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Fugaz.

Autor: MaraLoneliness

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Notas del fanfic:

   One Piece y todos sus personajes son propiedad de su autor, el grandioso Eiichiro Oda. Este material es expuesto sin ningún fin de lucro y para uso exclusivo de la promoción de los personajes y la serie mencionada.

Fugaz.

*

Algunos amores, cómo las estrellas fugaces, sólo resplandecen por un momento.

*

   Law termino de abrocharse la camisa mientras se contemplaba en el espejo de su habitación. No estaba muy animado, pero ciertamente aquella fecha no entusiasmaba a nadie.

   “Con el pasar del tiempo aun recordaba aquellos días con una extraña mezcla de tristeza y dicha muy difícil de explicar. Apenas había cumplido un año en la universidad y seis meses desde que había dejado la casa paterna para mudarse a un departamento y comenzar a independizarse.

   Aquel día estaba cansado y harto. Había tenido cuatro exámenes y lo único en lo que podía pensar era que deseaba llegar a casa y dormir largo y tendido, quizá durante todo el fin de semana y no volver a preocuparse por nada más.

   Era increíble que estuviera tan estresado en el tercer semestre de carrera, según tenía entendido los filtros más difíciles estaban a partir del quinto y sexto semestre, aunque quizá sólo estaba cansado por todo lo que había tenido que pasar durante ese lapso de tiempo: su padrastro y mentor había muerto en cumplimiento de su deber al comienzo del semestre (era detective de narcóticos), lo que le había valido estar distraído y más antipático de lo normal, eso sin contar la tristeza y la depresión que lo absorbía.

   Por aquellos días Zoro había hecho lo posible por mantenerlo animado, aunque él lo único que quisiera era estar sólo, insistía en tener el departamento llenó de gente, y no precisamente de gente tranquila, sino más bien de personas escandalosas que no parecían tener nada en común y con las que se la pasaba “peleando” todo el tiempo, pero aun cuando Law encontraba aquello irritante, también le daba cierta nostalgia. Reconocía aquellas peleas porque no siempre había sido hijo único, había vivido con sus padres biológicos y su hermana menor durante sus primeros años de infancia, hasta que murieron por una epidemia que azotó la ciudad donde vivía, matando a gran parte de la población.”

—¡Oye! —la voz de su compañero le llegó desde la puerta, pero no giró a mirarlo, continuó con la atención fija en el espejo mientras anudaba su corbata—. ¿Has visto mi corbata azul?

—No —respondió secamente—, pero puedes usar una de las mías.

   Zoro anduvo por la habitación revolviendo el armario hasta que encontró una corbata que ajustara con su atuendo, estaba tan ensimismado que no notó el tono apático del ojigris—. Te espero en el vestíbulo —anunció antes de salir.

   El medico suspiró. No pudo evitar echar un vistazo de reojo antes de que saliera de su habitación y lo había visto cojear, había cosas de Zoro que no entendía, pero a esas alturas prefería hacerse de la vista gorda y fingir que nada pasaba y que nada sabía, no quería involucrarse más.

   Hacía meses que sabía que su compañero de departamento tenía una relación sadomasoquista con alguien, y aunque no se había enterado de la mejor manera ya no había vuelta de hoja. Suspiró. Era increíble pensar que las cosas estuvieran de aquel modo, pero habían pasado tanto en aquellos años que no era difícil imaginar que las cosas pudieran estar así, pero no se sentía con derecho de decirle nada, después de todo la clandestinidad era, relativamente, normal en su comunidad.

*

Casi una década atrás...

   La sensación de placer que lo llenaba resultaba casi imposible de describir, El pecoso estaba sobre él moviéndose rítmicamente de arriba abajo. Se veía sensual, completamente desnudo, cabalgándolo, con el cuerpo lleno de perlas de sudor, las mejillas sonrojadas y los ojos cerrados con fuerza mientras el placer lo hacía gemir de manera deliciosa. Law suspiró, estaba a punto de correrse. Tomó a su amante por la cintura y comenzó a arquear la espalda para profundizar aún más las estocadas, para llegar más adentro, y en una convulsión de placer se corrió emitiendo un ronco jadeo que resonó por la habitación mientras el muchacho sobre él convulsionaba en su propio éxtasis y le bañaba de su blanco néctar todo el pecho.

  Quedaron exhaustos, uno sobre el otro, jadeando de placer, con el pecho acelerado y la respiración arrítmica que les dejaba el orgasmo. Estar juntos siempre era una experiencia memorable—. Debo irme... —susurró el pecoso contra su cuello antes de besarle, morderle y calentarle un poco más, otra vez.

   El aspirante a doctor suspiró largo y tendido mientras acariciaba la cabeza de su amante—. Quédate conmigo... —susurró contra su cabello.

   Ace se incorporó lo suficiente para mirarlo a la cara con gesto lastimero—. Sabes que no puedo.

   Law se mordió el labio inferior y desvió la mirada. ¡Claro que lo sabía! Sin embargo cuando estaba así, tan a gusto, tan cómodo, tan feliz, se le olvidaba a ratos la realidad y sólo quedaban ellos dos—. Claro... —dijo pesaroso.

