cabeza, seguro —“¿Por qué? Es decir, ¿cómo podría crear yo este tipo de lugar?”— ahora el Emperador se encogió de hombros.

—“Tal parece que  eres irritante, pero poderoso. Ayer te veías muy, muy indefenso y aún así, lograste crear otro tipo de dimensión. Estoy realmente impresionado”— dijo, antes de sacudir el polvo de su espalda. Mirar a Astaroth le había hecho olvidar que había dormido descubierto, o al menos la parte de arriba.

 —“Esto no es otra dimensión”— murmuró Astaroth, mirando con enojo a Lucifer.

—“Entonces, ¿qué es? Yo he estado en los Cuatro Mundos, y este lugar no se parece a ninguno de ellos”— fijó sus verdes orbes en el ángel, y con estos, le cuestionaba, y maldecía a la vez. No sabía si alguien había regresado al castillo, o sí Mitoki estaba ahí solo.

—“¿En los Cuatros mundos, eh?”— repitió inconscientemente Astaroth, mientras se colocaba las prendas que el Emperador Demonio le había prestado —“¿Cómo es el Inframundo? Estuve en el Cielo, en el Infierno, y… en el Mundo Humano, pero nunca he ido al Inframundo”— Lucifer ladeó la cabeza, le pareció muy inesperado aquel diálogo, y más por la tristeza con la que el ángel nombró al Mundo Humano.

—“No te pierdes de gran cosa. El Inframundo es más oscuro que el Imperio Infernal, y muy frío. Existe un punto en dónde ya no hace frío. Sólo hace un calor insoportable, y se debe a esa laguna de fuego. ¿Has oído del lago de fuego, escrito en la Biblia? Pues no está en mi Imperio, está en el Inframundo. A eso se debe el terrible frío que hace ahí, se contrarrestan para buscar un equilibrio”— respondió desinteresadamente, mientras acomodaba su cabello.

Ahora era Astaroth quién fijaba sus bonitos orbes lila en el demonio de cabellos ébanos y ojos profundamente verdes.

Dentro del historial de ángeles y demonios, estaba una grandísima incógnita, la cuál era el origen de Lucifer. Al parecer el Emperador Demonio odiaba intensamente que lo llamasen «Satán», porque ese era el demonio que sería encadenado en el final de los tiempos, durante mil años, sujeto al lago de fuego con sus otros demonios. 

Claro, lo cual era imposible, porque  ningún ángel o demonio había podido probar la existencia de Dios o de alguien de la trinidad.

Lucifer era… muy orgulloso. Tanto, que pensar en ser derrotado le daba rabia y vértigo, y si le decían Satán se ponía tan histérico, que probablemente le causaría la muerte a aquel que le diga por ese otro nombre.

Pensó con más claridad. ¿Y es qué acaso Lucifer y Satán no eran los mismos demonios? No.  Lucifer, o mejor conocido como el Portador de Luz,  era el ángel orgulloso y hermoso que se reveló contra Dios y cayó a la tierra. Satán es un demonio bastante distinto a Lucifer, y, el mismísimo gobernador de todos los Infiernos. Satán era el que tenía la peor derrota de los dos, y por  eso, era el no nombrado.

Era una historia bastante confusa para describir a un ser.  Pero había algo que talvéz afirmara que el Emperador Demonio en efecto era Lucifer, y eso se debía al color de sus ojos; verdes. Todos los demonios tienen los ojos de color rojo, exceptuando a los demonios que alguna vez fueron ángeles, ya que estos mantenían el color de sus ojos.

¿Un ejemplo? Leviatán. Leviatán solía ser un ángel, y aún a pesar de haber renunciado a la pureza de sus alas blancas, las cuáles se tiñeron del más profundo negro que se podía ver,  aquella oscuridad no tocaba sus ojos. Era por eso, que sus orbes seguían siendo azules a pesar de ser un ángel caído ahora.  Lo mismo con demonios que tienen ojos de colores distintos al carmesí, estos habían sido alguna vez ángeles.

¿Era entonces el Emperador Demonio un ángel caído? No podía asegurarlo, era verdad que sus ojos eran verdes, pero nunca hubo la existencia de Dios, y ni siquiera Agalariept; uno de los demonios con mayor conocimiento sobre el mundo, recordaba si alguna vez lo hubo.

