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No hay sexta vez mala.

Autor: Lottie Neville

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Notas del fanfic:

La historia y los personajes son 100% de mi autoría.

Capítulo uno

 

Diego llevaba planeando esas vacaciones desde hacía unos meses. Estaba realmente feliz de poder tomar un descanso de la empresa y de su padre, sobre todo de su padre. En ese momento se encontraba en el autobús, se había dicho que era momento de olvidarse también de conducir, su mejor amigo Héctor, que lo había acompañado a la terminal de autobuses, se había reído hasta el último momento por toda la situación de “olvidar ser alguien rico para poder disfrutar de unas buenas vacaciones”.

- Las cosas no funcionarán así –Héctor seguía muerto de la risa-. No porque dejes el coche significa que podrás relajarte mejor, además no creo que yendo a unas villas súper lujosas se te olvide que puedes bañarte en un jacuzzi lleno de billetes con la cara de Miguel Hidalgo y Costilla.

Ahora que estaba sentado en el autobús más lujoso de la línea lo pensaba mejor. Era cierto, aunque quería relajarse y olvidar que era el heredero de la empresa familiar, no podría hacerlo si viajaba y se hospedaba en lo mejor del país. Suspiró, no importaba, mientras no prestara atención al celular y revisara el correo electrónico, seguiría viviendo en su mundo de mundana ensoñación.

Subió todo volumen del reproductor y se acomodó los audífonos para dejarse perder en sueños que tenían que ver con baños en un jacuzzi burbujeante y caras de Miguel Hidalgo y Costilla distorsionadas en la copa de champaña.

 

***

 

Despertó unos minutos antes de su destino, se quedó viendo por la ventana las gotas gruesas de lluvia que paseaban por el vidrio. Sonrió, era bueno que lloviera, le encantaban las noches así. Afuera la ciudad se encontraba en pleno auge, no podía escuchar nada pero parecía que los pitidos de los cláxones entraban perezosos al interior del autobús.

Se acomodó la chamarra y de pronto sintió mucho frío, se quitó los audífonos y se levantó un poco para ver hacia adelante del autobús, pero no había nada interesante. El transporte dio una vuelta pronunciada a la derecha y entró en la terminal, cuando el motor se detuvo el sonido de la lluvia golpeando el suelo fue más claro. Los pasajeros comenzaron a bajar y a descargar su equipaje. Diego tomó su maleta y alzó la vista por primera vez en busca de un taxi.

- ¿Necesita servicio de taxi, joven? –Un señor de mediana edad se acercó, tenía una pluma en la mano y en la otra un itinerario.

- Sí, voy a Villas Los Linares –el taxista soltó un silbido.

- Eso le va a salir un poco caro, joven –Diego le envió una sonrisa cansada, no quería explicarle que eso no importaba, al parecer el hombre entendió porque adoptó un semblante diferente-. En seguida le consigo un taxi que lo lleve directo, joven.

- Con un chófer que no hable mucho, por favor –el hombre se fue asintiendo y Diego se quedó observando el reloj de la terminal de autobuses.

Cuando el hombre regresó le dijo que lo siguiera y le indicó un taxi. El chófer, en efecto, no tenía cara de ser de los que hablaban mucho, le ayudaron a meter la maleta en la cajuela y cuando el taxi se puso en marcha Diego se puso los audífonos nuevamente y se dedicó a seguir viendo las gotas resbalar por el cristal.

 

***

 

Fue un trayecto de dos horas y media, luego de que el chófer le ayudó a sacar la maleta, y el botones corrió con un paraguas para cubrirlo mientras cargaba el equipaje al mismo tiempo, pagó con dos billetes y le dijo que no hacía falta que le regresara el cambio. Cuando estuvo a salvo de la lluvia se pudo fijar mejor en la decoración del edificio principal, la recepción tenía mucho blanco y dorado, cuadros bastante interesantes y el piso estaba tan brillante que Diego sintió que podía resbalar fácilmente en este. Llevaba un atuendo bastante sport: tenis, una chamarra, gorra y unos pantalones flojos; así que al ver alrededor se sintió un poco fuera de lugar, la gente que esperaba en la recepción estaba toda vestida de traje y ropa elegante, hablaban por celular y se veían demasiado ocupados, justo como Diego entre semana en el trabajo.

- ¿Tiene usted reservación, señor? –Una mujer muy hermosa se acercó a Diego con una sonrisa, de pronto volvió a la realidad y observó que el botones lo seguía de cerca también.

