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Cuando el amor es un cáncer capítulo 4 actualizado 9 de diciembre

Autor: SexyYuri

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Notas del fanfic:

Hola de nuevo. Realmente ésta idea ya la tenía en mente, pero he escrito tantos borradores que no sabía bien cómo tomarla. Afortunadamente creo que esta versión me quedó a gusto, así que disfrutemos de una nueva aventura ambientada en el mundo del futuro. ¿Realmente ha habido progreso? bueno, Diana y Lilian nos lo mostraran. 

Era el último día antes de la fiesta de graduación, y Elena sabía bien lo que eso significaba. Había tenido que romper muchos compromisos con tal de alistarse para la noche, y en su fuero interno sabía que, lo que para algunos era el final, para ella era solamente el comienzo de una aventura. Daría inicio a partir de mañana, después de que la resaca de la fiesta hiciera lo suyo con su cuerpo, y después de que sus músculos se recuperaran de la noche de desenfrenado sexo que ella le tenía preparada a su novia.

Diana era especial en darle sorpresas. Cuando Elena la conoció, lo primero en lo que reparó fue en lo bonita que era y en lo solitaria que parecía. Era como una niña sin hogar, yendo a la deriva en un mundo atestado de estudiantes incautos. Al conocerla, sin embargo, resultó que Diana era todo lo contrario a lo que su metódica actitud exponía de ella.

Era guapa, sí, pero también sumamente social con un círculo predilecto de amigos. Tajante cuando se ponía de malhumor. Seductora durante el sexo y el juego previo. Tierna cuando se trataba de animales y de niños, y celosa al salir en una cita.

Básicamente eso era todo lo que Elena buscaba de una mujer, y el haberlo encontrado en una sola persona era como haber recibido un bálsamo de los dioses. No había comparativa con sus relaciones anteriores. Cada una de las cuatro novias con las que Elena había estado, había jugado en su contra. La mancha de la traición estaba en los historiales de todas ellas: Melisa, Amelia, Sofía y Carla. Ninguna había podido darle a Elena la perfección que ella buscaba, ni la estabilidad y mucho menos la lealtad.

Corrió por los pasillos del dormitorio, aunque había un letrero que lo prohibía. En esos momentos, en vísperas de la graduación, poco importaba un llamado de atención y mucho menos un regaño por parte del encargado del piso. Elena tenía que llegar a las once treinta para llevar a Diana a escoger un bonito vestido para la noche. Había estado posponiendo la salida durante una semana porque no encontraba tiempo para ello. Una vida demasiado ajetreada dirían muchos, pero a Elena le gustaba estar ocupada.

Llegó a las puertas de su dormitorio. Se alisó el pelo negro con las manos y comprobó que sus grandes senos, envidia de la mayoría de las chicas de su generación, estuvieran correctamente sujetos detrás de su discreta blusa. Revisó la hora en su reloj de pulsera, comparándola después con el de su teléfono y con el que estaba colgado del muro.

—Todo en orden —sonrió. La puntualidad era parte de un estricto sistema de control, y Elena estaba feliz de eso.

Miró ansiosamente el segundero. Llegó a doce y la aguja del minutero se movió a las seis. Las once y treinta minutos con exactitud.

Elena abrió la puerta.

 

La chica prácticamente se le había tirado a los brazos, y Diana no había podido decir que no. Un juego previo de cinco minutos, constantes besos y caricias entre las piernas habían hecho que ella y Martha se quitaran la ropa. El arrebato de éxtasis, derramándose como un sudario de oscura vanidad sobre la cama, había llevado a las dos amigas a meter la cabeza entre los muslos de la otra.

El orgasmo de Diana sólo le había hecho continuar y pedir más. Una ola de placer humedeció sus fibras nerviosas. Se encontraba hundida en un despeñadero de libertad en el que no sentía la más mínima culpa, ni envidia ni mucho menos empatía.

El sexo era un demonio que ansiaba poseer y sangrar. Alejaba de sí la inmunda existencia espiritual y enterraba a su poseso al mundo de la carne.

Por eso, Diana no se dio cuenta de que la puerta se había abierto, hasta que el sonido del bulto cayendo de las manos de Elena le avisó.

Se quedó allí, inmóvil y desnuda en la posición del sesenta y nueve con la chica llamada Martha.

—Elena…

Lentamente, se echó para atrás y se sentó sobre el vientre de Martha, quien ajena a lo que sucedía, seguía acariciando a su amante.

Por una fracción de segundo, Elena vio la saliva de su novia humedeciendo la hendidura de otra mujer. Advirtió los pezones firmes de Diana. Distinguió el terror en sus ojos acaramelados, el sudor que le bañaba la frente.

De pronto, la perfecta vida de Elena se resquebrajó y explotó como una estrella al final de su lapso de millones de años de existencia.

 

—¡Espera! ¡Tengo que decirte qué sucedió!

Diana logró sujetarla de la mano un segundo antes de que Elena saliera del dormitorio en persecución de Martha. La pobre chica, recién ingresada a la universidad, había tenido que salir corriendo en calzones antes de enfrentarse a la rabia de una mujer frustrada y dolida.

Elena se arrebató violentamente y empujó a Diana contra la pared.