—“Estás divagando demasiado. ¿Creaste agua por aquí?”— insistió Lucifer, atravesándolo con sus nocivos y centellantes ojos verdes. 

—“No lo sé”— farfulló finalmente cómo respuesta. Lucifer tenía esa voz elegante y… ¿sensual?, qué podía entrecortarle la respiración en cuestión de segundos —“Pero ya cúbrete, no… no quiero verte así frente a mí”— balbuceó, notando el no tan desapercibido detalle del torso desnudo del otro demonio.

—“No te fijes en detalles sin importancia. Necesito que te recuperes, y no miento cuando digo que haría lo que sea, con tal de regresar con mi hijo”— respondió mientras se acercaba hasta Astaroth.

—“¡No, no! ¡Ya no me cargues! ¡Ya estoy bien!”— logró exclamar, antes de ser levantado en los brazos del Emperador.

Lucifer contaba números.

Llegó hasta el trescientos, cuando Astaroth se resignó y dejó de golpearlo. Ese ángel bonito y osado tenía muchísima suerte de que la salida del lugar dependiera de él.

Ahora, otra vez caminaba con aquel peso y bonita figura entre sus brazos. 

—“Tú siempre hablas de tu hijo”— se le escapó al príncipe serafín, mientras jugaba con el collar de Lucifer.

—“Por supuesto. Nació ayer, y lo dejé solo en el casillo, por tú culpa”— impugnó, mirando con enojo mal contenido al ángel.

—“Pero por lo menos, sabes de tu hijo”— finalizó, desviando la mirada, cortante.

Era un tema delicado. Al demonio se le vinieron un montón de incógnitas, y aún así, por respeto, no preguntó.

Se había enterado que hace algunos años, Astaroth se había metido en un problema con el Mundo Humano. De ahí, no sabía nada más, aparte de que cuando nombró los tres mundos que el  ángel había visitado, había nombrado «Mundo Humano» con cierta pesadez.

Ese tema no era de su incumbencia, y aún así, la curiosidad permaneció hasta que encontró el agua que había estado buscando.

—“¿Tienes sed?”— preguntó incrédulo Astaroth.

Lucifer lanzó una risa, y se sentó con sumo cuidado en la orilla, con Astaroth en sus piernas, por supuesto. De todos los demonios, él no necesitaba absolutamente nada. Ni respirar, ni beber, ni comer. Nada. Quizás por eso la vida se le hacía aburrida, y aún así, hacía todo lo antes mencionado, con tal de distraer su existencia… inservible.

—“Estaba pensando en ahogarte, pero recordé que eres mi boleto de salida”— bromeó, ganándose un codazo en el hombro —“Bueno, en realidad no. Quiero ver a mi bebé. No podré seguir cuerdo si no sé que está bien”— explicó, mientras rozaba el agua apenas, con la yema de sus dedos. 

Astaroth frunció el entrecejo, asombrado. ¿Estaba siendo cuerdo, acaso? Eso se le hacía risible, pero la situación no estaba cómo para reírse.

Enfocó sus ojos en las aguas mecidas por los largos dedos. Iba reflejando imágenes, que no supo identificar bien al principio, pero luego, con claridad, recordó la sala del castillo en el que permaneció un poco antes de su intento de escape fallido, aunque ahora, el castillo ya no estaba silencioso cómo aquella vez. 

Ahora, miraba a ese demonio atractivo de cabellos castaños.  Crujió los dientes, al recordar que había peleado con ese demonio ayer, y a su lado, estaba el maldito traidor, Leviatán. Y aunque no era momento para desearles lo peor, observó con más detenimiento la imagen reflejada. Leviatán estaba cantándole al bebé, mientras lo acunaba suavemente en un abrazo. El suave mecer de sus brazos y el dulce tarareo, le hizo pensar por unos instantes que ese par debía tener un bebé, se veían muy bien cómo una familia. Bien sabía que Leviatán había bajado por el Príncipe de todos los demonios, Beelzebub.

—“Está con ellos”— suspiró aliviado Lucifer, aunque no se veía del todo tranquilo —“Me preocupa el tal Leviatán. ¿Qué haré si se infiltró en mi Reino, y ahora planea llevarse a Mitoki?”— era desconfiado, y pensaba en las posibilidades.

Astaroth negó suavemente con la cabeza, para calmarlo.