- Sí –dijo y entonces la mujer le pidió que lo siguiera hasta el recibidor, luego le pidió su nombre para corroborar la reservación en el sistema-. Diego Mendoza.

- Muy bien, señor Mendoza, bienvenido a Villas Los Linares –la sonrisa que le ofreció la mujer le hizo recordar a la secretaria, Diego supo que si no le daban las llaves del lugar donde se hospedaría perdería la paciencia pronto-. Aquí están las llaves de su departamento en la villa número ocho.

- ¿Es una villa compartida? –Diego reflexionó por un momento-. Pedí que fuera una pequeña para una sola persona, ¿acaso hice mal la reservación?                                

- Probablemente se confundió a la hora de reservar, aquí tengo que ha reservado un departamento independiente –ella volvió a checar en la computadora-. Si quería una villa pequeña estaba más adelante en las opciones.

- Ah, qué mala suerte –Diego se quedó pensando un momento más-. ¿Habrá alguna villa pequeña desocupada?

- Permítame –la mujer tecleó algunas palabras-. Lo siento, señor Mendoza, no tenemos villas pequeñas disponibles por el momento.

- Está bien –Diego suspiró-. De todas maneras ha sido mi culpa, ¿hay algún transporte que pueda tomar hacia la villa?

- Claro, señor Mendoza, ¿quiere que le pida un taxi?

- Eso estaría muy bien, gracias –la mujer salió de atrás del recibidor y se alejó hacia la entrada del edificio, luego regresó con otra disculpa, al parecer con la lluvia todos los residentes habían ocupado el servicio, le pidió que se sentara un momento y enseguida regresaría uno para ofrecerle el transporte.

Diego comenzó a hojear una de las revistas que se encontraban en la sala de espera, pero pronto se cansó del contenido tan superficial que encontró en ella. Se echó hacia atrás y vio el techo por un momento, las lámparas le cegaron la vista por una fracción de segundo y cerró los ojos, estaba cansado por el viaje.

- ¿Diego Mendoza? –La voz que escuchaba diciendo su nombre había aparecido en sus sueños de vez en cuando, al abrir los ojos se encontró con el rostro más hermoso que había visto en toda su vida, tal y como lo recordaba en sus tiempos de colegio, pero ahora sus facciones eran un poco más rudas y en sus ojos no estaba aquel pequeño destello de inocencia.

- Mateo –dijo con un hilo de voz-. ¿Qué haces aquí?

- ¡Lo mismo puedo preguntarte yo! –Mateo tomó asiento en el estrecho sofá, apenas y cabían los dos en aquel espacio-. Desde el colegio que no te veo, hombre.

- Estuve en el extranjero por algo de tiempo –Diego alzó los hombros queriendo restarle importancia al hecho-. Regresé hace tres años.

- Te mandé una solicitud de amistad en Facebook desde hace unos cinco años –Mateo soltó una carcajada-. Tardé un tiempo en encontrarte luego de que diste de baja el Facebook que usabas en el colegio, pero jamás has aceptado mi solicitud, algo dentro de mí me ha dicho todos estos años que debo cancelarla. ¡He perdido mi dignidad gracias a ti!

- Lo siento, de verdad… -Mateo no lo dejó seguir hablando, puso su palma sobre la boca de Diego y negó con la cabeza, su cabello negro apenas y se movió, tenía un corte que le sentaba bien… él siempre se había visto bien con el cabello corto.

- He tenido malos momentos recordando tus “lo siento”. No quisiera escucharlos otra vez –Mateo suspiró y luego bajó la mirada-. ¿Viaje de negocios?

- No, viaje de placer –su viejo amigo pareció relajarse y perder algo de la tensión que conservaba en sus hombros-. ¿Y tú?

- Negocios, hemos venido a hacer una capacitación con algunos empleados que han tenido un ascenso.

- Eso suena bien, ¿a qué villa vas? –Mateo regresó la vista a la llave que tenía en la mano.

- Departamento dos, villa ocho –cuando terminó de hablar, Diego maldijo su suerte nuevamente, ¿por qué no había leído bien las malditas opciones para reservar?

- ¿En serio? –Diego se mordió los labios-. Yo iré al departamento uno de esa villa.

- ¡Vaya! –Mateo no pudo ocultar su creciente alegría-. Debe de ser el destino que después de todo este tiempo nos encontremos aquí.