   Ace suspiró antes de incorporarse y sentarse a la orilla de la cama. Le gustaría poder ser cómo era él, tan firme, tan decidido, tan abierto... pero sus circunstancias eran diferentes y debía mantener las apariencias. Comenzó a vestirse por inercia, un poco deprimido, un poco decepcionado. Deseaba que Law lo entendiera, pero sabía que eso era pedir demasiado, y que lo que ya hacía por él era exagerado. Cualquier otro ya habría salido corriendo, y de vaya que lo habían hecho.

  Law también se levantó, pero él no se vistió, sino que anduvo desnudo hacia el bañó, donde tiró el condón y se dio contra la pared, frustrado, cansado y rendido. No sabía por cuánto más tiempo podría soportar aquella situación, no sabía por cuánto más podría aguantar aquel encierro que comenzaba a volverlo claustrofóbico.

  Era algo que le pesaba, pues cuando lo conoció nunca se imaginó que las cosas serían de aquel modo...

   “Cuando el elevador se abrió en su piso ya tenía migraña y unas enormes ganas de dormir. Caminó hasta su departamento arrastrando los pies y rogando que no hubiera nadie dentro. Cuando giró la llave y empujó la puerta el silencio y la oscuridad en la que estaba sumido el departamento lo llenó de alivio y paz, pero aquella sensación no le duró más de dos minutos...

“¡Sorpresa!”

   El gritó colectivo y la repentina luz le provocaron un sobresalto que lo hizo echar un salto hacia atrás, y si no hubiera reconocido a Zoro entre la multitud habría salido corriendo en sentido contrario. Hubo risas y aplausos al tiempo que el ojigris luchaba por regular su respiración—. ¡Pero que mierda pasa con todos ustedes! —se quejó exaltado. Odiaba las sorpresas.

—Zoro nos dijo que hoy era tu cumpleaños —anunció Luffy llenó de entusiasmo—, así que todos venimos a comer carne.

   Law se masajeó el cuello en un intentando que la tensión que comenzaba a envolverlo no se estacionara ahí—. No me gusta el pan y no soy un fanático de la carne como tú —estaba molesto y sentía como una vena en su frente se saltaba, pero antes de que el pequeño mono siguiera hablando, Sanji, otro de los amigos de Zoro (su compañero de departamento) le dio una patada.

—Esta no es tu puta fiesta —le recordó—, para Law preparé bolas de arroz y pescado a la plancha —el cumpleañero lo miró sorprendido—. Zoro me dijo que era tu platillo favorito —explicó mientras se alisaba el traje para que no se arrugara.

—También trajimos un pequeño pastel de chocolate —explicó la preciosa peliazul que los acompañaba, al parecer estaba apenada por haber llevado aquello—, al menos podrías probar el betún.

—No te preocupes, Vivi —la interrumpió el pecoso que estaba sentado descuidadamente en una silla giratoria al fondo del salón—, si no quiere yo puedo comérmelo todo.

—¡De eso nada! —Saltó Luffy, quien al parecer no había resentido la patada del rubio—. Seré yo quien se coma ese pastel —entonces comenzaron a discutir.

   Zoro caminó hasta él y le dio una palmada en el hombro—. Lamento no haberte avisado —se alzó de hombros—, pero de hacerlo se habría arruinado la sorpresa.

—No conozco ni a la mitad de estas personas —se quejó de mal humor mientras observaba al singular grupo.

   El peliverde soltó una carcajada—. Eso es tu culpa por no tener amigos.

   La fiesta comenzó y Law no tuvo más remedio que seguir la corriente esperando que eso hiciera que se fueran pronto, después de todo eso lo distraía, y cuando menos lo pensó ya se estaba divirtiendo con todas las payasadas y ocurrencias de los presentes, aunque si queremos ser un poco objetivos, la mayoría de estas le provocaban pena ajena.

   Nami, una de las amigas de Luffy había llevado un montón de cervezas “cómo regalo” y para después de media noche algunos estaban comenzando a hablar raro y planear cosas absurdas, el rubio aprovechó un poco para coquetear con la pelinaranja quien se desgastaba dándole calabazas y rompiéndole el corazón cada dos segundos. Era divertido pero un poco triste de observar.

   Entre risas, juegos y anécdotas Law concentró su atención en el hermano mayor de Luffy, quien contaba la historia de su primera borrachera en compañía de su mejor amigo, a quien Luffy llamaba “cabeza de piña”. La verdad no recordaba mucho de aquella anécdota, había estado demasiado distraído observando los carnosos labios de aquel joven, preguntándose si sería buena idea invitarlo a pasar a su habitación, si acaso tendrían las mismas preferencias  y aceptaría alegremente o terminaría dándole un buen golpe en la cara y dándole calabazas peor que a Sanji.

  El pecoso lo miraba  ocasionalmente, sonriéndole y confundiéndolo, acaso estaba coqueteando con él o no se daba cuenta de lo sensual que era y lo provocativos que eran sus gestos... quizá sólo era el alcohol que ya lo estaba haciendo empezar a imaginar cosas.