—¿Qué creíste que estabas haciendo? —preguntó con un siseo de furia contenida. Diana le plantó cara, pues jamás se había dejado intimidar por alguien más grande o pequeña que ella, y si bien era cierto que el metro setenta y cinco de estatura de Elena era amenazador, no era ni la mitad de poderosa que la férrea actitud de Diana cuando se sentía acorralada.

—En primer lugar, cálmate y no me hables en ese tono. Vamos a platicar. Tengo algo muy serio qué decirte.

Elena se cruzó de brazos y pegó la espalda a la puerta. Su rostro de alabastro estaba tan rojo como una manzana muy madura, y sus uñas largas y esmaltadas se clavaban en la piel de sus brazos. Lo único que mantenía sus puños quietos era una fuerza de voluntad nacida de su interior y del poco sentimiento que le quedaba con vida.

—Habla —pidió a Diana.

—Bien, al menos deja que me vista.

—¡Habla! —gritó Elena.

 Diana la miró, asustada, y se sentó con las piernas y los brazos cruzados para proteger su intimidad. De repente, que la vieran desnuda le daba mucha vergüenza.

—Sé que… las cosas entre nosotras han ido bien. Para ti, quiero decir.

—¿Para mí? —aunque las lágrimas corrían por las mejillas de Elena, la mujer no era digna de lamentarse ni de echarse a llorar como una viuda. Si algo había aprendido de sus padres, era que en una frente en alto siempre había en una victoria para quien estuviera en problemas. Y en esos momentos, Elena quería tirarse de un acantilado o meterse una bala en la sien. Sufría tanto por dentro, que no expresarlo en el exterior estaba pasándole una factura muy amplia: le dolía la cabeza, se le comprimían las tripas y le ardía el estómago.

—Es que ¿no te das cuenta de lo mal que me he estado sintiendo estos días? —replicó Diana—. Eres tan… posesiva y perfecta. Quieres todo al momento y no me dejas respirar. “Diana, tienes que hacer bien estirada tu cama. Diana, necesitas mantener limpio el dormitorio. Diana, tus apuntes están mal redactados” ¡Dios! Elena, no puedes ser tan quisquillosa con todas esas cosas.

Elena no contestó.

—Y además… cuando iniciamos esta relación, tú dijiste que no buscabas nada serio. Sólo querías un rollo de unas cuantas noches ¿no es así?

—¿Es que ha sido una molestia haberme enamorado de ti?

—No, bueno, puede. No sé —Diana se secó unas lágrimas y sorbió por la nariz.

—Son sólo excusas. Si ya no querías estar conmigo, ¿Por qué esperaste cuatro años para decírmelo?

Diana no tenía respuestas para eso. Encontrar alguna frase que calmara la rabia de su ex novia era prácticamente imposible en ese instante. No podía pensar con claridad. No cuando unos ojos negros y abisales la miraban con absoluto desprecio.

Ella había tenido otras relaciones, sí. Desde la secundaria, sus novias habían ido y venido con el tiempo. Cada rompimiento había sido doloroso. Cada adiós llevaba consigo la marca del drama y de la desgracia. Usualmente, terminaban dándose unos cariñosos abrazos y besos como despedida. Se deseaban bien y no volvían a verse nunca más.

Elena, más bien, parecía querer comérsela con todo y huesos.

—Me traicionaste —soltó Elena, caminando hacia la otra chica—. Hiciste que todo lo bueno de mí saliera a la luz, y después lo desechaste con falsedades y artificios.

—¿Elena? —Diana retrocedió sobre la cama hasta topar contra la pared—. Por favor, cálmate.

—Te presenté ante mi familia y amigos. Todos en la universidad saben de nosotras. Dejé que entraras a mi vida y que pusieras un hogar en mi corazón. ¿Así es como me pagas lo que hecho por ti? ¿Así es como me agradeces que haya intentado hacerte un mejor ser humano?

—Perdón —lloró Diana, antes de que Elena la tomara de las greñas y la sacara a rastras de la cama. Mechones de pelo rubio quedaron entre los dedos de la mujer.

—¡Fuera de mi vida!

—¡Déjame vestirme!

—¡He dicho que te largues!

Un bloqueo mental a causa de la cólera asedió a Elena. Intentó controlarse cuando una voz le dictó que se detuviera, que pensara las cosas y que concediera a la muchacha un poco de perdón. Apagó esas voces, empujándolas de nuevo hacia la periferia de sus pensamientos. Abrió la puerta del dormitorio de par en par. Agarró fuertemente a Diana del brazo y la sacó desnuda, directo hacia el pasillo, donde las otras chicas que habían oído la pelea, miraban atónitas y grababan con sus teléfonos.

—¡No quiero volver a verte! —gritó Elena y le metió una cachetada que dejó una fea marca roja en la mejilla de la chica que más había amado en el mundo. Entró y cerró con un portazo. Luego, rodó hasta sentarse y comenzó a llorar frenéticamente, mientras que afuera, los ruegos de Diana para que la dejara entrar se mezclaban con las risas y las burlas de todas las chicas del edificio.

Diana imploró perdón y se humilló durante cinco minutos antes de que su voz se callara y las risas de las otras se hicieran más intensas.

Para cuando Elena se asomó, no quedaba nada ni en el pasillo, ni en su corazón.

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