—“No puede hacer eso. Perdió la pureza en sus alas, su magia celestial ahora es demoníaca, y… ¿para qué querría regresar? El bajó al Infierno, porque se enamoró de ese demonio que está a su lado, con tu bebé”—

Intercambiaron miradas y rieron. Era inevitable no darse cuenta de que ese amor era mutuo, pero Astaroth conocía a la perfección a Leviatán. Leviatán era irascible, un poco orgulloso, poderoso y altivo. Pasaría un buen tiempo para que acepte que sí, qué había bajado solamente por ese demonio de cabellos castaños, ojos rojos y sonrisa cautivadora.

—“Tu bebé es muy bonito. No se parece a ti”—  bromeó con una enorme sonrisa Astaroth, mientras miraba casi encantado a la dulce criatura arrullada. De grande ese bebé, sería muy hermoso, y no le extrañaba, odiaba admitirlo, pero su padre era muy, muy guapo, le gustaba el físico de Lucifer.

—“Tiene mis ojos”— corrigió Lucifer,  sonriendo también —“Aunque se parece más a su madre”— murmuró tan bajito, que Astaroth casi no lo oyó.

—“Sé que no debo entrometerme en tu vida, pero, ¿por qué su madre no está con él?”— su voz sonaba determinada, aunque su cuerpo amenazaba con empezar a tiritar. Ya no quería tener preguntas agitando su cabeza.

—“Su madre murió cuando él nació”— contestó Lucifer, aunque ni él mismo supo por qué. Astaroth le inspiraba confianza.

—“Lo siento muchísimo, aunque aquella mención siempre viene acompañada con un tono triste. Y no pareces triste”— dijo el serafín, desconcertado por el apático tono con el qué musitó Lucifer aquello.

—“Porque no lo estoy. Es decir, fue una gran pérdida, pero… no me fue muy impactante, quizás porque no la amaba”— susurró, era algo difícil de decir, y lo peor de todo, no sabía porque le estaba contando toda su vida personal al ser celestial.

—“¿No la amabas? Ella es la madre de tu hijo…”— interpeló incrédulo Astaroth, más y más asombrado.

—“Soy bien estúpido y no necesito que me lo recuerden. Y sé que es la madre de mi hijo, la respetaba cómo tal, pero respeto y amor son diferentes y, lo tengo claro”— miró de reojo a Astaroth. Casi sonrió por la mirada de enojo con la que lo miraba el bonito ángel.

—“Eres malo… ¿cómo pudiste tener un hijo con alguien que no querías?”— él sabía muy bien que no estaba en la posición de cuestionarle aquello a Lucifer.

—“Me parecía bonita, y me quería. Sólo pasó… pero eso sí, yo si tenía pensado hacerme cargo desde que ella me lo dijo…”— aunque Lucifer también le contestaba apenas escuchaba la pregunta. Ambos compartían parte de la culpa.

—“Entonces…”— murmuró, intuyendo la situación —“Entonces ella murió… porque…”—

—“Era un ángel”— acabó la frase Lucifer, confundido al no saber porque le contaba todo eso —“Por eso está prohibido que dos seres con presencias opuestas tengan hijos, porque causan un gran desequilibrio, y para reparar ese desequilibrio, uno de ellos debe morir, o… el bebé. Eso fue lo que pasó, y no me hubiese importado morir yo, pero ella escapó de mí para ser ella quién muera, y cuando le quedaban unos momentos de vida, me entregó a mi hijo”— Astaroth parpadeó un par de veces. Era algo muy triste si se imaginaba, pero Lucifer… de verdad que no trasmitía ni lástima, ni nada.

—“Ya que no la amabas… ¿te molesta hacerte cargo de tu hijo?”— eso sí lo había preguntado, casi con miedo.

Lucifer simplemente negó.

—“Lo amo muchísimo, para mí… Mitoki es lo más valioso que tengo. Pero… ¿cómo decirlo? Puedo amar solamente si se trata de un amigo, o un familiar. Yo no puedo amar en el sentido romántico. No me puedo enamorar”— confesó, para callarse finalmente. Le había dado información elemental a un ser desconocido —“Y ahora que me he sincerado contigo, tendrás que contarme a detalle por qué nombras con tristeza al Mundo Humano, y por qué mencionaste que al menos yo si sé de mi hijo”— no había sido para nada delicado al momento de preguntar.