- Señor Mendoza –la mujer que le había atendido regresó-. Tenemos un taxi disponible para que lo lleve a su villa –antes de que pudiera decir algo, Mateo tomó la palabra.                                                                                      

- No se preocupe señorita, él irá conmigo a la villa luego de tomar un trago en el bar, ¿no es cierto, señor Mendoza? –Diego de pronto se encontró en una encrucijada, vio los ojos centelleantes de Mateo y simplemente se dio cuenta de que no podía negarse.

- Así es, gracias por todo, pero iré con él –la mujer le dijo que no había problema y luego Mateo se acercó al botones y le dio órdenes de que llevara el equipaje a su auto que estaba en el estacionamiento.

 

***

 

Sentados en el bar se sentía algo incómodo y los diversos arrepentimientos del pasado regresaban de a poco cada vez que veía el rostro sonriente de Mateo. Con cada palabra regresaba a esos días calurosos en el colegio, con cada mirada furtiva que Mateo le enviaba cada vez que pensaba que Diego no lo veía volvía a los días de clases en los que ese gesto lo hacía sonrojarse.

- ¿Sabes? –Dijo Mateo luego de tomarse unos cuantos tragos de whisky como si fuera agua-. Aún me sigo preguntando por qué no fui suficiente para ti.

- Creo que has tomado mucho y rápido, si sigues así no podrás conducir –Mateo sonrió y alzó la mirada, sus ojos se encontraron y Diego pudo sentir de nuevo el pesar en ellos.

- Mi mamá me ha dicho muchas veces que soy alguien encantador y guapo, ¿no crees eso también? –Diego sonrió, eso era lo que le gustaba de Mateo, siempre tan despreocupado con los comentarios sobre lo que su madre decía de él-. Durante la época del colegio perdí la cuenta de cuantas veces me rechazaste.

- No fueron muchas –Diego se sintió avergonzado.

- Fueron cinco –dijo Mateo con una sonrisa amarga en sus labios-. Me rechazaste formalmente tres y las otras dos no me dejaste terminar.

- Pensé que no llevabas la cuenta –Diego se mordió los labios y tomó un sorbo de su gin tonic.

- ¿Cómo no llevar la cuenta? –Mateo se alborotó el cabello-. Eres la persona que me ha roto el corazón, la única para ser exacto…

- Me alegra que hayas tenido éxito con otras –Diego se estaba adentrando en un tema que era peligroso, luego de ese comentario parecía que Mateo tenía que hablar un poco sobre su vida amorosa.

- Me gustaría poder decir que he tenido éxito –Mateo se terminó de golpe su cuarto trago y comenzaba a verse impaciente-. ¿Y tú? ¿Alguna pareja durante estos años?

- Nada importante –Diego no mentía, de verdad no había nada interesante que contar sobre su vida amorosa, pero tal vez Mateo ocultaba algo más, lo notaba-. ¿Te casaste?

- ¿Qué? –Mateo se rió-. No, para nada. Debo decir que mi madre me ha dicho varias veces que debería hacerlo. He ido a varias citas a ciegas, pero ninguna ha logrado convencerme.

- Es una decisión importante. Es obvio que lo tomes con tanta exigencia –Diego tomó lo que restaba de su vaso y se levantó-. ¿Nos vamos?

- Claro –Mateo se levantó y tomó su saco-. Vámonos.

Mateo le pasó el brazo por encima de los hombros y lo atrajo a él para emprender el camino de regreso. En ese momento Diego fue consciente de la diferencia de estatura, Mateo siempre había sido más alto que él, pero en esos años había crecido unos cuantos centímetros más, mientras que Diego se había quedado estancado en su altura de universitario. El olor de su perfume le inundaba las fosas nasales, era un aroma a madera, profundo y dulce, bastante masculino. Se mordió los labios otra vez y, cuando le echó una miradita a Mateo que se alejaba para ir por el auto, observó esos anchos hombros y lo bien que le sentaba el chaleco, llamaba la atención de las mujeres a su alrededor. Mateo seguía teniendo el mismo resplandor, esa aura de seguridad y alegría a su alrededor. Diego recordó entonces, algunas de las veces que lo había rechazado, ¿por qué aún en ese momento le parecía que Mateo no lo merecía?

Una sombra volvió a nacer en el corazón de Diego, o tal vez jamás se había disipado, no lo sabía. Se subió al auto negro corriendo para no mojarse, Mateo le sonrió y Diego se sintió caer en la inseguridad otra vez.

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