   Ace caminó hasta él de forma alegre—. Gracias por invitarnos —se reverenció ligeramente. Sus modales eran impecables a pesar de estar un poco bebido, no cabía duda que su cortesía era algo que le salía naturalmente.

   «Técnicamente yo no los invité.» Pensó, pero no dijo nada al respecto—. No le tomes importancia —le sonrió de medio lado, coqueteándole  descaradamente, tratando de conseguir algo.

   Ace le devolvió la sonrisa con naturalidad—. Zoro dice que estas estudiando medicina.

   Law ya no tenía idea si el chico se daba cuenta de que le estaba coqueteando y preferia ignorarlo, o si realmente era un completo despistado—. Quiero ser cirujano —dijo con tranquilidad, aquello había sido su meta desde niño y no le avergonzaba decirlo, aun cuando algunos se burlaron de él diciéndole que era una carrera muy difícil y que nunca lo conseguiria.

   El pecoso abrió muy grandes sus ojos—. ¡Wow! —su asombro era genuino—. Eso es muy ambicioso.

—Uno puede lograr lo que quiera si se esfuerza lo suficiente —respondió Law alzándose de hombros, era raro porque aquel tipo de comentarios generalmente lo ponían a la defensiva, pero curiosamente de aquel chico no sentía malas intenciones, sino una genuina admiración.

   Ace sonrió, pero de una manera más opaca de lo normal—. Supongo que sí.

—Dije algo malo.

—¡No! —Se apresuró a negar con energía—. Son ondas mías —se excusó.

   Sorpresivamente Law se descubrió queriendo saber más—. ¿Estudias administración? —no solía prestar atención a los extraños, pero aquel chico le gustaba y cuando se lo presentaron escucho que alguien lo comentó.

—Si —respondió masajeándose el cuello, al parecer no le agradaba mucho hablar de aquello.

—¿No te gusta?

—No es que no me guste —se excusó—, sólo me habría gustado otra cosa.

   Law no recordaba haber estado tan interesado en alguien antes, pues sabía que generalmente evitaba involucrarse demasiado con las personas, mucho menos insistir para que le hablaran de cosas personales, cosas que sabía que no debían importarle—. ¿Qué cosa?

   Ace estaba meciendo su vaso, observando el líquido a base de cebada girar. Nunca había hablado de eso con nadie, pero por alguna razón aquel muchacho le inspiraba una confianza que no recordaba haber sentido antes—. Arte —confesó con algo de pena. Esperaba que el estudiante de medicina se burlara de él y le dijera lo ridículo que era querer estudiar algo así, pero aquello nunca paso.

—¿Eso significa que pintas?

—Dibujo en mis ratos libres —confesó otra vez, ahora con menos temor.

   Law dio otro sorbo a su bebida—. Es increíble —dijo con genuina admiración—. A mí esas cosas simplemente no se me dan.

   La plática continúo y por primera vez desde que era niño Ace habló de sus sueños y sus deseos, llenó de entusiasmo, sin miedo a las críticas, ilusionado con todo lo que alguna vez quiso lograr.

   Se quedaron sentados juntos, bebiendo, charlando, y por qué no decirlo, coqueteándose, un poco por el alcohol, un poco porque se gustaban y otro poco porque la ocasión se presentó.”

   Cuando salió del baño Ace ya estaba vestido. Se tragó un suspiro de frustración—. Ni siquiera te lavaste

—No hace falta —le sonrió sin ganas—, no es que vaya escurriendo nada.

   Law frunció el ceño, ese tipo de comentarios le recordaban que el pecoso era hermano de Luffy.

   Se despidieron y el chico salió a hurtadillas del departamento, en medio de la oscuridad. Law sabía que era el segundo hijo de una prestigiada familia, el abuelo era un militar de alto rango en el país, y su padre era uno de los políticos más prominentes que había en aquellos años, todo un revolucionario. Su familia era demasiado importante como para tener un miembro homosexual.

   Suspiró pesadamente aun sujetando el pomo de la puerta y con la frente recargada en la misma.

—¿Tú novio se fue?

   La voz de Zoro lo sobresaltó, pero no se movió de donde estaba—. Técnicamente no es mi novio.

   El peliverde suspiró—. Me sorprende que soportes eso.

Law se incorporó y dio un suspiro—. No te imaginas lo que la gente es capaz de soportar por amor.

—¿Y vale la pena?

—Ya no estoy tan seguro.

*

  El pecoso iba conduciendo uno de sus autos compactos camino a su casa, tenía una sensación desagradable en el pecho desde hacía varios días, una sensación que provocaba que le dieran ganas de llorar. Estaba cansado de llevar aquella doble vida, cansado de tener que fingir que amaba su carrera, que le encantaba acompañar a su padre y a su hermano mayor a aquellas reuniones aburridas, llenas de personas hipócritas y superficiales que lo único que hacían era sonreírse unas a otras para buscar la mejor manera de apuñalarse después, metafóricamente hablando.

   Él era el segundo en la estirpe, y aunque no era quien heredaría los puestos de su padre, ni su legado, si se esperaba que se hiciera cargo de las empresas mientras Sabo, su hermano mayor seguía los pasos de su padre en la política. Envidiaba mucho a Luffy a veces. El menos de los D era un chico rebelde desde pequeño, siempre fue muy problemático e hizo lo que le dio la gana, y aunque su abuelo se lo llevó algunos años para “enderezarlo”, al final resulto que el abuelo se había ablandado y que Luffy seguía tan rebelde como siempre. Estaba por salir del bachillerato y había decidido estudiar Licenciatura en educación física.

   Cuando el menor de la familia había anunciado aquello la navidad pasada, Ace había temido que Dragón le diera un golpe, sin embargo no hubo tal cosa, ni siquiera un escándalo o un problema, su padre sólo pregunto “¿Estás seguro?” y cuando Luffy dijo que si le recomendó que escogiera la mejor escuela.

   Estaba seguro que si él hubiera llegado un día a decirle que quería estudiar arte lo habría desheredado, y no decir que hubiera anunciado su homosexualidad, seguro ahora estaría viviendo en la calle. A veces le gustaría ser más firme y hacer lo que le diera la gana, pero no podía, él no era de esa manera.

   Luego de estacionar el coche y entrar a la mansión Monkey D. lo único que podía pensar es por cuanto más lograría mantener aquella farsa.

—¡Ace!

   La voz de su hermano mayor lo saco del ensimismamiento—. ¿Qué haces despierto a esta hora? —inquirió mientras masajeaba su cuello. Seguramente aquello no le gustaría.

—Papá está esperándote en la biblioteca —le explicó al tiempo que olfateaba—. ¿Qué es ese olor?

   Ace se puso completamente rojo. «Huelo a Law»—. No sé de qué hablas.

   El rubio suspiró—. Al menos debería ducharte luego del sexo —el pecoso sintió como el alma se le iba del cuerpo—. A nadie va a molestarte que desfogues de vez en cuando, es perfectamente normal, incluso yo lo hago.

—No... yo...

—A papá no va a molestarle que tengas “amiguitas” —lo interrumpió el mayor—, siempre y cuando no sea nada serio.

   Aquella noche sintió un enorme alivio y una inmensa culpa al mismo tiempo, pero no dio explicaciones a nadie, dejo que su hermano y su padre creyeran lo que quisieran. Hablo con el patriarca de la familia y aceptó la encomienda que le hizo. Las cosas no podían ponerse peor.

*

   Era temporada de exámenes, así que a Law no le sorprendió que el pecoso no le enviara mensajes o fuera a buscarlo, sabía que era una época especialmente difícil para él porque no le gustaba en absoluto su carrera. Muchas veces trató de persuadirlo de que dejara todo y se fuera con él.

“—Estoy seguro que podré costearte tu carrera de arte en cuanto me gradúe.”

   Pero el pecoso siempre se negaba con rotundidad diciéndole que nunca podría hacerle aquello, que si tenía que mantener a alguien no podría alcanzar todas esas metas que siempre había tenido.

“—No seré yo quien arruine tu futuro.”

  Y lo siguiente eran pleitos, malos ratos y temporadas sin verse, y eso que no llevaban ni un año saliendo juntos (a escondidas). Suspiró largo y tendido, nunca creyó que salir con alguien que aun estuviera en el closet fuera tan terrible, sin embargo sabía que Ace le gustaba bastante desde que lo conoció.

   “aún recordaba que luego de su cumpleaños Zoro calmó un poco los ánimos y dejó de tener el departamento repleto de gente, aunque en parte podría ser que los finales estaban cada vez más cerca, sin embargo Luffy siempre solía invitarse solo y llegar de improviso, pero sinceramente Law no se quejaba de eso, pues gracias a aquellas visitas podía ver al pecoso ocasionalmente y continuar haciendo migas con él, disfrutando de aquello que se daba sólo en su compañía.

—Gracias por soportar a mi hermano —Ace hizo una reverencia. Sabía que Luffy podía ser muy pesado en ocasiones y no le agradaba la idea de que no los dejara concentrarse en sus estudios. Law y Zoro estaban estudiando carreras muy complicadas que requerían largo tiempo de estudio y concentración y estaba muy consiente que tener a Luffy cerca no permitía que aquello fuera posible.

—No es la gran cosa —mintió Law, quien en realidad estaba harto de tener ahí al niño mono brincando por todo el departamento, vaciando la nevera y haciendo escandalo con los video juegos  impidiéndole estudiar. Realmente no entendía como Zoro lograba ignorarlo y concentrarse en sus programas.

   Ace sonrió provocando que el ojigris se tragara un suspiro—. Bueno, al menos permíteme invitarte a comer para compensarte.

—¡Yo también quiero ir a comer! — Luffy saltó de quien sabe dónde y se colgó del cuello de Law.

   Al aspirante a doctor se le saltó una vena en la frente—. Imagino que también vendrás, Zoro —gruñó mientras pensaba que aquella pudiera haber sido una genial primera cita, pero ahora cualquier posibilidad estaba arruinada.

—¡Bromeas! —Se quejó el peliverde—. Si no termino y envío esto para antes de las nueve tendré que ir a regularización —por su tonó de voz no lo estaba pasando bien—. Vayan ustedes y envíen a Luffy de regreso con provisiones para mí.

   El menor infló los mofletes—. No quiero ir y venir —refunfuñó.

—Pues entonces quédate y pidamos piza —sentencio Zoro sin dejar de trabajar en el ordenador. Estaba demasiado concentrado para mirar al resto o si quiera para sobre analizar lo que decía.”

   No sabía porque estaba recordando aquello tan de repente, quizá era porque el coctel neuroquímico que provocaba el estado de enamoramiento en su cerebro finalmente se estaba disipando y comenzaba a mirar las cosas con esa objetividad y lógica con la que siempre había regido su vida, quizá sólo era la nostalgia de añorar como eran los primeros meses a su lado.

   “Habían salido varias veces juntos. Aquella noche Ace lo había invitado a un partido de beisbol, y aunque él no era afecto a los deportes no queria desaprovechar aquella oportunidad de salir con el pecoso.

—Últimamente sales mucho con Ace —le comentó Zoro mientras lo observaba arreglándose para salir.

    Law saco una chaqueta de mezclilla de su closet—. Me gusta, y creo que también yo a él.

   Zoro frunció el gesto—. Interrogue a Luffy y dice que Ace siempre ha salido con chicas.

—Todos salimos “sólo” con chicas hasta que conocemos al primero.

   Zoro suspiró—. Sólo ve con tiento.

   Él y Zoro habían comenzado a llevarse mejor aquel semestre, empezando a hacer migas y hablar más de sus preferencias sexuales, fue entonces cuando se dio cuenta que Zoro prefería a los hombres pero aun así estaba enamorado de Kuina, era extraño, pero curiosamente lo entendía.

   Aquella noche vieron el juego, juntos, pasaron un agradable rato juntos y anduvieron en viejo camaro del pecoso rumbo al departamento de Law. Cenaron hotdogs afuera del estadio y pese a que al ojigris no le gustaran los deportes se descubrió pasándolo bien, y fue en ese momento cuando supo que todo era por Ace, que por ese hombre era capaz de hacer lo que fuera.

   Estaban a seis cuadras de su departamento, aparcados frente a un semáforo en rojo cuando Law sintió que no podía aguantar más, o decía lo que sentía o se volvería loco. «Lo que tenga que pasar, que pase»—. Ace... —el aludido lo miró—, me gustas.

   Los ojos del pecoso se abrieron como platos. En ese momento el semáforo cambio a verde, pero el camaro no se movió—. ¿Qué?

—Ya no soy un niño, Ace —explicó—, y no soy una colegiala que puede vivir platónicamente. Me gustas y quiero contigo, así que si vas a golpear y echarme de tu auto este es el momento indicado, porque de lo contrario te voy a besar y te voy a llevar al hotel que está a dos calles de aquí para cogerte con fuerza hasta hacerte gritar.

   El rostro de Ace se ruborizó, haciéndolo lucir adorable. Los claxons de los otros autos comenzaron a oírse con fuerza y varias personas los insultaron al rebasar su auto.

—¡Maldita sea, Ace! —Law estaba a punto de volverse loco ante aquel silencio. El semáforo volvió a pasar a rojo—. Grítame, golpéame o bésame, pero no te quedes callado mirándo...

   El moreno tomó al ojigris del cuello de la camisa y lo jaló tanto como el cinturón de seguridad se lo permitió para plantarle un beso en los labios de manera desesperada, hambrienta, necesitada, cómo si temiera que se fuera a arrepentir, cómo si le exigiera que cumpliera lo que acababa de decirle, cómo si se fuera a morir si estaba un minuto más lejos de aquellos labios.

   Aquel beso causó en Law un choque eléctrico que encendió todos sus sentidos, y esa noche lo llevó justo a donde le dijo y le hizo el amor con tanta fuerza y tantas veces que por un momento pensó que iba a morirse por tanto placer.

  Fue su primera vez juntos, la primera vez que amanecieron en los brazos del otro... y también la última. Ace le explicó que aún no salía del closet y no se sentía preparado para que su familia y sus amigos se enteraran de la verdad. Le pidió que no dijera nada, que no le contara a nadie. Dijo que inventaría que conoció a una chica y que eso le evitaría problemas y que él podía decir que se separaron en un bar y se había ido con alguien a divertirse.

   Aquello fue para Law un balde de agua fría, pero terminó aceptando, porque una parte de él creía que no sería capaz de vivir sin volver a besar esos labios y gozar de aquel cuerpo moreno y caliente, que le quemaba la piel de placer.”

—Te ves deprimido.

   La voz de Zoro lo volvió a la realidad. Sin darse cuenta había andado por la universidad y había terminado en la cafetería comunitaria, donde el peliverde lo encontró—. No —mintió—, ha sido una semana muy pesada.

—¿Quieres ir al cine?

   Law enarcó una ceja—. Sabes que no eres mi tipo.

—Pedazo de idita —el peliverde le golpeó en el hombro con el puño—. Estoy tratando de animarte porque tengo entradas dobles, pero si vas a estar con tus babosadas te puedes ir a que te den.

   El ojigris rió con ganas—. Sólo bromeaba, no es para tanto.

—Imbécil.

*

   Llegaron temprano al centro comercial y tenían cuarenta minutos antes de la nueva película de superhéroes de su franquicia favorita, de modo que decidieron ir a perder el tiempo por las tiendas. Ternaron en la librería, a pesar que el peliverde no era afecto a la lectura por diversión encontró el modo de entretenerse en los libros especializados de programación, pensando cual le haría falta y burlándose de los que prometían volver un experto a un principiante.

   Law estaba en la sección de terror psicológico leyendo los títulos nuevos y las sinopsis, buscando algo que añadir a su colección. Estaba tan ensimismado que cuando escuchó una voz familiar pidiéndole a alguien que se diera prisa él contesto—. Aguarda un momento, Ace.

   Sólo le tomó una fracción de segundo caer en la cuenta que no había llegado con el pecoso. Levantó la vista y se topó con el moreno y la mirada curiosa de su acompañante, una chica alta y delgada, preciosa, de cabello azul hasta los hombros que iba colgada del brazo del muchacho.

—¿Quién es él? —inquirió ella mirando de uno a otro con curiosidad. Ace estaba privado.

—Soy Trafalgar Law —se presentó.

   La chica ladeó la cabeza con curiosidad—. ¿Estudias con Ace?

   El ojigris enarcó una ceja con mal humor. La chica no parecía ser una persona cortes—. No —respondió de manera tajante.

   Ella se aferró más al pecoso parándose de puntillas para hablarle al oído, pero con la suficiente fuerza para que el otro la escuchara—. No vas a presentarme, cariño.

   Ace salió de su trance, mirando de un lado a otro con desesperación, buscando la manera de escaparse de aquella situación, pero no ocurrió ningún milagro, así que suspirando con resignación asintió a la joven—. Ella es mi novia, Nojiko...

—¿Novia?

—Es algo reciente —le aclaró la joven con una risa traviesa—. Anoche luego del partido —la chica rió bajito, cubriéndose la boca, desviando la mirada y con el rostro claramente ruborizado.

   Law apretó la mandíbula para lograr contener lo que sea que estaba sintiendo en aquel momento—. Felicidades —dijo con tanta seriedad que la chica dejo de reír y se oculta tras el moreno.

—Iba a llamarte —se excusó Ace—, pero he estado muy o...

    El otro se alzó de hombros al interrumpirlo—. Y a mí que me importa.

—¡Que grosero!

—No estoy aquí para caerte bien, niñata.

—Ni a mí, ni a nadie —lo encaró la joven—, con ese genio que te cargas.

   Law sentía que no podría controlar la cólera un minuto más, pero entonces Zoro apareció—. Hola Ace, hace mucho que no te veia.

—Hola Zoro...

—Debo irme —interrumpió Law, ocasionando la incertidumbre del peliverde, pero no esperó a que nadie dijera nada más. Se fue tan rápido cómo pudo mientras su mente no dejaba de imaginarse a Ace ligando a aquella chica de la misma manera en que ellos habían iniciado todo, llevándosela a un hotel y compartiendo su lecho...

   Apretó su rostro llenó de frustración, reprimiendo los deseos de gritar y desahogar todos las sensaciones que estaban rompiéndolo por dentro. «Soy un maldito imbécil y estúpido de mierda.» Comenzó a auto flagelarse con desesperación. «¿Qué rayos esperaba que pasará?» No se daba cuenta que continuaba caminando a pesar no ir prestándole atención al camino. «Soy un puto imbécil.»

   El claxon de un auto lo aturdió y un brazo ajeno lo jaló de la camisa sacándolo de la carretera—. ¿Eres idiota? —inquirió la brusca voz de su salvador.

—¡ Que mierda te importa!

—Acabo de salvarte la puta vida —gruño el otro muchacho—, lo mínimo que puedes hacer es dar las gracias, idiota.

—¡Nadie te pidió que me salvaras! —Estalló—, así que vete a la mierda.

   Law siguió su camino, alejándose de aquel extraño y de todos los demás. Lo que menos quería era tener que dar explicaciones a alguien porque qué podía explicar. Él había aceptado llevar aquella relación clandestina, así que técnicamente no se podía quejar, pero le había dolido con fuerza sentirse traicionado, sentirse tan poco importante, tan poco especial, sentirse tan insignificante cómo para que Ace empezara su relación con aquella chica le la misma manera... con cuántas otras personas había sido así, cuántas veces había ligado del mismo modo—. ¡Maldita sea! —descargó golpeando una pared y fracturándose la muñeca.

*

   El tiempo pasó, y aunque no se lo dijo a nadie sabía que todos se habían dado cuenta que algo había ido mal, al grado de que las pocas barreras que había tumbado volvió a levantarlas más altas y gruesas de lo que estaban.

   No podía desaparecer a Ace y a su novia, porque eran parte de su grupo de amigos, así que tuvo que superar aquello él solo.

   Una noche de fiesta en la Mansión Monkey D en grupo se volvió más grande, pues un grupo de rock conformado por varios compañeros del pecoso tocó aquel día. Fue ese día que se dio cuenta que ya todo había quedado atrás, pues por primera vez pudo mirar al pecoso con aquella chica y no sentir nada más que pena, pena por Ace que vivía aquella mentira porque le faltaba valor. Suspiró y salió al jardín, donde Sanji estaba declarándosele a la pelinaranja una vez más. Le daba pena ver que el chico tenía tan poca dignidad, pero aquello no era su problema.

   Se alejó de ellos y terminó cerca de la fuente, donde el pecoso lo encontró—. Quería hablar contigo.

—No hay nada de qué hablar.

   Ace suspiró—. No era mi intensión herirte —explicó de todas formas—, pero siempre supiste que tenía una posición que mantener...

Law lo interrumpió—. De verdad no tienes que decir nada Ace —le sonrió, desconcertándolo—. Han pasado casi cinco meses y ya no me importa —explicó con sinceridad. Finalmente se encontraba en paz—. Espero que seas feliz.

   La expresión del otro chico pasó de la sorpresa a la pena, pero aun así sonrió con esa enorme expresión que tenía en común con su hermano menor—. Me alegra que estés bien

   Se miraron en silencio sin decir nada más, y aquella fue la manera en que hicieron las pases y dieron fin a su fugaz relación. Esa relación que a pesar de todo siempre atesorarían en su corazón.

*

Actualidad...

   Se miró en el espejo una vez más para darse el último visto bueno antes de andar rumbo a su destino.

   Llegó al vestíbulo donde el peliverde lo esperaba.

—Tardaste —le reprochó el moreno con un poco de enfado y una notoria impaciencia.

   El doctor suspiró—. Es una temporada difícil —respondió mientras buscaba sus llaves, evitando inconscientemente el contacto visual.

   Zoro también suspiró. Cada día estaba más cansado y le pesaban más las heridas—. Tú padre estaría orgulloso de ti —dijo con sinceridad, pues sabía que aquella perdida había sido muy difícil para el ojigris.

   Law finalmente lo miró. No sintió condescendencia ni hipocresía y le conmovió profundamente escuchar aquellas palabras. Sabía que Cora siempre estuvo orgulloso de él, pero oírlo de alguien más le hinchaba el pecho. A veces extrañaba a ese Zoro que aparecía de pronto, el animado amigo, el que sabía lo que necesitaba antes de que se lo dijera, o incluso lo descubriera él mismo—. Gracias.

   Se miraron por un momento antes de salir del departamento.

   Zoro conducía mientras él observaba por la ventana el paisaje, recordando días duros pero llenos de dicha.

   “Había huido del orfanato y vivido en las calles un par de años, involucrado en una pequeña banda de traficantes de baja categoría que usaban niños para vender su mercancía, hasta que Cora lo encontró y lo “arrestó”.

—¿Por qué me traes a tu casa? —habían llegado a un apartamento de soltero totalmente desordenado y no muy grande—. Eres un pervertido.

   Cora suspiró, largo y tendido, mientras cerraba la puerta—. Estarás bajo mi supervisión hasta que el caso se cierre.

   Law había achicado los ojos con desconfianza—. Policía pervertido.

—¡Que no soy un pervertido!

   Sin darse cuenta aquel policía despistado y desordenado se había ido ganando su confianza, al grado que cuando el juicio contra los traficantes que utilizaban huérfanos  estaba por acabar se había vuelto más rebelde y problemático de lo normal.

   Cora lo había inscrito en un colegio, y aunque el policía había pensado que le costaría trabajo adaptarse, él se había puesto al corriente en menos de dos días. Le había gustado el lugar y había estado asistiendo durante toda la investigación, eso fueron casi tres años.

    Había peleado en la escuela y roto un par de ventanas y se encontraba en la dirección aguardando a que Cora fuera, pero...

—Hasta luego —se despidió de él una secretaria al salir de la dirección y dejar accidentalmente la puerta entre abierta.

—El niño se está volviendo un problema.

—Es un prodigio señorita Colleman, necesita tareas más estimulantes.

—Lo que necesita es que su padre lo reprenda de verdad.

—El señor Hotoke no puede venir, nos pidió enviar al niño con uno de sus compañeros que llegará en cinco minutos...

   El pequeño no se quedó más tiempo. Salió corriendo del edificio y de la escuela y se fue a vagar por la ciudad, si a Cora no le importaba lo que necesitara a él no tenía que importarle lo que Cora quisiera, ¿verdad?

   Había acabado en un viejo parque abandonado, sentado en un columpio de neumático. Ya era de noche cuando había comenzado a llorar. No quería estar sólo, no quería volver a esos horrendos orfanatos donde lo trataban como si fuera un apestado y no valiera nada, no quería volver a las calles a pasar hambre y frio, luchando por un pedazo de pan mohoso del basurero. Le hubiera gustado quedarse con Cora para siempre...

—Law... —la voz de Cora lo hizo limpiarse los ojos desesperadamente, no quería que lo viera llorar. El rubio le alboroto el cabello con cariño—, ¿por qué huiste de la escuela?

—¿Cómo si te importara? — le gritó, apartándole la mano de un golpe—. ¡Idiota! —no quería llorar, pero no podía parar de hacerlo—. ¡Lárgate y déjame aquí! —el rubio lo miró en silencio—, de todos modos vas a dejarme solo... —gimió entre lágrimas.

   Cora suspiró y se arrodillo delante de él, de manera que sus rostros quedaran a la misma altura—. No voy a abandonarte —el niño lo miró y él sonrió ampliamente—, ahora eres mi hijo y siempre cuidaré de ti.”

   Por aquellos años aquel “siempre” había significado “para siempre”, era un niño después de todo. Ahora, cómo adulto, entendía que “siempre” no necesariamente tenía que ser algo literal, y eso no volvía a las personas mentirosas ni a los momentos malos, sólo era un hecho que la vida era algo efímero y que el “por siempre” de alguien a veces podía ser sólo un instante.

   En su vida había perdido a muchas personas importantes, y sin darse cuenta fue levantando  barreras a su alrededor, alejando a todos, evitando a la gente, anulando el contacto emocional con los demás, una barrera que el peliverde intento derribar para ayudarlo, pero que solamente Ace fue capaz de echar abajo, al menos por un tiempo.

   Law, cómo estudiante de medicina y por experiencias propias, sabia lo efímera que podía ser la vida, pero también sabía lo confusa que podía ser en ocasiones, por esa razón se dejó llevar sin forzar el momento, disfrutando aquellos gratos instantes en los que, sin darse cuenta en aquel momento, comenzó a hacer amigos y sus defensas comenzaron a caer una a una gracias a aquel muchacho.

—Estás muy callado —Zoro lo sacó de su ensimismamiento.

   El ojigris suspiró sin apartar la vista de la ventana—. Casi han pasado diez años —dijo con nostalgia. Últimamente estaba teniendo demasiados recuerdos, algunos tormentosos y otros placenteros. Probablemente se debía a que se sentía viejo. Estaba en los treinta y sentía que su vida se había estancado, y en sus deseos por avanzar comenzaba a aferrarse al pasado, a aquellos momentos en los que las cosas seguían su curso natural y sus metas sólo dependían se él mismo.

   Zoro apretó el volante, pero su compañero no lo notó—. Si, quién lo diría.

—Algunas noches me despierto pensando que siguen aquí —confesó mientras un terrible dolor le presionaba el pecho—, que todo fue sólo una terrible pesadilla —apretó los puños, controlando el impulso de sujetar su adolorido pecho—, y tomó el teléfono para llamar a mi padre o a alguno de ellos... pedirles un consejo o simplemente escuchar su voz...

   El peliverde se tensó ante aquella confesión—. A veces pienso, también, que si siguieran aquí las cosas serían muy diferentes.

    Law lo miró, preguntándose si se refería a esa relación toxica que tenía y a lo diferente que serían las cosas si Kuina no hubiera muerto. Tal vez se habría casado con ella, tal vez alguna otra chica habría acabado por conquistarlo y no estaría atrapado en aquel desastre de relación—. ¿Irán todos? —cuestionó para cambiar el tema, para alejar un poco la tensión, para tratar de que las cosas se relajaran.

—Sí. Luffy me dijo que luego quería que todos fuéramos a comer juntos.

—Ese chico busca cualquier oportunidad para hacer una fiesta —se forzó a reírse el doctor.

—Es la manera en que trata de llenar el vació —lo excusó un poco enfadado, no le gustaba que se burlaran de él o de su manera de enfrentar el duelo. Siempre había envidiado como había logrado dejar todo atrás y finalmente continuar con su vida, aunque sabía que en gran parte aquello era gracias a Vivi. La chica había sido ese bálsamo que su amigo había necesitado, especialmente luego de esa complicada relación con la obsesiva socia de su padre.

   El medico notó el enfado en la voz de su amigo—. Tiene suerte —se atrevió a continuar—, algunos nunca encontramos el modo de lidiar con esas cosas.

   No hablaron durante el resto del camino, no había más que se pudieran decir.

   Esa tarde fueron al cementerio, donde las tumbas de muchas de las personas más importantes de sus vidas estaban levantadas. Zoro acompañó al doctor a la tumba de su padre y se separaron cuando tuvo que ir a la de Kuina. Law fue a la Ace cuando ya todos se adelantaban para irse, contemplando lo mucho que el patriarca de la familia D había gastado en aquella lapida no pudo más que sentir una triste nostalgia. «Tal vez nunca supiste lo mucho que él te quería.»

   El accidente de trágico donde Ace había muerto estaría grabado en su memoria para siempre, pero le agradaba saber que las cosas entre los dos había quedado en paz, aunque aún sentía a ratos que lo extrañaba, aunque aún había días en los que esperaba encontrárselo en algún lugar, aunque se hubiera vuelto fanático del beisbol sólo porque le hacía falta.

   La vida era algo efímero... fugaz... algo que apenas duraba un instante y que a veces hacia llorar. «Espero que a donde hallas ido, estés pintando lienzos hermosos.»

   Si, la vida y las relaciones podían ser algo fugaz, pero algunos amores eran eternos.

*

FIN.

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