—“Tengo un hijo. Estaba enamorado de una humana, pero pasaron cosas realmente confusas y ya no sé nada de ella, desde hace seis años. Sabía que estaba embarazada, pero nunca llegué a saber de mi hijo. Lo he buscado, pero ya no tengo tanta libertad cómo antes. Ojalá que esté bien…”— Lucifer arqueó ambas cejas, y le dirigió la mirada.

—“Lo siento mucho. Por alguna razón, creo que ella en verdad estaba loca o algo sí. Yo no te hubiese dejado, eres muy bonito. Al menos que hayas sido tan desesperante con ella, cómo eres conmigo”— bromeó, sonriendo.

Era elemental cambiar el tema de conversación. Habían pisado un terreno bastante privado de la vida de antes. Y si hacía memoria, sabía que Astaroth algo había hecho, algo que le molestó muchísimo a Metatrón. Bueno, a Metatrón le molestaban muchísimas cosas, así que ya no le era indiferente.

Existía una manera para que dos seres de distintos mundos puedan estar juntos.

Si era alguien del Inframundo, podría estar con alguien del Imperio Infernal, ya qué ambos tenían magia oscura y presencia negativa.

Si alguien era del Imperio Celestial, podría estar únicamente con un humano. 

Si alguien era del Mundo Humano, podría estar con cualquier ser del Imperio Infernal, Celestial o del Inframundo, porque los humanos eran los únicos seres con presencias neutras… ellos o podían ser seres de mal, o, de bien.

Pero si alguien que no compartía las mismas presencias concebía un hijo, se creaba un desiquilibrio, y con una vida a cambio se reparaba. Por eso, o moría el bebé, o alguno de los padres.

Era por eso que le extrañaba que Astaroth hubiese tenido problemas por enamorarse de una humana, según las leyes antes mencionadas, las presencias de ambos eran compatibles.

—“Tú eres desesperante, no yo. Y no digas que soy bonito, me desespera”— se quejó Astaroth, apartándose, notando por fin que estaba sentado en las piernas  del Emperador Demonio. Al desacomodar la posición, otra vez comenzaba a sentir dolor.

—“Pero es que las dos cosas son verdad. Y más eso de que eres bonito. Hasta tienes buen cuerpo pero, no te preocupes, dado a que eres muy irritante, no me atraes para nada. Es más, si quisiera hacerte algo, significa que tendría que amordazarte bien y no sólo eso, también adormecerte… porque no sólo eres bueno en hacerme perder la paciencia cuando hablas, sino también cuando lanzas esos golpes dolorosos e irritantes”— pronunció con burla, porque lograba una mueca enojada del bonito ángel, una mueca enojada combinada con sonrojo.

—“¿De verdad puedes pensar en eso? Estás loco si crees que algún día vamos a hacer ese tipo de cosas”— Lucifer lo apoyó, asintiendo con la cabeza.

—“Y muy loco. Pero cambiando esa personalidad tan terrible que tienes, esa fuerza descomunal, y ese orgullo tan parecido al mío, que tanto me irrita, estoy seguro de que me tendrías babeando por ti”— rio, sabiendo muy bien lo que vendría, un golpe en el hombro, o en el costado. No se esperaba que uno en la cabeza, pero ya fue muy tarde para reaccionar.

—“¡Cómo si quisiera!”— reclamó Astaroth, cubriéndose el rostro.  Otra vez se había imaginado lo que le había dicho, y por más que trataba, no podía dejar esa horrible costumbre.

Lucifer entrecerró los ojos, y sonrió con malicia. Era la primera vez que alguien le llamaba tanto la atención. Dejando de lado la personalidad, Astaroth era muy bonito, tanto, que la idea de que estuvieran juntos por lo menos una noche, no le parecía nada mala.

—“Créeme que algún día vas a querer”—

 

 

 

 

 

 

 

Notas finales:

¡Hola! n.n

Ha pasado mucho tiempo, ¿qué esperarse cuando ya regresé a clases hace como tres semanas?

En fin, ya por fin he avanzado con la historia de estos dos.  Estoy cansada, ya no sé si podré vivir, haha X_x

Les dejo las imágenes de:

Beelzebub Hess Rishellyed

Leviatán Grehn Drazollentt

Muchas gracias por el apoyo de MeikoShion y Anónimo. :DD

No se abstengan de comentar, y cómo siempre, se les pide que se cuiden mucho C:

Au Revoir ;)

Loading...



Introduzca el código de seguridad que aparece debajo: